RESUMEN
La fundación en 1724 de la
ciudad de Montevideo, en la Banda Oriental del Río de la Plata – hoy
capital de la República Oriental del Uruguay - fue parte de una
política defensiva en la región que se implementó a partir del acceso de
los Borbones a la corona de España. Respuesta al enclave portugués de
Colonia del Sacramento fundado en 1680, las condiciones naturales de
puerto estimularon su desarrollo económico y su importancia política y
militar. Por 1776 se erigió en Montevideo un Apostadero de la Real
Armada con jurisdicción en todo el Atlántico Sur. Por los mismos años
se completaba el sistema defensivo de la ciudad. A inicios del siglo XIX
las poblaciones más importantes eran Montevideo que contaba con unos
doce mil habitantes seguida de Maldonado y Colonia con unos pocos miles
cada una.
SUMMARY
The foundation
in 1724 of the city of Montevideo, in the Eastern Side of the River
Plate – today capital city of Uruguay - was part of a regional defensive
politics that was implemented begining from the access of the Borbons to
the crown of Spain. As an answer to the Portuguese foundation of Colonia
del Sacramento, founded in 1680, the bay natural conditions stimulated
its economic development and its political and military importance. For
1776 it was erected in Montevideo a Royal Spanish Navy Base with
jurisdiction in the whole South Atlantic. For the same years the
defensive system of the city was completed. To beginnings of the XIX
century the most important populations were Montevideo that had some
twelve thousand inhabitants followed by Maldonado and Colonia with some
few thousands each one.
LA GUERRA TAN TEMIDA
El domingo 10 de mayo de 1801, en una soleada tarde en las
orillas del Plata, los vecinos de Montevideo observaron expectantes
desde la costa la aproximación de una fuerza naval. Era una flotilla de
naves pequeñas que transportaba una fuerza de asalto. Otras
embarcaciones también se acercaban a la costa con la intención de
protegerlas. El estado de guerra con Gran Bretaña hacía temer en
cualquier momento un ataque o golpe de mano de los ingleses, como el
ataque a El Ferrol el 25 de agosto del año anterior. A la distancia se
percibían los desplazamientos de escuadrones de dragones y de las
compañías de milicias.
En un
momento, el estampido de los cañones retumbó sobre las aguas del río.
Desde tierra se les respondió de igual forma. Se inició un duelo de
artillerías mientras las naves continuaban aproximándose con la
intención cada vez más evidente de desembarcar. No obstante, nadie se
alarmó ni buscó refugio. Por el contrario, muchos pobladores se
acercaron para observar mejor la evolución de buques y fuerzas
terrestres. Se trataba en realidad de maniobras anfibias, que ocupaban a
fuerzas combinadas de los Reales Ejércitos y Armada.
Estaban
supervisadas por el Virrey, Marqués Rafael de Sobremonte, junto con el
gobernador de la ciudad y comandante del Apostadero, Brigadier José
Bustamante y Guerra. La fuerza de ataque estaba formada por dos
divisiones de lanchas cañoneras y una de botes de transporte. Las
fuerzas de desembarco por un batallón del Regimiento de Infantería de
Buenos Aires y un destacamento de Infantería de Marina. Los defensores
eran dos escuadrones del Regimiento de Dragones de Buenos Aires y tres
del Regimiento de Caballería de Milicias. Los complementaban dos
batallones de Milicias de Infantería y ocho cañones.
La fuerza anfibia
se dirigió a la playa desembarcando en la margen izquierda del arroyo
Miguelete, en el actual barrio de Capurro.
A fin de la tarde las maniobras habían terminado.
LA GUERRA DE 1804:
SANTA MARÍA, TRAFALGAR Y BUENOS AIRES
En 1804 zarpo de Montevideo
rumbo a Cádiz al mando de Bustamante y Guerra una escuadra formada por
las fragatas Medea, Fama, Clara y
Mercedes – estas dos últimas veteranas de las jornadas de El
Ferrol. Llevaban un tesoro y estimando los británicos que se emplearía
en subsidiar a Bonaparte decidieron atacarla frente al cabo de Santa
María. Capturadas las naves y el tesoro España declaró la guerra en
diciembre de 1804. Desde Montevideo partieron varias naves corsarias que
atacaron el tráfico inglés en las costas de África. En octubre de 1805
frente al cabo de Trafalgar una flota británica derrotó a la combinada
de Francia y España.
Varios
rioplatenses participaron en Trafalgar. Como el Alférez de Navío Miguel
Antonio de Merlos y el de Fragata Francisco de Viana, en el San
Ildefonso y en el Príncipe de Asturias
respectivamente.
En
1806 una fuerza británica tomó la ciudad de El Cabo
en el sur de África, y a
continuación parte de esa fuerza a cargo del Brigadier William Beresford
y del Comodoro Sir Home Popham, conquistó Buenos Aires el 27 de
junio de 1806. Enterados en Montevideo, el gobernador de la ciudad,
Brigadier de Marina Pascual Ruiz Huidobro, con el apoyo de los vecinos organizó un pequeño ejército para la reconquista puesto al mando del
Capitán de Navío Santiago de Liniers, al que se le unió un corsario
francés, Hipólito Mordeille.
En la tarde del 3 de agosto
zarpó la flotilla desde Colonia llevando al ejército expedicionario con
destino a Olivos, que se ubicaba justamente a unas 30 millas náuticas.
Después de zarpar la fuerza el viento se corrió al sudeste y se
convirtió en sudestada. La empresa era riesgosa: debían cruzar el río
durante un temporal, en embarcaciones pequeñas, y además sortear la
vigilancia y el asedio de la escuadra enemiga que bloqueaba el Río de la
Plata y era notoriamente superior. Si los bergantines británicos
lograban interceptarlos en mitad del río, las cañoneras serían fáciles
de neutralizar, los transportes terminarían presa del enemigo y la
fuerza reconquistadora se expondría a ser masacrada.
El capellán de la
fuerza, Dámaso Antonio Larrañaga, recordaba el cruce, haciendo gala de
sus conocimientos náuticos y su condición de religioso:
[…]
pasando por entre las islas navegando al sudeste, con viento
ese, quedando los
transportes a sotavento, y las cañoneras y demás buques de fuerza a
barlovento […] Pero Dios quiso que todos amaneciéramos casi juntos, en
la costa […].
Únicamente la
goleta británica Dolores logró aproximarse a la
retaguardia de la fila de naves cargadas de personal y a las cañoneras,
sólo logró establecer un duelo de artillería sin resultado. A las
primeras horas de la mañana del día siguiente, los reconquistadores
desembarcaban en Las Conchas. El temporal había impedido que la marina
británica desplegase sus cañoneras. Cuando llegaron al lugar previsto ya
era tarde: Liniers se dirigía a la capital del Virreinato. Tras que en unos
días amainara el mal tiempo, la fuerza marcho a la Reconquista. Luego de
tomar el Retiro el 10 de agosto a unos cientos de metros del Fuerte de
Buenos Aires, el 12 de agosto fueron derrotados los británicos.
BLOQUEO DEL PLATA Y BOMBARDEO DE MONTEVIDEO
Después de la reconquista de
Buenos Aires, la flota de Popham quedó estacionada en el Río de la Plata
bloqueando ambas ciudades. Los navíos británicos se dedicaron a apresar
los barcos españoles que se acercaban a los puertos y a detener los
buques neutrales. Además, tuvieron numerosas escaramuzas con los
rioplatenses.
Una de ellas fue
el martes 9 de setiembre al mediodía, cuando una nave española
proveniente de las Malvinas y perseguida por la fragata inglesa
Leda se vio obligada a varar en la ensenada de Pajas Blancas, en
la bahía de Montevideo. De un campamento cercano partieron unos 80
voluntarios a proteger el buque varado, encabezados por el Teniente de
Dragones Joaquín Álvarez Cienfuegos de Navia y el Subteniente Juan de
Jara.
La Leda,
mientras tanto, se acercó a la costa y abrió fuego sobre los milicianos
esperando ahuyentarlos; éstos simularon retroceder, pero se ocultaron en
los médanos. Así esperaron a que un destacamento británico embarcado en
tres botes se acercara a la costa para capturar o destruir el buque
varado. Dos adelante al mando del Teniente Parker y el Contramaestre
Lascelles; el tercero de apoyo con una carronada a cargo del Teniente
Stewart. Los milicianos de improviso se irguieron y aparecieron
abriendo fuego con las carabinas y entrando al agua sable en mano. Pese
a que la carronada logró hacer dos disparos, la intrepidez de los
milicianos logró hacer huir a los marinos en dos de las tres
embarcaciones —abandonada la tercera—, llevando consigo cuatro heridos.
Navia informó del resultado de la acción y los pertrechos capturados:
[…] con
un destacamento a mis órdenes conseguí entre los fuegos inmediatos de
una fragata de guerra y tres lanchas, el que los enemigos no apresaran
el bergantín […]tuvieron éstos que retirarse dejando en mi poder una
[lancha con una] carronada de a 18, 63 fusiles, 89 sables, 27 pistolas y
porción de municiones de resultas del intrépido abordaje que [se
realizara] con el agua a los pechos y algunos a nado se dio a las
mencionadas lanchas y cuya acción gloriosa se hizo saber a todos los
cuerpos […].
El lanchón y las
armas tomadas al enemigo fueron comprados por las autoridades. Enterados
en Montevideo de la presencia de nuevas naves británicas, se tomaron
nuevas medidas defensivas. El gobernador publicó una proclama patriótica
dirigida a los vecinos, fechada el 7 de octubre:
[…]
todos con sus haciendas, con sus personas y las de sus hijos a la
defensa de la religión, de la patria y de sus propiedades […]
[5]
Esto aceleró la
formación de nuevas milicias. El Tercio de Húsares del Gobierno fue
creado por Mordeille el 13 de octubre de 1806, teniendo como base a sus
corsarios y su prestigio personal. Esta fuerza, a pesar de su nombre,
había sido concebida como infantería de marina. Había también otros
tercios, como el de Andaluces, Gallegos y Asturianos. Por último
estaban los Cazadores de Montevideo, pagados y equipados por el
acaudalado comerciante Mateo Magariños. Mientras esto sucedía,
comenzaban a llegar nuevos efectivos británicos a reforzar a los
presentes en el Río de la Plata. El primero de ellos estaba al mando del
Teniente Coronel Thomas John Backhouse. De acuerdo con Popham antes de
decidir el próximo punto de ataque se decidió hacer un reconocimiento
por el fuego de las defensas de Montevideo.
En la mañana del
martes 28 de octubre, la flota británica zarpó de su fondeadero tras
embarcar a la fuerza de asalto en los navíos Diadem y
Raisonable, mientras que la fuerza de ataque y bombardeo
estaba constituida por los buques Lancaster, Diomedes, Leda,
Medusa, Encounter y Protector. A las diez de la
mañana se inició el fuego. La reacción de la plaza fue inmediata,
complementada con la de las cañoneras que protegían la entrada al
puerto. El combate duró algo más de una hora y los británicos
comprobaron que el excesivo calado de sus buques les impedía aproximarse
lo suficiente para hacer fuego con todos sus cañones. La artillería
montevideana les respondía con balas rojas —es decir, incendiarias—, lo
que llevó a Popham ordenar una prudente retirada de la escuadra.
La distancia hizo
que el bombardeo fuese ineficaz para ambos bandos. El fuego de los
atacantes logró impacto en varias casas de la ciudad, mientras que uno
de sus botes fue hundido por los españoles.
Vista la
resistencia de Montevideo, que les indicaba que para tomarla iban a
necesitar más efectivos y artillería, los británicos se dirigieron a
Maldonado, lugar desde el cual esperaban establecer una base de
operaciones para su escuadra y ejército. Ahí podrían obtener provisiones
en tierra, acuartelar la tropa y contar con un puerto para el arribo de
los nuevos contingentes. Ello también permitiría la recalada de las
naves mercantes que habían zarpado de Gran Bretaña al saber de la
conquista de Buenos Aires.
ASALTO ANFIBIO DE MALDONADO
Desde el momento en que se supo de la caída de Buenos Aires, en julio,
Maldonado se había preocupado por la defensa de su comarca con un
pequeño contingente de milicianos, blandengues – una policía rural - e
infantes.
Completaba la defensa una serie de baterías fortificadas ubicadas en la
costa y en la isla de Gorriti que cubrían con sus fuegos la bahía de
Maldonado. Contaban con una veintena de cañones.
El 29 de octubre de 1806, la escuadra del comodoro arribó a una playa
cercana a punta Ballena en la bahía de Maldonado. Tres compañías del
38.o, a las que se sumó otra de Royal Marines y
marinería, que sumaban más de 600 efectivos al mando del Teniente
Coronel Spencer Thomas Vassal y el Mayor Trotter, desembarcaron sin
oposición a las cinco de la tarde. Los invasores se dividieron en tres
columnas; la principal se dirigió directamente a la ciudad, mientras que
otra amenazaba rodearla por el norte.
Avistada la fuerza
enemiga, media hora antes de ponerse el sol salieron a enfrentarla los
hombres de Maldonado y de San Carlos, con el tren volante de artillería
de cuatro piezas. El informe de los vecinos da cuenta de su disposición
en la acción y de la posición que tomaron “… nos fijamos en el
alto en que está situada la torre de observación …” y más tarde
también de su retirada ante la amenaza de verse cortados por la
superioridad de las columnas enemigas y su defensa en los edificios del
centro de la ciudad.[6]
Un marino inglés,
el Teniente Samuel Walters, recordaba la acción, la sorpresa que
recibieron sus camaradas al avanzar hacia la ciudad y ser emboscadas en
los tunales cercanos. Desalojados de esas posiciones, se dirigieron a
los centros poblados cercanos, unos a San Carlos y otros a Maldonado,
donde recién a las ocho de la noche los fernandinos se rindieron.
[…]
las azoteas estaban cubiertas de hombres armados e inmediatamente que
nuestros camaradas entraron en la ciudad comenzaron a disparar sobre
éstos, por lo cual un gran número de los nuestros cayó. Se dieron
órdenes de dispersarse y penetrar en cada casa. Así un gran número de
defensores fue muerto aunque tratando de llegar a las azoteas […] un
gran número de nuestros
camaradas también cayó. A la hora esta terrible escena de sangre
comenzó a apaciguarse […] sólo se oían los quejidos de los moribundos y
los lamentos de los sobrevivientes […].[7]
Los invasores asaltaron la
ciudad enfrentando una defensa desesperada en las manzanas alrededor de
la plaza, en los edificios más sólidos. El ataque se saldó a favor de
los británicos con varios muertos y heridos de ambos bandos: como relata
un vecino:
[…]
El número de
los enemigos era muy superior a los nuestros, que se defendieron con
mucho valor hasta que se vieron precisados a trepar en la iglesia nueva,
otros en las azoteas del ministro, otros en el cuartel y en otros
parajes hasta que se rindieron como a las 8 de la noche, después de
estar el enemigo en la plaza. De los nuestros murieron dos oficiales
[...] y seis voluntarios de la caballería, quedando prisioneros ocho
oficiales y sesenta y ocho soldados [...]
A San Carlos y
también a Minas se retiraron muchos civiles, hombres y mujeres. Mientras
tanto, la isla de Gorriti, atacada por la escuadra de Popham, resistió
hasta el día siguiente, en que capituló, mientras Vassal capturaba la
batería de punta del Este. Los hombres tomados prisioneros fueron
enviados a la isla de Lobos. En manos de los británicos, Maldonado fue
objeto de saqueo.[9]
DESEMBARCO INGLÉS EN EL BUCEO Y TOMA DE MONTEVIDEO
El 13 de enero de 1807 los
buques del Almirante Charles Stirling, nuevo comandante de la marina
británica en el Plata, zarparon de Maldonado, tras haber evacuado su
guarnición y dejado sólo un destacamento en Gorriti, con rumbo a
Montevideo. Dos días después, una fragata británica desembarcaba
emisarios en Montevideo para intimarle
la rendición, por medio de una nota firmada por Auchmuty y Stirling. Le
proponían a Sobremonte, que se encontraba en la Banda Oriental, una
capitulación en términos generosos, que fue rechazada.
El viernes 16 de
enero de 1807 se presentó frente a Montevideo la imponente escuadra
enemiga, que contaba con 16 naves de guerra.
Las naves se dividieron en dos grupos: una flotilla ensayaría una
maniobra de diversión, amagando atacar sobre la playa del Cerro,
mientras el grupo principal se acercaba al Buceo con varias fragatas y
un bergantín para cubrir el desembarco. Éste se efectuó en dos
contingentes. El primero, bajo las órdenes de William Lumley, lo
componían el 38.o Regimiento, un destacamento del 95° de
Rifles - veteranos también de El Ferrol donde se llamaban Rifle
Corps - y una agrupación de las compañías de tropas ligeras. El
resto de las unidades, bajo las directivas del Coronel Gore Browne, eran
el 40.o, el 47.o y el 87.o de
Infantería, así como elementos del 17.o, el 20.o y
el 21.o de Dragones Ligeros, la Artillería y los Ingenieros.
Para impedir el desembarco, unos 800 milicianos de caballería estaban
ubicados entre los médanos pero fueron dispersados por el fuego de las
fragatas enemigas y de las primeras fuerzas que habían logrado
desembarcar.
En estas acciones,
los rifleros que cubrían el desembarco del grueso tuvieron un corneta
muerto y un oficial herido. Habían desembarcado unos 800 marineros e
infantes de marina, al mando del capitán Ross Donelly, para transportar
por tierra las piezas de artillería e incluso participar en algún
combate si fuera necesario. El 20 de enero los españoles fueron
derrotados en el Cardal a unos pocos kilómetros en las afueras de
Montevideo. El 3 de febrero de 1807 en un asalto nocturno las fuerzas
británicas con el 95° Rifles al frente conquistaron Montevideo.
El asalto costó unos doscientos muertos en las fuerzas de Auchmuty y
posiblemente el doble en los defensores. Auchmuty, apenas rendida la
plaza, dio órdenes estrictas para imponer disciplina y reprimir el
pillaje, lo que consiguió ya a la mañana de la toma de Montevideo.
MONTEVIDEO BAJO BANDERA BRITÁNICA
Ruiz Huidobro, ya ex
gobernador, solicitó a Auchmuty la devolución a los vecinos de los
diversos efectos de propiedad particular con que habían contribuido a la
defensa —por ejemplo, de maderas y cueros—, lo que fue denegado. Este
enseguida designó las autoridades principales. Como gobernador nombró al
Coronel Gore Browne, quien tomó como residencia el n.o 15 de
la calle San Fernando. El 5 de febrero Auchmuty y Stirling efectuaron
una proclama en la cual, además de aludir a la “… suavidad de
S. M. Británica …”, se dirigían a los pobladores con promesas y
advertencias:
[…]
convidamos a los habitantes de dicha ciudad y su jurisdicción a que
vuelvan a ejercer sus anteriores ocupaciones, asegurándoles de una
verdadera
protección a sus personas, siempre que se comporten como
verdaderos y fieles vasallos […] [del] gobierno de S. M. Británica.[11]
Auchmuty exigió
también al Cabildo y al clero, así como también a los vecinos varones,
un juramento de fidelidad concreto a la corona británica, que se tomó
los días 6 y 7 de febrero entre las ocho de la mañana y las cuatro de la
tarde. Los montevideanos se comprometían a ser leales a su nuevo rey:
Jorge III, con la salvedad de que no tomarían las armas contra España.
Entre otras
disposiciones, se intimó a los vecinos a entregar las armas de fuego, a
los prisioneros a no evadirse de los buques en que se encontraban
detenidos y a los vecinos ausentes a volver a sus casas pues de lo
contrario éstas serían confiscadas. El 12 de febrero el gobernador
informó al Cabildo de la disposición de extender la soberanía británica
a su jurisdicción y villas inmediatas. Éstas debían enviar delegaciones
a Montevideo a los efectos de solicitar la protección de Auchmuty, al
tiempo que se comprometerían con el abastecimiento de la ciudad. Las
nuevas autoridades tomaron a su cargo todos los caudales y bienes
públicos y, por tanto, recibieron los reclamos de numerosos habitantes
de la ciudad que aducían la propiedad de algunos de esos bienes puestos
circunstancialmente a servicio de la defensa, esclavos incluidos.
Asimismo, del tesoro tomado a las autoridades peninsulares reclamaban el
pago de cuentas pendientes por deudas diversas por útiles y provisiones
para la defensa. Paralelamente se fue confirmando a todos los
funcionarios públicos en sus cargos; el Cabildo continuó en sus
funciones y se asignó el cargo de juez de Policía de Montevideo a Juan
Vidal y Benavides, el 10 de abril.[12]
SUEÑOS DE PROSPERIDAD
Las novedades y posibilidades
comerciales del Plata que Popham generara en Gran Bretaña habían
despertado gran interés en comerciantes e industriales. Por eso, unos
setenta barcos mercantes esperaban en la rada los resultados de las
acciones militares sobre Montevideo. Las ilusiones de
los comerciantes eran muchas; da cuenta de ellas John Robertson, al
referirse a la Nueva Arcadia que había conquistado Beresford:
[…] se
nos decía […] que miles y miles de cabezas de ganado pastaban en sus
verdes llanuras, y que un novillo valía cuatro chelines mientras el
precio de un caballo era la mitad de esa suma. Los naturales […] nos
darían oro incontable por nuestras manufacturas, mientras sus almacenes
estaban provistos de frutos
como sus cofres llenos de metal
precioso. Se decía
que todas las mujeres eran bellas y los hombres hermosos y fuertes […]
[13]
Apenas autorizado
el desembarco, ingresaron a Montevideo casi dos mil civiles,
comerciantes, dependientes y familiares. Se distribuyeron por toda la
ciudad buscando un lugar para establecer su comercio y su morada. No
había casa que no hubiese alquilado una pieza para tienda y otra para
vivienda de estos nuevos pobladores. Una relativa paz vivieron ocupantes
y nativos, intentando sobrellevar las circunstancias propias de la
situación en que se encontraban unos y otros.
[…]
De cómo los soldados, comerciantes y aventureros extranjeros de todas
clases encontraron alojamiento en la ciudad, no es fácil decir. Se
acomodaron en todos los ángulos y rincones, de manera que pronto tuvo
más apariencia de colonia inglesa que de fundación española. A esta
población se agregaron después de la toma de la ciudad unos seis mil
súbditos ingleses, de los que cuatro mil eran militares, dos mil
tratantes, comerciantes y aventureros […].
Era evidente que en esos
momentos la apariencia de Montevideo había cambiado, y se asemejaba más
a una colonia británica que a una ciudad española. Montevideo también
conoció una novedad, un periódico bilingüe, The Southern Star
- La Estrella del Sur. El primer anuncio de que se pensaba publicar
este medio de prensa fue un Prospectus, avisando de las
intenciones y solicitando suscriptores. Finalmente el 23 de mayo salió
el primer número.
Si un montevideano
hubiese regresado a su ciudad después de una ausencia de seis meses,
varios hechos lo habrían sorprendido y deslumbrado. Al principio, la
cantidad de naves británicas ancladas en la bahía. Luego de desembarcar,
el ambiente y el habla anglosajones, pero tras las primeras palabras se
iría adaptando a los sonidos. Por su novedad, le llamarían la atención
las viviendas numeradas, primero en orden por una acera, en un sentido
hasta el fin de la calle, para luego volver por la acera de enfrente.[15]
Tal vez recorrería
la calle San Benito, en cuyo número 56 se toparía con el comercio
mayorista de John Robinson, donde podría ver las ofertas de cervezas en
barriles, loza, palanganas, paños y casimires. Si tomaba por las
transversales, por ejemplo, en San Miguel 119, cerca de las murallas,
apreciaría la calidad de los artesanos británicos; allí John Drew y
otros carpinteros de Londres elaboraban muebles. Una cuadra más arriba,
por San Luis 14, se ubicaba Balch, Morison & Co., que entre otros
comestibles ofrecían barriles de pasas de Málaga. Al lado, en el número
15, Geo Perkin’s Store se especializaba en licores, ron, brandy y
cervezas.
Si tenía interés
en artículos de construcción, en el 65 de San Pedro podría ubicar a Arthur Crauford & Co., con lienzos de Irlanda y barriles de pintura en
polvo. Si quería bebidas y licores exóticos, en San Diego 54 James
Wreyford vendía brandy francés, vino portugués, manteca y calzado. Y si
tenía las previsibles dificultades con el idioma y estaba dispuesto a
pagar, ahí mismo se alojaba un profesor de inglés, don David
Creighton. En el 14 de la Plaza, William Jones & Co. ofrecía, entre
otras prendas, pañuelos y sombreros. No era el único: en el 67 de San
Fernando, Harrison & Hayman exhibían, por ejemplo, muselinas, pana,
sillas, quitasoles y paraguas.
Los marinos
obtenían cuadrantes y telescopios nocturnos en San Carlos 158 y cables
de uso naval vendidos por un comisionista, St. Arrowman, en San Luis
146. En ese puerto británico que era Montevideo no podía faltar un
agente de seguros: Richard Morris, de la Phoenix Company of London,
atendía en el 1 de la calle del Fuerte.
Todos los días se
descargaban mercancías y aún quedaban muchas en las bodegas de los
mercantes. Los precios eran bajos y la mercadería novedosa y de buena
calidad. La oferta deslumbraba en cuanto a prendas —sombreros, sedas,
paños, bayetas, medias, peinetas, botas y zapatos—, alimentos y bebidas
—pasteles, sardinas, cervezas, vinos, licores— y artículos diversos
—barnices, pinturas, alquitrán, loza, palanganas—. Para la época era
realmente un gigantesco hipermercado.
Se establecieron
también mayoristas, como James Barton, en el 19 de San Vicente esquina
San Pedro en una casa alquilada a los hermanos Velázquez; incluso se
organizó rápidamente una Cámara de Comercio para que los representase
antes las autoridades. Quien tenía sus clientes entre los propios
británicos era Thomas Gowland, que ofrecía cantidad de prendas y telas
rojas, azules y blancas para vestir en forma elegante a los numerosos
oficiales del ejército de guarnición y a sus pares de la marina que
bajaban a tierra luego de días de navegación.
Entre tienda y
tienda se ubicaban numerosos establecimientos de esparcimiento y
comidas. Dos de los seis billares y dos de otros tantos cafés de la
ciudad estaban en San Pedro, mientras que por esa misma calle un tercer
negocio, propiedad de Antonio Cosme, aunaba ambas actividades. Sobre San
Joaquín había tres bodegones y una fonda, y otra fonda sobre San Miguel.
En San Francisco se encontraba otro billar y café cuyo dueño era
Francisco Estrázulas, un siciliano que había dado fe de su coraje
combatiendo en las baterías de las murallas.
En The Southern
Star, entre avisos de licores y telas, aparecían ofertas de trabajo:
[…] Se
necesita un mozo para ayudar en un Almacén de este Pueblo, el que será
más apreciable si poseyese los dos idiomas Inglés y Español, y para este
efecto pueden presentarse en esta oficina […]
Un aviso similar se publica la
semana siguiente a cargo del Almacén por Mayor de Juan Robinson:
[…] Se
necesita un Criado el cual si hablase el Inglés será más apreciable […].
Pero además aparecían avisos
que llamaban al comercio con los nativos:
[…]
Quien quisiera trocar Productos de estas Tierras para ciertos Géneros de
Inglaterra en precios equitativos se mandara anunciar al negociante
Inglés Guillermo Stone, en Casa de Don Joaquín Bana, Calle de San Felipe
n.o 81 […].
LAS MILICIAS DE GEORGE III
Los comandantes británicos
decidieron organizar en Montevideo milicias que pudieran apoyar a las
pocas tropas regulares que quedarían de guarnición. Estas fuerzas se
constituyeron con parte de los civiles que habían desembarcado en la
ciudad. Fue el
The 1st Royal Regiment of South American Militia. Al
igual que la mayor parte de las unidades de milicias rioplatenses,
estaba superpoblada de oficiales: tres mayores, diez capitanes, veinte
tenientes y diez cadetes.
Éstos fueron
seleccionados de entre los individuos que habían abierto comercio en
Montevideo, como William James y el muy activo James Barton —también
tesorero de la Cámara de Comercio— con las jerarquías de mayor y capitán
del regimiento respectivamente. Robertson nos da una mordaz idea de sus
capacidades:
[…]
Muchos fueron los ejemplos de acerba enemistad originada porque uno
quería ser capitán, mientras otro, que creía tener iguales o mejores
títulos, era […] constreñido a servir bajo las órdenes del primero […]
Se reconocería la diferencia de casta y perfil, entre ellos y los
oficiales de línea, a distancia de tiro de cañón […].
Recibían además la
burla solapada de los pobladores nativos, quienes contemplaban el
entrenamiento exagerando la admiración por la marcialidad de los
oficiales y las tropas milicianas, así como las voces de mando y sus
uniformes: casaca roja, pantalón azul y gorra de piel de carnero. No
faltó quien viera a los noveles milicianos como posibles compradores. El
sábado 6 de junio Thomas Gowland anunciaba en La Estrella del Sur
que tenía para el nuevo regimiento ropas y un limitado stock de
sables y sombreros, y recordaba a los interesados que el negocio estaba
ubicado en la calle San Pedro, n ° 23 en el teatro.
VIVIR Y CONVIVIR
En los varios meses que
Montevideo estuvo ocupada se dieron naturalmente encuentros y
desencuentros. Simpatías personales y antipatías colectivas estaban
presentes en el ánimo y los sentimientos de cada uno. Así opinó José
Manuel Pérez Castellano muy negativamente sobre la entrada de los
británicos en la ciudad, pues habían ocupado su casa, dejando sin morada
a su padre, muy mayor.
[…]
Apenas pusieron el pie en la plaza empezaron a ocupar las casas que les
parecían bien, que fueron las mejores y las más bien amuebladas,
haciendo el más alto desprecio de sus dueños, quienes, o por esta razón
no pudieron venir del campo, o si venían se hallaban en la calle […].[20]
Uno de los
alojados en la vivienda de una familia montevideana era el joven
Teniente Harry Smith del 2° batallón del 95° de Rifles.
Súbitamente fue aquejado de disentería y una fiebre muy alta. Se sentía
desfallecer, pero sobrevivió, gracias a los cuidados prodigados por los
dueños de casa:
[...]
Mis propias amistades no me hubieran cuidado con tanta atención. Mi
gratitud a ellos nunca la podré expresar o será suficientemente
apreciada […].
John P. Robertson
fue otro joven que encontró una recepción particularmente amable y
alternó en las tertulias de los montevideanos:
[…]
Todas las damas que vi en Montevideo valsaban y se movían en las
intrincadas figuras de la contradanza con gracia inimitable […].[22]
El impacto
económico de los nuevos pobladores puede calibrarse con la cantidad de
naves que entraron al puerto. En febrero fueron 78; al mes siguiente, 27
más; desde abril a junio, otras 27 embarcaciones.
La Cámara de
Comercio, ya en marcha, solicitaba públicamente, por La Estrella,
el pago de la cuota por los noveles socios. Muchas oportunidades se les
ofrecían a nuevos y viejos vecinos. Algunos eran los remates de
diferentes productos y bienes, desde aguardiente español y francés hasta
los buques tomados como presas en el asalto a la ciudad.
Más allá de las
ventajas comerciales que evidenciaba la presencia anglosajona, el alud
de miles de comerciantes, soldados y marinos de las fuerzas de
ocupación, de una religión y una cultura distintas, era sentida por los
montevideanos. Además, el hecho de provenir de la nación de los
ocupantes hizo aflorar en ciertos civiles el espíritu cobarde de la
patota. En los primeros días de abril algunas señoras fueron insultadas
en las calles por comerciantes británicos, y el gobernador publicó un
bando en inglés con notificación en castellano, donde penaba severamente
esa conducta.
El 3 de junio,
fecha de Corpus Christi, el cura vicario Juan José Ortiz dispuso que la
celebración se efectuase en la iglesia Matriz, para evitar roces con los
ocupantes. Pese a su prudencia y a las disposiciones del gobernador
británico, un grupo de soldados protestantes se introdujo en el templo e
interrumpió la ceremonia con ademanes de burla. El rechazo que provocó
esta actitud llevó a que el Cabildo enviase nota de queja a Whitelocke,
nuevo comandante en jefe británico,
[…] Es
cosa que irrita infinito ver que en aquel lugar sagrado destinado sólo
para adorar el verdadero Dios y al tiempo que los fieles están juntos en
oración […] se entró un hombre adentro para ponerse a comer pan y
manteca, que no pudiera hacer mayor desprecio si entrase en un lupanar o
casa de rameras públicas. El Cabildo cree que si se hiciera otro tanto
en Constantinopla cuando los musulmanes sacan el estandarte de Mahoma,
en un momento harían pedazos al que tuviese atrevimiento de burlarse de
sus despreciables ritos […].[23]
Al día siguiente
se festejó en la ciudad el cumpleaños, del rey inglés George III. La
escuadra y los mercantes se empavesaron y las tropas desfilaron en la
ciudad. Whitelocke ofreció una celebración reservada a sus generales.
Más tarde, otro festejo convocó en la fonda de las Cuatro Naciones a lo
más selecto de la comunidad británica. Los brindis se sucedieron en
honor del monarca, la familia real, las autoridades de Relaciones
Exteriores y Marina y, finalmente, los comandantes de las fuerzas en el
Río de la Plata.
LA ESTRELLA DEL SUR: LA GUERRA IDEOLÓGICA
Los británicos no descuidaron
el aspecto ideológico y publicaron un periódico bilingüe, The
Southern Star - La Estrella del Sur, que se dedicó a pregonar las
ventajas de la monarquía británica con respecto a la española. Entre
otros, se entiende que pueden haber trabajado en la publicación
militares como los Tenientes Coroneles Edward Butler y Thomas Bradford,
junto con criollos como Manuel Aniceto Padilla. Una hipótesis señala
como responsable intelectual del periódico a William Scollay, un joven
universitario de 22 años, natural de Boston.
El 9 de mayo de
1807 se editó el prospecto que informaba de las novedades y llamaba a la
suscripción a La Estrella como forma de estimar la viabilidad
económica del semanario. El sábado 23 de ese mes apareció el primer
número, con conceptos muy claros respecto a su papel:
[…]
En esta
región las ventajas de una
imprenta libre hasta ahora nunca se han experimentado. Van a
descubrirse. Nuestro objeto principal en conducirla será aumentar y
alentar aquella armonía, concordia y amistad que debe siempre existir
entre los súbditos del mismo gobierno […].
Luego de dirigirse a los
británicos residentes en Montevideo lo hace a los nativos
[…] Y
vosotros Amigos Españoles […] El gobierno Inglés desea vuestra felicidad
de todo corazón y se halla interesado en la prosperidad de todos los
habitantes. Vienen los Ingleses, no como conquistadores, sino como
defensores. Quieren emanciparos de la servidumbre, y entregaros vuestra
justa libertad […].
Todos estos
artículos están firmados por Veritas, seudónimo que inicialmente
se adjudicó al Teniente Coronel Bradford y tiempo después se vio que
probablemente correspondiera a Scollay.
El periódico no se
limitaba a la propaganda política; también ejercía una función comercial
al anunciar el arribo de buques y las diferentes ofertas de los
comerciantes británicos establecidos en la ciudad. Contenía críticas
literarias y artísticas e incluso un espacio para colaboradores. Las
características de La Estrella la hicieron objeto de fuertes
críticas desde Buenos Aires. El 11 de junio de 1807 la Real Audiencia
publicó un bando donde se prohibía introducirla en la capital del
Virreinato. Más allá de la pasión puesta de manifiesto por los
editorialistas y de sus muchas exageraciones, las críticas de La
Estrella del Sur tenían fundamento. El objetivo implícito del
periódico era afianzar en los comerciantes británicos los principios
liberales y darles argumentos para polemizar con sus pares nativos.
Paralelamente, se esperaba captar a los españoles y en particular a los
criollos afines a dichos principios. Los comerciantes conformaban, sin
duda, el grupo social que por sus características e intereses era más
permeable a esa propaganda
No obstante, la
prensa era una novedad sólo apreciada por unos pocos. La mayoría de los
montevideanos no deseaba tener ningún contacto con los herejes ni
con sus publicaciones.
Anunciada la
retirada británica, la maquinaria y el equipamiento de la imprenta se
vendieron a la casa de los niños expósitos de Buenos Aires por 3190
pesos y fueron enviados a la capital del virreinato en la balandra
Copiango.
LAS EXPEDICIONES DE REFUERZO
El gobierno británico,
naturalmente, seguía a distancia los acontecimientos en el Plata. A la
sorpresa inicial de la expedición de Popham y Beresford, el gabinete de
coalición conducido por Grenville había decidido apoyar la conquista.
Así Windham envió sucesivos refuerzos a las fuerzas estacionadas en
América del Sur. A los primeros efectivos destacados por Baird desde el
Cabo siguieron las tropas al mando de Auchmuty, que partieron en
octubre, y las de Craufurd, un mes más tarde.
En febrero se
decidió dar el comando de todos los contingentes a dos oficiales
generales de rango superior. Fueron elegidos el Teniente General John
Whitelocke, como comandante en jefe, y el Mayor General Levison Gower
como su segundo. El primero recibió además el cargo de gobernador civil,
con un sueldo de 4000 libras anuales. Para un cometido tan delicado como
era el representar al rey en las provincias recientemente ocupadas, se
le dieron amplias atribuciones y unas instrucciones generales.
Obviamente, el primer objetivo era recuperar Buenos Aires. No obstante,
se le indicaba:
[…]
Considerará el objeto de su empresa, no el incomodar o destruir el
enemigo sino la ocupación de […] posiciones de territorio, que una vez
sujetos a las armas de S. M. no le fueran fácilmente retomables […]
Entre esos puntos
estratégicos estaban Maldonado y Montevideo, sin saber en ese momento
que esta última ya se encontraba en manos británicas. Incluso se facultó
al novel gobernador para retirarse del Río de la Plata con todas sus
fuerzas. Se le indicó que debía conciliar sus intereses con los
pobladores nativos, haciéndoles ver las ventajas de ser súbditos de George III. Se entendía, con base en los primeros informes llegados tras
la ocupación de Buenos Aires, que los británicos eran bien recibidos por
los rioplatenses.
Whitelocke zarpó
para su destino el 9 de marzo de 1807 y arribó a Montevideo en la
fragata Thisbe en los primeros días de mayo.
El domingo 14 hubo
una nueva muestra del poderío británico ante los pobladores de la
ciudad, con el arribo de una escuadra al mando del Contralmirante sir George Murray. Éste enarbolaba su insignia en el navío Polyphemus,
acompañado por el Africa —ambos veteranos de Trafalgar—,
las fragatas Camel y Nereide, la balandra
Saracen y otras embarcaciones de guerra que escoltaban a 33
buques de transporte con unos 4700 hombres y 18 cañones, a cargo del
Brigadier General Robert Craufurd, los que venían a engrosar las fuerzas
dispuestas a tomar Buenos Aires. Entre sus efectivos estaban cinco
compañías del 1.er Batallón del 95.o de Rifles.
En la rada, la presencia de la Real Marina era impresionante: cinco
navíos, cuatro fragatas y diez naves menores, bergantines, goletas y
balandras.
SUEÑOS DE GLORIA
Los británicos desembarcan en
marzo en Colonia y la ocupan sin resistencia. Los españoles resisten
tierra adentro de la Banda Oriental y son derrotados el 7 de junio en
San Pedro. La presencia de nuevas tropas confirmó a todos que el asalto
a Buenos Aires era cuestión de días. El sábado 27 de junio La
Estrella del Sur expresó con expectativa y orgullo lo que
seguramente eran los deseos de los británicos residentes en Montevideo:
[…]
Todo lo que sea capaz del espíritu y animoso valor de los soldados
británicos se realizará […].[26]
Ese mismo día el
periódico daba cuenta de una reunión en el Golden Lion, de la
calle San Gabriel, donde se efectuó una suscripción para viudas y
huérfanos de “los héroes del 3 de febrero”. Con la satisfacción de los
presentes se recaudaron unos 5000 dólares, moneda corriente en la época.
Finalmente, el 21 de junio comenzaron a embarcar las tropas. Los
comerciantes anglosajones aguardaban impacientes el asalto a Buenos
Aires; se frotaban las manos ilusionados con el éxito de la empresa.
Ahora, justo un año después de que un millar de hombres decididos se
habían apoderado de ella, fuerzas varias veces superiores e igualmente
valientes debían reconquistarla sin mayores problemas.
El 5 de julio, un
ejército inglés al mando del General John Whitelocke, intenta retomar
Buenos Aires, siendo derrotado. En las condiciones de la capitulación
estaba el retiro de los británicos de Montevideo
Todo esto significó una
advertencia y una enseñanza para los políticos de Londres. Aunque no
concretaron el establecimiento de una colonia anglosajona en estas
tierras, ganaron en experiencia y sembraron en algunos pobladores,
particularmente comerciantes, la semilla del libre comercio y sus
ventajas. Los británicos contemporáneos adjudicaron la responsabilidad
de la derrota casi exclusivamente a
Whitelocke.
Una síntesis bien puede ser el juicio de Robertson sobre este general:
[…] Con
la máxima indiferencia nos vio abandonar un suelo que, a no ser su
tontería y locura, hubiera sido nuestro para generaciones todavía no
nacidas […].
ALBIÓN Y SU LEGADO
Enterados en Londres de la
derrota de Whitelocke, comenzaron a discutir la posibilidad de una nueva
expedición y su pertinencia. Pero, mientras la discusión se procesaba,
otras realidades políticas se iban imponiendo; en particular, la alianza
de buena parte de los españoles con Gran Bretaña frente a Francia. Eso
llevó a que necesariamente el gabinete británico pospusiera la
expedición y luego entendiera que necesitaba la alianza con España para
enfrentar a Bonaparte.
Desde ese momento
los británicos buscaron otros caminos para incidir en estos territorios,
potenciales mercados que se encontraban ávidos de las mercaderías que
abarrotaban las fábricas de las islas. El rumbo lo señalaría la
diplomacia británica en 1828, con la Convención Preliminar de Paz, que
alejaba la presencia brasileña y dividía la soberanía del Río de la
Plata entre Buenos Aires y Montevideo. En el transcurso de todo el siglo XIX en ambas márgenes del río se establecieron, algunos como simples
trabajadores, otros como empleados de grandes empresas importadoras y
exportadoras, y muchos como propietarios de estancias y saladeros.
Fue también el
momento en que el capital inglés se extendía como una mancha de aceite
por todo el mundo y estas tierras eran un lugar privilegiado para su
inversión. Vino acompañado del ferrocarril. Para 1900 la presencia
británica era impresionante en los dos países: gas, agua, seguros y
transportes eran algunos destinos de sus inversiones. El fútbol, un
deporte traído por los ingleses se popularizo a través de los
ferrocarriles, desde las elites criollas a las clases medias y de ahí a
los sectores populares, en un proceso vertiginoso.
Cincuenta años
después, finalizada la Segunda Guerra Mundial, la inversión inglesa en
Argentina y Uruguay estaba en declive. No obstante, a inicios del siglo
xxi, Gran Bretaña continúa
siendo un referente en las sociedades rioplatenses. El capital británico
y sus gestores en el Río de la Plata moldearon, para bien o para mal la
infancia de las economías de ambas repúblicas. En Uruguay, tal vez la
presencia de Inglaterra más perdurable y visible se encuentra en el Club
Atlético Peñarol, cuyos orígenes se remontan a 1891 bajo el muy
circunspecto y británico nombre de Central Uruguay Railway Cricket Club.
CONCLUSIONES
Este conflicto dejó no menos
de ochocientos criollos y peninsulares fallecidos y otros tantos heridos
en la Banda Oriental. En lo que hace a los británicos pueden estimarse
en algo más de doscientos muertos y un número mayor de heridos.
Presentes en el Río de la
Plata durante unos quince meses, más de siete Montevideo estuvo bajo
bandera británica. Apenas tomada la ciudad cientos de comerciantes
anglosajones desembarcaron en la ciudad y buscaron establecer relaciones
comerciales.
En esos tiempos
montevideanos e ingleses convivieron con los variados matices de las
complejas relaciones humanas: rechazo, indeferencia, interés, afecto,
amistad e incluso amor.
A doscientos años del
inicio del conflicto que enfrento a británicos y españoles en el Río de
la Plata, es justo tener presente a aquellos que dieron todo, incluso
su vida, en un gesto de desprendimiento y amor a su patria. El recuerdo
involucra a montevideanos, fernandinos, carolinos, colonienses y otros
patriotas de los más distantes parajes que enfrentaron a los invasores
de la Banda Oriental. También a los porteños, asunceños y cordobeses,
entre otros tantos habitantes del Virreinato que contribuyeron a la
defensa de su tierra. Igualmente debemos recordar con respeto a los
ingleses, escoceses, e irlandeses que siguiendo su bandera, arribaron a
estas tierras, y por ellas lucharon.
Los rioplatenses
de inicios del siglo XIX – españoles europeos y americanos de ese tiempo
- fueron artífices de un pasado y de un presente que nos legaron y que
es irrenunciablemente nuestro al que debemos recordar y valorar, por
ellos pero también por nosotros.
La presente conferencia fue brindada por el autor, representando
a nuestra Academia, en el Coloquio Internacional “BLOQUEOS
NAVALES Y OPERACIONES ANFIBIAS EN LAS GUERRAS DE LA REVOLUCIÓN Y
EL IMPERIO (1793-1815)”, desarrollado en Ferrol del
Caudillo, España, julio de 2007.
El
Telégrafo Mercantil,
n. o 15, 20 de mayo de 1801. Tomado de una
conferencia de Juan Antonio Varese en la Academia Uruguaya de
Historia Marítima y Fluvial, publicada en el Ciclo de
conferencias 2005.
Archivo General de la Nación – Montevideo – Uruguay. (En
adelante agn),
caja 195, Escritos de Larrañaga; carpeta 5, Reconquista de
Buenos Aires.
José
Manuel Pérez Castellano: “Proclama del Gobernador de Montevideo,
7 de octubre de 1806”. Crónicas históricas 1787-1814.
“Memoria de los acontecimientos de la guerra actual de 1086 en
el Río de la Plata”, pp. 84-86. Biblioteca Artigas, Colección de
Clásicos Uruguayos, vol. 130, Montevideo, 1968.
Francisco Bauzá, Historia de la dominación española en el
Uruguay, tomo IV, Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos
Uruguayos, Montevideo, 1965, pp. 325-326 (documento de prueba n.o 3).
Las
memorias del teniente Samuel Walters se transcriben en “Papeles
de las Invasiones Británicas”, en Boletín Histórico, N
os 108-111, p. 177. Estado Mayor General del
Ejército, Sección Historia y Archivo, Montevideo, 1966. Walters
era oficial del Raisonable.
agn, “Relato de un
vecino honrado de Maldonado…”
Francisco Bauzá: o. cit., p. 327 (documento de prueba n.o 3).
Cinco
navíos:
Diadem,
Raisonable, Lancaster, Ardent
y Diomedes, cuatro fragatas: Unicorn, Leda,
Medusa y Daphne,
los
bergantines
Encounter,
Protector
y
Staunch, y
las
balandras
Pheasant,
Howe, Cherwell
y
Rolla
AGN,
Archivo General Administrativo (aga),
1807, caja 317.
Todas estas disposiciones se encuentran en
aga 1807, caja 317.
John P. y
William Robertson, Los Artigueños. Aventuras de dos ingleses
en las Provincias del Plata, selección, prólogo y notas de
Heber Raviolo, Ediciones de la Banda Oriental, colección
Lectores de Banda Oriental, Montevideo, 2000, pp. 17-18.
Milton Schinca informa del hecho en su Boulevard Sarandí,
Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1976, pp. 53-54.
Seguimos en líneas generales, Juan Carlos Luzuriaga, Una
gesta heroica, Las invasiones inglesas y la defensa del
Plata. Torre del Vigía, Montevideo, 2004, p. 103 y ss.
i.e. Southern Star
- La
Estrella del Sur,
n.o 1, p. 4.
The Southern Star
- La
Estrella del Sur,
n.o 2, p. 4.
The Southern Star
- La
Estrella del Sur,
n.o 7, p. 4.
John P. y William Robertson: o. cit., p. 27
José Manuel Pérez Castellano: o. cit., p. 139.
H. G. Smith: Autobiography of Harry Smith, written in Glasgow
in 1824, cap. 1, “Monte Video an d Buenos Ayres 1806 – 1807” The
Regency Collection,
http//homepages.ihug.co.nz/awoodley/harry/harry1.html..
[22]
John P. y William Robertson: o. cit., p. 23.
Daniel Castellanos, “La Estrella del Sur en campo de
hipótesis”, en Revista del Instituto Histórico y
Geográfico, t. xviii,
pp. 12-13.
Citado por Carlos Roberts: Las Invasiones Inglesas del Río de
la Plata (1806-1807) serie Memoria Argentina, Emecé, Buenos
Aires, 2000, p. 266.
The Southern Star – La Estrella del Sur n° 6, p. 3
John P. y William
Robertson: o. cit., p. 33.
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