INTRODUCCIÓN
Al conmemorar los cinco siglos de la llegada de Colón a una tierra que
él creyó ser Japón o China, pero que luego se comprobó ser un nuevo
continente, se renuevan las viejas preguntas que el hecho sugiere.
Nos hemos preguntado si antes de Colón no habría visitantes europeos en
esa tierra inmensa que el Almirante y seguidores encontraron habitada en
toda su extensión, con pueblos de muy diferentes grados de cultura y con
densidades de población también muy dispares.
La bibliografía disponible nos ha informado que sí, que hubo europeos en
el continente americano, y con esos datos hemos encarado este trabajo.
Lejos de nosotros la idea de disminuir el mérito y la gloria del
navegante genovés (o español según sea la teoría de su nacimiento), pues
lo que sí sabemos es que aquellos europeos que llegaron aquí dejaron
huellas de su presencia, en forma de leyendas y sagas, y ruinas en
muchos casos, pero sin ninguna influencia ni provecho para los pueblos
que entonces ocupaban el mundo conocido. Colón en cambio, volviendo a
España de su primer viaje, abrió las puertas a naciones europeas, que
recién ahora estaban maduras para precipitarse a través de ellas y
recoger la riquísima cosecha que esas Tierras Nuevas, como le llamó en
realidad Américo Vespucio, le rendirían a la Humanidad, la cual vivió,
se desarrolló y expandió por 5000 siglos antes de Colón.
Los fenicios, por los siglos 30 al 2 AC, recorrían el mar Mediterráneo y
parte del océano Atlántico y también los egipcios trataron de expandir
sus horizontes por la misma época. Los árabes conectaron Africa con
Arabia y con la India, mediante líneas de navegación de carga y
pasajeros, de los que hay crónicas muy variadas.
Analicemos entonces las posibilidades reales de que el ser humano
pudiera viajar a través del Océano Atlántico antes de 1492. Es decir:
¿había noticias de cruces del océano?, ¿Había naves capaces de realizar
la travesía? Veamos qué nos dice la historia al respecto.
NAVES CAPACES
Los egipcios navegaron en el Nilo desde las épocas más antiguas, y la
transición de la navegación fluvial a la marítima probablemente ocurrió
en el 4º milenio AC, ayudada por la utilización de los legendarios
cedros del Líbano, una madera de construcción excelente que hizo posible
la aparición del buque de alto bordo. Mientras los barcos de carga del
Nilo tienen ya desde tiempos muy antiguos proporciones considerables, la
nave egipcia de alta mar se mantiene dentro de límites razonables. Mide
unos treinta metros de longitud por 6,5 de manga, lo que representaría
un desplazamiento de 80 a 85 toneladas, y su diseño era el de una
embarcación de remo y vela cuadra.
Los fenicios, cuya técnica naval se basó en los barcos egipcios, poco a
poco van emancipándose y desarrollan naves que están destinadas a la
navegación marítima y no al tráfico fluvial. Mucho más rechonchas que
las largas y esbeltas naves del Nilo, se adaptaban bien a los senos de
la olas y flotaban mucho mejor. Sus dimensiones serán de 30 a 40 metros
de eslora, 8 o 10 de manga y 2.5 de calado, alcanzando desplazamientos
de 400 toneladas.
También los romanos usaron navíos de gran porte, probablemente derivados
de los constructores fenicios y griegos. Se relata que los cargueros
que traían cereales de Alejandría alcanzaban las 2000 toneladas, y en el
barco que llevó a San Pablo a Roma viajaban 276 personas (Los Hechos,
Cap. 27, vers.37)
VIAJES DE GRAN ALIENTO
Pasemos a mencionar
algunos viajes que se realizaron en la antigüedad, y nos indican que
aquellas naves se usaron efectivamente hasta los límites de sus
posibilidades.
Una de las más
grandes hazañas de este tipo, desplazada por el olvido de los campos de
la historia, fue la circunnavegación de Africa por una expedición
egipcio-fenicia en tiempos del faraón Necho (609 – 594 A.C.). El
cronista de este viaje fue Herodoto ( 150 años después ), quien
escribe: el faraón Necho de Egipto fue el primero que aportó prueba de
que Africa se halla rodeada por mar por todos lados. Dispuso una
expedición que, saliendo por el mar Rojo, debía regresar por el
Mediterráneo. Partieron los fenicios contratados, pasaron por el océano
Indico al mar del Sur, y cuando llegó el otoño bajaron a tierra,
cultivaron los campos, sembraron grano que traían y aguardaron la época
de la cosecha, siempre sin salirse de la costa de Africa. Recolectado
el grano, prosiguieron su ruta hasta que, al cabo de dos años
franquearon el estrecho de Gibraltar y al tercer año llegaron nuevamente
a Egipto. Contaron de su viaje un hecho extraordinario: que al dar la
vuelta tenían al sol a su derecha. Ocurrióle a este viaje lo que a
tantos otros, se hizo demasiado temprano para que fuera fructífero.
Por el año de 530 A.C. fue emprendida una expedición naval
cartaginesa (recordemos que los cartagineses eran los herederos de los
fenicios) y fue confiada al almirante Hannon. El objeto de esta
expedición fue establecer colonias a lo largo de la costa occidental
africana, hasta la altura de las islas canarias, sin duda para asegurar
la ruta marítima de las islas atlánticas. La flota de Hannon costaba de
60 naves de cincuenta remeros c/u y transportaban unos 3000 hombres y
mujeres, además de provisiones y pertrechos necesarios para la fundación
de las colonias. El primer objetivo del viaje se cumplió, estableciendo
6 estaciones costeras, pero el almirante Hannon no se contentó con ello,
sino que, en vez de regresar, prosiguió navegando hacia el sur. Por su
descripción del paisaje se deduce que llegó hasta frente a Camerún, casi
en el Ecuador, recorriendo unos 10.000 kilómetros, gesta extraordinaria
para la que los portugueses, 20 siglos más tarde, necesitaron 70 años y
muchas expediciones.
Además de estos viajes podríamos mencionar que los cartagineses llegaron
a las isla sAzores, que los romanos rehicieron el viaje del almirante
Hannon, etc.
CONOCIMIENTOS NECESARIOS
Platón en Grecia menciona que más allá del océano hay un
gran continente. Su discípulo Aristóteles, en el siglo 4 A.C., opina
categóricamente que la Tierra es un globo y que entre las columnas de
Hércules y la India hay sólo un mar.
Pocos decenios después, Eratóstenes también dice: es muy posible que
exista otro u otros grandes continentes, también habitados. Y,
apoyándose en su cálculo del meridiano, deduce que la distancia entre
España y la costa oriental asiática debe equivaler a unos 240 grados, lo
cual no se aparta mucho de los hechos reales.
Séneca, romano del siglo I, proclamaba la posibilidad de cruzar el
océano, entendiendo que entre India y España habría pocos días de
navegación si el viento impulsara bien la nave.
Dante Alighieri en su Divina Comedia también relata algunos hechos
sorprendentes, como la existencia de la Cruz del Sur y el hecho de que
el sol cambia de posición en el hemisferio sur.
En la Alta Edad Media los conocimientos científicos se alejaron de la
Humanidad y se refugiaron en los conventos. Salvo irlandeses y
vikingos, la navegación se limitó al cabotaje y el océano Atlántico se
convirtió en el Mar Tenebroso. Según describe el cartógrafo árabe Ibn
Edrisi del siglo 12: se ignora lo que hay más allá, nadie ha podido
saber nada seguro al respecto, en razón de la navegación tan difícil en
él, de su oscuridad y de la frecuencia de los temporales. Ningún barco
se ha atrevido a surcarlo o a alejarse de sus costas. Se sabe, no
obstante, que el Mar Tenebroso contiene numerosas islas, las unas
habitadas y otras desiertas. Obsérvese que, de alguna manera, se
conserva la vaga idea de que hay orillas más allá del horizonte.
Esta imagen se refería al océano Atlántico en sus regiones al oeste y al
sur de Europa, en particular el borde occidental del continente
africano. No así a las costas del océano Indico, que, desde tiempos
inmemoriales era surcado por árabes, hindúes y malayos.
En la península Ibérica se había hasta perdido y borrado los contactos
con las islas Canarias, las Azores, Madera y Cabo Verde, conocidas y
traficadas por los navegantes fenicios.
PORTUGUESES REABREN RUTA A ORIENTE
Cuando ya se avizora el final de la Edad Media, despliegan sus velas los
barcos de Portugal y parten a redescubrir el mundo.
El promotor de este proceso fue un hombre, el Infante Enrique de
Portugal, a quien la historia otorgó el honroso título “El Navegante”,
pese a que nunca efectuó un viaje por mar, pero si hubo alguien que
llevó a su pueblo al mar, que le obligó a lanzarse a él, fue Enrique el
“Navegante”.
El objetivo real fue llegar al Africa Oriental, donde se ubicaba el
origen de legendarias riquezas, que se veían que aún ocupaban parte de
España. Sea la corte del Preste Juan, sean las minas del rey Salomón,
de algún lado salían oro y otras riquezas, y no olvidemos que el
transporte de las especies estaba en manos de los árabes, quienes ponían
precios muy elevados a todos los productos de oriente.
Llegar a aquellas tierras por el Nilo y el mar Rojo era imposible, pues
hacía tiempo que el bloqueo mahometano era hermético. Según los
informes recogidos por Enrique era también inútil servirse de las rutas
de caravanas que atravesaban el Sahara; en ellas las pérdidas de hombres
y animales podían elevarse hasta 90 %. No quedaba pues, más recurso que
explotar el tercer camino: el del océano, avanzando hacia el sur a lo
largo de la costa africana y tener la suerte de que se hiciera realidad
el paso por el sur hacia el océano Indico.
Ya en 1432 el infante despachó una expedición formada por varias
carabelas, con el encargo de averiguar si había tierras en el océano
Occidental, y descubrieron las islas Azores, o las redescubrieron,
puesto que ya en el siglo 4 A.C. habían llegado a ellas los fenicios.
El estimulante efecto de este hallazgo contribuyó no poco a que, dos
años más tarde, se lograse doblar el temido cabo Bojador en Africa
Occidental.
Un obstáculo mayor que la fuerte corriente y la terrible resaca de
aquellas regiones, donde las olas gigantescas se estrellan con tra
arrecifes y bancos que se alzan muy adentro del mar, lo constituía sin
duda la vieja leyenda propagada por los árabes, según la cual al sur de
aquel destacado mojón empezaba el Mar Tenebroso y que allí estaba el fin
del mundo.
Después de muchos intentos lograron los portugueses realizar la gesta
de doblar el cabo Bojador, y encontraron con enorme extrañeza que al sur
de aquel punto peligroso no había ni un mar de consistencia gelatinosa
donde los barcos se quedaran pegados, ni horribles monstruos marinos que
los atrajesen al fondo de las aguas, como tampoco ninguno de los
marineros resultaba achicharrado por los ardientes rayos solares.
Con esta primera gran empresa quedó roto el hielo por así decir, y siete
años después los portugueses llegaban al cabo blanco. En 1445 se
descubrió el río Senegal y en 1446 llegaron a Cabo Verde..
Se produce aquí una interrupción en la secuencia de las expediciones,
causada por la muerte de Enrique, y recién se reanudan en 1481 con la
salida de varios barcos al mando de Diego Cao, quien llega a los 14º de
latitud sur y descubre la desembocadura del río Congo. En una segunda
expedición, el mismo Diego Cao llega a los 22º de latitud sur en 1485 y,
finalmente, en agosto de 1487 Bartolomé Díaz levaba anclas en el Tajo
iniciando un largo viaje, que culmina en enero de 1488 cuando descubre
que la costa africana deja de continuar hacia el sur y al seguir por
ella debe tomar rumbo NE. Por fin ha terminado la obra que Enrique el
Navegante iniciara a principios del siglo.
¡Africa ha sido rodeada y la ruta marítima a la India ha sido
descubierta! Ahora vendrán Vasco da Gama, Albuquerque y otros
colonizadores a recoger la cosecha.
Cabe por un momento preguntarse por qué hemos hecho este desvío de la
ruta a América. Porque estos viajes comenzaron dirigiéndose
directamente a internarse en el Mar Tenebroso, plagado de peligros, olas
descomunales, animales marinos que devorarían los barcos y los hombres y
se descubrió así que todo era leyenda, que no existía el borde del
océano por donde las naves caerían al vacío, y fue sin duda este
descubrimiento un aporte valiosísimo a la hazaña colombina, al quitarle
el carácter de terrorífico que tenía el océano hasta entonces.
CRONICAS Y LEYENDAS SOBRE HOMBRES BLANCOS
Hacia el año 1000 de nuestra era los mayas, establecidos
primitivamente en las selvas de Guatemala, ocuparon tierras en la
península de Yucatán. Luego de eso aparecieron en la zona numerosos
barcos extranjeros, de los que desembarcaron hombres de elevada
estatura, rubios y de ojos azules. Se instalaron allí, y vivieron entre
los mayas, constituyéndose en sus maestros y guías.
Pero cierto día, estimado por los siglos 12 o 13 de nuestra era
presentóse un hombre desconocido, proveniente de Oriente, y se puso a
predicar una nueva religión y una nueva moral. Era un hombre ilustrado
y sabio, bondadoso y dulce y abominaba con todas sus fuerzas de la
violencia y el derramamiento de sangre. Tenía la piel blanca y una
larga barba, y le habían dado el nombre Quetzacoatl, en recuerdo del
ave Quetzal, de brillante plumaje.. Al principio se le guardó fidelidad
durante mucho tiempo, pero luego la gente se levantó contra él y vióse
obligado a abandonar el país y regresar a su patria, situada muy lejos,
al otro lado del mar inmenso. Pero. antes de partir, profetizó que un
día en el futuro sus hermanos blancos aparecerían en Méjico y
conquistarían el país.
Pasaron los siglos y la vieja leyenda se mantuvo entre amos y siervos,
sin que la clase sacerdotal pudiera extirparla, por muchos palpitantes
corazones humanos que sacrificara en los altares. Y hete aquí que en el
año europeo 1518 se cumple lo que los profetas anunciaran. En el este
llegó llegó desde el mar un ejército de radiantes seres celestiales,
montados en divinos dragones de cuatro patas que corrían veloces como el
huracán. Los dioses blancos, decían los mensajeros que llegaban a la
capital azteca, traían en sus manos el rayo y el trueno, y muchos
valientes expiraron al ser heridos por el centelleante fuego vomitado
por los largos tubos que llevaban en sus manos.
Fácil es comprender lo oportuna que fue aquella leyenda para Hernán
Cortés, y cuando un enviado del emperador Moctezuma declaró, viendo los
yelmos españoles, que sus antepasadsos de la época de Quetzacoatl
haqbían llevado cascos semejantes y que se conservaba uno en el templo
del Dios de la guerra, tal vez el propio conquistador tuvo sospechas de
que él no era sino un sucesor de otros descubridores blancos de tiempos
muy anteriores.
Pocos años más tarde, en 1527, llegan las naves españolas construídas en
Panamá a las costas del país de Birú. Desembarcan sus tripulantes, con
cascos y corazas relucientes, arcabuz al hombro y la espada toledana
colgando del costado. Pisan el suelo del sagrado imperio inca y el
pueblo que los recibe hunde la frente en el polvo como si el mismo Dios
bajase a la tierra.Lasfrentes en el suelo, las gentes se alinean a sus
pies a derecha y a izquierda y murmuran por doquier “Viracocha”,
“Viracocha”.
Los españoles no saben quien es Viracocha, pero sin duda a él le deben
que la conquista del Perú pudo ser realizada por un puñado de europeos
frente a millones de indígenas. Viracocha es el mito de un dios
antiquísimo que los incas encontraron cuando llegaron al país. Y cuando
encontraron en el lago Titicaca la ciudad de gigantes Tiahuanaco, y la
grandiosa fortaleza Pachacamac al sur de Lima, construídas por Viracocha
y sus secuaces, pusieron a aquel dios extranjero el nombre Kon Tiki, el
Eterno. Según las tradiciones, Viracocha fue un hombre anciano y
barbudo, y llevaba una cruz. Había predicado y llorado por los pecados
del mundo.
Fundaciones de Viracocha eran también Cuzco, la antigua capital de los
Incas, y los famosos templos de la isla del sol. Allí había estado la
sede del santo blanco y allí le había atacado y vencido el rey Carú,
inmolando a los hombres blancos pero perdonando a las mujeres y los
niños. De allí había huido al océano el dios blanco con algunos
seguidores y había dirigido un sermón de despedida, hablando de cosas
que sucederían en lo porvenir. Cuando sonara la hora, él mismo les
enviaría sus mensajeros y serían “hombres blancos” con barba.. Después,
Kon Tiki el Eterno extendió su manto sobre las aguas y colocándose
encima con los suyos, desapareció.
Esta leyenda, ciertas ceremonias religiosas y el encontrar muchos
individuos rubios y de tez blanca entre la alta nobleza peruana nos
enfrenta al probable hecho de que europeos estuvieron estuvieron en esa
tierra antes de la llegada de los españoles.
En Irlanda existen numerosas leyendas que hablan de fertilísimas tierras
maravillosas situadas muy al oeste, del lado opuesto del océano. En el
centro de esas tradiciones se halla la leyenda de San Brandan, quien un
día oyó una divina voz que le ordenaba abandonar todos sus bienes e irse
a predicar la palabra de Dios a una gran tierra desconocida. Brandan
obedeció el divino mandato y, tras un largo y difícil viaje con rumbo a
occidente, llegó a un país donde crecía una deliciosa vid silvestre.
Como sea que al norte de Irlanda dicha planta no prospera, la noticia de
un fértil país rico en racimos sólo puede referirse a una tierra del
Nuevo Mundo a la que se llegó realmente.
La existencia de San Brandan es real, testificada para el siglo VI de
nuestra era, aunque cabe dudar de sus grandes viajes marítimos. Pero es
muy probable que fue el punto de cristalización en torno al cual se
formó y precipitó gran número de leyendas marítimas del pueblo
irlandés. Somos coscientes de que las leyendas se originan generalmente
en hechos reales.
Referencias contenidas en dos antiguos manuscritos de las abadías de
Stratflur y Conway nos indican nos indican que el rey Madoc de Gales
septentrional, había partido en el año 1170 para una gran expedición.
Rodeando el sur de Irlanda, con numerosos acompañantes, había
descubierto vastas tierras al lado opuesto del mar Occidental. Según
las crónicas, había dejado en ellas a ciento veinte colonos, mientras él
en persona regresaba a Gales en busca de más gente, para hacerse de
nuevo a la mar con diez barcos y varios centenares de colonizadores a
bordo. A partir de aquel momento habíase perdido todo rastro de Madoc y
sus compañeros. El decepcionante final del relato no excluye la
posibilidad de que Madoc alcanzara su objetivo. Nos lo sugiere el hecho
de encontrar en diversas regiones del Nuevo Mundo grupos raciales que
presentan rasgos netamente europeos. Ya Alexander von Humbolt llamó la
atención sobre la nación de los indios Tuscarora, cuyos integrantes son
de piel clara y a menudo de ojos azules.
Luego se estudió más a fondo la tribu de los mandanes, que vivía
dispersa en el espacio ocupado por los estados de Dakota, Wisconsin y
Minnesota. En pos de los rumores de que en las grandes planicies del
Oeste, a 1600 km de distancia vivía una tribu de blancos, el gobrnador
francés de Canadá confió en 1738 al explorador y traficante en pieles De
La Verandrye la misión de llegar hasta aquel misterioso pueblo. Esta
persona llegó al destino marcado y fue el primer europeo que conoció a
los mandanes, y sus informes produjeron sensación. Dice De La
Verandrye: esta tribu es en parte de piel blanca y en parte de piel
roja Las mujeres son de muy buen ver, especialmente las blancas, muchas
de las cuales tienen hermoso cabello rubio. Tanto los hombres como las
mujeres son muy laboriosos y amigos del trabajo. Sus casas son grandes
y espaciosas, distribuídas en habitaciones por medio de planchas de
madera. Nada yace abandonado, pues todos los objetos se guardan en
grandes bolsas colgadas de postes. Los hombres son de elevada estatura,
robustos y animosos, de buen porte y facciones agradables.
Otro estudioso de este pueblo fue el pintor y explorador norteamericano
George Catlin, quien observó a los mandanes a principios del siglo XIX,
y dice al respecto lo que sigue. Los notables usos y costumbres de los
mandanes, así como su aspecto exterior, suministran a mi juicio la
prueba irrefutable de que se han originado en la fusión de un pueblo
civilizado con indios. ¿ No nos hallaríamos ante los descendientes de la
colonia galesa del navegante Madoc ? La historia nos dice que partió con
diez barcos con objeto de colonizar un país que había descubierto a
occidente del océano. Puede seguirse su viaje hasta la desembocadura
del Misissipi o hasta las costas de Florida, pero su destino posterior
está en impenetrables tinieblas.
No vemos por qué no puede admitirse la hipótesis de que aquellos
colonizadores, con sus diez naves o las que aún les quedasen, remontasen
el río Misissipi y luego su afluente el Ohio, río muy ancho y tranquilo,
hasta llegar a una región de tierra fértil donde se establecieron,
dedicándose a la agricultura y no tardando en crearse una existencia muy
floreciente. El bienestar que este trabajo generó provocó la envidia de
numerosas tribus vecinas más salvajes, siendo atacados y sitiados por
ellas. Para protegerse contra esas agresiones construyeron obras de
fortificación, inspiradas sin duda en técnicas de pueblos civilizados,
cuyas ruinas se encuentran hoy en los bordes del Ohio y Muskingum, donde
al fin perecieron todos..
Posteriormente al Descubrimiento, y en plena etapa de exploración, se
informó con frecuencia haber identificado vocablos galo-celtas en las
lenguas indias e incluso se ha dicho que ha sido posible entenderse
bastante bien con ciertas tribus indias sirviéndose del galés, (hoy solo
hablado en Irlanda y ciertas comarcas de Gales) . De Carolina se dice
explícitamente que entre los primitivos habitantes galeses se conservaba
un vivo recuerdo de los viajes de su héroe fundador Madoc.
Se contaban en Londres las aventuras de un tal Jonas Morgan, quien en
1685 cayó en Virginia prisionero de los indios Tuscarora y por hablar
galés no le arrancaron el cuero cabelludo, sino que lo trataron muy
bien. Permaneció con los Tuscarora cuatro meses, entendiéndose con
ellos sin dificultad en lengua galesa.
LOS VIKINGOS
Y llegamos así al pueblo europeo establecido en América de quien tenemos
las crónicas más completas.
Islandia fue colonizada inicialmente desde Noruega y se cuenta que un
tal Ingolf hizo su primer desembarco en la isla por 870 D.C. y tomó
posesión de tierras que entonces estaban cubiertas de bosques entre
montaña y costa. En las regiones costeras, principalmente las del sur y
sudoeste, se encontraban por doquier magníficos prados con hierbas más
jugosas y grasas que en la misma Escandinavia. En los fiordos
resguardados podían plantarse huertos que prosperaban no menos que en
Noruega.
Ello impulsó un traslado de escandinavos a establecerse en Islandia, en
parte por motivos ecológicos (superpoblación de Noruega), en parte por
motivos políticos, escapando a la dominación del rey Harald el Rubio.
Hacia el año 1000 contaba ya la isla con 20.000 a 30.000 habitantes,
dejando deshabitados poblados enteros, tanto que para impedir la
despoblación de Noruega gravóse la emigración con un impuesto en
concepto de huída del reino.
Entre 900 y 930 un hombre llamado Gunbjorn, que navegaba de Noruega a
Islandia, rebasó su destino y avistó una tierra nueva, con islas
satélites en el oeste.. No desembarcó, pero volviendo atrás llegó a
Islandia y relató lo visto, quedando su crónica incorporada a la
historia.
Unos 70 años después, un colono irascible y pendenciero, llamado Erik el
Rojo, provocó en disputas la muerte de dos oponentes y fue condenado por
el Consejo a salir de Islandia por tres años. En la primavera de 982
Erik el Rojo abandonó la isla y tomó rumbo al oeste en busca de una
tierra desconocida en medio del mar, apenas avistada décadas antes, y
empleó los tres veranos de su destierro en explorar cuidadosamente esa
tierra nueva y así, al regresar a Islandia ya expirado el plazo del
exilio, sabía muy bien que era habitable y hasta le dio un nombre que
indicaba ese concepto. La llamó Groenlandia, que significa “Tierra
verde”. El relato de Erik estimuló a muchos aspirantes a acompañarle y
ese verano salieron 25 barcos con destino a Groenlandia, probablemente
todos tipo knorre o mercantes. Esto hace estimar que debieron
transportar unas setecientas personas, más un gran cargamento de ganado
y ajuar doméstico.
Las colonias de los normandos, ganaderos y campesinos más que pescadores
y cazadores de focas, se asentaron en lo profundo de los fiordos, que
eran las zonas más favorecidas climáticamente. Sus ángulos más
recónditos se hallaban protegidos de los vientos por elevadas murallas
de rocas y por consiguiente sus temperaturas eran varios grados
superiores a las de tierras abiertas y permitían el verdor de los prados
de hierba que inspiraron el nombre Groenlandia (tierra verde). Estos
prados constituían una necesidad apremiante para los germanos nórdicos,
ya que su dieta constaba principalmente de queso, leche y carne. No
daba en cambio, el corto verano para hacer madurar cereales, por lo que
la mayor parte del país ignoró lo que es el pan y no lo vio nunca.
Otra cosa muy importante faltaba: madera. Mientras en Islandia había
bastante arbolado en la época de su colonización, en Groenlandia no
crecían sino unos pocos y raquíticos abedules, a los que podrían añadir
los troncos flotantes que la corriente polar acarreaba desde Siberia.
pero con eso no alcanzaba para construirse embarcaciones. Es muy
probable que Erik el Rojo se dió cuenta de esta falla, pero él era ante
todo campesino y ganadero, no marino. Quizás confiara también en que
fuera fácil traer madera desde Islandia o Noruega y no sospechó lo fatal
que podía llegar a ser la falta de este material, y se metió por ello en
un callejón sin salida.
Al principio, y mientras hubo comunicaciones regulares con Islandia y
Noruega, la situación no llegó a preocupar, ya que el necesario
suplemento de vegetales quedaba asegurado por la importación, y la
población escandinava de Groenlandia llegó a ser bastante densa. En el
interior de los fiordos, los valles más pequeños aparecían ocupados por
granjas; allí donde había unas hectáreas de pastos se establecía un
campesino vikingo. Se calcula que en toda Groenlandia existían unas
doscientas ochenta granjas, y el número de habitantes debió elevarse a
la cifra de tres mil.
En el mismo verano en que la flota de Erik partió para
Groenlandia, Bjarni, hijo de Herjulf, uno de sus camaradas, retornó a
Islandia como capitán de un barco que había pasado el invierno en
Noruega, y encontróse allí con que sus padres se habían ido y decidió
seguirlos. Navegó hacia el oeste, pero antes de llegar a destino fue
desviado por un fuerte viento del norte y avistó tierra con bosques y
pequeñas colinas. Siguió navegando y volvió a avistar una tierra llana
y cubierta de bosques y aún no reconoció en ella la Groenlandia que
buscaba, porque faltaban los fiordos que las crónicas le adjudicaban.
Por ello siguió navegando con rumbo más al norte y finalmente llegó a la
naciente colonia, donde se estableció junto a sus padres. Sus relatos
sobre la costa recorrida constituyen la primera crónica de avistamiento
por un europeo del continente americano.
Quince años más tarde, Leif, hijo de Erik el Rojo, fundador
de la colonia, le compró el barco a Bjarni y se lanzó hacia el sur a
explorar la tierra desconocida. Encontró el territorio llano y cubierto
de bosques, con grandes extensiones de arena y cuya orilla bajaba
suavemente hacia el mar. Dijo entonces Leif: “este país debe tener un
nombre que esté en correspondencia con su aspecto, por lo que le
llamaremos Markland, es decir país de bosque”. Siguieron navegando a lo
largo de la costa hasta que encontraron un lugar, a orilla de un lago,
en que decidieron establecerse para invernar. Construyeron casas de
piedra y adoptaron la rutina de salir en expediciones cortas para
reconocer el país, dándole un nombre a la población, a la que
denominaron LEIFBUDIR. En una de esas correrías se descubrió con gran
sensación, plantas de uva silvestre, con frutos, lo que motivó se diera
a ese país el nombre VINLAND, es decir “tierra de la vid”.
En la primavera, cargado su barco con uvas y madera, volvieron a
Groenlandia, donde el relato de la expedición causó sensación, a tal
punto que al año siguiente Thorwald, hermano de Leif, organizó otra y
alcanzó la localidad de Leifbudir. Pero, Thorwald no volvió a su patria
pues en el curso de hostilidades con los indígenas murió atravesado por
una flecha.
Estos primeros viajes fueron seguidos por otros, en busca principalmente
de madera, imprescindible para la construcción de casas, los espaciosos
establos, las iglesias y para obrar ataúdes. Mientras casi todos los
demás objetos de madera fueron destruídos, los féretros se conservaron
bastante bien en el suelo helado de Groenlandia. Al examinarlos pudo
verse que la mayor parte de la madera empleada no procedía de Noruega, y
debió traerse de Markland. Pero, a pesar de los frecuentes viajes de
acarreo, no parecen haberse realizado tentativas de colonización en un
lugar cuyo clima no era más benigno que el de los fiordos de Groenlandia.
En Vinland, más al sur, las condiciones eran mucho más atractivas y cabe
suponer que los normandos trataran de asentar su pie en ella, pero los
choques bélicos con los indígenas desanimaron esas iniciativas, ante una
perspectiva de vida siempre intranquila y peligrosa a causa de los
naturales.
La colonia groenlandesa sobrevivió hasta comienzos del siglo XVI, y las
causas de su declive han sido objeto de numerosas conjeturas. Era la
más remota avanzada septentrional de la civilización europea, y su
extinción en unas playas lejanas de un país casi olvidado, en unas
condiciones climáticas cada vez peores, ha sido considerada por muchos
de los que la estudiaron la tragedia más conmovedora en que se haya
visto envuelta una colectividad nórdica.
Las comunicaciones regulares con Noruega se interrumpieron,
al parecer a partir de 1369, realizándose a partir de ahí viajes
esporádicos de naves mercantes o pescadores desviados por tempestades.
Parece que la Hansa envió algunos navíos desde Hamburgo a realizar un
comercio que, legalmente, estaba prohibido por la corona danesa que
dominaba en Escandinavia. La Iglesia Católica por su parte, mantuvo el
interés por esta región hasta el final. Primero misioneros y luego
sacerdotes extendieron y mantuvieron la fe cristiana desde el año 1000,
y en el año 1112 fue consagrado y se hizo cargo el primer obispo, el
islandés Erik Gumpson. El 2º obispo, Arnaldr, llegó en 1126 y luego,
sucesivamente, se nombraron otros. Contigua a la residencia del obispo
se erigió una iglesia catedral y a poca distancia, no tardaron en
levantarse conventos. En sus mejores tiempos Groenlandia pudo hacer
gala de un convento de frailes y otro de monjas, aparte de 16 iglesias y
capillas, signo todo ello de la prosperidad que debió reinar en aquella
avanzada del hombre blanco.
Pero el camino para ir a Groenlandia era largo, las circunstancias
difíciles y las condiciones de vida duras para los dignatarios
eclesiásticos. Así, se encuentra que ya a mediados del siglo XIV no
residió ningún obispo allí, y poco tiempo más tarde, cuando en 1377
murió el obispo Alf, fue el último que pisó tierra de Groenlandia. No
obstante, la iglesia de Roma no olvidó a aquellos fieles y, en 1492, el
Papa Alejandro VI designa obispo al monje benedictino Mathías, quien no
pudo hacerse cargo de su diócesis por falta de transporte. Todavía en
1520 el Papa León X nombró obispo de Groenlandia a Vicentinus Pedersen
Kampe, confesor del rey de Dinamarca Cristián II, quien prometió
formalmente aparejar un barco para trasladar al nuevo prelado a su
destino. Pero, diversos motivos impidieron cumplir esa promesa, y
cesaron las referencias a Groenlandia.
Seguramente el último europeo que haya visto a un vikingo groenlandés,
aunque cadáver, fue el capitán islandés John, que hacía la travesía
Hamburgo Islandia, y quien en 1540 relató lo siguiente. “Habíamos sido
desviados por una galerna y tocamos Groenlandia. El buque entró en un
fiordo con numerosas islas, ocupadas por esquimales, y temiendo
desembarcar allí continuamos hasta una isla pequeña, apartada y
desierta, donde encontramos casas de barcas y muros de piedra idénticos
a los existentes en Islandia. Vieron también un hombre muerto, tendido
cara al suelo. Llevaba en la cabeza una capucha bien cosida y el resto
del vestido era de frisa y pieles de foca.. A su lado había un puñal
curvo con su vaina, muy mellado y desgastado por las muchas veces que
fue afilado. No habiendo visto ningún otro, debemos suponer que este
fue el postrer normando, quien por eso no pudo ser sepultado”.
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