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Aquel año, muchos de los habitantes de
Saint-Valery que habían salido a pescar, murieron ahogados en el mar. Se
hallaron sus cuerpos arrojados por las olas a la playa junto a los
despojos de sus barcas y, durante nueve días, por la ruta empinada que
conduce a la iglesia, se vieron pasar los ataúdes transportados por los
suyos y seguidos por las viudas llorosas, cubiertas con manto negro,
como las mujeres de la Biblia. El patrón Jean Lenoël y su hijo Désiré
fueron así colocados en la nave central, bajo la bóveda en la que ellos
mismos habían colgado tiempo atrás, como ofrenda a Nuestra Señora, un
barco con todos sus aparejos. Eran hombres justos y que temían a Dios. Y
el señor Guillaume Truphème, párroco de Saint-Valery, después de
haberles dado la absolución, dijo con una voz regada por las lágrimas:
-Jamás fueron sepultados en tierra sagrada, para esperar ahí el juicio
de Dios, personas más honestas y mejores cristianos que Jean Lenoël y su
hijo Désiré.
Y sucedió que una mañana, unos chicos que trasladaban una barca vieron
una figura flotando sobre el mar. Era la de Jesucristo, a tamaño
natural, esculpida en madera resistente y sin barnizar, que parecía una
obra antigua. Los chicos lo sacaron a la orilla y lo llevaron a
Saint-Valery. Tenía la frente ceñida por una corona de espinas; sus pies
y sus manos estaban taladrados. Pero faltaban los clavos lo mismo que la
cruz. Los chicos se lo entregaron al párroco Truphème que les dijo:
-A mí me alegra sobre todo la idea de que si Jesucristo ha venido así,
con los brazos abiertos a Saint-Valery, es para
bendecir su parroquia tan cruelmente golpeada y para anunciar que Él
tiene piedad de las pobres personas que van a la pesca poniendo en
peligro sus vidas. Es el
Dios que caminaba sobre los aguas y bendecía las redes de Cefas.
Y, tras haber hecho que colocaran al Cristo en la iglesia, sobre el
mantel del altar mayor, el párroco Truphème se marchó para encargarle al
carpintero Lemerre una bella cruz en madera de roble. Cuando estuvo
hecha, clavaron en ella al buen Dios con clavos nuevos y la irguieron en
la nave, por encima del poyo de mampostería. . A la mañana siguiente,
cuando el señor párroco entró en la iglesia con el monaguillo para
celebrar misa, se sorprendió mucho al ver la cruz vacía y el Cristo
tendido sobre el altar. Tan pronto como terminó la celebración del santo
sacrificio, mandó llamar al carpintero y le preguntó por qué había
desclavado el Cristo de su cruz. Pero el carpintero respondió que él no
lo había tocado en absoluto .
Tuvo entonces la sensación de que aquellas
cosas eran milagrosas y las meditó prudentemente. El domingo siguiente,
habló de ello a los fieles de la parroquia y les invitó a contribuir con
sus donaciones para erigir una nueva cruz más bella que la primera y más
digna de llevar a Aquel que redimió al mundo. Los humildes pescadores de
Saint-Valery dieron tanto dinero como pudieron, y las viudas ofrecieron
sus alianzas. Por lo que el párroco pudo ir de inmediato a Abbeville
para encargar una cruz de madera negra, muy brillante, coronada por un
letrero con la inscripción «I.N.R.I» en letras doradas. Dos meses más
tarde, la colocaron en el lugar de la primera y clavaron en ella el
Cristo entre la lanza y la esponja. Pero Jesús la abandonó como a la
otra, y durante la noche fue a tenderse sobre el altar.
Cuando, a la mañana siguiente, el señor párroco la encontró allí, cayó
de rodillas y oró durante mucho rato. El rumor de aquel milagro se
difundió por todos los alrededores, y las señoras de Amiens hicieron
colectas para el Cristo de Saint-Valery. Y el padre Truphème recibió de
París dinero y joyas, y la esposa del ministro de Marina, la señora Hyde
de Neuville, le envió un corazón de diamantes. Disponiendo de todas
aquellas riquezas, un orfebre de la calle Saint-Sulpice hizo, en dos
años, una cruz de oro y pedrerías que fue inaugurada con gran solemnidad
en la iglesia de Saint-Valery, el segundo domingo después de Pascua del
año 18... Pero Aquel que no había rechazado la cruz dolorosa, se escapó
de esta cruz tan rica y fue a tenderse de nuevo sobre el lino blanco del
altar. Por temor a ofenderlo, esta vez lo dejaron allí, y allí
descansaba desde hacía más de dos años, cuando Pierre, el hijo de Pierre
Caillou, fue a decirle al párroco Truphème que había encontrado en la
playa la auténtica cruz de Nuestro Señor.
Pierre era un chico retrasado, y como no tenía suficiente inteligencia
para ganarse la vida, le daban pan por caridad; era apreciado por todos
porque no hacía daño a nadie. Pero tenía una conversación sin mucha
lógica, que nadie escuchaba. Sin embargo, el padre Truphème, que no
dejaba de meditar en el misterio del Cristo del océano, se impresionó
por lo que el pobre insensato acababa de decir. Fue con el pertiguero y
dos fabriqueros al lugar en el que el chico decía haber visto una cruz y
encontró dos planchas con clavos, que el mar había golpeado de acá para
allá mucho tiempo y que verdaderamente, formaban una cruz.
Eran restos de un antiguo naufragio. Se veían aún sobre una de aquellas
planchas dos letras pintadas en negro, una J y una L, y nadie podía
dudar de que no fuera un trozo de la barca de Jean Lenoël, que cinco
años antes había perecido en el mar, junto a su hijo Désiré. Al ver las
planchas el pertiguero y los fabriqueros comenzaron a reirse . Pero el
párroco interrumpió sus burlas. Empezaba a comprender el misterio de la
caridad infinita. Se arrodilló sobre la arena de la playa, recitó la
oración por los fieles difuntos, y luego ordenó al pertiguero y a los
fabriqueros que llevaran sobre sus hombros aquel despojo y lo
depositaran en la iglesia. Cuando estuvo hecho, levantó el Cristo de
encima del altar, lo colocó sobre los tablones de la barca e incluso él
mismo lo clavó en ellos, con los clavos que el mar había corroído.
Por orden suya, aquella cruz ocupó a partir del día siguiente el lugar
que ocupaba la cruz de oro y pedrerías . El Cristo del océano no se
desclavó nunca más. Quiso permanecer sobre aquella madera en la que unos
hombres habían muerto invocando su nombre y el de su Madre. Y allí,
entreabriendo su boca augusta y dolorosa, parece decir: «Mi cruz está
hecha de todos los sufrimientos de los hombres, pues yo soy realmente el
Dios de los pobres y de los desdichados».
FIN
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