|
A modo de proemio presentamos una reseña del tema, de la
pluma del extinto don Homero Martínez Montero, Teniente de Navío del
Cuerpo de Ingenieros de Máquinas y Electricidad (Retirado), historiador,
geopolítico, canciller, que en su obra “Armada Nacional - Estudio
Histórico Biográfico” así se expresa al respecto:
“LAS REVOLUCIONES DE 1903 - 1904”
”Apenas asumido el poder por el Sr. Batlle y Ordóñez, el
partido nacionalista que había impugnado su candidatura, se levantó en
armas. Felizmente, la intervención de los Dres. José Pedro Ramírez y
Alfonso Lamas y la buena disposición del Presidente Batlle y del
Caudillo nacionalista Aparicio Saravia, conjuró temporalmente el peligro
con el Pacto de Nico Pérez (22/III/903). De haberse ido a la lucha, la
verdad es que poco hubiera sido el concurso de la marina militar,
reducida a dos cañoneras de las cuales, una de ellas, la “Suárez”,
tenía su planta motriz en muy malas condiciones. La situación se pone en
evidencia con el viaje que el Sr. Batlle realiza el 25 de setiembre de
1903 por el río Uruguay, visitando Fray Bentos, Paysandú y Salto. No
existiendo unidad de guerra para alojar al Presidente, el viaje debió
realizarse en el mercante “París” de la compañía Mihanovich. Las
cañoneras “General Rivera” y “General Suárez” le dan
escolta, para lo cual deben partir el día anterior.

Vapor "Paris" y Cañoneras Gral Rivera
y Gral Suárez

Para agravar esta precaria situación, la explosión de un
depósito de municiones ocurrido el 8/X/903, determina la pérdida de la
primera de las nombradas y la más eficiente de las naves de nuestra
reducida flotilla.
Tres meses más tarde, el 1°/I/904 estalla la revolución
nacionalista que había conjurado la tregua de Nico Pérez.
En esa fecha, la “General Suárez”, único barco
militar de la República, se encontraba en Salto ocupada en trabajos
hidrográficos. Advertida de la situación suspende sus tareas y se fondea
frente al puerto argentino de Concordia donde un buque mercante se
hallaba listo para el trasiego de recursos a los revolucionarios. La
pronunciada bajante del río conspiraba contra la movilidad de la
cañonera, cuya tripulación es reforzada al caer la tarde con fuerzas de
la guardia nacional salteña. En la lancha “Itapebí” del resguardo
local, se embarcaba cada noche un oficial de la Suárez -que llegó a
quedar inmovilizada por la bajante- con seis marineros armados de
máuser, haciendo la vigilancia de la costa hasta la desembocadura del
Daymán.
Lamentable expresión de la Armada uruguaya.
El 6 de febrero, habiendo repuntado suficientemente el
Uruguay, se dispuso que la cañonera se situase en Nueva Palmira a fin de
bloquear la costa desde Carmelo a la desembocadura del San Salvador, ya
que en los departamentos de Colonia y Soriano operaban los jefes
revolucionarios Gabino Valiente y Tomás Pérez, con fuerzas
apostadas estratégicamente en las altas barrancas de Punta Chaparro y
Punta Gorda, las cuales sostenían frecuentes tiroteos con la cañonera.
A fin de mejorar la situación, poder movilizar tropa y
transportar vitualla por el litoral, el gobierno armó en guerra a los
pequeños vapores “Ingeniero”, “Cuestas”, “Toro”,
“Cacique” y “General Lavalleja”.
Embarcaciones pequeñas, inadecuadas a su función. Comenta el
Capitán de Navío, Francisco Prudencio Miranda, que como el gobierno no
disponía de más barcos que la “Suárez”, “se vio obligado a
improvisar una escuadrilla con los vapores de que pudo echar mano,
imperfectamente armados; fue preciso transportar fuerzas y armamentos,
ejercer vigilancia del extenso litoral para impedir invasiones y hasta
sostener tiroteos con las fuerzas revolucionarias, cuando éstas se
hallaban en la costa de la Agraciada y al efectuar su pasaje desde la
costa argentina la expedición a órdenes del Coronel José María
Pampillón, la cual fue sorprendida al desembarcar en Punta Chaparro por
varios vapores a órdenes del Coronel (de Marina) Domingo Romero, quien
logró tomarles algunos prisioneros y gran parte del armamento.
“Algunas veces, debido a la carencia de buques adecuados, el
Gobierno se vio obligado a soportar que los insurrectos permanecieran
largo tiempo en posesión de puntos estratégicos, y que pasaran en pleno
día los armamentos desde la costa argentina. Puede asegurarse que la
falta de buques de guerra fue la causa principal de que la insurrección
se mantuviera por cerca de un año asolando a la República...”.
Esta vigilancia del litoral oeste era imprescindible y al
gobierno le constaba en forma fehaciente que en Buenos Aires se
concentraban elementos de refuerzo para la revolución.
En abril de 1904 se habían asilado en la legación argentina
de Montevideo, los cabecillas José Pampillón y Pedro Moré. Por gestiones
del Ministro Mariano Demaría se permitió su extrañamiento de la
República, bajo el compromiso del gobierno asilante de proceder a la
internación y vigilancia. Pero en nota del 29 de agosto, nuestro
Canciller, Dr. José Romeu, hacía saber a aquel que los dos cabecillas
habían partido de la Argentina al frente de una expedición militar
organizada y armada allí “para engrosar las filas de la insurrección que
asola y ensangrienta la República”.
Pampillón -puntualizaba nuestro Ministro en Buenos Aires-
logró transportar al Uruguay un cargamento de armas y un grupo de gente
que embarcó en La Plata en el “Altieri”, completándose la
expedición en la boca del Riachuelo, de donde partió a la isla Barboza
en las cercanías de San Fernando, en cuyo puerto se habían acumulado más
pertrechos y equipos.
En el día de la fecha -31/VIII/904 decía nuestro Ministro
Daniel Muñoz al canciller argentino, Dr. José A. Terry- deben hallarse
en el puerto de Empedrado las embarcaciones “Giardini” y
“Quinto á Mare” cargando armamentos que se intenta hacer pasar al
litoral del Uruguay “para de allí repetir la operación que se llevó a
cabo en Monte Caseros”.
Pide Muñoz que las armas se secuestren y pongan a cubierto.
Así, el gobierno uruguayo tiene cabal información de las
andanzas de los revolucionarios, de la concentración y destino de las
embarcaciones ligadas a ellos, insignificante embarcaciones arrendadas,
pero carece de los medios para invalidar la ayuda que se presta a la
lucha fraticida que ensangrienta a la patria. No tiene naves militares”.
(1)
Entrando en tema diremos que la cañonera
“Suárez” fue
adquirida el 10 de febrero de 1886 por el Gobierno del General Santos al
Gobierno francés, con el nombre de “Tactique” y bautizada el 15
de febrero de ese año con el nombre de “General Suárez”, había
sido construida para la Armada francesa en el “Arsenal Naval de
Chesburgo”, en 1863.
Hay tradición que había formado parte de la escuadra
francesa expedicionaria que en el año 1864 operó en Méjico, cuando la
intervención que llevó al trono de ese país a Maximiliano.
Su casco era de madera dura, con doble forro de 75 mm. y el
espesor del casco de 310 mm. y su obra viva forrada con chapas de cobre,
su propulsión era por una máquina horizontal de engranaje, que hacía
gran ruido cuando marchaba y cuya chimenea era muy alterosa. Su eslora:
43 mts. 50 cms., manga: 6mts. 27 cms., puntal 2 mts. 96 cms., calado 2
mts. 80 cms., desplazamiento: 365 tons., máquina: 360 caballos
nominales, velocidad: 9 nudos, aparejo: goleta. Su armamento: 4 cañones
Krupp de 75 mms., 4 ametralladores Nordenfelt, una de 25 mm. y 3 de 11
mm., 59 fusiles Remington y 24 carabinas del mismo sistema, su
tripulación 59 hombres entre jefes, oficiales y cuerpo de equipaje.
El Capitán de Navío Carlos Olivieri en su libro "Aportes a
la Historia de la Marina de Guerra Nacional", así se expresa:
“Para el 1° de Enero de 1904, festejando la fecha inicial
del año, el comando y oficiales de la cañonera, habían preparado una
recepción a la sociedad salteña, que desde luego, y por razones de
fuerza mayor, fue suspendida.
Fondeada la “Suárez” casi frente a la ciudad
argentina de Concordia, que era en esa época como en otras tantas, un
verdadero cuartel general de las huestes revolucionarias, a despecho de
la vigilancia de la neutralidad oficial.
Esta circunstancia, obligaba a la dotación de la cañonera a
vivir, noche y día ojo avizor, pues había llegado hasta nuestro buque,
la noticia que éste sería atacado por fuerzas revolucionarias que
merodeaban por Concordia.
Con tal propósito, se embarcarían en un vapor, encargado del
trasbordo de los pasajeros desde esta ciudad, a la del Salto, río por
medio.
Atento a esta denuncia, todos los días, cuando en horas de
la tarde, se avistaba el mencionado vapor, se tocaba zafarrancho de
combate en la cañonera, y con la gente en sus puestos, estábase a espera
de los acontecimientos en la forma en qué éstos llegaran a producirse.
En verdad, la situación del buque, no era precisamente
cómoda en aquel fondeadero que por otra parte, había imposibilidad de
modificarlo dada la pronunciada bajante del río, pues, no obstante
mantener los fuegos encendidos y la máquina lista para moverse, no era
factible intentar ninguna maniobra, y se debía permanecer fondeado con
la proa aguas arriba siempre presentando a la corriente, restando la
parte de popa, es decir, la toldilla, con su ametralladora “Nordenfelt”
de 25 mm. cómo única defensa para el caso de repeler el ataque que se
produjera.
Al tranquilo horario de puerto de los tiempos de paz,
habíase sustituido un régimen de actividad y vigilancia continua y sin
el horario reglamentario, tanto de día como de noche, estableciéndose
guardia de mar a permanencia.
Teniendo muy en cuenta la peligrosa situación de nuestro
fondeadero, imposibilitado para mover el buque estratégicamente, el
Comandante Militar del Salto, coronel Teófilo Córdoba, jefe que se tuvo
siempre muy presente, dispuso, de acuerdo con nuestro Comandante, que
durante las horas de la noche, una fuerza de la guardia nacional salteña
reforzara la dotación del buque, para desembarcar, inmediatamente
después del toque de diana.
Entre tanto, el comandante Escabini, continuaba pasando
telegramas apremiantes a las autoridades de Montevideo dando cuenta de
la situación comprometida en que se encontraba el buque.
En ellos diariamente, se acompañaban las noticias del estado
del río, diciéndose por ejemplo, en una de ellas: “queda agua justa para
calado del buque”; en otra, que anunciaba: “¡ya no tenemos agua para
bajar!”.
Caso de producirse, como sucedió, lo temido por el
comandante del buque, quedaría la cañonera, ¡único buque de guerra de la
República! embotellado en aquel peligroso puerto.
Vale la pena anotar que esta eventual ocasión, que nada
tenía de imposible, como sucedió, repito, nunca se tuvo en cuenta sin
embargo por los directores de la guerra.
Por cualquier evento, todas las noches, de orden del
Comandante Militar, un oficial de la cañonera, con seis marineros
armados a máuser, después de arriado el pabellón, embarcaba en la
lanchita “Itapebí” del servicio del resguardo local, recorriendo
la costa hasta la barra del “Daymán”. Había noticias del posible pasaje
a nuestras costas, de una expedición revolucionaria preparada en la
costa argentina a inmediaciones del “Yeruá”, no solamente a vista y
paciencia de aquellas autoridades, si no que se afirmaba por aquellos
días, que merecían cierta protección.
Finalmente, el día 6 de Febrero, de 1904, se pudo comunicar
a Montevideo, que habiendo crecido el río, nos daba paso el “Corralito”
peligroso alto fondo a dos millas aguas abajo del puerto del Salto, y
entonces, vino la respuesta Oficial, ordenando bajar inmediatamente el
río, haciendo rumbo directo a Nueva Palmira, a fin de establecer, decía
la orden, un riguroso bloqueo a este puerto del litoral, y a toda la
costa del Uruguay desde Carmelo, hasta la boca del Río San Salvador,
pues desde tiempo atrás, esta zona de los departamentos de Colonia y
Soriano, estaban virtualmente a merced de las fuerzas revolucionarias al
mando de los Jefes blancos Gabino Valiente y Tomás Pérez, los cuáles
cobraban contribuciones y utilizaban el puerto de Palmira, que en esos
días precisamente, cargaban trigo para la exportación.
La orden de movilizarnos, con nuestro buque aguas abajo fue
recibida por la dotación con verdadero júbilo y franco entusiasmo, pues
todos estábamos deseosos de tomar una parte más activa a fin de terminar
la contienda que venía asolando al país. Y la vieja “Tactique”,
enfiló su proa de dura y gruesa “roda” rumbo al Sur, a buena velocidad,
pues la corriente favorable, las ventajas de su ancha y redonda popa
bien hundida en el agua, favorecía notablemente su rápida marcha.
Sin embargo, pese a que había crecido el río, y la escala de
la estación del puerto de Salto, marcaba agua para el calado de la
“Suárez”, aquella no fue lo suficiente para impedir, que al
franquear el irregular paso del “Corralito” la ancha quilla de la
cañonera, se deslizara sobre una gran piedra del estrecho paso, en cuya
circunstancia el casco levantado a buena altura, perdió la estabilidad
al caer al agua con un pronunciado balance de babor a estribor que duró
algunas millas en su rápida marcha aguas abajo.
Revisada de inmediato la sentina de popa a proa, para
localizar alguna probable avería, nada anormal acusó el duro casco de la
antigua “Tactique” construida en Francia el año 1863, certificó
la excelencia de fábrica a pesar del fuerte arrastrón sobre las piedras
del paso del Corralito.
En las primeras horas de la tarde, llegóse a Paysandú, donde
se fondeó por breve momentos para desembarcar al 2° comandante Antonio
Magdaleno, que por Orden Superior, debía seguir a Montevideo.
Concluida esta operación, viróse el ancla y se prosiguió la
navegación rumbo al Sur en demanda del Puerto de Nueva Palmira,
alcanzado el día 10, manteniéndonos sin fondear, iniciando desde este
momento, una celosa vigilancia desde Punta de Chaparro a la Isla del
Juncal.
En esta vigilancia, continuada por los días y las noches,
una mañana atracó a nuestro costado el vapor nacional “Ingeniero”,
recientemente armado en guerra, venía a órdenes del capitán de marina
Braulio Valverde, y trasbordó a nuestra cañonera, al teniente 1° de
marina Eduardo Muró, que había sido nombrado 2° comandante de la unidad.
Desde el día 10 de Febrero de 1904, empieza para la dotación
de la “Suárez”, su verdadera actividad bélica frente al enemigo
levantado en armas contra los poderes constituidos, desde el 1° de
Enero.
Los revolucionarios, filiación política nacionalista, tenían
fuerzas apostadas en dos puntos estratégicos de la costa, uno, en Punta
Chaparro arriba de Palmira, y otro en Punta de Solís, abajo de esta
población.
Teniendo en cuenta, la naturaleza de ambas posiciones, sobre
la misma costa del Uruguay, en barrancas muy altas y cubiertas de
frondosos bosques, no dejaban de entrañar un grave peligro para la
navegación, en especial, para los buques gubernistas que con tanta
frecuencia conducían tropas y pertrechos de guerra los cuales,
forzosamente tenían que pasar por estos puntos dominados militarmente
por las fuerzas insurrectas, en su navegación aguas arriba en busca de
los puertos de destino.
En tales circunstancias, puede suponerse cuál sería nuestra
actividad en el continuo servicio de protección y vigilancia que
teníamos encomendado, máxime teniendo en cuenta, que durante este primer
bloqueo de Nueva Palmira, la “Suárez” era la única unidad de
guerra destinada a este servicio.
De día, de noche, con lluvias, fríos, brumas, pero
ininterrumpidamente transcurrían las 24 horas recorriendo la costa y
siempre, ¡ojo avizor!.
Durante las horas de la noche, se navegaba silenciosamente,
sin las luces de reglamento a media fuerza de máquina y lo más próximo a
nuestra costa que se extendía desde el Arenal, hasta la Isla del Juncal.
En una de nuestras acostumbradas recorridas de vigilancia por la costa
fondeamos frente a la Isla del Juncal y se arrió un bote que tripulado
por el que relata y cuatro marineros armados a máusser, fue comisionado
para recorrer el interior de la isla a fin de indagar acerca de las
novedades que había en este paraje tan próximo donde merodeaba el
enemigo.
Internados en ella, vieron de pronto aparecer de entre el
espeso follaje de aquella exuberante vegetación, dos hombres en actitud
pacífica los cuales al acercarse diéronse a conocer como el Agente de
Rentas o Correo, Antonio Ragio y el Telegrafista del Telégrafo Nacional
Osvaldo Falcón, ambos de Nueva Palmira, los cuales habían logrado
escapar, no sin muchas peripecias en una vieja chalana, portando con
ellos, al ser la localidad ocupada militarmente por las fuerzas de
Valiente y Pérez, los valores de ambas dependencias.
Estos funcionarios, fueron conducidos a bordo de la
“Suárez”, donde permanecieron algunos días, hasta que se recibió
orden de trasbordarlos a uno de los vapores gubernistas con destino a la
ciudad de Colonia.
En horas del día, se fondeaba frente a Palmira, más o menos,
en el mismo fondeadero donde lo había hecho en Abril del 97 la cañonera
“General Artigas” cuando fue apresada por un grupo armado de
aquella revolución. La gente de a bordo de la “Suárez”, donde
había muchos que habían participado como tripulantes de aquella
cañonera, recordaban siempre aquel insólito suceso, refiriendo sus
detalles.

Desde el fondeadero palmirense, veíamos con toda claridad
las fuerzas enemigas que merodeaban por la costa y muelle local, lo
mismo que la operación de traer a la costa para que abrevasen sus
numerosas y “flor” de caballadas.
En más de una ocasión, los oficiales de a bordo, ante
perspectivas tan propicias, solían pedirle al comandante Escabini,
autorización para hacerles unos disparos de cañón, a fin de inutilizar
un elemento indispensable de movilidad, de triunfo tal vez y el único
con que contaban estas fuerzas enemigas, pero la respuesta del
comandante, fue siempre la misma, “no quiero que me llamen mata
caballos”.
Pasado un tiempo en este bloqueo, donde como se dijo, estaba
a cargo únicamente de la cañonera “Cañonera Suárez”, un buen día,
vino a ponerse a órdenes del comandante Escabini, el vaporcito
“Cuestas” armado en guerra, cuyo comando, como si faltaran marinos,
lo desempeñaba un Mayor de Infantería apellidado Mancebo.
El buque, se le destinó a recorrer la costa desde Carmelo a
Punta del “Dorado”, por el canal de adentro, y el cual, debiendo
regresar cada día a entregar novedades, proveería también a la
“Suárez” de carne fresca que adquiría en alguna estancia de aquellos
parajes, que no estuvieran bajo el control de las fuerzas contrarias.
Varias veces, fue el “Cuestas” sorprendido por el
fuego del enemigo emboscado en algún punto estratégico de la costa
cuando el vaporcito se acercaba en su recorrida y hasta llegó a tener
algunos heridos, entre ellos el cocinero del buque, que fue herido en la
cabeza. Cierta noche, en una de nuestras acostumbradas recorridas
silenciosas, siendo las 11 horas p.m. y navegando aguas arriba, al
enfrentar a Punta Chaparro, fuimos sorprendidos por cerradas descargas
de fusilería disparadas desde lo alto de la barranca, tal vez, no sea
del todo acertado, decir sorprendidos, pues siempre esperábamos un
ataque de las fuerzas revolucionarias, tan estratégicamente colocadas en
aquella alta barranca.
El acto de esta agresión, se contestó de a bordo con fuego
de ametralladoras y fusilería en forma tan enérgica, que se silenciaron
los fuegos del enemigo, y para comprobarlo, se hicieron de ex profeso,
varias pasadas con el buque aguas arriba y aguas abajo, sin que
nuevamente se sintieran.
Continuamos esa noche, nuestra habitual recorrida hasta
llegar al través de la Isla del Juncal, y al regresar ya aclarando el
día, en lugar de fondear en Palmira como era habitual, hicimos de nuevo
rumbo a Punta de Chaparro.
Apenas la cañonera, enfrentó a la barranca, una nutrida
sucesión de descargas de fusil hizo blanco en nuestro casco y
arboladura, pero como ésta se encontraba desde el principio de la guerra
“recalado”, no ofreció peligro de caer a cubierta alguna verga o pico,
al ser alcanzada por las balas la cabullería de la maniobra.
De inmediato, contestóse al fuego, esta vez, usando los
cañones de la batería de estribor, que fueron cargados con botes de
metralla y granada. Al enfrentar a la pirámide que conmemora el
desembarco de los “Treinta y Tres”, derribamos rápidamente, y de nuevo,
se enfrentó al enemigo, pero esta vez, como la marcha era aguas abajo,
se dispararon los cañones de la batería de babor, el andar de la
cañonera, de ex profeso, era muy lenta, y al enfrentar mismo a la
barranca, el comandante, paró la máquina, y en esta forma, se siguió
combatiendo, constatándose un impacto de nuestra artillería, cuando se
vió claramente desde a bordo, que una casa de material, próxima a la
costa, pero entre el monte, desde donde se nos hacía fuego
encarnizadamente, volaban las tejas de su techo, y caía un mojinete poco
después.
Pasado esto, el enemigo, apagó sus fuegos, visto lo cual,
seguimos navegando hasta fondear en el paraje de costumbre, donde el
personal de a bordo, se ocupó de la limpieza de los cañones, fusiles y
ametralladoras usadas en el tiroteo, así mismo, el personal
especializado procedió a la recorrida de la cabullería y maniobra firme
del aparejo, cambiando las partes dañadas y el carpintero y su ayudante
taponeó la obra muerta donde las balas cruzadas con el enemigo habían
averiado levemente.
Serían las dos de la tarde, cuando el centinela del puente,
interesante y veraz coincidencia, que quiero recalcar para los que hayan
leído el asalto y apresamiento de la “Cañonera Artigas” y
recuerden detalles, el nombre de aquel muchacho llamado Nicolás Duque,
que también era el centinela apostado cuando el paylebot “República
Triunfante” abordó a la “Artigas” que sorprendido tal vez por
el combate desarrollado en la cubierta de la cañonera, se arrojó al agua
abandonando el puesto, pero en esta ocasión, Duque no se tiró al agua,
sino que gritando con enérgica voz, como manda el reglamento, dijo:
-¡cabo... de... guardia una embarcación con dirección a bordo!
Se trataba de una ballenera que se había desprendido del
muelle de Nueva Palmira, como se ha dicho en poder del enemigo, que
izaba en su único palo, una bandera de “la Cruz Roja”.
Al permitírsele atracar al buque, subieron a bordo el
Vicecónsul Español, el de igual clase Argentino, el Dr. Murgia, médico
del pueblo, y otros vecinos, que venían en la piadosa misión de socorrer
a los heridos, que suponían habíamos de tener como resultado de los
recientes combates.
Al comunicarles que a bordo no los había, se retiraron
nuevamente, no sin que antes uno de ellos, dijera confidencialmente al
comandante, que los revolucionarios, habían tenido once heridos y
probablemente un muerto”.
Así transcurrían estos días, de nuestra vigilancia en las
costas de Palmira, tiroteándonos todos los momentos en que en nuestra
lenta navegación se pasaba frente a las guardias apostadas en los
parajes indicados, pues jamás nos molestaron desde el pueblo. Se les
había advertido por lo demás, que al primer disparo que hicieran desde
esa localidad, se les bombardearía sin consideración alguna, como a
cualquier otro enemigo, y nuca lo hicieron pues.
Una tarde, al pasar en recorrida por debajo, y muy próximo
por así indicarlo el canal, de la alta barranca, donde está la pirámide
recordatoria de Solís, fuimos tiroteados encarnizadamente, por las
fuerzas allí estacionadas, contestando la “Suárez”en debida
forma.
Vaya también, para amenizar en algo este historial, una
anécdota que corrió a cargo de Matías Abril, mozo de cámara del
comandante. Matías, influenciando sin duda por el estricto cumplimiento
del horario interno, al marcar el reloj las 3 horas p.m. que era la
reglamentaria para servir el té a los Oficiales subió al puente de
mando, y dirigiéndose al comandante Escabini en el preciso momento que
las balas enemigas cruzaban el puente en mayor proporción,
tranquilamente, con su palabra seceosa le dice: “¿le sibo... el té...
señod... comandante?” es de suponer la contestación que recibió el bueno
de Matías...
Otra: en ese mismo momento de este tiroteo, el Sub-Tte. José
Aguiar, tomando bien la puntería con su ametralladora de 25 mm.
instalada en la toldilla a un grupo de revoltosos que vestidos de blanco
y agitando banderas del mismo color, estaban trepados de pie en las
viejas fortificaciones, hecho el disparo no se vio ninguno de pie, dando
motivo esta incidencia, para que la tripulación que apostada desde el
castillo y la toldilla, hacían nutrido fuego, prorrumpieran en
estruendosa gritería de entusiasmo.
Cabe pregunta, ¿se tiraron prudentemente detrás de aquellas
fortificaciones de espesas paredes de piedra?, ¿o cayeron
definitivamente?, no lo supimos entonces, pero debió ocurrir lo primero,
pues de lo contrario la cosa hubiera trascendido seguramente.
Una noche, en nuestra habitual navegación río abajo,
avistamos un gran vapor, que navegaba de vuelta encontrada rumbo al
Norte, es decir Uruguay arriba, el cual, al enfrentar a la Boca del
Bravo, apagó todas las luces.
De inmediato, se tocó a bordo zafarrancho de combate
haciendo proa al barco fantasma, al aproximarnos sentimos el murmullo de
la gente que conducía, y ya puestos a través, reconocimos que se trataba
del vapor de la carrera “París”, que al ser interrogado con el
megáfono su Capitán, dijo ir al puerto de Paysandú, conduciendo por
orden del Gobierno, los batallones 1° y 2° de Policía de la Capital.
Se le advirtió que la tropa, debía retirarse de cubierta y
en especial de la banda de estribor, guardar el mayor silencio navegando
recostado al veril del canal argentino, pues desde Punta Chaparro,
podían tirotearlos al aproximarse.
La cañonera por su parte, navegó al costado del “París”,
sobre costa Oriental, pronta a responder con su artillería cualquier
agresión enemiga. La maniobra tuvo éxito, llegando el “París” a
destino sin novedad. (Se recuerda al lector, que por aquellos días no
existía la telegrafía en nuestros buques, por lo que no pudimos ser
avisados anticipadamente del paso de este vapor con fuerzas armadas).
Otra noche del mes de Marzo, encontrándonos fondeados frente
a la Boca del Bravo, atracó a nuestro costado, el vapor “Ingeniero”,
cuyo comando, continuava ejerciendo el capitán Valverde, transbordándose
de su bordo, a la “Suárez”, el señor Luis Mongrel y un señor
Olivera, los que de inmediato, penetraron en la cámara del comandante
conferenciando extensamente, resolviendo así mismo, pernoctar a bordo y
despachar el vapor “Ingeniero”.
Permanecieron dos días de huéspedes del comandante, hasta
que nuevamente, el “Ingeniero”atracó a la “Suárez” y los
llevó.
A propósito de esta visita de Dn. Luis Mongrel a la
cañonera, el año 1904, añadiré que dos días después, recibió el
comandante Escabini orden de abandonar el bloqueo de Nueva Palmira y
seguir luego con su unidad, hasta el Salto, donde debía ponerse a las
órdenes del coronel Carlos Gaudencio, Comandante Militar de este
departamento y los de Paysandú y Río Negro.
Aunque desde luego, no correspondía sino obedecer, cauzó
cierta extrañesa lo inopinado de lo dispuesto.
Aquí, reanudo el historial, añado que, al pasar frente a
Paysandú, fuimos detenidos por la falúa de la Capitanía de este puerto,
de la que al atracar a nuestro costado, subió a bordo el coronel
Gaudencio y algunos ayudantes.
El mencionado coronel, de inmediato impartió la orden de
seguir la navegación aguas arriba en demanda del puerto del Salto.
Al otro día después de las 12 horas fondeamos en el puerto
de destino, donde desembarcó Gaudencio y sus ayudantes.
Dos días después, nuevamente embarcamos al propio Comandante
Militar con los suyos regresando enseguida a Paysandú, allí fondeamos en
las primeras horas de la noche.
Al otro día, nuevamente navegamos aguas arriba, fondeando en
el puerto del Salto en las últimas horas de la tarde, procediéndose de
inmediato a embarcar a bordo el armamento y pertrechos de guerra
procedente del “parque revolucionario” tomado por las fuerzas
gubernistas, al cabecilla insurrecto Abelardo Márquez, sobre el arroyo
“Guayabos”.
Cargado con este material bélico, nuestro buque, inició
viaje aguas abajo descendiendo el Uruguay, hasta fondear en el puerto de
Colonia, donde por orden Superior, fue reembarcado en los vapores
“Cacique” y “Corsario” que lo condujeron a Montevideo.
Después de permanecer unos días en este puerto, zarpamos
aguas arriba, remontando el río, hasta la ciudad del Salto frente a cuya
capital fondeamos.
Pocos días permanecimos en este fondeadero, pues una noche,
después de embarcar algunas fuerzas militares, seguimos aguas abajo,
fondeando en Paysandú.
El día 3 de Junio, se incorporaron a órdenes de la
“Suárez” los vapores “Cuestas”, “Corsario” y
“Tangarupá”, pequeños buques armados en guerra.
En ellos, lo mismo que en la “Suárez”, se embarcaron
en la noche de ese día, bajo una lluvia torrencial las fuerzas de la
División del departamento de Artigas al mando del coronel Igidio Ramos
el Batallón 3° de Guardias Nacionales (G.N.) de Montevideo, a órdenes
del comandante de G. N. Antonio Bachini una vez terminada la maniobra de
embarque, de este importante contingente militar, y distribuidos
convenientemente en los distintos vapores, la “Suárez” inició su
marcha aguas arriba, con los demás buques que componían la escuadrilla
siguiendo sus aguas.
La cañonera por su parte, conducía a casi todo el batallón
3° de G. N. con sus jefes y oficiales. La noche se presentó fría y
lluviosa, con rachas huracanadas, y como la impetuosidad de la corriente
formaba remolinos por la proa de las embarcaciones del convoy, vióse
considerablemente demorada la marcha.
La carga humana de la “Suárez” era tal, que no se
podía libremente dar un paso, pues por todos los sitios del buque,
cubierta, castillo, toldilla, sollado y cámara de oficiales se tropezaba
con los soldados ciudadanos del 3°, acomodados por estos lugares como
podían tratando del mejor modo de guarecerse de la torrencial lluvia que
nos acompañó todo el viaje. Para paliar en algo la lluvia, se habían
largado los toldos en la toldilla, alcázar y conves. Recién a las 3
horas de la tarde dio anclas la escuadrilla en las proximidades del
puerto del Salto, para proceder de inmediato en la tarea, no fácil, de
desembarcar los contingentes. A esas horas como en las del embarque en
Paysandú y en las del viaje, sufríase una lluvia que por momentos
convertíase en torrencial.
El día 6 de Junio nuevamente navegamos, pero en esta ocasión
aguas abajo en demanda del puerto de Paysandú, allí fondeamos en las
últimas horas de la tarde, y la misma noche, recibimos orden de
emprender nuevo camino, pero otra vez aguas arriba, hasta que fondeamos
en Guaviyú, donde embarcó un destacamento de las fuerzas del Salto, que
al mando del Capitán de G. N. Juan Pivel custodiaba el paraje, para
luego seguir al Salto donde lo desembarcamos.
El día 7, hubo orden de poner la proa aguas abajo rumbo a
Paysandú; allí fondeamos en las primeras horas de la tarde, recibiendo a
bordo al coronel Gaudencio quien viajó con nosotros hasta Fray Bentos
donde permanecimos dos días, para regresar a Paysandú.
Así, en este continuo ir y venir aguas abajo y aguas arriba,
un día hallándonos fondeados en nuestro bien conocido puerto del Salto,
supimos ser un día fausto para la causa constitucional.
Ese día 2 de Setiembre, libráse la dura batalla de
“Masoller” en que fue mortalmente herido el caudillo blanco Aparicio
Saravia, circunstancia accidental pero que vino a significar la
conclusión de la guerra civil, que llamamos del año 4.
La “Suárez” entonces regresó a Paysandú y ajustada la
paz de la República en forma definitiva, tornóse de nuevo a los trabajos
interrumpidos, reemprendiendo el dragado y estudios hidrográficos en el
importante Paso del Almirón, que se habían abandonado para empuñar las
armas.
La cañonera, con su veterana dotación de guerra, quedaba
incorporada a sus pacíficos trabajos auxiliares de utilidad pública,
abandonándose definitivamente la etapa de aquellas continuas
navegaciones de los días bélicos y todo lo que por espacio de diez
largos meses había constituido nuestra única preocupación”.
(2)
En cuanto a la posición del Gobierno de la República
Argentina, así se expresa el Dr. José Romeu, Canciller uruguayo por
carta de 18 de agosto de 1904, al Dr. Eduardo Acevedo Díaz, Jefe de la
Delegación uruguaya en Washington D. C., Estados Unidos de América,
según registro en el Tomo XXXVI de la Revista Histórica del Museo
Histórico Nacional:
“Podría demostrar la complicidad de la Rep. Argentina con
sólo referir algunos de los sucesos que se repiten a cada momento. El
vapor “Paulita”, por ejemplo, llega a Concordia con dinamita y
municiones para los revolucionarios. Denunciada y comprobada la
existencia de los cajones que contenían aquellos artículos y puesta a
bordo la correspondiente guardia, recorre el vapor una cuadra río abajo,
desembarca el contenido de los cajones que es recibido y transportado
por carros de la municipalidad en uno de los cuales se pone bandera roja
porque conducía la dinamita; y siguen los pertrechos tranquilamente su
viaje por ferrocarril, previa transformación del contenido de los
envases, que habían quedado a bordo, convertidos desde ese momento en
cajones de ferretería.
Más tarde el mismo vapor “Paulita” fue a fondear en
el Río de la Plata frente a Banco Chico a la espera de un gran lote de
municiones y armas que había de trasbordar desde unas lanchas ocultas en
el riacho más allá de la Plata. Al concluirse el trasbordo y pronto el
“Paulita” para zarpar, envía el Gobierno Oriental el vapor
“Toro” al Guazú para denunciarlo en cuanto pasara, o para apresarlo
si pasaba al Uruguay en aguas orientales. Aparece entonces un vapor de
la Prefectura Marítima de Buenos Aires apresa al “Toro” y lo
remite a la dársena por el tiempo necesario para que el “Paulita”pase
por aguas argentinas al Guazú y Paraná, hasta desembarcar en Puerto
Ruiz, desde cuyo punto se remite el contrabando de guerra por
ferrocarril a Concepción del Uruguay, Concordia y Caseros, a pesar de
todas las denuncias y protestas de nuestro agente diplomático. Ese
parque fue el que, pasado por Santa Rosa, y transportado por Abelardo
Márquez, cayó en poder de las fuerzas legales en Paso Guayabos de
Arerunguá.
Más recientemente en la dársena, frente al cuartel de
bomberos, el paylebot “Giardini”y la goleta “Quinto a Mare”
cargan importante material bélico. Correctamente despachados para Port
Stanley (Malvinas) salen ambos buques remolcados por el vapor “Hilda”;
pero en lugar de dirigirse al Sur, hacen rumbo a las islas de San
Fernando, donde completan su carga y siguen aguas arriba hasta
Gualeguay, donde es detenido el armamento por un funcionario de aduana,
quien en presencia del inspector del Resguardo y con todas las
formalidades del caso, hace constar el contrabando de guerra, colocado
ya en vagones a punto de marchar. Detenido y comprobado, no pudo menos
el Gobierno Argentino que ordenar su traslado al arsenal de guerra. Como
los vapores de la Prefectura no inspirasen a nuestro ministerio
suficiente confianza, pidió fuera no transportado ese contrabando por un
buque de la armada. Hízolo la “Maipú”, que atracó a la dársena a
su regreso. Esperábase el desembarque, cuando, con el pretexto de que la
“Maipú” debía desempeñar otra comisión, atraca a ella “El
Argentino” de la prefectura, trasborda el material y desaparece de
Buenos Aires después de haber permanecido dos días en riguroso
aislamiento. Súpose poco después que “El Argentino” había
desembarcado material bélico en Concordia, de donde fue trasladado en
zorras al campamento de San Carlos y entregado al Comandante Bravo, jefe
de un regimiento allí destacado y conocido por sus vinculaciones
saravistas. Protestas de nuestro Ministro, explicaciones del Gobierno
según las cuales el armamento de San Carlos no era el de Gualeguay,
exhibición del recibo expedido por el jefe del Arsenal haciendo constar
la entrada, etc., etc., incluso declaraciones del mismo Presidente Roca!
Nuestros agentes, entre tanto, a pesar de la vigilancia extraordinaria
ejercida después en San Carlos, descubren que los cajones allí
depositados tienen las mismas marcas y dirección (Malvinas) que los del
“Giardine”. Ellos son los que en estos momentos recibe la
rebelión, por más que se haya querido dar a entender que tenían otro
destino.
La parcialidad argentina ha llegado a tal extremo que las
autoridades de Caseros, al ser tomada Santa Rosa por los revolucionarios
retirándose la guarnición legal en dos vapores y dos chatas,
pretendieron incautarse de esas embarcaciones para cederlas a los
revolucionarios, o, cuando menos, para que quedasen a disposición de
éstos; y más tarde las mismas autoridades intimaron a esos buques
saliesen de aguas argentinas, negando así a embarcaciones al servicio
del Gobierno Oriental el derecho de navegar en aguas abiertas a la
navegación de todas las banderas. Ese desconocimiento inaudito del
derecho de un país ribereño motivó como es consiguiente, enérgica
protesta y órdenes especiales del Gobierno a aquellas autoridades. Pero
tal estado de cosas no puede continuar”.
(3)
Continúa el Canciller uruguayo:
“Estados Unidos, por otra parte -Ud. puede apreciarlo
mejor que yo- se encuentra en situación especial para ejercer la
influencia benéfica y elevada del hermano mayor respecto de las naciones
de Sud América. “Su Gobierno -así me lo ha repetido a menudo Mr. Finch-
no anhela extensión de territorio ni desea intervenir en las cuestiones
internas de cada una de estas repúblicas; pero no permitirá que en ellas
intervenga ninguna otra potencia”. Y éste es el caso: tengo la más
profunda convicción de que la presencia de un buque americano en
nuestras aguas y la más leve insinuación que por parte de Estados Unidos
se hiciera a la cancillería argentina darían los más proficuos
resultados y elevarían el concepto de que a justo título debe gozar esa
nación en la región del Plata”. (4)
En la misma carta el Canciller uruguayo transcribe el
telegrama que el Ministro de los Estados Unidos de América en el
Uruguay, Mr. William R. Finch, dirige a su Gobierno y agrega sus
consideraciones al respecto:
“Uruguay está seguro que la revolución no hubiera durado
dos meses si no fuera por la ayuda de vecinas repúblicas y confía poder
sofocarla dentro de un mes si ésta descontinuara. Uruguay no pide ni
espera ayuda. Suficientes recursos a mano. No hay negociaciones de paz
pendientes. Presidente cree influencia moral de amistad Estados Unidos
expresada en alguna forma o demostrada de alguna manera sería efectiva
para que los vecinos fronterizos no ayudaran más a los insurrectos. Un
buque de poco calado podría hacer viaje amistoso de observación
Montevideo a Paysandú y volver, conocer la actual situación sin ofender
a nadie”. Y continúa el Canciller uruguayo:
“Como es lógico esto se refiere principal y casi
exclusivamente a la Argentina. El Brasil acentúa cada vez más su
neutralidad.
Tiene Ud., pues, base para su actuación y espero sus
noticias persuadido de que cualquier demostración de este gobierno
tendrá influencia notable en los sucesos del porvenir.
Con las expresiones de su amistad y consideración que hace
extensivas a sus hijos y secretario lo saluda afectuosamente. José
Romeu”.
Con referencia al telegrama del Ministro estadounidense Mr.
William R. Finch al Secretario de Estado John Hay, la Armada de los
Estados Unidos informará a este de inconvenientes de orden práctico, ya
que “… no hay ningún barco de ningún tipo más cerca que el Cabo de
Buena Esperanza”.
Sin embargo el biógrafo estadounidense Milton Vanger en su
libro “José Batlle y Ordoñez” anota que el Ministro Finch estaba tan
seguro del éxito de la solicitud que “… el 19 de agosto el consulado
norteamericano de Montevideo anunció la inminente llegada de una
escuadra naval”.
“… Herido de muerte el general Aparicio Saravia en el
atardecer del 1° de setiembre, en momentos en que tenía prácticamente
ganada la durísima batalla de Masoller, la noticia del hecho corrió como
centella por el ejército revolucionario produciendo confusión y desánimo
…
Al respecto, Saravia desoía burlonamente la advertencia
constante de sus íntimos acerca del fácil objetivo que representaba para
un buen tirador (sintomático que minutos antes de caer herido, su
caballo recibiera un balazo en la paleta), con su gran sombrero blanco,
precediendo en un par de metros a la bandera nacional desplegada por su
abanderado, mientras recorría las primeras filas animando a sus hombres
con su voz y su presencia.
Cabe preguntarse entonces –si Saravia con una cuota
razonable de prudencia hubiese sobrevivido a Masoller y así acrecida la
chance de la revolución- ¿qué papel habrían desempeñado los cuatro
cruceros de la U.S. Navy en su tarea de patrullar el Río Uruguay y
controlar el pasaje de armamentos? Puede que la nave capitana del
contralmirante Chadwick, el crucero “Brooklyn” (9.915 ton., 618 hombres
y 20 cañones) no hubiese podido por entonces internarse por aguas
jurisdiccionales uruguayas más allá de Nueva Palmira o Fray Bentos; no
así el “Atlanta” (3.000 ton., 300 hombres y 8 cañones), el “Castine”
(1.117 ton., 158 hombres y 8 cañones) y el “Marietta” (1.000 ton., 150
hombres y 6 cañones).
… Aquel dedo de nacionalidad incierta que apretó un gatillo
en la fría tardecita de Masoller obvió toda especulación al respecto.
Desembarcados en nuestro puerto, los “marines” desfilaron desde la
Aduana por la calle Sarandí hasta la plaza Independencia, realizando una
ceremonia ante la estatua de Joaquín Suárez, que era la que se levantaba
entonces donde hoy está la de Artigas. Según EL SIGLO (11-10-904), la
flotilla abandonó nuestro puerto el día anterior. Por gentileza del
historiador amigo Rafael de Santiago, sabemos que el “Brooklyn” se
dirigió a Puerto Belgrano para ser carenado, mientras los barcos menores
lo hicieron hacia Buenos Aires para saludar el día 12 la asunción a la
presidencia del Dr. Manuel Quintana, sucesor de Roca”
(5)
El 7 de setiembre, Batlle recibió la confirmación de la muerte de
Saravia. Un amigo suyo, Pedro Figari, encargado de la asistencia médica
a los ejércitos del gobierno y más tarde famoso pintor, estaba Batlle
cuando llegó la noticia. Figari vió lágrimas en los ojos del Presidente,
y en su libro "El manuscrito político 1910 - 1911", escrito en
Montevideo, en 1911, registró que le oyó decir: "¡Pobre hombre! Lo han
llevado al sacrificio las pasiones políticas, y era un gaucho bueno".
Otro acaecimiento que protagoniza el ámbito fluvial en este caso el Río
Uruguay, es con referencia al ataque y defensa de Santa Rosa del
Cuareim, 19 de agosto de 1904, a cargo del jefe de la Plaza, teniente
Coronel don Leonardo T. Vila, localidad esta situada en la confluencia
del Cuareim con el Uruguay, el citado jefe expresa:
“Al tener conocimiento de que los revolucionarios se
proponían atacar la plaza y que mi vanguardia, cambiaba los primeros
tiros con ellos, puse el hecho en conocimiento del Comandante Militar
por medio del siguiente telegrama: -<<Monte Caseros, Agosto 19.- Mis
avanzadas dos leguas de aquí, se tirotean con fuerzas insurrectas,
defenderé esta plaza hasta quemar el último cartucho>>”. (6)
El combate fue muy cruento para ambas fuerzas por lo que:
“En la imposibilidad de continuar la defensa, tanto por
falta de munición, como por haber la escasa guarnición perdido más de la
mitad, entre muertos y heridos en el combate que acababa de terminar, y
de verme en el caso de iniciar nueva acción con fuerza muy superior en
su mayor parte de refresco, dispuse la retirada hacia el puerto,
impartiendo la orden por intermedio del único ayudante que me quedaba,
pues los demás yacían muertos o heridos, capitán Agustín Rodríguez,
valiente oficial de G.G. N.N. que pereció al trasmitirla.
Confié el delicado encargo de proteger la retaguardia al hoy
mayor don Ricardo Ramos. Con la debida anticipación ya había hecho
alistar los vaporcitos “Satélite” y “Manduvirá” y una
chata”.
“Al llegar a la ciudad de Monte Caseros, creí que sería
recibido por las autoridades locales, sino con atención, al menos con la
consideración que se deben entre sí autoridades dependientes de dos
gobiernos amigos, legalmente constituidos; más apenas pisé la tierra
hermana comprendí mi grave error, pues de inmediato el sub-prefecto
señor Pereira me manifestó: Que sólo me permitiría desembarcar los
heridos y tomar víveres, debiendo de inmediato retirarme de aguas
argentinas”.
“... poco después me retiré de la ciudad de Monte Caseros,
en virtud de notificación que se me hiciera por el sub-prefecto, pués
aún que conocía perfectamente mi derecho, no quería ser causa de
complicaciones, en momentos de por sí difíciles, por lo que me trasladé
a una isla correntina, distante algunos centenares de metros de la
ciudad de Monte Caseros.
Poco hacía que me encontraba en la referida isla, cuando
recibí la visita de un oficial de marina acompañado de dos soldados, el
que me notificó, a nombre del antes referido sub-prefecto <<tan
profundamente conocedor del derecho internacional de las leyes de la
guerra y del derecho de hostilidades, de que me retirase de aguas
argentinas o que me desarmase>>.
Contesté el mensaje en términos adecuados, y guiado siempre
del propósito de evitar complicaciones, me trasladé a una isla brasileña
que tenía en frente, próximo a la cual se hallaba fondeada la cañonera
de la república hermana <<Vidal de Negreira>>.
Apenas llegado a la isla, fui gratamente sorprendido por una
amable comunicación del distinguido y pundonoroso comandante Cortés,
jefe de la referida cañonera, concebida en los siguientes términos: <<En
la barra del Cuareim está fondeada la cañonera “Vidal de Negreira”,
enviada por mi gobierno para hacer respetar la neutralidad de nuestro
país, y verificar las complacencias con los revolucionarios por las
autoridades argentinas>>. Lo que fue fácil comprobar por sí mismo,
presenciando el incalificable pasaje de armamento y toda clase de
municiones para la revolución; hecho llevado a cabo en las primeras
horas de la mañana del día 25, a vista y paciencia del vecindario de
ambas poblaciones, en botes en que flameaba la bandera Argentina,
escoltados por fuerzas de la revolución, a cuyo efecto habían pasado el
río el día antes, llevándose todo esto a buen término, sin el menor
tropiezo, como si se tratara del acto más legítimo de la vida normal de
dos naciones amigas; siendo en realidad un acto de hostilidad al
gobierno de la República.
(7)
Nos referimos al Capitán Ingeniero Naval don Juan Manuel
Calveira Calpino quien:
“Durante la Revolución de 1904 sus servicios son
requeridos, pero para una actividad hasta ahora diferente, comandar los
vapores “Lavalleja”, “Conte Kalnoki”, “Cacique” e
“Ingeniero”. Con el “Lavalleja” patrulló los ríos de
nuestro litoral oeste y navegó por las costas atlánticas atracando en la
Paloma y fondeando en varias oportunidades al reparo de Gorriti en Punta
del Este. Con el “Conte Kalnoki”, patrulló el río Uruguay en
proximidades de Palmira, vigilando las bocas del Paraná. Normalmente se
navegaba de noche en procura de impedir el tráfico en apoyo al Partido
Nacional, observando una rigurosa vigilancia en atención a las
informaciones que continuamente circulaban de que existía la intención
de hacer volar alguno de los buques empleando granadas de mano. Los
revolucionarios nacionalistas se habían apoderado de Palmira y aun
cuando su número era exiguo no permitían la recuperación del pueblo,
permanentemente efectuaban cargas de fusilería desde el muelle hacia los
buques, obligando a estos a tener que fondear o mantenerse fuera del
alcance efectivo de las armas. Calveira reiteraba sus solicitudes de
autorización para realizar un desembarco a fin de desalojarlos, cosa que
siempre le fue negada, también navegó hasta el puerto de Río Grande. Con
el “Cacique” trasladó municiones y apoyos a los Ejércitos de
Paysandú, con el “Ingeniero” trasladó prisioneros y realizó
varias navegaciones.
También comandó el vapor nacional “Rayo”, y así lo
registra el “Libro de Novedades” de la Isla de Flores, cuando informa
que siendo las 9 y 30 p.m. del 23 de julio de 1904 arriba el citado
buque al mando del capitán don Juan Manuel Calveira conduciendo 15
nuevos presos políticos, además de correspondencia y provisiones,
regresando a las 10 y 30 p.m. con el practicante Sr. Aranguren y
correspondencia”.
(8)
La isla de Flores fue lugar de detenidos políticos desde
enero de 1904, luego que el Presidente Batlle declarara “estado de
guerra” con el objeto de combatir la Guerra Civil que duró nueve meses.
“Los pabellones donde moraban los presos, eran de madera
ardidos por la humedad, llenos de moho y en un estado de bastante
deterioro sin mueblaje alguno; el edificio de material existente también
en la tercera isla era ruinoso.
Todo allí era sórdido y repelente.
Los desterrados en la tercera isla eran pocos y vigilados,
rigurosamente.
Se espiaban las más inocentes conversaciones que
sosteníamos.
El frío era intenso en los galpones destinados a leprosos.
Corrían los días de julio de 1904 y todas las noches soplaba un viento
tempestuoso. Las ráfagas se sucedían conmoviendo todo y produciendo una
sonoridad extraña y violenta, como un rumor de cosas que entrechocaban.
Le debemos al mar, a sus olas, a sus cóleras, a sus rugidos, sensaciones
de cosas que no se borran jamás de nuestro espíritu.
Las olas se deshacían impotentes contra las rocas que
formaban el contorno de las islas y fueron tales sus violencias, tal la
intensidad embravecida, que el espectáculo resultaba imponente. De día
circulábamos por toda la tercera isla, gozando de una apariencia de
libertad, seguidos de vista por los guardianes; al caer la tarde, nos
encerraban en los pabellones custodiados toda la noche. Cada tres o
cuatro días llegaba el correo. Las cartas, previa intervención oficial,
eran entregadas a sus destinatarios. Los empleados recibían diarios y
nos daban noticias de la guerra; con mal contenido júbilo nos narraban
la derrota de los nuestros, y la victoria de los suyos, hablándonos de
triunfos sobre las hordas de persecuciones, etc. cuyas aseveraciones
tenían tanto fundamento como las que ofrecía el diario gubernista al
decir que en el ejército nacionalista habían criaturas montadas en
potrillos, que resultaron ser en Fray Marcos nenes de colmillo duro.
Los días transcurrían terriblemente monótonos en espera de
un mejor mañana.
Por casualidad un día pude obtener un diario colorado
-oficialista y lo leí deduciendo-. Nada para los nacionalistas. Ni el
derecho a su parte de aire y de sol en la tierra nativa. Menos aún su
colaboración en la administración pública.
Era demasiado lo que tenían, era exagerada su
coparticipación política desempeñando seis de las diez y nueve jefaturas
en que está dividido el gobierno de los departamentos; estos eran feudos
que habían que arrebatarlos porque debían y deben y deberán siempre ser
perseguidos, para que no peligre la estabilidad del partido de la roja
divisa en el gobierno de la República; la que no tiene color según la
carta magna; la que no es patrimonio exclusivo de nadie; la que sólo
hace distinción del mérito, del talento y las virtudes.
La comida era infame se reducía a una inmunda colación de
fideos de mala calidad. Todos los días se presentaban protestas que
nunca fueron atendidas. Una vez al servirse el guiso, se sacó del tacho,
una vaina de cuchillo y una chica de tabaco... La indignación fue
grande; se llamó al cocinero un bruto y déspota para mostrarle en que
forma venía la comida, pero se negó a presenciar los fundamentos de las
quejas.
Al día siguiente al presentarse el cocinero con el rancho,
el tacho con su contenido se lo acomodaron de sombrero, lo que dio
motivo a la intervención de las autoridades; nunca fue posible conocer
quienes eran los autores del hecho, pero algo se consiguió en la mejora
de los alimentos.
En la visita, al ser interrogados los detenidos de
cómo los trataban uno contestó: -La comida que nos dan es como para
perros. El ministro se concretó a manifestar que tenían la obligación de
dar de comer bien, que el Estado pagaba y efectivamente el gobierno
abonaba a los proveedores la suma de veinte centésimos diarios por cada
detenido. Era mucho pagar!”. (9)
Hasta el final de la Guerra Civil de 1904 se procuró por el
Gobierno del Señor Batlle interceptar buques con cargamentos destinados
a los nacionalistas como así se expresa en la siguiente nota:
“República Argentina. Ministerio de Relaciones Exteriores
y Culto. Buenos Aires, septiembre 7 de 1904. Señor Prefecto General de
Puertos y Resguardos: La Legación de la República O. del Uruguay ha
denunciado á este Ministerio que en el vapor “Rivadavia” que sale hoy
para Concordia se embarcaron en calidad de medicamentos varios cajones
que contienen explosivos y bombas destinados á las fuerzas
revolucionarias.
En consecuencia, sírvase V.S. ordenar se practique a bordo
de dicho vapor una inspección rigurosa para saber si es exacto el hecho
denunciado y en el caso de resultar comprobada esa información disponga
sean retenidos los cajones que contienen dichos explosivos y bombas,
conservándolos en esa Prefectura General hasta tanto el Ministerio
disponga lo que considere conveniente. Saludo á V.S. con toda
consideración. (fdo) J. A. Terry”.
(10)
El sistema para construir un puente y transponer un río,
era:
“Luego de atar la fila de animales en tierra firme, la
pasan a nado -seguramente con una yegua madrina en punta- y con ayuda de
una maroma de alambre, haciendo de estribo el primer caballo, pues no
siempre se contará con yegua adiestrada. Asegurado el primero en la
orilla opuesta, se matan todos los que constituyen la fila
-posiblemente- como antes dije -de un puntillazo. Así se espera la
hinchazón de los cuerpos, que por los gases de la putrefacción, flotan;
como aquellas clásicas <<pelotas>> de uso colonial, hechas con cueros y
que emplearan el marqués de Valdelirios y el conde de Bobadela, en el
famoso encuentro del arroyo Sarandí, del Consejo, en la fastuosa reunión
celebrada cerca de Castillos para la primera caracterización fronteriza
de los dominios de España y Portugal”. (11)
Finalmente una reseña biográfica del Coronel don José María
Pampillón, que conlleva un modesto pero justo homenaje:
“La foja de servicios recorre prácticamente su vida, pues
desde muy joven, casi un niño, soldado a los 14 años en los dramáticos
años de la Guerra Grande, empuñó las armas de la guerra, a las que
abandonó apenas unos meses antes de su muerte, ocurrida el 18 de octubre
de 1905, a los 74 años de edad.
Durante el gobierno de Bernardo Prudencio Berro fue oficial
de guardias nacionales destacándose en la lucha contra el general
Venancio Flores y sus aliados brasileños. En el 70, su prestigio de
hombre de coraje sin par alcanzó niveles muy altos y tan así fue que
Ricardo Hernández lo describió con su pluma diciendo que “cuando el
coronel Pampillón se arremangaba el chiripá hasta los muslos y la manga
de la blusa hasta el antebrazo, blandiendo en la pelea su formidable
lanza, ¿quién se le ponía delante?
Por 1898 el entonces presidente provisional don Juan
Lindolfo Cuestas lo sospechó de trabajos subversivos obligándolo a
residir en Montevideo. Por 1904, el Presidente don José Batlle y Ordóñez
lo creyó participando de la minoría nacionalista, pero Pampillón no era
hombre ni de antesalas ni de “bien ganados descansos”, y refugiado en la
Legación Argentina, pasó otra vez a Buenos Aires desde donde -de su
propio peculio- organizó una expedición que desembarcando en Nueva
Palmira, ante el fuego de los gubernistas que comandaba don Federico
Fleurquin, se dispersó sin poderse unir a las fuerzas de Aparicio
Saravia.
La figura histórica del coronel José María Pampillón queda
para siempre ligada a las páginas más gloriosas de la historia nacional.
Su vida tiene jirones de la vida del país y su actuación militar es la
evocación de sesenta años de guerra encarnizada y terrible... todos los
ecos de la patria lo han vibrado”.
Así comenzaba su discurso fúnebre el doctor Leonel Aguirre sobre la
tumba recién abierta de José María Pampillón y finaliza su oración
fúnebre: “... el jefe ha muerto, el caudillo ha caído, un héroe va a
descansar para siempre, un luchador entra en el sueño eterno, un
patriota cae en el regazo de esa madre patria, a la cual brindó el
entusiasmo más puro de su alma, la savia más preciosa de su cuerpo...”
Extraordinaria síntesis sobre una figura de tan altos valores en la
forja de la patria. (12)
NOTAS
1)
MARTINEZ MONTERO, Homero, Teniente de Navío (CIME)(R), “Armada Nacional
- Estudio Histórico Biográfico”, Club Naval, Montevideo 1977, págs. 236
a 238.
(2)
OLIVIERI, Carlos A., Capitán de Navío, “Aportes a la Historia de la
Marina de Guerra Nacional”, Uruguay, 1952, págs. 188 a 196.
(3)
REVISTA HISTÓRICA, Publicación del Museo Histórico Nacional, Tomo XXXVI,
Montevideo, 1965, págs. 581, 582.
(4)
Ibidem, pág. 583. (5)
PELFORT, Jorge, “Aparicio Saravia y la frustrada intervención de los
“marines yanquis”, RE-VISTA, “Desmemoria” N° 5, octubre – diciembre 94,
Buenos Aires, págs. 104 y ss.
(6)
VILA, Leonardo T., Coronel, “Antecedentes y relación del ataque y
defensa de Santa Rosa del Cuareim del año 1904”, Imprenta de la Escuela
Naval, Montevideo, 1923, págs. 8 y 9.
(7)
Ibidem, págs. 11, 12, 14 y 15.
(8)
FERNÁNDEZ PARÉS, Juan José y SARAVIA, Jorge, “Biografías Navales”,
Montevideo, 2002, págs. 254 y 255.
(9)
ALBA (seudónimo), “Del pasado”, Revista Blanca N° 94, Montevideo, 1917,
(págs. sin numerar).
(10)
TERRY, J. A., “Nota de 7 de setiembre de 1904”, Archivo Histórico del
Ministerio de Relaciones Exteriores, Caja N° 29.
(11)
CAMPOS, Alfredo R., “Diario de un Teniente en la Campaña de 1904”,
Montevideo, 1999, págs. 170 y 171.
(12)
PEREZ, Wilfredo, “Grandes figuras blancas”, Montevideo, 2001, págs. 309 a 312. |