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RESUMEN
La decisión de la provincia de Santa Fe de elegir sus
autoridades sin consultar al Directorio Porteño motivó dos invasiones
dictatoriales al territorio santafecino, en 1815 y 1819. En ambas
oportunidades los invasores contaron con el apoyo fluvial de una
escuadra al mando del Teniente Coronel Ángel Hubac. En la segunda oportunidad se produjeron algunos
enfrentamientos fluviales con una fuerza naval santafecina conducida por
José Garrote. El año 1819 finalizó sin que las fuerza bonaerenses pudieran
alcanzar los objetivos deseados, porque a fines de año la escuadrilla artiguista de Pedro Campbell logró neutralizar la de Hubac, asegurando
las comunicaciones fluviales y preparando el camino para el
enfrentamiento de Cepeda (1 de febrero de 1820), que provocaría la
renuncia del Directorio Porteño comandado por José Rondeau.
SUMMARY
The Santa Fe’s resolution to chose theirs own authorities
without consulting Buenos Aires Directory caused two invations at Santa
Fe land, in 1815 and 1819. In both opportunities the invaders counted
with fluvial support from Lieutenant Colonel Angel Hubac’s squadron. During the second opportunity there were several fights with
Santa Fe’s naval force under José Garrote’s command. 1819 ended without success from Buenos Aires’s forces,
because Artigas’s squadron under Pedro Campbell command could neutralize
Hubac’s squadron, securing fluvial lines of communications and preparing
the way to a clash in Cepeda (February 1th, 1820), that would provoke
Buenos Aires’s Directory, under command of José Rondeau, resign.
DESARROLLO
La decisión de la Provincia de Santa Fe de elegir sus propias
autoridades prescindende de la opinión de los gobernantes porteños,
motivó, por parte de las fuerzas directoriales, dos invasiones al
territorio santafesino, las que tuvieron lugar en 1815 y 1819.
En ambas ocasiones los efectivos terrestres invasores recibieron el
apoyo fluvial de una escuadrilla al mando de Angel Hubac, quien en 1819
ostentaban el grado de Teniente Coronel Graduado al servicio de la
Marina.
En esta oportunidad, los bergantines Aranzazu y
Belén, la goleta Invencible y algunos lanchones
cuyos nombres no han quedado registrados, colaboraron con el Ejército de
Observación, al mando del General Juan Ramón Balcarce.
El 13 de enero de 1819 los tripulantes de un bote perteneciente al
Aranzazu (nave capitana de Hubac) destinados a la descubierta
del río Paraná, tomaron prisioneros a los individuos, Juan José Jiménez
y Amancio Savía, quienes navegaban en una canoa río abajo. Conducidos a
tierra, fueron interrogados por el Coronel D. Celestino Vidal, ante
quien afirmaron haber conocido hacia Santa Fe un contingente de tropas
entrerrianas enviadas por el gobernador Francisco Ramírez a su colega
Estanislao López para reforzar sus efectivos.A bordo de la goleta
Itatí,
transportaron 500 hombres al mando del Capitán Contreras.
Poco después, otras naves entrerrianas cruzaron el Paraná, para unirse a
las fuerzas santafesinas: el bergantín Gloria, la polacra
Fornel, la lancha Florentina y una banlandra
de gavia.
Jiménez y Savía informaron además que un total de 200 hombres al mando
de Estanislao López habían abandonado la capital de la provincia, con
rumbo al campo para repelerla invasión bonaerense, ignorando ellos quién
reemplazó accidentalmente al gobernador en sus funciones. Con respecto a
la fuerza naval santafesina, manifestaron que su comandante y Jefe era
“un tal Garrote Gallego” quien, a demás de la Itatí,
contaba con la goleta Jaime, las balandras de gavias
Ciprina y Patricia, las garandumbas
Romero y Bienvenida, dos chalupas, la lancha
Guanaco y otro propiedad de Papel el Mahonés.
La falta de coordinación entre las fuerzas terrestres y fluviales al
servicio del Directorio, provocó demoras en las acciones y fue la causa,
según el Comandante Hubac, de que no pudiesen apoderarse de todas las
embarcaciones santafesinas que los hostilizaban.
La situación se tornaba muy difícil para los porteños: Hubac solicitó al
gobierno nacional el envío de uno o dos buques de guerra, ya que contaba
con pocos armamentos y su tripulación había mermado a causa de numerosas
bajas y deserciones.
Por otra parte, López contaba, además de sus propias tropas, con fuerza
que le enviara Artigas a las órdenes de Campbell. Hubac fue informado
acerca de la presencia de buques correntinos en Cayastá, y de la
aparición en la laguna de Santa Fe de varios buques y lanchones “que
entraron haciendo salvas de 5 cañonazos con grandes banderas y
gallardetes: unos traían la bandera de Artigas, otros la de Andresito”.
Mientras tanto, en Entre Ríos, un excomandante militar de Gualeguaychú,
Gervasio Correa, defendía los intereses directoriales. Desde fines de
1818 se hallaba destacado en los bosques adyacentes del Paraná Ibicuy,
con 60 hombres mal pertrechados. En enero de 1819, se enteró que dos
lanchones enemigos intentaban cortar su avance por el río, y que al
mismo tiempo se preparaba una partida para atacarlo por tierra. Decidió
prevenir el golpe remontando el río Gualeguay. Así logró ganar de mano a
sus adversarios, a quienes atacó y obligó a rendirse después de un largo
y vivo combate; los prisioneros capturados le informaron sobre el estado
de fuerza de la guarnición de Gualeguay. Resolvió entonces asaltarla,
exitosa acción que le produjo más de 100 prisioneros.
Su próximo paso consistió en apoderarse del parque de los enemigos,
establecido en una estancia situada 12 leguas al norte de la villa de
Gualeguay, pero debió cambiar sus planes a causa de la deserción de gran
parte de sus hombres.En el ínterin Ramírez le expresó el deseo de celebrar un parlamento,
pero acto seguido lo atacó sorpresivamente con fuerzas más numerosas, lo
que provocó la dispersión de las tropas de Correa.
Pocos días después, reagrupado y reorganizado su magro contingente,
Correa de decidió marchar hacia las inmediaciones del arroyo Ñancay para
aprovisionarse de caballada y reclutar más hombres, pero allí fue
nuevamente atacado y derrotado por tropas de Ramírez, quedando su gente
en estado deplorable.
Adoptando una actitud similar a la de otros jefes directoriales, quienes
se entendían directamente con los portugueses que habían invadido la
Banda Oriental, Correa pidió ayuda a Jacinto de Sena Pereyra, jefe de la
escuadrilla lusitana que patrullaba el río Uruguay.
Este lo auxilió con víveres y armas, de acuerdo a directivas de Lecor,
jefe de los invasores, quien le ordenara “proteger a los oprimidos
contra los perturbadores de la paz” (sic).
Entretanto en el río Paraná, la situación de Hubac seguía siendo
apremiante: diariamente se producían tiroteos entre sus fuerzas y las
santafesinas. Previendo un ataque de mayor envergadura, situó sus buques
frente al puerto del Rosario, cerca de donde se hallaban Balcarce y sus
tropas.
El 22 de enero envió un oficio a Matías de Irigoyen reiterando un pedido
de municiones, solicitando además que se le remitiesen perchas para la
antena y los masteleros de juanete, que había perdido por causa de un
temporal.
Con estos pertrechos pensaba actuar el puerto de Santa Fe, punto de
concentración de la flota enemiga. Pedía asimismo dos lanchones
equipados y armados para poder internarse en arroyos y riachos de poco
caldo, y ponía de relieve la situación angustiosa de su tripulación, la
que hacía seis meses que no recibía paga, lo que provocaba numerosas
deserciones.
El 28 de enero se le informó desde Buenos Aires que el bergantín de
guerra Chacabuco navegaba con rumbo a Rosario llevándole
parte de lo solicitado,
pero la tan esperada orden de atacar Santa Fe nunca llegó, y Hubac debió
poner proa al sur, fondeando sus naves frente al puerto de San Nicolás.
Mientras tanto, las acciones terrestres eran netamente favorables al
ejército santafesino. Si bien Viamonte reemplazó a Balcarce en el mando
de las tropas directoriales, en nada se modificó el estado de cosas.
Esta situación repercutió desfavorablemente en el ánimo de los hombres
de Hubac, quien informó a Irigoyen: “La Marina está tan
desalentada que tengo que vigilarla sin descanso. A pesar de esta
vigilancia han desertado y se han pasado al enemigo dos canoas que
tenían armadas y algunos más, llevándose consigo el armamento y
municiones. La situación es tal, que temo enviar un lanchón solo a
cualquier parte”.En el río Ibicuy Chico, Correa intentaba rechazar a las fuerzas que
respondían a Ramírez. El 14 de abril avisó a Irigoyen que sus enemigos
trataban de armar buques en el Gualeguay para atacarlo por mar y tierra,
por lo que reintentaba el pedido de dos lanchones.
El 18 de mayo las autoridades de Buenos Aires informaron a Correa que el
12 de abril, en el colegio de San Lorenzo, se había concertado un
armisticio entre los caudillos del litoral y el gobierno de Buenos
Aires,
por el que se decidía retirar los ejércitos y las
escuadras directoriales de los territorios de Santa Fe y Entre Ríos.
También deberían marcharse las fuerzas auxiliares de Santa Fe
(entrerrianas, misiones y correntinas), y superar cualquier dificultad
por medios pacíficos.
Como el armisticio no había sido aún ratificado, las autoridades
directoriales no podían transmitirle a Correa órdenes precisas,
limitándose a expresarle que:
“no es fácil indicarle a Ud. la
conducta que debe guardar durante la indecisión del jefe de Entre Ríos”.
Se le aconsejaba mantenerse a la defensiva hasta la firma del convenio
definitivo “a no ser que llegue el inesperado caso de ser atacado,
en el que deberá defenderse a todo trance con la valentía
y honor que le caracterizan y distinguen a las fuertes tropas del Estado”.
Sano consejo, ya que este pacto nunca resultó confirmado.
A mediados de abril, de tener conocimiento del acuerdo prelimitar de San
Lorenzo, Correa había atacado y tomado prisioneros a siete hombres
quienes le informaron que el Capitán Albarenque, de las fuerzas
entrerrianas, habían atacado una estancia sobre la margen derecha del
río Gualeguay, para impedir que los enemigos se apoderasen del ganado.
Correa se dirigió entonces a esa zona: atacó y venció a Albarenque y a
sus 170 hombres, pero se limitó a quitarles sus armas y dejarlo en
libertad, “lo uno porque no tenía como retenerlos, lo otro porque
Albarenque Cmte. de aquella gente me comunicó la mala fe con la que
procedía Ramírez, porque a pesar de haberse celebrado un armisticio por
el que éste debía auxiliarme para pasar a San Nicolás, quería
sorprenderme”.
La deslealtad del caudillo entrerriano se manifestaba asimismo en otras
actitudes: en mayo de 1819 pidió a Estanislao López el envío de varios
lanchones, con el aparente propósito de apresar algunos buques
portugueses que se hallaban próximos al Ibicuy, aunque su verdadero
objetivo era atacar a Correa.
López envió las embarcaciones solicitadas, al mando de José Garrote, a
quien de inmediato Ramírez ordenó que marchase hacia el Ibicuy para
atacar sorpresivamente a Correa. De no ser factible dicho ataque,
debería internarse en el río Uruguay para sorprender a otros buques
enemigos que navegaban por sus aguas. Garrote podría fondear sus
embarcaciones en el río Gualeguaychú, en el arroyo Ñancay y en toda la
ribera norte del Uruguay, ya que las partidas guardacostas apostadas por
Ramírez en la costa estaban alertadas de su presencia.
En caso de tomar prisioneros, se le ordenaba trasladarlos al cuartel
general de Ramírez, y continuar con dos de sus lanchones vigilando los
movimientos de Correa. Los otros dos podría enviarlos al río Uruguay, a
las órdenes de “un tal Don Claudio”, individuo experimentado en la
navegación de la zona, según se desprende de propias palabras de
Ramírez: “Ud. no haga cosa alguna sin consultarla con Don Claudio.
Ud. haga todo con reposo. Don Claudio tiene alguna baquía y también
alguna inteligencia en el uso del Uruguay. El va instruido verbalmente y
lo impondrá de todo”.
A principio de junio, Garrote apresó a las goletas directoriales
Santa Bárbara y Chacabuco, las que se hallaban en
las proximidades de La Bajada. El patrón de la Chacabuco,
José María Gauna, fue dejado en libertad, en compañía de Fernando
Amarilla, baqueano desertor de uno de los lanchones de garrote, marchó
hacia San Nicolás, donde el Teniente Coronel D. Francisco de Vera, Mayor
de Detall del Ejército de Observación ordenó, el 19 de junio, al
Teniente 2° de Cazadores, Nicolás E. Peña, que tomase declaración a los
dos hombres para enterarse de los pormenores del apresamiento.
Amarilla informó que había participado en el ataque y toma de las dos
goletas, y que luego de esa acción Garrote permaneció en la Villa del
Toro, detenido por un lanchón oriental. Posteriormente Garrote pasó a
Santa Fe donde, según le comentara verbalmente a Amarilla, Estanislao
López le reprochó no haberse dirigido directamente allí una vez
apresadas las goletas directoriales, pero ya que el caso no tenía
remedio, le ordenaba navegar aguas abajo hasta La Bajada.
Según lo declarado por el patrón de la Chacabuco, Garrote marchó hacia
Santa Fe al recibir un oficio de Ramírez impartiéndole esa orden.
Los dos interrogados coincidieron en afirmar que la goleta Santa
Bárbara se envió al río Gualeguay, y la Chacabuco
fue desguazada, todos sus útiles almacenados y su cañón echado a tierra.
La tripulación de ambas embarcaciones fue puesta en libertad.
Pese al contrastase que significaba la pérdida de esos dos buques, Hubac
redobló sus esfuerzos en la persecución de quienes respondían a los
caudillos.
A principio de julio penetró en el riacho Brazo Largo para detectar la
presencia de lanchones enemigos. En el Paraje llamado “Las Botijas”
encontró una balandra que navegaba aguas arriba, cuyos tripulantes le
informaron que sus adversarios llevaban tropa para atacar a Correa.
Hubac trató de perseguirlos internándose tres leguas en el Brazo Largo,
pero tuvo que retroceder hasta la boca del riacho, ya que éste se
angostaba progresivamente en su interior, y le resultaba imposible
penetrar en él en sus buques.
El problema de los desniveles de profundidad del río Paraná y sus
riachos adyacentes, constituía un obstáculo muchas veces insalvables
para estas rudimentarias naves. Los mayores inconvenientes se
presentaban en la navegación río arriba. Si no soportaban vientos del S.
y S.E. las embarcaciones quedaban calmas y debían navegar a la sirga, al
remo y a la espía.
En esos momentos, Hubac se hallaba a la espera de vientos propicios, y
ardía en deseos de presentar combate a sus enemigos quienes, según sus
propias palabras, de producirse el encuentro,
“no cantarán
victoria como por los arroyos y las lagunas lo han hecho hasta aquí”.
Pero para realizar un ataque frontal, consideraba necesario que desde
Buenos Aires reforzaran su escuadra con lanchones bien armados y tropa
perfectamente adiestrada y convenientemente equivocada, ya que,
“si la tropa es como la que yo tengo, nada hará ningún oficial con ella;
de éstos hay que aún no saben tirar un tiro, otros son recién sacados de
los calabozos, y todos en general desnudos, todos estos son
inconvenientes suficientes para no resolverme a una empresa que piense
tener soldados y no encuentra cuanto sea preciso”.
Este documento ilustra claramente la penosa situación por la que
atravesaba Hubac, sumado a esto la superioridad numérica de sus
adversarios “Los montoneros tienen 4 lanchones con cañón, uno con
sólo tropa y 4 canoas”
se tendrá la explicación de los acontecimientos que sobrevendrá luego.
Inmediatamente después de esta incursión de Hubac en el Brazo Largo
debió producirse un encuentro con las fuerzas que respondían a los
caudillos, ya que el 18 de julio Francisco Ramírez remitió a Estanislao
López un oficio que expresaba: “Ya nuestra escuadrilla obra con
acierto sobre los enemigos. La copia del parte que incluyo a V.E. del
Comandante D.J. Garrote le instruirá de las victorias conseguidas. Fuera
de todo peligro están nuestros lanchones y en seguridad cuanto
apresaron”.
Mientras tanto, también Correa sufría el embate de las fuerzas que
respondían a Ramírez. Apostado en el Ibicuy Chico, según informara a
las autoridades directoriales “fui cargado por tierra y por el río
con 4 lanchones, éstos me hicieron prensa la goleta de este Sup.mo
Gobierno donde estaba mi hijo Jorge Saturnino Correa y mi sobrino D.
Anselmo Reinoso, yo puedo salvar toda mi gente, caballada y ganado por
medio de una retirada, aunque trabajosa, a la Tinta”.
Cuando llegó a ese riacho se encontró con su hijo, quien había logrado
recuperar la goleta, la que al ser apresada por los entrerrianos,
quedara al mando de “ese tal Don Claudio”, quien poco
tiempo antes aleccionara con éxito a Garrote.
Ante la intimación que le efectuara el joven Correa, el valeroso
baqueano no quiso rendirse, circunstancia que obligó a aquél, a darle
muerte.
Para asegurar la goleta reconquistada, Correa la hizo pasar a la zona
patrullada por la escuadrilla portuguesa, pero presionado por su gente
que se hallaba falta de vestimenta, víveres y municiones, Correa no tuvo
otra alternativa que abandonar la zona.
Al tiempo que esto ocurría, Hubac reiteraba sus angustiosos pedidos de
refuerzos pues si bien habían recibido desde Buenos Aires un lanchón al
mondo de Nicolás Pico, el número de hombre que lo tripulaba era
insuficiente, y prácticamente carecían de alimentos.
En un oficio dirigido al Coronel D. Ignacio Alvarez de 27 de junio,
Hubac le informaba acerca de las condiciones del riacho de la Tina, y
detallaba el material necesario para poder atacar con posibilidades de
éxito a sus enemigos, agregado que “ en el momento que reciba los
víveres voy a poner en camino y a hacer cuanta diligencia sea posible,
acordando con el jefe de los portugueses para lo que tenga más en
cuenta, y si no tratan de aportar tropa haré tranquear la boca a los
piratas para que salgan e iré a perseguirlos en el Gualeguay”.
Alvarez, en su carácter de Jefe del estado Mayor del Ejército de
Observación, ya había intercedido ante Irigiyen para que auxiliarse a
los miembros de la escuadra. En un oficio que le enviara el 24 de julio,
destacaba que “les deben a todos desde la paga de junio, como
tampoco les mandan las relaciones de tabaco, papel y yerba.”
En cuanto a las relaciones entre las fuerzas directoriales y los marinos
lusitanos, eran de mutua colaboración: ya hemos visto que Correa había
solicitado la ayuda de Sena Pereyra al ser derrotado por tropas de
Ramírez.
Poco después que Hubac se pusiera en contacto con aquél, el 19 de
agosto, Ignacio Alvarez informa desde San Nicolás a Irigoyen que había
recibido al teniente portugués Manuel Gomez Lisboa y a cuatro soldados
procedentes de La Bajada, donde habían estado prisioneros. Ellos
pidieron permiso para seguir viaje hacia el río Uruguay, con el fin de
incorporarse a la escuadra de Sena Pereyra. Alvarez accedió a su
solicitud “en retribución de las atenciones de los jefes
portugueses a los de las provincias Unidas”.
Por otra parte, dos meses después de estos sucesos, el Director Rondeau,
pediría al portugués Lector, dueño de Montevideo, que cargase con sus
tropas “al enemigo común [sic] hasta el Paraná, en comunicación con las
fuerzas de Buenos Aires”.
Prosiguiendo con los movimientos de Hubac, al no recibir la ayuda
solicitada, no le cupo otra solución que poner proa hacia San Nicolás,
donde arribó el 8 de agosto, según consta en un oficio enviado por
Alvarez a Irigoyen: “anoche ha anclado en esta agua la escuadrilla
sutil al mando del Tte. Coronel. A. Hubac, habiendo dejado el bloqueo
que mantenía a los lanchones piratas, porque estos se internaron por
Gualeguay en la Tina y se hacía imposible su apresamiento”.
El año 1829 finalizó sin que las fuerzas directoriales pudiesen alcanzar
los objetivos deseados: a fines de diciembre, la escuadrilla comandada
por Pedro Campbell, consiguió neutralizar a la de Hubac, asegurando así
las comunicaciones federales por Cayastá, con su base de operaciones en
la Mesopotamia.
Reducido el ejército directorial a unos pocos seguidores de Rondeau, ya
que tanto Belgrano como San Martín se negaron a intervenir en la guerra
civil, se vio obligado a enfrentar a las fuerzas federales en Cepeda el
1 de febrero de 1820.
Ramírez contaba en esta ocasión con su propio ejército, con la montonera
santafesina de López, la cordobesa de Felipe Alvarez, los misioneros de
Campbell custodiando el río y algunas partidas de indios chaquenses.
Rondeau sufrió allí una aplastante derrota, la que motivó la caída del
Congreso y del Directorio.
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