Historia y Arqueologia Marítima

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Grandes Veleros y Cruceros de Lujo - Por el Capitán Gösta Sjögren

10- Los 7 años en Buenos Aires

Introduccion Un mozo pequeño y un velero grande Primer Viaje
Sidney y Chile-Tsunami Cruce del Cabo de Hornos y Fin viaje Los Transatlanticos
La Guerra Cruz Roja Escolar en NY
Los 7 años en Bs Aires Un Crucero de Lujo Petroleros
La Divina Garbo Una aventura en Peru Epilogo
Al llegar a Gotemburgo en Septiembre de 1944, acabé con mi sevricio de oficial de la compañía y entré directamente en mi nuevo trabajo. Implicaba una reeducación completa: aprender la administracion de los cargueros desde los puntos de los armadores: un sinfin de leyes marítimas, técnica de los negocios, etc.

Gracias a mi larga y recién terminada situación de alumno, todo salió bien. Acabado eso, pasé unas semanas con los armadores en distintos lugares de Suecia, a los que iba a representar en Buenos Aires. Después de uatro meses de aprendiz, me consideraron maduro para salir hacia mi nueva patria - según yo creía entonces.  Conforme a mi contrato saldría en un principio solamente yop y, si mi nuevo jefe me consideraba capacitado desoués de haber trabajado allí seis meses, me mandarían a mi familia. Tanto para mí como mas tarde para mi familia, se arregló el tan deseado privilegio de viajar en barcos de salvoconducto.

Mi trabajo en Buenos Aires resultó más interesante y absorbente de lo que había esperaod, pero mis espernzas de mejorar mi español se vieron frustradas. Las primeras semanas me absorbio tanto el ponerme al corriente de la rutina en la oficina y en las distintas tareas de los veinte empleados que no tuve tiempo libre en el trabajo. Además había una multitud de ordenanza argentinas que leer, pero siempre en inglés. Cuando por fin comencé mi tarea efectiva, es decir, visitar a los exportadores para reanudar relaciones cortadas por la guerra y tratar de establecer lineas nuevas con nuestros buques, el mercado empezó una profunda revolución.

El presidente Peron habia llegado al poder y, entre muchas otras cosas, se puso fin al libre comercio con el exterior. Se formó la famosa I.A.P.I, un institucion a través de la cual tenía que pasar toda la exportacion (y la importacion NotaWebMaster). El motivo oficial era otorgar permisos de exportación, pero el verdadero motivo fué apretar, sobre todo, a los grandes exportadores, casi todos extranjeros, y pescar parte de sus ganancias para la propia tesorería.

A consecuencia de ésto, varios países de Europa, Oriente Medio, America y el bloque oriental instalaron delegaciones en Buenos Aires para cuidar sus compras y buscar buques para transportar a sus respectivos paíoses. Estas delegaciones serían mis futuros clientes.

El trabajo de cargamentos de buque, traía consigo un sin fin de negociaciones con los clientes, desde conseguir la carga hasta celebrar la firma del contrato, al tratarse de sumas considerables. Teníamos, por ejemplo, buques frigoríficos hasta cuatro mil toneladas y, en un flete para Europa se pagaba cincuenta dolares por tonelada de carne congelada. A veces resultaba fatigoso este trabajo, porque se hacian negocios con representaciones nocturnas, las cuales se reembolsaban, y habia que tener la cabeza despejada durante el día siguiente.

Casi todos los clientes que trataba, sólo sabían un español rudimentario, al igual que yo, pero deseábamos mejorarlo, por lo que al principio, tratábamos de hablarlo gramáticamente, lo que resultaba una gran pérdida de tiempo. Tardábamos tanto en llegar a utilizar de una forma correcta un verbo irregular, que olvidábamos lo que queriamos decir y se nos hacía imposible hacer los negocios.

Debido a ésto, desarrollamos una jerga extraordinaria entre nosotros, en la que utilizábamos los verbos en el presente, ignorando toda conjugación y simplificábamos las demás dificultades gramaticales de la misma manera. Nos servíamos de esa mescolanza sazonada con varias expresiones y términos tecnicos ingleses. Todos nuestros contratos estaban redactados en inglés, por supuesto. Después de hablar aquella mescolanza durante siete años, s eme grabó d etal forma esta algarabía en la memoria, que me fué muy difícil desembarazarme de ella. Varios años más tarde en Suecia, cuando volví a retomar el español, descubri que hubiera sido más fácil aprenderlo si no lo hubiera hablado antes.

El hecho de que fuera políticamente neutral, me dió una gran ventaja de posibilidades en mi trabajo, pues todos los clientes sabían muy bien quien era y mantenía contactos amistosos con rusos y americanos como con los egipcios e israelies, con lo que todo  salió bien e hicimos negocios redondos los primeros años. Pero el régimen de Perón nos hacía cada vez más complicado  nuestra tarea de fletar buques suecos, debido a lo siguiente:

Al terminar la guerra, quedando varios países en la ruina, Argentina salió intacta. Gracias a su riqueza en productos d ela agricultura, se hizo la proveedora de estos países y, al no haber competencia, Argentina acumuló rápidamente enormes fortunas, utilizando parte d ela misma en construír y compra buques en otros países, por lo que al poco tiempo poseía una gran flota propia: la Flota Mercante del Estado.

Es fácil obtener buques cuando hay dinero, pero no es tan fácil hacer marinos hábiles para tripularlos - para ello se necesita la práctica de generaciones. Muy pronto los fletadores pèrdieron la confianza en "La Flota" y sus buques se quedaron sin carga. Para redimir esta situación, se introdujo la famosa "50-50", cláusula en la que se exigía a los exportadores transportar un mínimo del 50% de su carga en buques argentinos y el otro 50% estarían a disposición de buques bajo bandera del destino.

El golpe de gracia para nuestra empresa fué cuando los clientes no se arriesgaron más a firmar contratos de fletamento. El caso era que, al lado de la cláusula 50-50, si un buque de la Flota estaba sin carga empezaron a exigir tal carga ya contratada pàra un buque extranjero. Ningun armador estaba dispuesto a mandar un buque para Argentina sin garantía de carga. Con gran tristeza tomé la decisión de acabar con mi trabajo allá y volver a Suecia.

Mis siete años en Buenos Aires:  Gösta (segundo de izq.), K.G. Nilsson (cuarto de izq.), su esposa Eva (quinta de izq.).  Abajo las hijas Anne y Monica con su amiga Karin Bendz.

En aquella época, en 1951, las autoridades no permitían salir a nadie del país con más equipaje que sus ropas ya usadas. La necesidad de aquellas severas restricciones era evidente: fuera de Argentina su moneda nacional no valía casi nada. Si se hubiera permitido llevarse objetos de valor, se hubiera cruzado la corta distancia entre Buenos Aires y Montevideo para venderlas allí y, como la moneda uruguaya era todavía fuerte, al regresar podrían convertirlas en moneda nacional en la bolsa negra con enormes ganancias.

Es lógico preguntarse como puede arruinarse un próspero país en pocos años. Pues bien, con las promesasd que elevó a Peron a la presidencia en 1946, entre otras similares, formuló la d aumentar considerablemente los salarios de los obreros, cssa que cumplió y fué un acto loable en sí. Pero los jornaleros entendieron muy pronto que podrian cubrir sus necesidades poara vivir con varias horas menos de trabajo, debido alos nuevos salarios. A menos trabajo resulta menos produccion que a su vez resulta en menos exportacion.

 Argentina era, y lo es todavía, un país agrícola y el producto de la tierra y del ganado son un 95% de la exportacion total del país. Para realizar bien la exportacion y tener capacidad de competir, Arentina depende en un alto grado de máquinas agrícolas importadas, por donde empiezaron las dificultades. La produccion y la exportacion fueron disminuyendo cada vez más y no tardó mucho en que la moneda nacional perdiera su valor, aun para importar repuestos de maquinaria existente.  Los empresarios y estancieros perieron toda esperanza pero Perón, con la ayuda del baj vulgo, logró prolongar la inevitable revolución hasta 1955, año en que fué desterrado, dejando a su país en una ruinosa economía.

Tambien yo me senti desterrado, y con mis ilusiones arruinadas. Era  muy penoso volver a Suecia sin m{as bienes que mis prendas usadas, después de haber trabajado laboriosamente y no sin éxito, mas de siete años en aquel lugar. Ni siquiera pude sacar algun dinero que valiera la pena, ya que durante todo el tiempo que estuve allá, me pagaron mi salario con moneda nacional, según mi contrato. Además perdí el uso de varios seguros personales que habia pagado desde mis primeros años en Buenos Aires. Mis conocimientos hechos en este país no tenían ningun valor en algun otro país, por lo que tampoco esto m ayudó a hacer mi salida menos penosa. En Suecia no poseíamos nada de nada. Por eso decidimos que mi señora se quedara en Buenos Aires hasta que nuestra hija menor se graduase. (La hija mayor, que no podía soportar el clima de allá, ya habia vuelto a Suecia y asistía a un colegio de internas). Mientras tanto, mi señora viviría con nuestros recursos allá. Salí de Buenos Aires en un buque finlandés que llevaba doce pasajeros.

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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