Historia y Arqueologia Marítima

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Asentamientos Balleneros Historicos en la Antártida Argentina

III . ANTECEDENTES HISTORICOS.

            Este capítulo sintetiza el marco histórico tenido en cuenta para interpretar las piezas y datos registrados en los trabajos de campo y referir las hipótesis y conclusiones . Busca exponer las líneas generales de evolución de la actividad ballenera  en la medida estrictamente necesaria para mostrar el proceso por el cual se estableció en la  Antártida y exponer cómo sus imágenes ingresaron primero y desaparecieron después de la conciencia colectiva argentina , entrando en algún detalle solamente en puntos que tengan relación directa con hechos verificados o efectos relevados durante la operación. No contiene investigaciones originales y se basa en la bibliografía,  archivos corrientes y testimonios que se mencionan al final.

            La historia de la caza de ballenas en todos los mares del mundo ha seguido un rumbo paralelo al de aquella de las exploraciones, en la búsqueda de nuevos espacios para la obtención de recursos para el desarrollo y sostenimiento de la civilización. En particular en cuanto a su localización, además de las posibilidades abiertas por los descubrimientos geográficos incidieron la capacidad brindada en cada época por el desarrollo tecnológico para resolver las cuestiones prácticas, y la respuesta de la naturaleza a la acción del hombre sobre las especies. 

La caza costera arcaica

            Los más antiguos registros de la actividad por la Historia dan cuenta de los balleneros vascos españoles como los primeros en practicar la caza en las costas del golfo de Vizcaya, entre los siglos X al XVI, aún cuando existen menciones que señalan que ya se la practicaba en las colonias que los noruegos desarrollaron hacia el Siglo IX en Groenlandia y la mitología ha recogido imágenes coincidentes.

 Esta caza hecha con botes y en aguas costeras perseguía exclusivamente a la “ballena franca”, que al respirar permanece en superficie tiempo suficiente para ser alcanzada y atacada con arpones de mano desde embarcaciones a remo y que, una vez muerta, queda naturalmente a flote posibilitando su remolque hasta la playa. Allí sería faenada y su grasa fundida. Se trata de la “balaena glacialis”, “right whale”, cetáceo de unos quince metros cuando adulto, sin aleta dorsal, con una gran mandíbula provista de unas quinientas barbas que pesando media tonelada constituían en aquel tiempo el principal  producto, además de diez o más toneladas de grasa. Tal modalidad, local y de pequeña escala, en alguna medida existió desde tiempos prehistóricos, cuando el hombre comenzó a usar el mar; existiendo pruebas arqueológicas provenientes de las culturas más diversas.  Así en todos los mares por cuanto, bien que con distintas densidades y frecuencias, el cetáceo hasta hace menos de dos siglos estuvo presente en todo el globo.

            Los primeros emprendimientos de importancia fueron desarrollados por holandeses e ingleses desde la primera mitad del Siglo XVII en torno a las islas Spitzbergen, descubiertas en la búsqueda del “pasaje del nordeste”, donde abundaban especies similares a la franca.

La actividad creció rápidamente sumándose otras naciones marítimas y hacia 1680 hasta quinientos barcos  mareaban en la zona, determinando la paulatina migración del recurso hacia Groenlandia. Los balleneros lo siguieron abandonando Spitzbergen y marcando el final de la caza costera como actividad económica de significación continuando su práctica en escala menor y local hasta tiempos recientes.

La caza marítima clásica

            La modalidad de caza y faenamiento fue en adelante preponderantemente embarcada; buques generalmente aparejados en barca, con capacidad de doscientos cincuenta a trescientos cincuenta toneles, dotados con cinco a ocho embarcaciones a remo, buscaron y cazaron los cetáceos siguiendo su migración por los mares. La ballena una vez muerta era trozada al costado del buque, y su grasa derretida en marmitas sobre cubierta, empleando como combustible el resto prensado de los tejidos.

            La caza marítima seguiría dos corrientes: la caza ártica, desarrollada en general por europeos y la oceánica con una neta preponderancia norteamericana.

            La caza ártica duró no más de un siglo y medio; los holandeses perdieron su flota ballenera como secuela de las guerras del Siglo XVII; y los ingleses, forzados a penetrar cada vez más en los mares boreales por el progresivo agotamiento del recurso en las costas de Groenlandia, sufrieron en forma creciente el desastre de sus flotas inmovilizadas o destruidas por los campos de hielo. Esta corriente dejó de ser significativa hacia 1850.

            La caza oceánica ocurrió en forma aproximadamente simultánea durante los siglos XVIII y XIX. Hacia 1700 comenzó a desarrollarse en las colonias inglesas de América la lucrativa industria del cachalote. Se trata del “physeter macrocephalus”, “sperm whale”, cetáceo de unos dieciocho metros de largo, cuya cabeza toma un tercio del total, dotado de fuerte dentadura en la mandíbula inferior, y sin barbas; muy valioso por sus productos aceite de esperma y ambar gris; cuya caza requería particular habilidad por ser combativo y practicar largas inmersiones. La industria se basó en los puertos del Norte de la costa Este y se desarrolló primeramente en aguas templadas del Atlántico (Azores, Guinea, costas del Brasil) alcanzando el Pacífico hacia 1790; luego el Japón, Nueva Zelandia, el Océano Indico, las islas Sociedad, las Kerguelen, y en su medida

Estados Unidos dío mayor ímpetu a la actividad que alcanzó su máximo hacia 1850 cuando operaban en cruceros de dos o tres años hasta setecientos barcos de esa bandera. Inglaterra que procuró establecer un tráfico similar independiente llegó a armar unos cien buques, dependiendo de emplear por razones de experiencia capitanes y maestros de caza norteamericanos. Al mismo tiempo que la caza del cachalote, balleneros norteamericanos continuaron persiguiendo la ballena franca en el estrecho de Behring a partir del puerto de San Francisco. 

Balleneros de ambas corrientes frecuentaron las costas patagónicas a fines del siglo XVIII. El 3 de enero de 1779 un bergantín ballenero procedente de Gloucester , Nueva Inglaterra, cuyo nombre no quedó registrado, que procuraba entrar al Río de la Plata para reparaciones y proyectaba doblar el cabo de Hornos, naufragó sobre las restingas de la isla de Flores.  La corbeta española “San Pío”, capitán Juan José de Elizalde, mientras efectuaba un relevamiento en la costa de Puerto Deseado en 1791, inspeccionó una barca inglesa dedicada a la actividad. Elizalde al término de su campaña recomendó establecer en ese puerto una estación ballenera para procesar en tierra ante la cercanía del recurso.  La estación fué posteriormente instalada y operó hasta principios del Siglo XIX.  

A mediados del siglo XIX la caída de los precios de los productos y el retiro de las especies determinaron una fuerte disminución de la actividad. La Guerra de 

Secesión afectó fuertemente el inventario flotante y algunos desastres en los hielos agravaron la situación. Hacia 1870 toda la caza clásica de la ballena, mediante barcos dotados de embarcaciones de caza a remo se encaminaba a su progresiva extinción si bien hasta entrado el Siglo XX algunas barcas clásicas continuaron cazando. Partiendo del Atlántico Norte y el Mar Artico había cubierto todos los mares del mundo, excepto las aguas antárticas, surcadas solo intermitentemente, y hasta entonces casi completamente inexploradas.

 Hacia la Antártida.

Iniciativas inglesas habían intentado establecer la industria ballenera en los mares australes, cuando su  participación en el hemisferio Norte, hacia 1849, estaba ya en un nivel muy bajo. Charles Enderby, inmediatamente después que James Ross publicara la memoria de su expedición con el “Erebus” y el “Terror” llevó adelante una decidida campaña tendiente a instalar una flota y factoría ballenera en las Islas Auckland al sur de Nueva Zelandia. Sosteniendo la necesidad de dejar de depender de Estados Unidos en el comercio e industria de la ballena, la oportunidad de emplear la marinería británica, y otras razones estratégicas, logró el firme apoyo de la opinión, la banca y la política y constituyó una empresa. Reunió nueve buques e inició las operaciones durante el verano austral 1849-1850. El resultado fue un completo fracaso. Varias fueron las causas: la carencia de marinerías aptas y expertas; la combatividad del cachalote austral;  el costo excesivo del equipamiento inglés, y la reducida capacidad de estiba de los buques.

El fracaso de este intento austral, último recurso para sostener una actividad que se encaminaba a la decadencia, coincidió con el inicio de una larga pausa en la exploración geográfica antártica. De este modo, la Antártida vería medio siglo de inactividad y nunca sería campo de acción de la ballenería clásica.

El tiempo de la Antártida llegaría con la expansión de la ballenería moderna y varios factores debían concurrir para hacer posible su desarrollo.

El recurso que esperaba en la Antártida era el grupo de la “ballena de aleta”, comprendiendo la “ballena azul”, “balaenoptera músculus” de veinte a veintiocho metros de largo, y los “rorcual común”, “balaenoptera phisalus” y “rorcual de Rudolphi”, “balaenoptera borealis”, relativamente menores; todas especies combativas, que para respirar permanecen corto tiempo en superficie, veloces y que al morir se hunden inmediatamente. Por tanto era necesario contar con naves que pudieran alcanzar la ballena, lanzarle un arma desde una distancia que no implicara peligro para los hombres y la embarcación, aferrarla y sostenerla con su propia reserva de flotabilidad cuando se hundiera, izarla a superficie y asegurar su flotabilidad; todo ello impracticable desde los barcos a vela y sus botes balleneros.

Era necesario también, para lograr una producción eficiente, conocer la ballena desde el punto de vista zoológico, tanto en su anatomía y fisiología como en sus hábitat, hábitos y migraciones. Paradójicamente hasta la primera mitad del siglo XIX, la ballena, aún siendo cazada desde hacia diez siglos, era científicamente desconocida; la causa fue que, faenada en el mar o en playas lejanas y procesada de inmediato, sus partes nunca llegaban en forma sistemática  a los gabinetes científicos. 

El tercer factor necesario era el conocimiento geográfico y la sistematización cartográfica e hidrográfica, que aseguraran la navegación. 

Al respecto, el sector de  la península antártica, después de las expediciones de Jules Dumont D´urville; de Charles Wilkes, quien hizo sus últimas escalas previas en Carmen de Patagónes y la Tierra del Fuego; de William Smiles, basado en Carmen de Patagónes y con el marino argentino Luis Piedra Buena en su tripulación; y de James Clark Ross, todas anteriores a 1852, había dejado de ser explorado con criterio científico. 

De tal modo el conocimiento firme se detenía en las Shetland. Más al Sur subsistían y eran consagrados por las cartas del almirantazgo británico los conceptos erróneos de “tierra de Graham” y “tierra de Palmer” que daban carácter continental a los archipiélagos situados al Oeste de la costa Danco.

Ese velo no fue corrido por los viajes de loberos que frecuentaron la zona en la época, por que ellos transmitieron sus conocimientos en forma incompleta  y asistemática, incluso motivados por el secreto comercial; y si bién algunas cartas insinuaban la existencia de pasos y estrechos más tarde confirmados, su imprecisión les quitaba valor frente a las hipótesis admitidas.

Todos los factores necesarios concurrieron hacia fines del Siglo XIX.

El cañón arponero y el vapor.

La capacidad de cazar ballenas de aleta nació y se desarrolló con el cañón lanzaarpones inventado en 1865 por Svend Foyn, que disparaba un arpón de acero, 

dotado de aletas articuladas que aseguraban su anclaje al cuerpo de la ballena, y más tarde de una cabeza explosiva que determinaba la muerte rápida del animal. Este arpón fue montado en buques a vapor de ciento cincuenta  a trescientas toneladas, con velocidad suficiente para alcanzar la ballena y dispararle desde unos cuarenta metros de distancia, equipadas con guinches a vapor capaces de izarla a superficie y compresores a vapor para, inflándola con aire comprimido, mantenerla a flote y remolcarla en grupos de cuatro a seis y hasta diez, hasta donde sería faenada.

El nuevo método fue practicado casi exclusivamente por empresas, buques, instalaciones y hombres noruegos, en aguas próximas a las costas de Noruega. Como el procesamiento de los productos volvió a ser terrestre fue en cierto modo una vuelta al esquema operativo de los tiempos de Spitzbergen, aumentado en escala y dirigido contra ballenas de aleta. El sustantivo incremento cuantitativo, con respecto a aquella antigua caza costera, estuvo determinado por la ampliación del área operativa derivada de su extensión a gran parte de las costas noruegas y del radio de acción de los buques cazadores, mucho mayor que aquel de los botes balleneros, por la eficacia de esos buques y sus cañones en la caza, y por contar en tierra con la fuerza motriz y los procesos térmicos a vapor.

 Esta modalidad de caza despoblaría en treinta años de aplicación las aguas boreales, de modo que hacia el fin del Siglo XIX las capacidades de la industria estaban en disposición y necesidad de ser aplicadas a otros mares.

El concurso de la ciencia.

Al mismo tiempo, al disponerse de gran cantidad de ballenas en costas europeas, al alcance de los investigadores, en las tres décadas finales del siglo XIX fue completado el conocimiento zoológico de las especies. Igualmente, en cuanto a su hábitat y migraciones, el problema quedó resuelto, por el estudio científico metódico de las ballenas antárticas, realizado por el zoólogo y botánico rumano Emile Racowitza, miembro de la expedición del “Bélgica” de 1897 a 1899, quién sistematizó

los informes sobre los cetáceos producidos en distintas épocas y localizaciones antárticas por los viajes científicos anteriores.

            El restante factor, el necesario conocimiento del teatro geográfico y marítimo de la Antártida sudamericana después de cuatro décadas de letargo, quedó develado en el corto lapso de una década, principalmente con los resultados de las expediciones de los balleneros de Dundee, 1892 y 1893; de Carl Antón Larsen 1892 a 1894; de Adrián de Gerlache, de 1897 a 1899 y de Otto Nordenskjold, de 1901 a 1903. Algo más tarde las expediciones de Jean Charcot, 1903 a 1905 y 1908 a 1910 completaron la visión geográfica moderna de la región.

La expedición de Dundee descubrió el estrecho Antartic y exploró el golfo Erebus y Terror.

            Larsen extendió el conocimiento de la costa oriental de la península antártica hasta los sesenta y ocho grados de latitud e identificó el cabo Framnes y la isla Robertson, salientes de la barrera de hielo.

            Gerlache  en dos viajes efectuó tal vez el aporte más significativo. Partiendo de Ushuaia que así se manifestó tempranamente como el más favorable punto de apoyo sudamericano para las operaciones en la Antártida, descubrió el estrecho que lleva su nombre y las islas Lieja, Brabante y Amberes e islas y pasajes menores, y recorrió la costa Oeste hasta la tierra de Alejandro 1º.

            Nordenskjold, llevando a Larsen como capitán, y al alférez argentino José María Sobral, comprobó que la tierra de Luis Felipe en la península Trinidad formaba parte de la tierra de Graham, que el canal Orleans es continuación del Gerlache, que la isla Dumont d´ Urbille es una isla separada de la Joinville y definió el archipiélago formado por las islas Ross, Vega, Cerro Nevado y Aguila al Este de la península.

            Charcot partiendo también de Ushuaia en su primer viaje, bien que ya iniciada la actividad ballenera austral, demostró la inexistencia de un canal entre el mar de Wedell y el estrecho Pendleton y reconoció exhaustivamente los archipiélagos y canales hasta la tierra de Alejandro 1º. En particular, señaló los importantes puertos Lockroy y Charcot y el canal Le Francais.

            Así, apenas entrado el Siglo XX habían quedado verificadas todas las condiciones necesarias para que la actividad ballenera pudiera surgir y florecer en estas regiones.

La Argentina ante la ocasión ballenera

            En la República Argentina, corriendo ya dos décadas de iniciado el período de su máximo crecimiento histórico, se había alcanzado el control de la totalidad del territorio continental; la inmigración duplicaba la población cada poco más de veinte años y la riqueza lo hacía cada diez; los ferrocarriles multiplicaban en forma explosiva el territorio incorporado a la actividad económica; se habían instalado fuertes industrias extractivas con un claro perfil exportador; se había construido el puerto de Buenos Aires y otros puertos fluviales y marítimos y la Nación participaba en forma significativa en el comercio internacional y en forma incipiente en la navegación. El estado, bajo la segunda presidencia de Julio Argentino Roca, perseguía objetivos claros de un proyecto nacional de progreso, apoyado en una clase dirigente firmemente asentada en el control social, en los sectores encumbrados de las colectividades extranjeras y en relaciones de cooperación con las potencias europeas.

 En ese marco, el gobierno promovía el protagonismo argentino en todos los campos de actividad que interesaron a la región. En ese sentido, prestó significativo 

apoyo a las expediciones de Gerlache, Nordenskjold y Charcot, como anteriormente lo había hecho con la inconclusa expedición de Bove, y próximamente lo haría continuando en las islas Orcadas la obra de Bruce con el primer asentamiento permanente. En particular, la Armada Argentina envió la corbeta “Uruguay” al exitoso rescate de la misión Nordenskjold cuya nave “Antartic” había sido destruída por los hielos.

             El viaje de la corbeta “Uruguay”, en medio de un clamoroso ambiente de apoyo popular, alentado y compartido por el gobierno y los sectores dirigentes, actuó como catalizador de un movimiento de interés y voluntades de las fuerzas vivas de la economía hacia la Antártida. Esos sectores, optimistas ante el curso de la República en la época y predispuestos a la innovación, el progreso y la inversión, habían recibido a partir de las recomendaciones de la Conferencia Internacional de Geografía de 1895 en Londres, señales orientadoras de la ciencia hacia el continente austral y la caza de ballenas. En particular, pocos meses antes del viaje de la “Uruguay”, el director de la oficina de Zoología Fernando Lahille había ilustrado a la opinión dirigente sobre las especies de ballenas del Atlántico Sur desde el punto de vista científico, conforme a los últimos conocimientos;  el científico Juan B. Charcot, antes de partir con “Le Francais” hacia el Sur, al explicar su proyecto, desarrolló una entusiasta descripción y apreciación de eficiencia del sistema cazador a vapor, cañón arponero y factoría terrestre; y José María Sobral recomendó decididamente el desarrollo de la actividad:  “ “ “ Las razones de interés puramente comercial son inmensas, y su importancia superior a todo cálculo. En cartas que en otra oportunidad he publicado, he llamado la atención de mi país sobre las enormes riquezas que de las regiones polares podemos sacar... La pesca y la caza en los mares del Sur constituyen esa fuente de riqueza, y ningún país está en las condiciones de la Argentina para acometer con éxito esa empresa. Tomemos posesión de esas tierras y dominemos esos mares hoy inhabitados ...” ” ”.

 La Compañía Argentina de Pesca  

            Ante ese ambiente intelectualmente convencido y con el ánimo encendido de entusiasmo, Carl Antón Larsen con el apoyo de Ernesto Tornquist, Pedro Christophersen, Teodoro De Bary, bancos y agencias marítimas, presentó su propuesta, reflejada en la invitación a suscribir acciones:

“ “ “Recordamos que en el Siglo XVIII y hasta el primer tercio del siglo XIX, la pesca de la ballena ha dado resultados magníficos; se han acumulado por ella en Dundee, en Noruega y en New England States de los Estados Unidos fortunas inmensas; más   tarde las ballenas, a consecuencia de la caza sin tregua se han retirado de los mares del Norte, han ido a esconderse en puntos inaccesibles, o a los mares del Sud; no

hay razón por que nosotros no sigamos los pasos de aquellos valientes marineros del Norte, pero armados de todos los adelantos de la ciencia, buque pescador (a vapor), cañones de arpones, sin necesidad de hacer uso de pequeñas y peligrosas embarcaciones, y finalmente creemos que la creación de tal sociedad es obra altamente patriótica. Es mostrar el camino de una nueva industria lucrativa; la República con su enorme extensión de costas marítimas ha aprovechado poco de las enormes riquezas que brinda el océano a sus hijos” ”

.....“ “ “El capitán C.A. Larsen, comandante del “Antartic ”, ha tenido ocasión durante el largo período que ha pasado en los mares del Sud con el explorador Nordenskjold -  y ya anteriormente en 1892 y 1893 - de observar la riqueza y abundancia enorme de la fauna marítima de esos parajes” ” ”..........

............“ “ “ El capitán Larsen propone dedicarse principalmente a la caza de ballenas” ” ” 

            Larsen, quién hacia varios años  procuraba sin éxito reunir capitales europeos para encarar la empresa, obtuvo inmediata respuesta del capital argentino.

            Así, en 1904 quedó constituida la Compañía Argentina de Pesca Sociedad Anónima, autorizada por decreto del gobierno nacional, que instalada con apoyo de la Armada Argentina, operaría en Grytviken, isla San Pedro, Georgias del Sur.

            Con la Compañía Argentina de Pesca se inició la moderna ballenería antártica.

            Pesca – así llamada corrientemente – obtendría de inmediato un brillante éxito económico, que mantendría en buen nivel durante toda su existencia, excepto algunos períodos particularmente desfavorables para la actividad, siendo la única empresa que en forma ininterrumpida mantuvo su actividad hasta 1961, mientras todas las otras la interrumpieron durante las guerras y el período de depresión que siguió a 1930.

            En 1929, Pesca era dueña de una flota de diecinueve buques, valuados estos más los activos terrestre en 3.000.000 de pesos oro y habiendo distribuido ese año dividendos por 570.000, cifras que actualizadas a 2003 conforme al valor de la onza “troy” significarían U$S 48.000.000 y U$S 9.000.000 y que justifican que haya sido en la época el valor estrella en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

            Asimismo, desarrollada en tiempos en que la marina mercante argentina era muy pequeña, el elenco de su flota hizo de Pesca uno de los principales armadores del país, de modo que una muy alta proporción de los marinos nacionales de la primera mitad del Siglo XX, a lo largo de su carrera haya prestado servicios en sus buques.

 También, en una actividad desarrollada casi en su totalidad por noruegos, cualquiera fuera la nacionalidad del capital, mantuvo en todo tiempo cierta cantidad de obreros argentinos.

            Pesca, además estuvo siempre en el interés del Estado Argentino desde el punto de vista político, por ser considerada su presencia en las Georgias del Sur un hecho de ejercicio de la soberanía argentina en esas islas. La cuestión, tanto en consensos como en disensos, tuvo repetido tratamiento oficial, en vista de la dualidad de pretensiones soberanas por parte de la República Argentina y el Reino Unido, verificándose actitudes ambiguas, silencios y tolerancias, tanto por parte de la empresa como de los gobiernos argentino y  británico.

Pesca, más adelante, tuvo también celebridad con ocasión de la construcción y llegada del moderno buque factoría “ Juan Perón ” de treinta y dos mil toneladas de desplazamiento, que se efectuó en medio de una intensa propaganda oficial relativa al desarrollo industrial y los planes de gobierno, siendo el buque visitado por miles de personas. La operación, que tendía a orientar la compañía hacia la caza pelágica fracasó en 1952 por causas financieras y administrativas, y el buque jamás sería aplicado a su finalidad, siendo empleado como buque tanque petrolero. Algunas informaciones refieren que las dificultades financieras se originaron en la pérdida del favor oficial a raíz de la actitud de Pesca de renovar instrumentos contractuales que implicaran aceptación del ejercicio de soberanía británica en las Georgias.

            Pesca cambió la constitución de su capital en 1944, pasando a propiedad del grupo Ryan. En 1960 vendió sus bienes balleneros a Albion Star (South Georgia) Ltd., empresa de constitución británica propiedad del mismo grupo Ryan. Convirtió en remolcadores de puerto algunos de sus cazadores y transfirió a la bandera británica o de conveniencia los restantes. Por último  Albion Star cesó su actividad ballenera en 1962, abandonando la factoría en 1967. Compañía Argentina de Pesca continuó pocos años más como armador de cargas habiendo ya dejado definitivamente de operar en  1970.      

La proliferación de empresas

            La acción pionera de la empresa ballenera argentina fue muy prontamente imitada por numerosas compañías casi todas ellas noruegas, tanto en el sector de la península como en los demás cuadrantes antárticos. Inicialmente algunos de los operadores de mayor experiencia en la industria demoraron su participación por dudar de la economicidad de emprendimientos en área tan lejana; y efectivamente algunos de ellos soportaron quebrantos importantes y pérdidas de buques en sus primeras campañas. Pese a los inconvenientes iniciales, en menos de diez años la caza estuvo instalada en firme competencia en la Antártida.

            La actividad se desarrolló en dos modalidades, según las facilidades que ofrecieran los puntos geográficos de asentamiento, incidiendo la disponibilidad de terrenos aptos para desarrollar instalaciones terrestres y la de puertos seguros para los buques, así como la expectativa que se tuviera acerca de la permanencia del recurso en áreas cercanas al punto elegido. Tales modalidades fueron la factoría terrestre y la factoría flotante; esta última montada en buques no siendo todavía el “buque factoría” que se desarrollaría recién a partir de 1925, sino solamente una planta embarcada para ser trasladable, que fondeada en puerto de aguas protegidas operaba toda la campaña en un punto fijo, maniobrando a su costado las ballenas cazadas .

            En el cuadrante antártico sudamericano y las islas subantárticas adyacentes  la actividad se practicaría en las Georgias del Sur, Sandwich del Sur, Orcadas del Sur, Shetland del Sur, mar de la Flota (estrecho Bransfield), en los estrechos y canales adyacentes a la península antártica, y al borde de los campos de hielo del mar de Wedell.

            Hacia 1930, cuando la caza según estas modalidades alcanzó su máximo desarrollo, operaban o habían operado entre otras las compañías que se detallan en adelante.

Georgias, Sandwich y Orcadas.

            En la isla San Pedro (Georgia del Sud), además de la Compañía Argentina de Pesca, hacia 1929 actuaban o habían actuado Sandefjords Hvalfangerselskap, que operó la primera factoría flotante, el “Fridtjof Nansen”, naufragado en su primera campaña; Tonsberg Hvalfangeri; A/S Bryde  & Dahl Hvalfangerselskap; Sandefjord Hvalfangerselskap; Ocean; Irving & Sons; Lever Bross; A/S Vestfold; Christian Salvensen & Co.; y Southern Whaling and Sealing Co., en Grytviken, Stromness, Leith y Husvik; operando en total ese último año cinco plantas terrestres, una factoría flotante, un dique flotante y treinta y tres cazadores.

            En las Sandwich del Sur, la inexistencia de puertos abrigados determinó que no se establecieran actividades en puntos fijos.

            En las Orcadas del Sur operaron A/S Thule, Tonsberg Hvalfangeri y otras, con factorías flotantes y hasta seis buques cazadores, habiéndose desarrollado una factoría terrestre en la isla Signy. Los islotes Flensing, al sudoeste de la punta Norte de la isla, sugieren por su nombre, que es el término empleado en inglés para expresar el desposte de ballenas,  que allí se desarrollara esa parte del proceso.

Shetland, mar de la Flota y península antártica

            En las Shetland del Sur, mar de la Flota (estrecho Bransfield) y archipiélagos al Oeste de la península antártica, la existencia de  numerosos puertos protegidos, y en cambio escasos lugares para el asentamiento terrestre determinaron la preponderancia de factorías flotantes, hecho que confirió a la actividad en esta área características particulares, entre las cuales una mayor elasticidad operativa, al punto que algunos autores la consideran la caza antártica propiamente dicha y la diferencian de la practicada en las islas subantárticas.

Hacia 1929 habían operado en la región  A/S Ornen; Sociedad Ballenera Magallanes; A/S Sydhavet; A/S Odd; A/S Norge; A/S Laboremus; Christian Salvensen & Co; A/S Hektor; y Southern Whaling & Sealing Co. En conjunto desplegaban ese año doce factorías flotantes y treinta y siete cazadores, y una sola factoría terrestre.

La factoría terrestre fue desarrollada a partir de 1906 en la isla Decepción, inicialmente por  la Sociedad Ballenera Magallanes, empresa chilena  que también operaba en la zona del estrecho de su nombre, bajo la dirección de Adolfus Andresen, muerto en la isla y enterrado en su cementerio.  Al principio se trató de instalaciones muy poco significativas, por cuanto la producción estaba basada fundamentalmente en factorías flotantes. Más tarde principalmente con motivo de la exigencia de procesar carcazas se establecieron obras mayores.   Desde 1911 fue continuada  por A/S Hektor, que entre 1929 y 1930 la amplió y dotó de instalaciones más modernas.

Las bondades de la isla como puerto pudieron haber movido a los balleneros pioneros a desarrollar esas instalaciones no obstante su evidente inestabilidad determinada por frecuentes erupciones de cráteres secundarios del volcán que la forma. Tal inestabilidad había sido efectivamente comprobada en 1905 cuando se constató que el seno interior de caleta Péndulo, de media milla en 1829, había desaparecido bajo material volcánico.

            Las palabras de Juan B. Charcot dan una idea clara del explosivo progreso de la ballenería en la región, al comparar sus impresiones de 1908 con aquellas de 1904, referidas a caleta Balleneros en la isla Decepción: “ “ “... Aunque previsto por aquellos de nosotros que ya hemos venido a la Antártida en 1904 donde sabíamos que éramos los únicos seres humanos, encontrar en esta región buques dedicados tranquilamente a su trabajo tiene ya algo de impresionante; y si esta sensación es inquietante, debemos experimentar una más fuerte al vernos en la bahía de Decepción en medio de una verdadera escuadrilla instalada como en un centro industrial de Noruega” ” ”.

            “ “ “ ... Dos barcas y dos grandes vapores, rodeados de pequeños balleneros a vapor. Toda esta flotilla perteneciente a tres compañías diferentes ... ” ” ”. 

Esa impresión de Charcot se vio confirmada por la apreciación hecha por autoridades británicas en 1912 de haber en caleta Balleneros seis mil carcazas de ballenas abandonadas. Hasta ser exigido por esa potencia el aprovechamiento integral de la ballena los industriales prefirieron el beneficio rápido y la menor exigencia técnica de procesar solamente las partes blandas y abandonar los huesos.

En las restantes Shetland existen menciones de actividad de caza en la isla Livingston, isla Greenwich y otras, pero principalmente en isla 25 de Mayo (isla Rey Jorge), en sus abrigadas bahías Lasserre (bahía Almirantazgo), Guardia Nacional (bahía Maxwell) y 25 de Mayo (bahía Rey Jorge), la más activa. 

Charcot, evaluó el efecto de la contribución científica a este desarrollo: “ “ “ fui feliz al constatar como la expedición del “Francais” ha sido útil uniendo sus descubrimientos a los del “Bélgica” y por haber puesto nuestra parte al darles (a los balleneros) una carta de la costa nordeste del archipiélago Palmer que no existía antes, otra del estrecho de Bismark, de indicarles un buen puerto en Lockroy y un abrigo eventual en isla Wandell ( por Puerto Charcot), sin contar las reseñas sobre la cantidad y especies de ballenas de aleta, sobre los movimientos de hielos, los cambios de viento, etc ...” ” ”.

            La caza practicada por las empresas que operaron en la Shetland tuvo la particularidad de no limitarse a los puntos de asiento, sino extenderse a los archipiélagos próximos a la península y más tarde hasta el borde de los campos de

orientación de Charcot y aprovechando la flexibilidad dada por las factorías flotantes.

Gradualmente los buques factorías fueron alcanzando puertos cada vez más al sudoeste donde fueran encontrando el recurso, hasta la isla Belgrano (isla Adelaida) (latitud 67º 20´ S., longitud 68º 30´ W.), explotando puertos útiles en los archipiélagos Palmer y Biscoe y en la tierra de San Martín (tierra de Graham). Puerto Mikkelsen, puerto Melchior, puerto Neko y particularmente puerto Svend Foyn (puerto Governoren) fueron muy activos, pero no es posible identificar con seguridad a otros por cuanto cada ballenero dio al puerto empleado su propio nombre y no todos fueron recogidos por las toponimias sistematizadas.     

En puerto Svend Foynd operaron a partir de 1912 factorías flotantes de la empresa Odd, Thar y Dahl; uno los cuales el “Governoren” después de un incendio fue encallado y hundido el 27 de enero de 1915.

La caza en esta región declinó a partir de 1926 a causa de las migraciones del recurso y la competencia de la naciente caza pelágica.

El buque factoría y la caza pelágica

La caza en alta mar en proximidades de los campos de hielo practicada por cazadores relacionados con factorías flotantes, inicialmente concebida como complementaria de la caza basada en puertos o posiciones fijas marcó una nueva y definitiva etapa en la evolución de la actividad.

Las empresas comenzaron a experimentar que las poblaciones de las colonias de ballenas cercanas a sus bases disminuían o migraban, al tiempo que encontraban importantes masas del recurso  en áreas móviles en torno a los límites estacionales del hielo marino. Consecuentemente enviaron sus cazadores tras la ballena, y encontrándola en puntos relativamente lejanos de sus lugares de asiento desplazaron sus factorías flotantes en seguimiento de aquellos. Inicialmente se trató de una solución precaria; las factorías flotantes eran buques en general viejos y transformados solo para transportar y alojar la planta y las condiciones náuticas y meteorológicas del alta mar glacial exigían mayores capacidades de maniobra y proceso; en particular para la transferencia de piezas cazadas y la labor de faenamiento contínuo en navegación. A su vez los cazadores debieron ser de mayor porte, aptos para cazar en condiciones severas de mar y con mayor autonomía.

El buque factoría “Lancing” de la compañía Globus inició en 1925 el nuevo concepto; su característica principal además del adelanto tecnológico de su planta de procesamiento, fue una rampa en popa para izar las ballenas dejadas flotando y señaladas por los cazadores de la flotilla . Este buque fue inspeccionado durante una campaña en 1926 por el gobierno argentino mediante un oficial de la Armada y un científico del Museo de Ciencias Naturales.

El nuevo método, que llevaba a operar donde el recurso estuviera, sin atadura a un determinado punto geográfico, resultó mucho más eficiente y rentable que la caza a partir de asentamientos, ya fuera con factorías terrestres o flotantes, y tuvo además la ventaja fiscal, por cazar en alta mar donde en la época no se reconocían jurisdicciones, de no pagar concesiones a las potencias administradoras de los puertos base. 

Interrupciones, depredación y final.

La crisis económica de 1930 afectó a toda la actividad ballenera con una fuerte caída de precios, determinando que la casi totalidad de las empresas suspendieran las operaciones. Cuando hacia 1933 se recuperaron los niveles de caza, ya fue mediante la nueva modalidad de caza pelágica con buques factoría significando el rápido final de las factorías fijas, terrestres y flotantes.

En particular, la planta de Hektor en la isla Decepción fue sorprendida por la crisis recién modernizada, y cuando retomaba la actividad para la campaña 1931- 1932 una fuerte erupción obligó a su abandono urgente, no siendo operada en adelante. El 6 de febrero de 1942, inspeccionada por el buque de guerra argentino “ 1º de Mayo” se encontró que todas sus instalaciones, con excepción de una casa habitación, habían sido voladas presumiblemente para evitar su empleo militar; que su pequeño dique flotante había sido hundido y que su estiba de carbón continuaba ardiendo desde hacia un tiempo apreciado en un año. Inspeccionada nuevamente en 1949 por el “Pampa”, se constató que la casa respetada en la destrucción continuaba sin tocar y sus enseres, dispuestos como en uso, señalaban la urgencia con que debió ser abandonada. El grupo propietario continuó la actividad mediante la modalidad pelágica y más tarde en la postguerra, a través de la empresa de constitución inglesa Hector Whaling Company, fue el operador del buque factoría prototipo de los últimos

tiempos de la caza: el “Balaena”, de construcción y bandera británicas.

El inicio de la segunda guerra mundial impuso después otra pausa total a la ballenería, durante la cual solamente la Compañía Argentina de Pesca continuó operando, y después de la guerra su planta en Grytviken fue la última y única factoría  terrestre activa hasta el final de la caza.

La reanudación de la caza en 1946 fue con grandes buques factoría, como el mencionado “Balaena”, dotado de aviones y helicópteros para la exploración, y de  hasta treinta mil toneladas de capacidad de transporte de aceite, como el “Kosmos”, y alcanzó de inmediato y en forma sostenida los niveles record de captura.

Además, implicó el ingreso de nuevos actores a un campo hasta entonces casi exclusivamente noruego, así en particular en cuanto al origen de los capitales y la bandera de los grandes buques factoría. Las tripulaciones especificamente balleneras continuaron siendo en su mayoría de esa nacionalidad en las empresas de países del Atlántico, no así en los nuevos y vigorosamente activos emprendimientos de origen soviético y japonés, que emplearon marinerías propias.

No obstante la generalización de estudios científicos sobre las especies involucradas y las conferencias internacionales al respecto, nuevamente la conducción de la actividad fue incapaz de mantener la explotación en términos racionales.  Las sucesivas prohibiciones de protección llegaron tarde – Ballena franca en 1931, ballena azul en 1963, ballena jorobada en 1964, ballena de aleta austral y ballena sei en 1977 y veda absoluta en 1987 – y la ballena en todas sus especies fue llevada al borde de la extinción en todo el mundo.

Evolución tecnológica

Es necesario destacar que la tecnología aplicada a las factorías flotantes y terrestres, evolucionó en gran medida entre 1904 y 1961. Charcot en la conferencia ya mencionada hizo una descripción de las muy precarias instalaciones que en esa época se juzgaban suficientes: una caldera y unos simples hervidores puestos en altura para solamente derretir y cargar la grasa en barriles. La planta Hektor (circa 1930) de isla Decepción muestra un conjunto con desarrollo de ingeniería pero aún relativamente sencillo. Ian Hart (Bibliografía, “Pesca”) detalla las distintas plantas: digestores, hervidores, separadores, bajo presión y abiertos, que para llevar a cabo procesos diferenciados componen la factoría  de Pesca en los tiempos próximos a la segunda guerra mundial. Arne Holt (Bibliografía, “The Norwegian Whaling Gazette” julio 1954), hace una cuidada comparación de variadas combinaciones técnicas aplicadas en los buques factoría hacia el final de la caza. En ello influyeron primero la exigencia británica establecida en 1909 y ratificada después de la primera guerra mundial de explotar plenamente la ballena mediante el procesamiento secundario de carcazas, y más tarde la necesidad  de optimizar la producción y costos para mantener la economicidad de la operación procesando carne y guano y aún extrayendo producto de los caldos de hervido. Esta  cuestión  incide en la interpretación de los restos remanentes en la zona.    

El proceso cultural .

 La actividad ballenera, tanto mientras se ejecutó con base en asentamientos como, ya en menor medida, durante la caza pelágica, si bien dio lugar a una dura competencia, dejó margen para muchas prestaciones mutuas y cooperación entre empresas. Fueron frecuentes los arriendos y ventas de cazadores y de plantas en tierra; la venta de servicios de transporte; la reparación de unidades de otras empresas y la complementación industrial, por ejemplo la extracción de aceite de los huesos por una compañía después que otra hubiera procesado los más rendidores tejidos blandos. También existió un frecuente intercambio de personal entre compañías, ello sin perjuicio de que muchos transcurrieran toda su vida profesional  en una misma de ellas.

 Las empresas se organizaron en cámaras y establecieron un sistema coordinado de venta de productos, y sostuvieron órganos permanentes de difusión con propósitos técnicos, académicos, de información operativa y comercial, y también relativos a los recursos humanos y aspectos históricos  y culturales.

Todo ello, unido a que el personal conformaba un gran cuerpo social que tuvo hasta veintemil personas navegando, y una cifra probablemente muy mayor en actividades de apoyo, provenientes en su mayoría de determinados puertos de Noruega con tradición secular y sólida organización, hizo que la ballenería antártica fuera una actividad altamente corporativa.

Ese cuerpo social, practicando un oficio de alta exigencia, en ambiente inhóspito y en prolongado alejamiento; circunstancias promotoras de valores humanos positivos, generó una cultura particular, cuya zaga es manifiesta en los países nórdicos, como lo es la de la ballenería clásica en Nueva Inglaterra.

El reflejo en la cultura marítima argentina.

 La Compañía Argentina de Pesca fue actora conspicua en la actividad ballenera y sus grupos humanos partícipes plenos de los fenómenos culturales generados por aquella. Así, estando la empresa también firmemente arraigada en la economía y sociedad argentinas, actuó como canal de comunicación en un diálogo intercultural que transvasó valores e imágenes balleneras a la cultura marítima argentina, alcanzando en medida perceptible a la cultura argentina en general.

Efectivamente la relevancia de Pesca en el conjunto de la industria, la marina mercante, el comercio y las finanzas argentinas durante cincuenta años; su aporte como sostenida fuente de trabajo para personal navegante y de tierra; su actuación repetida como prestador de servicios para la Armada Argentina en la Antártida; y su condición recurrente de elemento u objeto de la política y las relaciones exteriores, determinaron su profunda inserción, y por extensión  la de la actividad ballenera en su conjunto, en la conciencia social.

La conciencia colectiva argentina fué receptiva a otras vías a través de las cuales incorporar imágenes de la vivencia ballenera, además de la principal constituída por Pesca.

Una fue la presencia ballenera en los países vecinos, en ambientes con intensa interacción con sus similares  argentinos. Tales los casos de la república Oriental del Uruguay y Chile, por mecanismos distintos en cada uno.

Montevideo, puerto con estructura logística tempranamente desarrollada y en posición relativa favorable para apoyar actividades marítimas en la Antártida, fue elegido como base de reparaciones y estación de invernada por las flotillas de varias empresas balleneras, a tal punto que uno de sus sectores, donde en la actualidad operan los pesqueros de altura, fue conocido como " Puerto Ballenero”. El alférez argentino José Schwarz, la víspera de embarcar en el “Lancing” como inspector, en octubre de 1926, fotografió no menos de doce cazadores en esa sección. Montevideo en sus varaderos albergó hasta su desguace los cascos de cazadores radiados al fin de su vida útil o al final de la caza. La interfase naturalmente permeable a la comunicación cultural para trasladar imágenes hacia la Argentina, fue la actividad marítima rioplatense. Durante la  primera mitad del Siglo XX el tráfico recíproco era intenso y los emprendimientos del ramo concebidos con una visión dual: empresas de navegación, agentes marítimos, astilleros y talleres de reparaciones, aún perteneciendo a un mismo propietario tenían sedes en ambas orillas. El mundo marítimo del Río de la Plata constituía un único conjunto cultural particular; su vertiente uruguaya estaba profundamente involucrada en la actividad ballenera como proveedora de servicios y la vertiente argentina necesariamente recibió y trasladó las imágenes reflejas.

La actividad chilena  no cesó con la renuncia a la concesión de la isla Decepción en 1912, la caza continuó ininterrumpida fuera de aguas antárticas en la costa chilena del Pacífico y en los canales fueguinos y magallánicos. Aún en 1954 registraron operaciones mediante factorías terrestres: Compañía Chilena de Pesca y Comercio Macaya y Compañía Industrial de Valparaíso; con estaciones en isla Mocha y Quintay y trece cazadores. En Chile, pueblo con conciencia marítima y vocación marinera comparativamente mayores que las de los argentinos, la actividad en términos de personal involucró en las tareas específicamente balleneras no solamente a noruegos presentes por temporada  sinó también, y tal vez principalmente, a gentes de mar del país, llegando a ser profesión de familia por generaciones. Ello determinó una inserción cultural profunda y sólida, recogida en la literatura. En tiempos presentes circulan relatos de ficción de aventura verosímiles, con actitud de denuncia frente a la situación actual, pero salvando la figura de la caza tradicional. En ese caso la vía permeable para la transmisión de imágenes fue la estrecha relación entre las poblaciones chilena y argentina sudpatagónicas y fueguinas  en las primeras décadas del Siglo XX, más cercanos entre si que de sus respectivas regiones centrales, que compartieron las mismas corrientes de inmigración europea y operaron migraciones locales temporarias o laborales.

La otra vía digna de mención para la fijación imágenes balleneras fue la acción oficial manifestada en la presencia en todas las conferencias internacionales reunidas para regular la actividad, y ocasionalmente en el ejercicio del control en aguas jurisdiccionales, además del practicado sobre Compañía Argentina de Pesca. En ese sentido, en abril de 1926, los buques de la Armada Argentina “Río Negro”, “Vicente Fidel Lopez”, “Patria” y “Querandí”, detuvieron frente a Río Gallegos y Santa Cruz e internaron al buque factoría “Lancing” y los cazadores “Globe I”, “Globe II”, “Globe III” y “Norona I”, todos de bandera noruega. De hecho, en la siguiente campaña antártica embarcaron en el “Lancing”, con carácter de inspectores mientras los buques operaran en aguas jurisdiccionales el alférez Schwarz y el doctor Carcelles. Más adelante, en 1953 habiéndose proclamado el mar de la Flota (estrecho Bransfield) como aguas interiores, un aviso argentino impidió la operación en esa zona de un buque factoría noruego. 

 La impronta ballenera en la cultura se manifestó no solo en la mención frecuente por los medios de comunicación de hechos política o económicamente relevantes e información de rutina, sinó también en aspectos anecdóticos del imaginario popular: La revista para niños y adolescentes “Patoruzito”, publicada durante dos décadas por la editorial Dante Quinterno con circulación masiva, incluyó la tira permanente de historietas de aventuras “Rinkel el Ballenero”, inspirada libremente en la actividad. Hasta los años cincuenta y sesenta, en ambientes navales era frecuente aplicar el mote de “Larsen” para referir a alguien con probadas condiciones de marino o, por oposición irónica, a quién fuera notoriamente inepto. También, tuvo uso frecuente el dicho popular “tiene olfato de ballenero” significando insensibilidad olfativa. La ciudad de Buenos Aires tiene una calle llamada C. A. Larsen.

             La cesación de toda participación argentina en la actividad con el cierre de la Compañía Argentina de Pesca al mismo tiempo que se extinguían los otros ecos balleneros, en una época de veloz cambio cultural y cuando todavía no habían pasado más de dos generaciones, condujo esas signaturas en el curso de  pocos años al olvido. Tan completo fue el olvido que cuando desde hace pocos años la sociedad ha vuelto a prestar atención a la ballena, ahora con criterios conservacionistas y de recreación, las únicas referencias presentes en el imaginario popular se figuran en “Moby Dick” y la ballenería clásica o, en el otro extremo en la acción presuntamente depredadora de cazadores provenientes de países reticentes a la limitación o prohibición. No hay imágenes de los períodos de auge de la caza antártica, las cuales podrían haber estado presentes en el substrato cultural local, y en cambio hay figuras exógenas, propias de un proceso cultural globalizado.


            No obstante que conceptos equivocados, políticas ineficaces e intereses irresponsables condujeran con el mal manejo de la caza a una catástrofe ecológica y por ello el conjunto de la actividad pueda hoy obrar como paradigma negativo; el olvido de todas las implicaciones humanas de una industria y un oficio promotores de valores positivos, redundó sin duda en una neta pérdida cultural para la sociedad argentina. 

Bibliografía, registros y testimonios.

- Extracto del Diario de Navegación y Acaecimientos de la corbeta de S.M.C. “ San Pío”, Juan José de Elizalde, 1791, Museo Naval, Madrid.

-  Souvenirs de Marine – Colection de Plans ou Dessines de Navires et de Bateaux  Anciens ou Modernes, Armand Paris, París 1892/1910.

-   Cooperación de la Armada con la Expedición Antártica Internacional y Estudios Magnéticos en Nuestras Costas, Horacio Ballvé, Boletín del Centro Naval, tomo 18, Buenos Aires 1900.

-    Quinze Mois dans L´Anctartique, Adrien de Gerleche, París 1902.

-    Las Ballenas en Nuestro Mares (Conferencia) Fernando Lahille, Boletín del Centro Naval, tomo 21, Buenos Aires 1903.

-    Conferencia previa a la zarpada de “Le Francais”, Juan B. Charcot, Boletín del Centro Naval, tomo 21, Buenos Aires 1903.

-     Conferencias, discursos y crónicas relativas al viaje del “Antartic” y el rescate de su tripulación por la “Uruguay” de Manuel Montes de Oca, Onofre Betbeder, Miguel Cané, Belisario Roldán, Otto Nordenskjod, Jorge Yalour, Carlos Skottsberg y José María Sobral, Boletín del Centro Naval, tomo 21, Buenos Aires 1903.

-     Parte de Viaje de la corbeta “Uruguay”, Julián Irizar, Boletín del Centro Naval, tomo 21, Buenos Aires 1903.

-     Transformaciones Extrañas en un Puerto – Isla Decepción, José Maveroff, Boletín del Centro Naval, tomo 22, Buenos Aires 1904.

-         Le Francais, Juan B. Charcot, París 1905.

-         Pour Quoi Pas?, Juan B. Charcot, París 1910.

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-         Whalers and Whaling, E. Keble Chatterton, Londres 1925.

-         Diario “La Nación”, Buenos Aires, 8 de octubre de 1926.

-         Compañía Argentina de Pesca S.A. 1904-1929, Buenos Aires 1929

-         Cronología de los Viajes a las Regiones Australes, Effi Ossoinak Garibaldi, Buenos Aires 1950.

-         Norsk Hvalfangst – Tidende ( The Norwegian Whaling Gazette) 1 a 12 1954, Sandefjord 1954.

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-         El ejercicio de la soberanía marítima: Un episodio olvidado, Pablo Arguindeguy, Boletín del Centro Naval, tomo 80, Buenos Aires 1962.

-         Mundo del Fin del Mundo (ficción), Luis Sepúlveda, Barcelona 1994.

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 -         Informe profesor Bjorn Basberg, Norwegian School of Economics and Busines Administration, Bergen 2003. 

-         Testimonio profesora Mercedes Christophersen, Montevideo 2003.

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