Historia y Arqueología Marítima

HOME DPormenores de la gran armada española al Río de la Plata

 (1534-1536)

INDICE ART. REVISTA GUARDACOSTA

 

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N°   Año 19    Autor: Mario Tesler*

Desde el puerto de San Lúcar de Barrameda, el 24 de agosto de 1535 partía a América la expedición de don Pedro de Mendoza. Jamás regresaría el gentilhombre, a quien se le nombrara Adelantado para las regiones del Río de la Plata. Gran cantidad de bajeles. En la nao capitana, la «Magdalena», de 200 toneladas, iba Mendoza.

En catorce navios —afirma ese mestizo del Paraguay, Ruy Díaz de Guzmán, autor de «La Argentina»—, no pasaban de once —según lo asegura un conocido erudito—, dieciséis —demuestra un historiador argentino— fueron las naves que partieron de España.

Se conocen los nombres y tonelaje de algunas de ellas, a saber: la «Magdalena», que hacía de capitana y en la cual venía embarcado Mendoza, de 200 toneladas; la «Santantón», navio almirante, al mando de don Diego de Mendoza, de 200 toneladas; la «Santa Catalina», de 140 toneladas; la «Trinidad», de 120; la «Anunciada», de 80, y la «Concepción», de 70. La decimotercera nao, según se supone, era la llamada «Santiago la Marañona».

Iban en ellas gran cantidad de mayorazgos; se encontraban varios religiosos; extranjeros, los había flamencos, portugueses, alemanes; la nota inesperada hállase al observar la presencia de mujeres en la tripulación. Ellas, por su acción, ocuparán un destacadísimo rol cuando los integrantes de la armada se establezcan sobre la margen derecha del puerto de Santa María de los Buenos Aires.

Por merecer especial atención es del caso consignar algunos de los tantos nombres que están incluidos en la nómina de los acompañantes de Mendoza; son ellos: Diego de Mendoza, almirante de la armada; Pedro y Luis de Benavídez; Pedro Lujan, capitán; Ulrico Schmidel, lansquenete; Domingo Martínez de Irala; Juan Osorio, maestro de campo. Entre las mujeres merece especial mención Isabel de Guevara, quien envió una carta a la Princesa Gobernadora relatándole las penurias pasadas entre la gente de Mendoza, poniendo de relieve la importancia que a las mujeres cúpole en la acción cuando los momentos exigieron, sin distinción de sexo, una ardua labor. Esta carta constituye un testimonio de valor por su gran utilidad para los estudiosos del tema.

Lo perdido en las dos expediciones precedentes a la armada de don Pedro de Mendoza —la de Caboto y la de García de Moguer—, relativo al fracaso de lo encomendado en sus capitulaciones, lo ganaron en popularidad dado las informaciones que sobre la Sierra de la Plata, el Imperio del Rey Blanco y la Ciudad de los Césares, difundiéronse en España y Portugal.

Las noticias esparciéronse en todas las capas sociales y cundió una ola epidémica de desesperación por emigrar a tierras americanas. Nobles y plebeyos daban punto final a sus cálculos de enriquecimiento con la programación de viajar a «La Meca» de la fortuna: Las Indias Occidentales.

Este clima de aventura que reinaba en el pueblo español y portugués llegó a las cortes con lujo de detalles. Sendos gobiernos, enterados de los preparativos que efectuaban, recíprocamente, se esforzaban por superarse; situación que obligó a España a enviar una poderosa armada al Río de la Plata para reafirmar sus derechos. «Nunca vino de España expedición más brillante», dice Enrique Larreta en su opúsculo «Las dos fundaciones de Buenos Aires». Un Mendoza la capitaneó.

España, a quien indiscutiblemente le cupo una supremacía en derechos sobre los territorios americanos, observando esto con criterio y la lente europeos, tanto por lo asentado en las bulas papales como por el empeño que puso en la ocupación de tierras, realizó una serie de preparativos sin lograr la concreción de una definitiva capitulación.

Una larga búsqueda debió realizarse antes de dar con el hombre que aceptara la dirección de la empresa y la gobernación de las tierras del Río de la Plata. El Consejo de Indias trató de capitular con don Miguel de Herrera, alcalde de la ciudad de Pamplona. Miguel de Herrera —como bien se sabe— no realizó su expedición. Por esta época Portugal se adelanta a España enviando la armada de Martín Alonso de Souza, quien partió de Lisboa el 5 de diciembre de 1530. Su expedición fracasó.

Un segundo candidato español a la gobernación fue Pedro Fernández de Lugo, quien no mostró mayor interés en el ofrecimiento. La tercera persona indicada como probable candidato a capitanear la expedición con el rango de Adelantado, Gobernador, Capitán General y Alguacil Mayor fue don Pedro de Mendoza. El llevó a cabo la empresa. Ninguna tan esplendorosa a su partida ni tan paupérrima a su regreso.

Don Pedro de Mendoza, a quien cúpole la inmensa dicha —en medio de su triste suerte— de ser el primer adelantado para esta Buenos Aires, perteneció a una de las familias españolas de la más rancia estirpe; «emparentado con los soberanos de Viscaya y la más alta nobleza de España», anota Enrique de Gandía en estudio sobre la «Primera fundación de Buenos Aires», que publicó en la monumental «Historia de la Nación Argentina», dirigida por Ricardo Levene.

Desempeñó tareas de acompañante de Carlos V, «en sus viajes y en sus guerras», pues era gentilhombre de la cámara de su majestad. «Enriquecido en el saqueo de Roma con tesoros de cardenales y de basílicas. Sus cofres sacrilegos huelen a incienso».

Al indagar el origen de la fortuna de Mendoza, en su evocación histórica, Enrique Larreta cita un verso de Barco de Centenera, para redondear el concepto, que dice: «Al tiempo de pillar hincho la mano». Estudios posteriores sobre el particular ponen de manifiesto la anterior posesión de riquezas que eran patrimonio de don Pedro de Mendoza. Ejemplo de las investigaciones realizadas en los últimos tiempos son los párrafos, que a continuación transcribo, pertenecientes a un interesante trabajo de Enrique de Gandía.

Se ha dicho que la fortuna de don Pedro de Mendoza originóse en el saqueo de Roma; pero esta afirmación no pasa de ser una suposición de Martín del Barco Centenera que no pocos historiadores han repetido sin ningún examen. Sabemos por la propia declaración de Mendoza, hecha en su testamento días antes de embarcarse rumbo al Río de la Plata, que su fortuna ascendía a cuarenta y tantos mil maravedíes de censo perpetuo sobre unas casas viñas y tierras cuya completa nómina encontrará el lector en nuestra ya citada Crónica del magnífico adelantado don Pedro de Mendoza. Además tenía el feudo de Valdemanzano, en término de la población.

Estos bienes, que estaban lejos de constituir una fortuna exagerada, no fueron adquiridos con el supuesto producto del saqueo de Roma, sino que llegaron a don Pedro por herencia, como consta en documentos conocidos. En efecto, vuelto don Pedro a España, probablemente con las tropas españolas que salieron de Roma en febrero del año 1528, lo hallamos el 18 de noviembre de 1533 en Guadix arreglando con sus hermanos don Diego, doña Catalina y doña María las partes de la herencia paterna, pues durante su ausencia los otros hermanos habían dividido la herencia olvidándose de ciertas mejoras que le correspondían a don Pedro.

Después de exponer lo afirmado por Enrique de Gandía bien es cierto que aceptamos el origen de su fortuna —la de don Pedro—, anterior al saqueo de Roma, pero no descartemos totalmente la afirmación de Barco Centenera. Ambas opiniones, sobre los bienes de Mendoza, pueden coexistir. El admitir como resultado una tercera o posición mixta nos aproximaría a la verdad con mayores probabilidades; pues, es demostrable la fortuna heredada pero no es posible afirmar su exclusión en el reparto del botín romano. Nada debe horrorizarnos. «En esos tiempos el saqueo era el medio más honroso de hacer fortuna cuando se trataba de un noble», nos informa displiscentemente el autor de «La gloria de don Ramiro».

Don Pedro de Mendoza es una de las figuras que, en la historia de la conquista y colonización de América, ofrece gran interés. Muy a pesar de todos se encuentran escasos datos sobre su vida y solamente se escribe sobre lo ya considerado y hallado. Su vida se apagó a los 38 años. Siendo su viaje al Río de la Plata un capítulo en su carrera, es éste el más interesante de su vida, por lo que afirmamos —con Octavio R. Amadeo, quien lo incluye en sus semblanzas «Doce argentinos» —preferir— en este caso, la aventura al aventurero».

En el más absoluto de los secretos comenzó la preparación de una ar-ada con el fin de enviarla al Rio de la Plata, para realizar la proeza de conquistar «el opulento imperio» del Rey Blanco. Ningún preparativo de expediciones anteriores había sido rodeado de tanto misterio. Pronto fue roto el hermetismo. Más tarde, mujeres y hombres, niños y ancianos platicaban en torno a la expedición.

La corona española comienza los preparativos en 1532. La gente desesperaba por partir en la armada de Mendoza. Los bajeles colmaron la capacidad. Todo aquel, cuya aspiración a incorporarse en la tripulación fue rechazada creyó truncado sus sueños de un futuro quimérico. ¡Es claro!, el 14 de enero de 1534 llegó a Sevilla Hernando Pizarro quien trajo tesoros del Perú. El botín fue puesto en exhibición, durante días, en la Casa de Contratación. Los peninsulares, cuya tendencia a magnificar todo cuanto de América se decía es conocida, afirmaron que lo traído por Pizarro era una muestra de todo cuanto allende los mares podía extraerse. Esto elevó en grado extremo el interés suscitado en los muchos aventureros.

El 21 de mayo de 1534, meses después del regreso de Pizarro, don Pedro de Mendoza, gentilhombre disoluto, firmaba capitulación para dirigir la gran empresa al Río de la Plata por su cuenta y riesgo.

Los fines de la expedición eran varios, lo que no impide reconocer en ellos al de capital importancia. El primero de carácter eminentemente diplomático, pues se trataba de establecer definitivamente los derechos de España sobre el estuario, tomando posesión del mismo mediante su ocupación; derechos que Portugal discutió largos años y que España tardó en asegurar.

El segundo de los fines fue, la verdad sea dicha, el propulsor de la empresa: «tenía como objeto primordial el penetrar en los dominios de un quimérico y opulento Rey Blanco creado por la excitada fantasía de los aventureros que habían hecho de él el símbolo de las riquezas auríferas de las nuevas comarcas», según nos lo dice Ismael Bucich Escobar en «Buenos Aires ciudad».

La capitulación daba especial atención a este propósito: «que todos los tesoros que se ganasen, ya fueran metales, piedras u otros objetos y joyas . . .», «que en caso de conquistar algún imperio opulento...» Llevar a cabo lo acordado hubiera sido «como pasar la red por un mar de riquezas».

El primero de los motivos era una justificación del segundo que constituía la realidad o causa de la empresa. «... Mendoza venía al Río de la Plata a descubrir, a conquistar y a colonizar, con el fin principal de adelantarse a la penetración portuguesa y posesionarse cuanto antes de la Sierra de la Plata y del Imperio del Rey Blanco».

La expedición de don Pedro de Mendoza da por tierra con toda cuanta armada se hubo enviado anteriormente a América en lo que respecta a grandeza y esplendor. Aun siendo difícil determinar con exactitud la cantidad de hombres que le acompañaron en la aventura, podemos, sí, afirmar que superó en número a las antecesores y posteriores misiones conquistadoras al Nuevo Mundo. Resulta curioso, después de observar algunos trabajos sobre la conquista y colonización española en América, comprobar la falta de coincidencia en este punto tan trivial, comparado con el significado que la fundación de la primera Buenos Aires tiene como hecho histórico, en su doble faz política y estratégica; amén de las dudas que presenta dicha fundación si tenemos en cuenta la ausencia de acta y el ningún testimonio acerca de la realización de ceremonia alguna, como costumbre se tenía al fundar una ciudad.

Tomando un mínimo de mil quinientos hombres a un máximo de dos mil quinientos hombres, observamos la imposibilidad de encontrar parangón con otras empresas conquistadoras de aquellas épocas.

Poseía el cargamento de la armada de Mendoza una característica muy particular, en ella —por vez primera en América— llegan ejemplares de la rasa caballar. «El adelantado Mendoza, que había obtenido permiso de) Rey para traer 100 caballos, destinados al servicio de la expedición y a propagar la especie en las nuevas tierras, sólo embarcó en Cádiz 72»; lo refiere así Dionisio Schoo Lastra en su ameno libro «El indio del desierto, 1535-1879».

Hay quienes afirman la existencia del caballo en América con anterioridad a la llegada de Mendoza, pero esta afirmación constituye una simple suposición, pues hasta el momento no ha sido demostrado documentalmente. Esto permite asegurar que fueron los pocos caballos y yeguas, cuyo número no alcanzara a un centenar, los que se reprodujeron en forma asombrosa en las pampas vírgenes de Sud-américa. Este animal, que parece haber sido creado para servir a los naturales de esta región, constituyó el elemento primordial en la vida del indio.

Indio y caballo se transformaron en unidad indestructible. Nadie podrá imaginarse un indio sin su caballo. Terror de los conquistadores. Con el caballo pudo el indio, que antes debía trasladarse a pie de un lugar a otro, dominar sin obstáculos todas las regiones. Cuidó el indio al caballo y lo amó como el ciego a su lazarillo. El caballo le fue fiel en el combate y servicial en la lucha diaria por la vida. Ambos elementos, indio y caballo, poseen un solo nombre en común, que puede unirlos metafóricamente en forma indisoluble: centauro. «Se ha reconocido» —afirma Schoo Lastra, con escándalo de razón— «que siempre estuvo mejor montado que el cristiano».

El combate de Corpus Cristi (1536) donde, suponemos con acierto, habrían muerto algunos caballos, y el hambre soportado posteriormente por los españoles, nos induce a pensar que la cantidad traída de España hubo de ser considerablemente reducida. Y cuando los primeros pobladores de Buenos Aires, abandonando la empresa, se embarcaron —reza un comentario de Schoo Lastra— para Asunción, al mando de Francisco Ruiz, a estar por los términos de la carta de fray Juan de Ribadeneyra al Rey, quedaron 44 caballos, aunque según Ruy Díaz de Guzmán sólo eran 12.

Me he ido del tema, mas el caballo criollo apasiona; retorno, pues, al curso del relato.

Como afirmé anteriormente, partió don Pedro de Mendoza del puerto de San Lúcar de Barrameda el 24 de agosto de 1535. Su primera escala fue en los comienzos de setiembre al llegar a las islas Canarias, y se dispersaron en los puertos de Santa Cruz de Tenerife, San Sebastián de la Gomera y Santa Cruz de la Palma, respectivamente; permaneciendo en estas islas aproximadamente un mes. A esta altura del viaje se le incorporaron tres naves y unos trescientos hombres. En las primeras semanas del mes entrante •—octubre— las naves libraron amarras de las islas Canarias.

Las islas de Cabo Verde son tocadas por las naves de Mendoza el 18 de octubre, reanudando la navegación a los cinco días. En medio del océano una tormenta azotó a los navios logrando separarlos. Uno de ellos se destrozó en la costa del Brasil y sus tripulantes fueron ultimados por los naturales. Los restantes lograron reunirse ... en las islas de Fernando de Noronha.

El 30 de noviembre cuatro naves de la armada entraron en la bahía de Río de Janeiro, mientras que las diez restantes, al mando de don Diego de Mendoza, seguían rumbo al Río de la Plata.

Por estos días, un hecho de singular importancia es de destacar, por la trascendencia y posterior consecuencia que tuvo en el espíritu de los tripulantes: la ejecución de Osorio, maestre de campo de don Pedro de Mendoza. Esto tuvo lugar el 3 de diciembre. Mendoza meditó largamente, pero sin claridad, sobre el problema presentado por don Juan de Ayolas, respaldado por los testigos Juan Cáceres y Galaz de Medrano. Su sentencia fue terminante: «Mando que doquiera y en cualquier parte sea tomado el dicho don Juan de Osorio, mi maestre de campo, sea muerto a puñaladas o a estocadas, hasta que el alma se le salga de entre las carnes».

El malogrado Juan de Osorio fue muerto a puñaladas. «Los indios, compadecidos, terminaron por entérralo al pie de una palmera.» La sombra del ajusticiado persiguió al Adelantado cuando atacado por la fiebre deliraba rodeado de algunos subalternos.......incompleto

 

  

Este sitio es publicado por la Fundacion Histarmar - Argentina

Direccion de e-mail: info@histarmar.com.ar