Historia y Arqueología Marítima

 

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LAS EXPEDICIONES DE INVESTIGACION ARQUEOLOGICA DE CARLOS P. VAIRO Y EL MUSEO MARITIMO DE USHUAIA

Indic Arqueologia

Hoppner interior, insólito.

(Continuando con la búsqueda del lugar donde se construyó el "Luisito" y naufragó el "Espora" de Luis Piedra Buena).

Por Carlos Pedro Vairo, Julio del 2015. Para Histarmar

                         Nuestra próxima recalada fue Puerto Hoppner después de 3 horas de navegación (desde B. Flinders en el velero Callas de Jorge Trabuchi). En el trayecto revisamos Cabo San Antonio y vimos 2 playas a las que tendríamos que volver. Pero como en un rato mas iba a ser de noche preferimos dejar eso para otro día y tratar de entrar a puerto con suficiente luz. Los “tide rips” de Cabo San Antonio casi no molestaron y la corriente esta vez no actuó en contra.

                       Entramos a Puerto Hoppner pasando muy cerca de las rocas Ibañez donde encontramos una cormoranera. La bahía es bastante cerrada pero de cualquier forma entra onda del exterior. Como nuestra intención era fondear en el saco interior nos dirigimos directamente hacia el fondo de la bahía. Ya cerca de la entrada vimos que esta presentaba 2 opciones dado que una roca en el medio daba lugar para dejarla por babor o por estribor. En ambas situaciones el ancho del paso no era superior de los 5 o 6 metros. Por qué elegimos dejarla por estribor, no lo sé. Es muy probable que haya sido simple intuición del capitán, al cual nadie se animó de insinuarle que lo haga por el otro lado, dado que además de no tener ni idea cuanto podría haber de agua es mejor que el dueño sea el que se equivoca ante estas situaciones. La corriente nos llevaba con todo, evidentemente estaba creciendo, y la sensación de pasar entre grandes rocas con agua burbujeante era como si estuviéramos haciendo “rafting” pero en un velero con bruto quillote. Para alegría de todos la ecosonda nunca bajó de los 2,10 metros de profundidad por debajo de la quilla.

                      No bien ingresamos, y como suele suceder cuando uno más lo necesita, al motor se  le ocurrió ponerse a toser. Jorge, ya acostumbrado a estas manifestaciones mecánicas, se mandó corriendo abajo y solucionó rápidamente el problema, se trataba de unas simples burbujas de aire en el combustible.

                       El espejo de agua del saco interior de Puerto Hoppner es algo majestuoso. Es imposible que una ola pueda ingresar al mismo y puede existir el huracán más rabioso en el exterior que sería difícil advertirlo. Por otra parte el espectáculo que brindan los cerros que lo rodean, con algunas cascadas que se dejan ver entre la tupida vegetación, es soberbio. Nunca en tantos años de navegación encontré un lugar como este. Simplemente único.  Hernán Alvarez Forn , más conocido como Hormiga Negra, lo bautizó PEQUOD por su velero con el que fue a la Antártida.

                      Recorrimos un poco el saco y luego de comprobar que no existía ni una parte de la costa que presentara una playa nos amarramos de proa a una roca de un islote y por popa a un árbol en tierra firme. Los encargados de la operación fueron “Osito” y Daniel, el resultado fue el mejor amarre de todo el periplo. Estábamos bien sujetos y a pocos metros de tierra firme. 

 

                       Navegar por estos lugares tiene la característica de que por la noche, en lo posible, se fondea.  Como la costa por lo general lo permite  se trata de buscar un lugar donde se pueda sujetar el barco a algún punto en tierra, sea un árbol o una roca. De esa forma con el fondeo por proa y una línea a tierra, a veces superior a los 100 metros de cabo, es casi imposible que durante la noche nos sorprenda algo. Pero en Hoppner Interior logramos lo máximo en navegaciones por la zona: un cabo a tierra por proa y otro por popa. En esa situación lo único que puede suceder es que se haya elegido mal el lugar por la amplitud de marea y el barco quede recostado sobre una roca pero si no puede sobrevenir la tormenta más fuerte que es imposible que pase algo.

                 El temor a los vientos en la región es que las tormentas no suelen avisar y además que pueden aparecer los temidos “williwau”. Este viento es arrachado y de unos 20 nudos, o hasta calmo en la costa, puede pasar a mas de 50 nudos por efecto de los cerros  y el rebote entre las paredes. Este viento suele caer como descolgándose de imprevisto de los cerros y golpear contra el agua produciendo un estampido como si fuese una explosión. Uno puede seguir la ráfaga dado que va levantando agua a medida que se desplaza y dejando, como consecuencia, la atmósfera blanca. Por momentos da la sensación como que uno estuviera en el centro de la génesis de las nubes o más aún, del clima. A todo esto puede darse que en la costa, a escasos 500 metros del barco, se esté en calma o con una leve brisa.

                Pero por el momento estábamos en el puerto más protegido de la isla, al día siguiente comenzaríamos los intentos de buceo. Veremos cómo nos trata el clima.  

        Puerto Hoppner, nublado y húmedo.

                   El amanecer del día siguiente (8 de la mañana hacia fines de marzo) se presentó con una gran nubosidad, lloviznas, viento calmo y neblina. Fue motivo por demás suficiente para decidir zarpar mucho mas tarde.

                    Con el bote dimos una vuelta por todo Hoppner interior y exterior. Toda la costa es de piedra a pique salvo una pequeña playa de piedra con gran gradiente que se halla hacia el oeste inmediatamente después de ingresar a Puerto Hoppner. En este lugar se puede naufragar pero es totalmente imposible que alguien pudiera construir algo: no hay lugar. Los bosques son densos con árboles de troncos gruesos; al nacer en plano inclinado casi todos poseen importantes curvones. A esta altura la hipótesis del Cap. de Navío Botta quedaba totalmente descartada, en este sitio no hay ninguna playa de arena y no existe el lugar material para comenzar la construcción de un cúter de 33 pies de quilla.

                     Volvimos al barco con la marea bajando. Si en puerto Hoppner estaba algo nublado, no bien ingresamos a Hoppner interior el panorama era peor. La neblina era total y para sacar fotos era necesario poner el flash. Estos cerros atrapan la nubosidad que viene del Pacífico y hacen que las precipitaciones sean casi constantes. Un poco a semejanza de lo que sucede en el Caribe, donde las islas bajas son aridas,como Anguila o St. Kitts, y las altas están cubiertas de una frondosa vegetación con hermosos “rain forest”.

                      Los otros contrastes con el Caribe son los 30º C de diferencia en las temperaturas y los violentos vientos de todas partes, además de las traicioneras corrientes. No en vano por la zona pasaron muchos piratas, como Cavendish, Dampier y Drake, pero todos prefirieron asentar sus colonias de forajidos y tener como teatro de operaciones a lugares como las Virgin Islands. Del paso de ellos quedan algunos nombres como las piedras Dampier en Isla de los Estados o el más famoso de todos el “Pasaje Drake” que separa América del Continente Blanco, siendo esta la zona más temida del planeta, pero por sus tormentas. A Drake también se lo recuerda en el Caribe con el Sir Francis Drake Channel, en las islas Vírgenes Inglesas, siendo este pequeño mar interior el más calmo del Atlántico. 

                      Charlando de todos estos temas tan trascendentales la sobremesa se unió con la cena y así fue como pasamos un día entero en Hoppner interior habiendo salido solo a realizar una inspección del lugar durante unas 3 horas.

Cabo San Antonio.

                       Como suele suceder el día que le siguió fue espectacular. Seco, con sol y un viento del NW a unos 20 nudos nos aseguraban una rápida singladura con posibilidades de ir inspeccionando costas.

                       Así fue como después de comunicarnos por radio con Rubén Garea en Ushuaia y enterarnos de las novedades familiares, salimos a navegar con cameraman y fotógrafo en el bote. Pusimos rumbo hacia el nor este para regresare hacia Cabo San Antonio y revisar las playas que habíamos salteado al ingresar a Hoppner.

                        La playa Bedini es de piedra y en ella vimos varias boyas de pescadores, tergopol, madera de arboles y nada más. En cuanto al tipo de costa es de gradiente alto y después de la línea de mareas altas sube casi vertical unos 20 metros hasta una pequeña meseta. Lugar por demás difícil para encarar la construcción de lo que sea. Lo otro que pudimos apreciar fue que la rompiente es importante con olas aptas para hacer surf. Después de sortear unas cuantas con el bote de goma,  nos quedó la impresión de que faltó poco para ir a parar al agua. La playita que está más cerca de la punta del cabo es de características similares, el resto de la costa es de roca y algo de restinga donde el mar golpea con todo.

                         Para los que sostienen que aquí se encontraba la bahía de las Nutrias, que tantas veces comentara Luis Piedra Buena en su diario, nuestra opinión es que el lugar no es apto para fondear y dejar un buque al ancla mientras se va tierra a cazar pingüinos o lobos.

Otros varios lugares descartados. Estabamos buscando del lado norte de la isla porque eran todos los lugares donde muchos historiadores decían que había ocurrido el naufragio. Cosa que vimos que no es cierta dado que lo encontramos en Bahía Franklyn Caleta Cordoba (Lacroix).

 

Nuestra exploración en Cabo San Antonio por "Osito" Jimenez Hutton: " Empezó a levantarse viento y tuvimos que volver al Callas y zarpar hacia un lugar más protegido. Cruzamos el Cabo San Antonio entre la línea de cachiyuyos y los escarceos e ingresamos en la bahía del mismo nombre, navegando próximos a la costa. En la Roca Ibáñez, a la entrada de Puerto Hoppner, había una gran colonia de cormoranes magallánicos. El día siguiente amaneció con mucha neblina y lluvia. Bajamos del bote y salimos a recorrer la bahía. Desembarcamos en la Caleta Benítez, en la única playa que hay en todo Hoppner. Se trata de una pequeña playa de canto rodado que cae bastante abruptamente en el mar. Descartamos la posibilidad de que el naufragio del Espora se hubiera producido en Hoppner, como sostienen algunos autores. Cruzamos a la Bahía San Antonio con la intención de desembarcar en Playa Bedini y relevar la costa occidental del Cabo San Antonio.

La bahía era muy abierta al norte y el mar entraba con olas pronunciadas. Como no había ningún lugar seguro para fondear, bajamos el bote para intentar el desembarco -Daniel, Carlos y yo- mientras el Callas seguía hacia la punta del cabo. A unos 60 metros de la costa había una rompiente muy fuerte, con olas de más de 3 metros de altura, por lo que era imposible intentar el desembarco. Decidimos entonces recorrer la línea de la costa por afuera de la rompiente, pero a los pocos minutos, sin que llegáramos a darnos cuenta, el pequeño bote neumático estaba en medio de las olas. El motor de 8 caballos tenía poca respuesta frente a la potencia del mar. Daniel, que estaba al timón, aceleró de frente contra la ola que comenzaba a romper sobre nosotros. Carlos y yo pusimos todo nuestro peso sobre la proa tratando de evitar que el viento nos tumbara. El bote dio un salto y caímos en el vacío que había dejado la ola. No habíamos terminado de bajar cuando otra ola estaba sobre nosotros. La pasamos.

Llegó una tercera, que también pasamos, pero cada vez más al limite. Una muralla de agua oscura que tapó al sol y a la silueta del Callas estaba frente a nosotros. Daniel aceleró y el bote quedó casi vertical. Nos aferramos a los cabos de la borda para no caernos. Pensé que el bote se iba a tumbar y contuve la respiración esperando la caída al agua. El bote asomó la proa a la cresta de la ola, se quedó suspendido unas décimas de segundo, e inclinó su peso del otro lado de la rompiente, bajando pesadamente por la pared de agua. Los tres soltamos el aire y algunas carcajadas, mezcla de alegría y nervios, cuando salimos de la rompiente. Si el bote se tumbaba hubiera sido tan difícil llegar a la costa como lograr que el Callas se acercara a rescatarnos. A la media hora estábamos de nuevo embarcados en el velero. Llegamos hasta la punta del Cabo San Antonio y pusimos proa a Puerto Parry.

Empezó a levantarse viento y tuvimos que volver al Callas y zarpar hacia un lugar más protegido. Cruzamos el Cabo San Antonio entre la línea de cachiyuyos y los escarceos e ingresamos en la bahía del mismo nombre, navegando próximos a la costa. En la Roca Ibáñez, a la entrada de Puerto Hoppner, había una gran colonia de cormoranes magallánicos. El día siguiente amaneció con mucha neblina y lluvia. Bajamos del bote y salimos a recorrer la bahía. Desembarcamos en la Caleta Benítez, en la única playa que hay en todo Hoppner. Se trata de una pequeña playa de canto rodado que cae bastante abruptamente en el mar.

Descartamos la posibilidad de que el naufragio del Espora se hubiera producido en Hoppner, como sostienen algunos autores. Cruzamos a la Bahía San Antonio con la intención de desembarcar en Playa Bedini y relevar la costa occidental del Cabo San Antonio. La bahía era muy abierta al norte y el mar entraba con olas pronunciadas. Como no había ningún lugar seguro para fondear, bajamos el bote para intentar el desembarco -Daniel Kunstchik, Carlos Pedro Vairo y yo (Jimenez Hutton)- mientras el Callas seguía hacia la punta del cabo. A unos 60 metros de la costa había una rompiente muy fuerte, con olas de más de 3 metros de altura, por lo que era imposible intentar el desembarco.

Decidimos entonces recorrer la línea de la costa por afuera de la rompiente, pero a los pocos minutos, sin que llegáramos a darnos cuenta, el pequeño bote neumático estaba en medio de las olas. El motor de 8 caballos tenía poca respuesta frente a la potencia del mar. Daniel, que estaba al timón, aceleró de frente contra la ola que comenzaba a romper sobre nosotros. Carlos y yo pusimos todo nuestro peso sobre la proa tratando de evitar que el viento nos tumbara. El bote dio un salto y caímos en el vacío que había dejado la ola. No habíamos terminado de bajar cuando otra ola estaba sobre nosotros. La pasamos. Llegó una tercera, que también pasamos, pero cada vez más al limite. Una muralla de agua oscura que tapó al sol y a la silueta del Callas estaba frente a nosotros.

 Daniel aceleró y el bote quedó casi vertical. Nos aferramos a los cabos de la borda para no caernos. Pensé que el bote se iba a tumbar y contuve la respiración esperando la caída al agua. El bote asomó la proa a la cresta de la ola, se quedó suspendido unas décimas de segundo, e inclinó su peso del otro lado de la rompiente, bajando pesadamente por la pared de agua. Los tres soltamos el aire y algunas carcajadas, mezcla de alegría y nervios, cuando salimos de la rompiente. Si el bote se tumbaba hubiera sido tan difícil llegar a la costa como lograr que el Callas se acercara a rescatarnos. A la media hora estábamos de nuevo embarcados en el velero. Llegamos hasta la punta del Cabo San Antonio y pusimos proa a Puerto Parry."

 

 
 

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