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DURANTE el mes de febrero del corriente año, gracias a una feliz
iniciativa del Ministerio de Marina, un grupo de socios pilotos de
diversas entidades náuticas, fué invitado a participar en las maniobras
que una parte de nuestra Escuadra debía realizar en la costa sud de la
Patagonia y en la zona Antártida. Es necesario que el interés que en su momento despertó en todo el país
el viaje realizado por una parte de nuestra escuadra a las zonas de la
Antártida Argentina no desaparezca.
La obra de difusión de esas tierras aún casi inexploradas no debe ser
abandonada y la serie de artículos que hoy se inicia, tiene el objeto de
mantener latente el interés sobre ese lejano pedazo de nuestra tierra.
Tuve el honor —o la suerte— de ser designado, conjuntamente con el Ing.
Ernesto O. Lange, para representar al Yacht Club Argentino en dicho
viaje, y entiendo que lo visto y lo aprendido durante esos veinte días
de navegación no debe quedar como un simple recuerdo, encerrado dentro
de nosotros mismos, sino que debe llegar a los aficionados al Yachting.
Por ello, y accediendo con todo gusto a la amable invitación del señor
Director de Yachting Argentino, inicio con el presente una serie de
notas en las cuales, en forma lo más sencilla posible, trataré de
comunicar a los lectores las diversas impresiones recibidas, tanto a
bordo del Torpedero en que realizamos el viaje, como en los distintos
lugares recorridos.
Para bien de la revista y descanso de sus lectores, he creído
conveniente diviair el relato en diversos capítulos. Comenzaremos por describir el buque en el cual hicimos el viaje,
dando una ligera noción de los diversos instrumentos usados durante la
navegación. Más adelante, ya conocido el buque, viajaremos con él hasta
el paralelo 64° de Latitud Sur, para terminar con las conclusiones que
pueden extraerse de todo lo vivido.

Vista de la cubierta del "Santa Cruz" tomada hacia popa. Obsérvese la
exigua manga relativa.
Me encomiendo, en primer lugar, a la buena voluntad de los lectores,
y... ¡a bordo!
Los representantes de las entidades periodísticas que también hicieron
el viaje, fueron embarcados a bordo de los cruceros, mientras que los
delegados de los Clubs Náuticos fuimos destinados a distintos torpederos.
Nos tocó viajar a bordo del
T. 12, torpedero "Santa Cruz", buque
insignia de la segunda Escuadrilla de Torpederos.
El "Santa Cruz" es de los buques más modernos con que cuenta nuestra
armada y fué botado en Birkenhead en el año 1937.
A grandes rasgos, sus características aproximadas son las siguientes:
eslora, 97 metros; manga, 11 metros; calado, 13 pies; altura de puente,
12 metros; desplazamiento, alrededor de 1.700 toneladas.
Se trata de buques con misión ofensiva, estando desprovistos de coraza
defensiva, sacrificada en función de la velocidad que es el objetivo
buscado. Su armamento consiste en 4 torres de cañones, dos torres dobles de
ametralladoras y ocho tubos lanzatorpedos.

Otra vista mirando hacia popa
La velocidad económica del buque son los 16 nudos, entendiéndose por
velocidad económica el máximo de velocidad para mayor aprovechamiento de
combustible. En otras palabras: el buque, a menor velocidad, navegará
más tiempo, con menos recorrido en millas; a mayor velocidad navegará
menos tiempo, con un recorrido en millas también inferior. La velocidad
máxima del buque puede estimarse alrededor de los 35 nudos.
La distribución de las distintas partes del buque es la siguiente: a
proa, los sollados de la tripulación, debajo de los puentes de mando. Al
centro los compartimentos de máquinas y a popa la cámara y los camarotes
de los oficiales.
El puente alto, donde se realizan las guardias, está comunicado con todo
el resto del buque, por medio de tubos-teléfonos por medio de los cuales
se recibe información constante sobre el buque y la navegación.
Pasaremos ahora a describir someramente los principales elementos que
son utilizados para la navegación. Su descripción quizás pueda parecer a
los lectores, un poco elemental y cansadora. En cuanto a lo primero,
está fuera de las pretensiones del presente artículo, la discusión
científica y exhaustiva de los complejos instrumentos de navegación. En
cuanto a lo segundo, considero conveniente dar una descripción de los
instrumentos que van a ser citados continuamente. Si ello resulta
cansador, espero que en las próximas notas tal efecto será subsanado.
COMPAS MAGNETICO Y GIROCOMPAS
El compás magnético juega siempre a bordo un papel principal, aunque
en buques de guerra, y especialmentaen navegación por zonas cercanas a
los centros magnéticos, éste se ve reemplazado en gran parte por el giro
compás, que presenta la enorme ventaja de su mínima sensibilidad
magnética.

Puente del torpedero, se distinguen el giro-compás,
repetidor de radar y telefonos.
Navegando por latitudes muy bajas la influencia de los centros magnéticos determina una gran variación
en el compás simple. Alrededor del paralelo 64° Lat. Sud, la variación
del compás magnético llegaba a los 20°, por lo que su uso era muy
relativo, siendo reemplazado por el giro-compás.
Los fundamentos científicos del giro compás son ajenos a este artículo y
por otra parte están fuera del alcance de mis conocimientos. Puede
definírselo, en pocas palabras, como un compás que está basado en la
propiedad del giróscopo, de mantener constante su eje de rotación. De
allí que entre el compás magnético y el giro compás hayamos podido
comprobar diferencias de alrededor de 209 al navegar por las zonas an-tártidas.
DETERMINACION DE DISTANCIAS RECORRIDAS
La distancia recorrida en el día —o en un período cualquiera de tiempo—
puede determinarse por varios métodos distintos: por navegación
astronómica, por navegación de estima, por correderas y por máquinas.
La navegación astronómica, que es la más completa, es ya conocida por
todos los lectores. Por medio del sextante y la aplicación de su lectura
a las tablas correspondientes se determina con toda exactitud el punto
donde se halla situado el buque.
Tomando varias observaciones se determinan sobre la carta las posiciones
del buque a distintas horas, trazándose entre dichos puntos la derrota
seguida y obteniéndose así la distancia recorrida.
La navegación por estima, hecha en las cercanías de costas y basada en
la observación de puntos costeros es también del "dominio público" por
lo que no corresponde extenderse mayormente sobre ella.
Otro sistema para determinar la distancia recorrida es por medio de "máquinas".
Este sistema, al cual sólo se recurre cuando los demás medios de
determinación de distancias es inaplicable —ya sea por no poderse
realizar observaciones astronómicas, o en casos en que no hay costa a la
vista, cuando las correderas no funcionan— es de valor relativo.
De acuerdo a este sistema, sobre la base de las revoluciones de las
hélices, a las cuales corresponde una velocidad previamente determinada,
se calculan las millas recorridas. La inexactitud de este método se basa en que las
hélices determinan una velocidad abstracta. Esta velocidad se ve
modificada por la fuerza y la dirección de los vientos y por la fuerza y
la dirección de las corrientes. En un ejemplo: 127 revoluciones
corresponden a 16 millas. Por lo tanto habiendo navegado una hora a 127
revoluciones deberían haberse recorrido 16 millas en el rumbo marcado
por el compás. Pero esta distancia no es exacta. La corriente y los
vientos pueden haber determinado un cambio ya sea en la velocidad o en
la dirección, produciendo una diferencia que puede resultar apreciable.
El otro sistema de determinación, y que es el usado continuamente a
bordo, es por medio de correderas, cuyo repetidor indica las millas
recorridas.
Existen a bordo dos tipos de correderas: la eléctrica —Chernikeeff— y la
patente o de cordel —Trident—.
La primera de ellas está instalada en el mismo casco del buque y el paso
del agua va marcando en el repetidor el número de millas recorridas.
La patente o de cordel es un largo cabo con una hélice en un extremo,
que se larga a popa del buque, registrando la distancia por el número de
vueltas que el paso del agua hace dar a la hélice.
En cuanto a la exactitud de estos aparatos, la corredera Chernikeeff, es
superior, pero tiene el inconveniente de que, por tratarse de un aparato
extremadamente sensible, sufre los inconvenientes de todo aparato
delicado, especialmente durante la navegación en aguas cuyas bajísimas
temperaturas afectan su delicado y complejo mecanismo.
EL RADAR
Todos hemos sentido hablar del radar. Pero solamente quien lo haya visto
funcionar puede apreciar la maravilla que significa y la utilidad que
presta.
Funciona mediante la emisión de ondas hertzicmas de altísima intensidad.
Estas ondas, emitidas desde un punto central, y mediante una pantalla
giratoria, son lanzadas al espacio y devueltas, en forma de eco, en caso
de encontrar algún obstáculo, tal como un cuerpo duro de cualquier
naturaleza.

Radar, nido de cuervo y
parte superior de la antena blindada del radiogoniómetro.
La onda que encuentra un obstáculo en su camino "rebota" y vuelve a su
punto de emisión, determinando en la pantalla repetidora un punto,
llamado "eco" que puede ser inmediatamente localizado, pues queda fijado
en su posición con respecto a la proa del buque y en cuanto a su
distancia del mismo.
En caso de que el obstáculo encontrado sea una costa o una sucesión de
puntos, se dibuja con toda exactitud en el repetidor la forma del objeto
detectado, de tal manera que, siempre que la distancia no sea muy grande
uno puede determinar no sólo la existencia de un eco sino también la
naturaleza del objeto.
Por ejemplo, no siendo muy grande la distancia, el eco puede indicar con
toda precisión: "Buque 409 a estribor y a 14.550 metros". A mayor
distancia la posibilidad de determinar la naturaleza del objeto
disminuye pero puede establecerse que hay un "eco" tantos grados a tal
banda y a 55.850 metros, ya que el repetidor permite apreciar la
distancia en fracciones de hasta 50 metros.

En la Isla King Georqe, Bahía Almirantazgo. Desembocadura de un glaciar
tomada desde el barco fondeado.
APARATOS DE SONDAJE
Aparte de la sonda común o escandallo, de utilización práctico solo en
bajas profundidades, se trabaja a bordo casi constantemente con la
extraordinaria sonda "ecoica", que funciona sobre los mismos principios
del radar.
En este caso las ondas de sonido son lanzadas desde la quilla del buque
hacia abajo y estas ondas, que son devueltas al tocar fondo, van
marcando sobre un repetidor las profundidades sobre las cuales se va
navegando.
La profundidad puede ser medida en brazas o en pies, y poniendo en
funcionamiento el repetidor eléctrico de la sonda, puede obtenerse un
gráfico del fondo, sobre el cual ha ido navegando el buque.
Es de imaginarse la importancia que presta este tipo de sonda para la
realización de gráficos de profundidades sobre las que se ha navegado,
ya que, aplicando el diagrama obtenido sobre la derrota del buque, puede
obtenerse un relevamiento perfecto de los puntos sobre los que se ha
pasado.
Aparte de la sonda ecoica puede también utilizarse la sonda de Thomson,
que indica la profundidad mediante las distintas coloraciones que toman
los tubos con una sustancia especial y que son lanzados al agua. Estos
tubos, contienen una substancia que reacciona dando distintas
coloraciones predeterminadas, de acuerdo a la presión del agua, que
varía por la mayor o menor profundidad existente.
OTROS INSTRUMENTOS
Las comunicaciones con las bases de tierra y con los demás buques se
realiza por intermedio de aparatos de radio, receptores y emisores.
Los completos informes recibidos, ya sea desde Bue-nos Aires o desde los
distintos buques que recorren la zona, determinan el estado del tiempo
en los lugares por donde se navega, y permiten tomar, con la
anticipación debida, las precauciones que sean necesarias.
A su vez, la emisión de informes sobre los lugares por donde se halla el
buque suministran la misma información a quienes navegan por la zona.
La presión atmosférica se determina mediante la lectura, cada 30 minutos,
dél barómetro común y el psicrómetro.
Este último indica la humedad ambiente mediante la diferencia existente
entre dos bolas: la seca y la húmeda. Cuanto mayor es la diferencia, más
alta es la presión, ya que la humedad ambiente va impregnando la bola
seca haciendo que con presiones muy bajas —730 ó 732— la diferencia de
lectura entre ambas bolas casi desaparezca.
A medida que se navega hacia el sur la presión va cayendo, y durante los
días que navegamos por la zona del Estrecho de Drake y las islas
Shetland el barómetro permanecía fijo en 730. Puede imaginar el lector,
acostumbrado a navegar por el río de la Plata, donde una lectura de 755
ya indica mal tiempo, lo que significa navegar durante días con el
indicador en 730...
La velocidad y dirección del viento se obtienen por medio de anemómetros
que registran directamente en metros por segundo la intensidad del mismo.
Esta lectura se complementa por medio de banderas que permiten obtener
una dirección relativa.
En posesión de la velocidad y dirección relativas, y tomando en cuenta
la dirección del buque y su velocidad, se construye un paralelógramo de
descomposición de fuerzas que suministra la velocidad y dirección reales.
Para reducir la lectura de metros por segundo a kilómetros por hora, que
es la manera de poder apreciar realmente la intensidad —por lo menos
para el yachts-man—, se multiplica la cantidad en metros por 3,6. Así:
20 metros son 72 kilómetros.
Ya sabemos ahora someramente, como es y cómo navega el buque en el cual
hemos de hacer el largo recorrido hasta cerca del círculo polar
antártico.
Insisto en que si bien puede haber parecido cansador y monótono el
análisis de los mismos, ha de dar mayor agilidad al relato que seguirá
en los próximos números, ya que no será necesario interrumpir a cada
momento la narración para explicar el funcionamiento y la naturaleza de
los instrumentos sobre la base de cuyas observaciones se navega.
Y vayan los lectores abrigándose bien, que en el próximo número
llegaremos hasta Ushuaia, donde ya empiezan a soplar los vientos polares
y hasta donde llegan las colas enfurecidas de los temporales que azotan
el Drake.
EN VIAJE DE USHUAIA A ANTARTICA
En el número anterior de esta revista apareció una somera descripción
del T. 12, Torpedero "Santa Cruz", buque en el que hemos de viajar
conjuntamente con los lectores que se tomen el trabajo de seguimos,
hasta cerca del Círculo Polar Antartico.
Ya en posesión de los datos que consideré imprescindibles para que
pudiera seguirse sin dificultades la marcha del buque, comenzaremos hoy
el relato del viaje.
Y antes de comenzar, quiero dedicar estas sencillas notas a los
oficiales de los buques que hicieron este viaje con nosotros, y en
especial a la Cámara de Oficiales del Torpedero Santa Cruz. En nombre
del Ingeniero Ernesto O. Lange y en el mío propio, vaya nuestro
agradecido recuerdo al señor Comandante del buque, Capitán de Navio D.
Juan B. Basso, al señor Segundo Comandante, Capitán de Corbeta D. Rubén
Penas, al señor Jefe de máquinas, Capitán de Corbeta Miguel Pérez Farías,
al señor Capitán de Corbeta D. Renato Ares, a los Tenientes de Navio
Jorge Castiñei-ras Falcón y Rodolfo de Elizalde, a los tenientes de
Corbeta Marcos A. Valle y Oscar Hourcades y a los Guardiamarinas Juan
Luis Poggi, Osvaldo Moutin y Julio Torti, quienes con su trato de
señores han dejado un imborrable recuerdo en estos marinos aficionados.

Una parte de la costa de Tierra del
Fuego
12 de Febrero de 1948.
A mediodía quedan listos el buque y la tripulación. Ya se han recibido
las instrucciones y se han distribuido los cargos a bordo.
A pesar de nuestro carácter de "injertos", se nos asignan turnos de
guardia y funciones de oficial, que nos han de permitir ser parte
integrante del buque, y vivir en todo momento y en toda su intensidad el viaje que
emprendemos.
La hora fijada para zarpar es a las 16.00 horas, y desde largo rato
antes, la actividad que se desarrolla en cubierta y el débil penacho de
humo que sale de las chimeneas de los barcos que han de tomar parte en
el viaje, indican que todo está listo.
El tiempo es bueno y el pronóstico meteorológico no indica probabilidad
de cambios desfavorables. El viento es del NW fuerza 2 y la marea sube
con fuerza.
A la hora fijada y con toda puntualidad, larga amarras el primero de los
torpederos y se dirije, con la ayuda de un remolcador, a la boca del
puerto.
De acuerdo al Ceremonial Naval el orden de salida es el inverso a la
antigüedad del comandante, debiendo salir primero el buque comandado por
el Oficial menos antiguo.
A un lado de la salida están amarrados los dos cruceros, el "Almirante
Brown" y el "25 de Mayo", y al otro lado nosotros.
A medida que los torpederos pasan por la boca del puerto la tripulación
de los Cruceros, formada en cubierta y con banda, saluda y recibe el
saludo de los que van saliendo.
Ya han salido todos los torpederos y largamos amarras en último término.
La tripulación que no participa en la maniobra de salida está formada en
cubierta, y en el alto puente se hallan el señor Comandante, el Jefe de Navegación, el
Oficial de Guardia, Lange y yo , deseosos de no perder detalle de lo que para nosotros constituye una novedad.
Salimos a media marcha, alrededor de
6 nudos.
La salida del canal debe hacerse con extraordinario cuidado, pues éste
zigzaguea entre bancos enormes que llegan a aflorar en las bajantes. El
rumbo debe controlarse constantemente, pues la fuerte marea en creciente
hace que los buques se vayan de ronza con el peligro que implicaría
recostarse contra cualquiera de los beriles.
Desde el puente vemos a proa la fila de los torpederos que con las
mismas precauciones que nosotros, navegan lentamente por el largo canal.
En ellos se nota claramente el efecto de la corriente y la forma en que
el rumbo debe ser modificado constantemente para compensar la fuerza del
agua.
A ambos lados del canal se nota la poca profundidad de las aguas, y se
ven lenguas de fango a flor de agua, prolongación de los diversos
islotes entre los cuales serpentea el canal.
Por fin salimos del canal y aumentamos la velocidad a 14 nudos para
dirigirnos a "El Rincón", lugar donde hemos de fondear para pasar la
noche. Los demás buques ya han llegado y se han colocado en los lugares
preestablecidos.
El lugar no ofrece mayores atractivos ni novedades y terminamos aquí
nuestro primer día de navegación.
13 de febrero.

El monte Olivia cubierto de nubes. En primer plano se alcanza a
distinguir un torpedero reabasteciendo sus tanques.
Son las 03.30 de la madrugada. Un marinero me despierta avisándome
que es hora de
levantarse, pero mi primer turno de guardia es de 04.00 a 08.00 de la
mañana.
Antes de dirigirnos al puente tomamos unas tazas de café para terminar
de despertarnos y subimos hasta el puente alto, donde nos entregan la
guardia Lange y el Oficial que hacía guardia con él.
La noche está fresca y clara, el mar relativamente tranquilo y sopla un
viento de 11 metros.
A proa se distinguen las luces de posición de los demás torpederos,
sobre las cuales cada 15 minutos se toma la posición para comprobar que
el buque no garrea.
Las instrucciones son de avisar al comandante si sopla más de 15 metros
de viento y tener máquinas listas y anclas en pendura para zarpar a las
06.30.
Alrededor de las 04.30 un débil penacho de humo se distingue en las
chimeneas de todos los buques, indicándose así que están calentando las
turbinas para tener listas las máquinas a la hora convenida para zarpar.
A las 06.15 sube el comandante al puente y se comienza la operación de
levar anclas, que está lista a la hora en punto dispuesta, dándose
entonces la orden "Máquinas adelante, media fuerza".
Ya navegamos. Y no hemos de detenernos hasta llegar a Ushuaia, punto de
reunión fijado para cruzar el Drake y recibir las instrucciones del
punto preciso de destino de cada uno de los buques.
Durante un largo rato se navega compensando los compases y verificando
el radiogoniómetro con el faro "El Rincón".
La verificación se hace describiendo un amplio círculo y tomando las
lecturas de los compases de 10 en 10 grados hasta completar la
circunferencia. En cuanto al Radiogoniómetro se lo verifica tomando enfilaciones
(marcaciones) con la estación emisora de "El Rincón".
Alrededor de las 10 de la mañana hemos terminado nuestras compensaciones
y ponemos proa directa al Estrecho Le Maire.
El rumbo es 178, y mientras nos alejamos vamos perdiendo de vista a popa
al resto de los buques que siguen controlando los aparatos de navegación.
El día se presenta ideal para una iniciación como la nuestra. El cielo
completamente claro, el mar 2 y un viento de 10 metros, hacen que la
navegación sea completamente apacible y vaya aclimatándonos para lo que
nos espera más adelante.
A medida que nos alejamos del "Rincón" y la navegación se hace por
profundidades mayores, la coloración del mar va cambiando,
oscureciéndose paulatinamente.
Durante todo el día se suceden a bordo los "zafarranchos" y las
maniobras de la tripulación. Combate, incendio, colisión, averías en el
timón, ejercicios de artillería, lanzamiento de torpedos, en fin, todo
lo necesario para tener a la tripulación lista para cualquier emergencia.
Durante todo el día navegamos con el mismo mar apacible y el cielo claro.
La velocidad del buque, fijada en 16 nudos, es moderada, y va dejando a
popa una estela espumosa y blanquecina, en la cual la coloración oscura
del mar toma tonos verdosos claros y celestes.
Se reciben "Meteoros" de Pacheco que prometen para mañana un tiempo tan
bueno como el de hoy. El barómetro sigue alto y el cielo claro.
A las 20.00 tomamos guardia nuevamente en el
puente alto y descubierto. A pesar de que estamos en el mes de febrero,
ya es necesario que empiecen a aparecer los primeros equipos de abrigo.
Con la puesta del sol y el viento que sopla en el puente, ya se siente
fresco.
Hemos modificado el rumbo que es ahora 190. Con este rumbo iremos a dar
directamente entre la Isla de los Estados y el Cabo San Diego, que marca
la punta Este de Tierra del Fuego, formando entre ellos el famoso
estrecho Le Maire.
Se van recibiendo paulatinamente las posiciones de los demás buques, que
si bien han quedado algo atrás, ya han puesío toaos rumbo a destino.
Algunos de ellos han elegido nuestro rumbo, es decir, bien abiertos de
la costa, ya que es el rumbo directo y al mismo tiempo nos permite pasar
bien lejos de San lorge y San Matías, donde es tan frecuente encontrar
mal tiempo y mar gruesa.
A las 24.00 horas entregamos guardia con rumbo 190, velocidad 16 nudos
y sin novedad.
14 de febrero.
El tiempo sigue favoreciéndonos.
A proa, muy lejos, aparecen los primeros nublados, pero el pronóstico
recibido en el meteoro de Pacheco sigue anunciando tiempo bueno para la
Costa Patagónica Central y Sur.
Aprovecho la guardia de 12.00 a 16.00 para probar suerte con las
primeras fotos, que deben concretarse a escenas de abordo ya que estamos
absolutamente solos en medio del mar.
Durante todo el día han seguido los ejercicios de la tripulación. Yo he
recorrido el buque y me explican diversas maniobras.
A las 17.00 se sienten fuertes golpes a popa. Es un golpear rítmico
contra el casco, como si se lo estuvieran golpeando con un látigo.
Inmediatamente se da orden de parar máquinas, pues se sospecha que uno
de los numerosos "cachiyuyos" que hay en la zona se haya enredado en
una hélice o en su eje.
Los cachiyuyos son algas marinas que, al morir, se desprenden del fondo
del mar y suben, flotando, a la superficie. Su tamaño es variable pero
pueden llegar a ser enormes. Parecen pedazos de cuero y son de una
dureza peligrosa.
Se les ve flotando en el agua y dentro de lo posible, se trata de evitar
pasearles por encima. Pero en este caso parece que lo hemos llevado por
delante y se ha enredado en la hélice.
Se da orden de máquina atrás, media fuerza. El buque, con una
sensibilidad extraordinaria, gobierna y navega para atrás como si fuera
un automóvil, e inmediatamente comienzan a aparecer pedazos de
cachiyuyos rotos que, con la rotación contraria de la hélice, se van
desprendiendo de la misma.
Pero siguen los golpes y entonces se ordena máquina atrás toda fuerza y
comienzan a aparecer, cortados por las palas, grandes pedazos de
cachiyuyo de color marrón. Poco a poco va cesando el golpeteo y flota a
nuestro alrededor una especie de mar de sargazos revuelto por el
remolino de las aguas.
Siguen las novedades. A las 18.00 horas se distinguen a lo lejos los
primeros chorros que anuncian la presencia de ballenas en la zona. No se
llega a percibir más que los chorros regulares, y los entendidos opinan
que se trata de animales chicos por el intervalo corto que hay entre
chorro y chorro.
15 de febrero.
Otra vez la terrible guardia de 04.00 a 08.00. El sueño y la sensación
del frío que debe hacer afuera tratan de provocar un motín, pero... a
levantarse.
Ya están en plena actividad las botas, los altos sweaters, el saco de
cuero, el pasamontaña y los guantes.
Tomamos un poco de desayuno caliente antes de subir a cubierta y
encargamos más comida para las 05.00.
El cielo está completamente cubierto. Sigue soplando viento norte de
unos 8 metros, el mar calmo, rumbo 190, velocidad 16 nudos.
La sonda ecoica registra 70 brazas y ninguna otra novedad.
A las 07.00 estamos a la altura de San Julián. Con el amanecer
comprobamos el clima ya completamente patagónico.
Espesos bancos de niebla se cierran sobre el buque y recurrimos, como
medida precautoria, a la sirena y al funcionamiento del radar.
Poco a poco la niebla se hace más espesa. Calculo la visibilidad de 100
a 150 metros, y la sirena sigue sonando regularmente cada 30". Todo el
día la navegación sigue en las mismas condiciones. La niebla se abre a
ratos pero no en forma definitiva. El mar chato y oleoso nos permite
continuar a la misma velocidad.
Oscurece a las 21.30, y al crepúsculo podemos tomar observaciones de
estrellas que ratifican nuestra posición exactamente sobre el rumbo
trazado. Confirmamos asimismo nuestra situación por la carta, pues al
entrar sobre una brusca depresión marcada en ella, la sonda cae
bruscamente de 80 a 130 brazas.
Para llegar al estrecho Le Maire con luz de día, disminuimos la
velocidad a 15 nudos.
16 de febrero.
Ya estamos entre la Isla de los Estados y el Cabo San Diego, es decir en
el temido estrecho de Le Maire.
Pero el tiempo nos es favorable y lo pasamos con mar 1, viento suave y
sol brillante.
Por babor se ve la Isla de Los Estados. Coronándola aparece su eterna
formación de nubes, que no la abandona nunca. La isla es chata con
algunos picos que se pierden entre las nubes que la cubren. Su aspecto
es deprimente, y no hay vegetación que alegre la monotonía de sus costas
tristes.

Isla de los Estados.
Coronándola aparece su eterna formacion de nubes, que no la abandona
nunca.
En contraposición, la costa continental de Tierra del Fuego, es clara,
tupida en vegetación verdeante e iluminada por un sol alegre que se
desparrama sobre la playa plácida. Tres barcos a vela parecen estar tratando de virar el Cabo San Diego.
Son las rocas "Los Veleros", característicos guardianes del cabo y que
se alzan solitarias en el medio del estrecho.
La temperatura oscila alrededor de los 9o. A pesar del sol brillante por
momentos aparecen solitarias nubes bajas y veloces que se descargan en
un chubasco, mezcla de nieve y agua.
Caemos un poco a estribor para enfilar el Beagle, dejando a babor las
islas Picton, Lennox y Nueva. El viento aumenta y ya tenemos 20 metros.
Se ven venir las rachas que encrespan el agua, aunque la poca cancha de
agua no permite que se levante marejada alta.

Enfilando el Canal de
Beagle. Se acaba de levantar un viento de cerca de 100 kms. La poca
cancha de agua hace que no se levante mucha marejada.
Las islas Picton, Lennox y Nueva quedan al través por babor. Su aspecto
es de soledad y aparecen en sus laderas algunos espesos montes de un
verde oscuro negruzco.
Por estribor desfila la costa de Tierra del Fuego. Profundas bahías de
altísima costa que alternan con playas apacibles y bajas. Al fondo las
últimas estribaciones de la cordillera, cubiertas de nieve.
El viento ha ido aumentando y sopla ya a 33 metros (120 kms.) No se
puede estar parado. Los chubascos son constantes y las gotas de agua,
endurecidas por la velocidad, golpean implacablemente sobre la cara.
Entramos al Beagle propiamente dicho. Angosto, zigzagueante y salpicado
de islotes. El rumbo del buque debe ser modificado constantemente de
acuerdo a las instrucciones de la carta, para pasar ya sea rozando este
islote, enfilando aquella baliza, apartándonos de traicioneros bajos.

El Beagle; angosto, zigzagueante y salpicado de islotes.
Tenemos ahora por babor la Isla Navarino. Enorme, boscosa y de altas
costas. Por encima de sus montes aparecen aún más altos picos nevados,
en que el negro de la roca y el blanco de las nieves eternas, contrastan
en un frío panorama.
Hemos vuelto a aumentar la velocidad a 16 nudos y maniobramos velozmente
entre los islotes. Unos de ellos simples playas de arena. Otros con su
vegetación achaparrada. Otros negros y movedizos, cubiertos
completamente de lobos y gaviotas.
Aparece a proa el triste casco del Monte Cervantes. Su quilla apunta al
cielo, y junto a él se alza la caseta de sus guardianes, que salen a
saludar el paso del buque.
A proa: Ushuaia, entre chubascos, cubierta de niebla. El monte Olivia
con sus picos eternamente cubiertos de nubes. Más al Sur el monte Susana
por entre el cual se filtran los vientos del suroeste. "Sopla el
Susana", dicen los habitantes de Ushuaia.
El tiempo sigue espantoso. Sigue el viento, la niebla, los chubascos.
A las 20.10 fondeamos en la posición indicada. Antes de que oscurezca
vemos a proa el aeropuerto, y los techos rojizos de las nuevas
construcciones, mientras que sobre la ciudad se destaca la lúgubre
figura del penal con todos su recuerdos, que siguen adheridos a las
paredes amarillentas, descascaradas y enrejadas, paredes simbólicas que
hicieron que Ushuaia fuera durante un tiempo muy largo, la ciudad
maldita del sur.
17 de febrero.
El tiempo sigue malísimo. Cada 10 minutos unos débiles rayos de sol
tratan de romper la cortina de niebla que cubre la ciudad y la bahía.
Pero pasan pronto y vuelven la lluvia, las nevadas, las nieblas.
Los negros picos que rodean la ciudad desaparecen continuamente bajo las
nubes; y cuando vuelven a aparecer tienen un fino manto bianco de
nevizca que les da un aspecto aterciopelado.
Ya están fondeados en la bahía todos los buques que componen la fuerza
destacada para este viaje. Los dos cruceros: El "Almirante Brown" y el
"25 de Mayo" destacan sus elegantes siluetas en medio de los perfilados
torpederos. Estos son el "Santa Cruz", el "Misiones", el "Entre Ríos",
el "San Luis" y el "Mendoza". Además están fondeados el buque-tanque "Ministro
Ezcurra", el Oceonográfico "MacKinley", el Transporte ' Ushuaia" y algunos
remolcadores menores.
Uno a uno los torpederos van a reabastecerse de combustible en los
tanques de los cruceros. Despacio, con todo cuidado, las 1.700 toneladas
en movimiento se adosan al costado de los cruceros, con la misma
facilidad que lo haría un bote a remo. Ni un golpe, ni un roce. Y
entonces pasan a bordo las gruesas mangueras negras que han de llenar de
petróleo nuestros tanques.
A la tarde bajamos a tierra. Pero enseguida nos corre un desagradable
chubasco, y luego de una vuelta corta, volvemos a bordo donde el
ambiente es tanto más confortable.
Nos hemos acercado al presidio vacío. Los alambrados de púa siguen
rodeándolo y por afuera todo sigue como estaba antes.
Parches terrosos asoman entre la pintura amarillenta que recubre sus
paredes. Las rejas siguen en las pequeñas ventanas, por las cuales
volaban hasta hace poco, las ilusiones de los reclusos. El mismo
silencio, la misma tristeza sigue resbalando por las paredes.
También sigue en su lugar la vía por la cual las deprimentes figuras de
los penados arrastraban las zorras hasta los montes cercanos.
Y en el resto de la ciudad se alzan pobres casuchas de zinc, sobre el
inclinado plano de la montaña que se pierde en el agua oscura de la
bahía.
Las nuevas construcciones, el aerodromo y algunas casas con alegres
techos de tejas rojas, se destacan como queriendo dar nueva vida y nuevo
impulso a Ushuaia. Así sea.
Volvemos a bordo un tanto deprimidos por el espectáculo y el mal tiempo.
Allí nos está esperando una lancha del crucero Almirante Brown que nos
lleva a bordo de dicho crucero donde los Almirantes Carranza, Cappus,
Pérez del Cerro y Portillo han invitado a los periodistas y a los
representantes de las Clubes Náuticos.
Allí nos enteramos que el destino del "Santa Cruz" se ha fijado en la
Isla King George, del Archipiélago de las Shetland del Sur. Nos quedamos
largo rato en agradable conversación y revisando fotografías de los
lugares que hemos de visitar. Ya es de noche cuando embarcamos en la lancha para volver a bordo del
"Santa Cruz". Sobre la costa ya oscurecida se destacan las luces de la
ciudad y le dan un aspecto menos triste que el que ofrece durante el día.
18 de febrero.
Persiste el mal tiempo. Lluvia, viento y nieve todo el día nos mantiene
prácticamente prisioneros a bordo.
Ya han llegado las instrucciones para la partida que se hará mañana a
las 03.00. El punto de reunión, ya fuera del Beagle, se ha fijado a unas
siete millas al Este de la Isla Nueva.
De allí, a cruzar el Drake y cada uno a su destino, ya establecido.
Termina aquí esta segunda parte del relato del viaje, que concluirá en
el próximo número con las cruzadas del Drake y las "aventuras" del
Torpedero "Santa Cruz" en la Isla King George y en la Isla Decepción.
MIENTRAS se terminan las operaciones de fondeo en la Caleta Martel,
Bahía Almirantazgo, empieza a caer la noche y vamos perdiendo de vista
el espectáculo que nos rodea y que casi todos nosotros vemos por primera
vez.
Sin embargo, alcanzamos a divisar un bote que se desprende de la playa,
tripulado por tres hombres y que se dirige hacia nosotros.
A los pocos minutos amarra al costado del buque, y sube a bordo un
marino argentino, el teniente Iglesias, que está momentáneamente en el
destacamento argentino de la Isla King George. Suben con él el
Magistrado Inglés, acompañado de otro de los miembros de la delegación
permanente que el Gobierno Británico tiene destacada en esta Isla.
Según se nos informa, viene a cumplir la formalidad de la protesta del
Gobierno Británico por nuestra presencia en aguas que considera de
propiedad de Inglaterra.
Antes de pasar a presencia del señor Comandante, ante quien se debe
cumplir dicha formalidad, invitamos tanto a los Ingleses como al Oficial
Argentino, a pasar a la Cámara de Oficiales donde momentos después debe
servirse la comida. Y a fin de no olvidarnos de nadie, se envía un bote
a tierra a buscar al resto de los Ingleses y argentinos que componen las
respectivas delegaciones.
Una vez todos reunidos, cómodamente sentados en la Cámara de Oficiales,
la conversación se aleja de toda cuestión referente al litigio planteado
entre ambas naciones por la soberanía sobre las tierras del continente
antártico, y se come, se bebe, y se termina cantando, dentro de un
ambiente de grata cordialidad y amistad.
El "Magistrado" Inglés, un muchacho joven, de años 21 de edad, es
geólogo y viene por dos años a estas soledades para realizar estudios
sobre la composición geológica de estas tierras.
El segundo lefe es un metereólogo que durante la guerra pasada estuvo
destacado en China y en Africa, haciendo estudios metereológico, y que
ahora viene a concluirlos en la Antártida. De aquí piensa pasar a la
India, y luego, con los ahorros hechos, piensa ir, según dice, "a
recorrer el mundo un poco..
El resto de la delegación Inglesa, que viene por dos años, la componen
el operador de Radio, también inglés, y dos malvinenses.
El teniente Iglesias, está acompañado de dos suboficiales y están en el
precario destacamento argentino sólo por unos días, pues fueron dejados
por uno de los barcos destacados en la zona antártida y han de ser
recogidos dos o tres días después.
Cuando terminamos de comer, los ingleses cantan canciones de su patria
gue son correspondidas con discos y canciones por la oficialidad del
buque, y termina todo en un ambiente tan amistoso y agradable que según
expresiones del Magistrado Inglés, le da vergüenza ir a hacer el acto
formal de la protesta ante el señor comandante, después de la forma en
que fué recibido y tratado a bordo.
A pesar de todo hay que hacerlo y, cumplida la formalidad con un
intercambio de notas protocolares, somos invitados a almorzar al día
siguiente en tierra, luego de lo cual todas las visitas se vuelven a
tierra y vamos a dormir, después de un día cansador y lleno de novedades.
22 de febrero de 1948.
Cuando salgo a cubierta, un sol brillante ilumina el blanco panorama que
por todos lados nos rodea.
La temperatura sigue muy baja, debido sin duda alas altísimas paredes de
hielo y nieve que se elevan a nuestro alrededor, y hacen que nos
encontremos como en una heladera gigantesca. En los guardamancebos del buque, así como en todos los cables tendidos
sobre cubierta, se ha formado una capa de hielo que los recubre y cae en
estalactitas que con el sol comienzan a gotear sobre cubierta.
Toda la tripulación se halla dedicada al trabajo de romper los hielos
que se han formado, y de limpiar el buque de todo lo que se ha
depositado sobre cubierta después de estos días de navegación.
En tierra se ven las dos pequeñas construcciones en las cuales viven los
miembros de los destacamentos inglés y argentino.
Y a su alrededor están los integrantes de las delegaciones trabajando,
cortando maderas, y en fin, preparando las construcciones para el largo
y despiadado invierno que se acerca.
Por todos lados se ven espesas capas de hielo y nieve que se pierden en
el agua o caen a pico, formando glaciares que poco a poco se desplazan
hacia el mar.
Solamente se divisan algunas manchas negras, como la del morro
característico que se levanta en medio de las paredes de hielo que
forman la ensenada Martel, que conserva su negro color hasta durante el
invierno, y sólo se cubre a veces de una ligera capa de nieve recién
caída.
En general las costas son altas y escarpadas, cayendo a pico desde
alturas variables. En algunas partes la costa desciende suavemente, y
las blandas barrancas de nieve se pierden en el agua.
A nuestro alrededor flotan témpanos de distintas formas, colores y
tamaños, desprendidos de los glaciares.
Sobre la costa W., donde se halla la única lengua de tierra oscura que
se divisa a nuestro alrededor, los pequeños témpanos de hielo se
recuestan sobre la costa baja, impidiendo que los botes se acerquen
hasta la tierra, por lo que para llegar desde el bote a tierra es
necesario ir caminando sobre los bloques de hielo que bordean la costa.
A mediodía, bajamos a tierra, donde algunos de los oficiales han ido a
almorzar, aceptando la invitación formulada ayer.
Después de hacer equilibrismo sobre los hielos que nos impiden atracar a
tierra, llegamos a pisar, por primera vez, tierra Antártida. Pero lo que
pisamos no es precisamente "tierra". Es un musgo esponjoso y muy grueso,
de un color verde amarillento y que más que vegetal parece una
combinación de cuero y esponja.
Nos acercamos a las pequeñas construcciones. La argentina, como que sólo
está destinada a alojar por dos o tres días a tripulantes de los buques
destacados en esa zona, es una pieza rectangular con una pequeña cocina
en un rincón y tres camas. No es un lugar para alojamiento permanente.
A pocos metros de distancia el destacamento Inglés, donde viven durante
períodos largos, entre ellos el prolongado invierno durante el cual la
bahía esta bloqueada, los cinco hombres que componen el destacamento.
Se trata de una construcción que tiene la forma de un semicírculo
construido de chapas de cinc. Dentro de él, un gran espacio para
almacenamiento de instrumentos, y, separado por una pequeña mampara, un
espacio de aproximadamente 4 metros por 2,50 metros, donde duermen y
cocinan los cinco hombres que forman la misión.

Alrededor de dicha construcción, en la heladera natural que forman
dichas tierras, se encuentra un gran número de cajones con alimentos que
se conservan con el frío natural de la zona.
Y frente a cada una de estas dos construcciones flamean, día y noche, la
bandera Argentina y la bandera Inglesa, en altos mástiles, afirmación
constante de los derechos que cada una de las naciones cree tener sobre
estas tierras.
Los marineros de a bordo, entusiasmados con el nuevo ambiente, se han
fabricado un trineo y se largan por las praderas de nieve entre los
gritos y carcajadas de los demás.
Salimos en expedición hacia uno de los glaciares, y al rato de caminar
entramos en calor, pues estamos subiendo continuamente y enterrándonos
en la nieve hasta las rodillas.
En el camino encontramos vertientes de agua que corren bajo delgadas
capas de hielo y luego se pierden entre las rocas cubiertas de nieve para reaparecer más adelante.-

El "25 de Mayo" sale de Decepción para cruzar el Canal de Drake en el
viaje de regreso.

Chorrillo de agua que corre entre las rocas en King George.
En aquellas partes en que la nieve no cubre completamente el suelo, y se
puede ver el tipo de tierra de que está formada la isla, asoman pequeños
montones de tierra gruesa, mezclada con cantos rodados y pedregullo,
todo ello suelto.
A medida que seguimos subiendo podemos contemplar el espectáculo de
toda la bahía con el "Santa Cruz" fondeado en el centro.
Al rato comprobamos que nuestra tentativa de llegar a los glaciares no
ha de pasar de "tentativa". El terreno se pone cada vez más peligroso y
nos encontramos frente a lisas superficies de nieve blanda que no nos
arriesgamos a cruzar, pues no sabemos qué hay debajo, y si resistirá o
no el peso de una persona. Pero cuando intentamos bajar de las alturas
donde estamos, vemos que no es fácil hacerlo. La nieve resbala y cuando
hay tierra ésta se desmenuza bajo nuestros pies y no hay dónde agarrarse.
Nos separamos y algunos, después de muchos esfuerzos, consiguen llegar a
terreno llano. Yo, en busca de algún camino más sencillo he seguido
subiendo y, cada vez más alto, me pregunto quién me habrá metido a
alpinista...
Después de un largo rato, y sin tenerlas todas conmigo, arrastrándome a
ratos sobre la espalda, dejándome resbalar otras, llego de vuelta a "tierra
firme".
Pero el espectáculo valía la pena. El azul profundo del mar contrastando
con los hielos blancos que lo rodean. De vez en cuando manchas verdosas
de musgo, un poco de tierra negra y todo alrededor largas extensiones de
nieve lisa, pulida, que se corta bruscamente para caer al mar.
Por todos los costados enormes glaciares ya formados y otros más
pequeños en formación.
Y de repente un crujido atronador y una masa de hielo que cae al mar
levantando una enorme columna de agua y espuma.
Volvemos caminando por la costa. Sobre ésta se mezclan los témpanos de
hielo con enormes vértebras
de ballena colocadas una junto a otra en interminable sucesión. Son
enormes masas de hueso, de cerca de 1 metro de diámetro y con
prolongaciones óseas de varios metros de largo. También hay otras clases
de huesos puntiagudos y largos, que se asemejan a costillas.
Y otros, que parecen maxilares. Todo lo necesario para confirmar que
hace muchos años existió una factoría de ballenas en esta isla.
Volvemos al buque donde encontramos orden de dirigirnos al día siguiente
a primera hora hacia Decepción, donde están el "Mendoza" y los dos
cruceros. Comemos y a dormir, cansados del ejercicio del día, y del aire
puro y frío de esta heladera natural.
23 de febrero.
A la mañana, muy temprano, nos despiertan persistentes ruidos contra el
casco del buque. No navegamos, pero los ruidos continúan.
Una vez en cubierta podemos comprobar que hay dos botes a los costados
del buque, cuyos tripulantes separan, como pueden, ya sea a golpes o
empujando, los trozos de hielo que durante la noche se han agrupado a
nuestro alrededor, formando como una corona de hielo ya soldado, que es
necesario separar, especialmente la que se halla cerca de las hélices.
Una vez librados de los hielos que nos aprisionaban, zarpamos de la Isla
King George con destino a Decepción. Desde la playa nuestros
compatriotas y nuestros amigos ingleses nos despiden afectuosamente y
enfilamos el brazo central de la bahía Almirantazgo en dirección al mar.
El día se presenta en inmejorables condiciones para una navegación
tranquila y de reconocimiento de costas.
Una vez afuera se pone rumbo a Decepción, pero costeando las Shetland,
de manera de poder obtener relevamientos que sirvan para quienes
recorran en el futuro estos lugares.
El mar tranquilo, la falta de viento y la extraordinaria luminosidad de
un día sin nubes y con sol brillante, nos permite acercarnos bien a la
costa y fotografiarla a nuestro gusto.
Y así van pasando la Isla Foster, la Isla Livingstone, la Isla Greenwích,
todas blancas, sin la menor señal de vida animal o vegetal. De vez en
cuando, en las costas altas y montañosas de estas islas, aparece algún
picacho negro que pone una nota variada en esta blancura uniforme e
inmaculada. Porque el blanco de estas costas es de una pureza
inconcebible. El negro de la tierra y el humo, jamás han manchado esos
blancos colchones de nieve.
El silencio, ese silencio casi sobrehumano, nos recuerda aquellos
conceptos del Almirante Byrd, cuando decía que la Antártida es el lugar
donde llega a concebirse el concepto absoluto de lo que los hombres más
deben desear: la paz en la tierra.
Nos acercamos a algunas costas altas y cortadas a pico, al lado de las
que navega tranquilamente algún enorme iceberg de formas y coloridos
extraordinarios.
De vez en cuando grupos de "soplidos" anuncian la presencia de ballenas.
Algunas nos pasan cerca, lo suficiente como para poder distinguir,
navegando a la par del buque, algún macizo lomo pardo o veteado de
blanco. Los- que más se acercan al buque son los ballenotes chicos, de
un color marrón claro, y que dan vueltas alrededor nuestro, sin el menor
temor.
Navegamos a 12 nudos cuando recibimos un despacho del "Almirante Brown" en el sentido de apurar la marcha y dirigirnos
de inmediato a Decepción, que ya divisamos por proa a lo lejos.
Cuando nos acercamos a la isla, ésta parece inaccesible, pues no hay a
la vista ninguna bahía ni nada que parezca permitir la entrada. De
repente, como saliendo de entre la roca viva, aparece el Torpedero
"Mendoza" que nos señala "Buen Viaje" y pone proa al Drake.
Nos dirigimos hacia el lugar por donde ha salido el "Mendoza" y nos
encontramos con una especie de rajadura en la roca, de unos 150 metros
de ancho, y flanqueada por lisas paredes de roca se eleva hasta más de
100 metros de altura. Según nos informan, en el medio del pasaje hay una
roca a poca profundidad, de manera que hay que entrar con el buque
pegado a la pared de estribor.
Pasamos sin disminuir la velocidad, y ni bien cruzamos el paso nos
encontramos con un espectáculo sorprendente. Un enorme lago de aguas
tranquilas se abre a nuestra vista.
Decepción es un cráter de un volcán que, debido a algún movimiento
sísmico, se quebró en el extremo S.E. y fué inundado por las aguas del
mar. Por esa razón la temperatura de sus aguas se mantiene bastante
superior a la del mar que rodea la isla y, en su interior, se suelen
encontrar vertientes de agua caliente que llegan a tener hasta 100° de
temperatura.
Las laderas externas de Decepción, al igual que las demás islas del
grupo de las Shetland, se encuentran completamente cubiertas de nieve
mientras que la parte interna de la misma, debido al calor que sigue
desarrollando el volcán, se halla casi desprovista de ella.
Al cruzar el estrecho paso de entrada, se ven a la derecha los restos de
lo que fué la factoría de pesca de ballenas que existía en la isla y que
fué abandonada. Cerca de ella se halla el destacamento Inglés y al fondo
vemos a los dos cruceros fondeados frente al destacamento Argentino.
El "25 de Mayo" ya ha zarpado y se dirige velozmente hacia la salida,
mientras que el "Brown" nos indica que nos acerquemos a él y amarremos
por su amura de babor.
Así lo hacemos sin dificultades, y con la convicción de que nos ha de
suministrar un poco de petróleo, del que andamos bastante escaso. Pero
no es así y ni bien amarramos, y a su costado colocan una planchada, por
la cual cruza de inmediato D. Julio Gallino Rivero.
Nos informan que el "Brown" debe zarpar en seguida y que como Gallino
Rivero debe transmitir esa noche por radio a Buenos Aires, lo
transbordan al "Santa Cruz" que deberá emprender el camino de vuelta a
la madrugada siguiente.
En seguida tenemos el presentimiento de que por alguna razón el "Brown"
quiere volver cuanto antes...
Bajamos a tierra. El paisaje no tiene punto de comparación con el que
acabamos de dejar en Almirantazgo. Las paredes que nos rodean son de
tierra volcánica y de un color negro sucio. Agachándonos a recoger lo
que parecen pesadas piedras, nos encontramos con que todo es piedra
pómez en estado completamente natural. Más arriba se ven pedazos de
hielo milenario, incrustado en las irregularidades de la roca. Es un
hielo sucio, opaco, mezclado con tierra medio rojiza.
Visitamos las dos casas que componen el destacamento. Una de ellas, que
ahora hace las veces de depósito, es una enorme barraca provista de
cuantos instrumentos y cajones de alimentos uno pueda imaginarse. Se
combinan las bujías con los esquís, los duraznos en almíbar y la salsa
de tomate. En fin, un almacén perfectamente provisto...
La casa habitación es también de primer orden. Grande, cómoda, con
dormitorios individuales para cada uno de los oficiales, suboficiales o
marineros que componen el destacamento.
Se necesita estar muy confortable para aguantar un invierno en estas
latitudes, y la casa donde se aloja nuestro destacamento ofrece todas
las comodidades imaginables. Cada habitación tiene su placará, su
escritorio, alfombra y radiador.
La construcción de la casa, de materiales completamente aislantes del
frío, combinada con la calefacción, hace que el ambiente sea inmejorable.
El salón para oficiales, las cocinas, la enfermería y los instrumentos
de radio se hallan en perfecto estado.
Visitamos la estación transmisora por intermedio de la cual ha de
transmitir Gallino Rivero. Es completa y se halla a cargo de personal
especializado que se encuentra casi constantemente en contacto con las
estaciones de Buenos Aires y del resto del "mundo civilizado" ...
Revisando las cartas del tiempo nos explicamos la razón de ser de la
salida apurada del "Brown". Una profunda depresión sud-oeste, que
anuncia un violento temporal, se acerca por el Drake, esperándoselo por
el lugar donde debemos cruzar nosotros, mañana a mediodía ...
Caminamos un poco por la isla, pero ésta no ofrece mayores atractivos
desde el punto de vista panorámico. Posiblemente el temporal que se
viene nos pinta las cosas un poco más negras de lo que son...
A las 10 de la noche todavía es de día y Gallino Rivero transmite a
Buenos Aires. Escuchamos la retransmisión desde Buenos Aires, pero se
oye bastante mal. Debe ser el temporal...
Oscurece tarde y nos vamos a dormir, pues a las 0,300 nos "largaremos" a
cruzar el Drake.
24 de febrero.
Cuando me levanto navegamos a toda velocidad —20 nudos— y ya estamos en
el Drake. El movimiento ya es inaguantable, y eso que todavía no ha
venido lo que esperamos.
Captamos un mensaje del "Mendoza". Parece que su apuro en salir no le ha
servido de mucho, pues está capeando un fuerte temporal del Este, 120
millas a proa nuestra. Al poco rato es el "Brown" el que cae en la misma
zona y tiene que capear igualmente.
Nosotros, por ahora, tenemos muy mal tiempo, ya que hay mucho viento y
mucho mar, aunque no estamos aún en zona de temporal. Pero las
perspectivas no son muy buenas: al sur de Drake un temporal del S. a
gran velocidad. Al norte del Drake un temporal del E. Es decir, estamos
entre dos fuegos.
El almuerzo en la Cámara de Oficiales parece cosa de broma. Las mesas
tienen ya los "violines" protectores que frenan el movimiento de los
cubiertos y de los platos. La comida no se aguanta en sus recipientes.
Las sillas, que no son fijas al suelo, corren de banda a banda del buque
con sus ocupantes "a bordo" de las misma. Pero hay un fleje en el medio
de la Cámara y cuando pasan las sillas, a regular velocidad, éstas se
tumban, y al suelo con el "tripulante", y cada dos minutos aparece,
debajo de la mesa de la banda contraria, magullado pero sonriente, algún oficial que estaba desprevenido
en el momento del bandazo.
Afuera, el mar asusta. El buque, lanzado a 20 nudos, y ayudado por el
mar de fondo y el fuerte viento, levanta a popa una ola de proporciones
mayúsculas.
Y cuando rola, al recostarse sobre una banda, parece que todo el mar se
nos va a meter a bordo, pues las olas rugientes dan la impresión de
meterse íntegramente dentro del buque. Se ve agua por todos lados y el
cielo amenazante y cerrado. Los pájaros parece que no se animan a volar,
pues no hay señal de vida animal por ningún lado.
Tengo guardia de 16.00 a 20.00. En el puente el espectáculo es, dentro
de lo posible, más impresionante.
Tenemos el mar al largo y ello nos permite correr, aunque con grave
riesgo de atravesarnos. Cuando barrenamos un poco la ola, toda la proa
desaparece entre la espuma y el agua.
Hace un frío horrible y cada media hora tengo que , bajar a la timonera,
donde hay una estufa, a calentarme un poco las manos y los pies que, a
pesar del abrigo extraordinario que tengo puesto, parecen pertenecer a
alguna otra persona.
A intervalos nieva, y alrededor de las 17,30 avistamos un enorme témpano
por babor, el último que hemos de ver, y que indudablemente debe haber
sido descomunal para llegar a estas latitudes de tales proporciones.
El "Mendoza" y el "Brown" siguen capeando. Nosotros seguimos corriendo.
Es una suerte que tengamos el mar al largo, ya que con un mar de proa o
del través no podríamos aguantar los 20 nudos que hacemos.
Cuando dejamos la guardia a las 20,00 y vamos al comedor, éste está aún
peor que a la hora del almuerzo. Sillones rotos y patas de los mismos
ruedan por el suelo. Hay que comer con los platos en la mano, pues, a
pesar de los violines nada se aguanta sobre las mesas.
Después de comer, con muchas precauciones y mucho susto, vamos hacia
nuestro camarote. Cuando llegamos no podemos entrar. Todo el contenido
de las bibliotecas, de los roperos, de los cajones, los colchones, las
valijas, en fin, todo lo que había en el camarote está mezclado y tirado
por el suelo.
Lo arreglamos y trato de dormirme. Pero mi catre, que está acomodado
entre las dos cuchetas, parece que no quiere quedarse quieto. Con una
fidelidad extraordinaria acompaña al buque en cada bandazo y me lleva a
mí adentro, inmóvil, en sus paseos por el camarote. Debe ser un
espectáculo original, pues mis compañeros de camarote se ríen con muchas
ganas.
Yo no me muevo y trato de dormir, pero los paseos terminan por cansarme,
y por medio de un ingenioso trabajo arquitectónico, en el cual usamos
valijas, sillas y todo lo que hay a mano, hacemos firme el catre en el
medio y yo me ato al mismo para no salir disparado del mismo.
Y a pesar de todo, me duermo, cansado y con mucho frío.
26 de febrero de 1948.
Cuando salgo a cubierta ya hemos dejado atrás la Isla de los Estados.
Navegamos ahora costeando Tierra del Fuego y por el Atlántico Sur,
habiendo dejado
definitivamente atrás la amenaza de los temporales del Drake.
Tuvimos la suerte de pasar antes que llegara la tormenta del SW. y
después de haber pasado el temporal del E. que tuvieron que
capear el "Mendoza" y los Cruceros.
A popa, a lo lejos navegan los dos cruceros que esta mañana, cuando nos
avistaron, no podían creer que éramos nosotros, que ellos habían dejado
fondeados en Decepción.
Pero es que ellos tuvieron que capear un temporal y nosotros, mientras
tanto, favorecidos con un mar franco, veníamos a 20 nudos.
El mar sigue muy movido como consecuencia de los temporales que ha
habido estos últimos días y si bien hemos dejado atrás el "Drake",
todavía quedan delante nuestro, zonas conocidas por sus vientos y
tormentas, tales como San Jorge y San Matías.
El mar se nos ha puesto ahora por proa y debemos bajar la velocidad a 10
y 12 nudos, pues sino el golpe del buque sobre la ola es tan fuerte que
conmueve toda su resistente armazón. Varias veces intentamos subir la
velocidad por lo menos a 14 nudos, pero el buque, y sobre todo los
estómagos de sus tripulantes, no lo aguantan...Durante todo el día navegamos sin novedad.
27 de febrero.
Viento muy duro de proa. Por esta razón no podemos hacer rumbo directo,
ya que la marejada golpearía mucho. Ponemos entonces rumbo 030 —en lugar
de
000 como correspondería— para poder navegar más cómodos.
El mar sigue en ese estado, que si bien no es de temporal, tiene a todos
locos con los rolidos, los cabezazos, los golpes de proa.
La mitad de la tripulación dice no aguantar el ambiente cerrado de los
sollados de proa, donde el movimiento es más brusco.
Poco a poco, y de a 2 en 2 grados vamos tratando de tomar nuestro rumbo,
pues en caso contrario iríamos a dar al Africa. El buque se aguanta pero
no podemos aumentar velocidad.
La Cámara y los camarotes vuelven a presentar el aspecto de descalabro
que presentaban días pasados.
Alrededor de las 19,00, estando de guardia, veo a proa a lo lejos una
especie de mancha negra y movediza sobre la superficie del mar. Con los
prismáticos trato de descubrir de qué se trata, pero no se consigue ver
más que una masa movediza y chata.
Cuando nos acercamos, veo con sorpresa que se trata de una enorme
bandada de pájaros "surtidos" que se hallan "sentados" sobre el mar. Hay
de todo, petreles, gaviotas y enormes albatros.
Se hallan justo sobre nuestro rumbo, y cuando nos acercamos se oye un
ensordecedor golpear de alas. Tratan de levantar vuelo pero no pueden,
pues se hallan posados sobre un cardumen, y han comido tantos pescados
que se encuentran demasiados pesados para poder "despegar"...
Corren entonces sobre el agua, ayudados por las alas y las patas, ante
el peligro de ser embestidos por la filosa proa del torpedero. Y al
mismo tiempo dan fuertes graznidos ante la impotencia de trasladarse en
su forma natural.
Es un espectáculo curioso, y quienes han recorrido frecuentemente estas
aguas me comentan que es frecuente encontrar estas bandadas dándose
opíparos festines sobre cardúmenes que navegan a flor de agua.
Y mientras navegamos entre los pájaros, aparecen también enormes
bandadas de toninas, ágiles y estilizadas, que nadan al costado del
buque a toda velocidad.
En este momento estamos haciendo 20 nudos y a pesar de ello las
toninas, casi sin moverse, ya que podemos seguir todo su recorrido a
través del agua completamente transparente, nos pasan y dan la vuelta
por proa, se dejan alcanzar, nos corren. Y todo ello hace una
originalísima mezcla de espuma, toninas y pájaros, combinación pocas
veces imaginada.
Poco rato después, oscurece, y termina así nuestro último día de
navegación efectiva.
28 de febrero de 1948.
A las 10 y 15 fondeamos en El Rincón. Ya están fondeados los dos
cruceros y el torpedero "Cervantes" y todos ellos dedicados a la
limpieza de los buques.
Ya hace bastante calor y parecen cosa lejana los fríos que dos o tres
días atrás estábamos sufriendo.
Todo el día se pasa poniendo el buque en condiciones de orden y de
limpieza y al día siguiente, 29 de febrero, zarpamos del Rincón a las
04,30 y entramos a Puerto Belgrano a las 07,00, poniendo así fin a este
interesante viaje.
Durante el relato que hoy termina, he tratado de ajustarme a una
revisión puramente objetiva de lo viajado, con la intención de dejar
para más adelante los diversos comentarios que cada lugar y cada cosa me
iban sugiriendo.
Queda ello para más adelante, cuando la indulgencia del Director de
YACHTING ARGENTINO dé cabida en sus páginas a algunos comentarios de
otro carácter.
Por ahora demos fin a este viaje. Espero haber despertado algún interés
en los lectores de YACHTING ARGENTINO por las remotas zonas Australes
Argentinas. Si lo he conseguido habré contribuido, aunque sea en una
ínfima parte, en la patriótica obra de difusión en que se halla
empeñado el Ministerio de Marina de la Nación. Y con ello habré tratado
de retribuir, dentro de mis medios, la amable invitación de que fui
objeto.
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