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Se
agradece , Don Carlos ; extraordinario relato, sin duda, este de la
venganza española a través del
Almirante F.S. de Tovar, en épocas en que la soldadesca se machacaba
cara a cara. Y
el relator , Alvaro Van den Brule, dispara con lo que ahora se llaman
"balas de tinta". Los tiras y aflojas
sobre Gibraltar , levantan temperatura, pero es difícil navegar aguas
arriba , cuando el reloj de la historia no
nos hace un guiño. Sin un fusil, sin un machete , Mahatma Gandhi obtuvo
la devolución de medio
continente. Entre la G de Gandhi y la G de Galtieri , cabe cómodamente
la entera Vía Láctea.
Cordial saludo A.Cecchini

Álvaro Van den Brule
Fernando Sánchez de Tovar, el castellano que remontó el Támesis y saqueó
Londres

Miniatura
que ilustra la batalla naval de La Rochele (1372) en la que Tovar venció
a los ingleses.
14.09.2013
La
historia no se repite, pero rima.
Mark
Twain.
Una
guerra de alternativas fluctuantes y victorias pendulares; de
devastadoras consecuencias como todas, sustentada en argumentos
encontrados pero ambos fundamentados por las partes, había estallado en
las medianías del siglo XIV. Algo quizás tuviera que ver la maldición
del maestre templario
Jacques de Molay
cuando ya en la hoguera, y antes de entregar su último aliento,
maldijera al expoliador rey de Francia y su dinastía Capeta.
Muerto el monarca y todos lo
posibles herederos, fue apelada la Ley Sálica por los franceses,
eso sí, metida con calzador y muy forzada en el contexto; lo que daría
lugar a la Guerra de los Cien años.
Corría el año 1373 y la primavera comenzaba a despuntar en todo su
esplendor en la Bretaña francesa. Pero en ese año precisamente, las
brisas del Atlántico no pronosticaban un panorama muy bucólico. La
Guerra de los Cien años estaba en su apogeo y los franceses andaban a la
greña con los ingleses para variar.
En medio de aquel
maremágnum de desolación, a un inglés se le escapó una pedrada -dicho
esto metafóricamente-, que fue a parar a la cabeza de un tranquilo
castellano que pasaba por allí.
Nunca una nación pagaría a tan alto precio unas cabezas cortadas.
El caso es que en el puerto de Brest media docena de naos del
reino de Castilla repletas de mercadería estaban amarradas a la espera
de que escampara aquel despropósito bélico, cuando al pirómano inglés,
Conde de Salisbury,
muy aficionado a prender fuego a lo primero que se le pusiera a tiro,
no se le ocurrió
otra idea que la de incendiar las naves castellanas en un arrebato poco
ponderado, episodio éste que más tarde le costaría un
disgusto importante a él y a su rey, pues nunca una nación pagaría a tan
alto precio unas cabezas cortadas. El citado conde inglés, en aquel
lance, no dejaría un alma castellana con posibilidades de reencarnarse,
pero no por ello podría evitar que todo un poderoso reino del sur de
Europa se fijase como único objetivo vengar aquella afrenta.
El
caso es que aquellos castellanos de entonces, muy entrenados en el
secular batallar contra las gentes de turbante, se dieron media vuelta y
verificaron la procedencia de la piedra, instante en que los mahometanos
respiraron algo aliviados y aprovecharon la distracción momentánea de
los de Castilla para darse a la fuga sin más preámbulos.
Los cabreados castellanos
decidieron suspender sus campañas en el tórrido sur de la península y
volvieron su mirada hacia el mar del norte.
Grises nubes
se cernían sobre el Canal de la Mancha y los augurios pronosticaban
preocupaciones sin cuento a los isleños, que pagarían cara su osadía en
los años siguientes. Habían llamado la atención de un pueblo entrenado
en el arte de la guerra, a la par que cansado de batallar.
El
caso es que unas obligaciones contractuales entre los reyes de ambos
lados de los Pirineos obligaban a los castellanos a intervenir con su
marina en socorro de los galos. La verdad es que no se hicieron mucho de
rogar y bastante encendidos por la agresión inglesa, se dispusieron
aplicarles un severo correctivo.
Una armada sobresaliente
Los marinos castellanos en aquella época controlaban el Golfo de Vizcaya
con la ayuda de los muy experimentados pilotos vascos y
detentaban el control del
comercio al por mayor entre latitudes tan distantes como el Mediterráneo
o el Mar del Norte. Mantenían una excelente relación con
los bretones y con nuestros hermanos portugueses tenían una peculiar
joint venture de amor y hematomas por el control de los
mercados tradicionales.
El
caso es que el entonces almirante español,
Fernando Sánchez de Tovar,
que así se llamaba este prodigio de osadía, invitó a su colega y amigo
francés, Jean de
Vienne a darles un susto de muerte a los alborotadores
ingleses. Dicho y hecho. Puestos manos a la obra,
en el lapso de los seis años siguientes, incendiaron y saquearon más de
un centenar de poblaciones costeras desde Plymouth hasta Londres.
Naves castellanas de alto bordo con superior potencia de fuego, se
dedicaron al tiro al blanco con un nivel de acierto más allá de lo
razonable. Los ingleses no sabían dónde esconderse.
El
22 de junio de 1372 los castellanos capturaron una flota inglesa de
invasión que se dirigía al continente.
Empezaron por Plymouth en el sudoeste de Inglaterra y siguieron
hacia Southampton, pasando por la isla de Wight, Portsmouth, Hastings y
Folkestone.
Arrasaron literalmente todas la poblaciones costeras del sur de
Inglaterra en el periodo de un lustro en el que, ante la
acometida castellana y la de sus socios franceses, sólo cabía replegarse
hasta que escampara. Los productos de confección artesanal de las
abadías locales, condumio de larga o breve duración, ornamentación de
valor, o cualquier cosa que tuviera brillo, desaparecían por arte de
birlibirloque. Cochinillos, barriles de cerveza, pollos, etc., eran
candidatos a convertirse en antimateria ante el ímpetu vengador de las
tropas castellanas.
No
contentos con esta campaña de aligeramiento de los bienes locales o
recuperación vía indemnización sui géneris,
los castellanos
decidieron que Londres seria una pieza de interés superlativo como
colofón a sus correrías. Por ello, se pusieron manos a
la obra.
El desenlace del clímax conquistador
El
veintidós de junio de 1372 los castellanos capturaron una flota inglesa
de invasión que se dirigía al continente. Después de hacerse con un
botín histórico equivalente al 20% del producto interior bruto de
aquella isla que hacía aguas por todas partes, enviaron de vuelta a la
isla a los soldados capturados para mayor escarnio. Además,
habían dejado a la oficialidad -que no a la soldadesca- en paños menores.
Tovar había dado órdenes muy estrictas de que los soldados no fueran
agraviados.
Con el ánimo alto y las alforjas a rebosar, aquel efervescente clímax
conquistador de alguna manera tenía que explayarse. Entonces tomaron
rumbo hacia Londres, Támesis arriba. A pesar de un potente viento
contrario llegaron a los arrabales de la ciudad –concretamente a Gravese –
y pegaron fuego a todo lo que encontraron.
Desde la torre de Londres y
fortalezas aledañas, se esperaba un asalto inminente que nunca llegó.
La razón, fue muy sencilla. Las naos y galeras a causa del enorme botín
capturado durante la campaña embarcaban en ocasiones agua, lo que hacía
muy peligrosa la navegación en mar abierto y más en el del Norte que era
muy proclive a la mar arbolada. A raíz de esta experiencia, las naos
castellanas levantarían el bordo un metro más, evitando este molesto
inconveniente de no poder llenar las bodegas a tope cuando capturaban
algún barco adversario con alguna escora susceptible de ser corregida.
Al mismo tiempo permitían desde un puente más elevado, mejores
condiciones de tiro para arcabuceros y ballesteros en caso de abordaje.
Finalmente, este Almirante de Castilla, terror de los mares, que con
tantas victorias había contribuido a engrandecer la leyenda del Reino
del Sur, sería doblegado por un enemigo invisible. Hacia 1384 y durante
el sitio de Lisboa,
la terrible Peste Negra que durante siglo y medio asolaría Europa, le
haría un desaguisado
importante. Llevado Guadalquivir
arriba en la nave capitana con el único pendón izado de toda la flota,
su cuerpo sería albergado por la tierra madre que le vio nacer. Pocos
Grandes de España son acreedores a este título.
Al
Almirante Tovar, se le podría aplicar aquellos versos que dicen así…
Hay
hombres que luchan un día y son buenos
Hay
hombres que luchan diez días y son mejores
Hay
hombres que luchan toda una vida,
esos son
los imprescindibles.
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