Introducción
Las carabelas, por lo menos en su génesis, se las vincula con
embarcaciones de origen árabe, el cárabo, que se caracterizaban por
tener casco con una sola cubierta, popa levantada y dos palos o
mástiles, en las que los moros surcaron las aguas del Mediterráneo en
actividades comerciales y de pesca.
Con el transcurso del tiempo los portugueses les fueron introduciendo
modificaciones, reforzando los cascos, aumentando su arboladura y
disponiendo el velamen de forma de ceñir el viento a los tres cuartos.
Estas embarcaciones fueron las que les permitieron a los lusitanos
realizar expediciones marítimas a las costas africanas, y abrir el
camino a las Indias Orientales, doblando el Cabo de Buena Esperanza.
Los españoles, mas tarde, con ellas alcanzarían el “Nuevo Mundo”, para
luego lanzarse a su colonización.
Las carabelas fueron usadas durante dos siglos, entre los años 1450 y
1650, existiendo dentro de sus características generales importantes
modificaciones particulares en cada una de las naves.
En el caso de las tres carabelas usadas por Colon en su primer viaje, se
dice que esta armada estaba integrada por dos carabelas y una nao. Al
respecto es conveniente aclarar que si bien la palabra nao de uso
corriente, y que proviene del griego naus, sinónimo de nave, barco,
embarcación; en el tiempo de las carabelas, se designaba así a una
embarcación de estas, pero de “superior alargamiento” y fundamentalmente
que poseía castillo en la proa, así era la SANTA MARÍA.
Con relación a los naufragios de las carabelas, los mismos acaecieron en
las costas del “Nuevo Mundo” con relativa frecuencia, a partir del de la
mismísima SANTA MARÍA, cuando la ampolleta molió por segunda vez en la
guardia, indicando que el Día de Navidad del año 1492 había comenzado.
En general, se puede decir, que la mayoría de los naufragios fueron
producto de graves errores humanos o por el desconocimiento de las
características de las costas en proximidades de las cuales se navegaba.
A continuación se narran tres naufragios de carabelas; el de la nave
capitana de la expedición de Gaboto, acaecido en la isla de Santa
Catalina, en tanto los otros corresponden a los dos primeros naufragios
que se tiene noticias ocurrieron en proximidades de la boca del Río de
la Plata. Uno de ellos, el de la carabela al mando de Alonso Riquelme de
Guzmán, es el primero registrado sobre la costa del Cabo Santa María,
hoy Punta del Este.
NAUFRAGIO DE LA CAPITANA “SANTA MARÍA DE LA CONCEPCIÓN”
La expedición de Sebastián Gaboto, que partió de la bahía de San Lucar
de Barrameda, y cruzó la barra el 3 de Abril de 1526, también sufrió la
pérdida de una de las carabelas que la integraba. El naufragio que
experimentó la expedición fue el de la nao capitana SANTA MARÍA DE LA
CONCEPCIÓN, en la isla de Santa Catalina, así bautizada por el propio
Sebastián Gaboto, y cuyo nombre dio además a una galeota que hizo
construir en el lugar, y que luego también se perdiera en aguas del Río
Uruguay al mando de Juan Álvarez Ramón.
El nombre de Santa Catalina fue impuesto por Gaboto en honor a su mujer,
Catalina de Medrano, la que además ejercía sobre él un raro dominio, al
igual que Miguel de Rifos, quienes “mandaban y hacían todo a su antojo”
(Medina V.I.p99). Al respecto, se descarta que dicho nombre fuese
aplicado en memoria de Santa Catalina mártir de Alejandría, por cuanto
la fecha de su festividad es el 25 de noviembre, y Gaboto llegó a la
Isla el 28 de octubre.
Asimismo, la punta sur de la isla Santa Catalina, se conoce como “Punta
de los Naufragados”, en recuerdo del hundimiento de la carabela SANTA
MARÍA DE LA CONCEPCIÓN, pese a que algunos autores actualmente,
atribuyen dicho topónimo, al naufragio de dos embarcaciones tripuladas
por 250 azorianos en el año 1753, de los cuales sobrevivieron solo 77.
Aquí cabe aclarar, que el naufragio de la capitana, ocurrió como
resultado de haber previamente perdido el batel, y así lo relata en la
carta dirigida a su padre, el tripulante Luis Ramírez.
La carta fechada el 10 de julio de 1528, en San Salvador figura en los
Documentos de Prueba, Vol. I, pp.259-291, de Francisco Bauzá, y se
conserva actualmente en la Biblioteca del Escorial. Esta carta
publicada por Bauzá, también fue transcrita por Eduardo Madero en
Historia del Puerto de Buenos Aires, 3°. Edición, pero quien primero dio
a conocer esta carta de Ramírez fue Varnhagen en la Rev. Do Inst.
Histórico y Geográfico Brasileiro, Vol. XV. Según la misma, el batel se
perdió en Cabo Frío, cuya situación es omitida, durante un gran
temporal, y así lo expresa su autor:
“.… vino una agua tan grande que hera maravilla que parecía que todo el
mundo se venia á bajo, lo que nos puso gran espanto principalmente
después que las
naos comenzaron a jugar por las grandes olas que la mar con el gran
viento, á que ponía gran espanto a los que lo miraban porque la nao
andaba de tal manera a una parte y a otra que hacía entrar en las dichas
naos mucha abundancia de agua, que a lo menos para nosotros las personas
que nunca habíamos navegado, nos puso en tanto aprieto e congoja
como…pensamos ver y aún a los diestros marineros experimentados en las
tales tormentas pensaron se esta la postrera que los atormentara, por
las naos benir muy embarazadas, a las naos desicieron algunas obras
muertas por darles mas alivio; la nao capitana perdió el batel que traía
por popa .…”
Luego en la carta hace referencia al encuentro con quince cristianos,
náufragos de una de las naos de la expedición desbaratada en el
Estrecho, al mando del Comendador Loaysa, y muy especialmente con dos de
los náufragos de la expedición de Solís, Enrique Montes y Melchor
Ramírez, que tanto influyeron para cambiar el rumbo de la expedición.
Y desde este puerto de los Patos*, como los mismos llaman al lugar,
continúa la carta con el relato del naufragio de la capitana.
*…. El Puerto de los Patos, estaba ubicado en la desembocadura del
pequeño Río Massiambu, sobre la costa continental, por frente de la
punta S. de la isla Santa Catalina, en el lugar hoy conocido como Passo
do Masiiambu en los 27°50’ lat.Sur. E por la mucha necesidad que de
batel había para la dicha nao capitana se les preguntó si había por ay
cerca alguna montaña hubiese buena madera para donde el dicho batel, y
respondieron que allí junto a dó estabamos surtos tras aquella montaña
alta había mui buen lugar, y luego el Sñr. Capitán General mandó ir a
sondar la entrada y puerto á un Piloto y un Maestre las dos personas en
tal caso mas sauias y de quien mas crédito en este caso se hubieses de
dar: los quales vieron la dicha canal y la sondaron, y vuelto dijeron al
Sñr. Capitán General como lo habían todo sondado, y que podían entrar
las naos mui bien y sin ningún peligro; lo qual pareció al contrario,
porque como la nao capitana se hizo á la vela de adonde estaba surta en
domingo día de San Simón y Judas que fueron 28 de octubre del dicho año,
al pasar que quiso para entrar tras la montaña, la dicha nao capitana
tocó en un bajo, y luego se trastornó a la una vanda, de manera que no
pudo mas yr atrás ni adelante a que nos vimos
todos los que en la dicha nao veníamos en mucho peligro de las vidas
a causa de andar la mar algo levantada, mas plugo a Nuestra Señora de
nos salvar de manera que ninguna persona pereció: todavía se salvó
alguna parte de lo que en ella benía, a que perdí yo mi caxa con algunas
cosas dentro en ella que me han hecho arta falta por haberse alargado el
viaje mas de lo que pensábamos; y luego el Sñr. Capitán viendo la nao
perdida se pasó a otra nao, y de allí como digo se puso mucha diligencia
por salvar lo que en ella venía mas como a vuestra merced digo no fue
tanto quanto quisiéramos ….”.
Existen además otros detalles de este naufragio, como el que marca
Medina durante los momentos precisos del hundimiento de la nao:
“…. Díjoles Gaboto que se reselaba de que no fuesen a
dar a unos peñascos que estaban ahí cerca, y en esta plática se hallaba
con Grajeda, que empuñaba el timón, y con Rodas, que llevaba la sonda, y
cuando apenas se había apartado un tiro de verso del fondeadero,
(alcance de un tiro de cañón pequeño), la nave fue a estrellares en la
punta de la isla de Santa Catalina, tumbándose inmediatamente hacia un
constado y llenándose luego de agua ….”
agregando: “…. inmediatamente el capitán huyó en el esquife, en
lugar de tratar de salvar la nave ….”.
Todo lo cual, y mucho más se desprende de la documentación de los
distintos juicios seguidos en contra de Gaboto, a su regreso a España,
la mayoría de los cuales son transcritos en la voluminosa obra de José
Toribio Medina.
Posteriormente, y luego del largo periplo de esta expedición por los
ríos de la Plata, Uruguay, Paraná y Paraguay, de su encuentro con Diego
García de Moguer y demás avatares en la que la misma se vio envuelta, en
el tornaviaje a España, se planteó un hecho bastante confuso.
Antonio de Montoya, nacido en Lepe en 1502, y contador de la carabela
TRINIDAD, había sido mandado por Gaboto a la isla de Lobos, por segunda
vez, con dos bergantines y treinta hombres bajo sus órdenes, para hacer
“…. carnaje ….” para la tripulación, en el viaje de
retorno de la expedición a España y “…. traer aceite de lobo para
la pez, a fin de adobar los cascos de las naves ….”. (Medina.I,
p.218).
Luego de un singular desencuentro con la SANTA MARÍA DEL ESPINAR”,
alias: LA PORTUGUESA, que ya regresaba a la Península, Montoya resuelve
como alternativa retornar también a España en uno de los bergantines.
Pero ya en navegación encontró la TRINIDAD, su carabela, al garete con
dieciocho tripulantes y desarbolada, en proximidades de la Isla de
Lobos.
Inmediatamente, Montoya presta ayuda a la nave, y efectúa su
reparación en algún lugar de la costa del actual departamento de
Maldonado, prosiguiendo viaje en la misma, llegando a Sevilla el 1 de
setiembre, luego de hacer escala en las islas Azores. (Medina, p.218).
Pero existe otra versión de estos hechos, por la cual la TRINIDAD antes
de enfrentar el Cabo Santa María, y separada de la capitana, quedó casi
desmantelada sin mástil mayor, ni batel “…. con que se servir ….”
y sin gente que la gobernara perdiéndose sobre la costa de Maldonado.
La dotación la habría abandonado previamente, los que se habrían
salvado, unos nadando y prendidos al maderamen de la arboladura los
otros. (Merino, V.I. p.56).
Sin dudas, la primera de las versiones es la correcta, por cuanto la
carabela TRINIDAD fue la que arribó a Sevilla, el día 1 de setiembre al
mando de Antonio de Montoya.
Lo que llama la atención de este y otros relatos posteriores, es porque
teniendo la Isla de Flores una importante colonia de lobos marinos, en
todos los casos se hace referencia a la Isla de Lobos cuando se trata de
hacer carnaje para las tripulaciones. Más aún, como en la presente
oportunidad, donde las tripulaciones a alimentar se encontraban en los
ríos Paraná y Uruguay. La Isla de Flores, albergó un importante rebaño
de lobos marinos hasta finalizado el siglo XIX, y de ello dan cuenta
infinidad de viajeros cuando se refieren al tema.
Gaboto no fue un marino ejemplar ni mucho menos. Carlos V, lo envió a
las Malucas en auxilio de los sobrevivientes de la expedición de
Magallanes, que después de una terrible travesía y de la muerte del
propio Magallanes, quedaron entreverados en guerras con los portugueses
y los nativos de Tidore y Ternate. Pero Gaboto no cumple con la misión
encomendada, y prefiere quedarse en el Plata, en parte, por estar
atemorizado por los relatos que sobre aquel laberinto infernal del
Estrecho le habían contado los náufragos de la expedición de Loaysa,
pero en forma muy especial porque su codicia lo impulsaba a la búsqueda
de metales y piedras preciosas, inducido por Enrique Montes y Melchor
Ramírez.
Siendo además opinión general, que Sebastián Gaboto no era un buen
navegante, y así lo decía Diego García Moguer en reiteradas
oportunidades: “.… estas corrientes de las Indias de Castilla,
estas corrientes no supo tomar Gaboto porque no era marinero ni sabía
navegar ….” (Rev.do Inst.Hist. y Geographico do Brasil, t.XV,2°
de Terceira Serie). Además Diego García, Fol. 3r.ll p. 5, Sebastián
Gaboto/muerto de hambre. Dice: “…. Mientras estuve yo allí
(Puerto de los Patos), los indios le dieron de comer y cuanto
había menester así él como su gente para el viaje, y cuando se quiso ir,
o se iba, tomó cuatro hijos de los principales indios de allí y se los
llevó a España, y tres de ellos están en poder del asistente de Sevilla;
Gaboto echó a perder ese puerto que era el mejor y de la gente mas buena
que había en aquellas tierras, arrebatando en esa forma a los hijos
principales de la isla ….”. (Furlong Cardif, p.41), se refiere
al viaje de Gaboto a su regreso a España.
Por estos motivos, y muchísimos más, Gaboto a su retorno se vio envuelto
en infinidad de investigaciones y sumarios, como pocos marinos han
experimentado a lo largo de la historia. Siendo entre otras causas,
declarado culpable de la muerte del capitán Martín Méndez y condenado a
destierro en Orán, pero pese a ello, solo se cumplen en su contra las
sentencias de penas pecuniarias.
Por lo tanto Sebastián Gaboto según sus biógrafos, Harrisse, Toribio
Medina, así como otros investigadores que han estudiado el tema, es
considerado un farsante de primer orden, un ignorante y un embustero.
NAUFRAGIO DE ULRICO SCHMIDL EN EL AÑO 1538
Ulrico Schmidl, oriundo de Alemania, se alistó como simple
soldado en la formidable expedición de D. Pedro de Mendoza, que partió
de España el día de San Valentín, el 1 de setiembre del año 1534, y cuyo
destino fue el Río de la Plata, en calidad de primer adelantado. Esta
expedición tenía como fin la colonización y estaba compuesta por una
colosal flota de 14 grandes naos, 2500 hombres y 150 soldados entre los
que se encontraba Schmidl, que redactó la relación del viaje.
El manuscrito original lo escribió en idioma alemán y lo publicó en dos
volúmenes en 1567, en tanto la segunda edición también en alemán, fue
publicada en 1599, en la Colección de los Grandes Viajes de Teodoro de
Bry. Su título en español es “Verídica historia de una navegación
maravillosa, llevada a cabo por Ulrico Schmidl de Straubing desde el año
1534 hasta el año 1554 en América o Nuevo Mundo, en el Brasil o Río de
la Plata”.
En este relato narra brevemente el naufragio ocurrido el 1 de noviembre
de 1538, al regreso de un viaje a Santa Catalina, de la carabela
comandada por el capitán Gonzalo de Mendoza donde él y otros tripulantes
se salvaron, así como el recorrido que efectuaron hasta alcanzar el
puerto de San Gabriel (Colonia), tras un largo camino por la costa,
donde atravesaron nadando ríos y arroyos que desembocan en el Plata.
El motivo del viaje a la isla de Santa Catalina, fue ir en busca de una
carabela, que al mando de Alonso Cabrera, allí se encontraba en espera,
con abundante carga de alimento para la expedición de Mendoza. Alonso
Cabrera traía 200 soldados y bastimentos para dos años. (Herrera, Década
6, Lib.3, cap. 18, Fol.78).
Luego, entre otras observaciones, Schmidl, dice que el Río de la Plata:
“…. corre 50 leguas continuas hasta el puerto de San Gabriel donde
tiene un ancho de solo 18 leguas ….”.
Lo que es importante destacar, a fin de la posterior determinación del
lugar del naufragio.
“…. Navegamos de noche a cerca de las doce, y una hora antes de salir el
sol se levantó gran tempestad, que aunque vimos tierra a una legua o
más, no pudimos tomarla, ni echar anclas, ni hallar otro remedio que
hacer votos, e implorar la piedad divina.
Pues en la misma hora se hizo nuestra nao mil pedazos, y se ahogaron 15
españoles, de que nunca pudimos hallar cadáver alguno, y 6 indios. Otros
asidos a algún madero, se salvaron nadando: yo salí con 5 compañeros
agarrados al árbol del navío. Quedamos en tierra desnudos y sin comida,
por haberlo perdido todo; y teniendo que caminar 50 leguas por tierra,
nos vimos precisados a mantenernos de raicillas y otras frutas en el
campo, hasta hallar al puerto de San Gabriel, donde había llegado 30
días antes la otra nave con Cabrera.
El General que había entendido nuestro infortunio, andaba muy tiste con
los suyos; y persuadiéndose que todos habíamos perecido, mandó decir
algunas misas por nuestras almas.
Lleváronnos a Buenos Aires, y el General procesó al capitán y piloto, y
quería ahorcarle; pero por grandes intercesiones, fue solo condenado a
cuatro años en un bergantín.
Juntos todos en Buenos Aires, mandó el General despachar los
bergantines, y en ellos todos los soldados: hizo quemar las demás naves,
y guardar el hierro. Navegamos otra vez el río Paraná arriba y llegamos
a la ciudad de Asumpción, donde esperamos dos años las órdenes del Rey
….”
(De Angelis, t3, cap XXX).
Al no haber podido consultar el autor la primera edición del relato de
este viaje de Schmidl, se optó por confrontar lo dicho en la segunda
edición del año 1599, particularmente en lo referido al lugar donde
acaeció el naufragio. De donde se desprende que el recorrido efectuado
por él y los demás náufragos, desde su arribo a la costa y posterior
llegada al puerto de San Gabriel, (Colonia), fue de 50 leguas,
según la crónica. No aclarando además si el
tiempo que permanecieron en el mar fue prolongado, cosa poco probable,
por cuanto en caso contrario lo hubiese consignado en su relato.
De esto se desprende que el hundimiento de la carabela, se produjo en
proximidades de la desembocadura del Río de la Plata ya que el mismo
dista entre el paralelo de Punta Gorda y su límite exterior 317 Km. O
sea 53.5 leguas de la época, habiendo que descontar para el caso el
trecho entre P. Gorda y San Gabriel, lo que acortaría aún más la
distancia.
Con referencia a la extensión del Río de la Plata, ya Francisco de
Céspedes decía lo siguiente: “…. Aviendo entendido que los yndios
de la costa del Río de la vanda norte que auitan en ella, hasta su boca
que será cincuenta leguas .…” (Doc. 4813, de la Bib. Nac. de
Buenos Aires).
Habiendo otros autores para los cuales la extensión del Río de la Plata,
difiere con la mencionada; es así que en la “Nueva Noticia de la Tierra
del Brasil”, dicha distancia se estima en 60 leguas náuticas; en la
Memoria de Diego García se dice que es de 70 leguas; y para Pero Lopes
de Sousa la misma alcanza 49 leguas náuticas. En tanto para los
almirantes Lobo y Riudavets la extensión del Río es de 61 leguas.
Al respecto, es posible que las citadas discrepancias respondan a los
distintos lugares que han sido tomados como naciente del Río, no así en
cuanto a su desembocadura donde siempre existieron unánimes criterios.
Queda claro de todas maneras, que este naufragio de la carabela
comandada por Gonzalo de Mendoza, se produjo en proximidades del litoral
que hoy pertenece a territorio uruguayo, probablemente en costas de los
departamentos de Maldonado o Canelones.
Lo que se infiere además, por cuanto en condiciones similares, Luis
Ramirez en su carta del 10 de julio de 1528 comenta: “…. no
andábamos sino una legua o media legua cada día .…” (Bauzá,
I, p.259). En el caso, y teniendo en cuenta que la carabela
comandada por Alonso Cabrera, se adelantó a la llegada de los náufragos
solo treinta días, es lógico suponer que Schmidl y los suyos en ese
lapso de tiempo pudiesen transitar más de 50 leguas, teniendo en cuenta
que además de procurarse alimento, debían atravesar caudalosos ríos y
arroyos.
NAUFRAGIO DE LA CARABELA DE ALONSO RIQUELME DE GUZMÁN EN LAS COSTAS DE
PUNTA DEL ESTE EN EL AÑO 1548
Quien comandaba la carabela que protagonizó este naufragio
en la actual Punta del Este, más concretamente en proximidades de la
Boca Chica, fue Alonso Riquelme de Guzmán, un capitán destacado en
Paraguay, que había sido paje y posteriormente secretario del Duque de
Medina Sidonia y que pasó a América en el año 1540 acompañando a Cabeza
de Vaca, de quien era sobrino.
El capitán Guzmán, se había casado con una de las hijas del Gobernador
D. Domingo Martínez de Irala, y sobre dicho matrimonio, Schmidl narra
que la enemistad entre el Gobernador y el sevillano Diego de Abreu, era
tan grande que este último con movimientos guerrilleros hacía la vida
muy difícil a los habitantes de Asunción, causando serias complicaciones
al Gobernador Irala. Hasta que este último, para concordarse con Abreu
en cierta oportunidad ofreció a sus dos hijas en matrimonio a los dos
sobrinos de aquel, el que aceptó el partido y así efectuados los
casamientos con varios pactos, cesaron las inquietudes. (Schmidl, cap.L,
p.53). Alonso Riquelme de Guzmán, era uno de los sobrinos de Diego de
Abreu, en tanto la otra hija del gobernador fue casada con Francisco de
Vergara.
Quien describe el naufragio es el hijo primogénito del capitán Alonso
Riquelme de Guzmán, que fue bautizado con el mismo nombre de su abuelo
paterno, Rui Díaz de Guzmán.
La relación de los hechos se encuentra en el segundo libro de los tres
que conforman la importante obra, la Historia Argentina del
Descubrimiento, Población y Conquista de las Provincias del Río de la
Plata, que firma el autor en la parte introductoria, en “Ciudad de la
Plata, Provincia de Charcas, el 25 de julio de 1612”. La que fue
consultada por el autor en la trascripción que de la misma hiciera
Pietro De Angelis, en su volumen I, del año 1836.
“…. Como el capitán Diego de Abreu despachó a España a Alonso
Riquelme de Guzmán y De cómo se perdió. (Libro II, capítulo IX, pp.
86-87)
Luego que Diego de Abreu fue electo, mandó aderezar una carabela para
despachar en ella a Castilla, con la elección de su nombramiento a
Alonso Riquelme de Guzmán; y proveído de todo lo necesario con toda
diligencia, le encargó sus negocios, en cuya compañía también iba
Francisco de Vergara y otras personas de satisfacción.
El cual este mismo día del año de 1548, salió del puerto y bajando por
sus jornadas, iba en su conserva un bergantín en que iba Hernando de
Rivera hasta la isla de San Gabriel. Y saliendo del río de las Palmas,
atravesando el golfo de Buenos Aires para la isla de Flores, dejando á
una mano la de San Gabriel, para allí entrar en el ancho mar; y
despedidos los unos de los otros se fueron por la canal que va a salir
al puerto de Maldonado, donde aquella noche les sobrevino una tan gran
tormenta, que dio con la carabela en una encubierta laja, que esta en la
misma canal y que hoy llaman la “Laja del Inglés” por haberse perdido en
ella, pocos años ha, un navío de esta nación que corría aquella costa.
Por manera que la carabela, que estaba encallada sobre las peñas, se
abrió por los costados, y entraba tanta agua por ellos, que no podían
agotar; no cesando en todo este tiempo la furiosa tormenta.
Recelando todos la perdición que tan cercana tenían, acordaron
desamparar el navío, y salirse a tierra firme, al peligro y riesgo de
venir todos á poder de los indios de aquella tierra, que son los
Charrúas, crueles y bárbaros. Para poderlo hacer, cortaron
el mastelero mayor, y con tablas y maderas hicieron
una gran balsa conjuntamente con el batel, para que pudiesen atravesar
aquel brazo y salir a tierra.
Y cesando un poco la tormenta, tuvieron lugar de poderlo hacer y tomar
la costa adonde luego acudieron los indios que corren por toda ella; y
haciendo un reparo entre el río y la barranca, se pudieron guarecer de
la furia de ellos. Caminando aquella noche por la costa arriba en busca
del bergantín, dieron en unas lagunas, en que pasaron mucho trabajo para
atravesarlas á nado; y aquella misma noche sobrevino de la parte del sud
otra tormenta mayor que la pasada, que desencallo la carabela de donde
estava, y dio con ella hecha pedazos en aquella costa, con la cual esta
misma noche vinieron á topar con gran espanto y admiración de todos.
Cerca del día prendieron dos indios pescadores, de quienes supieron de
cómo el bergantín estaba recogido en una caleta, dos leguas adelante; y
por darle alcance, salió luego Francisco de Vergara con un compañero a
dar aviso de lo que pasaba: por manera que con esto fue Dios servido
poder tener embarcación en que volverse todos á la Asumpción como lo
hicieron .…”
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Uruguay. Tip. De Marella. Calle Buenos Aires T.I. Montevideo Uruguay
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Nicolás Rodríguez (sic). Madrid. España.
Medina, José Toribio. 1908. El Veneciano Sebastián Gaboto. Imp. y
Encuadernación Universitaria. Ts. 1 y 2. Santiago. Chile.
Merino, Federico. 1991. Obras Históricas del Capitan de Navío Federico
G. Merino. Imp. M. Pesce s.r.l. 2 vol. Montevideo. Uruguay.
Una
legua en época del naufragio, equivalía a cuatro millas romanas,
las que median 1.481 mts. cada una, por lo que una legua era
igual a 5924 mts.
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