Historia y Arqueología Marítima

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EL NAUFRAGIO

INDICE ART. REVISTA GUARDACOSTA

Fuente: Revista GUARDACOSTA- N°   Año 19    Autor:Prefecto principal (RE) Walter Ariel Duarte

El 4 de septiembre de 1990, el buque pesquero "Kongo" comunicó por radio a la Estación Costera Bahía Buen Suceso, el rescate de una balsa salvavidas con quince tripulantes, en aguas del océano Atlántico.

La embarcación había pertenecido a la dotación del buque pesquero argentino "Oceanus VII" (Matrícula 5992).

El "OceanusVIIl" naufragó en la mañana del 1° de septiembre en proximidades de la boca sudoccidental del Estrecho Le Maire, cerca de la bahía San Valentín, próximo a Tierra del Fuego, cuando intentaba regresar al puerto de Ushuaia, después de permanecer veinte días pescando en el Atlántico Sur.

Este pesquero fué construido en Taiwan-China en 1983; botado el año siguiente, era de concepción moderna y relativamente nuevo; medía 46,20 m de eslora, 7,20 m de manga y 3,95 m de puntal y estaba equipado con una máquina Diesel de 750 H.P. Su tonelaje bruto era de 285 y neto de 155 toneladas con una capacidad de bodegas de 427 m3 y una cámara de congelados de 102 m3. En sus tanques podía almacenar 120 m3 de combustible y 36 m3 de agua potable, lo que le permitía una autonomía para operar 30 días.

Inició su último viaje de pesca desde el puerto de Quequén el 6 de agosto de 1990, conduciendo 20 personas incluido su capitán, el patrón de pesca Luis Alberto Cáceres. De la tripulación, siete de ellos eran de nacionalidad china y estaban embarcados en calidad de operarios de planta, es decir, que no atendían las tareas de maniobra y gobierno de la nave; en cambio, estaban destinados al faenamiento y acondicionamiento de los productos del mar en la planta procesadora y de congelamiento.

Terminadas las tareas de pesca, el 27 de agosto, el buque partió con destino a Ushuaia transportando 204 toneladas de calamar congelado, por decisión del chino ChenWen Chi, embarcado como representante del armador. Su figura era una extensión patronal a bordo, sin funciones específicas para la navegación y gobierno del buque; pero que en esta oportunidad absorbió derechos y obligaciones del capitán, quien accedió en tal postura especulando en lograr ventajas personales.

Si los hechos posteriores no hubieran encadenado secuencias de situaciones muy apremiantes tal vez hubiera permanecido dentro de un marco anecdótico, pero, a partir del día de su partida, el 27 de agosto, comenzó a tejerse la trama de una tragedia protagonizada en el escenario marítimo con trágicos ribetes, quedando el recuerdo impreso en la mente de sus testigos, en forma imborrable.

El "Oceanus VIl" era apto para la navegación y tareas de pesca en el área geográfica indicada. En el momento de su incorporación al elenco naval argentino había satisfecho todas las exigencias nacionales e internacionales de seguridad.

Durante los tres primeros días, luego de abandonar la zona de pesca, la navegación podría considerarse como normal hasta el 31 de agosto cuando las condiciones hidrometeorológicas empeoraron, aumentando los fuertes vientos con neviscas y grandes oleajes.

Así se llegó a la madrugada del I ° de septiembre; el tiempo y el mar infundían incontrastables temores, haciendo sentir a los tripulantes horripilantes presagios.

Todos estaban abatidos por un frío intenso, que encontraba cuerpos inermes a consecuencias del cansancio físico y prolongadas horas sin dormir debido al constante rolido de la embarcación.

En determinado momento, Chen Wen Chi, quien se mantenía casi siempre en el puente de mando dado que se había subrogado la utilización de la cámara principal adyacente a la timonera, dirigiéndose al capitán Cáceres, le dijo: "Radar, finito", indicando con ello, la falta de funcionamiento del radar, casi indispensable para navegar; Cáceres y un marinero subieron a la torreta exterior, quitaron el hielo que bloqueaba las antenas y el aparato volvió a funcionar, recomponiéndose. Esta fué la última novedad transmitida a tierra desde el "OceanusVII" .

Capeando el temporal, con vientos en aumento, navegando a una velocidad de 4 nudos, el "Oceanus VII", cruzó el Estrecho Le Maire. A la vez sucedieron otros hechos que presagiaron lo imprevisible de la adversidad. Primeramente, a consecuencia del oleaje se produjo la rotura de un "ojo de buey" de la sala de máquinas que debió ser reparado y luego, por el mismo efecto, rotura de maderamen del mamparo de babor que circundaba y protegía la planta de procesamiento, lo que originó el ingreso de agua de mar al buque.

A las seis de la mañana las olas eran de 4 a 5 metros de altura, la velocidad del viento superaba los 50 km por hora, en aumento y el mar barría constantemente la cubierta del pesquero. Chen Wen Chi dispuso que en las bodegas de proa se cambiara, en parte, la ubicación del calamar congelado para tratar de resolver la escora del buque en franco crecimiento y con ello mantener el rumbo. Para acceder a las bodegas se abrió la tapa superior ubicada en cubierta y terminado el traspaso de la carga no se clausuró debidamente la abertura, lo que facilitó el ingreso de agua de mar que se mezcló con el calamar congelado.

Sin lugar a dudas el trabajo se realizó deficientemente apremiados por el tiempo, la falta de luz, el frío, el cansancio y el estado anímico, sumados a las imprevisiones en el correcto cierre de la tapa de la bodega.

Alrededor de las 9, en el puente de mando, un airado intercambio de gestos y palabras, desató la tormenta contenida entre Cáceres y Chen Wen Chi, enfrentados a lo largo de la navegación con motivo del implícito comando paralelo ejercido a bordo. Cáceres desplazó al timonel y en acción desesperada modificó el rumbo de 220° a 260°, accionando consecuentemente el piloto automático.

En las condiciones en que navegaba el pesquero, tal acto fue imprudente e irreflexivo, pues no bien cambió el rumbo, se sintieron los efectos de las olas con mayor ímpetu en el costado de babor, expuesto directamente a la acción del mar embravecido, que por presentarse atravesado al buque aumentaba notablemente sus rolidos con los consiguientes inconvenientes que ello implicaba.

Discutían con violencia los ocupantes del puente, tratando cada uno de ellos de imponer su voluntad. Las olas alcanzaron los 8 metros, el viento soplaba a 80 km por hora y el buque, cada vez más escorado, navegó muy lentamente, como previendo el desenlace fatal. Cundió el miedo y nadie acertó a hacer lo debido. Wen Chi corrió hasta la radio y accionó el pulsador de llamada de emergencia en transmisión automática y luego hizo funcionar la alarma de abandono; la fuerte chicharra aumentó el pavor de los hombres que, de cualquier modo, trataron de abordar la cubierta principal. Dos hombres intentaron liberar la balsa de babor, pero no lo lograron debido a la torsión de los cabos. No obstante pudieron bajar la balsa de estribor que corría peligro de hundirse al embarcar agua del mar y un chorro proveniente de la planta de procesamiento. Fue Cáceres quien primero se arrojó a la balsa; a él le siguieron, de cualquier forma, 14 personas. Previo a soltar la balsa, el marinero Carlos Pérez se arrojó desde el buque, pero el efecto de sus movimientos hizo que cayera al mar y fuera arrastrado de inmediato por la corriente, desapareciendo para siempre entre las altas olas, sin poder ser rescatado. Desde cubierta, el cocinero Juan Burchel hizo la señal de la cruz y con un brazo en alto envió el postrer saludo a sus camaradas que ya divagaban al compás de las olas, alejándose del buque.

A último momento alcanzaron a divisar en cubierta a los marineros Martínez y Ten Tuan que habían renunciado a abandonar el buque. Por otra parte, el conductor Saavedra permaneció en su puesto de guardia, en máquinas. Alrededor de las 10, "una gran ola", así descripta, dio el remate final al "Oceanus VII"; golpeó fuertemente el través de babor, el buque volcó con la proa apuntando al fondo y lentamente comenzó a zozobrar. La hélice quedó expuesta al cielo, aún girando, como el estertor del moribundo, despidiéndose y desafiando el rigor de la naturaleza. El buque tardó 15 minutos para desaparecer en las entrañas del helado mar.

Durante los 4 días siguientes hasta ser encontrados, aquellos 15 hombres sufrieron constantemente el dolor físico de sus golpes y heridas, el hambre y la sed (el alimento y el agua estaban racionados), además del sufrimiento espiritual que conlleva toda pérdida. Hora tras hora, día y noche, recurrían a oraciones, como única forma de vigorizar esperanzas. No tenían ningún medio de comunicación en la balsa; sin embargo fueron encontrados.

Varias causas debieron conjugarse para que se consumara el hundimiento. Algunas de error humano y otras propias del mar, el tiempo, y el buque. Hoy sabemos que no se averiguó con antelación el pronóstico del tiempo para adoptar recaudos de seguridad que se imponían ante tal tormenta y no se procuró reparo en la costa. Removieron carga sin considerar la secuela de falta de estabilidad. Se facilitó el ingreso de agua de mar al interior del buque. Se adoptó un rumbo totalmente equivocado exponiendo el buque a la acción directa de las olas, en lugar de capear el temporal. Los hombres evidenciaron falta de adiestramiento y negligencias en el tratamiento de las formas y medios de salvamento y supervivencia.

Pero, por sobre estas anormalidades, gravitará en la conciencia de los protagonistas y durante el resto de sus días, el peso de los recuerdos y en el caso de algunos de ellos que por el desenfreno de sus pasiones, las cosas no se hicieron como era debido.

 

  

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