
Lic. Pablo Pereyra, Abril de
2020
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Hace muchos años visitó el Museo Naval don
Juan Luis Areco, un vecino de Tigre que vivía muy cerca de la costa del
Luján.
Me contó que siempre se dedicó a navegar en las chatas que traían arena,
hacienda y otros productos desde el Paraná arriba.
Me contó detalles de las chatas que habían sido de su propiedad, y, como
si estuviera hablando de personas o seres animados, me hablaba
minuciosamente de los comportamientos de cada una de ellas.
Tenía predilección por unas o no tanto por otras.
Me contó que una vez, y por el sentimiento que sentía por las
embarcaciones, le había echado el ojo al casco de un remolcadorcito, más
hundido que a flote en un arroyo del Delta.
Por un tiempo le dio vueltas en la cabeza, hasta que fue a la Prefectura
y dio con sus documentos.
Su idea era recuperarlo y partir de tener documentos encaró el trabajo.
Lo primero que hizo fue reflotarlo, y a partir de allí comenzó la
recuperación, más fácil verla en las fotos que el mismo me mostró:






El pequeño remolcador volvió a
navegar!
En la misma visita y antes de terminar esa amena charla y con la pasión
que
tuvo todo el diálogo, contó lo siguiente:
De las chatas que había comprado, hubo una para transportar hacienda
desde Entre Ríos
que siempre tuvo problemas. En los años que fue de su propiedad siempre
tuvo inconvenientes mecánicos o por otros motivos, pero nunca funcionó
como el hubiese deseado. Al tiempo la vendió.
Entonces prosiguió el relato.
Me contó que una mañana estaba en su casa, y como dije cercana a la
costa del Luján y alguien le comentó que en la costa se había juntado
gente a ver.
El se acercó a la costa y con sorpresa vio que la chata, que le había
causado tantos problemas mecánicos y otros inconvenientes se había
hundido a unos metros de su casa, había ido a morir allí.
Entonces Don Areco hizo un silencio en el relato, me miró fijo a los
ojos y siguió:
Usted cree que los barcos tienen alma?
Mi respuesta sin titubeos fue: Sin dudas don Luis!
AAA
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