Historia
y Arqueologia Marítima
Trabajos de Investigacion Historica del
DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS HISTORICOS NAVALES
Las formas de reclutamiento en la Argentina del siglo XIX

Torpedera Maipú
Por Lic. Fabiola Serralunga
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En las últimas tres décadas del siglo XIX, la Generación del ´80 llevó adelante la organización de un Ejército de línea y una Marina de Guerra permanentes. Sucedió en el marco del proceso de modernización y de la definición de una nueva política de defensa que respondía a la amenaza externa, primero del Imperio del Brasil y, luego, de la República de Chile. Desde las guerras de Independencia (1810-1820), los sucesivos gobiernos del Río de la Plata se proveyeron de personal para el servicio de las armas a través de la “leva forzosa”, la “destinación”, la leva y el “enganche”. La conscripción obligatoria por sorteo puede considerarse como parte del siglo XX. La “leva forzosa” y la “destinación” fueron formas de reclutamiento muy similares, que actuaron de forma paralela. Ambas eran impartidas por autoridades militares, policiales y judiciales. Consistían en enviar al servicio de las armas a hombres marginales, de vida ociosa y/o condenados por la justicia: presos, revoltosos, soldados “rebajados” y hombres que no pudiesen demostrar oficio ni ocupación (mendigos, “vagos y malentretenidos”). La “leva forzosa” tuvo como único objetivo sumar hombres para la guerra, es decir, se utilizó fundamentalmente en tiempos de conflicto armado. En Argentina, vio su término progresivo luego de la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870) y en concomitancia con la organización de las fuerzas militares permanentes. Lo mismo ocurrió con la leva de voluntarios. En la práctica, ambos sistemas dieron lugar a abusos donde se reclutaban hombres a la fuerza bajo el pretexto de faltas o delitos inexistentes, a veces aprovechando las horas nocturnas, ya sea en campos, suburbios, puertos, buques de la marina mercante, pulperías, etc. La “destinación” asumió diferentes matices de acuerdo a quién la solicitara. Por empezar, dentro de los “destinados” había voluntarios y obligados. En el caso de los presos y “rebajados”, éstos solían optar por cumplir su condena sirviendo en el servicio de las armas, no sólo porque las condiciones de vida eran mejores que en la prisión, sino porque la chance de fuga era mayor. Generalmente, eran enviados a servir en la frontera o en los buques, donde les fuera más difícil concretar el escape y sobrevivir después del mismo, al margen de que ambos destinos se constituían en parte de su castigo. También podían ser obligados por la autoridad competente en caso de reincidencia. Para los revoltosos y personas ociosas y de vida marginal, la destinación era generalmente obligada por los jueces y revestía un carácter moralizante. La “destinación” coexistió con el sistema de “enganche” y alistamiento voluntario. Ambos fueron implementados en la segunda mitad del siglo XIX. La mayor parte de las tripulaciones se formaron mediante el sistema de “enganche”. Consistió en incorporar hombres estableciendo un contrato entre gobierno y enganchado que asentaba en una "papeleta" el puesto a cubrir, el salario mensual y el tiempo de prestación del servicio. Ese contrato no contaba con la posibilidad de resolución y si el enganchado escapaba era punible del delito de deserción. La formación de una escuadra nacional a partir de la presidencia de Domingo F. Sarmiento (1868-1874) generó nuevas necesidades: tripulaciones permanentes, presencia absoluta de criollos y personal capacitado para maniobrar buques de guerra. Para ejemplificar la diversidad de funciones que debían cubrirse a bordo de estas modernas embarcaciones, baste mencionar entre el personal subalterno a los oficiales de mar (contramaestres y condestables), marineros, personal de maestranza (carpinteros, herreros, foguistas, carboneros, despenseros, maestros de víveres), cocineros y personal de servicio (camareros, asistentes, enfermeros y mayordomos). Si bien el “enganche” fue el sistema más utilizado, era diametralmente opuesto a los intereses de fondo de la Marina nacional debido al elemento humano que se reclutaba. Un contemporáneo de la época sostenía: “(…) habiendo tenido necesidad en muchas ocasiones de echar mano de cuanto individuo se presentaba sin averiguar sus costumbres y competencia, abundando siempre los viciosos, ignorantes y sin amor á la profesión, que tomaban más bien los buques como refugio, después de haberse ocupado en tierra en trabajos, quizás nada honestos”. En 1975, el gobierno nacional hizo extensiva la Ley de Reclutamiento para Ejército para el personal de la Marina de Guerra. A partir de ese momento, los contratos de “enganche” se realizaron por un tiempo minimo de cuatro años y los alistamientos voluntarios exigieron dos años como mínimo; en ambos casos se permitió un máximo de seis años en servicio y existió la figura de “reenganche”. Como la ley estableció premios y licencias para el fin de los contratos, luego que el enganchado cumplía su tiempo y accedía a esa compensación, estaba en condiciones de volver al servicio mediante el contrato de reenganche. En la institución naval, la práctica señalaba que ningún puesto era “fijo”. Más por necesidad que por castigo, los pases que implicaron cambios de función fueron frecuentes. Por otro lado, tampoco fueron constantes en cuanto a estabilidad laboral. Tomemos por caso que, a fines de la presidencia de Nicolás Avellaneda (1874-1880), y como consecuencia del recorte presupuestario, se dio de baja a las dos terceras partes de la tripulación porque se pasaron los buques a situación de desarme. Con respecto al salario, puede decirse que competían en desventaja con los ingresos de la Marina mercante. Si sumamos a ello el atraso en su pago (a veces de seis meses después de iniciado el contrato), se comprende lo poco atractivo del empleo en los buques del estado argentino. De ahí, que gran parte del personal no renovara el “enganche” después del año de servicio. La “destinación” y más aún el “enganche” fueron la salida posible al constante problema de falta de personal para la Marina. Sin embargo, no eran apropiadas para los nuevos tiempos ni para la institución naval nacional. Las grandes potencias definieron la moderna política de defensa centrada en la armamentización y la profesionalización de las fuerzas armadas. Argentina buscaba su integración en el orden mundial. Por lo tanto, para los intereses nacionales, el elemento humano que daba vida a la institución naval debía ser argentino, permanecer en la fuerza y amar la profesión. Por eso, en paralelo al “enganche”, se ensayaron las escuelas de marineros y personal subalterno. Asimismo, se instaló el debate sobre el servicio obligatorio por sorteo. No será hasta fin de siglo que esas nuevas alternativas se hicieron norma. Lic. Fabiola Serralunga
Acorazado Rivadavia
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