Si los torpedos se hubieran comportado debidamente en el submarino
San Luis -aquí como en otros buques de la Armada Argentina en
1982- el conflicto por las Islas Malvinas pudo haber finalizado en forma
muy diferente.
¡Recordar al Mainel y ¡Recordar Pearl Harbor! Son
exclamaciones muy comunes con referencia a hechos navales que
ocasionaron la entrada en guerra de los Estados Unidos de Norteamérica.
Más importante ¡Recordar el Lusitania nos retrotrae al recuerdo
del buque hundido por un submarino alemán que fue el motivo que nos
precipitó en la Primera Guerra Mundial. Quizá sea apropiado, entonces,
recordar hoy, así mismo, al San Luis. ¿A qué nos referimos? El
San Luis era un submarino empeñado en el conflicto entre Gran
Bretaña y la Argentina en la breve guerra por la posesión de las Islas
Malvinas en 1982. Los artículos publicados al respecto en la Revista "Proceedings",
así como los subsiguientes comentarios y discusiones acerca de los pro y los contras de
varios tipos de submarinos, incluyendo tanto los de propulsión nuclear
como los que no la poseen, han sido serios y valiosos. Mientras la
Armada norteamericana considere al submarino como su mejor plataforma
antisubmarina, debemos explotar todas las oportunidades para asegurarnos
de que los submarinos de ataque que construyamos sean los mejores que
podamos producir. Cada vez más, la capacidad de mejorar la producción
resulta ser el factor de más peso en las decisiones sobre planes de
adquisición o construcción.
Pero no podemos permitir que la introducción de mejoras en la
producción perjudique otras posibilidades, tales como la capacidad
operativa. Es también importante que la comunidad naval, los
conciudadanos y particularmente nuestros funcionarios federales, electos
o en actividad, hayan sido convencidos de que la amenaza submarina no ha
desaparecido con el fin de la guerra fría y que se ha vuelto en cambio crecientemente
compleja y extendida. Los comentarios de los medios de difusión acerca
de la adquisición de un tercer submarino de la clase "Seawolf" (SSN-21)
para preservar la base industrial, "a pesar del hecho de que no lo
necesitamos" revela el concepto erróneo que prevalece hoy. La amenaza no
se ha terminado. Rusia no solamente continúa construyendo submarinos
nucleares sino que además se esfuerza en aumentar la lista de los países
a los cuales se los vende. Mientras tanto, un número de submarinos de
propulsión no nuclear pero que no son convencionales y con máquinas
independientes del consumo de aire, están en desarrollo en varios países
de Europa, incluyendo Alemania. Tales submarinos complicarán más
adelante las tareas de detección, localización y clasificación de las
fuerzas antisubmarinas.
Con nuestra nación y sus aliados, empeñados en forma creciente en el
comercio mundial y dependientes del petróleo importado, la oportunidad para
varios países indeterminados de desbaratar la economía y estabilidad del
mundo, sorpresivamente y con un solo torpedo disparado sobre un buque
tanque es alarmante. Aquellos países que son proclives al terrorismo
mundial, tales como Irán, con sus submarinos de la clase "Kilo" de
fabricación rusa, Libia con sus submarinos de la clase "Fox-trot" o
alguna otra Marina menos publicitada del Tercer Mundo, con quizá alguno
de los modernos buques vendidos por los alemanes a quienquiera que tenga
el dinero para comprarlos, están en posición de producir estragos en
cualquier momento. Es por lo tanto imperativo que nosotros
no solamente enfrentemos esas capacidades de tales submarinos
extranjeros, sino que además desarrollemos y construyamos submarinos
norteamericanos capaces de contrarrestar esta expansión de los
diferentes tipos de submarinos y de sus áreas geográficas de operación.
Cualquier referencia al conflicto de las Islas Malvinas indica lo
poco que se sabe acerca de los medios antisubmarinos británicos y de las
operaciones de los submarinos argentinos en estas campañas.
Afortunadamente yo tuve una oportunidad única de conocer los hechos y
pasarlos a conocimiento de las autoridades norteamericanas de la Armada.
¿Qué sucedió efectivamente y cuáles cosas podemos aprender de estas
experiencias?
Un submarino nuclear británico, el H.M.S.
Conqueror inició una acción mayor hundiendo al crucero argentino
A.R.A. General Belgrano con torpedos a vapor (1) de la época de
la Segunda Guerra Mundial. El uso de los viejos torpedos a vapor fue una
sensata decisión: Conservar los torpedos más aptos para situaciones de
mayor dificultad. Ello también señala que un submarino no necesariamente
debe estar equipado con la última palabra en armas modernas con el fin
de cumplir una misión real. En este caso el uso de torpedos de la
Segunda Guerra Mundial embotelló las fuerzas de superficie de la Armada
Argentina en puerto o en aguas costeras, hasta el fin de la guerra.
Además el submarino británico no necesitaba ser de propulsión nuclear
para haber alcanzado el mismo resultado, aunque como es lógico, estando
el submarino Conqueror equipado con dicho medio propulsor, pudo
desarrollar la alta velocidad apropiada para el máximo impacto
estratégico.
Los británicos gastaron gran cantidad de municiones para proteger a
su grupo de combate en superficie de la fuerza submarina argentina, la
que estaba equipada con eficientes y modernos buques de diseño alemán
dentro de su elenco de cuatro de ellos, carentes de propulsión nuclear.
En realidad los informes indicaban que se solicitó a Estados Unidos de
Norteamérica proveer de torpedos antisubmarinos y otros medios a los
británicos, porque ellos estaban agotando muy rápidamente su provisión
de elementos antisubmarinos.
Probablemente la lección apropiada que se desprende de estos hechos
es que la mera existencia de una pequeña fuerza submarina puede tener un
considerable impacto en la conducción de la guerra en el mar.
Poco tiempo después del conflicto, yo visité la Estación de Torpedos
de la Armada Alemana en Kiel, en misión oficial. Estando allí tuve la
oportunidad de visitar el vecino astillero H.D.W., donde se hallaban en
construcción algunos buques modernos, de propulsión diesel, destinados a
la exportación. H.D.W. fue el constructor de los dos submarinos tipo 209
existentes en la Argentina durante la guerra. Los funcionarios de H.D.W.
asignaron al Ingeniero Jefe de su Departamento de Sistemas de Combate
para submarinos a efectos de coordinar mi visita. Este ingeniero y su
contraparte en la compañía H.S.A. acababan de regresar de un viaje a la
Argentina. La Empresa H.S.A., había provisto el sistema de combate
instalado a bordo de los submarinos vendidos a la Argentina. La Armada
Argentina había insistido en la visita de los representantes de ambas
empresas a los efectos de explicar por qué uno de sus submarinos se
había desempeñado insatisfactoriamente durante la reciente guerra. El
ingeniero de los Sistemas Principales de Combate de la H.D.W. me relató
lo siguiente:
Los argentinos estaban perplejos porque todos los torpedos lanzados por su submarino San Luis fallaron
en dar en el blanco a pesar de haber tenido oportunidades casi perfectas
de ataque. Los visitantes ingenieros alemanes y holandeses al principio
se enteraron de que, excepto en los primeros días de la guerra, cuando
el submarino A.R.A. Santa Fe fue sorprendido en superficie y
puesto fuera de acción cuando trataba de reaprovisionar a fuerzas
argentinas en la Isla de South Georgia, solamente el A.R.A. San Luis
había entrado en acción. Parece ser que el submarino A.R.A.
Santiago del Estero no pudo salir al mar porque había sido
parcialmente desguazado para proveer partes a su buque gemelo el A.R.A.
Santa Fe (ambos fueron primeramente submarinos Guppy de la
Armada Norteamericana. Los argentinos dijeron que ellos trataron de
ocultar este hecho moviendo al Santiago del Estero en puerto para
conseguir que pareciera apto para navegar. Además, cuando el conflicto
empezó, el otro buque de construcción alemana, el A.R.A. Salta
tenía su batería de propulsión agotada. Aunque estaba en el mar cuando
la guerra estalló, fue inmediatamente enviado a un astillero para
cumplir el reemplazo de su batería de propulsión y nunca entró en
acción.
El hecho de que estos buques estuvieran en tales condiciones al
Iniciarse el conflicto muestra lo poco preparada que se encontraba la
Armada Argentina para la rápida y decisiva respuesta de la primer
ministro británica Margaret Thatcher a la usurpación de las Islas
Malvinas. Ello también pone de manifiesto una limitación de los submarinos con
propulsión a baterías. Otra conclusión clara es que todo el intenso
esfuerzo antisubmarino británico se concentró sobre un solo y pequeño
submarino argentino en el mar.
Cuando los ingenieros visitantes examinaron el San Luis
encontraron dos deficiencias principales, de las cuales todos los
submarinistas deberían tomar nota. Primero, debido a una deficiente
sincronización en el alineamiento se transmitió información azimutal
incorrecta desde el periscopio a la consola de control. En efecto,
cuando el comandante tenía al blanco centrado en su retículo, la
computadora de datos del torpedo ubicaba a ese blanco en un lugar
erróneo y desorientaba a dicha arma consecuentemente. Los submarinos de
la Armada norteamericana evitan este tipo de problemas muy comunes de
alineación, efectuando pruebas de precisión en el alistamiento
operacional de la flota (F.O.R.A.C.S.), consistente en una simple
evolución que reestablece el alineamiento de todos los sensores y
componentes de los sistemas de combate. Lección: No olvidarse de
realizar con frecuencia este tipo de pruebas (F.O.R.A.C.S.).
Los ingenieros (un alemán y un holandés) fueron informados de que
todos los torpedos habían corrido desordenadamente después de ser
lanzados, evolucionando sin control en lugar de estabilizarse en un
rumbo determinado. Ante este caso los argentinos concluyeron
correctamente que seis corridas erráticas, hechas por seis torpedos diferentes no
parecían ser un problema imputable a los mismos. Más probablemente la
dificultad debería estar en el submarino lanzador. La investigación
reveló un interesante ejemplo de error humano: parece que el San Luis
tenía un suboficial encargado del control de fuego que era
particularmente consciente. Él realizó pruebas del sistema muy
rigurosamente, según las prácticas usuales a bordo, (ésta es la razón
por la cual los argentinos estaban tan desconcertados cuando sus ataques
fracasaron). ¿Cómo pudo fallar este equipo tan bien mantenido y
verificado? Esto también explica por qué ellos siguieron atacando
repetidamente. Cuando este suboficial realizaba su mantenimiento
preventivo, una de sus prácticas era asegurarse de que los muchos cables
y conexiones hicieran buen contacto. Uno por uno, él o un ayudante
retiraban un cable y limpiaban su conector y el punto donde éste iba
conectado, luego unían a ambos. Uno de esos cables era un doble conector
de entrada que proveía poder para los torpedos colocados en los tubos de
lanzamiento.
En los sistemas modernos, controlados eléctricamente, el torpedo se
alista para disparar con corriente continua provista desde el submarino,
merced a la cual se hace arrancar al giróscopo y se permite que el
torpedo reciba indicaciones de control de fuego, tales como rumbo y
profundidad de su corrida. Cuando es lanzado, el torpedo cambia a
potencia interna y se desconecta el cordón umbilical que envía las señales de
control de fuego desde el submarino. Alguien había reconectado el ya
dicho cable doble de entrada, pero lo había hecho al revés. Como
consecuencia de ello, la polaridad en el giróscopo del torpedo, que
había sido montado con energía eléctrica desde el buque lanzador, se
invirtió cuando dicho giróscopo pasó a alimentarse con poder interno al
efectuarse el lanzamiento. Por supuesto el giróscopo invirtió su sentido
de rotación, se alteró y el torpedo perdió su orientación. Este tipo de
problemas, así como muchos otros, puede aparecer también en un submarino
de Estados Unidos de Norteamérica. Las
de armas o sus equivalentes, son esenciales
para determinar el verdadero estado y el alistamiento de uno de esos
sistemas. Las pruebas de rutina tienen su utilidad, pero sólo una
prolija verificación de punta a punta, incluyendo todas las fases del
lanzamiento, pueden probar la completa preparación del sistema. Por lo
tanto, no importa cuan modernos sean el submarino y sus torpedos, y
aunque el personal asignado sea muy competente y dedicado, y aun
contando con la incorporación de equipos de prueba instalados, todo
puede resultar inútil por causa de un solo pequeño detalle. No hay
sustituto para una apropiada y periódica verificación del sistema de
armas.
Otra lección que debe ser aprendida en este caso, tal vez la lección
más importante de todas, es que la guerra antisubmarina constituye un juego difícil, desafiante y mortal. A
pesar de todo, los modernos sensores (incluso la información de
inteligencia satelital provista a los británicos durante el conflicto)
no pueden evitar que detectar y localizar submarinos en inmersión sea
una ardua tarea.
Las condiciones acústicas del mar varían geográfica y
estacionalmente, así como con el estado de tiempo local. Las aguas de
poca profundidad y con condiciones de fondo variables pueden complicar
severamente esa tarea. Los sistemas fijos de verificación son útiles
sólo donde están situados. Es evidente que aun con toda la capacidad y
experiencia de la Armada Británica (y yo la considero igual o mejor que
cualquier otra armada en guerra antisubmarina), las condiciones
acústicas del Atlántico Sur, en esa época y lugar, la dejaron
completamente desamparada. El submarino San Luis informó haber
llevado ataques sobre "tres buques capitales", todos seguidos por una
retirada de dicho buque a efectos de establecer las causas que
produjeron las fallas de sus armas.

Si este submarino no hubiera tenido problemas y hubiese dirigido sus
torpedos con precisión, la guerra de las Malvinas pudo haber tenido un
resultado muy diferente.
La magnitud del desamparo de los medios antisubmarinos británicos en
el conflicto de las Islas Malvinas queda mejor ilustrada por una de las
observaciones finales que me relatara el ingeniero especialista en sistemas de
combate del astillero que construyó el mencionado submarino. Enterado de
primera mano de los fallidos ataques de torpedos y siendo consciente,
además, del masivo consumo del arsenal antisubmarino británico, le
preguntó al comandante del San Luis cómo era haber estado bajo el
contraataque de los británicos después de los fracasados ataques de
torpedos. ¿Ataque? Fue la respuesta. No hubo un contraataque efectivo.
No creo que ellos supieran que nosotros estábamos allí hasta que oyeron
correr a nuestros torpedos y además, la errática naturaleza del
comportamiento de esas armas aparentemente les impidió que rastrearan su
recorrido hasta nuestra posición. Nunca estuvimos bajo ataque directo.
Aparentemente los británicos hicieron todos los ataques
antisubmarinos y los lanzamientos de armas sobre un blanco falso,
durante toda esta breve guerra. El San Luis era el único
submarino operativo en dicha guerra.
Aunque pueda ser prudente el viejo concepto de "cuando haya dudas
haga fuego", aplicable a la guerra antisubmarina en ciertos casos, como
el de los Aliados lanzando cargas de profundidad durante la Segunda
Guerra Mundial, cuando los medios antisubmarinos son costosos, y por lo
tanto limitados en número, las existencias de los mismos pueden ser
agotadas prematuramente.
¿Qué pasa si entonces el enemigo reconoce esta debilidad? Quizá la
lección aquí es que un firme criterio de clasificación del blanco debe
gobernar el lanzamiento de los medios. Ciertamente aquí se evidencia la
necesidad de una solución mejorada para el desafiante problema de la
clasificación de los blancos.
Debemos enseñar a nuestros colegas y conciudadanos la real dificultad
de la guerra antisubmarlna, un desafío que aumentará sustancialmente con
la aparición de submarinos no convencionales, con propulsión
independiente del aire. También debemos hacerles comprender que la
amenaza a la economía y estabilidad del mundo libre, determinada por los
submarinos, incluyendo los de las naciones del Tercer Mundo, está
creciendo y no disminuyendo. Mientras nuestra dependencia del comercio
de ultramar es cada vez más grande. En consecuencia debemos desarrollar
y desplegar plataformas antisubmarinas totalmente eficaces y de costo
aceptable, equipadas con las mejores armas y sistemas de combate disponibles. Hacer lo contrario
es invitar a la catástrofe, tal como la enfrentó Inglaterra durante la
cúspide de la arremetida submarina alemana en 1942. Verdaderamente la
amenaza de una catástrofe aún continúa. Solamente es necesario recordar
el gran perjuicio para la economía mundial y nuestras propias vidas y
bienes cuando se estableció el embargo árabe del petróleo hace veinte
años. Hoy estamos todavía más dependientes del petróleo importado y, por
lo tanto, más vulnerables. Solamente el hundimiento de un único buque
tanque en el Estrecho de Ormuz bastaría para que se creara un serio
pánico en los mercados mundiales.
En nuestro país acostumbramos a desentendernos del desarrollo de
nuestra capacidad antisubmarina, excepto cuando estamos en un grave
peligro. Somos una nación "insular", aunque pocos entre los
profesionales navales y mercantes aprecien verdaderamente este hecho. Si
los submarinos son, como muchos creen, nuestras más efectivas plataformas antisubmarinas, debemos continuar
favoreciendo un activo debate referente a su diseño. Tal diálogo
contribuirá a un uso más efectivo de los recursos disponibles,
adquiriendo la mejor combinación posible de submarinos y destructores,
aviones de patrulla, helicópteros y otros elementos antisubmarinos.
Escuchemos más a las comunidades de los buques de superficie y de los
aviones antisubmarinos, para enterarnos de sus necesidades. Si un solo
submarino de propulsión diesel puede operar con impunidad contra lo
mejor de la Real Armada Británica en el Atlántico Sur, no podemos
permitir que nuestra nación sea complaciente. De lo contrario ¡Recordar
al Lusitanial Será otra vez un real lamento, con el nombre de un
moderno superpetrolero (o quizá un crucero) en su lugar. ■
Nota de la Dirección:
artículo oportunamente comentado en el BCN
782.
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(1) Torpedos convencionales impulsados por aire comprimido y vapor de
agua.