Historia y Arqueologia Marítima

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Un Joven en los Grandes Mares – Una aventura Navideña en Perú
 

Por Gösta Sjögren

 Editado en Nautisk Tiskrift (Periódico Naútico) No. 8/85

 Cuando hojeo en el libro de la memoria,  mis recuerdos son primordialmente de episodios de mis primeros años en el mar en veleros.  Era una vida muy dura, pero al mismo tiempo daba casi todo lo que un jovencito con ansias de aventuras podría esperar y soñar.  La razón por la cual justo he pensado en el siguiente episodio, se debe por supuesto que resultó en un “festejo navideño” bastante diferente.

Estamos en diciembre de 1923, cuando tenía 17 años y  era grumete en el viejo  velero MANHEM.  Estamos anclados fuera de la pequeña isla deshabitada  Isla de Pescadores, una de varias islas parecidas fuera de la costa peruana.  Y estamos cargando guano.  Esto no suena muy romántico y el encanto de la novedad, que nosotros los jóvenes podríamos encontrar en la situación desvanece bastante con el tiempo.  Porque cuando nuestra bodega después de un mes de carga solamente está mitad llena – entonces sí el ánimo llega al fondo.  En especial sabiendo que todavía nos falta el largo viaje a Londres vía el Cabo de Hornos (en realidad tardó 139 días).  Esto significaría más de seis meses sin poner el pie en tierra firme.

 No tenemos ningún contacto directo con nuestra isla de guano.  Los peones que se encargan de poner el guano en las bolsas y transportarlo hasta nuestro barco, consiste de una veintena de pobres mestizos.  Han sido contratados por los seis meses que se calcula para sacar la capa de guano que cubre todo en la isla.  Directamente sobre el guano han levantado sus carpas.

 Nuestra parte de la carga consiste en recibir las bolsas, que nos traen en botes a remo, y vaciarlas en la bodega.  El guano llega a ser parte de nuestro aire.  Se posa en nuestro pelo, penetra debajo de la camisa, detrás de los párpados, dentro de las fosas nasales, invade la cocina y condimenta nuestra comida y bebida.  Y créanme, no tiene perfume de rosas!

 Esta vida marítima sana dura diez horas diarias, día tras día, sinfín.  Así que se pueden imaginar que mi ánimo anda por el suelo cuando empiezo mi guardia de vijía.  Nosotros los ocho grumetes nos turnamos de ser vijía una semana cada uno.  Este trabajo entre las 8 de la tarde y las 6 de la mañana es muy monótono.  El principio de la noche consiste generalmente en tirar pájaros fuera de borda.  En los trópicos cae la noche de repente.  Por lo tanto ocurre constantemente que pájaros vuelven tarde y en la oscuridad chocan contra nuestros aparejos y caen a la cubierta donde luego pasean y molestan el sueño de los oficiales con sus gritos gua-gua.  Es que no pueden levantar vuelo desde la cubierta, así que el vijía tiene que tomarse el rol de catapulta para ayudarles a continuar si travesía hasta la isla.  Además de esa tarea no hay nada más que hacer, además de controlar que nuestros faroles estén encendidos, prender el fuego en la cocina y despertar al cocinero a las 5 y la tripulación a las 6.  Por lo tanto hay demasiado tiempo para pensar y meditar  -  lamentablemente.

 Durante las largas, oscuras horas de la vijía nace una idea, que al principio rechazo como una locura, pero no me lo puedo sacar dela cabeza.  Consiste de un viajecito – aunque muy cortito – a la tierra firme, que podemos vislumbrar desde nuestro barco, como una línea irregular en el horizonte al oeste.  Nuestros amigos “guaneros” nos han indicado la dirección del pueblo más cercano, que se llama Ancon.

 Mi plan sigue evolucionando.  Una mañana con viento a favor despertaré al concinero como de costumbre a la 5 y encontraré algún pretexto para que él despierte a la tripulación a las 6.  Después tranquilamente llevaré “prestado”  el bote a remo, amarrado a la proa y un mástil y vela de uno de los botes salvavidas.  Iré a Ancón y estaré de regreso a las 8 de la noche para mi guardia!

 Por fin – el día antes de Noche Buena – llega el Día D.  Todas las preparaciones están listas.  Una brisa sopla directamente a la meta – el único prerequisito, dado que es imposible navegar como el bote no tiene quilla.  (Para el viaje de regreso se supone que el viento amablemente se vierta y sople en la dirección opuesta!)  Ya nada me puede detener, ni el pensamiento del terrible castigo , que seguramente me espera al regreso. 

 Es un viaje duro.  El viento aumenta y agua entra al bote constantemente.  El palo alto y pesado del bote salvavidas hace al bote a remo muy inestable.  Tengo que sentarme en el piso para disminuir el riesgo de zozobrar.  En esta posición, sentado con el trasero  en el agua, no es tan fácil de manejar tanto el remo-timón y al mismo tiempo achicar.  Pero hacemos buen tiempo y gozo mucho de la situación.

 Ahora los contornos de la tierra empiezan a verse mejor sobre el horizonte.  Al pasar un cabo veo la meta de mis sueños.  De a poco puedo vislumbrar como la gente viene corriendo hacia el muelle del pueblo para poder mirar boquiabiertas la rara cosa flotante.  Orgulloso por tener toda la atención me preparo por un amarre elegante.  Pero el bote, al hacerse un poquito al viento, catástrofe! La barandilla de sotavento  vuelca al agua y allí estoy yo dentro del agua.  Gritos de horror y de aliento me siguen cuando nado hacia el muelle con el cabo del bote.  Muchas manos amables halan al miserable.  No es justo la entrada a escena de la  cual había soñado!

 Pero la atención todavía todavía no falla.  Parece que es la primera vez que ven un muchacho con ojos azules y pelo dorado, porque hasta tiran de él para ver si es genuino.  Algunos también me miran con desconfianza.  Para tratar de explicar mi misteriosa apariencia de la nada, dibujo con grandes rasgos en la arena un  velero de tres palos y hago señas hacia nuestra isla de guano, que se vislumbra en el horizonte.  Una anciana, que ve como empiezo a temblar de frío del viaje húmedo,  siente lástima por mí  y me  hace señas para que la siguiera.  Vive sola muy cerca en una pequeña casita.  Aquí puedo cambiar mi ropa mojada por una selección de su guardarropas:  una pollera colorida, que me da vueltas un par de veces,  y que se mantiene en su lugar con la ayuda de mi cinturón.  Además un par de chales en colores estridentes, en los cuales envuelvo el resto de mi persona.  Mientras tanto empiezan a penetrar unos olores seductores de la cocina.  Pero justo que la amable señora me hace señales de ir a la cocina  se escuchan golpes en la puerta, y una persona de uniforme y aspecto severo entra.   De las  gesticulaciones comprendo que se refiere a mi, y presentiendo lo peor me valgo de la oportunidad para llenarme de las delicias sobre la mesa.  Por suerte!  Desoyendo  las vehementes protestas de la señora el hombre me lleva del brazo afuera donde esperan dos otros individuos uniformados. 

 Así comienza una procesión que nunca olvidaré:  precedido por un representante de la ley y seguido por dos otros, me adelanto con mi pollera, que me llega hasta los tobillos y radiante de colores – cuando no me tropiezo con ella.  A medida que avanzamos, se suma a la procesión  más y más gente, que termina en la cárcel en la otra punta del pueblo.  En este punto todos los pueblerinos que no estaban trabajando han tomado la oportunidad para ver el gran espectáculo.  Necesito mencionar que mi aprecio por el mismo no era tan grande!

 Ahora me encierran en, al parecer, la única celda de la prisión.  Un lado consistía de una reja del techo al piso.  Del otro lado de las rejas está sentado un señor uniformado en un escritorio.  Su oficina da a la calle, donde un grupo de curiosos me miran por la puerta abierta.  Igual que un zoológico!  Cada vez que el potentado en el escritorio baja la vista para mirar sus papeles, aprovecho para suplicar con gestos expresivos a la masa de gente en la calle.  Después de aproximadamente una hora me llevan a los cuarteles del personal y me colocan sobre una cama de hierro, que para mi, a esta altura,  era como un suavísimo edredón.    Allí acostado puedo recibir la atención del pueblo.  Me dan cigarrillos, fruta, chocolate y hasta flores y empiezo a sentirme como una primadona después de un estreno exitoso.

 PERO – de repente cambia la escena drásticamente:  entra al cuartel el primer oficial!  Es un gigante con la fuerza de un gigante, algo que a menudo y con placer muestra.  Por lo tanto no es raro que me  apelotono en mis chales esperando que comience el castigo, que es la consecuencia lógica de mi emprendimiento.  Pero tendré más miedo todavía.  El primer ofocial me mira fijamente.  Después la vista recorre el escenario, mis visitantes, los dulces y las flores ... Luego hace algo que nunca creí posible:  se ríe.  Se ríe a carcajadas!  Luego desaparece tan repentinamente como llegó.  Es posible que se avergonzaba de la debilidad disciplinaria que había mostrado.  Ahora también los uniformados perciben que no soy un reo escapado, y por lo tanto toman una postura más benigna.

 Después me explican la aparición repentina del primer oficial:  Poco después de que les había dejado entender que venía de un barco del otro lado del horizonte, enviaron un policía en un barco de vela veloz en la dirección indicada.  Una vez abordo muestra al capitán y al primer oficial mi gorra,  que traía consigo, y hace unos gestos explicativos.  Esto les hacer temer lo peor – que se había perdido el bote a remo!  A solicitud del policía el primer oficial le acompaña al pueblo.  Allí comprueba mi identidad y constata que el bote está sano y salvo.

 El próximo día a mediodía viene el capitán a buscarme.  (La autoridades aparentemente exigen su presencia para ciertas formalidades).   A la mañana en un bote salvavida, con el capitán al timón y tripulado por tres de mis compañeros, llegaron al pueblo.

 Al emprender el regreso el viento ha muerto.  Ahora somos cuatro tripulates cada uno con su remo, y el bote a remo de remolque.  Pero aunque el trabajo de remar es duro no hay caras largas.  Mis compañeros brillan de alegría por no haber tenido que estibar guano todo un día.  Además, durante la media hora que el capitán estaba con las autoridades, han pisado “tierra firme” y participado de nuestra fiesta de despedida de los amables pueblerinos, los cuales tal vez tampoco estaban acostumbrados a diversiones y festejos.  Ahora también yo me siento bien con  mi propia ropa,  lavada  y planchada por “mi” amable señora.  La despedida de ella es especialmente tierna.

 Por alguna razón inexplicable no hubo más consecuencias por mi aventura que el descuento de un mes de sueldo, la suma de coronas 32 con 50 öre (nota del traductor: imposible estimar el valor actual, lo único que se puede decir es que era muy poco), por “gastos en Ancon”.

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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