Historia y Arqueologia Marítima

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CLAROMECO

EL GRAN PEZ

HACE CASI CINCUENTA AÑOS APARECIO EN CLAROMECO,¿EL TIBURON PEREGRINO MÁS GRANDE DEL MUNDO?

Datos enviados por el Sr. Hugo Cortés, Director del Museo Regional de Claromecó - Junio del 2013.

Midió "9 metros" y pesó "entre 8,5 y 9 toneladas". Quizá sea "el tiburón peregrino más grande aparecido en el mundo". Fue obtenido en Claromecó, en 1960. A casi cincuenta años de aquel hallazgo, Mario Ada, uno de los protagonistas de la escalofriante aventura, accedió a contarle a "El Periodista" la increíble experiencia. En exclusiva, un testimonio imperdible

 

"Arisqueo de contarlo, porque paso por mentiroso. Y a mí me gusta la verdad". Así arrancó Mario Ada, ante "El Periodista", la espectacular crónica de la pesca de un tiburón peregrino, de "9 metros de largo" y un peso estimado "entre 8,5 y 9 toneladas", y que quizá sea "el más grande en su tipo aparecido en el mundo", a juzgar por lo que se conoce. Apareció en Claromecó aproximadamente en 1960, y el relato de su hallazgo es escalofriante. Por primera en un medio gráfico, uno de los protagonistas de aquella aventura, accedió a contarle a "El Periodista" una experiencia que lo marcó a fuego. Casi cincuenta años después, no logra olvidar y tiene tan vívidas las imágenes como si hubiese sido ayer.

Aquella jornada, cuya fecha exacta no se recuerda pero fue a comienzos de los '60, un joven Mario Ada, que entonces tenía unos 25 años, y que hoy acredita 73, se embarcó como marinero en la lancha "La Chichí", de Robles y Di Croce. Capitaneaba la nave Ego Nielsen, y completaban la tripulación Milanesi e Ignacio Echegaray. Salieron al mar a recoger los trasmallos que prolijamente habían colocado el día anterior, y que servían para la captura de tiburón.

Por entonces, explicó Ada, se pescaba distinto a hoy. "Ahora la pesca comercial es comestible. En esos años era más industrial. Se buscaba el tiburón porque se vendía el hígado por un lado y, por otro, el bacalao se secaba mediante un proceso. Pescábamos solo tiburón, el famoso cazón, el bacalao argentino".

Se hicieron al agua salada temprano, "tipo seis o siete de la mañana", guiados por la pericia del capitán, y sin medio de comunicación alguno. Así de precaria era la navegación. "No teníamos radio, no teníamos nada. Y los capitanes eran marineros puros, de raza, sabían lo que hacían. Eran vikingos con lanchas lentas", definió Mario.

La víspera del día memorable, habían colocado prolijamente "entre 8 y 10.000 metros de paño en el agua, redes de 200 a 250 metros". La red se calaba el día previo, y al siguiente se procedía a su retiro. La lancha se introducía en el mar, una hora de viaje hacia adentro, y cuando perdía la referencia costera, se utilizaba una brújula para hallar el rumbo. Hasta llegar a las banderas, puestas para identificar el lugar donde estaban los trasmallos.

Prontamente, según lo previsto, vieron flamear la primera. Esa era fundamental, porque servía de indicador para ubicar al resto. "Ahí es todo cielo y agua, no hay referencia alguna", indicó.

Cotidianamente se hacían al mar entre 10 y 15 lanchas. Y la pesca era tan abundante, que cada una de ellas lograba traer entre 180 y 300 tiburones. "Se hizo una gran depredación, por eso hay poco pescado", precisó Mario. En promedio, un tiburón pesaba entre 12 y 18 kilos, y la pieza tenía que dar la medida estándar: 1,35 metros. Ese era el requerido para la unidad de hígado.

Levantaron el primer paño, y todo transcurrió sin novedad. Pero al llegar donde supuestamente debía estar el segundo, la bandera había desaparecido. Buscaron por un lado, y por el otro. Más no la hallaron. "Yo era el más pibe y me cargaban, que había medido mal la caloma -cabo de soga que va de la superficie del mar al fondo-, que el trasmallo estaba fondeado. Yo estaba seguro que había hecho bien el trabajo, pero la bandera no estaba".

Decidieron seguir hacia la siguiente, con la consigna de regresar cuando el mar hubiera bajado, suponiendo que entonces sí afloraría a la superficie. La tercera bandera estaba, y Mario Ada se envalentonó: "Acá algo pasó, porque si me hubiera equivocado en una bandera, me tendría que haber equivocado en todas", espetó a sus compañeros, en defensa por las cargadas y por las cuales había tomado cierta temperatura, ya que "era calentón".

Cumplida la rutina, retirados todos los paños, regresaron al sitio donde debía estar la segunda bandera, la que permanecía perdida. Seguía sin aparecer. "Tiramos un granpín para rastrear, y nada". Ya era la tardecita, y el capitán sugirió irse porque los iba a agarrar la noche. "Evaluamos dos opciones para explicar lo sucedido. O que yo me había equivocado -y estaba seguro que no-, o un barco de Mar del Plata o Necochea nos había pirateado, lo que era común. Se llevaban los tiburones y hacían un bollo con el trasmallo, tirándolo".

Estaban dando la vuelta cuando Mario creyó ver la bandera, en dirección al Este. Fueron hacia allí, pero no estaba. Otra vez las cargadas. Hasta que Echegaray también la divisó, y corroboró la información. "Cuando venía el volumen de agua, la bandera se iba abajo; cuando pasaba el agua, salía. Así hasta que la pudimos manotear".

La manotearon, pero no consiguieron mover el paño. El capitán tomó la decisión de amarrarla para tirarla con la máquina, con el motor. "Cuando la tiramos con el motor de la lancha, zafó. Ego dijo 'está todo abollado, abran la bodega y metan todo adentro'. Empezamos a levantar, y llevábamos metidos como cincuenta metros de paño con un ancla en la bodega, cuando apareció un manchón negro, una cosa increíble, una enorme bestia que se nos venía encima".

Enredado, el paño traía una sorpresa. Una descomunal mole, como nunca habían visto. Emergió como un metro de la superficie, de punta, y gracias a Dios cayó hacia atrás, en dirección opuesta a la embarcación, porque sino quizá los marineros no hubiesen vivido para contarla. "Si cae sobre la lancha, la parte en dos", graficó Mario.

El espectáculo era dantesco. Una vez que cayó, el pez -"discutíamos si era una ballena o si no, porque no tenía cara de ballena"-, se hundió a tal velocidad que arrastró consigo todo el paño que habían introducido en la bodega. Era tanta la fuerza, que las boyas -que eran de vidrio-, pegaban en la baranda y reventaban. "Cuando apareció este bicharraco nos pegamos un cagazo enorme. Aflojamos todo. El paño con las boyas salió como un avión. ¿Qué hubiera pasado si se trancaba la boya? ¿Hubiera volcado? ¿Y si agarra a alguno de nosotros enganchado en el paño? Nada de eso pasó, gracias a Dios".

Estupefactos, sin salir del asombro, asustados pero persistentes, los tripulantes de "La Chichí" decidieron esperar un rato para reintentar recoger el paño, y salvar aunque sea el plomo y las boyas sanas. Una hora y media después, cuando el día se estaba extinguiendo, tantearon y había aflojado: "El bicho, indudablemente, había muerto".

Recogieron. Cuando se dejó ver nuevamente en la superficie, la bestia se dio vuelta panza arriba. Era el fin. "Estaba envuelto con 200 metros de paño en el cuerpo, atado como un matambre. El paño había resultado una trampa mortal".

“El Bicho” tomó nombre de pez: era un tiburón, de la clase peregrino. A ojo, medía lo mismo que la lancha, alrededor  de nueve metros.” El finado Milanesi se bajó de la embarcación, se subió a la panza del tiburón, y caminando sobre él cortó la soga que lo ataba para rescatar el plomo y las boyas. El tiburón era como una lancha al revés, dada vuelta.-

La llegada de la noche era inminente. Medido en términos de tiempo,  la nave estaba a unos cincuenta minutos de la costa, frente al faro de Claromecó. El capitán y su tripulación intentaron varias maniobras para remolcar el tiburón, más ninguna dio resultado. Era demasiado grande, demasiado pesado. Era el gran Pez.

Tomaron una decisión: ponerle una bandera con el nombre de la lancha y dejarlo a la deriva, hasta el otro día, que volverían en su búsqueda. Pero a la jornada siguiente ya no estaba. No había ni bandera, ni trasmallo, ni nada.

“Cuando llegamos a la noche, lo contamos en el hotel y nadie nos quería creer”.

Nada se supo de “la bestia”, hasta tres o cuatro días después. Un cuñado de Mario Ada, también marinero, andaba con la lancha “María”, junto a “Cacho” Lamberti, e iban desde Claromecó rumbo a Marisol cuando, a la altura de Reta, otra embarcación les hizo señas. Pensaron que pedía auxilio, y acudieron al llamado. Quién convocaba era Arne Mortensen, con la lancha “Margarita”, de Arico Hermanos.

Mortensen, en realidad, no solicitaba ayuda. Quería mostrarles algo “Mirá lo que pescamos”, les dijo. Allí estaba el tiburón peregrino, que días antes había hecho palidecer a Mario Ada y sus compañeros de navegación. La picardía del capitán no tuvo efecto: “este no lo pescaste vos, lo agarró “La Chichi en Claromecó”, le recriminaron.

Ambos tenían razón.

Efectivamente- la voz se había corrido rápido-, lo había agarrado “La Chichi”, pero no pudo remolcarlo y debió dejarlo a la deriva. En esa condición lo encontró la “Margarita”, que salvo por la omisión de quién lo atrapó y cómo, tenía fundamentos para adjudicarse el botín: “Fueron los que lo sacaron. Y es como los barcos, si uno encuentra uno sin tripulantes a la deriva, es su barco”, precisó Ada.

Mortensen había intentado remolcarlo, pero le sucedió lo mismo que a Nielsen días antes. No pudo.

En diálogo de barco a barco “Cacho” Lamberti hizo una sugerencia razonable, que al cabo fue la solución. La “Margarita” y  la “María” eran gemelas. Pusieron el tiburón al medio y lo hicieron un sándwich. Así lo llevaron hasta afuera, aunque no pudieron depositarlo en la arena.

Quedó varado detrás de la rompiente. “Arico tenía un tractor Fiat con carriles de hierro, como las topadoras, nuevo, y no pudo ni siquiera mover al tiburón”.

Quedó ahí, durante dos o tres días, hasta que la naturaleza hizo lo suyo: sopló fuerte viento y la marea cumplió el cometido.

En la playa le sacaron el hígado. Y vaya si lo tenía: “El hígado pesó 1.400 kilos, ocupó siete tambores de 200 kilos cada uno”. Sobre esa base, un entendido traído por Arico estimó el peso: “entre 8,5 y 9 toneladas”.

Por lo que vio hace casi cincuenta años, y por lo que escuchó en ese largo tiempo, Mario Ada cree que “podemos estar hablando del tiburón peregrino más grande que se haya sacado en el mundo”. Y por si su relato diera lugar a dudas, agregó: “una cosa es contarlo, y otra cosa fue verlo”.

Fríos números

Si como afirman los especialistas, "el hígado puede representar hasta el 20% del peso total del tiburón peregrino", y según Mario Ada, dicho órgano ascendió a "1400 kilos", el peso del ejemplar obtenido en la costa local sería de 7000 kilos. No obstante, en esta área no existe la matemática pura, y las variables pueden modificar la ecuación en uno u otro sentido, con lo que no debe descartarse la apreciación de quién originalmente estimó el kilaje "entre 8,5 y 9 toneladas".

La bibliografía específica ubica en 7000 kilos el tamaño máximo para un ejemplar de esta especie. Y sea que haya sido ese el peso -teniendo en cuenta la fórmula del hígado-, o incluso superior -como lo indicó el entendido que lo vio in situ-, lo cierto es que Claromecó, a partir de esta aventura -ahora hecha pública por "El Periodista"-, está en condiciones de agregar un nuevo hito a su ya rica historia turística y pesquera.

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