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ESPORA P41 (I. Amendolara)

 

Por Alberto Gianola Otamendi CFRE CU, Febrero de 2021

 

 

En estos días se ha vuelto a poner en la picota, por la presencia de información parcial en los medios, la sobreexplotación de la biomasa en el Mar Argentino, las flotas de pesqueros “piratas” y el control marítimo nacional.

La cuestión no es novedosa y mi memoria se remonta incluso hasta 1977,  apenas ingresado a la Armada, al Liceo Naval Almirante Brown, cuando en octubre la Flota de Mar captura varios pesqueros rusos y búlgaros que incursionaban ilegalmente en aguas de la jurisdicción reclamada[1].

 

Eran tiempos en que no temíamos a nadie, y hasta enfrentábamos a la poderosa  URSS en el mar y a sus facciones combatientes en tierra. En aquella oportunidad, con mal tiempo, naufragó un bote de las dotaciones de inspección, perdiendo la vida algunos marineros argentinos.

 

Pero el caso que me ocupa hoy es de 1991, cuando ya decididamente la Armada patrullaba la ZEE en un esfuerzo permanente con sus corbetas y esporádicamente con fuerzas de tareas de su Flota de Mar. Este fue uno de los primeros hechos, que comenzaron a cobrar intensidad en los principios de esa década. La Corbeta ARA “Drummond” (CBDR) tuvo dos casos entre 1990 y 1991, (el Tae Wong y el Yenni 7), uno con algo de resistencia. La ARA “Parker” tendría una victoria notable y compleja con el Playa de Canaval  y otras naves cosecharían sus propios logros.  Hubo capturas realizadas por destructores y hasta por avisos. Incluso la misma Parker (CBPA), hizo un combo 3x1, apresando tres infractores en una misma patrulla, llegando a puerto con sus presas y mínima dotación remanente a bordo.  Algunos casos fueron tras inspecciones colaborativas, otros con gran resistencia e incluso agresiones a los inspectores o maniobras colectivas ofensivas sobre el patrullero argentino.

 

De los protagonizados por la Corbeta ARA “Espora” (CBES), que capturó al pesquero surcoreano Yin Yang 103 y al español Playa de Mogor, referiremos el primero. El segundo fue en una etapa de la Flota, que en lugar de entrar a un puerto patagónico, la fuerza se desvió hacia la pesquería del “pozo de 42” (latutud 42 Sur, intersección con el límite de la ZEE) sorprendiendo a una banda de poteros españoles, cayendo sobre tres de ellos. El presidente Menem, en señal amistosa hacia el Príncipe de Asturias, en vista oficial al país, condonó sus multas, liberándolos.

 

A lo aprendido en estas primeras acciones se sumó la experiencia acumulada en la operación internacional de Tormenta del Desierto y un curso en EEUU al que asistieron un par de oficiales argentinos trayendo bibliografía. Esto permitió modernizar un procedimiento completo de VRC (Visita, Registro y Captura), que se fue  adaptando e incluso introduciendo más tarde en las maniobras de adiestramiento nacional y combinadas aliadas (UNITAS y FRATERNO) como MIO (Maritime Interdiction Operations).

 

En ocasiones intervinieron fuerzas especiales como los buzos tácticos, para refuerzo de las dotaciones. A veces, en el origen, se incorporó un oficial de la Prefectura Naval para que ayudara a preparar la documentación sumaria y asesore en el procedimiento. Más tarde se enviaron oficiales a realizar el curso de inspectores de pesca al INIDEP (Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero) para entender mejor de especies, artes de pesca, normativa, vedas y métodos de comprobación.  Todo fue parte de una evolución motivadora.

 

Relataré algo de la captura del Yin Yang 103. Al recordar el hecho, debo aclarar además que una corbeta tiene una dotación reducida, donde cada tripulante cubre, según el caso, varios roles, acumulando tareas. Y a veces, el que mucho abarca… se equivoca. Personalmente era teniente de Corbeta y me desempeñaba como Jefe de Artillería y Control Tiro y hacía guardias en el Puente de Comando. Durante el procedimiento era uno de los intérpretes y oficial de la partida de VRC, y si se capturaba quedaba como Oficial de Navegación en la presa.

 

Habíamos detectado una flota pesquera que operaba dentro de las 200 millas náuticas tomadas desde las líneas de base recta, por lo que empezamos el procedimiento de registro de su posición y derrota, con los datos provistos por el navegador satelital Magnavox (sistema previo al GPS y mucho más rústico dado que la constelación de satélites era escasa y daba posiciones espaciadas en tiempo, calculando por estima entre en el lapso), y los informes a nuestra autoridad operativa. Mientras tanto, cerrábamos distancias con recaudos, muy lentamente, maniobrando a velocidad de un pesquero, con rumbos indirectos, sin emitir con sensores militares. Sabemos que tenían inteligencia de nuestra zarpada y que en sus flotillas designan “vigías” que alerten de acercamiento de patrulleros.

 

Ya confirmada la posición certera y en infracción y con el procedimiento claro y con los registros apropiados de grabaciones y videos, nos lanzamos a la interdicción, como un felino salta hacia su presa, máxima velocidad, rumbo directo y comunicaciones en castellano e inglés dando orden de detener sus máquinas para someterse a una inspección.

 

Como en una manada, develado el cazador, la estampida fue inmediata y rauda. Los calamareros de anzuelos robadores, “poteros”, levaron sus artes de pesca (anclas de capa y potas) y tomaron la dirección evasiva más recta en alejamiento de nosotros y hacia fuera del límite. Nuestro objetivo estaba previamente seleccionado y la persecución debía ser (y lo fue) ininterrumpida.  Ya no tenía escapatoria, por mucho que maniobrara o por mucho que demoráramos en aproximarnos.

 

El capitán, en su fuga, no respondía a nuestro llamado. Incluso luego de un par de horas de persecución, tras alcanzarlo y ponernos a su través, a una distancia segura, y hacerle señas por foco, banderolas y todo medio posible. Huía en silencio.  Los carteles de banda ya nos permitían identificarlo como Ying Yang 103, bandera coreana.

 

Ante esta evidente resistencia a detenerse. Pasamos a una segunda fase del procedimiento, su detención por fuerza, lo que implicaba la autorización judicial para empleo de armas en modo disuasivo primero y directo después, en caso necesario. Siguiendo las normas, lo advertimos por radio, en frecuencias internacionales, de forma reiterativa y continua en nuestro idioma y en la lengua internacional marítima: inglés. Además de Jefe de Artillería, yo era uno de los intérpretes. El otro era el Jefe de Armas Submarinas.

 

Sin obtener resultados en nuestra exigencia de parar máquinas, ni respuesta, se inició la secuencia prevista de fuego artillero disuasivo, siempre alertando al capitán infractor de su obligación de detenerse y de la responsabilidad que le cabía en las consecuencias de su negativa. Primero salvas (siempre con munición inerte) del cañón de 76 mm. 300 yardas delante del pesquero sobre la dirección de avance. Luego 150 yardas. Y el buque seguía corriendo, hora en zigzag, acercándose peligrosamente a nosotros y alejándose. Más tarde recortamos a 50 yardas. Nada; ningún efecto en la determinación del infractor.

 

Las comunicaciones externas se incrementaban y demoraban cada instancia, cada vez más corresponsales en líneas de radio y radioenlace telefónico (phone-patch): el Comando de Flota de Mar, el Comando de Operaciones, el Juez  Federal de Puerto Deseado… la adrenalina de la persecución se diluía en las esperas a las decisiones de tierra. Mientras, en nuestro buque toda la dotación seguía ansiosamente lo que sucedía y diferentes grupos se iban alistando, se preparaban los botes neumáticos, las armas, el equipo de abordaje, el rancho y raciones para el grupo de VRC. Los artilleros y controladores de tiro seguían en sus puestos de combate y la gente de operaciones seguía trazando los planos y calcos, así como las fotografías, videos y registros escritos para incorporar al sumario que vendría.

 

Finalmente se autoriza hacer fuego sobre áreas no vitales y desocupadas (típicamente la proa) para que los impactos reales hicieran entrar en razón al capitán pesquero y se detuviera. Advertencia reiterada, nerviosismo hasta en la voz del radiooperador y antes de la orden de “Fuego”, el Jefe del Departamento Armamento decide desplazar al operador de la mira optrónica (TDS) del Lirod, y ser él mismo el apuntador y ejecutor del tiro. Primer error.

 

Durante la tensa corrida, pese a los sinuosos rumbos elusivos y la continua variación de distancia (muy cercana por cierto para radares) no se había hecho una actualización frecuente del sistema (recordemos que se trataba de 1991) y la distancia de la TDS al cañón impone un respetable paralaje. Segundo error.

 

Por la sumatoria de desaciertos, el primer (y único) tiro inerte al casco, apuntado a la proa, no se apreció en el castillo, sino que actuando de spotter observé una difusa nube roja en la cubierta bajo el puente mismo de la nave. “¡Alto el Fuego!”, “¡puede haber bajas!, impacto cercano al Puente de Mando”.

 

En este caso, la sabiduría popular se expresa muy claramente en un juego infantil: “Al don pirulero”, cada cual atienda su juego. Es mejor que cada quien conserve y realice sus tareas cumpliendo las funciones para las que más y mejor se capacitó y entrenó.

 

Siguiendo con el relato, el lúgubre aviso pareció confirmarse de inmediato al romperse el silencio radial con desaforados gritos del infractor.

 

“Nevi-Po-Huan”, “Nevi-Po-Huan”, “Nevi-Po-Huan”…

 

En el puente de la corbeta el comandante y nuestro segundo, los intérpretes y demás testigos escuchábamos sin discernir si se trataba de insultos, desafío o llamada. Segundos más tarde, notamos una lenta disminución de velocidad y un hombre en el alerón que agitaba sus brazos.  Luego una inescrutable frase sin pausas en las que descifrábamos de a poco la intención de detenerse.

 

Al parar, se arrían los botes y partimos con el grupo de VRC a una inspección externa, y posterior embarque para verificar la posible comisión de infracción de pesca y recabar evidencia. Nuestro temor a que se causaran víctimas persistía y mucho más al apreciar, desde el costado, el agujero del ingreso del proyectil en un compartimento bajo el puente y un hijo de fluido colorado fluyendo desde el trancanil al mar…

 

El capitán coreano gritaba desde el puente y parte de su dotación, también gesticulando, se asomaban por la borda de estribor. Pedimos a voces y con mímica una escalera de embarque.  La dotación se apiñaba en la banda. Al llegar a bordo, armas en manos, fuimos exigiendo despejar la cubierta y concentrarse en el pozo de pesca, excepto la guardia de puente y máquinas.

 

Apenas hubo espacio despejado y seguro, corrí hacia el lugar del impacto, a apreciar daños y bajas. ¡Con que sorpresa descubrí que se trataba del pañol de pintura y habíamos destrozado el estante de minio y antióxido!. Al transmitirlo al buque nodriza el alivio fue general.

 

Siendo el único de la Dotación de Presa que hablaba inglés, y oficial de navegación en tal rol, me dirigí al puente para tomar contacto con el capitán y dar comienzo a la exhaustiva inspección de documentos, entre ellos carta náutica, ayudas náuticas, libros de bitácora y diario de pesca.

 

Allí el máster me recibió con poca hospitalidad señalando mi buque madre: donde destacaba su número 41 pintado en blanco y negro, en el casco, a la altura de la amura. El “Navy 41” o “Navy Four One” como él intentaba llamar. Esa fue mi segunda comunicación y agregó risas que descomprimieron la tensión.

 

Los equipos apagados, los libros en blanco, la carta con posiciones apresuradamente dibujadas lejos del lugar de captura, calamar fresco en el pozo y en las cintas de la planta e incluso en las cámaras de frío. Todo reflejaba falta de pruebas en su defensa o directamente evidencia incriminatoria. El juez ordenó capturar y proceder hacia Puerto Deseado, a casi dos días de navegación directa, ya que nos encontrábamos en similar latitud, aproximadamente 47 grados Sur.

 

Algunos incidentes transformaron la derrota en un compendio de anécdotas imborrables, que el tiempo puede exagerar. 

 

Ordenada la captura y la decisión de llevar el barco infractor a puerto, el capitán asumía que sería demorado mucho tiempo con enormes multas y las pérdidas adicionales por no poder pescar. Él y su gente perderían posiblemente su empleo y salarios. Con la documentación solicitada, me invitó a pasar a su camarote, que hacía a la vez de su despacho y cámara. Nunca saqué la mano de la empuñadura de la pistola. Tal era mi desconfianza. Allí un asistente sirvió una enorme bandeja con cantidad de platos con trozos de calamar y pescado flotando en caldos oscuros, invitándome a un cordial  ágape que rechacé (por procedimiento y repulsión en iguales proporciones). Fuimos descubriendo las muchas maneras de comer el calamar crudo, disecado, hervido, frito, en salsas, con arroz, con fideos, con porotos y habas, en sopas, caldos, guisos, de desayuno, almuerzo, merienda y cena. Cada marino tenía un pequeño stock propio y había tendederos en todas partes para secarlo y salarlo, a modo de charqui.

 

De un escondrijo bajo su cama el capitán extrajo un maletín metálico y al abrirlo  me lo mostró lleno de fajos de dólares. Calculé (o me lo dijo) U$500.000.  Me lo ofrecía a cambio de no ser detenido. Me explicó que no quería que se entendiera como un soborno sino como pago de las multas allí mismo, en forma expeditiva, en el mar. Parecía ser una rutina ya establecida, y con ello obtuvimos alguna información clasificada. Rechazo rotundo de nuestra parte, resignación y una consecuente depresión del coreano. 

 

Al enterarse de que la detención en un puerto argentino hasta terminar el sumario y obtener un fallo judicial era indefectible, la dotación se amotinó (en principio contra su propio capitán) y  siguiendo a su contramaestre irrumpieron en el puente. Tras una rápida y fuerte discusión inentendible, una filosa navaja marinera fue esgrimida ante el cuello del oficial, para caer rápidamente a cubierta al sentir el agresor el frío tubo de una Browning 9 mm. en su sien y de una Halcón apuntando en su costado. Por suerte no era Bruce Lee. Creo que no llegué a sacar el seguro a la pistola, pero era una sustancial amenaza.  Mi custodio, en cambio, el CPCO Cepeda, un enjuto pero fuerte y atlético maratonista, lo fulminaba con la vista y el dedo listo en el disparador de la ametralladora. Todos atrás, al pozo de pesca y precintados hasta que se calmaran los ánimos. El líder tardaría un poco más en pasar a  meditar a su camarote.

 

Segunda moraleja, está siempre listo y espera lo peor.

 

Caído el crepúsculo vespertino, reservamos una precaria “sala de estar” en la cubierta bajo el puente, para dormir allí, sobre las bancas de madera. Tenía tres accesos, una escalera al puente, una escotilla al pasillo externo de la cubierta principal y una puerta hacia el pasillo de  alojamientos de popa.

 

Dejamos guardia doble en el puente y un debía ser imaginaria armado de ese improvisado sollado.

 

A plena noche escuchamos un terrible griterío en los alojamientos y una estampida que se acercaba ruidosamente al local. Dormidos pero con las armas listas, saltamos sobre saltados con ellas listas. El guardia encendió las luces justo cuando se abría estruendosamente la puerta. No puedo describir la cara de pánico del coreano que encabezaba el desbande al verse enfrentado a 8 pistolas y ametralladoras quitando seguros y encañonadas a su pecho. Abrió lo ojos como un occidental, creo que nunca más pudo cerrarlos. Gritó: “No Santamaría” “No Santamaría” (algo que también habíamos oído al desembarcar). Él y los sucesivos, se pegaron contra el mamparo y tan finos como pudieron hacerse pasaron hacia la cubierta exterior.

 

Tercera lección, mantén siempre la calma.

 

Entre sus gritos y nuestra voz de alarma, el oficial de guardia encendió las luces exteriores del barco.  Desde la corbeta empezaron a llamar preguntando qué sucedía, al ver la súbita iluminación general de la cubierta y las corridas de personas hacia la proa.

 

Llegado rápidamente al puente,  el capitán coreano me explicó que su gente había olido una fuga de amoníaco en las sala de máquinas y alojamientos. Y nos contó que por algo similar, varios colegas habían muerto en un barco gemelo de la flotilla hacía poco tiempo, por lo que los habían arrojado al mar en un funeral que había dejado a todos muy sensibilizados (obviamente). Ahí aprendí que los orientales creían que los cristianos de habla hispana llamábamos “Santa María” a la muerte. ¡Qué mala es la traducción de las películas!

 

Aquí una nueva enseñanza, los mensajes pueden tener muy diferentes interpretaciones.. Las diferencias culturales son fuertes.

 

Con el Jefe de Máquinas de la dotación de presa, luego de ventilar, recorrimos todos los compartimentos hasta detectar el origen del gas. La ojiva inerte (maciza) de 76 mm. tras impactar en el pañol de pintura, dio contra un bao, partiéndose.  Una de las esquirlas principales, traspasó un mamparo interior y desvió hacia la cubierta inferior, cruzando la misma y fisurando un caño de amoníaco del sistema de frío de las cámaras frigoríficas. Al cerrar el buque por la noche, la fuga se concentró.

 

Detectamos muchos fragmentos, siguiendo sus caprichosos trayectos interiores, marcas, rebotes y abolladuras, para coleccionarlos como trofeo y regalar selectivamente a artilleros y colegas de otros equipos de VRC.  Extrajimos de ello otro axioma: la flecha de Guillermo Tell puede acertar en una manzana con gran precisión, pero el proyectil de un cañón terminará en lugares insospechados, seguramente fuera del blanco (que puede ser un lugar seguro).

 

En Deseado nos espera un Auditor (abogado) de la Armada, especialista en derecho marítimo y derecho internacional, quien colaboró en la presentación judicial, obteniendo nuestra rápida liberación de todo trámite para volver a zarpar y continuar la patrulla de control del mar, en busca de nuevas  detenciones.

 

Al llegar nuevamente a muelles, de regreso de la sede de la policía marítima, el capitán apresado me invitó un café en su cámara, esta vez ya me sentía seguro, aunque estaba de uniforme diario y sin armas,  y ya estaba entregada toda la documentación a las autoridades de Prefectura, así que acepté el convite. Agradecido por el trato firme pero cortés que le dispensamos, por haber respetado su autoridad y haberlo preservarlo en los incidentes, me ofreció de regalo un juego de compases de punta seca y reglas paralelas de navegación que conservo con aprecio.

 

Como dijimos, una captura, la primera de varias en mi cuenta, una breve historia de 48 horas, unas cuantas anécdotas (muchas seguiré guardando para relatos de fogón y de living), varias lecciones aprendidas.

 

 

 

 

Alberto Gianola envió otro video de dos acciones de la Corbeta A.R.A. Drummond en 2005. 

Ese año la Drummond hizo 2 capturas y una tercera terminó en hundimiento del infractor por acción propia de incendio intencional y apertura de válvulas de inundación (suponemos que se trataba de un barco con matrícula falsa, mellizo o trillizo de otros similares); la captura terminó como caso SAR rescatando algunos náufragos, aunque éstos se resistían a ser izados a bordo de la corbeta porque otros barcos de la misma flotilla de poteros chinos convergieron a recoger a los tripulantes bloqueando a la corbeta. Todos los barcos eran chinos.

 

 

 

 

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