Historia y Arqueologia Marítima

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Grandes Veleros y Cruceros de Lujo - Por el Capitán Gösta Sjögren

5- Cruce del Cabo de Hornos y fin del Viaje

Introduccion Un mozo pequeño y un velero grande Primer Viaje
Sidney y Chile-Tsunami Cruce del Cabo de Hornos y Fin viaje Los Transatlanticos
La Guerra Cruz Roja Escolar en NY
Los 7 años en Bs Aires Un Crucero de Lujo Petroleros
La Divina Garbo Una aventura en Peru Epílogo
Era una dicha increíble estar de nuevo en alta mar y respirar aire limpio. Un chubasco vinoi a pedir de boca y despues de unos días desapareció lo que quedo del tan detestado guano. Iba aumentando el viento a medida que nos acercábamos al "Cabo" y reforzamos a velas bajas más que nunca. Otra ve zlo preparam os todo para la "navegacion submarina".

Navegábamos solamente con las velas entre las tres vergas más bajas, es decir, una vela en cada palo, y además reducidas: quitamos viento a estas halando la parte baja hasta el medio de la verga, donde la fijamos bien. Así formamos cada una de estas velas cuadradas en dos triángulos pequeños, uno en cada extremo de las respectivas vergas. Este velamen es el mínimo para poder gobernar un velero.

Gobernar el buque en esta región, donde se han registrado la mar más espantosa del mundo, era para mi una nueva y estupenda aventura. Ahora estábamos siempre dos a la enorme rueda, un marinero a barlovento y un mozo a sotavento, ambos bien atados al eje de la rueda. Era como si los elementos hubieran reunido sus recursos para demostrarnos su grandeza insuperable. Mis recuerdos de estas horas a la rueda son los mas brillantes y no perderán nunca su lustre.

Me parece estar allá..., en la noche despejada, con la luna a popa. El viento tempestuoso está de popa por lo que no hay contrapresión en las velas para reducir los movimientos del bque a estribor o babor, y a veces casi tocan la mar las vergas más bajas. La mar quiebra sobre el buque sin cesar, y cuando está allá en un precipicio entre dos mares, no se ve del buque más que los palos.

Pasando el Cabo de Hornos

La única parte sobre la que no entra el mar es la popa, pero el viento arrastra las crestas con tal fuerza que chocan sobre nosotros a la rueda como chorros de mangueras. Todo está envuelto en una espuma que brilla como plata a la luz de la luna, y los topes de los palos dibujan rapìdísimas figuras entre casi todas las estrellas del cielo. El capitán está siempre de guardia en estos días difíciles. Es un milagro cómo puede soportarlo sin sueño. A veces el mayordomo le trae alguna cosa caliente en un jarro, y no toma nada más. Siempre está a la bitácora, cerquita de la rueda, que tambien le sirve como soporte por medio de una soga. Aunque lleva muchas horas sin dormir, no se le pasa nada De repente da una orden breve al marinero que está a mi lado - conmigo no cuenta, estoy aqui para ayudar al marinero a girar y sostener la rueda solamente. Le dice algo sobre hacer un viraje para reducir el impacto de un mar más formidable que la mayoría de los que él "siente" y que se acerca.

La luz débilo y vacilante que alumbra el compás, se refleja sobre su perfil distinto y agradable. Su barba blanca entera azota como una vela recién hecha trapos por una tormenta, y su traje de agua, siempre mojado, brilla. En ciertas situaciones delicadas le poigo canturrear algo, lo suficientemente alto para ahogar el fragor de los elementos. Me parecen melodías de nanas, y las oigo sobre todo cuando el buque está allá abajo entre dos mares y parece no tener el suficiente empuje hacia arriba para apartarse e las enormes aguas, y levantarse otra vez.

Me pregunto a menudo si estas nanas son para calmar a su querido buque o para convencerlo de que siempre tienen confianza en él.

Unas semanas más tarde, con la proa hacia el norte, navegabamos otra vez con todas las velas puestas y con la cubierta casi seca. Mi satisfaccion era grande por haber salido de aquel "bautismo de fuego" sin perder nada de mi aficion a la mar, y pensé en la posibilidad de que esta expresion tuviera algo que ver con el nombre de la región que habíamos atravesado, la Tierra del Fuego. Comprendí más que nunca que mi porvenir estaba en la mar. Durante aquellos días pasamos por donde habíamos estado  hacía más de un año y medio, pero con rumbo a Tasmania. Habia realizado mi primera vuelta al mundo.

En el alisio nordeste "celebramos" la Navidad. El capitán había comprado un chanchito negro en Callao que, a juzgar por su aspecto, parecía haberle costado baratísimo, pero sobrevivió y esperamos pasar una verdadera Navidad gracias al chancho. Era nuestro "niño mimado" y al acariciarlo se nos hacía agua la boca. Fué sacrificado y se sirvieron las primeras golosinas para la cena de Nochebuena, que tragamos rápidamente. Pocos minutos mas tarde tuvimos que hacer el segundo sacrificio de Navidad, pero esta vez las víctimas fuimos los mozos. Por la borda arrojamos todo rastro del chancho seguido por el almuerzo y, al fin, nuestro desayuno del día también. Por lo visto lo devoramos tan rápidamente que nuestras pobres panzas no pudieron aguantar, desacostumbrados  a substancias tan alimenticias. Pocos días después, cuando otra vez pudimos pensar en comidas sólidas, el chancho era sólo un recuerdo.

A causa del calor era imposible guardar algo del chancho - segun nos dijeron. Los otros a bordo, que tenían más experiencias en estos banquetes, habían recibido nuestras raciones, además de las suyas. Nuestra existencia ahora nos parecía demasiado atroz. Pasada nuestra primera fiesta de Navidad, no había ninguna cosita fresca a bordo, y lo que habia era imposible prepararlo debido al mal tiempo. !Y pensar que ahora hubo las más deliciosas comidas con buen tiempo - y no pudimos gozarla debido a la revolucion de nuestros estómagos!

Gradualmente nos acercamos a la Mancha y nuevamente la suerte nos era adevrsa. El pasaje duró casi dos semanas enteras, y durante este tiempo reinó una calma anormal. Fué un período muy desagradable, pues para colmo se nos habia agotado todo lo fumable. Nuestra única propulsion era la marea, por lo que manteníamos en aguas d epoca profundidad a lo largo d ela costa inglesa, anclando cuando la marea era en contra y levando anclas otras veces cuando la marea era favorable y nos llevaba hacia Londres. Debido a la calma, los remolcadores cruzaban las afueras de Londres, por Dover y a pesar de nuestro enorme disgusto, el capitán rechazo todo ofrecimiento de asistencia. Un remolcador se quedó cerquita del buque por dos días enteros, y cuando el viento vino hubo un regateo muy duro entre los dos capitanes sobre el precio del remolque, pues el precio bajaba en proporcion con el aumento del viento. Navegaba la mayoir distancia posible, y siempre con el rmeolcador en la estela como un albatros. Al final el capitán fue convencido de aceptar el remolque.

Al llegar a Londres, nos enteramos que el "Manhem"habia seido vendido para su demolición. Todos los esfuerzos del capitán para limitar los gastos del buque al extremo, evidentemente no fueron suficientes para prolongar la navegación de su querido buque. Nos quedamos a bordo una semana más sólo para desaparejar, pues estaba prohibido usar tripulantes en los trabajos de carga - gracias al sindicato. De paso, el guano era considerado "carga miserable" o algo asi y, según tarifa de los estibadores, resultó que ellos cobraron mucho más por dia, que nosotros en un mes entero.

La travesía de regreso de Londres a Gotemburgo la hicimos en un buque de pasajeros que pagó el armador. Durante los dos días que duró esta travesía, nos pareció que estábamos tan cerca del paraíso, que quizás fueras posible este pensamiento. Tuvimos la suerte de que el buque se balancease un poco, por lo que estuvimos casi solos en el comedor durante todo el viaje. Cada comida era una fiesta para nosotros que devorábamos todo lo que se podíia comer que estuviese al alcance de nuestra vsta, ante la admiración enorme del personal. Nos costaba trabajo mudarnos del comedor al camarote, aunque entre estos distaban unos cuantos pasos. Y una vez allá nos desnudabamos enseguida regodeándonos aún más con las sábanas blancas de las amplias literas. Durante la semana que estuvimos en Londres, nuestros estómagos se habian acostumbrado poco a poco a la comida corriente  y todo salió bien.

Al llegar a Gotemburgo, desde donde habiamos salido hacia dos años, me ofrecieron enrolarme como marinero en un carguero que saldria para el Lejano Oriente en pocos dias (el Freja). Lo acepté con gusto y con un orgullo mal escondido. Permaneci en este vapor durante dos años, es decir, hasta que tuve el total de los cuatro años requeridos en la mar para asistir a la escuela maritima.  Antes hice, sin embargo mi servicio militar.

El "Freja", que tomaria muchos años después para ir a Bs. As.

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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