Historia y Arqueologia Marítima

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Grandes Veleros y Cruceros de Lujo - Por el Capitán Gösta Sjögren

7- La Guerra

Introduccion Un mozo pequeño y un velero grande Primer Viaje
Sidney y Chile-Tsunami Cruce del Cabo de Hornos y Fin viaje Los Transatlanticos
La Guerra Cruz Roja Escolar en NY
Los 7 años en Bs Aires Un Crucero de Lujo Petroleros
La Divina Garbo Una aventura en Peru Epílogo
Durante la primera parte de la guerra en Europa, nos encontrabamos cruzando tranquilamente el Pacifico con pasaje americano. El ataque a Pearl Harour en Diciembre de 1941 puso un brusco fin a aquellas diversiones y volvimos con toda fuerza a Nueva York  por el Canal de Panamá. Al llegar allá, el buque fué comprado por los americanos para reconstruírlo y transportar tropas. Toda la tripulacion, menos yo, fué desenrolada y regresó a Suecia como pasaje. Fué un gran placer trabajar con los americanos y me pagaron muy bien durante los meses que tardó la reconstruccion del buque. Sin embargo elegí quedarme en tierra cuando salió el "Kungsholm", ahora llamado "John Ericcson" con su gran numero de tropas.

Entonces no habia ninguna posibilidad de regresar a Suecia directamente, debido a que los submarinos alemanes ya estaban vigilando en las afueras de Nueva York. A los pocos días, sin embargo, me avisaron de repente que me habian arreglado un pasaje para Suecia - pero vía Buenos Aires.

Pocas horas después me trasladaron a un pequeño carguero sueco, el "Freja", anclado en la rada.

Era una noche miserable con agua y nieve y muy poca visibilidad. El buque, fletado por los americanos, estaba bien camouflado y con las ventanillas tapadas. Todo a bordo me parecía muy misterioso, pero el capitán se mostró muy ocupado cuando me presenté, por lo que desisti de hacer preguntas. Poco después levaron anclas y nos hicimos a la mar con los faroles apagados.

Los oficiales me invitaron a una "fiesta de salida" en su comedor. Una fiesta muy animada y agradable, en la que me dieron la solución del misterio reinante - llevaban en sus bodegas unas 500 toneladas de dinamita para Montevideo y Buenos Aires. Debido a eso habían anclado en la rada hacía unos días esperando la niebla para deslizarse. El único riesgo que ahora corriamos era, según mis anfitriones, chocar con un submarino alemán.

Añadieron que ya con anterioridad habían hecho un pasaje como aquel, tanto sin llevar cargas explosivas como con éstas, en aguas infestadas de submarinos. Dijeron que preferían llevar las cargas explosivas porque así no existía la menor duda de las consecuencias de un torpedo, o algo así, contra el buque, en caso de que ello ocurriese. En el caso contrario, tendrían la permanente incertidumbre, dia y noche, de cuales serian las posibilidades de salvación. "Eso es lo que rompen los nervios poco a poco", dijeron los oficiales. 

Con este consuelo, me acosté. La unica amenaza de accidente que tuvimos en todo el viaje fué cuando estuvimos a la altura de las Antillas. Una tarde, a la puesta del sol, el primer oficial avisó desde el puente que, acababa de hacerse visible un periscopio, muy cerca. Pasamos unos minutos muy desagradables, pero no ocurrió nada, y poco después anocheció. Unos dias más tarde el telegrafista interceptó un despacho de Curaçao avisando que submarinos en aquella zona habian hecho recientemente un ataque sorpresa y echado a pique varios petroleros en el mismo puerto de Willemstad, escapando después. Por lo visto fué la misma táctica que usaron los alemanes en Scapa Flow, Islas de Orkney. Este mensaje nos explicó todo: el capitán del submarino que habiamos visto, evidentemente no estaba enterado de que Ilevábamos dinamita en las bodegas.

Echar a pique un carguero implica, en general, que se quede flotando sobre su carga el tiempo suficiente para transmitir un SOS, y tal telegrama sin duda implicaria que las Antillas se alertaran y frustrasen el primer ataque por sorpresa en esta region. Nuestro capitán tenia ordenes estrictas de no transmitir ningún mensaje excepto el SOS. Al llegar a Buenos Aires, mi primera visita allá, sólo tuve que esperar unos días hasta que saliera mi nuevo buque, un carguero sueco de salvo-conducto que Ilevaba doce pasajeros. El pasaje transcurrió sin incidentes. Mi regreso de Nueva York a Gotemburgo duró en total casi dos meses - un viaje que ya había hecho tantas veces en sólo diez días.

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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