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AN
ATLANTIC EXPLORATION ATTEMPT IN THE 12th CENTURY
RESUMEN
Al
iniciarse en la Edad Media la expansión de Europa hacia la periferia, un
grupo de jóvenes marinos musulmanes de Lisboa, imbuidos de un fuerte
espíritu aventurero, decidió explorar las aguas de occidente,
internándose en el océano Atlántico. Las
peripecias de este periplo, en varias islas y parte de la costa
atlántica de África, fueron narradas por el cronista árabe Al-Idrisi.
SUMMARY
When in
the Middle Age began the expansion of Europe toward the
periphery, a group of young Muslim sailors from Lisbon, imbued of a
strong adventurous spirit, decided to explore the western waters, into in the Atlantic Ocean. The incidents of this journey, in several islands and some
of Atlantic coast of África, were narrated by the Arab writer Al-Idrisi.
DESPERTANDO LA CULTURA
La Europa
medieval se caracterizó, desde el punto de vista científico, por un
acentuado progreso en numerosas disciplinas, principalmente en
matemáticas, física, química, geografía y astronomía. Estos avances se
intensificaron cuando los investigadores europeos entraron en contacto
con la mayoría de las obras científicas producidas durante la
antigüedad clásica y la arábiga.
Al entronizarse en el Califato de Bagdad la dinastía Abasí,
con predominio de influencia persa e impregnada de cultura helenística,
se advirtió la urgente necesidad de que el pueblo islamita asimilara los
fundamentos de esas culturas. Para tal fin se estableció una escuela de
traductores, los que vertieron al árabe las obras científicas y
culturales más importantes de los países por entonces dominados por el
Islam.
El contacto del mundo islámico con el orbe indostánico, y la
tarea de esos traductores constituyeron el inicio del gran florecimiento
de la cultura musulmana, donde las ciencias y las letras alcanzaron
desarrollos completamente desconocidos en tiempos medievales en las
tierras del antiguo imperio romano.
Los primeros califas, Harun Al-Rasid , héroe de tantos
cuentos de las mil y una noches, y en particular Abdallah Al Mamún,
fueron grandes protectores de las letras y de las ciencias,
procurándose manuscritos griegos, persas y egipcios, y alentaron la
labor de los traductores al tiempo que fomentaban todo tipo de estudios
científicos .
Así, desde fines del siglo VIII todos los elementos necesarios para el
desarrollo de una gran cultura estaban presentes en el mundo islámico:
los materiales griegos, siríacos, persas e hindúes sobre los que se
basaría la nueva civilización; y un equipo numeroso de sabios persas,
judíos, sirios y árabes que gozaron de amplia libertad de discusión y
de opinión, lo que les permitió manifestar completamente sus ideas .
La geografía adquirió una gran importancia y un minucioso
rigor en el mundo islámico debido tanto al deseo de desplazarse y de
conocer el mundo, como a la obligación de la peregrinación a los
lugares santos, de la que ningún buen musulmán podía eximirse. Así es
como se intensificó la elaboración de mapas cuya característica era ser
completamente esquemáticos, ya que los elementos geográficos
generalmente se representaban con figuras geométricas como rectas,
polígonos, círculos y elipses.
Pero no solamente en Bagdad las ciencias y los sabios
obtuvieron protección y estímulo: con la conquista de España los califas
cordobeses Abd-al Rahman II y III hicieron de la capital de Al-Andalus
uno de los más maravillosos centros del mundo por su belleza material y
su cultura intelectual, lo que se prolongó con sus sucesores y durante
los reinos de taifas que siguieron a la disolución del califato. Un
perfeccionamiento semejante también tuvo lugar en el este y el norte de
la Mesopotamia.
Al formarse los reinos de taifas tras la caída del califato
de Córdoba, la ciudad española de Toledo fue la capital de uno de los
más importantes. Sus reyes moros tuvieron tal pasión por las
bibliotecas, que hasta se les acusa de haber despojado violentamente de
sus libros al famoso bibliófilo Al-Arauxí. A Toledo fue a parar la
parte más importante de la biblioteca del califa Al-Hakan II, y un
opulento bibliófilo toledano; Aben-al Anasí, se ocupo de traer de
Oriente una gran cantidad de libros que versaban sobre los más diversos
temas.
Cuando el rey castellano Alfonso VI reconquistó Toledo en 1085, respetó
todos los derechos de la población islámica, por lo que en la ciudad
continuaron viviendo la mayoría de sus pobladores musulmanes. Junto a
ellos habían habitado durante casi cuatro siglos los mozárabes, quienes
si bien continuaban fieles a la religión cristiana, con el correr del
tiempo a adoptaron numerosos rasgos culturales árabes. Con ellos
convivían grupos de judíos, también arabizados al cabo de unas décadas.
A ellos se incorporaron numerosos cristianos que fueron a habitar y a
guarecer la ciudad reconquistada.
El arzobispo toledano Don Raimundo advirtió el gran
beneficio que podría obtener la cultura europea con aquella convivencia
de gentes tan diversas y con la acumulación de tan ricos tesoros
bibliográficos, y decidió crear una escuela de traductores, a semejanza
de la que siglos antes había funcionado en Bagdad, e incluso favoreció a
algunos estudiosos con su mecenazgo.
En occidente solo habían aparecido unos pocos maestros cuya
producción intelectual fue de gran limitación y deficiencia, dado que
toda conexión con los adelantos intelectuales logrados en el campo del
helenismo estaba rota desde siglos atrás. En efecto: con la caída del
Imperio Romano y el surgimiento de los reinos germánicos había
sobrevenido una gran decadencia caracterizada por un completo
aislamiento intelectual de occidente respecto del imperio bizantino.
Fue entonces cuando comenzaron a acudir a Toledo las más
despiertas inteligencias de la Europa cristiana, deseosas de conocer las
culturas helenística y arábiga para cambiar la faz espiritual de
Occidente. Duplas de musulmanes y cristianos, o de cristianos y judíos
conocedores de las lenguas árabe y latina fueron vertiendo a esta última
todo el saber de los islamitas de España y de Oriente, como así también
las primeras versiones arábigas de los científicos griegos.
En Toledo, en su riqueza de libros árabes, en la convivencia
de hombres versados en legua árabe y hebrea, descubrirían los cristianos
una nueva intelectualidad que cambiaría por completo los rumbos de la
ciencia latina, constituyéndose este fenómeno en uno de los
acontecimientos más singulares de la historia universal
LAS EXPLORACIONES
Contemporáneamente a esta revolución cultural, la Europa cristiana
inicia su expansión hacia la periferia. Numerosos viajeros comienzan a
recorrer el Asia y dejan interesantes testimonios acerca de los países
visitados. Entre ellos se encuentra Giovanni da Pian del Carmine, quien
fue comisionado por el Papa Inocencio IV para lograr la alianza y
conversión del Gran Can de los mongoles. Si bien fracasó en esa misión,
su viaje fue muy fructífero desde el punto de vista cultural, ya que
proporcionó una detallada descripción del país visitado, y muchos datos
de valor histórico y etnográfico acerca de sus habitantes.
También es digno de mención Giovanni da Montecorvino,
franciscano oriundo de Palermo, quien dedicó toda su vida a una intensa
actividad misionera en India y China. Las cartas e informes que enviara
a Europa contribuyeron a divulgar el conocimiento del Extremo Oriente.
Pero las fuentes más importantes para el conocimiento del
Asia Central y Oriental durante la Edad Madia están condensadas en el
libro escrito por el mercader veneciano Marco Polo, quien junto con sus
hermanos Niccolo y Maffeo recorrió el país tártaro y vivió en China
durante 17 años.
Respecto de los viajes por mar, en esas épocas la navegación
era aún difícil e insegura. Navegar aún equivalía a bordejear la costa,
como en los albores de la marinería. Las rutas más frecuentes eran las
del Mediterráneo, pero los buques que surcaban este mar se pegaban tanto
a la orilla, que bien podría decirse que la navegación marítima de la
zona tenía mucho de fluvial.
Pero el hecho de que no se practicase navegación de altura
no significaba desconocimiento técnico sobre el instrumental náutico ya
que los marinos que navegaban por el Mediterráneo manejaban
perfectamente el astrolabio y empleaban desde hacía tiempo la aguja
imantada, pero los viajes por el Atlántico seguían siendo un enigma, ya
que la navegación en alta mar recién obtuvo notables progresos en el
siglo XIII, con el perfeccionamiento de la brújula náutica, que permitió
regular la navegación mediante los astros, y con la sólida fijación del
timón con bisagras al codaste de popa, lo que sustituyó al timón lateral
en el eje del navío proporcionando una mejor dirección.
En el siglo XII los árabes dominaban gran parte de la
península ibérica. Aunque eran intrépidos navegantes y surcaban
constantemente las aguas del océano Índico y de los mares del Extremo
Oriente, hasta ese momento no se habían arriesgado a navegar por el
Atlántico. Las fértiles imaginaciones de los navegantes, cartógrafos y
geógrafos de entonces habían poblado el Atlántico de numerosas islas,
algunas totalmente legendarias, otras duplicados de islas realmente
existentes, pero colocándolas en lugares incorrectos.
Reflejando las creencias de la época, el astrónomo persa
Al-Biruni expresaba que en ese mar no se podía desarrollar la navegación
debido a la obscuridad del aire, a la densidad del agua y a la confusión
de las rutas; todo lo que provocaba grandes posibilidades de
extraviarse. Debido a estas condiciones se habían colocado en la zona
señales para precaver a los navegantes acerca de los riesgos de
internarse por lugares desconocidos.
En el período de mayor apogeo cultural de la España
islamita, un grupo de jóvenes audaces, aguijoneados por el sentido de lo
real y el espíritu de aventura, sintió la tentación de explorar el
Occidente internándose en el Atlántico, denominado Mar Verde por los
cronistas árabes. Cabe destacar que se trató de un proyecto
exclusivamente particular ya que no hubo apoyo oficial ni se firmaron
capitulaciones para acometer la aventura: todo corrió por cuenta de ocho
primos hermanos que no soñaban hallar un mundo desconocido al otro lado
del mar, ni tampoco como más tarde intentara Colón llegar a Oriente
poniendo proa al Poniente: simplemente deseaban conocer qué secretos
encerraba el Atlántico y cuáles eran sus límites.
EL PERIPLO
La historia de este viaje fue relatada por un notable estudioso de la
época Abú Abd Allá Muhammad Al- Idrisi, quien si bien se ocupó de
diversas ciencias, entre ellas botánica y farmacología, debió su fama
especialmente a sus cuantiosas obras sobre geografía y cartografía, al
punto de ser considerado uno de los más prominentes geógrafos árabes.
Natural de Ceuta, Al-Idrisi pasó su juventud en Córdoba
donde se formó intelectualmente, pero sus trabajos más importantes no
fueron escritos en la península ibérica sino en la corte profundamente
impregnada de cultura musulmana de los reyes normandos de Sicilia.
Allí elaboró un gran mapa mundial en el que trata de dar una
representación fiel de las costas, del curso de los ríos, de la
ubicación de las ciudades, de los lagos, de las islas y de las montañas.
Al mismo tiempo escribió la más extensa obra geográfica
producida en la época por los árabes, titulada ”El placer de quien
está poseído por el deseo de abrir horizontes”, más conocida como ”Libro
del rey Rogero” por la gran colaboración que le brindara el rey
normando Roger II en la recolección de datos y noticias.
Con esta obra Al-Idrisí aportó notables elementos a la
náutica siciliana y por intermedio de los genoveses, a la catalana y a
la portuguesa. En contraste con otros geógrafos árabes, proporcionó
valiosas informaciones sobre los países cristianos. Así al describir un
grupo de ciudades polacas brindó la mejor explicación acerca de la
unidad del fenómeno urbano que se produjo en toda la cristiandad en el
siglo XII.

Mapamundi de Al-Idrisi, contenido en el Libro del Rey Rogero
Las peripecias de la navegación que nos ocupa las relató en
el capítulo dedicado a Lisboa, a la que sitúa en las proximidades del
océano en la orilla Norte del río Tajo, cuya anchura en las cercanías de
la ciudad era de seis millas, y donde la marea se hacía sentir
violentamente.
Respecto del viaje, manifiesta que en el año 1124 los ocho primos
financiaron la construcción de un buque mercante, y colocaron a bordo
agua potable y víveres en cantidad suficiente para una navegación de
varios meses; y desde la bella y aurífera Lisboa, eterno ojo de Hispania
abierto hacia el misterioso más allá, se hicieron a la mar al primer
soplo del viento del este.
Después de navegar hacia el oeste aproximadamente durante
once días con buen viento, los aventureros llegaron a un mar, cuyas
ondas espesas exhalaban un olor fétido, escondían numerosos arrecifes y
se encontraban débilmente iluminadas: se trataba de una zona del océano
en la que son frecuentes las fuertes nieblas y las grandes masas
sargásicas.
Por el temor de perecer, cambiaron la dirección de sus
velas, virando con rumbo sur, con el que viajaron por espacio de doce
días, pasando por las islas Madera para arribar finalmente a una de las
Canarias, (conocidas en la antigüedad como las islas de los beatos), en
la que decidieron desembarcar. Allí encontraron una fuente de agua
corriente y una higuera salvaje en sus cercanías. Aunque la isla se
hallaba deshabitada, se toparon con numerosos carneros salvajes, cuya
carne les resultó imposible de consumir debido a su sabor extremadamente
amargo. No obstante, decidieron conservar sus pieles.
Luego continuaron navegando con rumbo sur durante doce días más, y
finalmente avistaron una isla que aparentaba estar poblada. Al acercarse
para inspeccionarla mejor fueron rodeados por un numeroso grupo de
barcas cuyos tripulantes, luego de tomarlos prisioneros, los condujeron
a una ciudad situada a orillas del mar. Allí fueron mantenidos presos
durante tres días dentro de una vivienda. Los lugareños eran hombres de
estatura elevada, de piel color rojiza, casi lampiños y con largos
cabellos lacios. Al decir del cronista, las mujeres poseían una rara
belleza.
Al cuarto día se les acercó un hombre que se identificó como
intérprete del rey y los interrogó en lengua árabe acerca de su
identidad, de su país de origen y del motivo de su viaje. Los viajeros
narraron su aventura, explicando que se habían lanzado al mar con el
objetivo de conocer lo que podía tener de singular y curioso, y para
averiguar sus límites extremos.
Al día siguiente fueron conducidos ante el soberano del lugar quien
reiteró el interrogatorio, el que fue respondido por los exploradores
en los mismos términos que en la víspera. Cuando el rey los oyó hablar
se echó a reír y expresó textualmente al intérprete: ”…. Explica a
estas gentes que mi padre en otro tiempo ordenó a algunos de sus
esclavos que embarcaran sobre este mar. Lo recorrieron durante un mes,
hasta que la claridad de los cielos les faltó y se vieron obligados a
renunciar a esta vana empresa ….”. También le pidió que
garantizase su benevolencia a los aventureros con el fin de que se
formaran una buena opinión sobre él, lo que el intérprete efectuó de
inmediato.
Si bien la actitud del monarca hacia los jóvenes fue en todo
momento de extrema consideración, al terminar la entrevista ellos fueron
nuevamente llevados a su prisión, y allí quedaron hasta que al día
siguiente, a la salida del sol se levantó el viento del oeste. Sus
captores, luego de vendarles los ojos, subieron con ellos a una barca y
los obligaron a remar.
Después de navegar durante tres días arribaron a la costa de África
donde fueron desembarcados y abandonados en la playa, con las manos
atadas detrás de la espalda. Permanecieron en ese estado hasta que
oyeron ruidos y voces humanas en lontananza. Entonces comenzaron a
proferir gritos de auxilio hasta que algunos de los habitantes de la
comarca se acercaron a ellos, y viéndolos en condición tan miserable,
los desataron y les proporcionaron agua y comida.
Dado lo extraño del contexto, les solicitaron en idioma
bereber detalles sobre las causas que los habían colocado en tal
situación y al conocer su historia les informaron que para regresar a
su patria deberían navegar por espacio de dos meses.
Al-Idrisi interrumpe en este punto su relato, por lo que
ignoramos de qué manera y en qué circunstancias se produjo el retorno de
los intrépidos navegantes a Portugal. El cronista sólo añade que la
narración de esta aventura la escuchó en Lisboa, donde incluso el nombre
de una calle la recordaba y que por ese entonces también estaba de
actualidad en Tejo y en otras ciudades lusitanas.
Solamente nos cabe una reflexión acerca de que el
perfeccionamiento de las carabelas, (que fue uno de los logros máximos
en la historia de la ciencia náutica europea de esa época), y el alto
valor que adquirió el conocimiento del mundo para el espíritu de los
hombres de la Edad Media, brindó la remota posibilidad a una navecilla
tripulada por musulmanes de Lisboa de encontrar un continente
desconocido, tres siglos antes de que se toparan con él las naves
castellanas.
BIBLIOGRAFÍA
LE GOFF, Jacques: “La baja Edad Media”, México, 2004.
MENÉNDEZ PIDAL, Ramón: “España, eslabón entre la cristiandad y
el Islam”, Madrid, 1956.
MIELI, Aldo: “El mundo islámico y el occidente medieval cristiano”,
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SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Claudio: “La España Musulmana”, Tomo II,
Madrid, 1978.
SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Claudio: “El Islam de España y el Occidente”,
Madrid, 1974. |