
Luis Alimonda en el puesto de mando del remolcador QUERANDI, en Puerto Belgrano
Por Raúl Ifran, extraído de su blog http://apuntandoaltoenpunta.blogspot.com/, con permiso del autor
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1-Emigrando para olvidar
El vapor ADRIA en el que Angelo y Luis Alimonda viajaron a Argentina
Arribaron a Buenos
Aires el 9 de abril. Padre e hijo trabajaron codo a codo en
actividades relacionadas con la marinería, en las que Luis fue
adquiriendo conocimientos y templando su carácter. Sin embargo, el
padre extrañaba su tierra. Luego de unos años compró pasaje en el
Clementina, un buque de 1.384 toneladas construido por Palmer
Brothers de Jarrow-on-Tyne, y regresó solo a Italia. Este viaje
demoró cuatro meses.
El joven Luis se
quedó en el Río de la Plata, embarcado en un remolcador,
perfeccionándose en tareas de práctico. Sin embargo, como éste era
un trabajo muy bien remunerado, y apetecido por los especialistas de
las navieras, fue desplazado por la competencia desigual y quedó
desocupado. Así le llegó un día la noticia de que necesitaban un
práctico naval en el naciente puerto militar de Bahía Blanca. Hacia
ese lugar desierto y lejano se encaminaron sus pasos. Puerto
Belgrano era noticia en todo el país, con una importante cantidad de
paisanos trabajando en él, comenzando por su fundador, el mismísimo
ingeniero Luis Luiggi.
2-¿No se anima
don Luis a entrar el Iowa?
Tarjeta postal de la época, mostrando al Iowa entrando al dique
Luis Alimonda llegó
a Puerto Belgrano recomendado por el naviero croata Nicolás
Mihanovich, cuya esposa Catalina Balestra, viuda de su socio, era
genovesa. Aquí, como él mismo decía, se encontró con un paisaje
desolador.
-Este lugar era el
desierto, o peor aún. Olas de arena, movidas por el viento
inclemente, nos corrían de un lugar a otro en un ambiente tan
solitario como el mar. Pero con trabajo, perseverancia y mucha fe
conseguimos superarlo. Yo también agarré la pala y planté árboles
como todos los demás.
Llevaba pocas
semanas en la base cuando el almirante Barilari lo llamó para entrar
un barco al puerto. Luis pensó, dada su condición de bizoño, que se
trataría de un buque de pequeño calado. Enorme fue su sorpresa
cuando supo que no era así.
-¿No se anima, don
Luis, a entrar el Iowa?
-Cómo no, Señor
Almirante. ¿Pongo el remolcador a popa o a proa?
-De ninguna manera.
Éntrelo usted mismo desde el puente.
-¡Madonna Santa!
El buque, un
acorazado de la armada norteamericana, venía navegando desde Cuba y
necesitaba unos retoques de limpieza en los fondos del casco. Era
uno de los de mayor manga del momento-21,99 metros- al punto que,
ingresado al dique de carena más grande de América del Sur, apenas
sobraban 60 centímetros por lado. Alimonda demostró con el éxito de
la maniobra la soberbia capacidad de nuestro dique y la no menos
admirable pericia del práctico. Apenas terminada la faena a través
de los canales del puerto en plena construcción, desembarcó y echó
un trago de whiski. Esto aconteció en la primera quincena de octubre
de 1902.
Entre 1901 y 1930
Alimonda había movido 13.239 barcos sin una varadura ni accidente
que se reflejara en pérdidas económicas ó humanas. Cerca de un
millar de veces entró, sacó ó cambió de ubicación en Puerto Belgrano
a los ciclópeos acorazados Moreno y Rivadavia, y unas cinco mil al
San Martín y al Pueyrredón ya de día como de noche. Condujo a los
presidentes Marcelo Torcuato de Alvear en el Moreno, a Julio
Argentino Roca y a Carlos Pellegrini en el Buenos Aires y a Figueroa
Alcorta en la Fragata Sarmiento, a la que Luis quería
entrañablemente, como propia.
Alimonda se había
granjeado la estima y el respeto de todos los oficiales, a muchos de
los cuales conocía desde guardiamarinas. Todos aceptaban sus
apreciaciones y consejos. De su pericia dependían los millones de
pesos que valían los grandes acorazados, los destructores y las
torpederas. Además, siempre había estado atento en las situaciones
límite para socorrer a los marinos en peligro de ahogarse.
Entre sus socorridos
figuraban el teniente de navío retirado Guillermo Llosa, el
ingeniero maquinista Lorenzo Colorá, el suboficial maquinista
Octavio Pedemonte y un par de marineros durante el trágico naufragio
de la grúa toba en 1924. El práctico, con genuino pudor, evitaba
hablar sobre estos salvatajes.
Otra vista, en una foto de Caras y Caretas, del Iowa en Puerto Belgrano
3-Antonio Antieri, el socio ideal
Alimonda y Antieri, en foto de Caras y Caretas, recorriendo una avenida de Puerto Belgrano en bicicleta
En 1900 llegó a
Puerto Belgrano Antonio Antieri, a quien todos llamaban Nino,
apócope de Antonino. Fue marinero y patrón de remolcador para, en
1914, acceder finalmente a su cargo de práctico.
Había llegado a
Bahía Blanca cuando el trazado del puerto militar era apenas un
ambicioso proyecto. Se empleó en una compañía inglesa y a bordo del
“Bella Arena” acarreó pedregullo para las obras. Luego se quedó a
trabajar en la base naval y llegó a patrón del remolcador Querandí.
Antieri se casó en
1905 y tuvo cuatro hijos. Era más que un compañero de trabajo,
juntos componían una dupla fundamental para el movimiento de navíos
en los canales del puerto. Era común verlos en el puente de mando de
los remolcadores, dirigiendo las maniobras, o transitando en
bicicleta las avenidas de la base. Entre las numerosas anécdotas que
solía contar Nino, estaba una referida a la visita del príncipe de
Gales, Eduardo de Windsor, a bordo del acorazado “Repulse” en 1925,
acompañado por el presidente de la Nación y varios ministros.
Alimonda entró el
buque de la comitiva en 16 minutos. Sin embargo, al ministro de
marina no le agradó el movimiento y lo reconvino que para la salida,
lo hiciera en mejores condiciones. Luis agachó la cabeza y se
marchó sin responder, sin entender qué pretendía el funcionario.
Éste comentario hirió el amor propio del práctico que con este
acorazado llegaba a 11.000 barcos movidos.
-¿De qué mejores
condiciones-masculló para si-me habla este signore?
Para la salida del
Repulse, con el futuro monarca de Inglaterra a bordo, lo secundaba
Nino en El Querandí, a proa. Disgustado por el injusto e
incomprensible llamado de atención del ministro, Alimonda le dio una
directiva precisa a su compañero.
-Nino-le dijo-cuando
toque tres veces el pito, pegás un tirón fuerte con el remolcador y
rompés los cabos, y te vas ahí nomás.
Sonaron las tres
pitadas y el Querandí aceleró a toda máquina. Los cables se
cortaron. Alimonda ordenó que también se marchara el remolcador de
popa. Hubo cierta extrañeza por este movimiento entre la gente de
cubierta del acorazado inglés, incluido el príncipe y el ministro,
que se abalanzaron al puente para ver qué sucedía.
-Tranquilos,
señores-dijo Luis Alimonda con gran serenidad-Vamos a salir del
puerto sin remolcadores. No hay ningún peligro.
Dicho y hecho. El
acorazado HMS Repulse, joya del Reino Unido, salió de nuestro puerto
con las mismas facilidades de un bote. Serenados los ánimos, el
ministro de marina exclamó que habría que dar de baja al patrón del
Querandí por bruto.
-Eh, antes debería
darme de baja a mi-respondió Alimonda, y explicó los detalles de la
maniobra al asombrado y encumbrado pasaje.
-¿No querían salir
en mejores condiciones?-epilogó sonriendo-Pues así lo hemos hecho.
No hay mejores condiciones que éstas.
-¡qué gringo
compadre!-exclamó satisfecho el ministro.
Un rato después, un
edecán le entregó al práctico, en nombre del presidente, quinientos
pesos. El príncipe de Gales le obsequió un artístico alfiler de
corbata, con el escudo real en fino esmalte todo rodeado de
brillantes.
Luis y Nino, en la cubierta del QUERANDI
4-Villa Alimonda. Paredes de un siglo
Luis Alimonda se
había casado en 1903. Tuvo dieciséis hijos. Cuatro de ellos murieron
tempranamente. Dos más, una niña de quince y un muchacho de
dieciséis murieron en 1930, con diferencia de diez días, víctimas de
un brote de escarlatina complicado con difteria. Sobrevivieron cinco
varones y cinco mujeres.
La mayor de las
hijas había nacido en 1906 y era maestra normal, otra era profesora
de piano, y otra de dibujo y pintura. Dos de los varones estudiaban
en la Escuela de Comercio de Bahía Blanca y el menor lo ayudaba en
los trabajos de jardinería.
-Es guapo
ése-manifestaba orgulloso el marino-fuerte para el trabajo. Lástima
que le gusta demasiado la farra, el fútbol de la pelota y el
cinematógrafo.
Luis posando con parte de su familia en el jardín de Villa Alimonda
El trabajo de las
mujeres de la familia había traído con su aporte, tranquilidad
económica. Los varones iban a hacerlo al finalizar sus estudios.
-Doce hijos y 350
pesos de sueldo-se lamentaba Luis-El mismo que me fijaron en 1905.
¡Veinticinco años sin un mísero aumento, cuando un práctico de
compañías navieras privadas gana el doble o más!. Hemos vivido
tiempos de angustia y necesidades a causa de esto.
Su tez era bronceada
por el trabajo del sol y el aire marino. Sus ojos brillantes y
vivaces. Su sonrisa, fácil. Su voz era ronca, pero no por el frío
del sur.
-Grité cuando
murieron mis hijos-decía-grité tanto de dolor e impotencia, que
perdí la voz.
“Villa Alimonda”
indicaba una inscripción en el frente de la casa de Luis, ubicada en
la calle 25 de Mayo entre Mitre y Luiggi, sobre vereda impar. Dicen
que el ingeniero Luiggi, genovés como él, lo visitaba asiduamente.
Aquí y allá en esta residencia campeaban los objetos relacionados
con la marinería. Había adornos en el jardín realizados a partir de
proyectiles de cañón de distintos calibres, todos pintados y
decorados. Había verjas y encastrados para las enredaderas
construidas con caños de calderas. Había un águila moldeada en yeso
sobre una base lograda con un tubo metálico del “Garibaldi”.
Alimonda no sólo era práctico de navegación, también era jardinero y
escultor.
Esta casa con sus
paredes de un siglo, está de pie y en excelentes condiciones para
orgullo del patrimonio arquitectónico de la ciudad.
La hija menor de Alimonda junto al águila moldeada en yeso por su padre La base es un tubo del Garibaldi. El mar y el arte conjugados en el jardín
5-Un marino notable
Partida de Génova hacia la América en una postal dedicada a los inmigrantes italianos
Luis Alimonda
llegó cuando el puerto era una idea en construcción en medio del
desierto. Todo era arena y chañar evocando el último grito de la
indiada.
No era un medio
hospitalario. Todo lo contrario. En esta ría con sus bancos y
cangrejales fracasaron los intentos expedicionarios del piloto
español Joaquín Fernández Pareja. Barcos como el bergantín
“Paulista” encallaron en los traicioneros canales y quedaron
exhibiendo sus pecios como testimonio de la rudeza del ambiente.
Muy joven, Luis
aprendió el arte de mover navíos. Las cifras logradas en su
carrera sin mácula, tienen ribetes de hazaña. No hizo perder un
solo peso, ni un kilo de hierro, ni una vida a la Marina.
Se codeó con
presidentes y almirantes que hoy, desde la perspectiva de la
historia, son próceres de nuestra patria. Todos lo conocían y lo
apreciaban.
Venía de una
infancia difícil y su vida no fue diferente en nuestro suelo.
Los héroes no siempre son recompensados como merecen. A veces,
hasta reciben el injusto pago del olvido y el anonimato. Pasó
necesidades sin queja. La fatalidad golpeó su puerta muchas
veces. Demasiadas para un solo hombre. Pero él siguió adelante,
conduciendo barcos enormes y costosos hacia sus destinos de
gloria.
-Los barcos son
muy caros-solía decir-pero arriba, llevan algo mucho más
valioso: gente.
Una vista actual de la Villa Alimonda, la casa del primer práctico de Puerto Belgrano. En el frente aún se lee el nombre trabajado en material. Los dos pilares de la entrada se aprecian en una de las fotos de 1930
Raúl Ifran.
Fuentes:
Archivo histórico de la Municipalidad de Punta Alta.
Sitio Histarmar.
Revista Caras y Caretas
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