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El ALFONSO
XIII y su pérdida

El Alfonso XIII era un
transatlántico armado en guerra (crucero auxiliar-correo
armado), construído en 1888. Pesaba 4,381 toneladas y tenía
una velocidad de 16 nudos. El armamento consistía de 4
cañones Hontoria de 5" (12 cm), 2 de 4" (9 cm), 2 de 3" (7.5
cm) y 2 ametralladoras. Estaba al mando del capitán Don José
María de Gororde e Igartúa (en el recuadro superior de la
fotografía ).
Este barco, como otros muchos
españoles que participaron en la Guerra Hispano Americana,
pertenecía la Cía. Transatlántica Española (guarda cierto
parecido con el Antonio López
aunque con un mástil más). El Alfonso XIII llegó el 4
de mayo burlando el bloqueo naval impuesto por la Armada
americana, hecho que le dio gran fama. En EE.UU. estaban
enterados de la travesía del buque, entre otras cosas,
porque los cables submarinos estaban "intervenidos", además
del servicio de espionaje en los distintos puertos. El
Alfonso XIII tuvo que permanecer en Puerto Rico algún tiempo
por su imposibilidad de seguir a Cuba debido al bloqueo.
Armamento
situado en el castillo de proa.
Durante su estadía en la Isla
siguió burlando el bloqueo realizando frecuentes viajes a
Mayagüez y Ponce para llevar provisiones y materiales de
guerra a las tropas. Tiempo después salió para Cuba y
forzando también el bloqueo allí, entró en Cienfuegos. De
todos los barcos que estaban en Puerto Rico durante la
Guerra Hispano Americana sólo el Alfonso XIII desarrollaba
una velocidad aceptable, incluso comparándolo con los
americanos, por eso logró burlar todos los bloqueos a que se
enfrentó.
El
Alfonso XIII, citando a
Rafael
Gonzalez Echegaray
en el libro Alfonso
XIII, Un Rey y sus Barcos, se perdio de la
siguiente manera:
El dos de Febrero del año de gracia de 1915, a las cuatro de
la tarde, rendía el viaje numero 2 en la bahia santanderina
el Alfonso XIII, procedente de las Américas y quedaba
amarrado a la boya de los correos de la Trasatlántica, que
era como una torta blanca y gigante a flote en el fondeadero
de la Osa, frente por frente a la ciudad.
El Alfonso XIII. Fondeado en Santander y ya modificado.
Subieron las gentes de tierra, aduaneros, inspectores,
sanitarios y celadores y empezó a desembarcar en seguida el
pasaje por la escala real hasta las vaporas de transbordo a
tierra. Los indianos de jipi y loro volvían su mirada hacia
arriba y se despedian de su barco, que ahora les parecia
inmenso contemplado desde abajo, a ras de agua, con el
voladizo gigante de la bovedilla desbordando sobre la
barahúnda de lanchas y gabarras que pululaban al costado. El
muelle desembarcadero era una colmena de impacientes que
esperaban al tio de America; de maleteros, fondistas,
carabineros y santanderinos de toda condición que no querian
perderse el espectaculo de la llegada del correo de Cuba y
que desde que sonó el cañonazo de entrada y el aullido
caracteristico de la sirena del Alfonso se habian ido
acercando al muelle de Tablas.
El equipo tecnico de la Inspección habia subido ya a bordo y
tras saludar al capitán, don Luis Sopelana, examinaba la
lista fatídica de reparaciones de cubierta, máquina y fonda
que a fin de cada viaje deberían de efectuarse en lo que
ordinariamente se llama en el argot nautico "la recorrida",
antes de que empezara a embarcar el nuevo pasaje del
siguiente viaje. La prudencia y el sentido comun de los
capitanes inspectores limaba lo superfluo dejándolo para la
gran parada anual, y ordenaba efectuar lo necesario o
imprescindible.
A
media tarde ya no quedaba a bordo ni un pasajero y media
tripulación se habia ido a casa, franca de ría, hasta los
pueblos de Comillas, Ruiloba, Suances y Ruiseñada, que eran
la cantera inagotable de personal de flota de López. Los
hombres del taller de reparaciones, situado al borde del mar
en un playazo muy próximo, con gradas y todo, que se llamaba
San Martin, entraron a bordo comenzando a puntear las
listas. Al anochecer se arriaron banderas a telón, se
desembarcaron los visitantes, y el Alfonso XIII quedó
sumido, silencioso, en el bien merecido descanso de su
viaje, mientras se iban dejando apagar los hornos de sus
calderas y se encendían medrosas las luces de fondeo en
plena canal.
Al dia siguiente, 3 de Febrero, comenzo la descarga con los
puntales del buque y simultaneamente se abrieron las grandes
portas del costado para abarloar contra ellas a las grandes
gabarras metálicas que, atiborradas de carbón, se acercaban
para trasbordar el consumo preciso para el nuevo viaje. Así
todo el dia. Se echaron a tierra las colchonetas sucias y el
material excluido de fonda y empezaron los hombres de a
bordo a retocar el maquillaje de pintura de las
superestructuras altas.
Aquel dia, sin embargo, saltó el Sur. El Sur, con mayuscula,
es el viento telúrico que en la primavera y en el otoño se
desata sobre el Cantabrico y en Santander y su bahía
adquiere proporciones gigantescas, con rachas huracanadas de
ciclon tropical. Ha sido dos veces el causante de la
desaparicion de la ciudad y una de ellas, bien reciente, no
hace mas de treinta y siete años. El Sur empieza suave y
caliente, tiñendo de arrebol a los atardeceres el escenario
fantastico del cielo de la bahia montañesa. Así fue aquella
tarde. La contraseña azul se desplegaba en su penol y el
trapiche de la marejadilla zarandeaba los botes,
remolcadores y barquias de la escolta portuaria del vapor,
que atortoraban a pie de plancha.
El dia 4 sopló el viento Sur toda la mañana y al repunte de
la marea. Las obras de abordo seguian su curso normal y se
recibio aviso de que el buque tendria que seguir fondeado
por lo menos hasta el dia 14. Al siguiente, el orto mañanero
fue un infierno de rojos y malvas con cirrús de fuego y
calma chicha. Los operarios del taller, aquel dia,
descosieron una plancha del forro para sanearla en la junta
del desagüe y la dejaron después colocada y presentada con
algunos roblones de sujeción sin remachar.
A
las cinco y media de la tarde ya no quedaban a bordo mas que
los oficiales y el retén de guardia. Y de repente saltó el
Sur, con su concierto gigante de bramidos y su marejada
verde sobre la bahia. Las montañas de enfrente, con los
Picos de Europa nevados de trasfondo, se acercaban a traves
de una atmosfera loca, increíblemente limpia y vacia.
La guardia reforzó las amarras y a eso de las ocho,
repentinamente, faltó, como un latigazo , un obenque del
botalon. El barco, aproado a la vaciante, recibía el viento
de través y tomando ventola comenzaba a escorar, rozando con
la cadena de amarre tesa por la amura como un dardo, la
jarcia del baupres. El contramaestre subio al castillo,
observó el percance y fue a dar parte al oficial de guardia,
quien con el sobrecargo y varios alumnos estaba en la camara
jugando una partida de cartas.
Entre tanto el buque habia empezado debilmente a escorar a
estribor. Al principio no se le dio importancia, porque
recibiendo toda la fuerza del viento de través , era logico
que adquiriese una pequeña tumba, habida cuenta de la gran
baluma del casco, que ademas estaba totalmente en lastre y
con una gran parte de la obra viva al aire. Eran las ocho de
la tarde. El contramaestre comenzo de nuevo la ronda para
averiguar la causa de esa escora, pues estando el buque
practicamente apagado por completo y sin vapor para las
bombas, no cabia achacarla a un trasiego voluntario de agua
de tanques o sentinas efectuado por los hombres de la
maquina. Mientras, envia un reten a la bodega numero dos, en
donde habian estado trabajando los obreros del taller, para
ver si estos habian ya marchado a tierra. Cuando el marinero
Francisco Diez se asomo a la escotilla del 2 quedó
petrificado. El entrepuente era como una gran piscina y por
las juntas de la plancha del costado y a través de las
huellas abiertas de los remaches botados entraba el agua de
forma incontenible.
Puesta en pie toda la tripulación que quedaba a bordo, se
sucedieron desde este momento toda clase de esfuerzos
sobrehumanos para intentar dar un pallete al costado y
taponar la via de agua. El barco tumbaba más y más a medida
que el agua se depositaba en aquella banda, y el viento,
ululante , se recreaba en la agonia del buque, que era su
presa, haciendo imposible cualquier maniobra.
A eso de las nueve de la noche, por fin se
pudo dar vapor al silbo y el Alfonso XIII comenzo a pitar, a
pitar, a pitar... La llamada premiosa de la sirena
vacilante, puso en sobresalto a toda la poblacion. ¿Que es
lo que pasaba en el correo? ¿Porque pitaba de aquella manera
a esas horas de la noche? El vapor del silbo se desvanecia
en el viento y las rachas furiosas metian su llamada
angustiosa por las bocacalles del muelle hasta el ultimo
rincon de la ciudad. Todo el mundo se echó a la calle. El
capitan y los oficiales del barco y los inspectores de la
Compañia y los consignatarios, junto con los hombres de la
Comandancia de Marina y los Practicos, contemplaban a los
pocos momentos, desde el embarcadero, la mole deforme y
negra del Alfonso; totalmente apagado ya, casi tumbado como
una ballena sobre su costado de estribor, que se hundia
irremisiblemente. Arriba, en la chimenea, todavia seguia
gimiendo el lamento de la sirena pidiendo ayuda.
La bahia estaba impracticable para pequeñas embarcaciones.
El Sur habia levantado una marejada violenta que impedia la
salida de las menores y las mayores no estaban listas de
presion para desatracar. Entre tanto, ante las miradas
impotentes de todo Santander, el barco bonito de la
Trasatlantica se iba a pique indefectiblemente. ya no se
distinguia bien su silueta, ni los palos ni la chimenea. De
repente su voz se fue apagando paulatinamente; el agua habia
llegado a los hornos de la caldereta que daba el vapor.
El
Afonso XIII se habia
muerto.
Sólo sobresale una banda del
magnifico buque.
El CIUDAD
DE CÁDIZ y la expedicion a Cabo Verde

El vapor "Ciudad
de Cádiz" en su diseño original
Al
Ciudad de Cádiz le toco
vivir como a todos los buques de la
Trasatlántica muchos
episodios bélicos. En el entramado de intereses económicos y
políticos en que navegaba la Trasatlántica, que en la época
estuvieron envueltos en numerosos incidentes militares casi
todos ellos de triste fin, hubo numerosas anécdotas y
aventuras para casi todos sus buques.
Un nodriza o
mother ship como dicen
los anglosajones, es uno que por construcción o necesidad da
apoyo a otro grupo de barcos, abasteciéndolos de combustible
y alimentos, pertrechos, agua y personal especializado para
reparar en la mar averías que de otra manera harían volver a
dicha unidad a puerto. Los nodrizas son habituales en las
flotas militares, pero también es habitual en la pesca, los
llamados factorías, que recogen y almacenan de los mas
pequeños el producto elaborado o sin elaborar y que les
permite a estos seguir faenando hasta volver a llenar las
bodegas y reiniciar el proceso. Esto generalizando.
El Ciudad de Cadiz había sido
comprado en gradas por Antonio Lopez y Cia., en 1878,
desconociendo quien fue la compañía que ordeno la
construcción, fue botado en Noviembre de 1.878 y acabado en
Marzo del 79, por los astilleros Lobnitz, de Coulborn en
Renfrew con el numero de grada 143. En Marzo de 1898 salio
del puerto de Cadiz con destino a Las Palmas y Cabo Verde
con destino final Puerto Rico llevando la insignia de
Villaamil, como nodriza de la escuadrilla de torpederos,
pequeñas latas de sardinas de mucha maquina y velocidad,
pero pésimas condiciones marineras, sin apenas franco bordo
y con una autonomía muy limitada, que eran muy vulnerables a
las condiciones meteorológicas, sobre todo en el Atlántico.

Escuadrilla de torpederos. Grupo del Jefe y Comandantes.
Fila de abajo, de derecha a izquierda: Vázquez, comandante
del Plutón; La Rocha, comandante del Terror; Villaamil, jefe
de escuadrilla; Carlier, comandante del Furor. Fila de
arriba, de derecha a izquierda: Somoza, comandante del
Ariete; Rizo, comandante del Rayo; Arderius, oficial de
ordenes; Alvargonzalez, comandante del Azor. De la revista
El Mundo Naval Ilustrado. Año II, Num. 23 de 1º de
Abril de 1.898.
La expedicion estaba formada por
el Ciudad de Cádiz,
armado para la ocasion con cuatro piezas de 120 mm, dos de
90 mm, y cuatro de pequeño calibre, portaba carbon,
pertrechos, municiones y provisiones para los destructores
Terror, Furor y Pluton y
para los torpederos Rayo,
Ariete y Azor. A la salida formaban los destructores a
babor del Ciudad de Cadiz
y los torpederos desfilaban por estribor.
Respecto a las piezas de
120 mm, es notorio hacer constar lo que nos cuenta
Rafael Gonzalez Echegaray
en su libro La Marina
Cantabra. Desde el Vapor. Vol II.:
La
Trasatlántica desde 1.888 tenia previsto el artillado de sus
buques con piezas de hasta 120 mm, de las que en 1.894
compra a su exclusivo cargo, nada menos que veinte. La flota
de vapores correos, no sólo tendria que soportar el esfuerzo
logistico del país para apoyar a sus ejercitos lejanos, sino
que deberia mantener el enlace comercial con las propias
provincias y batirse en combate acaso con el posible enemigo
que se perfilaba y que terminaría por convertir lo que
empezó siendo una guerra civil en un sangriento duelo
internacional con todas sus consecuencias

El Ciudad de Cádiz embarcando tropas y pertrechos en Las
Palmas. Postal coloreada artificialmente
El Ciudad de Cádiz saliendo
de Cartagena, cuando realizaba los servicios Cartagena-Oran
De la Revista
El Mundo Naval
Ilustrado, Año 2, Num. 26 de 15 de Mayo de 1.898,
transcribimos la aventura de estos pequeños barcos, que
tuvieron la fortuna de contar con su fiel perro pastor que
les busco y protegió hasta su llegada sanos y salvos a
puerto:
Miscelánea. Viaje de la
Escuadrilla desde Cádiz a Cabo Verde.
La relación del peligroso viaje realizado por la Escuadrilla
de torpederos desde Cádiz a Cabo Verde es por demás
interesante y aunque el suceso no es de fecha reciente,
estimamos de justicia no pasar en silencio el merito que
representa efectuar aquella travesía sufriendo un terrible
temporal. De Cádiz á Las Palmas (Gran Canaria) no hubo
novedad. Salio la escuadrilla de este ultimo puerto el 23 de
Marzo , a las 10 de la mañana, con tiempo regular y rumbo a
Puerto Rico.
Los días 24 y
25 no ocurrió novedad. Al amanecer del 26 empezó el temporal
durísimo.
Las tripulaciones luchaban valerosamente contra la mar y el
tiempo. Se hizo necesario poner el agua y los víveres a
media ración, pues a causa del tiempo era imposible a los
torpederos comunicar con la nodriza Ciudad de Cádiz. Al
amanecer del 27 el temporal seguía espantoso. El Ariete
había desaparecido de la vista. Terribles angustias. El
Ciudad de Cádiz derivo, para buscarlo, en demanda del
derrotero que durante la noche anterior habían traído. Los
demás barcos se aguantaron proa a la mar. Un golpe de mar
tiro el palo trinquete del Azor y partió el mayor por la
encapilladura del Terror. Así estuvieron aguantando las
mares gruesas y chubascos día y noche.
En la mañana del 28 divisóse por horizonte un buque: era el
Cádiz. Pero a poco se advierte que el Rayo había quedado
rezagado hasta perderse de vista. Suponiéndosele falto de
carbón y agua. El Furor va en su busca, le encuentra y
consigue darle remolque. Un golpe de mar parte el remolque,
pero logra darle otro el Plutón.
A las once de la mañana desaparecen el
Plutón, el Furor y el Rayo, quedando en su lucha con los
elementos el Terror y el Azor.
Nadie pensó en poner popa a la mar, regresando a Canarias.
Todos, valientes, sin ponerse de acuerdo, siguieron rumbo
adelante.
En la tarde del 28 encontraron al Cádiz con el Ariete a
remolque, siguiendo durante los días 29 y 30 con tiempo en
media bonanza. El temor a que faltaran víveres o carbón no
arredro a nadie, haciendo arribada a Cabo Verde, donde con
gran alegría se encontraron todos los de la flotilla. El
Ariete y el Rayo tenían averías en las calderas y en los
tubos. Los demás, de poca importancia. El personal iba muy
fatigado pero animoso.
El día 13 de Abril, a las nueve y media de la mañana ,
dieron allí fondo el Colon y el Infanta María Teresa, con
gran regocijo de todos.
Regreso desde Cabo Verde el 29
de Abril, remolcando a los torpederos que pragmaticamente se
considero no aptos para seguir a la escuadra y, en el mes de
Junio del mismo año, realizo una misión secreta que le llevo
hasta Amberes con ordenes desconocidas, regresando después a
Ferrol donde quedo fondeado hasta su desmilitarizacion el 1
de Septiembre, estando mientras tanto adscrito a la 1ª
Division de cruceros auxiliares junto al Meteoro y al
Alfonso XIII.
En 1.907, junto al Manuel L.
Villaverde, vuelve a efectuar transportes de tropas a
África. En 1.908 es destinado a una nueva linea comercial de
Cartagena a Oran, en servicio regular. Prestando sus
servicios en la linea de Guinea, el 10 de Octubre de 1.924
se pierde definitivamente el viejo Ciudad de Cádiz, al tocar
en unos bajos entre San Carlos y Santa Isabel. Las
características tecnicas de este buque eran; eslora, 112,23
metros; manga, 11,67, puntal, 9,70 metros; registro bruto,
3.174 toneladas; registro neto, 1.841; desplazamiento 5.620
toneladas; casco de hierro; maquina alternativa con una
potencia de 1.600 ihp o 3.350 ehp para una velocidad máxima
de 16,25 nudos; tres palos.
El Vapor "Montevideo"
Barco de transporte de carga y personal, participó en el
transporte de soldados y carga militar hacia Puerto Rico
y Cuba. Durante la guerra, forzando el bloqueo, salió de
La Habana y entró en Veracruz. Terminada la guerra fue
el barco que repatrió a las últimas tropas españolas en
Puerto Rico y al general Ortega. En 1915 trasladó a
España los restos de Martínez Illescas. Pertenecía a la
Compañía Transatlántica Española.
Nota: el pequeño velero que se ve al frente es el
típico bote utilizado por los pescadores puertorriqueños
de la época. La vela es la llamada "latina".
EL VAPOR "SANTA ISABEL"

El
vapor "Santa Isabel", propiedad de la Compañía Trasatlántica
Española, fue construido en acero con la técnica de remaches
en la Sociedad Española de Construcción Naval, en Matagorda
(Cádiz), en 1.915, siendo dotado de las técnicas más
modernas de la época. Desplazaba 2.492 toneladas, con una
eslora y manga máximas de 88'85 mts. y 12'19 mts.
respectivamente.
Era impulsado por dos hélices de cuatro palas
accionadas a vapor con una potencia de 1.350 CV.,
pudiendo alcanzar los 12'5 nudos, siendo su
velocidad de crucero habitual de 9 nudos. También
estaba dotado de velas, para aprovechar los vientos
y ahorrar carbón en sus travesías.
El Santa Isabel pertenecía al tipo de barcos
llamados popularmente "correos", los cuales se
dedicaban a transporte de carga general y pasajeros;
fue construido para cubrir la línea marítima
Bilbao-Cádiz-Canarias-Fernando Poo, para ello en su
construcción se había tenido muy en cuenta la
seguridad del pasaje y de la tripulación (cerca de
500 personas en total) siendo habilitado con ocho
botes salvavidas con una capacidad total de 390
personas y más de 400 salvavidas.

El
20 de Diciembre de 1920, el "Santa Isabel" inicia en Cádiz
el que sería su último viaje. Su destino el puerto de
Pasajes, para dejar carga y pasaje, y a la vuelta recorrer
diversos puertos del norte de España (Pasajes, Bilbao,
Santander, A Coruña, Villagarcía de Arosa, Vigo) con el fin
de recoger emigrantes con destino al puerto de Cádiz, donde
embarcaban en barcos de mayor porte y más veloces
(denominados popularmente "Trasatlánticos") que cruzaban el
Atlántico con destino a diversos puertos de América.
El 1 de Enero de 1.921, después de recalar en los puertos de
Pasaje, Bilbao y Santander, atracaba a primeras horas,
recién estrenado el año, en el puerto de A Coruña, donde el
capitán Dn. Esteban García Muñiz inscribió en el padrón
municipal a pasaje y tripulación, tal como lo disponía el
Instituto Geográfico y Catastral.
A
la una de la tarde de ese mismo día, dado que todos los
pasajeros estaban a bordo, el capitán decide adelantar la
salida (tenía previsto zarpar a las cuatro de la tarde), su
destino el puerto de Villagarcía. En el momento de la salida
del puerto, el "Santa Isabel", llevaba a bordo 84
tripulantes y 187 pasajeros, así como diversa carga general.
Las previsiones metereológicas eran de mar picado con cielos
cubiertos, con posibilidad de lluvias, y un aumento
progresivo de la fuerza del viento.
Sobre las diez de la noche, estando el buque a la altura de
Finisterre, comenzó a desatarse un fuerte temporal del
sudoeste, con fuertes lluvias que dificultaban la navegación
del barco, lo que obligó al pasaje a retirarse a sus
literas, mientras que el capitán ordenaba reducir la
velocidad del buque y correr las cortinas de la banda de
estribor para que la luz del interior del buque no impidiera
ver el mar, y decidió permanecer en el puente y postergar la
cena hasta llegar al puerto de Villagarcía, para dirigir
personalmente la navegación.
Sobre la doce y media de la noche, después de haber tomado
referencia de los faros de Corrubedo y del la isla de Ons,
para determinar su situación, comenzó a caer una lluvia tan
intensa que impedía la visibilidad de ambos faros, por lo
que el Capitán decide reducir todavía más la velocidad.
Navegaba
el "Santa Isabel" casi a la deriva, tomando como referencia
el faro de Ons, cuando el Capitán se da cuenta de que en la
proa del buque, entre las rompientes, aparece una roca,
aunque ordenó inmediatamente dar marcha atrás a toda
máquina, el fuerte mar de fondo del suroeste montó al buque
sobre los bajos de "Pegar", a escasos 200 metros de la isla
de Sálvora, en la entrada a la ría de Arosa, quedando el
barco apoyado de popa sobre su aleta de estribor. Era la una
y media del día 2 de Enero de 1.921.
Inmediatamente se ordenó avisar al pasaje y el abandono
inmediato del buque, pero a los quince minutos del
embarrancamiento se apagaron las luces, aumentando el pánico
entre los pasajeros y dejando sin suministro a la estación
de radio, el radiotelegrafista Dn. Angel González Campos,
muerto en el naufragio, apenas pudo transmitir: "Estamos
encima de las rocas de Salv". Estas escasas señales
fueron recibidas por Finisterre radio y el buque Flandre,
de bandera francesa, quienes ante la ausencia de respuesta
sobre el lugar del naufragio no pudieron ayudar en labores
de salvamento hasta pasadas varias horas cuando el barco
Cabo Menor, en ruta a Villagarcía confirma la situación
a Finisterre radio. El resultado fue el de 213 víctimas,
entre muertos y desaparecidos, salvándose únicamente 27
tripulantes y 29 pasajeros.
Las
declaraciones realizadas en fechas posteriores al naufragio,
en distintos medios de la época, por el segundo oficial Dn.
Luís Cebreiro, pueden hacernos ver parte de la magnitud de
la tragedia:
"A eso de la una y media, aproximadamente, de la mañana
del domingo día dos y estando descansando en mi camarote que
estaba bajo el puente, sentí un fuerte golpe en el buque y
empecé a vestirme y, al momento, se presentó el capitán,
avisándome de que encallara el buque y dando órdenes para
proceder al salvamento del pasaje y tripulación. Salí
rápidamente de mí camarote y subí al puente. Allí estaban el
capitán y el primer oficial con pasajeros que se proponían
salvar. Yo bajé a atender a muchos que estaban en la
cubierta de botes de babor, pues los de estribor los
destrozó el mar contra el barco, por ser el costado que daba
de donde venía el mar. De babor se arrió un bote con
tripulación y pasaje que pudo salir; pero más tarde supe,
cuando llegué a tierra, que ese bote se destrozara contra la
isla de Sálvora".
"Viendo que daba el fuerte mar reinante contra el vapor que
estaba ya sin luz decidí trasladarme con todos ellos a la
cubierta de popa, pues podría quedar aquella parte fuera del
agua y de ésta forma podrían acudir en nuestro auxilio. Así
lo hice y pasé con todos a aquella parte animándolos y allí
los agrupé al lado del bote nº 8 que estaba en la parte de
babor".
"Oí,
decía el segundo oficial, gritos pidiendo varias personas
auxílio, voces que partían del fumadero de segunda clase y
bajé y allí estaban varios hombres y mujeres del pasaje, y
los llevé a donde podían estar más seguros, al lugar
mencionado. Por si aquella parte del buque se hundiese, los
metí dentro del bote a todos y quedamos tres fuera del bote,
yo y otros dos más que supiesen nadar para que el bote no
fuese muy cargado. También se metió el primer maquinista,
Dn. Miguel Calvente, que falleció de frío cuando llegaba a
tierra y quién ordenó que se abriesen las válvulas de
seguridad de las calderas al abandonar el correo cuando
empezó a entrar agua en ellas".
"Acurrucada en un rincón de la cubierta, una madre intentaba
amparar y cubrir con su cuerpo a cinco infelices criaturas.
Durante un tiempo las olas, furiosas y gigantes, parecían
respetar aquel cuadro de ternura y amor. Cambió el viento, y
el mar se abalanzó sobre las inocentes víctimas. Fue un
momento de angustia sin igual ver como cada ola iba
arrancando un hijo de los brazos de aquella madre, a quien
ahogaba el dolor. Con el último de los hijos, al que abrazó
desesperadamente, llevó el mar la figura más hermosa de
madre que contemplé en mi vida".
"Amaneció y siempre tenía la esperanza de que llegasen
auxilios y no tuviésemos necesidad de arriar el referido
bote, pues, dado el mar que había, resultaría peligroso,
pero a eso de las nueve de la mañana empezó a hundirse
aquella parte de la popa, seguramente porque partiera en dos
el barco, quedó el salvavidas sobre los calzos y llegó el
mar a donde estaba y flotó, quedando fuera del barco con
todos los que metiéramos dentro del mismo, quedando en la
cubierta algunos que sabían nadar, y que se metieron, al
caer al agua arrastrados por otro golpe de mar, dentro del
mismo, con los demás náufragos. Salieron bogando con dos
remos dos marineros del buque y otro que era de Palmeira, ya
viejo, gobernando el bote.
Quedamos yo y un pasajero joven, que agarré en el agua ya
que no sabía nadar, y, aunque desde el bote nos ofrecían
sitio, les manifesté que, por ir muy sobrecargado no quería
embarcar, pues era peligroso, y dejé embarcar al joven que
yo llevaba nadando. Así siguieron por sus medios en
dirección a la isla y, más tarde y ya bastante separados del
buque, supe en tierra que fueran auxiliados por dos dornas
de la isla de Sálvora, una tripulada por mujeres y otra por
hombres.
Continué yo nadando, aunque era peligroso, fui a la isla y a
ella llegué después de luchar mucho con el mar, pues intenté
ir nadando a una ensenada de Sálvora llamada Besugueiros. No
me fue posible y entonces, sorteando las rompientes, pude
llegar a otro sitio de la misma donde se encontraba un grupo
de mujeres y algunos hombres haciendo señales indicándome el
lugar mejor para que llegase y, una vez allí, me auxiliaron
y vendaron los pies, por herirme en las piedras, pues iba
descalzo para poder nadar mejor. Se portaron todos muy bien
conmigo y me llevaron al faro nuevo que aunque no funcionaba
aún, vivían en el, y allí me dieron una cama, por no
servirme ninguna de las ropas de las que me traían, pues soy
de mucha estatura. Cuando desperté, me trajeron el traje ya
seco y me vestí. Fui en el vapor Rosiña a Riveira, donde se
encontraba en el puerto mucha gente que me animó y
atendieron mucho a todas las personas que se salvaron".
Desde
estas líneas queremos rendir un gran homenaje a todas
aquellas personas que colaboraron en el auxilio y ayuda a
los náufragos, evitando que la tragedia fuese todavía mayor:
A
Josefa Parada, Cipriana Oujo y María Fernández Oujo, que sin
pensar en los riesgos que corrían se embarcaron en una
pequeña dorna y ayudaron, remolcando con cabos, a salvar a
los náufragos del bote nº 8, así como a otros náufragos, que
trajeron de remolque en varios viajes al no poder
embarcarlos en tan débil embarcación. En total salvaron a 48
náufragos. Como reconocimiento recibirían posteriormente la
medalla de Salvamento Marítimo, así como diversas
condecoraciones, pasando a la historia con el nombre de
Heroínas de Sálvora.
A
Dn. Miguel Calvente Villalva, primer maquinista, y al
fogonero Dn. Manuel Flores Martínez, muertos en el
accidente, que al abrir las válvulas de seguridad evitaron
que explotasen las calderas, con los graves riesgos que esto
entrañaría para los que estaban en el barco.
A
Dn. Luis Cebreiro, segundo oficial, que gracias a su coraje
y valentía colaboró en la salvación de los embarcados en el
bote nº 8. Fue condecorado por la Sociedad Española de
Salvamento de Náufragos con la Medalla de Oro, por el
Gobierno con la Cruz de la Orden de Beneficencia de primera
clase, y por el rey Alfonso XIII con la Cruz del Mérito
Naval.
A
Dn. Antonio Pescador Saberón, capellán del "Santa Isabel",
muerto en el naufragio, que se negó reiteradamente a subir a
los botes, dándole incluso a los pasajeros los salvavidas
que la tripulación le daba para su uso personal, quedándose
en el barco confortando y animando a los náufragos hasta que
una ola lo arrebató de la cubierta.
Al pueblo de Ribeira que de forma ejemplar ayudó a los
supervivientes, los cuales fueron acogidos en distintas
casas particulares, lo que fue elogiado en diversos
periódicos de la época, y que el rey Alfonso XIII
reconocería posteriormente al concederle el título de
"Muy Noble, Muy Leal y Muy Humanitaria Ciudad"
En
la actualidad todavía podemos contemplar cosas que nos
recuerdan tan terrible tragedia.
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