Historia y Arqueologia Marítima

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Grandes Veleros y Cruceros de Lujo - Por el Capitán Gösta Sjögren

3- Primer Viaje - el s/v Manhem

Introduccion Un mozo pequeño y un velero grande Primer Viaje
Sidney y Chile-Tsunami Cruce del Cabo de Hornos y Fin viaje Los Transatlanticos
La Guerra Cruz Roja Escolar en NY
Los 7 años en Bs Aires Un Crucero de Lujo Petroleros
La Divina Una escapada en Perú Epílogo
 
Repentinamente todo estaba nuevamente preparado para la siguiente singladura - después de seis semanas muy cortas. La despedida de la noche anterior había sido muy desgarradora, porque todos estabamos muy enamorados. En el momento de la salida habia mucha gente en el puerto, porque se habian enterado que el buque sldría también sin remolcador. Cantabamos nuestras salomas con más fuerza que nunca cuandop levabamos anclas y nos haciamos a la vela. Pasamos la entrada y nos encontramos otro vez en mar abierta, pero ahora con destino a Australia.

Al dia siguiente nos llamaron a popa para dividirnos las guardias definitivas. "El primero" empezó eligiendo: el más practicado de los marineros, despues el segundo elegió al suyo, y así continuaron hasta que estuvimos todos divididos en dos guardias, la de estribor, y la de babor, ocho en cada una. La guardia de estribor, para la que fui elegido, siempre era la del segundo oficial, por estar vigilada por el capitán. Después de la división, ocupamos por fin nuestra literas permanentes: los de la guardia de estribor nos mudamos a las literas del lado estribor y los demás ocuparon las del lado babor. El contramaestre, el carpintero, y el pobre velero, tenian camarotes propios en el castillo de proa y no hacian guardias. El capitán, los oficiales, y el mayordomo vivian en la popa. El castillo o caseta de los marinereros era mucho más grande que el nuestro, en parte debido a que tenía instalado también un panol grande y la cocina. 

El capitán dicidió tomar la ruta por el Canal de la Mancha. Muchos veleros  navegaban por el norte de Escocia, aunque esa ruta implicaba una  distancia más larga, se evita el trafico y la niebla de la Mancha, los vientos inseguros y la marea. Nosotros tuvimos mala suerte. Cuando hacia viento siempre era de contra. Navegamos de bolina durante todo el pasaje, y muchas veces perdimos toda la distancia que habiamos ganado en una bordada entera cuando el víento amainaba y la marea era contraria. Durante una quincena entera trabajamos casi dia y noche maniobrando con las velas. 

Los cuatro muchachos entendimos en esos momentos que no era ninguna casualidad rara que exactamente nosotras que habiamos pedido el permiso del capitán para organizar bailes abordo en Hudiksvall, fuesemos elegidos para la guardia del segundo oficial. Sin duda era el resultado de un arreglo entre el primero y el segundo antes de dlvidir las guardias. Es que había un párrafo en la ley maritima, según el cual las horas de trabajo de los tripulantes, no tenian limitación cuando se trataba de "cualquier trabajo en relación con la seguridad del buque". Y trabajábamos sin pago por estas horas extras, naturalmente. El primero abusaba este párrafo para castigarnos por esos bailes, para él tan repugnantes. Casi no pasaba ninguna noche sin que el primero nos hiciera despertar durante nuestras guardias libres para ayudar a la guardia de él en los distintoa trabajos con las velas. Nuestras horas ordinarias de trabajo eran doce, divididas en guardias de cuatroc horas.

Fuera de los castigos sobredichos que el primero nos infligia, nos solía castigar de otras muchas maneras. Nos esperaba, por ejemplo, cuanda bajábamos a la cubierta después de terminar con los trabajos extras en la  arboladora "para la seguridad del buque", y nos daba a uno tras de otro un puntapie fuerte con su gruesa bota en nuestras pasaderas, con el pretexto de que no habíamos trabajado lo suficientemente bien. Pero mi ira por este tratamiento desaparecia a la vez que lo hacía el dolor fisico.  Quizás esto parezca raro, pero para mi tales castigos no eran nada, comparados con los que tenían que sufrir los marineros en los libros que había devorado. El primero sin duda era un marino hábil. (En adelante, expresaré solamente mis impresiones, pues éstas variaban entre nosotros).

El primero era un verdadero "lobo de mar" y ello, en mi viva imaginación, le dió a él cierto halo. Pero lo que le dió brillo a su halo fue lo que ne contó el segundo oficial: el primero había pasado toda su vida maritima en veleros, es decir unos cincuenta años, y con varias tripulaciones que se habían amotinado, por lo que los oficiales andaban siempre armados, y trataban de evitar pasar por la cubierta, por miedo de que alguien trabajando allá en la arboladura "perdiera" alguna cosa lo suficientemente dura para quebrar una cabeza allá abajo, 

Poco despues de atravesar el pasaje de la Mancha cogimos el viento alisio de nordeste, y trajo consigo una existencia maravillosa para nosotros. El viento soplaba casi siempre desde el mismo rumbo y con la misma fuerza. Era agradable. Navegamos semanas enteras casi sin tocar ninguna braza, y horas sin mover la rueda. Quizá al primero no le gustara tanto como a nosotros esta situación. Evidentemente no pudo inventar ningunn pretexto para Ilamarnos durante nuestras guardias libres de la noche. Durante las guardias del dia trabajabamos con el mantenimiento de la arboladura etc, y de noche solo teniamos, durante cada guardia, una hora al timón, una hora de vigia, una hora de "listo", que quiere decir quedarse cerca del oficial de la guardia para efectuar sus ordenes, y la cuarta hora era tiempo libre. Qie diferencia entre esta existencia y la de la Mancha!

AIgo menos agradable era, que tanto los víveres frescos como el agua potable se habian agotado, por lo que tuvimos una experiencia llena de conocimientos con los viveres clásicos: carne salada, legumbres secas, conservas, etc. Se introdujo un racionamiento estricto, incluyendo el agua potable.  Todos los sabados nos agrupamos a popa donde el mayordomo nos distribuia nuestras raciones semanales de margarina, azúcar, una clase de galletas tan duras y compactas que ni aún  los gusanos pudieron estar en vida, una lata de leche condensada, algo jugo de limoncito, etc. Había un decreto internacional con informes sobre el peso o volumen minimo de los víveres que un marinero precisa para seguir viviendo. Ese decreto fué seguido por el mayordomo al pie de la letra. La unica identificación en las distintas latas, era el peso o volumen de ésetas, marcadas a punzón - sin duda los responsables de su fabricación prefirieron quedarse en incógnito. Los peores de las latas eran las de margarina, cubiertas de moho y con una alarmante forma redonda; estaban dando su segunda vuelta al mundo. La primera lata la abrimos en el interior, lo que nos hizo tomar una decision: abrirlas afuera en la cubierta. Las primeras semanas usamos esta margarinasólo para engrasar nuestras botas, pero poco a poco nos fuimos acostumbrando a comer cualquier cosa. Lo raro era que ninguno enfermara nunca.

“Nosotros Tres” de la guardia de estribor.  El cuarto está de timonel.

Gradualmente el viento decrecía y se volvía variable. Nos acercábamos a la zona de calmas ecuatoriales y comenzamos a cambiar todas las velas de cruz. Cuando no hay viento los movimientos del buque en las incesantes marejadas causan a las velas flojas dar golpes fuertes contra el aparejo, y asi se van desgastando. El sol abrasador también contribuye a deteriorarlas. El juego tropical que ahora envergabamos consistia en velas gastadas y remendadas, pero servian para coger los pocos soplos de viento que habian .

Las semanas aqui en la calma eran agradables, pero siempre iguales.Vestiamos solamente con calzones cortos. Las plantas de los pies se nos pusieron tan duras como el cuero, y no sentiamos ni el calor de la cubierta, ni todas las desigualdades allá arriba en el aparejo. Tres veces al día regábamos la cubierta para prevenir quebraduras en la mdera y la fusión de la pez. Desde hacía semanas, el agua potable se habia racionado estrictamente, por lo que la primera lluvia tropical causó una verdadera fiesta. Vino tan pronto coo cesó, pero durante la hora que la gozamos, llovia a cantarop. Ya acercándose la lluvia cubrimos todo el buque con lonas para recoger la mayor cantidad posible de la preciosa agua, la actividad durante esta hora era enorme.. Corriamos como hormigas de un lado a otro.

Poco a poco se llenaron otra vez las velas, lo que nos dió uana satisfacción enorne. Esta vez era viento alicio de sudeste, y cambiamos las velas tropicales por las de temporal. Habíamos sido benditos con agua de Iluvia suficiente para llenar nuestro tanque, y continuabamos con buena marcha hacia el sur. Pasando la latitud de Buenos Aires, aparecieron los primeros albatroses. Se dice que las almas de los marineros muertos se trasladan a los albatroses. Esto aumentó nuestra admiración por ellos por un profundo respeto.  Nos seguian dia tras dia dando graciosas vueltas sobre el buque y entre los palos sin mover sus alas enormes. Los pobrecitos no sabian que nuestra ración, ni por mucho, bastaba para llenar nuestras propias panzas. Por suerte los albatross carecen de recursos para comunicarse entre si a larga distancia por lo que los primeros que habian llegado no podian comunicar a los que Ilegasen despues, que no valia la pena seguir a nuestro buque.

El viento aumentaba cada dia más, a medida que nos acercabamos a la latitud del Cabo de Buena Esperanza. Nos contó el segundo, que el capitan había decidido aprovechar el viento actual hasta que viniera del oeste, viento llamado asi porque sopla con casi la misma dirección y la misma fuerza todo el año. Trabajamos varios dias tomando una multitud de precauciones antes de entrar en la zona de los temporales. Cerramos y calafateamos todas las puertas que daban a la cubierta e hicimos transitables las trampas en los techos, que servirian como entradas a las casetas y la cocina, estiramos cuerdas a lo largo de todo el buque para reducir el riesgo de ser arrastrados a la mar, mudamos varias brazas desde la cubierta hasta los techos de las casetas, reforzamos varias partes del aparejo y del puente entre la popa y el castillo de proa. La decisión del capitán se demostró correcta, como siempre. El viento poco a poco varióo hacia el oeste y aumentó hasta que pudimos navegar con sólo las velas bajas reforzadas. La marcha era buenisima con el viento a popa, pero la vida abordo no era muy agradable. La unica ventaja que trajo esto consigo fué que los trabajos con las velas se redujeron al minimo. La mar estaba grotesca y hacer algo en la cubierta era casi imposible. Para bajar a nuestra caseta teniamos que esperar en el puente abierto hasta que el buque subiera a una cresta alta y a la vez se inclinara hacia sotavento. Era casi imposible pasar por la trampa del techo sin hacer agua a la vez, por ello siempre habia agua en el suelo de la caseta que corría de un lado a otro a ritmo de los movimientos violentes del buque. No disponiamos de ninguna fuente de calor, por lo que todas nuestra prendas estaban siempre mojadas. Era especialmente desagradable trasladarse de la litera calentada por nuestros cuerpos a las prendas aún húmedas, y empezar una guardia fria de noche. Fué un milagro que nunca enfermara nadie. 

 

Los 40 bramadores

El problema más grande era al de las comidas, cada uno llevaba su propio plato de esmalte que se lo pasabo al cocinero por la tramnpa de la cocina para repartir con la mayor igualdad la ración. Una vez que nos daba el plato con la comida que nos correspondia, esperabámos guardando bien la raición hasta que todos recogian la suya, tratando siempre de protegernos los unos a los otros contra esta mar espantosa. Cuando todos teniamos nuestra comida y el buque subió a una cresta, recorriamos la larga distancia qne había hasta nuestra trampa y bajabamos para devorar las raciones, ya tibias. Asi "celebramos" la navidad y el año nuevo.

Navegamos todo el tiempo a lo largo de la latitud del sur de Tasmania y pasamos el Cabo de Buena Esperanza a una distancia de unas 250 millas, siempre con una marcha de 12 nudos. Acercándonos a Tasmania la velocidad del viento fué disminuyendo, y unos dias después, al doblar esta isla, poniendo la proa hacia el norte, nuestra existencia volvió estupenda. Para alguien no iniciado, le es imposible comprender nuestra emoción enfrentádonos a esta nueva situación. Nuestrá alegria no tenia limites. Después de haber pasado varias semanas en una lucha dura e incesante contra las fuerzas elementales, navegábamos otra vez con todas las velas puestas con una brisa agradable. Otra vez gozando del calor del sol y con la cubierta seca.

Ahora nos infligió el primer oficial con un castigo tan diabólicamente malicioso, que todos sus castigos anteriores sumados, no eran nada a  éste que narro a continuación, en comparacion El primer día en nuestro nuevo paraiso, un lindisimo domingo, lle vamos todos los los objetos del alojamiento afuera para secarlos al sol durante la primera parte de nuestra guardia libre. Hecho esto, buscamos e..l fonógrafo, que no habiamos tocado  desde hacia rnucho tiempo, y el unico disco que sobrevió a las tormentas. Teniamos el viento en popa y la cubierta, que apenas se movia, estaba blanca como la cal debido al lavado de larga duración efectuedo por los golpes de mar. En media de esta tranquilidad, y oyendo esta música tan familiar del gramófono, pensamos en las chicas de Hudiksvall, y - sobre todo -- en las futuras de Sydney, donde llegariamos en sólo una semana. De repente no pudimos resistir la tentación y empezamos a bailar - el uno con el otro. En ese momento apareció el primero, sus rasgos torcidos en un disgusto tan profundo nos infundió pavor. Paramos enseguida el gramófono y lo llevamos adentro - pero el daño ya estaba hecho. 

A la mañana siguiente, los cuatro mozos nos presentamos como siempre para recibir las instrucciones del contramaestre. Por su alegría entendimos que ocurria algo raro, algo preparaba que nos iba a afectar. Nos dióuna lata a cada uno con una mezcla negra y unos trapos, y nos informó de que era alquitrán con un poco de grasa, con la que teniamos que untar ciertas partes del aparejo con los trapos bien mojados en la mezcla. Con una risa estúpida añadió que eran órdenes del primero, y que éste sería nuestro trabajo diario hasta llegar a Syney.

Al terminar esta guardia nuestras manos tenían el color del alquitran y resultaba imposible limpiarlas. A escondidas nos las frotamos  con grasa y arena hasta que sangramos, pero no valia la pena - el alquitrán estaba como tatuado en la piel. Al día siguiente nos picó mucho cuando volvimos a meter las manos en el alquitrán para continuar nuestra faena, por lo que desde entonces no volvimos a tratar de limpiarnoslas. Nos resignamos totalmente y nuestra alegria se transformó en una impotencia profunda. La víspera de nuestra llegada a Sidney sabíamos con certeza que, aunque parecieran secas nuestras manos, el alquitrán saldría por los poros enseguida que tocasemos lo más mínimo, y dejarian manchas negras en cualquier objeto que tocásemos. Y ¿quién puede controlar la temperatura de la sangre bailando con una linda chica?

Anclamos en el puerto de Sidney un sábado, después de viajar durante 139 días. Por la noche visitamos el primer salón de baile - pero con las manos bien metidas en los bolsillos. Pronto nos hartamos de ver a otros bailando con "nuestras" chicas y nos fuimos a bordo. Desde esa noche, nuestra vida de ocio tan esperada para vivirlas en sociedad, la sustituímos por la soledad de las playas. Nos hicimos socios de un club náutico y nos pasábamos las horas libres deslizándonos en una pesada plancha sobre aquellas inmensas olas que quebraban en la playa. Era fantástico!

Haciendo “changas” en Sydney, Australia

Poco a poco el color de nuestros cuerpos, expuestos tanto tiempo al sol, se volvió tan oscuro como nuestras manos y - por fin - pudimos bailar con nuestras chicas sin riesgo de manchar sus vestidos. Pero nuestras uñas tenían un aspecto muy raro: la parte recién salida era de color blanco- y el resto seguia teniendo el color del alquitrán. Eran nuestros últimos días en Sidney.

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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