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EL AÑO DE 1810
El año 1810 significó para España la pérdida casi total de
su territorio en manos de la Francia napoleónica. La Junta de Sevilla
dejó paso al Consejo de Regencia que debió instalarse en Cádiz y durante
un tiempo la acefalía política fue una sensación concreta. En las
colonias americanas estos hechos permitieron el surgimiento de las
aspiraciones de los criollos para formar gobiernos locales, mientras se
esperaba la evolución de los acontecimientos en Iberia.
En México el proceso derivó en una cruenta guerra
civil, mientras que en los virreinatos de Sudamérica no se llegó a
tanto, aunque la caída de la corona terminó por socavar la legitimidad
de las autoridades coloniales. A lo largo de ese año, Caracas,
Cartagena de Indias, Buenos Aires, Bogotá, Quito y Santiago de Chile
formaron juntas revolucionarias que trataron de legitimar su poder sobre
los espacios jurisdiccionales heredados de la administración española.
Pero los criollos peruanos cerraron filas con las autoridades del
virreinato ante el temor de la insurrección de la masa indígena, y en
consecuencia Perú se convirtió en el bastión realista que tomó a su
cargo la tarea de combatir los distintos focos de emancipación.
Las proclamas a través de las que se pronunciaron
los ayuntamientos americanos mostraron a las claras que los franceses no
tenían la más mínima posibilidad de ganarse la adhesión de las colonias
de España. Tampoco la Infanta Carlota Joaquina logró ser aceptada, y en
el Río de la Plata se la sospechaba más como agente al servicio de la
corona de Bragança que como fiel suplente de su hermano Fernando VII.
Inglaterra, por su parte, si bien cobijaba a criollos revolucionarios en
Londres, no iba más allá de lo que le imponía su condición de aliada
circunstancial de España en el teatro europeo.
El proceso de
emancipación ocurrido en estas regiones fue similar al que, con
excepción de Cuba y Puerto Rico, se dio durante una década y media en el
resto de la América Hispana. Porque si el proceso del descubrimiento,
la conquista, la población y la colonización de América no tardó más de
medio siglo en concretarse, la disolución de los vínculos que unían al
Nuevo Continente con la Madre España solo demoró quince años.
BUENOS AIRES
El Movimiento de Mayo de 1810 en Buenos
Aires comenzó el día 14 de ese mes, con el arribo de una fragata
británica portadora de la mala noticia que se temía desde varios meses
atrás: la caída total de la España europea en manos de las tropas
francesas de Napoleón Bonaparte.
Una revisión superficial de los
acontecimientos de ese Mayo da la impresión de que todo el movimiento no
fue más que un evento oratorio, un juego dialéctico entre quienes
presionaban hacia un cambio y aquellos que querían evitarlo. En algún
sentido fue así, y los bonaerenses se enorgullecieron durante años de lo
incruento de la revolución. Pero detrás de las ideas, estaba la
realidad innegable de que los partidarios de derrocar al virrey eran
quienes tenían la fuerza, quienes controlaban los regimientos criollos
que se habían formado para enfrentar las invasiones inglesas. Además,
este grupo contaba con un núcleo de activistas capaces de movilizar al
pueblo, herramienta con la que no contaban los fieles a la corona.
El Movimiento de Mayo mostró dos características
casi únicas respecto a sus similares del resto de América: por un lado
un pronunciamiento ordenado para lograr un cambio sustancial en el
virreinato; y por otro lado las condiciones objetivas que harían
inevitable ese cambio.
Todo estaba dado en esta parte de
América para cortar los vínculos con la Madre Patria. En primer lugar,
España había demostrado que económicamente no podía seguir ejerciendo el
rol de la metrópolis, porque no tenía capacidad para abastecer a sus
colonias de los bienes y mercancías que necesitaban, ni tampoco podía
absorber la producción primaria que estas generaban (es que la lógica de
la realidad embestía con el libre comercio, cuyo principal protagonista
era Inglaterra). Segundo, la relación de dependencia de España quedó
prácticamente pulverizada por las invasiones inglesas, cuando desde
Madrid nada se hizo por defender las colonias de un ataque externo y en
consecuencia habían sido los habitantes de la Banda Oriental y de Buenos
Aires quienes expulsaron al invasor británico para el beneficio de un
trono indolente e indiferente a sus súbditos de esta parte del mundo.
Eso dejó en el virreinato una cierta sensación de seguridad en la fuerza
propia, de no necesitar ya de tutelas europeas. Por último, la crisis
dinástica derivada de la sustitución de los Borbones por los Bonaparte
presentó a esta última ante los criollos como una dinastía usurpadora de
los legítimos derechos de la corona derrocada, y por tanto la fidelidad
a la nueva casa reinante no tenía fundamento, ni muchos adherentes.
A estos tres factores se le pueden
sumar otros que operaban en silencio desde algún tiempo atrás, como la
impuesta superioridad de los venidos de España sobre los criollos
ilustrados en las funciones públicas y el clero, o el breve intervalo de
libertad comercial y de prensa que se dio entre las dos invasiones
inglesas, que llenó de mercaderías más baratas y de mejor calidad las
plazas de Buenos Aires y Montevideo, al tiempo que permitió la expresión
abierta de opiniones e ideas. Todos esas situaciones y tendencias
irrumpieron juntas y con empuje avasallador en mayo de 1810, formando
las condiciones objetivas adecuadas para que se gestara la revolución.
LOS HECHOS
Como se ha dicho, el 14 de mayo llegó
la noticia de la rendición de Gerona, la caída de Sevilla, la disolución
de la Junta Central, la huída de algunos de sus miembros a la Isla León
(Cádiz), y la instalación de un Consejo de Regencia como órgano de
gobierno del reino. Confirmada la noticia cuatro días más tarde, el 18,
al arribo de otro buque, el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros publicó
una proclama que informaba lo ocurrido y pedía tranquilidad a los
puebles del virreinato, prometiendo no tomar ninguna resolución sin
consultar a los representantes de las ciudades.
Sin embargo, ese documento impulsó la reunión al
día siguiente de los primeros revolucionarios: Rodríguez Peña, Castelli,
Chiclana, Moreno, Belgrano, Alberti y Saavedra, este último Comandante
del Regimiento de Patricios. Del encuentro surgió la movida inicial de
un proceso que inevitablemente llevaría al cambio del sistema virreinal:
convocar un Cabildo Abierto.
El 21 se propuso reunir “.... la parte más
sana y principal de la ciudad ....” en los salones capitulares
para escuchar las opiniones, cosa que el virrey aceptó pero bajo la
condición de que la asamblea tuviese como propósito asegurar la
fidelidad a la corona en la persona de Fernando VII, al tiempo que
instruyó a cabildantes adeptos para darle largas al asunto y así ganar
tiempo en espera de un aquietamiento de la efervescencia popular. Esto
fue tan solo una expresión de deseo de Cisneros, y en eso quedaría, ya
que esa misma tarde una turba de unos 600 jóvenes armados, liderados por
Domingo French y Antonio Beruti, “los chisperos”, exigieron la inmediata
convocatoria al Cabildo Abierto. Para calmar los ánimos, rápidamente se
dispuso su realización, emitiéndose 450 invitaciones.
El 22 de mayo por la mañana se presentaron 251
personas, entre ellas 59 comerciantes, 17 abogados, 27 religiosos y 63
militares. No asistieron 199 invitados, algunos aduciendo razones de
salud, pero los más (en su mayoría personas mayores de inclinación
monárquica) por intimidación de seguidores de los chisperos.
El acto se abrió con un discurso que expresaba la
opinión preparada para la ocasión por un Cabildo afecto al virrey,
planteando la posibilidad de cambios moderados en la administración
colonial a través de un sistema que exigiera la consulta a las
provincias interiores. Luego le siguieron las distintas opiniones de
los presentes, aunque muchos percibieron que estos debates serían
importantes pero estériles, porque la suerte de Cisneros ya estaba
decidida. Y el propio virrey lo sabía. Dos días antes había recibido a
los jefes militares para tratar la situación, ocasión en la que algunos
le plantearon la inevitable necesidad de su renuncia, mientras que los
restantes no le garantizaron apoyo si permanecía en el cargo. O sea que
si del Cabildo no salía la decisión de deponer al virrey, lo harían los
jefes de los regimientos criollos, quienes ya no le reconocían
autoridad. Pero el marino español no se daría fácilmente por vencido, y
a través de los cabildantes prosélitos procuraría una fórmula de salida
que asegurara su continuidad.
Si bien la sensación que flotaba en los salones del
Cabildo era que el tiempo del virreinato estaba próximo a expirar, la
discusión del 22 de mayo fue fundamental para el futuro porque
proporcionó los argumentos jurídicos del cambio del sistema de gobierno,
y estableció las condiciones del nuevo poder que finalmente surgiría al
eliminar la figura autoritaria del virrey. Dos ideas fuerza emergieron
del debate: la caducidad del gobierno vigente, puesto que la Junta
Central había sido disuelta y el Consejo de Regencia carecía de
legitimidad; y la reversión de la soberanía en el pueblo de Buenos Aires
para la designación de un nuevo gobierno. Aunque esta segunda idea (que
cesada la autoridad legítima, el pueblo puede recomponerla por su
voluntad) era aceptada en la doctrina escolástica española, en la
Ilustración y en la filosofía racionalista, convertirla en un hecho fue
algo realmente revolucionario. Pero tuvo un punto débil cuya sombra se
magnificaría más adelante: en el Cabildo Abierto solo estaba
representado el pueblo de Buenos Aires.
El devenir de los debates definió tres corrientes
de opinión: la españolista, la revolucionaria y una intermedia entre
ambas. Al final de las discusiones, el curso de acción a votarse quedó
redactado como una pregunta sobre si debía crearse otra autoridad por
encima de la del virrey. Noventa y dos asistentes votaron por sí (es
decir, desplazar a Cisneros), sesenta y seis por mantener la figura del
virrey como máxima autoridad, y sesenta y seis por la opción intermedia,
o sea crear una figura legal de igual nivel al virrey. Fue un empate
virtual y se dejó en manos del Cabildo el resolver la cuestión.
El 24 de mayo el Cabildo interpretó que el
resultado de la votación del 22 sería la formación de una Junta de
Coalición, presidida por el virrey. Junto con Cisneros gobernarían Juan
José Castelli, ex abogado de la Real Audiencia y vocero de los
revolucionarios; Cornelio Saavedra, el jefe militar criollo más
conspicuo; Juan Solá, cura de Monserrat y líder de los moderados; y José
Santos Incháurregui representando a los comerciantes. Fue una
inteligente solución intermedia, pero sin futuro, porque el ambiente en
Buenos Aires no era propicio para tolerar la continuidad de Cisneros.
Al atardecer de ese día Castelli y Saavedra renunciaron a sus cargos.
El virrey interpretó claramente que esos dos alejamientos, en particular
el del Coronel, provocarían irremediablemente la caída de la Junta
entera, y a las 20.00 horas del 24 de mayo firmó su renuncia y la
remitió al Cabildo. El cuerpo, que se encontraba en una especie de
sesión permanente, resolvió considerarla al día siguiente.
Los eventos del 25 son por todos conocidos. El
Cabildo se reunió en la lluviosa y fría mañana con varios centenares de
personas agrupadas frente al edificio. Al finalizar la jornada el
sistema virreinal español en Buenos Aires había desaparecido para
siempre. En su lugar emergió una Junta de Gobierno presidida por el
Coronel Cornelio Saavedra, el jefe del virtual partido militar, hombre
hierático y callado que gozaba de gran prestigio, aunque después el
proceso revolucionario no fuera benevolente con él. A su lado
acompañaban dos secretarios: Juan José Paso, carlotista, y Mariano
Moreno, amigo de Martín de Álzaga, ambos abogados de sólida formación
intelectual. Los vocales: Juan Larrea y Domingo Matheu, importantes
comerciantes españoles radicados en Buenos Aires; Juan José Castellii y
Manuel Belgrano, también abogados, que en su momento coquetearon con las
aspiraciones de la Infanta Carlota; Miguel de Azcuénaga, brigadier
vinculado a los sectores altos de la burguesía porteña, y el sacerdote
Manuel Alberti, ex párroco de la Banda Oriental y portador de las
aspiraciones del bajo clero criollo..
El equilibrio de las fuerzas sociales de esta
Primera Junta no fue fruto de la casualidad ni de los designios de una
potencia extranjera, sino de un virtual acuerdo de partidos, forzado
quizá por los jefes militares para aprovechar la debilidad de los
comprometidos con el realismo. Un gobierno de coalición suele ser una
buena salida para las situaciones complejas, pero a la corta o a la
larga las tensiones internas y los intereses de grupo aflorarán
impidiendo su funcionamiento. Y esto fue precisamente lo que le ocurrió
a la Primera Junta, aunque ese punto no corresponde a esta evocación.
SIGNIFICADO DEL 25 DE
MAYO DE 1810
Los hechos del 25 de mayo de 1810 en
Buenos Aires fueron de vital importancia para el devenir de los
acontecimientos futuros.
Lo primero a destacar, aunque sea
reiterativo, es que se trató de un movimiento pacífico, donde no se
registraron expresiones de violencia más allá de las muy generales del
malestar propio del pueblo con los hasta entonces dueños del poder.
Esto dio una gran autoridad a la Primera Junta, que mucho pesó al
momento de obtener el reconocimiento de la legitimidad del nuevo régimen
por parte de otros gobiernos. El virrey no había sido derrocado por la
fuerza, no habían existido tumultos, alteraciones ni conmoción social
alguna, no se habían producido detenciones de personas y por tanto no
existían presos, se habían debatido los acontecimientos ocurridos en
España con tranquilidad y en el foro adecuado (el Cabildo), el pueblo se
había pronunciado, las fuerzas militares habían acatado, y el
representante de una autoridad real que no existía había renunciado a su
cargo. Nada que se pudiese reprochar al Movimiento de Mayo.
Pero la relativa armonía que había
enmarcado al cambio de sistema de gobierno no podía ocultar la gravedad
de la decisión impuesta por el pueblo y aceptada, de buen o mal grado,
por el Cabildo de Buenos Aires. Se había desplazado al representante de
la corona española, al funcionario que encarnaba la legitimidad del
poder. Sin embargo, ese proceso no era nuevo en estos lares. En 1806
la Audiencia había suspendido del ejercicio de sus funciones al virrey,
Marqués de Sobremonte, pero esto sucedió como consecuencia directa de su
infeliz y cobarde conducta ante las invasiones inglesas. Además, esa
misma Audiencia había encargado a Santiago Liniers el mando de las
fuerzas para enfrentar los invasores. También es cierto que en 1809 la
frustrada asonada de Martín de Álzaga pretendió derrocar a Liniers con
cierta complicidad del Cabildo, pero debe tenerse presente que para
muchos porteños el virrey provisorio era sospechoso de ser agente de
Napoleón.
Los eventos del 25 de Mayo de 1810
fueron distintos. Se había separado del cargo al representante de una
corona que no se sabía quien la ceñía ni donde aposentaba sus reales. Y
se lo había remplazado por un cuerpo colegiado designado por un Cabildo
cuya autoridad provenía del pueblo. Y aún cuando la teoría de la
reversión de la soberanía fuera aceptable para juristas e intelectuales,
del dicho al hecho había un gran trecho, una cosa eran presentarla en
los papeles y otra muy distinta era prever y adelantarse a las
consecuencias políticas de su aplicación, principios que después, en los
hechos, fueron aplicados por las gobernaciones del interior para
desligarse de la subordinación a Buenos Aires. Sin duda, un efecto
ultraintencional, y como tal no previsto, derivado de las buenas
intenciones de sus mentores.
Los tiempos que abrió la Revolución de
Mayo fueron inciertos y fascinantes. La aplicación de las nuevas ideas
quedó preñada de consecuencias entonces imprevisibles. Es posible que
algunos de los hombres de mayo intuyeran que esos cambios conducirían
inevitablemente a la independencia. Otros acaso esperaban que pasadas
las primeras pasiones libertarias se reformularía un marco nuevo de
relacionamiento con España. Pero de lo que nadie pudo dudar fue que se
abría una época totalmente diferente, y que ya nada volvería a ser como
antes.
Otra circunstancia peculiar del proceso
de Mayo lo constituye el grupo humano que adquirió el poder. La enorme
mayoría eran criollos, algunos de primera generación y otros con raíces
más antiguas. Tres de ellos (Belgrano, Beruti y Castelli) ni siquiera
tenían ascendencia hispana, eran hijos de itálicos. Todos eran jóvenes
y casi ninguno contaba con experiencia en la administración colonial ni
en la función pública. No tenían ensamble de equipo, lo que los hacía
un cuerpo de comportamiento imprevisible. Fueron los protagonistas de
un fenómeno político muy diferente a los lentos procesos de la
burocracia colonial española. No obstante, asumieron la responsabilidad
de llevar adelante el cambio, en una etapa marcada por dificultades y
riesgos enormes.
A partir de ese 25 de Mayo de 1810 todo
estaba para empezar. Se anunciaba un proceso de singladuras llenas de
incógnitas. Para algunos, es posible que esas jornadas de otoño hayan
significado un simple cambio de gobierno. Pero la historia se encargó
de mostrar que esos días abrieron paso a una transformación profunda y
definitiva de hombres, ideas, doctrinas y métodos, cambios que avanzaron
de manera dispar, al largo o de bolina, pero que no tuvieron retroceso,
y que finalmente articularon los procesos de emancipación de los pueblos
del extinto Virreinato del Río de la Plata primero, y, con esa fuerza
que solo las ideas tienen, transportarse a la vasta cuenca del Pacífico
sudamericano para allí germinar, expandirse y fructificar.
Ese es quizá el más importante
significado del 25 de Mayo de 1810.
REFERENCIAS
Ø
LUNA, Félix; “La independencia
argentina y americana (1808-1824)”, Tomo II de la Colección
“Momentos Clave de la Historia Argentina”, editado por diario La
Nación, Buenos Aires, 2004.
Ø
IBÁÑEZ, José Cosmelli; “Historia
Argentina”, 13º Edición, Editorial Kapeluz, La Plata, 1968.
Ø
“Historia de América Latina”
Volumen I, “Desde los orígenes hasta 1870”, Departamento de
Historia del Colegio Nacional de Buenos Aires, Universidad de Buenos
Aires, Editorial La Página, Buenos Aires, 2002.
Ø
HIGA, Jorge; “Jaque al Virrey”,
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2000.
Ø
CASTELLI, Jorge; “Las campanas de
la revolución”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2003.
Ø
PALERMO, Pablo Emilio; “Cornelio
de Saavedra, el hombre de Mayo”, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 2003.
Ø
O’DONNELL, Mario “Pacho”;
“La historia argentina que no nos contaron”, 3º Edición, Editorial
Sudamericana, Buenos Aires, 1998.
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