
Por Mario Antonio Lorenzo Togno, Julio de 2020
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PRÓLOGO
El amigo Pancho
ELIZALDE fue Jefe de Radiocomunicaciones de a bordo de buques mercantes
argentinos, profesión también conocida como Oficial de Radio o
simplemente Radiotelegrafista o – más aún – llamado sobre el barco
sencillamente como “el Radio”.-
Pancho es una de
esas personas a las cuales se les puede adivinar sin esfuerzo mental
alguno cuál hubiese sido su profesión alternativa de no haber sido lo
que fueron. Y en ese orden puedo aseverar que Pancho seguramente hubiese
sido médico urólogo. Lo digo por su facilidad con el dedo mayor de la
mano para realizar masajes prostáticos imprevistos…
Hace unos días
con Pancho mantuvimos una extensa video llamada y a lo largo de ella,
tocando temas variados, a raíz de uno de sus dichos terminé siendo
víctima de su citada facilidad ya que me dejó en tal condición de
examinado prostático con sus apostillas al traerme del galpón de los
recuerdos un suceso que me tuvo como protagonista hace decenios y que le
prometí que cuando nos encontráramos personalmente post-pandemia se lo
relataría con lujo de detalles. O sea, me dejó clavado su dedo en lo más
profundo de mi cul…pa.-
Pero no puedo
aguardar a que el COVID19 sea historia para evocar ese acontecimiento
pues de sólo recordarlo me hace erizar la piel y considerarme un
afortunado por mantenerme vivo y poder relatarlo.-
CUÁNDO, DÓNDE
Fue en el primer
lustro de los años 80, no recuerdo exactamente si aconteció en 1983 o en
1984, pero esta imprecisión de mi alicaída memoria no afecta a la
esencia del asunto.-
Por entonces la
República de Sud África
(Republiek van Suid-Afrika en Afrikaans)
era gobernada por Pieter Willem Botha en principio en su calidad de
Prime Minister y luego directamente como Presidente según el Acta
Constitucional de 1983. El famoso y segregador “APARTHEID” regía de
manera furibunda en todo el territorio sudafricano.-
Normalmente,
haciendo la Línea a Lejano Oriente de nuestra querida Empresa Líneas
Marítimas Argentinas S.A. (ELMA SA) en viaje de “subida” o “East
Bound”, luego de zarpar de Buenos Aires se tocaba Montevideo, uno, dos o
tres puertos brasileros y posteriormente se encaraba la travesía
atlántica rumbo a la República de Sud África, habitualmente con destino
a Durban como primer puerto africano. Ocasionalmente se podía recalar
también en Ciudad del Cabo (Kapstadt),
East London y/o Port Elizabeth antes de continuar la navegación por el
Océano Índico en búsqueda del imperio del sol naciente.-
La costanera en Durban en 1980
Las ciudades
citadas eran muy distintas entre sí y con un encanto particular cada una
de ellas. Sin embargo Durban resultaba majestuosa para mi gusto y la
disfrutaba plenamente caminando a lo largo de la West St. la cual en su
bajada hacia la playa desembocaba en la orla marina donde se encontraban
los grandes hoteles internacionales, entre ellos el por entonces
imponente y bien reputado “MAHARANI” con su café concert en el subsuelo,
el “FOUR SEASONS” y su increíble bar interior llamado “THE JUNGLE” donde
sólo faltaban Tarzán y la mona Cheeta sirviendo las mesas, como así
otros grandes y suntuosos alojamientos de cinco estrellas. En dicha orla
también estaba la archiconocida “minitown” con toda la representación
urbanística a perfecta escala. Obviamente no puedo dejar de mencionar a
dos de las que eran de las más reconocidas atracciones del lugar, el
Acuario y Delfinario – en el cual en un momento protagonicé otra
“distress situation” que dejaré para relatar en otra oportunidad – y el
ícono de la bahía portuaria constituido por el “ROMA REVOLVING
RESTAURANTE”
APARTHEID
En virtud a la
segregación racial que era ley en ese momento, el odio de parte de la
población negra hacia los blancos era letal y eso obligaba a moverse con
mucho cuidado ya que los negros no discriminaban si uno era turista,
marino, residente o nativo. Uno era blanco y por lo tanto resultaba
“enemigo”, a partir de allí las consecuencias podían ser textualmente
fatales.-
Durban no
escapaba a las generales de la ley, por ende los desplazamientos por la
urbe tenían que ser muy cautelosos y tomándose todas las precauciones
para no morir en el intento. Al centro de la ciudad la “coloured people”
no tenía acceso salvo para las tareas esenciales que tenían asignadas
los que recogían los residuos, barrían las calles, peones de obras y
toda aquellas tareas que los descendientes de europeos no realizaban y
les dejaban a los africanos tribales. A las mejores playas al inicio de
la West Street y subsiguientes de la orla tampoco podían acceder. En las
formaciones de los trenes urbanos había coches que eran de uso exclusivo
de la gente de piel blanca. Todo a consecuencia de lo que era la
normativa discriminatoria racial.-
En el ámbito
céntrico como así mismo dentro de toda el área portuaria no existía
riesgo alguno. Si bien había negros trabajando como estibadores y demás
tareas que no requerían mayores habilidades, los mismos no se atrevían a
sublevarse ni atacar a los blancos merced a la vigilancia y presencia
policial y del Coast Guard, los cuales ante el menor atisbo de
inconducta de los discriminados actuaban reprimiéndolos y no de manera
pacífica precisamente.-
SAFE & UNSAFE
De las metrópolis
aludidas la que ofrecía el menor índice de seguridad era sin lugar a
dudas Ciudad del Cabo. Fue en uno de estos viajes que, con dos semanas
de antelación a nosotros, había estado otro buque de la empresa, era uno
de los tipo “Santa Fé II” y sin tener total certeza creería que se
trataba del Entre Ríos II. Surtos a muelle algunos tripulantes
decidieron bajar a tierra y a manera de auto protección lo hicieron en
un grupo de cinco personas lo cual les infundió una cierta confianza.
Una vez fuera del puerto y caminando hacia el down-town se dieron de
frente con una horda de unos quince individuos de piel oscura. Nuestros
compatriotas terminaron todos internados, alguno incluso apuñalado.
Durban, aunque quizá algo menos urticante, tenía lo suyo. Y no era decir
poco.-
A los navíos de
ELMA, mientras no nos mandaran al “MAYDON WHARF”, solían atracarnos en
un muelle que tenía como beneficio el acceso directo a la ciudad con
sólo caminar unos metros. La contra residía en que ese barrio era
equivalente al Harlem de NYC. O sea que una vez cruzada la reja del
puerto hacia afuera, para nosotros era ingresar a la selva salvaje de un
país afectado por sanciones económicas internacionales por su política
racial, donde los pilares de la economía eran las minas de oro, las de
diamante, el turismo y el marfil ya en decadencia ante lo diezmado de
las manadas de elefantes por su extracción, con un dólar norteamericano
que cotizaba apenas a 90 centavos de Rand haciendo así que el valor de
cualquier cosa pretendida fuese privativo para los habitantes de color.-
LA “MISIÓN DEL
MARINO”
Los marinos
mercantes sabíamos que en diversos puertos del mundo con Buenos Aires
incluído existían las conocidas como “Misión del Marino”. Estas
instituciones funcionaban a manera de una especie de club y alojamiento
para marinos mercantes de todo el mundo que por diversas razones no
tenían donde acomodarse mientras esperaban un determinado barco o bien
acababan de finalizar su contrato y por un espacio de tiempo no
retornaban a sus países de origen.. Asimismo si alguno había perdido su
nave no presentándose al momento de salida se le concedía albergue a
tarifas muy reducidas. Allí se podía despachar correo de orden
internacional, llamar telefónicamente a sus familiares, contaban con
bar, modestos restaurantes, espacio para practicar distintos deportes,
oficios religiosos de diferentes confesiones, etc.-
Las
organizaciones que las patrocinaban solían ser en su mayoría de orden
religioso, así se veían los “Seafarer´s Club”, “The Flying Angel”,
“Seaman Club”, y otras más de corte similar. La de Durban se hallaba a
unos pocos metros de la salida del puerto cuando íbamos al muelle
habitual, bastaba sólo con cruzar la avenida y caminar unos pasos para
ingresar a la misma.-
QTR (hora
oficial) Y COSTUMBRES
La República de
Sud África es contenida en el uso horario GMT+2, o sea que la diferencia
horaria con Argentina es de +5hs, por ende, valga como ejemplo, cuando
en Buenos Aires son las 07:00 de la mañana en Durban son las 12:00 del
mediodía.-
Si bien es muy
cierto que el sudafricano blanco es muy nacionalista y orgulloso de su
origen, en general el estar en estas ciudades sudafricanas era muy
similar a hacerlo en urbes holandesas, alemanas o británicas dado la
procedencia de los colonizadores provenientes de esas naciones. A partir
de allí los usos y costumbres se asemejaban a los del viejo continente.-
Hablando de usos
y costumbres agrego aquí un bonus-track de algo que también me tuvo de
protagonista y que no fue en este viaje que motiva el actual relato sino
en otro de los que tuve la suerte de que ELMA me enrolara. No fue en el
puerto de Durban sino en el de Ciudad del Cabo.-
En épocas donde
la comunicación familiar se daba en los esporádicos llamados telefónicos
a través de General Pacheco Radio, o en los que hacíamos en tierra desde
Singapore por resultar increíblemente los más baratos de la línea
incluso los de Montevideo en el caso de que no se hablase a Buenos Aires
y se lo hiciese al interior de Argentina como era mi caso, muy
ocasionalmente desde puertos japoneses por sus elevados costos o ya
desde Brasil, el grueso de las novedades y demás informaciones se
canalizaba por medio de la correspondencia escrita, o sea por las hoy
casi desaparecidas cartas que resultaran desplazadas por la tecnología
cibernética y las redes sociales.-
Saliendo del
muelle en que nos encontrábamos amarrados en la Ciudad del Cabo de la
Buena Esperanza desde el cual teníamos una maravillosa visión de la
“Table Mountain” y de la “Lion Head”, cruzábamos una avenida y a pocos
metros en una zona poco poblada había una pequeña sucursal de la empresa
de correo sudafricana. Una tarde a hora temprana tomé las cartas que
tenía para despachar y me dirigí a esa sucursal postal en solitario, a
la carrera, atento y vigilante al entorno para evitar malas sorpresas.
Cuando ingresé a la misma había una sola ventanilla habilitada la cual
era atendida por una empleada blanca y formando fila frente a ella una
docena de clientes de color de ambos sexos. Como es normal en cualquier
lugar pretendidamente civilizado me instalé al final de dicha cola.
Durante mi arribo la empleada se encontraba concentrada con el despacho
en trámite que estaba realizando por lo que no se percató de mi
presencia.-
Habiendo
concluido la atención al primer cliente la cola avanzó un lugar y en ese
instante la empleada me percibió al final de la cola y – en inglés y voz
alta – ignorando a la persona siguiente dijo: “Sí…?” pero
yo no me dí por aludido porque pensé que le estaría hablando a una
tercera persona. Ante mi actitud desentendida, y ahora ya irguiéndose
aún más alto y con su mirada alineada a la mía esgrimiendo un volumen de
voz mayor, la blonda señorita insistió: “YES…????”
En virtud a la
singular situación los once “nigers” que me precedían en la fila se
dieron vuelta y al verme al final de la cola, como si hubiese sido una
maniobra militar ya practicada con anterioridad, al unísono se hicieron
a un lado quedando la empleada en su puesto y yo con mis cartas en la
mano separados por una distancia de 5 o 6 metros y mi cara mostrando un
desconcierto total al no saber cómo actuar. La empleada entonces volvió
a la carga pero ahora de manera mucho más firme con su “YES
SIR…???”
“Pero… y esta
gente…?”
le respondí tímidamente…
“NO SIR! YOU
FIRST!!!”
fue su respuesta
de manera imperativa…
Acatando aquella
vieja premisa que en alguna oportunidad escuché de boca de un veterano
barquero la cual dice “donde fueres has lo que vieres”, estampé
en mi bocaza una forzada sonrisa, me acerqué a la ventanilla, despaché
la correspondencia, aboné, agradecí y me despedí de la empleada. Antes
de irme me dí vuelta y mirando a los once clientes expectantes con voz
firme les manifesté: “Y a ustedes también muchas gracias”.-
De esa forma
cumplí con las normativas que regían allí por entonces ya que de no
haberlo hecho muy probablemente alguien de seguridad me hubiese retenido
y entregado a la policía con las imaginables consecuencias que se
derivarían por mi “desacato”. Paralelamente dejé sentado mi parecer
respecto a lo que en mi interpretación difería conceptualmente de lo que
allí se imponía. Crucé la avenida nuevamente corriendo, entré al puerto
y me fui a bordo con una extraña sensación por mí desconocida hasta ese
momento que me duró buen tiempo.-
SURPRISE…!!!
Ahora sí, vamos
al suceso que Pancho - con su metida de dedo mayor en el tujes -
provocara que aflorara de lo profundo de mis neuronas pese a que desde
el mismo han transcurrido más de 35 años.-
Era en invierno,
estimo mes de junio. Estábamos amarrados en el habitual muelle del
puerto de Durban y con otros seis o siete tripulantes nos pusimos de
acuerdo para cruzar hasta la Misión del Marino. Aparte de despachar
correspondencia el plan era tomar una cerveza en el lugar y
posteriormente irnos a un lugar exclusivo para marinos, una especie de
“templo de la lujuria” conocido entre el vulgo como simplemente un
cabarute. Este templo se hallaba ubicado puerta de por medio en la
misma vereda que la Misión del Marino. O sea que era apenas salir de un
lado e ingresar en el siguiente.
En mi caso
particular yo debía esperar a que en Argentina se hicieran las 13:00hs –
18:00 de Sudáfrica – para efectuar un llamado telefónico ya que antes de
esa hora la persona con la que debía hablar no llegaba, por entonces los
teléfonos celulares eran algo que sólo se veían en los dibujos animados
de los “Supersónicos”.-
Mis cómplices,
siendo las 17:45 hs, habiendo libado un par de cervezas y algo ya
cansados de aguantarme decidieron marcharse solos al cabaret en busca de
esas cálidas emociones. En virtud a la inmediatez entre uno y otro lugar
consistente la misma en sólo un par de metros, estimamos que no tendría
inconvenientes en que me fuera en solitario luego de efectuar mi llamada
y así quedamos en que ellos me aguardarían en el templo non-sancto
reservándome un lugar en la mesa.-
Llegaron las seis
de la tarde. Pedí mi comunicación, hablé y no más allá de las 18:10hs
salí de la Misión del Marino, afuera por el horario y la estación del
año ya era de noche. En la vereda giré a mi izquierda y en dos pasos
estuve frente a la puerta de ingreso del cabaret la cual para mi desazón
estaba rotundamente cerrada con un precario cartel que decía “EN
REPARACIONES - ENTRADA A LA VUELTA” con una flecha curva dibujada
indicando que había que dar vuelta en la esquina…
Recórcholis…!!!
Ésto no estaba en
mis planes…!
En una fracción
de segundo calculé distancias, tiempos y riesgos de ir al cabaret o
volverme al buque. Los resultados de trazar ambas derrotas eran
similares, o sea que estaba hasta las manos y la posibilidad del
“relájate y goza” en una u otra dirección era idéntica, en cualquiera de
los casos estaba jodido.-
Jodido por jodido
tomé la opción que más satisfacciones me otorgaría si todo salía bien, o
sea que me decidí por el cabarulo.-
La distancia
hasta la esquina donde debía doblar era de algo más de media cuadra y de
sobrevivir a esa travesía me restarían unos veinte metros más hasta la
puerta del paraíso donde – de alcanzarla indemne – estaría a salvo.-
La calle y su
ámbito eran un desierto…
Tomé aire
profundamente y me auto inculqué una cuota superlativa de coraje, luego
de ello emprendí la marcha bien pegado a la pared a paso vivo como si
estuviese en el playón de un cuartel. La esquina donde debía doblar
tenía una marcada ochava en chanfle, yo doblaría por sobre la hipotenusa
de ese triángulo para mantenerme pegado al muro..-
Llegué al inicio
de la ochava, doblé, hice dos pasos y cuando salí hacia la otra vereda
recta – ZAMBOMBA! - me encontré con un grupo de siete negros que venían
caminando de frente…
Quedé pertificado
parado con mi espalda pegada al muro y la vista clavada en ese grupo los
que también completamente sorprendidos permanecieron inmóviles.-
En un acto
reflejo, pero infantil y tal vez influenciado por películas policiales,
llevé mi mano derecha hacia atrás como si fuese a sacar un arma de la
cintura mientras que comenzaba a dar pasos firmes en la misma dirección
que traía y siempre con la espalda contra la pared.-
Los grones me
miraban sin moverse, seguramente preguntándose si realmente yo portaría
un revólver con el cual sacudirles como hacían normalmente los blancos
sudafricanos o bien era un imbécil que se largaba a transitar solo en el
Harlem de Durban. Lo que no sabían era que se trataba de la segunda
opción y que en lugar de sacar un arma mi mano lo que apenas hacía era
sostenerme el pantalón que del miedo ya se me estaba por caer…
Con la vista
clavada en esos siete sujetos apocalípticos, siempre de espaldas a esa
solidaria pared, continué con mis pasos hasta que percibí que de la
puerta del cabaret me separaban menos de diez metros y ahí me eché a
correr de manera que ni un caniche enfurecido podría alcanzarme.-
STAYING ALIVE
Ya dentro del
templo profano tenuemente iluminado ubiqué la mesa de los muy
desgraciados que me habían dejado librado a mi suerte y me dirigí a su
encuentro. Tomé la silla que tenía reservada y me desplomé en ella, no
tenía aire por el terrible susto y por la corrida, al margen de que
seguramente estaría pálido como un papiro.-
“Ché, estás
bien…? Te pasa algo…?
Inquirió uno de los sátrapas de mis malnacidos cómplices.-
Cuando recuperé
el aliento les descerrajé el más extenso rosario de insultos e
improperios que pueda imaginarse.-
Una camarera
mozambiqueña que hablaba portugués y descifraba el idioma español, al
oirme me preguntó qué me ocurría, les conté a todos lo acontecido y esta
joven sentenció que yo estaba vivo por casualidad.-
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