Historia y Arqueología Marítima  
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Motovelero hundido el 26.12.1881 en la Restinga playa faro del Rio Negro. Casco de hierro Hierro 26.12.1881 Fuente Carlos Pesatti.

Las dos historias fundantes de El Cóndor

Un Articulo de Pedro Pesatti, Viedma, 2006

El barco "Cóndor" se hundió el día 26 de diciembre de 1881 Una vieja y querida familia de Viedma se reúne todos los años, el mismo día y en el mismo lugar donde encalló el barco del que tomó su nombre el balneario El Cóndor, para arrojar flores al mar. Son los descendientes de Peter Hansen Kruuse, un joven marino que hace 124 años, en las arenas de un naufragio y la desdicha, encontraría en ese lugar a la mujer de su vida.

Precisamente, el 26 de diciembre de 1881 encalló en las restingas de la playa adyacente al faro del Río Negro, en "los pozones", el motovelero dinamarqués "Cóndor". Hansen Krusse era el carpintero del clipper de 400 toneladas que a fines del siglo XIX había sido contratado para transportar champagne francés desde el puerto alemán de Hamburgo a la costa Oeste de los Estados Unidos siguiendo la ruta del Cabo de Hornos.

La embarcación, gastada en mil viajes a los mares del Norte y de la China, cuando navegaba frente a la desembocadura del río Negro muestra los primeros indicios de la zozobra. Su capitán, John Haveman, advertido de la emergencia, toma la decisión de virar hacia la ignota costa de una Patagonia siempre poblada de misterios. La marea alta le impide observar las restingas que poco después causarían las heridas mortales de su nave

El diario "La Nación" dio cuenta del naufragio en el que murió sólo el grumete, aunque no a causa del naufragio propiamente dicho, sino como producto de beber en exceso la preciada carga del "Condor". El joven, como producto de su embriaguez, cayó al mar desde uno de los botes en uno de los tantos viajes que los tripulantes del navío hicieron para rescatar todo lo que pudiera servirles de su viejo clipper, como las botellas de champagne de Reims que atiborraban sus bodegas.

En aquellos tiempos sólo había dos puntos de referencia en la zona: un pequeño destacamento naviero en la margen norte de la desembocadura del río Negro, en el Estacionario, y el casco de una estancia lindera al mar. Por esas cosas que trama el destino, el encargado del establecimiento era un ciudadano de origen dinamarqués como los náufragos del "Condor". Se llamaba Pedro Martensen, miembro de una familia pionera en la conformación de pueblos en la zona de Tandil que llegó a la frontera Sur como fotógrafo de la campaña al desierto con el general Julio Argentino Roca. Poco después, Martensen, tomaría la decisión de afincarse con su familia en nuestra región. Aquellos náufragos, precisamente, son socorridos por este hombre y es allí, en ese encuentro, donde Pedro Hansen Krusse descubre el puerto que el mar le había negado. La mirada de una de las hijas de Martensen es como un faro que le señala el lugar para echar anclas para siempre.

Pedro, que había embarcado con el propósito de reencontrarse con su madre y su hermano en los Estados Unidos, es el único de los náufragos del "Condor" que no abandona el lugar donde la desventura lo arrojó a las arenas de una playa desconocida, pero que le tributaría, como una recompensa insospechada, el gran amor de su vida: el amor de María.

Pero El Cóndor, el primer balneario de la Patagonia norte, también reconoce otra gran historia cargada de pasión. Jacinto Massini, nacido en Rímini, Italia, el 11 de setiembre de 1868, es sin duda el gran pionero de la villa marítima que alguna vez llevó su nombre. Armado de una fuerte vocación de servicio, llegó a Viedma para contribuir, como laico, con la Obra de Don Bosco. Fue el primer farmacéutico que tuvo Viedma y desde esa condición trabajó junto al cura "doctor" Evasio Garrone y al primer Beato de la Patagonia, Don Artémides Zatti, en el Hospital San José.

El mar lo fascinaba. A partir de 1913 comienza a bregar para habilitar el libre acceso a las playas de nuestro balneario. No son pocas las penurias que le tocan transitar, incluso ante la justicia, por las denuncias de la que es objeto por parte del propietario que tenía el dominio de las tierras frente a las playas. Aquél hombre no aceptaba, ni remotamente, la posibilidad de franquear el paso de los vecinos que quisieran disfrutar del océano. Sin embargo, Massini, jamás se dio por vencido ni pudo aceptar que una tranquera pudiera constituir un obstáculo para impedir que la gente pudiera tomar "baños de salud".

Pese a todo, el 22 de junio de 1920 logra que la gobernación de Río Negro le extienda a su favor el primer permiso de construcción en uno de los lotes del naciente balneario. No es casual, entonces, que hasta la mitad del siglo XX el balneario llevara su nombre, hasta que finalmente, un 29 de diciembre de 1948, el gobernador Montenegro decidiera imponerle la denominación que hoy todos le reconocemos.

Tal vez, como una forma de unir dos historias -una de carácter privado, aunque no por ello menor, pues está cargada de una enorme singularidad y de un amor que nace en el infortunio de un naufragio, y la otra, de carácter público, como la que entabla Massini para habilitar el acceso a las playas de El Cóndor- deberíamos fijar como fecha del efectivo nacimiento del balneario el día en que Massini obtiene el permiso de construcción del gobierno. Pienso que no serán pocos los que acordaran en hacer coincidir ese 22 de junio de 1920, que marca el triunfo de Massini sobre quienes intentaron cerrar con candado el reino del mar y las mareas, como la fecha fundacional de El Cóndor, cuyo nombre remite a un relato que Pedro y María, hace más de cien años, signaron con su amor en clave de poesía.


La historia de un naufragio y el nombre del balneario de la boca del río Negro

Algún desprevenido podría conjeturar que nuestro balneario El Cóndor, tan rionegrino y patagónico, recibió su nombre por la presencia en estos ámbitos australes del majestuoso rey de los cielos americanos. No sería extraño que ello hubiese ocurrido (célebres viajeros como Charles Darwin y el perito Francisco Moreno observaron cóndores volando por aquí) pero en realidad la denominación sobreviene de un pequeño barco dinamarqués que, mientras viajaba desde Alemania hacia San Francisco, en Estados Unidos, encalló en nuestras costas.

Este cronista se quedó boquiabierto la primera vez que escuchó esta historia (hace más de 30 años) y siempre pudo observar la misma reacción en quienes se enteran del origen del nombre que se le impuso a la villa marítima hace exactamente 60 años (29 de diciembre de 1948), en reemplazo de la denominación de Balneario Massini, que tuvo hasta entonces como reconocimiento a uno de los testarudos italianos pioneros de su poblamiento (ver artículo de esta serie del 7 de diciembre último). Los sucesos que contaremos se desencadenan a partir del 26 de diciembre de 1881, hace 127 años.
La docente Nydia López Kruuse es la persistente difusora de este relato. Los datos que siguen fueron tomados de una nota del archivo personal de este escriba y del opúsculo mecanografiado “Norte al norte, sur al sur, siempre los mares” de autoría de la propia Nydia, con fecha de mayo de 1992.

El principio contado por Nydia
“El balneario El Cóndor recibe el nombre de un clipper dinamarqués que llegó a estas latitudes allá por el 26 de diciembre de 1881. El clipper en aquel momento era un tipo de embarcación que significaba un desafío para los marinos, era un carguero que pertenecía al capitán John Havemann, construido alrededor de 1860 en Dinamarca.
Ese capitán se instala en Hamburgo y desde allí realiza varios viajes. Nosotros sabemos de esta historia del Cóndor porque formaba parte de su tripulación un muchachito, Peter (Pedro) Hansen Kruuse, que a Dios gracias es mi abuelo.
A bordo de ese buque, nuestro abuelo había hecho viajes hasta la China, y había pasado por el Cabo de Buena Esperanza. En nuestras manos quedó la libreta de navegación, por lo cual descubrimos que el barco Cóndor, antes de este viaje que lo dejó definitivamente en nuestras playas cercanas había llegado a Río de Janeiro.
Havemann consigue un embarque de champagne de Reims que, partiendo de Hamburgo, tenía como destino San Francisco, en Estados Unidos. Viajan sin problemas, hacen la última escala en Montevideo y siguen hacia el sur, en demanda del famoso Cabo de Hornos.
Sin embargo, pasando la barrera del río Negro, un poco más al sur, empiezan a tener problemas con la embarcación y deciden volver hacia Montevideo. Ellos lo único que sabían es que estaban frente a la Patagonia, nada más. Creían que era una tierra salvaje y pensaban que podía haber antropófagos.

Cuando llega Navidad, se dan cuenta que la cosa no va más, entonces tratan de ir hacia la playa. La fecha del 26 de diciembre es tradicionalmente la ‘segunda Navidad’ para los daneses. El barco impacta sobre las rocas invisibles por la marea alta, (en un sitio cercano al lugar en donde, seis años más tarde, se levantará el faro que todavía presta servicios a los navegantes) y el viento levanta las olas de modo que sólo con dificultad logran bajar hacia la playa.
El mismo bote salvavidas que los llevó hasta allí les sirvió esa noche de cobijo, ya que hacía mucho frío a causa del viento sur.”
Naufragio y sorpresa

“En aquel momento, la estancia que después fue Harriet y más recientemente de Rubén Pérez pertenecía a la familia Iribarne. El encargado era otro dinamarqués, Pedro Martensen, que había llegado a estas latitudes desde la zona de Tandil. Cuando amanece en la estancia todo cobra vida y movimiento. Esa mañana del 26 de diciembre Pedro Martensen por un impulso repetido mira hacia el mar y avista el barco encallado, con la bandera de su propio país. Presuroso buscó su bandera, esa que tenía reservada para las fiestas, y la izó en un lugar que pudiese ser vista desde la playa.
Los náufragos, que creyeron temerosos que podían ser bocado de los indios antropófagos, descubrieron en esas desiertas tierras patagónicas la imagen blanca y roja de la enseña nacional de Dinamarca. ¡No lo podían creer, más de uno habrá pensado que se trataba de una alucinación!

El encuentro se pudo dilucidar gracias a un artículo aparecido en el diario La Nación al día siguiente del naufragio. Por aquel entonces ya estaba acá la capitanía del puerto, del lado de La Baliza, así que se supone que ellos transitaron hacia el río y ahí estaban más cerca para avistar la estancia.

Después del contacto los náufragos se alojan en el casco de la estancia, donde don Pedro Martensen vivía con su señora y cuatro hijos, dos niñas y dos varones. Una de las niñas se llamaba María y estaba a punto de cumplir, el 29 de enero del año siguiente, sus tiernos 15 años.

En el naufragio no hubo víctimas. Sin embargo, en esos días hacen viajes en el bote salvavidas hasta la embarcación para traer lo que se puede. Traen parte del champagne, una celosía con la cual se construyó una galería en la estancia. Trajeron también la mesita del capitán, que yo conservo. En estos viajes de ida y vuelta, el más jovencito de la tripulación, un grumete, se emborrachó, se cayó al mar y se ahogó.
Unos días más tarde, John Havemann y los demás tripulantes partieron hacia Buenos Aires para volver a Europa. Eran unos trece o catorce hombres. Sin embargo, Pedro, el carpintero, le había ´echado el ojo´ a la niña María Martensen, bastante chicuela, dentro de todo, y decidió quedarse.

Consiguió trabajo, se instaló y el 23 de agosto de 1885, el día de su cumpleaños número 26, contrajo matrimonio con María, de 18. Los casó un cura de la Iglesia anglicana. Pedro nunca volvió a Dinamarca, aunque se carteaba con sus parientes. Su hermano le mandaba fotos y le contaba de su prosperidad. Mi abuelo cambió el bienestar económico por el bienestar del corazón. Tuvieron trece hijos, de los que siete sobrevivieron hasta llegar a mayores, Una de las hijas mujeres de Pedro y María fue mi madre, casada con el uruguayo Cesáreo López, profesor fundador de la Escuela Normal, en cuya primera promoción se recibieron mis tíos Elena y Emilio; donde me recibí yo también y llegué a ser regente del curso de aplicación”.

Los abuelos
“La abuela María Manuela Rigmar Martensen nació en Tandil el 29 de enero de 1867, hija de los inmigrantes Peter Simenius Martensen y Anna Kristine Larsen, miembros de las primeras colonias de ese país en la Argentina. Ella fue muy activa socialmente y además un poco trasgresora. Tenía una conducta muy rígida, muy organizada, pero fue fundadora de la Sociedad de la Madre en Viedma, cuyo fin principal era proteger a las madres solteras. En esa época, eso era trasgresor.

Una anécdota que nos contó mi madre cuando éramos grandes (porque a los chicos de esas cosas no se le hablaban) es que mi abuela contaba cuando era carnaval y a los nueve meses preparaba los ajuares, porque bueno, en fin, ya se sabía que las carnestolendas daban para algún descuido. Después ella hacía mucha obra social en la cárcel de mujeres. Iba a enseñarles labores de todo tipo y les llevaba la música y la Biblia. Mi abuelo Peter Hansen había nacido en Korsor, Dinamarca, el 23 de agosto de 1859, hijo de Hans Kruuse y de Brigitte Nicole Olsen. Su familia siempre había estado vinculada a la náutica y aprendió el oficio de carpintero. Él era marino por vocación y por tradición, porque todos los Kruuse habían sido navieros. Por aquellos años, la familia de mi abuelo decide trasladarse a Estados Unidos. Allá van su hermano Knud, su hermana Elena y su mamá Nicolina. Pedro no los acompaña porque tenía el compromiso de trabajo de trasladar el champagne. Además, estaba el desafío del Cabo de Hornos, la gran aventura soñada por todos los hombres de mar.

Se suponía que este viaje al sur era el último del abuelo Pedro, porque después se iba a radicar en Estados Unidos, donde le esperaba un buen pasar. Sin embargo, como ya les conté, prefirió el resultado de una conquista de amor. Ya instalado en la Viedma de fines del siglo 19 aceptó todo tipo de trabajo. Fue carpintero, fue botero, instaló molinos, alambrador y en los últimos tiempos era cobrador del municipio, es decir: hizo de todo. Navegando el río, aguas abajo, en compañía de su familia fue también uno de los pioneros en instalarse en lo que fue al principio una villa muy modesta y hoy es el balneario El Cóndor, del que estamos tan orgullosos”.

La estancia, la talla, el nombre
En algún momento, seguramente por los primeros años del siglo 20, el madero con el nombre del clipper y una talla con la figura del ave de alas desplegadas fueron a parar a la estancia, ya de los Harriet, que comenzó a ser identificada con el nombre de “El Cóndor” (ver en la foto, que el barco se llamaba: Cóndor). Desde su inicio a cargo de los pioneros itálicos el poblado costero se llamó Balneario Massini (y como tal lo registraban los mapas) pero en diciembre de 1948 el entonces gobernador Miguel Montenegro le cambió el nombre por Balneario El Cóndor. El motivo de esa imposición es hoy incierto, quizás fue la reivindicación de aquella bella y romántica historia de naufragios y conquistas. Una historia que la numerosa familia López Kruuse reivindica como fundacional, y por eso cada 26 de diciembre le rinden homenaje arrojando flores a las aguas del mar, en la playa donde encalló el Cóndor.
 

 el 28-12-2008 en http://perfilesespinosa.blogspot.com/2008/12/la-historia-de-un-naufragio-y-el-nombre.html

 

 

 

 

Carlos J. Mey / Miguel A. Galdeano

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