
ROU “Capitán Miranda” en 1965
Por TABARE BARRIOS DALMAO Publicado en Ciclo de Conferencias año 2010
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RESUMEN El 15 de noviembre de 1965 la M/N “Esquel”, de bandera argentina, naufragó en el Atlántico Sur, en unas 200 millas de la costa, sobre el límite entre Uruguay y Brasil. El buque hidrográfico uruguayo ROU “Capitán Miranda” acudió al rescate, logrando salvar la vida de todos los tripulantes del navío siniestrado. Este es el relato de uno de los participantes de la odisea. A MODO DE INTROITO Nuestra Armada ha palpitado con la historia, la vida y el progreso de la Patria desde los albores mismos de su fundación, por tanto, permítasenos decir que esta, nuestra Armada, es tan antigua como esa Patria, o más, ya que a pesar de contar con Marina de Guerra desde 1817, la Independencia definitiva de nuestro País se consolidó recién en 1828. En principio, los hombres del Comandante Pedro Campbell surgieron de los diversos extractos de la población y sin saber lo que les deparaba el destino cuando eran reclutados para tripular las naves de la naciente Armada Oriental. De pronto, aquellos hombres, esencialmente de campo, se hallaban inmersos en un mundo nuevo, al que en forma inmediata debían adaptarse y cumplir con las nuevas tareas y destrezas que se iban presentando a medida que se hacían hombres de mar. En nuestros días, si bien es diferente el sistema de selección para reclutar, adiestrar e integrar nuevos hombres a las tripulaciones, el integrante de la actual Armada es idéntico a aquellos primigenios navegantes, ya que como en todos los ordenes, llegan a sus filas jóvenes de los mas distantes puntos de la República y con las características propias de sus “pagos” de origen. Lo que se relatara a continuación es real, así como la existencia de todos los personajes que tuvieron directa participación en este heroico hecho. Esta hazaña, tuvo como actores a los hombres de un buque de nuestra Armada, y para que este acontecimiento no duerma en las noches del tiempo, fue llevada a la imprenta en forma pormenorizada, muy correcta y detallada por el hombre que comando esta tarea de rescate. En esa obra descriptiva transformada en libro, el C/A (R) Hebert Grasso hace referencia en forma detallada todos y cada uno de los hechos y la participación de sus hombres en aquellas frías noches en que el mar cobró una nueva nave para sus entrañas. Lo que se leerá a continuación es la otra parte, la que por delicadeza y profesionalismo y desconocimientos, el entonces Capitán Grasso no pudo relatar. Cuando se expresa “desconocimientos”, hago referencia a hechos que en forma separada tuvieron como protagonistas a los hombres de la tripulación y creo que hasta el presente muchos de los integrantes de la Plana Mayor los desconocen. Dicho de otra manera, cosas que por una cuestión de disciplina la gente de mar ocultó a sus superiores. Pero uno de sus tripulantes, uno de los mas nuevos a bordo en aquellos días, vio este hecho de modo diferente, por eso, vivió cosas que la Plana Mayor del “Capitán Miranda” acaso solo recibió los comentarios a titulo de anécdotas. No hay en este relato el mínimo atisbo de irreverencia, al contrario, el autor pretende mostrar que además de los hechos heroicos de los hombres del Miranda, existe otra versión de los mismos, la que vivieron los simplemente llamados gente de mar. Con todo respeto, se detalla a continuación lo que no se dijo de aquellos días, inclusive, a medida que este relato pasa a manos de sus protagonistas, se le van agregando nuevas anécdotas. EL RELATO Zarpado de Montevideo de donde había largado cabos en la tarde del día 12 de noviembre l965, el GS-10 “Capitán Miranda”, buque destinado a las tareas hidrográficas, se hizo a la mar con el fin de cumplir una misión encomendada por el Mando Naval. Debía representar al Uruguay en el “Festival do mar”, que cada cuatro años se celebra en Rio Grande del Sur, Brasil. Por una cuestión de urgencias, luego de unas tareas de reparaciones y alistamiento, el día previo a la zarpada se hizo una “mini prueba de máquinas” dentro de la bahía, y al cumplir los requisitos mínimos de seguridad se le dio por listo y en condiciones de navegar. Nada hacia suponer que en aquella tarde montevideana daría comienzo una hazaña, tal vez una aventura, quizás un puñado de anécdotas, o lo que el lector, juzgara como llamarle. El ROU “Capitán Miranda” era entonces una hermosa nave de dos palos impulsada por un Motor de 500 HP. Con su esbelta silueta, su casco blanco, sus líneas expresaban con orgullo su porte marinero, cubiertas de madera, cola de pato, casilleria corrida, etc., todo hacia de él un hermoso y pintoresco navío. Es una satisfacción reiterarlo: “…un hermoso navío …”. Pero solo para quienes lo tripulábamos, pues es mejor no recordar la realidad de aquellos días, porqué negarlo, pues fueron días crudos, de necesidad, de esfuerzos, pero hoy comprendemos que en base a aquellas peripecias, y subsanando necesidades, se fue forjando una nueva Armada. Pero de eso hablaremos mas adelante Para aquella travesía, zarpamos con un hermoso atardecer. El sol comenzaba a ocultarse tras el Cerro. Cuanta envidia sentirían aquellos pescadores de la escollera que nos veían salir con el sol de popa y a mar abierto. En pocas horas, el día murió a popa y se hizo la noche del Rio de la Plata, y lo negro del firmamento cubrió a nuestro hermoso velero. Nos internamos en la noche atlántica, dejando atrás Montevideo, las esposas, las novias, el hogar, en fin, todo. Navegados dos días con un rumbo próximo al NNE, sin nada que presagiara algo anormal, se recibió el pedido de socorro (SOS) de un buque que se presume estaba en esas inmediaciones (200 millas al E de Cabo Polonio), o por lo menos, dada la posición, cabía la posibilidad de encontrarse en nuestra proximidad. Tomado conocimiento de la situación, nuestro Comandante resolvió brindarle asistencia. Había otros buques en la zona, pero ignoro porqué no acudieron a asistir al naufragio. La nave siniestrada era el carguero argentino Esquel, el que cargado con cereal a granel, y a causa de la tormenta comenzó a embarcar agua, se mojó la carga, terminando por hinchar el grano y causar el desastre.
LOS HOMBRES Nuestra nave era el ROU “Capitán Miranda”, cuya Plana Mayor y Tripulación estaban compuestas de la siguiente manera: Comandante: Capitán de Fragata (CG) Heber Grasso, 2º Comandante: Capitán de Corbeta (CG) Luís Orticochea, Jefe de Máquinas: Teniente de Navío (CIME) Mario Giacumo Oficiales de Cubierta: Alfereces de Navío (CG) Huber Martín y Aníbal Cabrera, y Guardia Marina (CG) Félix Pittier. Oficiales de Máquinas: Alfereces de Navío (CIME) Rubén Ruibal y Wilhem Costa, y Guardias Marina (CIME) Martín Thomasset y Edaru Viglietti, éste último recién egresado de la Escuela Naval. Contramaestre: Suboficial de Segunda (MS) Jesús Barboza (El Cocodrilo), Ayudantes de Contramaestre: Cabos de Primera (MS) Luis Casao (El Flaco) y Gregorio Arambillete (El Goyo, uno de los personajes mas pintorescos de nuestra Armada, con una inmensa cantidad de músculos pero manso y bonachón, permanente consumidor de té, que bebía en una lata de duraznos en almíbar y constantemente acompañaba con galleta). Timoneles: Marineros de Primera Hermenegildo Martínez (Chumbo), Francisco López (Torinho), Luís López (Buñuelo), Norman García (Tarzán o Borriqueta), Atilio Da Costa (El Bayano o Rompe Idiomas) y el recién ingresado, Marinero de Segunda Julio Hernández (Oreja). Radio Operadores: Cabo de Segunda (RT) Ruben Gamarra (Coco), y Marinero (RT) Tabaré Barrios. Mozos: Marineros de Primera Hamlet Larrañaga (Cacho, también Señalero, siempre dispuesto para cualquier tipo de bromas chanzas, y especialmente para fondearse), Claudio Ventimiglia,(Ñato), Eberto Suárez (Oblicuo, hasta nuestros días nunca se le vio enojado ni de mal humor), Ruben Echelar (Chelo), Paz Silva (El Muerto), Diamantino Nieves (Mozo del Comandante). Secretario: Cabo de Segunda Méndez Piriz, (Cobija, que regulaba las guardias de modo de ser siempre saliente de guardia). Máquinistas: Suboficial de Segunda (ME) Miguel González, Cabo de Primera Mario Ayala, Marineros de Primera Ramón Quinela, Carlos Pintos, Luís Ignacio Ciolta (El Nene), Dos Santos (Pato), José Luís Araujo, Melo, y Ruben Racedo (Palomita). Medico: Dr. José Cherro. Enfermero: Pedro Delgado (Perucho) Mayordomo: Suboficial de Segunda (CC) Amalio Rodríguez, Cocineros: Marineros de Primera Camundá Lemos y Compagnoni. El B/M “Esquel” estuvo tripulado por: Capitán: Néstor Fabiani Primer Oficial: Enrique Moret Jefe de Máquinas: Roberto Pesano Primer Maquinista: Antonio Vera Contramaestre: Jorge Hereña, Cocineros: Faustino Velázquez y Antonio Galivari Marineros: José Escobal, Claudio Sosa, Víctor Savín, Paulino Cuenca y José Ojeda, Engrasadores: Mario Caballeira, Juan Pagola y Omar Hugo Navarro.
EL RESCATE A causa de lo arbolado del mar, la búsqueda resultaba infructuosa, aun así se mantuvieron todos los puestos de vigías, y se escudriñaba el encrespado horizonte en procura de “un barco” o lo que de el quedara. Luego de dos días muy movidos con sus noches tenebrosas, jornadas en las que ”…caímos muchos lobos…”, y ya pasada la medianoche, en el Puente iba el Comandante supervisando personalmente la búsqueda; al timón Hermenegildo Martínez y de Serviola Buñuelo López, cuando ¡oh sorpresa!, se divisa una luz muy tenue a unos 30º de proa. Entonces dijo Buñuelo: “… ¡apague el pucho, Comandante! …”.
(Dibujo del Autor) El Comanche (que así lo llamábamos aunque él no lo sabia) en principio no entendió aquella voz imperativa, pero reaccionó y de inmediato se puso de pie junto a López. “… Por allá, Comandante, yo vi algo…” dijo López señalando a proa. Y efectivamente, apenas perceptible, muy tenue y similar a la luz de un fósforo (o de una brasa) se percibían débiles destellos. Era la luz mortecina de una linterna y solamente podría provenir de un bote. Eran los náufragos, en el único bote que habían logrado salvar, una cantidad de hombres ya moribundos, todos los náufragos apretujados en ese pequeño bote. Habían podido arriar dos botes, pero, según narraron, el de los víveres y otros enseres fue literalmente chupado por el remolino que produjo el Esquel al hundirse. Para no correr la misma suerte, debieron cortar el cabo de amarre perdiendo ese bote. En este venían 16 hombres, ya con rigidez a causa del frío. El Capitán Grasso impartió las órdenes de rigor al Contramaestre Jesús Barboza; éste picó zafarrancho y de inmediato armó la maniobra de rescate. Ante la expectativa que representaba la esperanza o la ilusión que los podríamos rescatar, acudimos presurosos por la curiosidad de haber encontrado a los náufragos, o simplemente para presenciar aquel momento. Este autor estaba apostado de vigía en el Puente Alto, pues había relevado hacia una hora a Oblicuo Suárez, (a la intemperie, con viento y lluvia, era tan riguroso el frio que dolía en el rostro al contacto con las gotas y el viento de frente), otros, somnolientos, se ubicaban en lugares donde podían apreciar y ver mejor lo que ocurría en cubierta. Se maniobró con premura a modo de proteger al pequeño bote del viento, amadrinándolo a babor y se dio estribor a barlovento. Barboza armó la maniobra con la botavara apoyado por Hernández y Martínez. Una vez hecho firme el bote a la banda, se afirmó la escala de tojinos y con gran dificultad se fueron “izando” los hombres, los que pasaban por sobre la regala tal como bolsas de carne congelada, tal la impresión, se les pasaba un cabo por debajo de los brazos y se cobraba, Uno de ellos, recuerdo, estaba completamente desnudo y envuelto en una frazada, pues recién habían relevado la guardia, había dejado su turno en máquinas y se estaba bañando cuando se pico abandono de buque. Por su estado de hipotermia, parecían carne congelada, pues quedaban rígidos en cubierta, conservando la posición que llevaban en el bote hacia más de 24 horas. El ultimo en ser izado fue el Jefe de Máquinas quien antes de abordar tuvo la desgracia de caer a las aguas de donde se le logró rescatar, y a causa de sus bigotes y su imagen al intentar acercarse al barco alguien dijo que parecía una morsa y así lo reconoceríamos en el futuro. Luego de ubicar a los rescatados en la sala de dibujo, algunos de ellos, los más afectados, fueron directamente a la Enfermería. Los abrigamos con las propias frazadas de la tripulación y se les llevo café caliente.
(Dibujo del Autor)
¡Qué triste espectáculo ofrecían los infortunados sobrevivientes! Infundían en mí, además de curiosidad, una sensación de lástima por su desdichado aspecto. Creo que tardaron mucho en salir del susto, en sus rostros se leía la desesperación. Arrollados en el piso de la Sala de Dibujo, yo les observaba y me invadía la duda y respecto a algunos, dudaba si aun estaban vivos …… Se envió un telegrama al Mando con las últimas novedades, y se procedió a puerto de Punta del Este, aquella noche, que con todo el ajetreo se hizo corta. Por la mañana el temporal amainó en algo, aunque no del todo, era otro hermoso día, la mar mostraba altas olas, muy verdes y con mucha cresta. Una generosa brisa acariciaba nuestros cansados rostros. A medida que corrían las horas, se recuperaba paulatinamente el ánimo de la gente, que a había quedado exhausta, tanto por el estado de la mar durante la travesía, como por las guardias continuas en la maniobra de búsqueda. A bordo se informo que se abriría la cantina y acudimos en tropel ya que el Gordo Ramón Quinela efectivamente, así lo hizo. Nos empujábamos para comprar en la cantina, donde abusamos de las butifarras y los refuerzos de mortadela, y las maltas “Paisanita”. Cuando digo abusamos, no exagero. Como en la previa de un picnic, nos surtimos de vituallas y nos ubicamos distendidos sobre los cuarteles de la bodega a disfrutar de aquella placida tarde, a pesar de los pronunciados rolidos y cabeceos. El Telegrafista de Guardia, el Coco Gamarra, recibió un mensaje del Mando Naval en el cual se reiteraba la orden de proseguir con la misión a Río Grande. Cambiando el rumbo, el Capitán Miranda giró 180 grados y se interno nuevamente en la zona de las aguas agitadas. Rumbo NNE.
(Dibujo del Autor)
DESPUES DEL RESCATE De nada sirvió el acopio de alimentos de la cantina y lo que en principio pareció un picnic, traería después sus inconvenientes en lo digestivo. El sollado de proa, donde vivíamos, era poli funcional, como dormitorio teníamos las cuchetas que eran de a tres superpuestas, y para comer, como rancho, se arriaban dos mesas de madera que iban trincadas al techo por medio de un sistema de espárragos y mariposas. Demás esta decir que durante varios días no se armó rancho. En un compartimiento junto al sollado, los baños, a babor el de cubierta, a estribor el de máquinas, compartidos indiscriminadamente. Ninguno de los dos estaba en servicio pues se habían obstruido las sopapas. Flotaban en el ambiente cerrado olores saturados, a gas oil, agua salada, vómitos, transpiración y, acompañando a estos, alguien muy audaz, el Muerto Paz Silva, recuerdo, se atrevía a encender algún cigarrillo de vez en cuando originando todo tipo de protestas y agresiones verbales. Es aquí que reafirmo que abusamos de las butifarras, pues tampoco llegábamos a cubierta en el afán de acercarnos a la regala cuando la situación era desesperante. A medida que podíamos, conciliábamos el sueño y en algún momento, lográbamos cierto descanso. Luego de varias horas de martirio, rolidos y cabeceos, se avisto la costa y posteriormente, el Puerto de Río Grande (para nosotros, luego de aquellas complicadas jornadas con sus ajetreos y vaivenes, aquel puerto, seria el fin de aquella odisea). Pero, nos esperaban jornadas no menos convulsionadas. Nos aprestábamos a atracar en nuestro puerto de destino Se arribó a Río Grande en una mañana soleada, donde una multitud se congregó en el muelle para recibir a los “héroes” del Capitan Miranda. Comentó Méndez Píriz: “…seguro que acá tendremos algunas aventurillas…”. Más o menos arranchado y presentable (hasta donde se nos podía exigir), el Capitán Miranda maniobró para su atraque. Bandas de música daban la bienvenida con estruendosos compases marciales y marchas de rancho. Prensa, curiosos y tripulaciones de el HMS Protector y los destructores brasileños Bauru, Piaui y Pará, y con su majestuosa silueta e impecable presentación, nos esperaba el Buque Oceanográfico Almirante Saldaña. Entre la multitud, también las tripulaciones de varios buques mercantes surtos en puerto, nos homenajeaban con y sirenas aplausos al momento del atraque Muchos años después, tuve la satisfacción de encontrarme con el Comanche. Hoy ya ambos peinamos canas. Me presente a él y le exprese mi satisfacción por aquel reencuentro. Entre otros comentarios dije recodar aquel joven Capitán con las sienes recién comenzando a platearse y tan decidido en aquellas casi trágicas circunstancias. Con que satisfacción y orgullo, repasamos un sin fin de vivencias de aquel viaje. Dentro de esos muchos intercambios de comentarios, me enteré por el propio Capitán Grasso, hoy retirado como Contralmirante, que existe una vieja tradición marinera, la que protocolarmente señala que los capitanes de las diversas naves, al arribar a puerto en un operación en conjunto, deben concurrir a presentar sus respetos la nave donde esta el Capitán o el Oficial de mayor rango, (en este caso, el HMS Protector). Pero, grande fue la sorpresa del nuestro Capitán, según me lo conto, cuando recibe a bordo al propio Comandante del navío británico quien le manifestó que “rompía” aquel protocolo, debido a hazaña que acababa de realizar nuestra nave. En este momento, (al oír este comentario) se renovó en mi la satisfacción de ser uno de aquellos hombres, y muy especialmente por el hecho de mantener tan entusiasmado dialogo con mi antiguo Capitán.
VOLVIENDO A LA HISTORIA. Luego de algunos días en el puerto de Rio Grande, ya habíamos hecho las consabidas relaciones publicas. Se organizó un campeonato de fútbol, con la intervención de todos los buques afectados a la celebración de la Festa do Mar. El Capitán. Miranda ocupo el cuarto puesto, perdiendo por goleada contra los ingleses. Aun así, sus hombres (nosotros) recorrimos en la caja de un camión del Ejército brasileño las calles céntricas de la ciudad entonando el clásico “Uruguayos campeones”. Fue tal nuestro entusiasmo y el énfasis que pusimos al entonar nuestros canticos que la gente que nos veía tenia la certeza que habíamos triunfado y nos victoreaban desde las veredas Se agasajó luego a todas las tripulaciones con un gran asado en un establecimiento de campo, en las afueras de la ciudad. Era un asado criollo (churrasco), tipo auto service, el cual como se estila en Brasil, se acompaña con fariña, pero he aquí que los ingleses del Protector, al desconocer este sistema de aderezo, utilizaban la fariña para limpiarse la grasa de las manos. . Cualquiera fuera el lugar que llegáramos, bastaba decir que éramos tripulantes del Capitán Miranda para tener el reconocimiento de la población riograndense. ”… Voces son os héroes do mar …,” nos decían. Por todos lados surgía el comentario y nos repetían: “… Se nao fose por voces, nos mourimos …”, ya que ese era el titular más visto en los periódicos locales y fue en si la primera frase que los desafortunados tripulantes del Esquel expresaron al ser rescatados. También hubo del otro tipo de relaciones publicas. Aprovechando la situación, se abrieron cuentas en “comercios” con la promesa que el mando pasaría a pagarlas en su oportunidad. La mayoría teníamos amistades a domicilio, habíamos hecho relaciones con familias las que nos acompañaban a lugares no previstos en el itinerario de excursiones, etc. También estaban los que oficiaban de “papás” paseando niños en brazos al hacer compañía a las mamás, que a su vez hacían de amables anfitrionas. En mas de una ocasión, creímos estar salvados respecto al idioma, ya que tanto Torinho como Da Costa eran riverenses, pero lo peor de este caso es que en Rio Grande nadie entendia su idioma fronterizo. Los más jóvenes fuimos en más de una ocasión a lugares donde concurría gente joven (y no tanto), y donde ya se comenzaban a oír los éxitos de Los Beatles y estaba surgiendo la voz de Roberto Carlos. De aquellas amistades cultivadas en Rio Grande, quedan en el recuerdo, nombres como: Tanha, Teresinha, Laurecí, Juiusa, Fátima, etc. Por lo general, los encuentros eran en un gran parque de diversiones conocido como “Sâo Pedro”, luego, esos encuentros derivaban en excursiones. A bordo se había impartido la orden de andar continuamente uniformados en la vía pública pero, como imaginara el lector, en noviembre, en Brasil, las prendas de lanilla azul, el calor, la cachaça, la ocasión, y a raíz de las buenas relaciones, ya teníamos donde “trocar o fardo”, la gente del lugar se había familiarizado con nuestra practica en cambiar prendas. Un poco en complicidad, colaboraban con nosotros, nos cedían lugares a tal fin y destacaban especialmente a Buñuelo López comentando que era “…O baxinho que o fardo fica muito grande…”. Palomita Racedo, sin mucho titubeo, optó por lo mas práctico: al salir franco se cambiaba en la propia oficina de Prefeitura y allí dejaba sus prendas hasta el retorno. Andando de paisanos, debíamos hacer muchas piruetas para eludir a la oficialidad joven, la que ávida de marcar la disciplina, controlaba o pretendía controlar nuestras andanzas y nuestros movimientos. En más de una ocasión nos cruzábamos en las esquinas, en los bares, el las ferias, el caso es que aparentemente nunca nos encontraron en falta. Nuestras ocasionales amigas, que no tenían muy claro el porqué de nuestras maniobras evasivas, y entraban en crisis de risas ante nuestro comportamiento en esos casos. En cierta ocasión, El Cacho Larrañaga casi es sorprendido en una céntrica calle de civil y muy bien acompañado. De inmediato mando a dos garotas que le acompañaban, a entablar diálogo con un Guardiamarina de nuestro barco, que a pocos pasos se acercaba, y que sin dudas nos interceptaría. Surgió rapidamente una conversación entre el joven Oficial y las garotas, y éste se sintió sumamente halagado por las simpáticas meninas, mientras se deshacía en atenciones y sonrisas. En tanto esto ocurría, nos desaparecíamos (por que yo también iba) tras los arbustos del zoológico, habiendo quedado establecido previamente el reencuentro con las garotas momentos después en el Parque Sâo Pedro. Como en toda tripulación, había novatos, (yo era uno pues habia embarcado días antes de la zarpada), veteranos, tímidos, los que se la saben todas, etc., etc. En Rio Grande, se supone que como en todo puerto del mundo, mas aún siendo Marinero, es siempre igual, el extranjero es extranjero, y al hecho de ser Marinero, se le agrega la cualidad de una milenaria tradición y creencia de la gente común que dice que los marinos vamos conquistando corazones en todos los puertos a donde arribamos En nuestro barco no falto ese personaje, uno que a pesar de sus apenas veinte y pocos años ya había tenido (según el) varios matrimonios, y expresaba además que “elegía” a sus amistades ocasionales. Tal era su fama que algunos, no tan “vivos” lo tomaron como ejemplo a seguir. El los guiaba a paseos, diversiones, lugares que conocía al dedillo, pero transcurridos unos días fue abandonado por su séquito de amigos debido a una indisposición que obligó a Perucho, el enfermero, dedicarle mucho de su trabajo al tener que dosificarle grandes cantidades de penicilina. Indudablemente, pagó muy cara su condición de conquistador. En ese viaje, fue el único en sufrir de ese tipo de contratiempos. Para todo acto de protocolo, el dinero fue, es y será elemental en cualquier puerto del mundo, pero allá, en Rio Grande, para nosotros, ese elemento no existía, por tanto había que recurrir a otros métodos de persuasión. La gente de Radio hizo correr la noticia que en esos días vendría un Hidroavión de la Marina con los sueldos. El Oreja Hernández, enterado de esta grata noticia, tomo acción inmediata y al salir franco intento abrir una cuenta en un comercio del ramo basándose en ese dinero que hipotéticamente llegaría “ …a manhá…”. “…¿Voce esta seguro que manha vem ese dinheiro?...” le pregunto una dama. “…Segurísimo…”, le respondió el Oreja Hernández. “…Entao, volta a manha…” le respondió la dama del comercio, siendo festejada la respuesta por todos los presentes.
INTERCAMBIO DE RECURSOS Pasados varios días, cumplido nuestro objetivo y concluidas las celebraciones, comenzamos a preparar el retorno. Saliendo de escolleras, surgió un percance en Sala de Máquinas, en consecuencia del violento temporal que debimos capear y al quedar expuesta tantas veces la hélice, trajo como consecuencia que se resintiera la maquina en total. En esas condiciones no se podía regresar a Montevideo, y fue lo que nos impidió el retorno en la fecha establecida.. Hubo que solicitar Practico para entrar a puerto pero esta vez ya no éramos los “Heroes do Mar”, ahora solamente teníamos solamente un barco averiado y en lugar del cómodo muelle en Porto Novo, nos relegaron al Porto Velho, lugar perdido entre infinidad de barcos en desguace, y montones de chatarra. Nosotros, sus tripulantes, también estábamos en inferioridad de condiciones al carecer de apoyos económicos, pero el protocolo debía continuar. Para hacer contacto con nuestras amistades, debíamos tomar ómnibus o caminar, y optamos por esto ultimo (razones de economía digamos) hasta reanudar los contactos que nos esperaban en sus transportes y nos llevaban a las zonas conocidas. A falta de provisiones, recurríamos a lo mas barato: la banana (l9 entésimos uruguayos el cacho, por ejemplo). También había botellas de cachaça a ese precio. En algún momento recurrimos a los productos del Entrepot y lo vendíamos a cualquier precio, era tal la oferta, que el dueño del comercio donde lo vendíamos ponía el precio. Tal vez el mas afortunado fue el Suboficial Miguel González, que al tener una hermana radicada en Rio Grande en toda oportunidad que tuvo le visitó. Esa hermana le regaló un pato, unas gallinas y creo que una oveja, que Miguelito llevó para la Camareta y los ubicó debajo de las camas … ¡Si! ….Tal como en el arca de Noé. Pero, en razón de salvaguardar la vida de algunos marinos, debemos comentar que aquellos animales no llegaron a Montevideo. Hubo también quien logro comerciar con las recordadas “Norteña Chica”. Fue tal la demanda que se agotó el stock, siendo suplantada por la Malta Paisanita, de la cual habia suficiente provisión Los clientes, al notar diferencia en el sabor, se quejaron y manifestaban: “… ¿Vem Doce a Nortenha agora, eh? …”. El Segundo Comandante, dispuso, para entretener a la tripulación y hacer más llevadera la situación, que esta se dedicara a la practica de deporte diariamente. Principalmente fútbol. En cumplimiento de esto, por las mañanas, salíamos trotando en grupo hacia un cercano lugar de esparcimiento, donde había un pequeño estadio. No todos llegaban al pequeño estadio … derivando su tiempo a las visitas. Hablando de alimentación, en más de una oportunidad nuestra salvación fue la pasión por la pesca de nuestro Contramaestre, el “Cocodrilo” Barboza, quien dedicaba sus horas libres a ese deporte. Y por parte de los cocineros, teniamos suficiente provision de arroz. En otra ocasión, Perucho Delgado conjuntamente con el Contra Barboza y el Oreja Hernández, fueron a una casa de cambios, con tal vez cien pesos uruguayos (de aquel entonces) y el comerciante en un descuido, les devolvió una cantidad de dinero muy superior a lo normal, basado quizás en que un Conto eran mil reis y aun no se había familiarizado con la moneda uruguaya. Con Varios miles de Contos desaparecieron del lugar y tuvieron su momento de festejo. Esa noche todos comimos algo mejor a bordo. Una vez que el comerciante noto su error, fue al muelle, quería abordar y buscarlos pero en forma muy inocente se le contestó que esos hombres no pertenecían a este navío y como agravando su desesperación, el Segundo Comandante le aconsejo: “… Y bueno Che, comprate una registradora …”. Paseamos mucho, conocimos mucho, logramos buenos recuerdos. Cierta vez, íbamos por un callejón ya muy entrada la noche, allí encontramos a Tarzán García que en muy malas condiciones de desplazarse por sí solo. El Goyo Arambillete se ofreció para trasladarlo a bordo pero Tarzán se negaba e insistía a viva voz: “…Yo quiero ir a la Mangacha…”, otro lugar de diversiones (no como el Parque Sâo Pedro precisamente, pero si de la categoría del Susana, el Barcelona o del elegante Bier House, para ser explicito). Otra vez, ya regresando, fue encontrado el propio Goyo que solitario, acompañado por sus penas y algunas cachaças demás, andaba solo por esos callejones, cuando nos vio, nos increpó: “… A donde van, pichones de Corujas …” (una de sus frases mas conocidas), lo que produjo la algarabía de quienes lo encontramos, y luego se unió a nuestro grupo, con quien continuo hasta terminar el periplo nocturno. De aquel rescate, mucho queda en el recuerdo mas glorioso para la Armada por la hazaña realizada por la tripulación de un buque de las características del GS 10, ya que no contaba con los elementos apropiados y aun así el hecho, fue un éxito. Quedo grabado en el recuerdo de todos nosotros, la imagen del Dr. Cherro, quien no vaciló en vestir un overol y dedicarse de lleno a intentar reparar averías en la Sala de Máquinas, tal como lo estaba intentando todo el personal Muchos días después, no en óptimas condiciones, el Capitán Miranda, largó cabos, ahora si, definitivamente hacia Uruguay. Llegamos a Montevideo para las fiestas de fin de año, cargados de anécdotas, con muchas cosas para recordar, y, con ganas de regresar a los cuatro años para la próxima Festa do Mar. Otros hacían planes para retornar en la próxima licencia, etc. etc.
CON EL TIEMPO Han pasado varios años de este azaroso viaje. He buscado datos acerca de este suceso en diferentes lugares y el que mas abunda es: “… Curiosamente, cuando se dirigía a Rio Grande del Sur el 15 e Noviembre de 1965, salvó la tripulación del buque argentino Esquel, que se había hundido en el Océano Atlántico …”. Así de breve, esas son la pocas palabras que se dedica a este trascendental hecho, mientras que en nuestros sentimientos la situación haya sido muy otra, por eso los revivo en este relato En este no está todo dicho de lo que ocurrió en Rio Grande. Quedan aún cosas que son comentarios y motivo de grotescas risas cuando por casualidad nos encontramos algunos protagonistas de los hechos, que suenan casi fantasiosas, por lo insólitas. En respeto de quienes aun viven, y a la memoria de los que ya no surcarán horizontes opté por omitir algunos hechos, pero cada uno de los que leen esto, y tal como yo recordamos, tuve la inmensa satisfacción de demostrarles que aún están en mi memoria, y todos aquellos que tuvimos el honor de participar en lo que fue reconocido como hazaña de nuestra Armada, sabemos que lo que se escribió es real y no contiene una palabra de fantasía. La mar, una vez más, se cobró una nave como trofeo a su poder, pero gracias a las decisiones del mando, y a la actuación de sus subordinados, esta vez no le permitimos hacer victimas humanas, cosa que me enorgullece ser uno de aquellos.. Algunos ya no están entre nosotros, los jóvenes de aquel entonces orbitamos los 60 años. Yo, en lo personal, tuve el placer de volver a Rio Grande dos veces mas, una estando aún en la Armada, a bordo del ROU “18 de Julio”, y otra, como radio operador mercante de un carguero. Cada vez que paseando por aquellas calles se me hacia familiar algún lugar de aquel puerto, (que ya es mucho mayor que el que conocí), me invadía una sensación de alegría y bienestar y estoy seguro que alguna sonrisa se me habrá escapado recordando gratos momentos de mi lejana juventud. A mis camaradas de aquel viaje, mis mejores recuerdos. Ignoro al relatar estas anécdotas cual será la actitud que tomara el Capitán de entonces cuando las lea, ya que es mi esperanza que un día este artículo llegue a sus manos. El será mi primer destinatario, aunque ya circula el borrador entre algunos de los que “vivíamos en proa” . Especial dedicación al amigo Ruben Gamarra, con quien tuve el honor de participar en esa hazaña, y ya fue enterado de este relato. No olvido a Eberto Suarez, al Chumbo Martínez, y mentalmente sigo nombrando a todos en general, especialmente a aquellos “panzones”, ya que para muchos de nosotros fue el primer embarque. A todos los que allá, perdidos en un rincón del tiempo, cuando jóvenes, tuvimos el honor de ofrendar tantas jornadas a nuestra Armada, a Hamlet Larrañaga, con quien a pesar de los años y la distancia en tiempo, mantengo estrecho contacto, y refrescamos estos y muchos otros acontecimientos. A nuestro Comandante, hoy Contralmirante retirado: ”Salud, heroico Capitán”. A Perucho Delgado, al Pitter, al Chumbo Martínez, al Dr. Cherro, a Oblicuo Suárez, al Edaru Viglietti, en fin a todos los otros muchos jóvenes oficiales del aquel ayer que luego llegaron comandar buques de nuestra Armada, lo cual me brinda tambien cierta satisfacción estrechar su mano en actos de recordación. Mis respeto y cariños y quedan facultados para hacer enmiendas y así, aportar nuevos elementos a las memorias de este inolvidable viaje. A todos.
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