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Durante siglos, hasta el empleo del petróleo y sus
derivados, el hombre recurrió al esperma, materia grasa extraída del
cráneo de los cetáceos – en especial ballenas y cachalotes – para la
iluminación, la elaboración de aceite como combustible y lubricante, la
fabricación de velas, la confección de tejidos rudos de lana, la
preparación de cueros y pieles, barnices y tinturas, jabones, azufre y
la brea para el calafateo de embarcaciones.
Hacia mediados del siglo XVIII, el desarrollo industrial y
de la urbanización en los países europeos, al generar un consumo
creciente de esos recursos, determinaron que los existentes en el
Atlántico Norte se fueran agotando, al punto de hacer necesario recurrir
a los de los mares del Sur. Ingleses y angloamericanos, que ya poseían
larga experiencia en las técnicas de la industria ballenera, ante el
aumento de la demanda, se lanzaron al nuevo escenario, para explotar sus
riquezas.
Por entonces, los comerciantes de la Nueva Inglaterra y
Nueva York ya habían desarrollado un lucrativo comercio de ultramar. La
ruta más frecuentada era la famosa “triangular” entre Nueva Inglaterra,
el África y las colonias sureñas en América del Norte. Por ella se
transportaba melazas, ron y tejidos baratos de algodón de Nueva
Inglaterra al África; allí se los cambiaba por esclavos, los cuales eran
conducidos al Caribe y aquellas colonias meridionales, donde se los
trocaba a su vez por azúcar, tabaco, índigo y otros productos de
plantación tropical así como plata. 1
Las oportunidades comerciales llevaron tempranamente al
desarrollo de una importante industria de la construcción naval, que a
su vez promovió un mayor transporte marítimo, gracias a la existencia en
las colonias inglesas de vastos recursos forestales. Esto dio a los
colonos una importante ventaja comparativa natural sobre la Metrópoli.
Esta terminó aceptando la idea de que, a la larga, el crecimiento de la
marina británica – fuese europea o colonial – desarrollaría la
prosperidad del Imperio. Así es que por 1775 un tercio de los barcos de
bandera inglesa habían sido construidos en América. Con la única
excepción de los dedicados al tráfico con la India, los barcos
coloniales fueron equiparados a los ingleses en cuento a derechos,
privilegios y prerrogativas. Los artículos prohibidos eran solo los que
Inglaterra se proponía producir en su industria doméstica. De ellos, los
únicos que afectaban a los colonos eran los gravados por la ley de
melazas de 1733, pero que no se aplicaron rígidamente hasta 1763. Fue
esa inaplicación de las leyes británicas de navegación en la América del
Norte lo que diferenció nítidamente la política mercantilista de
Inglaterra de la de España, favoreciendo el mayor desarrollo comercial
de las colonias de aquéllas que el de las provincias americanas de ésta
ultima. Otro rasgo muy gravitante en ese sentido fue el de que, a
diferencia de las colonias inglesas, en Hispanoamérica la única clase
mercantil de importancia reconocida fuera la ligada directamente con el
monopolio de Sevilla y Cádiz. 2
Ingleses y estadounidenses bien pronto desarrollaron la
pesca de cetáceos en alta mar en todas las direcciones del hemisferio
norte, alcanzando hasta las aguas del Ártico. Prolongaron sus rutas,
ampliaron los navíos, aprendieron a depurar el aceite a bordo tanto como
en tierra y levantaron nuevos centros balleneros en Nueva Inglaterra,
Virginia y Carolina. La industria ballenera, en franca expansión con la
mayor demanda por la escasez de ballenas en el Atlántico Norte se tornó
una de las más importantes de interés nacional. En 1763, sus barcos
llegaron a las Azores y las costas de Guinea y en 1770 a Angola y el
Cabo de Buena Esperanza. En 1773 ya alcanzaban las costas brasileñas y
al año siguiente a la altura de las Malvinas y comenzaban a frecuentar
puertos del Atlántico Sudoccidental.
Durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos
(1779-1783) el ritmo de expansión de los arponeros ingleses disminuyó;
pero a su término, tanto éstos como los antiguos colonos lo retomaron,
asociando, a la caza de anfibios y la pesca, practicadas en forma
depredatoria, un activo contrabando realizado en los puertos
hispanoamericanos y brasileños, para cuya realización la caza de
ballenas sirvió a menudo de pretexto. Esta actividad, ahora combinada
con empresas comerciales, fue un factor de recuperación y
fortalecimiento económico del nuevo país, al pagar altos dividendos al
comercio del aceite ya todo el comercio en general. 3
Las flotas balleneras llegaban a las costas brasileñas por
junio, al iniciarse el invierno austral, y al concluir éste, en
setiembre, tomaban la ruta del Atlántico Sur, operando en aguas
malvineras y patagónicas entre octubre y abril, durante la primavera y
el verano australes. Además, bien pronto extendieron sus actividades a
los litorales chileno y peruano.
Concluida la Guerra de Independencia, los balleneros estadunidenses
reanudaron el ritmo de expansión en el Atlántico Sur, ahora en pie de
igualdad con los ingleses. Del mismo modo recrudeció la competencia
entre las dos flotas balleneras de barcos-factoría equipados con botes y
pertrechos para arponear y cazar cetáceos y hornallas y calderas
destinadas a la refinación del aceite y el esperma en alta mar y las
factorías de la costa brasileña, de acción limitada a las aguas
litorales. 4
A partir del momento en que los balleneros extranjeros
dominaron el sector occidental del Atlántico Sur se produjeron sensibles
perturbaciones en los depósitos de pesca brasileños por la disminución
de la afluencia de ballenas a las costas. Cuando La Pérouse pasó por
Santa Catalina en 1785, la captura, en los tres depósitos, era de 400 al
año; entre 1793 y 1796, de 187. En 1801, reducida la captura a 160 y
alarmada la Hacienda Real por la creciente competencia extranjera, el
Consejero de la Junta de Río manifestó el 26 de Diciembre al Ministro
Rodrigo de Souza Coutinho:
“… A paz geral … creio que influirá bastante, pela concorrência de
“outras Naçoes, a destruir este ramo da nossa nacional indústria … “As
naçoes estrangeiras que fazem esta pesca vão mais ao Sul de “nossa
América [subr. nuestro] … ferem afugentao o peixe e “quantos mais
navios vierem de Europa tanto mais se aumentará a “nossa perda… “
5
Entre 1801 y 1816, período en que las factorías balleneras del Brasil
meridional permanecieron bajo la administración de la real Hacienda, la
captura de cetáceos prosiguió su declinación y a ésta se sumó cierta
desorganización, en especial de las de Santa Catalina, como atestigua
una memoria de 1820 el Administrador de una de ellas:
“Con a diminuição da pesca, que há mais de 30 annos progressivamente “se
conhece por causa das muitas embarcaçoes estrangeiras que á ela “andam,
entrou a não haver gente que livremente quisesse empregar-se “nas
armações … [factorias]
“Nesta consideração, e à vista das poucas baleias que já aparecem na
“nossa costa … tal vez venha tempo en que elas sejam aquí raras … “ 6
A esta altura, como señala Ellis, ingleses y estadunidenses
frecuentaban los puertos brasileños, en particular los catalinenses,
donde se abastecían,
reparaban los navíos, comerciaban y perpetraban auténticas hazañas de
refinada rapiña, sin que el gobierno portugués pudiese impedirlo.
El invierno austral la temporada de ballenas a las que herían,
capturaban o acosaban hasta alta mar, a la vista de las factorías, cuyas
actividades desorganizaban. Luego, so pretexto de establecer una escala
para la Patagonia, anclaban en los puertos por refrescos y en
trueque de provisiones realizaban contrabando de telas y tejidos y
descarriaban y hurtaban esclavos. A fines de setiembre, concluida la
estación de pesca, tomaban rumbo al Atlántico Sur para surcar la ruta de
retorno de las ballenas a la Antártida. De octubre en adelante hasta
marzo y abril actuaban en los mares patagónicos entre los bancos del
Brasil y las Malvinas, donde perturbaban el movimiento migratorio de las
ballenas rumbo a aguas brasileñas. 7
Las actividades balleneras de yanquis e ingleses en las
últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX no sólo propiciaron
sino que también disimularon los objetivos que concomitantemente
desarrollaban en los puertos de la América meridional española. Echaron
mano de mil pretextos y artimañas para anclar cerca de los puertos
brasileños: vaciaban parte de la aguada de a bordo, averiaban sus
propias embarcaciones y realizaban otras maniobras, para justificar su
aproximación y permanencia. En tierra, a fuerza de interés, captaban los
forasteros la pasividad y convivencia de los guardias aduaneros y, con
la complicidad de algunos comerciantes, desarrollaban un desenfrenado y
escandaloso tráfico de introducción clandestina de las manufacturas
extranjeras con que inundaban el mercado, defraudaban al fisco y
promovían la salida del palo brasil, el oro, los diamantes, el azúcar y
demás productos de la tierra. Ellis da interesantes testimonios de ello.
Es particularmente elocuente una carta dirigida al
Ministerio de Marina Martinho de Mello e Castro, fechada en Río de
Janeiro el 15 de febrero de 1794 que resalta la connivencia de las
autoridades en la expoliación del Estado, que dice:
“Luego que el navío extranjero entra es conducido por el Patrón Mayor al
“fondeadero que le está destinado atrás de la Ilha das Cobras [que] es
un “escondrijo para descargar más fácilmente lo que quisieren, porque
desde “de la ciudad no se ve …: “aquí de le pone una chalupa […] con
ronda “militar en que se lleva un centinela para las “embarcaciones
menores que “de a bordo quieren venir a tierra desde el muelle al
“Palacio […] hecho “lo cual se van, dejando la ciudad inundada de
mercancías y “llevando su “importe en palo brasil, que se cosecha en los
distritos de la Ilha Grande “y Cabo Frío, oro en polvo extraviado de la
Capitanía de Minas,
“diamantes y lo “demás que convenga, arrebatando así la sustancia del
“Estado y de la Monarquía, y “causando un perjuicio horroroso a los
“comerciantes de buena fé…”
8
Como las depredaciones prosiguieron, el 28 de Febrero de 1807, el Conde
de Arcos, planteó el patrullaje de las aguas brasileñas hasta el Río de
la Plata”… a fim de fazer afastar daqueles mares os navíos estrangeiros
empregados na pesca “volante das baléias”.
Muchos años después, el 12 de Julio de 1820, en las
postrimerías del reinado de Juan VI en el Brasil, el mismo remitente,
retomando el tema, consultaba al Ministro Thomaz Antônio da Vila Nova
Portugal sobre
“El derecho de impedir a los norteamericanos con la fuerza
de las armas la pesca de la Ballena” 9
En respuesta a una probable consulta efectuada por el
Ministro Vila Nova Portugal sobre el planteo del Conde de Arcos se
produjo un dictamen sin fecha que aquél compartió poniendo su rúbrica
T.V.P. al pie y que se halla catalogado en la Sección Manuscritos de la
Biblioteca Nacional de Río con el título “Parecer sobre o conceito de
mar territorial e o direito de pesca”. El mismo ha sido atribuido
con sólidas razones por la historiadora paulista Myriam Ellis nada menos
que a José Bonifacio de Andrada e Silva, el gran estadista de la
Independencia del Brasil y reputadísimo hombre de ciencia, especialmente
versado en Mineralogía y asimismo en asuntos de pesca marítima. A ello
se agrega el hecho de ser entonces Auxiliar y asesor del Ministerio por
designación Real. 10
Este “Parecer”, anticipa conceptos científicos que en el
siglo XX conformaron fundamentos del Derecho Internacional del Mar
elaborados por las Naciones Unidas. Con base en el que llama “excelente
Tratado de Derecho Marítimo de Azuni * publicado en 1805”, por ejemplo,
sostiene que las ballenas, lejos de constituir una riquezaq inagotable,
“se extingue o aminora con el uso [la pesca] [como] sabemos … por la
observación de lo que ha ocurrido en los mares del Norte”. Por otro lado
afirma que la libertad del alta mar nada tiene que ver con la libertad
de la pesca y del comercio del mar territorial, como que esa pesca está
sujeta a la reglamentación por la potencia propietaria del mar
territorial. De estas dos premisas deduce el interés legítimo y el
derecho consiguiente de la Corona portuguesa a proteger esa riqueza
ahuyentando de ella a los extranjeros en toda la extensión del mar
territorial e incluye adjuntando un proyecto de Cédula Real (“alvará”)
en que se autoriza entre otras medidas protectoras, la de detener a toda
embarcación extranjera hallada dentro del mar territorial dedicada a la
pesca, en particular de ballenas o extrayendo su aceite dentro de sus
límites y a confiscarlas así como a sus cargas.
Lamentablemente –como concluye Ellis- en los años
siguientes, tras la proclamación de la Independencia del Brasil, el
reconocimiento por los Estados Unidos y la influencia inglesa …
llevarían al recién instalado gobierno a tolerar la presencia de
estadounidenses y británicos en el mar territorial brasileño y a
postergar todos los planes y medidas en contrario.
NOTAS
1 Ralph Lee Woodward Jr. “The merchants and economic development in the
Americas, 1750 – 1850. A preliminary study. University of North
Carolina, “Journal of Inter – American Studies”, pp. 138-139.
2 Woodward, Op. Cit ., pAp. 139 - 140
3 Woodward, Op. Cit., p. 141.
4 Ellis, Myriam, “Norteamericanos no Atlậntico Brasileiro. Um inédito de
José Bonifácio de Andrada e Silva sobre o conceito de Mar Territorial e
o direito de pesca”. São Paulo, 1973, Universidade de São Paulo,
“Revista de História” N° 94, Abril-Junio, pp. 339-67, cita de la p. 342
5 Arquivo Histórico Ultramarino de Lisboa, Documentos avulsos de Río de
Janeiro, Caixa 1802.
6 Ellis, Op. Cit., pp. 344-345
7 Ellis, Op. Cit., p. 345.
8 Ellis, Op. Cit., pp. 346 –349.
9 Ellis, Op.
Cit., pp. 350- 351 véase Octavio Tarquinino de Sousa, “José Bonifacio,
emancipador del Brasil”, México, 1945, F.C.E., pp. 80-81. Nota del
Autor: Domenico Alberto Azuni. Jurisconsulto italiano (Sassari, 3 Agosto
1749 – Cagliari, 23 Enero 1827) Autor, entre otras obras, del “Sistema
Universal de Derecho Marítimo de Europa”, al que muy probablemente alude
Andrada e Silva.
10 Ellis, Op. Cit., pp. 361-365.
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