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A
las siete y media de la mañana, Alejandro
Maegli estaba a punto de entregar la guardia
y meterse en la cama cuando de pronto el
sonarista del submarino le dijo una frase
que lo dejó helado: "Señor, tengo un rumor
hidrofónico".
El teniente de fragata pegó un respingo
queriendo creer que el operador se había
equivocado.
A veces las ballenas o el krill producen
"rumores biológicos" y pueden confundir al
más experimentado de los técnicos del sonar.
Pero el ruido venía del Noreste y sus
características se iban confirmando con el
correr de los minutos. Maegli era jefe de
comunicaciones y tenía la obligación de
despertar al comandante. Lo hizo:
"Despiértelos a todos, uno por uno, y
colóquelos en sus puestos de combate", le
ordenó el capitán.
A Maegli se le puso la piel de gallina. En
ese momento sólo podía sospechar lo que iba
a ocurrir. Pero no podía saber con certeza
que comenzaría la primera batalla submarina
del Atlántico Sur, que venían hacia ellos
helicópteros ingleses a ras del mar,
seguidos de cerca por los buques de la Royal
Navy, y que los esperaban veintitrés horas
de miedo, suspenso, persecución y
explosiones.
Era el 1° de mayo de 1982 y el submarino
ARA
San Luis tendría su bautismo de fuego en la
Guerra de las Malvinas.
Maegli es hoy contralmirante y director del
Area Material Naval, y tiene a su cargo la
difícil decisión de reparar o sacar de
servicio para siempre a esa nave llena de
fantasmas que espera en silencio, roja por
la pintura antióxido, en una dársena del
puerto de Buenos Aires. ¿Cómo resolver con
la cabeza un asunto del corazón?

El "San
Luis" en Tandanor, Mayo 2009 (fotoC.Mey)
Alejandro encontró su vocación en Mar del
Plata a los cuatro años, durante una visita
escolar. Un submarino reposaba en silencio,
pero traía consigo ecos de aventuras, y
Alejandro se metió luego en la Escuela Naval
con el único propósito de surcar bajo el
agua los mares del mundo. Hizo una
experiencia en un buque barreminas. "Para
ser oficial barreminas no hay que ser loco,
pero te ayuda bastante", dice el refrán. Y
después sirvió en un buque de apoyo.
Finalmente, ingresó en la Escuela de
Submarinos, que es muy exigente, y aprendió
de memoria, uno por uno, los múltiples
mecanismos internos de esa nave.
La primera vez que entró en el San Luis todo
se le venía encima. Parecía realmente un
lugar de confinamiento. El submarino es un
cilindro que mide 50 metros desde el timón a
la proa, 11 metros desde la quilla hasta el
tope de la vela y 5 metros con veinte
centímetros de lado a lado: ése es el
diámetro de un caño donde deben vivir,
trabajar, dormir y recrearse treinta y cinco
hombres durante semanas y, a veces, meses de
misión submarina. Travesía en la que se
habla en voz baja, se come poco "porque la
navegación te quita el hambre", y donde
luego de la vibrante marcha en superficie y
las maniobras de inmersión sobreviene una
extraña serenidad espacial.
El submarino había sido comprado a Alemania
en los años setenta, había llegado desarmado
a la Argentina y había sido montado pieza
por pieza en Buenos Aires. Pero para la
época de Malvinas presentaba algunos
problemas: no podía desarrollar velocidades
de inmersión superiores a los 14 nudos y uno
de los cuatro motores diesel que permiten
cargar las baterías a través de un snorkel
no funcionaba. Así y todo, Maegli no estaba
tan preocupado por estas limitaciones como
por su mujer, que estaba a punto de dar a
luz. En marzo de 1982, ese padre primerizo,
que apenas tenía 27 años, tuvo que zarpar en
misión de adiestramiento y subirse por las
paredes del submarino esperando la buena
nueva. Estaban haciendo ejercicios con tres
corbetas cuando llegó la noticia de que
había nacido su hija María Inés. Los
festejos a bordo fueron discretos, pero
afectuosos.
A mediados de mes llegó otra orden: debían
suspender los simulacros y retornar a Mar
del Plata. Un amigo se lo encontró en
tierra. Partía al día siguiente en el
submarino Santa Fe. "Flaco -le dijo a Maegli
en un susurro-me voy a Malvinas." Alejandro
sospechaba que algo grande se avecinaba,
pero no tenía tiempo de meditar demasiado:
corrió a ver a su mujer y a conocer a su
hija, y los acontecimientos del 2 de abril
lo sorprendieron como a casi todos nosotros.
Sintió entonces una íntima contradicción:
alegría patriótica mezclada con angustia y
extrañeza. Hacía pocos meses había
confraternizado con los oficiales del
submarino inglés HMS Endurance, que había
hecho escala en Mar del Plata. El Endurance
atacaría luego, con torpedos y el apoyo de
helicópteros, al submarino Santa Fe.
Recibieron la orden de alistarse contra
reloj y hacerse a la mar el 11 de abril.
Salieron de noche, con órdenes secretas.
Cuando abrieron el sobre descubrieron,
tragando saliva y con los ojos bien
abiertos, que debían patrullar el "Area
Enriqueta", frente a Puerto Deseado. La luna
brillaba en la dársena: navegaron hasta la
altura de cabo Corrientes y se sumergieron.
Maegli preparó las cartas de navegación y
leyó la consigna: "Autorizado uso de armas
en defensa". No podían atacar a nadie,
porque las negociaciones diplomáticas no se
habían agotado. Pero ese despacho lo obligó
a procesar psicológicamente el hecho de que
por primera vez no se trataba de un
entrenamiento: era la guerra.
Pasaron varios días haciendo recorridos y
subiendo el snorkel media hora para obtener
energía y oxígeno: ésos eran los momentos de
mayor vulnerabilidad de la nave. Luego todo
fue esperar y madurar la idea del combate.
Salvo, claro está, cuando sucedió lo
imprevisto: una avería en la computadora de
control de tiro. Llevaban a bordo 10
torpedos alemanes y 14 estadounidenses. Pero
sin esa computadora, la única alternativa
era lanzarlos de manera manual. Trataron de
repararla, pero no tenían a bordo los
elementos con qué hacerlo, y el 27 de abril
recibieron otro mensaje: "Destacarse y
ocupar «Area María». Todo contacto es
enemigo".
Eso significaba que debían desplazarse a una
zona cercana a la isla Soledad y que allí no
había buques argentinos. Cualquier "rumor
hidrofónico" tenía entonces que ser,
forzosamente, una nave inglesa, y la orden
era dispararle, sin dudar.
El 1° de mayo Maegli juntó a todo su equipo
de informaciones de combate. Se sentaron
alrededor de una mesa minúscula y él
descubrió que le temblaban las piernas y que
no podía levantar la cara. Cuando la levantó
vio que sus camaradas estaban en idéntica
actitud de pánico. Vadeó como pudo ese
pantano y comenzó la reunión de análisis.
Luego se colocó los auriculares: el blanco
venía hacia ellos y el comandante ordenaba
preparar tubos de torpedos y movimientos
submarinos para encontrar la mejor posición
de tiro. En un momento, el sonarista oyó
explosiones y hélices de helicópteros. Se
aproximaban tres helicópteros antisubmarinos
con los sonares desplegados y largando
cargas de profundidad a ciegas. A medida que
analizaban los sonidos y señales se daban
cuenta de que los Sea King avanzaban
abriéndoles camino franco y seguro a varios
buques británicos de guerra. Cuando estaban
a 9000 yardas, Maegli le dijo a su capitán:
"Señor, datos de blanco ajustados". El
comandante gritó: "¡Fuego!" Y el torpedo
salió disparado con trepidaciones y ruidos
escalofriantes. Llevaba consigo un cable de
guía a través del cual se podía teledirigir
su dirección. Pero a los pocos minutos un
oficial informó que el cable se había
cortado. El torpedo seguía ahora corriendo,
aunque de manera autónoma, y estaba
programado para ir ascendiendo con el objeto
de asegurar el impacto. El problema es que,
al hacerlo, se hacía visible. En cinco
minutos absolutamente todos los buques
ingleses desaparecieron del sonar, y el
torpedo se perdió en la nada.
No era difícil para los helicopteristas
ingleses ver el trazado del disparo y
calcular la posición del San Luis. A Maegli
se le secó la boca. Pasarían de cazadores a
presas en segundos; los ingleses, a gran
velocidad; los argentinos, en cámara lenta.
El capitán ordenó evasión a toda máquina y
el sonarista dijo: "Splash de torpedo en el
agua". Les habían disparado y ya se sentían
los sonidos de alta frecuencia que el
proyectil inglés emitía al acercarse.
"Máxima profundidad", ordenó el comandante.
Y a continuación mandó lanzar falsos
blancos. Se usaban señuelos, pastillas
gigantes que en contacto con el agua hacían
burbujas y confundían con sus ecos
apócrifos. Los llamaban "Alka Seltzer".
Después de expulsar los dos señuelos, el
sonarista informó de algo que galvanizó a
todos: "Torpedo cerca de la popa". Maegli
pensó: "Cagamos, nos está persiguiendo, nos
va a reventar". El sonarista agregó:
"Torpedo en la popa".
Diez segundos y un año después, el operador
dijo, con su voz metálica: "Torpedo pasó a
la otra banda". Una alegría silenciosa, un
cierto alivio recorrió el cilindro: el
torpedo inglés había pasado de largo y se
perdía en el mar. Se habían salvado por un
pelo.
En ese instante mismo comenzó el
hostigamiento. Los Sea King se acercaron
lanzando sus cargas y sacudiendo el océano.
Tiraban todavía sin tener la posición exacta
del San Luis, que bajaba y bajaba. Pescaban
con bombas a unos quinientos metros del
mentón del teniente Maegli. El submarino fue
reduciendo su velocidad y se asentó con un
golpe en el fondo de arena. Cada veinte
minutos los helicópteros llegaban y soltaban
sus explosivos, reemplazándose los unos a
los otros en la tarea durante horas y horas.
Las ondas expansivas no llegaban y entonces
el máximo problema era el oxígeno. Sin poder
sacar el snorkel, el dióxido de carbono
subía y el peligro aumentaba. El comandante
ordenó que la tripulación abandonara sus
puestos de combate y se metiera en la cama:
había que gastar lo menos posible. Meterse
en la cama y dormir en un submarino que está
en el fondo del mar y al que le siguen
disparando debe ser una de las experiencias
más inquietantes de la vida. A pesar de
ella, Maegli pensó: "El problema no es el
miedo sino cómo controlarlo", y se quedó
dormido.
Veintitrés horas después del primer "rumor
hidrofónico", el sonarista anunció que el
área estaba despejada. El San Luis emergió a
plano de periscopio, sacó el snorkel y la
antena, y recibió la triste información de
que habían hundido al Santa Fe en las
Georgias. El teniente pensó en su amigo y en
los oficiales del Endurance, y luego no
pensó más que en hacerse fuerte y seguir
haciendo su trabajo. "Ya teníamos
callosidades en el alma, ya éramos
diferentes", dice hoy, al recordar aquel
bautismo de fuego.
Cinco días más tarde, en un teatro de
operaciones infestado de naves enemigas, los
sensores acústicos volvieron a detectar
"ruido hidrofónico". "Posible submarino",
dictaminó el operador. Y el comandante
ordenó de nuevo que todos ocuparan sus
puestos de combate y que el San Luis
avanzara hacia el blanco, que tenía un
extraño comportamiento zigzagueante. "Blanco
alfa muy cerca", dijo el operador. Estaba a
unos 1500 metros. Dispararon un torpedo
antisubmarino de recorrido corto y
escucharon una detonación tremenda. Pero
nunca pudieron determinar a qué le habían
pegado.
En la madrugada del 11 de mayo, Maegli
estaba nuevamente de guardia cuando el sonar
detectó una fragata misilística que venía
del Este, y al rato otra del Norte. Todos
estaban en sus puestos. Y allí,
provisionalmente en pausa de combate, les
sirvieron un memorable arroz con tomate que
los submarinistas comieron con los músculos
en tensión, como si fuera lo último que
probarían antes de morir. Luego
comprendieron que los dos buques británicos
convergían sobre el estrecho de San Carlos y
el capitán ordenó atacar el blanco más
cercano a la costa. "¡Fuego!", volvió a
gritar, a una distancia de 5200 yardas.
Tardó tres minutos en cortar cable. Pero
todos los tripulantes acompañaban
mentalmente la corrida del torpedo. Hasta
que, de repente, Maegli escuchó un clanc. Un
alarmante ruido de chapa. El sonarista
informó que los blancos huían a toda
máquina. El proyectil había pegado en el
casco, pero no había explotado. El
proyectil, una vez más, no estaba en buenas
condiciones. Los dos buques ingleses venían
de hundir con artillería al ARA Islas de los
Estado, un barco argentino que transportaba
municiones y combustible de avión. Habían
muerto más de veinte hombres en ese
naufragio.
Cuando el capitán comunicó al Comando de
Operaciones Navales las fallas del torpedo y
les recordó las dificultades en el sistema
de tiro, recibió una directiva terminante:
volver a casa. Regresaban a Puerto Belgrano
de noche y en silencio: no habían logrado
hundir ningún buque y aunque habían
provocado, tal como confesaron luego los
ingleses, una verdadera psicosis en el mar y
habían logrado retardar con su amenaza
submarina el desembarco en las islas,
llevaban un regusto amargo. "La prevención,
el desgaste de energía y el temor que genera
un submarino es terrible", me explica el
contralmirante Maegli; se nota que aquella
amargura no se le ha borrado de la boca.
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Atracaron en secreto en la base naval y
comenzaron a realistar el San Luis,
metiéndolo a dique. El teniente llegó
estresado, barbudo y con la misma ropa con
que había salido de Mar del Plata a su
departamento de casado, y durante una semana
no respondió preguntas ni salió de la cocina
de dos por dos: sólo se sentía seguro en
lugares reducidos.
Nunca el San Luis pudo volver al teatro de
operaciones. Trajeron a dos expertos para
repararlo, pero tardaron cuarenta días y eso
dejó al submarino y a su tripulación fuera
de la guerra. El 14 de junio los tapó la
tristeza. Maegli siguió prestando servicio
en el San Luis, y en 1983 lograron que los
técnicos alemanes revisaran los mecanismos,
explicaran las razones de los desperfectos
en sus torpedos y en el sistema de tiro que
habían fabricado, y pudieran hacerse las
modificaciones necesarias.
Alejandro siguió una larga carrera de
perfeccionamiento profesional. Fue
comandante del ARA Salta -gemelo del San
Luis-, director de la Escuela de Submarinos
y agregado de Defensa en Canadá. Un amigo de
Ottawa le regaló un libro donde figuraban
las grandes batallas submarinas de la
historia. Un historiador británico,
especializado en el tema, narraba las
dramáticas aventuras de un submarino
argentino que había escapado de milagro al
acecho de la Royal Navy: el San Luis. Maegli
no quiso leerlo así como no quiere visitar
el submarino rojo que duerme en un astillero
de la Costanera Sur a la espera de ser
convertido en un museo o regresar al mar.
"Es viejo, pero no es anticuado -lo defiende
el director de Material Naval de la Armada
argentina-. Si me preguntás qué quiero te
respondo algo muy simple: sólo un buen
final."
Volvió al astillero para hacerse unas
fotografías. Pero lo hizo a regañadientes.
Las ánimas vestían de rojo. Costó hacerlo
subir al puente del San Luis. Maegli
finalmente subió y recordó en un pestañeo el
momento exacto en el que se abrió la
escotilla y salió a la luz después de 37
días sumergidos en el Atlántico Sur sin ver
el océano ni el cielo ni el sol. Maegli
asomó su cara agotada de 1982 y respiró
profundamente. Lo sorprendió en ese momento
el olor puro del mar. El imborrable olor de
la vida.

Foto El Snorkel
El personaje
ALEJANDRO MAEGLI
Testigo fundamental de una batalla submarina
Bajo fuego
enemigo .. El Submarino “SAN LUIS” se le
asigno la misión de destruir las fuerzas
navales enemigas, operando en un área de
patrulla ubicada al norte de las Islas
Malvinas, pero fuera de la Zona de Exclusión
establecida por los británicos. El 29 de
abril, tras el fracaso de las negociaciones
diplomáticas, el SAN LUIS fue autorizado a
emplear todo su potencial bélico dentro de
la llamada Zona de Exclusión. El Comandante
de las Fuerzas Británicas, preocupado por la
posible presencia de submarinos argentinos
desplegó sus naves en una búsqueda costosa y
estresante, sin obtener resultado alguno. El
SAN LUIS ante la detección de tres buques
enemigos se preparo para efectuar un ataque
en forma manual, ya que su computadora de
control de armas se había averiado poco
tiempo después de la zarpada. El primer
lanzamiento culmino con la desazón de su
tripulación al perder el torpedo por corte
de su cable filoguiado.
Delatada su
presencia por este hecho, la pequeña y
poderosa nave submarina se vio obligada a
evadir con éxito un feroz ataque que se
prolongo por mas de 20 horas. El 8 de mayo
se obtiene un contacto sonar clasificado
como “submarino en inmersión” a la corta
distancia de 3000 yardas. Con las mismas
limitaciones en su sistema de control tiro,
se obtuvieron los datos de blanco y se lanzo
un torpedo antisubmarino MK 37, escuchándose
una explosión al finalizar la corrida. Nunca
se obtuvieron datos suficientes como para
confirmar los resultados de este
lanzamiento. Durante la noche del 10 de
mayo, luego de haber hundido al transporte
argentino “ISLAS DE LOS ESTADOS”, la Fragata
HMS “ALACRITY” sale a toda maquina del
estrecho de San Carlos, buscando el apoyo de
otras unidades en aguas abiertas. El SAN
LUIS que se encontraba al acecho en la boca
del estrecho, tuvo en su sonar a los dos
blancos. Luego de ajustar los datos para el
lanzamiento, lanzo dos torpedos a una
distancia de 5000 yardas en la madrugada del
dia 11. Ante el asombro de su tripulación,
uno de los torpedos no salió del tubo y el
otro presento la misma falla de corte de
cable que el anterior. Había perdido una
inmejorable oportunidad para vengar al
transporte hundido.
Dos días después
el SAN LUIS recibe la orden de regresar al
continente. Todo el esfuerzo puesto para
recuperar la operatividad de su sistema de
armas fue en vano, el buque estuvo listo
recién para mediados de junio. Ya era tarde.
Nuestras naves submarinas tuvieron un
destacado desempeño durante un conflicto
desigual. Hicieron frente a una de las
flotas antisubmarinas mas profesionales y
prestigiosas del mundo. De no haber sido por
las fallas de sus torpedos otro habría sido
el curso de la guerra en el mar. Rendimos
nuestro homenaje a aquellos héroes
silenciosos que desde las profundidades
australes dejaron bien alto el prestigio
profesional del arma submarina argentina
obteniendo el reconocimiento mundial por su
audacia, valor y capacidad profesional.
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