| El 24 de mayo de
1941, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile enviaba al
embajador de Alemania la siguiente misiva: “Tengo la honra de acusar
recibo de la nota de Vuestra Excelencia de fecha 23 del presente
mes, por la cual ha tenido a bien poner en conocimiento de este
ministerio que el gobierno del Reich alemán acordó ofrecer en
donación al nuestro el velero PRIWALL, que se encuentra desde
comienzos de la guerra en el puerto de Valparaíso. Ruego a Vuestra
Excelencia expresar al gobierno del Reich los sinceros
agradecimientos del gobierno de Chile por esta donación, que acepta
con viva simpatía” [1]. La PRIWALL
había sido construida en los astilleros Blohm und Voss de Hamburgo y
fue terminada en 1920. Era un barco de grandes dimensiones, de 6.668
toneladas [2]. La Armada chilena había dejado fuera de
servicio en 1936 su buque-escuela, la corbeta GENERAL BAQUEDANO. El
gobierno transfirió entonces la PRIWALL a la Armada y en ella
recibió el nombre de LAUTARO, destinándola a la instrucción práctica
de guardiamarinas y grumetes, pero a la vez al transporte de salitre
al extranjero para compensar la carencia de barcos de carga. Se la
envió a San Francisco para la readaptación necesaria como
buque-escuela e hizo cuatro viajes a México y Estados Unidos.
La
nave fue obsequiada a Chile después de haber estado anclada en
Valparaíso durante dos años. En el Archivo Militar Alemán se ha
conservado el acta correspondiente, con los datos de la PRIWALL y el
procedimiento de su entrega: “De acuerdo a la disposición A VI
6525/41, entregada como obsequio al Gobierno de Chile. La compañía
dueña del buque debe considerarla como pérdida total (Totalverlust)
[3]. La recepción del barco no fue, sin embargo, un
acontecimiento que permaneciera en el contexto de los neutrales
intercambios diplomáticos. Desde luego, la estancia de la PRIWALL en
el puerto de Valparaíso, no sólo le significaba costos al gobierno
alemán, sino que esta estancia no tenía - en 1941 – perspectivas de
terminar pronto. En otros numerosos casos, siendo las empresas
navieras del Reich conscientes de que sus barcos anclados en
Sudamérica desde el inicio de la guerra en 1939, no podían siquiera
intentar el retorno a Alemania, éstos eran dinamitados y hundidos
por iniciativa propia. En el caso de la PRIWALL se unían esa
perspectiva a otros factores, siendo importante la iniciativa de
Uruguay para “organizar entre los países de nuestro continente una
especie de “frente común” para la requisación de los barcos
mercantes inmovilizados, por causa de la guerra, en puertos
americanos” y que Chile estudiaba benévolamente, pese a reservas de
principio, dada su neutralidad y la tendencia a coordinar su acción
con los Estados Unidos [4]. Pero también contaba la
posibilidad de que, ante esta situación incierta, y en la
perspectiva general de consolidar las posiciones de la Wehrmacht en
las fuerzas armadas chilenas, era preferible dar un salto hacia
delante y hacer un obsequio espectacular. Más allá de estas y otras
posibilidades objetivas, el obsequio alemán sirvió para intentar
activar la presencia política nazi en la opinión pública chilena. Un
semanario, La Semana Internacional, de abierta inclinación
militarista y fascista, y con un significativo círculo de lectores,
aprovechó la donación para escribir un artículo sorprendente: “El
PRIWALL es ahora chileno”. Decía: “El 6 de junio la cubierta de uno
de los más grandes veleros del mundo fue escenario de una ceremonia
trascendental. El barco escuela alemán de cien velas aguerridas ha
pasado a ser chileno. El gobierno del Tercer Reich ha dispuesto su
donación a Chile, a título gratuito, como prueba efectiva de amistad
entre ambos pueblos... Diseñado para pasear su gallarda silueta a
través de los mares por todos los confines del mundo, la esvástica
del nuevo orden ha cedido su lugar en lo más alto del palo mayor a
la bandera de la estrella solitaria, gloriosa en los campos de
batalla… El gesto de Alemania tendrá que comprometer la gratitud de
todo chileno bien nacido. LAUTARO: que llene ampliamente el cometido
que la generosidad del donante ha dejado traslucir y sirva cual
nueva cuna a las pléyades de hombres nuevos que surcarán los mares
para honra y honor de Chile” [5]. Con estos comentarios de la
época a que alude el profesor Juan de Luigi, la entrega del PRIWALL
fue hecha “con la condición de que no fuera utilizada contra
Alemania” [6].
 El
28 de febrero de 1945, la fragata LAUTARO realizaba su quinto
crucero cuando, frente a las costas peruanas, estalló un incendio en
sus bodegas llenas de salitre que produjo su destrucción total, el
hundimiento del buque y numeroso muertos. La tragedia se transformó
en un acontecimiento paradigmático y a él se dedicaron no sólo
solemnes homenajes en la época, con asistencia del Presidente de la
República y todas las personalidades de la clase política, sino
también numerosos textos recordatorios [7]. La palabra
oficial quedó, sin embargo, reservada a la Armada de Chile. Pero en
su artículo “Fragata LAUTARO”, Rodrigo Fuenzalida Bade no sólo
entrega una muy detallada descripción del accidente [8], sino
que incluye un detalle muy sugerente y que al Abwehr alemán de
aquellos años debió causar una gran indignación. Después de ser
readaptada en San Francisco, en los astilleros de la General
Engineering and Dry Dock Company, y como reacción al ataque contra
Pearl Harbour y a la incorporación de los Estados Unidos a la
guerra, “la dotación entera se presentó voluntaria para donar sangre
a los bancos correspondientes, enviándose el personal por grupos.
Este gesto fue muy bien recibido por las autoridades y público
norteamericano en general, impuesto por los periódicos,
especialmente tratándose de un buque neutral” [9]. En su
número de marzo y abril de 1945, la Revista de Marina dedicaba el
número 525 a un homenaje a Franklin D. Roosevelt, recientemente
fallecido. Presentaba “las condolencias de la Marina de Guerra de
Chile al Contraalmirante Irving H. Mayfield, Jefe de la Misión Naval
Norteamericana en Chile, a sus oficiales y tripulaciones, a todo el
generoso pueblo norteamericano por la muerte del adalid máximo de la
democracia, el defensor de la libertad del mundo, el luchador
infatigable contra la tiranía sistematizada” [10].
NOTAS:
[1] Ministerio de Relaciones
Exteriores, oficina de partes, oficios dirigidos Ministerios
Agricultura, Defensa Nacional, Educación Pública (tomo VIII, 1941).
Oficio 3466. M. Ruiz a barón Von Schoen, 24 de mayo de 1941.
[2] Eslora 98,9m, manga 14,33m, calado máximo 8,53 metros.
Tenía un desplazamiento a toda carga de 8.389 toneladas métricas.
Superficie de velas, oficiosa, más de 3.000 m2. Dos motores
auxiliares diesel para entrada y salida de puerto. A toda vela y con
buen viento alcanzaba 14 nudos (Rodrigo Fuenzalida Bade: “Fragata
LAUTARO”, en “Vigía”, revista de la Armada de Chile, Nº 21, febrero
de 1987).
[3] Bundesarchiv Militärarchiv. Acta PRIWALL 1941.
[4] Ministerio de Relaciones Exteriores. Oficio confidencial
205/12 del 22 de abril de 1941, de la Embajada de Chile en Río de
Janeiro al ministro.
[5] “El PRIWALL es ahora chileno”, en La Semana
Internacional, Página Militar, Nº 1008 del 21 de junio de 1941.
[6] Juan de Luigi, “Prólogo” a Stewart, Valdés, Urrutia,
García Valenzuela, Donoso Núñez: La Segunda Guerra Mundial 1939 –
1945.
[7] “Nuestra portada. Fragata LAUTARO”, en Revista de Marina,
vol. 101, Nº 760, Valparaíso, 1984; F.G.: “Incendio de la fragata
LAUTARO”, en El Mercurio de Valparaíso (Nuestro Mar), 24 de febrero
de 1984; “La Fragata LAUTARO”, en El Mercurio de Valparaíso (
Nuestro Mar), 22 de febrero de 1985; “Fragata LAUTARO”, en Vigía,
revista de la Armada de Chile, Nº 129, marzo de 1996.
[8] “Para mejorar la ventilación de la cámara de oficiales,
el segundo comandante autorizó abrir un boquete en la parte de la
cachimba de ventilación que atravesaba el departamento y, al
utilizar el soplete, las esquirlas calientes cayeron en el interior
introduciéndose por el tubo superior de esa cachimba. Con el salitre
ensacado que había en ese recinto se produjo la combustión y ésta se
convirtió en incendio…”, Rodrigo Fuenzalida Bade: “Fragata LAUTARO”,
en Vigía, revista de la Armada de Chile, Nº 21, febrero de 1987.
Rodrigo Fuenzalida B. no nombra la fuente de su información.
[9] R. Fuenzalida Bade, ebda.
[10] “Franklin D. Roosevelt”, en Revista de Marina, año LIX,
Valparaíso, marzo y abril de 1945, Nº 525. En el mismo número se
publican “La gran tragedia”, rindiendo homenaje a las 19 víctimas
del incendio, y “Los funerales de las víctimas de la LAUTARO”,
destacando los esfuerzos fraternales interamericanos de peruanos,
estadounidenses y argentinos que participaron en el rescate.
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EL INCENDIO DE LA FRAGATA
LAUTARO
Navegando en la fragata Lautaro,
el 28 de febrero de 1945, L=14º
25’ Sur y G=82º 00’ Weste, a las
11:05 horas, se da la alarma de “incendio
en la bodega de proa”, en circunstancias
que se estaba afirmando barlovento,
pues se acababa de dar la vela.
La reacción general fue rápida y enérgica y a los pocos instantes se encontraban alrededor de la escotilla casi todos los elementos contra incendio
con que el buque contaba: mangueras, extintores de mano, botellas y
baldes de agua madre que habíamos embarcado en Tocopilla.
Encontrándome en el puente volante
del combés, el 2º Comandante ordenó
abrir los cuarteles de la escotilla de la
bodega Nº 1, y al hacerlo se comprobó
que en el interior de la bodega no existía
el menor indicio de fuego, ni siquiera
olor a humo.
Al bajar el 2º Comandante a la
bodega, seguido de la gente allí reunida,
en la mayor parte voluntarios, solicitó
linternas y me ordenó personalmente
que fuese a buscar la mía. Acudí en el
acto al departamento de guardiamarinas,
regresando a la escotilla para bajar a la
bodega con la linterna y cooperar en lo
que fuese necesario como ayudante del
2º Comandante.
Al intentar descender por la escala
de la escotilla, un hombre desde el interior me solicitó baldes con agua madre, pues había empezado salir humo desde
el interior. Al pasar hacia abajo el balde
solicitado, vi una enorme llamarada y
una densa humareda que salió desde
el rincón de popa babor de la bodega y
rápidamente lo envolvió todo.
Comprendiendo la gravedad de la
situación y lo innecesario que sería bajar
a la bodega, activé la colocación de escalas y cabos para facilitar la evacuación de
la gente que se encontraba en el interior
de la bodega, salida que cada segundo se hizo más desesperada, debido a
la violencia de las llamas y a los gases tóxicos
desprendidos del salitre.
Junto con el guardiamarina Jorge Skarmeta nos cupo la misión de rescatar
3 hombres que asomaron de la inmensa hoguera en que se convirtió la
bodega. A un cuarto hombre lo tuvimos en nuestras manos, pero debido a
los resbaloso de su cuerpo a causa de las graves quemaduras que tenía,
no pudimos asirlo por ningún medio. Cayó al fondo de la bodega a pesar
de nuestros inhumanos esfuerzos por salvarlo. Abajo se oían los más
terribles gritos de dolor y desesperación y era tristemente doloroso para
nosotros no tener ningún medio para auxiliarlos.
Esperamos unos minutos al borde
de la escotilla tan cerca como permitía el
calor de las llamas; pero viendo que allí
no quedaba nada por hacer me dirigí a
popa por la banda de babor.
En el puente, ya el humo y las llamas
silbaban como un soplete al salir con inmensa presión por la trágica
cachimba de ventilación de la bodega. Traté de introducir una manguera
con toda la presión de agua que daba la bomba, pero la fuerza de los
gases la lanzó lejos.
Al oír en ese preciso instante, la orden del comandante de “¡Abandonar
el buque!”, continué hacia popa donde ya se trabajaba para echar los
botes al agua. Con mi cortaplumas que casualmente tenía en el bolsillo,
fue posible cortar las brazas de babor del mayor de popa, para facilitar
la arriada del motor de madera.
Encontrándose el comandante en toldilla, se le propuso la idea de
bracear el aparejo del palo mayor de proa, para detener el buque sin
necesidad de aproarlo al viento y para impedir el sofocamiento del
personal al salir el humo hacia popa. Con su autorización, reuní unos 8
hombres y tratamos de hacer girar los carros de braceo, lo que fue
imposible debido a que el arraigado y maniobra de la amura de la mayor
no era posible alcanzar, por estar esa parte del buque totalmente en
llamas.
Regresando a toldilla, cooperé en la arriada de la chalupa tinglada,
donde nuevamente el cortaplumas sirvió para cortar las tiras, por
haberse enredado en el molinete de maniobra. Se apreció una vez más la
utilidad y necesidad del cuchillo marinero, que muy pocos tenían.
En esos momentos, todo el puente estaba en llamas y el buque tiritaba
convulsivamente como anunciando una explosión.
Me encontré en toldilla con el subteniente Eduardo Allen, compañero de
curso mío, y después de cambiar algunas ideas, estuvimos de acuerdo en
que lo más razonable era abandonar el buque, pues ya no quedaba
nada por hacer a bordo y existía el peligro inminente de la explosión de
los estanque de petróleo.
Después de sacarnos los zapatos para poder nadar mejor, nos descolgamos
por una de las brazas cortadas, lentamente, para no sufrir lesiones por
golpes contra numerosos objetos y pedazos de madera que flotaban por
todas partes.
El agua estaba tibia y agradable, pero nos hacía recordar que era la
temperatura preferida de los tiburones, y que ante ese verdadero festín,
no tardarían en aparecer. Afortunadamente, no se tuvo noticias de ellos.
No podría precisar cuánto tiempo estuve en el agua, no fue mucho. Tuve
la suerte de ser recogido por el motor grande, al cual se transbordó
poco después el comandante desde la chalupa.
A bordo del motor, me di cuenta que tenía una quemadura en la mano
derecha y que al descolgarme, la herida se había abierto, por lo que me
vi obligado a hacer una venda con un pedazo del pañuelo.
Habiendo una buena cantidad de petróleo en los estanques, se procedió a
poner en marcha el motor y dar algunas vueltas alrededor del buque que
ya ardía totalmente, excepto una parte de la toldilla.

Comprobando que ya no quedaba nadie a
bordo, pusimos proa a la inmensa reguera de náufragos que había dejado
el buque, desde que se ordenó su abandono, hasta su detención al
quemarse todo el trapo. Era una columna de unas cuatro millas de largo.
Durante esta travesía, y a medida, que nos encontrábamos con los grupos
que se habían formado, notamos la ausencia de los que siempre más se
caracterizaban: Capitán García, Teniente Navarro, Teniente Frodden,
etc., y fue precisamente en esos momentos cuando comprendimos realmente
la gravedad y magnitud de la catástrofe de la que habíamos sido actores
y testigos.
Encontramos en el trayecto dos heridos graves (los que habíamos sacado
de la bodega) que se izaron a bordo envolviéndose con mantas y
dejándolos totalmente inmóviles, pues no contábamos con ninguna clase de
medicamentos. El médico, que también se encontraba en nuestra
embarcación, había sufrido una profunda herida en ambas manos, al
descolgarse violentamente por una de las brazas.
Serían más o menos las 18:00 horas cuando llegamos al fin de la columna,
es decir, a los primeros que habían abandonado el buque y se encontraban
en una situación desesperada por no tener esperanzas de ayuda, debido a
la gran distancia que se encontraba de ellos el casco humeante, único
punto de referencia visible a la distancia.
Casi al final, encontramos flotando el cadáver del marinero Alex
Cornejo, que se lanzó al agua en su desesperación al salir ardiendo de
la bodega. Su cuerpo, y especialmente su rostro, estaban totalmente
desfigurados.
Debiendo remolcar hasta el casco a una gran número de hombres que
flotaban tomados de tablones y puertas, fue imposible rescatar el
cadáver.
Con un largo remolque, de más de 30 hombres, emprendimos el regreso al
casco, donde llegamos alrededor de las 20:00 horas.
Se contaba con las siguientes embarcaciones: un bote a motor grande de
madera, en buen estado, con capacidad para 35 personas, y en el cual
permanecimos 72 hombres durante 36 horas; un bote a motor salvavidas
metálico, sin baterías, con capacidad para 25 personas, en el que
permanecimos 45 hombres; una chalupa tinglada, en mal estado, por estar
ese día en reparaciones con capacidad para 25 personas -habían 40 en
ella- y dos balsas salvavidas de estructura metálica y forradas con
corcho, en cada una de las cuales había 18 personas. Las dos mejores
embarcaciones salvavidas metálicas y el motor de oficiales, se perdieron
en el incendio.
En total, había aproximadamente 190 hombres en las embarcaciones y 30
flotando en el agua, tomados de maderas sueltas y protegidos por sus
respectivos salvavidas de corcho. A propósito de esos salvavidas, hubo
muchos heridos en el cuello por saltar desde la borda con ellos puestos.
El remolque humano fue entregado a las otras embarcaciones y con el
motor emprendimos una ronda ordenando que todo el mundo tratara de
acercarse al casco a una distancia prudente, pues el incendio a bordo
continuaba con toda violencia y todavía se esperaban explosiones de los
estanques de petróleo y de la santabárbara.
Dimos varias vueltas alrededor del casco y comprobamos que ardía desde
el bauprés a la toldilla, por ambas bandas. El palo mayor de proa,
fundido en su fogonadura, cayó como a las 17:00 horas quebrando el
mastelero del mayor de popa. El palo quedó colgando de las burdas y
obenques por la banda de estribor, lo que provocó una escora del casco
de unos 10º a esa banda.
Durante toda la noche nos mantuvimos a remo para economizar petróleo y
distante unos 300 metros del casco, no sin gran esfuerzo, pues se
levantó viento que además de hacer abatir la embarcación, hizo bajar
considerablemente la temperatura ambiente.
El marullo levantado por el viento aumentaba las molestias, pues al
romper la ola contra la borda, mojaba el interior contribuyendo a un
mayor descenso de la temperatura. Después se ideó colocar un collar de
salvavidas de corcho alrededor de la borda, con lo que se logró evitar
las salpicaduras.
Aproximadamente a las 02:00 horas del 1 de marzo, comenzaron a hacer
explosión las cargas antisubmarinas ubicadas en las chilleras de los
cañones de 47 mm. Una extraña casualidad hizo que las explosiones fueran
exactamente 21.
Con la aurora, el viento amainó y el oleaje suavizó, pasando lentamente
del frío de la noche al calor sofocante del día.
La toldilla había terminado de quemarse y empezaron los preparativos
para subir a bordo.
En esos momentos se produjo otro hecho, producto sin duda de la
casualidad, pero que nos llenó a todos los presentes de intensa emoción.
El pabellón nacional, que hasta ese momento estaba intacto, izado en lo
más alto del pico de mesana, descendió lentamente hasta media asta,
donde permaneció como en señal de duelo, cerca de un minuto, para seguir
arriándose hasta quedar enredado en la botavara.
Continuando con los intentos para subir a bordo, un contramaestre con
algunos hombres alcanzaron a tomarse de varias brazas cortadas que
afortunadamente no se habían quemado. Lograron subir a pulso y después
de más de una hora pudieron fabricar una escala de gatos con algunos
cabos que milagrosamente encontraron intactos y las cabillas que aún
estaban calientes.
Por esta escala de gatos subieron a bordo uno 15 hombres, casi la
mayoría de los que no estaban en las embarcaciones. En el departamento
de motores encontraron un poco de agua dulce, de la refrigeración de los
generadores. Trataron de abrir el frigorífico, pero fue imposible por
las deformaciones de la puerta debido al calor.
En esas circunstancias, y aproximadamente a las 09:30 horas del 1 de
marzo, apareció por el Este un pequeño punto negro que muy pronto se
convirtió en la alentadora silueta de un avión Catalina. Su primera
intención fue amarizar, pero debido a la mar boba, no le fue posible
hacerlo. Comenzó entonces a explorar los alrededores del casco y viendo
la falta apremiante de embarcaciones, lanzó desde baja altura una balsa
de goma que al contacto con el agua quedó automáticamente inflada. Con
el motor la remolcamos hasta el grupo más numeroso de los que
permanecían en el agua. Esta balsa, construida según especificaciones
para cuatro personas, soportó perfectamente 14, más un herido que se
acomodó en el fondo de la parte central. El Catalina continuó sobrevolando los
restos del naufragio hasta cerca de las 13:00 horas, sin duda para
obtener una mejor latitud por meridiana.
Antes de regresar a su base, pasó a baja altura y lanzó un mensaje
dentro de una lata de bencina, en que decía que había establecido
comunicación con un buque situado a 110 millas de distancia de nosotros
y que se acercaba a toda velocidad. Nos deseaba buena suerte y firmaba,
festivamente, “El Gringo”.
El sol quemaba ya con todas sus fuerzas y hasta el momento no habíamos
probado una gota de agua. La sed se dejaba sentir y alguien dijo haber
leído que colocándose un botón en la boca, producía salivación y
aminoraba la sed. Este consejo se puso en práctica y se comprobó que
realmente surtía buenos efectos.
Dada la seguridad de auxilio que nos comunicó el avión, se procedió a
repartir una botella de agua dulce, a la cual se le agregó un poco de
“chica”. Esta botella de menos de un litro, fue repartida entre los 72
hombres que estábamos en la embarcación de lo que se puede deducir la
cantidad que nos correspondió a cada uno. Sólo sirvió para remojar un
poco los labios que ya empezaban a sentirse resecos y ardientes.
El resto de la mañana y esa tarde, más o menos hasta las 17:00 horas, se
empleó en continuar los esfuerzos para obtener agua dulce a bordo o
abrir la puerta del frigorífico. A la hora antes indicada, comenzó a
quemarse el pañol de pinturas produciéndose un denso y sofocante humo
blanco que obligó a abandonar el buque. Hubo hombres que debieron
lanzarse por la borda y nadar para no sufrir asfixia a causa de esos
gases. El humo duró poco y ya al atardecer fue posible subir de nuevo a
bordo.
Los botes y balsas se mantuvieron casi toda la tarde por la popa del
casco, tomados en serie, y el primero unido al casco por un alambre de
la antena que casualmente colgaba por la popa.
Alrededor de las 21:00 horas, se levantó una brisa del norte que fue
paulatinamente en aumento, refrescando hasta alcanzar fuerza 3 a 4. Las
molestias por las salpicaduras de las olas disminuyo con el collar de
salvavidas que colocamos alrededor de la borda.
Comenzaron también los chubascos y los que nos mojábamos con las olas
recibimos, además, el agua de la lluvia.
Serían más o menos las 21:30 horas del jueves 1 de marzo de 1945, cuando
con entusiasmo oímos vivas gritados por el personal que estaba a bordo
del casco. El motivo de su alegría era el avistamiento de una luz en el
horizonte, hacia el SE y que se trataba, sin duda, del buque anunciado
por el catalina. Se procedió entonces a lanzar uno de los tres cohetes
que quedaban en los botes. Su dispositivo no funcionó correctamente y a
pesar de que la mezcla luminosa encendió, por falla del paracaídas fue
muy poco visible.
En esos instantes comenzó a llover intensamente y disminuyó mucho la
visibilidad, perdiéndose de vista la luz, hasta cerca de las 22:15
horas, en que se vio mucho más cerca, distinguiéndose sus luces verde y
roja de posición. Repentinamente el buque cambió su rumbo, alejándose,
lo que lógicamente produjo gran inquietud y ansiedad, sobre todo en el
personal que se encontraba a bordo del casco todavía humeante.
Cabe hacer notar que el casco, aunque continuaba incendiándose, no era
un punto de referencia para el buque que se acercaba, ya que no era
posible ver las llamas desde el exterior.
En vista de este acontecimiento inesperado, se ordenó disparar el
penúltimo cohete de señales, el que funcionó muy bien y tuvimos la
seguridad de haber sido vistos, pues el buque continuó su caída y
nuevamente nos puso proa, al mismo tiempo que hacía señales de luces que
fueron contestadas con nuestras linternas, entre las cuales estaba la
que me había salvado la vida.
Con la seguridad completa de nuestro
rescate, procedimos a abrir algunos tarros de conserva que teníamos en
el bote y que habíamos guardado para el último momento. Este bocado fue
muy bien recibido, pues no habíamos probado alimento desde el día
anterior, al desayuno, o sea, unas 40 horas.
A medida que el buque se acercaba, se fue distinguiendo su enorme
silueta y sus bien iluminadas cubiertas. Encontrándose ya a poca
distancia, pusimos el motor en marcha con el petróleo que quedaba y
arrumbamos a la escala real que había arriado para recibirnos.
Este acercamiento fue para todos de vibrante emoción. No sabíamos de qué
buque se trataba; creímos, al principio, que se trataba del Rancagua,
pero al estar más cerca, vimos izada en el asta de mar la bandera
argentina. Casi al mismo tiempo pudimos leer en grandes letras blancas
en sus costados el nombre de nuestro salvador:
Río Jachal.
Seríamos recogidos por el barco más grande y más cómodo que surcaba las
aguas del Pacífico Sur. Nuestra alegría no tenía límites.
Al estar a pocos metros de distancia, vimos como todos los pasajeros se
agrupaban curiosos en la borda. Al atracar a la escala real, se oían
gritos de alegría, gritos de aliento y sonoros vivas para Chile y para
Argentina. Esta fue una de esas escenas que quedan grabadas en bronce en
la memoria de los hombres, y en esos instantes sentíamos la extraña
sensación de tener “los pelos de punta”.
Atracado el motor a la escala, empezó el desembarco poco después de las
23:00 horas, y en perfecto orden de antigüedad, conforme a Ordenanza.
Arriba, en el portalón, fuimos cariñosamente recibidos con nuevas
palabras de aliento y con un buen vaso de aguardiente para el frío.Fue necesario solicitar ayuda para subir a los heridos y algunas mantas
para el personal que había perdido toda su ropa.
Terminado el desembarco, se envió el motor a buscar al personal que se
encontraba a bordo del casco. Una a una fueron atracando las
embarcaciones y las balsas. A medida que llegaba el personal, fue
formando por divisiones, a sotavento, y una vez todos a bordo, se pasó
lista para establecer definitivamente las bajas. Los heridos fueron
llevados directamente a la enfermería y se pasó una lista con el nombre
de todos ellos.
El silencio y la sorda emoción que reinaba en esos momentos es algo
difícil de describir. Sólo se oía el zumbido del viento y el ruido del
mar.
Me cupo, como ayudante del 2º Comandante, recibir las relaciones de las
divisiones y ser, por lo tanto, el primero en confeccionar la lista
total de las bajas. Se estableció que ascendían a 20, entre los que
figuraban 7 oficiales: Capitán García, Tenientes Navarro y Frodden y
Guardiamarinas Ossandón, Paul, Ugalde y Barahona.
Esta lista fue enviada inmediatamente por radio a la Comandancia en Jefe
de la Armada de Chile.
A continuación, pasamos a los comedores,
oficiales, suboficiales y sargentos al de primera clase y el personal de
chompa al de segunda clase. Extraño era el espectáculo que presenciaron
los pasajeros del Río Jachal esa noche, al ver el lujoso comedor ocupado
por hombres barbudos, descalzos y semidesnudos. La comida especial que
nos habían preparado consistió en una sopa de crema y un plato de carne,
papas doradas, ensaladas de verdura, grandes jarros de agua fría, pan y
cigarrillos. Terminada la cena, que casi nadie pudo comer íntegra, por una curiosa
falta de apetito, pasamos a la enfermería para un examen médico general.
La mayor parte de las heridas fueron las producidas por el sol. También
hubo afecciones a la piel por estar mucho tiempo en el agua
especialmente los pies.
Casos de quemadura por fuego, aparte del personal que salió de la bodega
y que ya estaba hospitalizado, hubo muy pocos, entre los que figuré yo
con una leve quemadura en la mano derecha.
A medida que se efectuaban las curaciones, los oficiales del buque iban
dando alojamiento a los que estaban listos. Tuve suerte de que me tocara
la atención del 2º sobrecargo, quien gentilmente y en un gesto muy
humanitario, me cedió su excelente camarote con toda clase de
comodidades. Me acosté cerca de las 3 de la mañana del viernes 2 de
marzo. Por más de una hora traté de conciliar el sueño, pero apenas
cerraba los ojos, venía a mi mente una visión dantesca de fuego, humo y
llamas, oyendo los gritos más espantosos de sufrimiento y dolor. El
cansancio terminó por vencerme y tuve un reponedor descanso.
El Río Jachal permaneció toda la noche sobre las máquinas a corta
distancia del casco aún humeante. Temprano, en la mañana, llegó el vapor
peruano Ucayali, para cooperar al salvamento de lo que quedaba del
velero.
Después de transbordarse al mencionado buque el Comandante con su
ayudante y el ingeniero de cargo el Río Jachal zarpó alrededor de las
09:00 horas con rumbo al Callao. A bordo del Río Jachal nos informamos de que nuestro primer cohete fue
visto por un pilotín, y que el brusco cambio de rumbo fue con el objeto
de examinar unos restos náufragos encontrados al aproximarse.
A medida que nos alejábamos con 15 nudos del Río Jachal, se perdía en el
horizonte la antes gallarda silueta de nuestra Lautaro, trasformada,
ahora en una masa informe de hierros ennegrecidos por el fuego; de su
altiva arboladura sólo quedaba el mesana, y su bauprés impertérrito,
indicaba siempre horizonte y cielo, símbolos eternos de los ideales de
los hombres de mar. Al terminar este relato, quiero expresar mi sincero agradecimiento al
capitán, oficiales y tripulantes del Río Jachal, por todas las
atenciones y gentiles cuidados que nos ofrecieron en tan difíciles
momentos.
Igualmente, deseo agradecer a la Armada peruana su hospitalidad en el
cómodo casino del Arsenal Naval del Callao, y las atenciones recibidas
por parte de los oficiales peruanos que convivieron esos días con
nosotros.
Finalmente, y para ser justo, debo reconocer que el comportamiento de
nuestros compañeros de armas que nos fueron a buscar en el BMS Araucano
fue inmejorable, y en todo momento comprendieron nuestro estado de ánimo
y trataron de hacernos lo más agradable posible nuestro regreso a la
patria. |
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CAUSAS DEL INCENDIO Y
PÉRDIDA FINAL
DE LA FRAGATA LAUTARO.
Hugo Alsina Calderón *

Este trágico accidente ocurrió
mientras el mundo se encontraba
en plena Segunda Guerra Mundial y en circunstancias que la nave
transportaba un gran cargamento de
salitre ensacado, desde los puertos del
norte de Chile hasta San Francisco de
California. Como el salitre era considerado por los países del Eje contrabando
de guerra y como Chile era considerado
como enemigo por el Japón, existieron
muchas suposiciones de que habría sido
un acto de sabotaje o una acción directa
del enemigo. La verdad es que no ocurrió
nada de eso y, sencillamente se trató de
un lamentable accidente derivado del
encadenamiento de diversos acontecimientos aislados.
En efecto, la causa directa fue la
necesidad de mejorar la ventilación de la
cámara de oficiales, recordando que en
esa época no era conocido el aire acondicionado a bordo de nuestros buques.
Para ello se planeó practicar un orificio
en la ventilación de los departamentos
inferiores por medio de un corte de
plancha con soplete de oxiacetileno. Se
efectuaron varias reuniones de estudio
entre el 2º Comandante, el Ingeniero de
Cargo, el Oficial a cargo del sector y el
oxigenista que el caso requería.
La causa remota fue que los planos
del buque hechos por el astillero que
reparó y reacondicionó el buque en
Oakland, el año 1943, cometió un error
al trazar el perfi l del tubo de ventilación,
que nace en una cachimba de cubierta y
que llega hasta el pañol de cantina, casi
en la cala del buque. El astillero norteamericano dibujó el tubo recto y de un
diámetro uniforme a través de las tres
cubiertas, en circunstancias de que en el
plano original alemán, y en la realidad,
este tubo tenía dos diámetros diferentes,
uno desde la cubierta principal hasta el
entrepuente de la bodega 1, y otro desde
este entrepuente hasta el pañol de cantina. Lo anterior significó la existencia de
un anillo de ventilación en el entrepuente
de la bodega, hecho que no pudo ser
considerado al planificar el trabajo, por
usar el nuevo plano norteamericano en
el cual no aparece este detalle, y además,
porque al revisar el lugar del trabajo no
fue posible apreciar este anillo de ventilación porque la bodega estaba cargada,
cerrada y oscura. Todos los elementos
de incendio fueron derivados al pañol de
cantina, donde cayeron la mayor parte
de las chispas producidas por el corte
con soplete. Lo que no se pudo detectar
a tiempo, fue que también cayeron chispas por el anillo de ventilación
del entrepuente de la bodega uno, donde había
una buena cantidad de salitre ensacado,
siendo esta la causa real del incendio.
La tercera causa necesaria para que
se consumara la tragedia, fue que el
buque prácticamente no contaba con elementos eficaces para combatir un
incendio, sólo había un par de mangueras de poco diámetro, algunos
extintores antiguos y un gran depósito de “agua madre”, usada en las
salitreras para apagar incendios de salitrones.
Alrededor de las 11 de la mañana, cuando el mayordomo de la cámara de
oficiales sintió un extraño olor a quemado y dio la alarma, la primera
medida fue acertada, cerrar todo herméticamente para ahogar el fuego y
dirigirse al puerto más cercano, que era Pisco en el Perú, travesía que
demoraría unos dos días de navegación. Ello implicaba modificar el
itinerario del viaje o suspenderlo, en circunstancias que el ligero
olorcillo a quemado no era todavía un síntoma grave.
Se decidió explorar
primero para determinar la magnitud de la alarma. Por el tubo de
ventilación no salía humo, sólo un olor muy débil a pitilla quemada. Se
decidió entonces levantar el encerado de la bodega 1 y ver si salía humo
u olor. No había nada. Se levantó entonces un cuartel para permitir la
entrada de una persona. Todo normal. Bajó primero el Capitán García,
seguido del Teniente Navarro y del suscrito. No había humo ni olor. El
Capitán García se volvió hacia mi y me dijo que fuera a buscar mi
linterna porque todo estaba muy oscuro. Siguió bajando a la bodega con
más personal, unos 7 u 8 en total. Al regresar con la linterna e
intentar bajar a la bodega, se produjo la deflagración violenta, tal
como cuando se enciende una cantidad de pólvora negra al aire, grandes,
grandes llamas y humo negro asfixiante.
Junto con el Guardiamarina Skarmeta logramos sacar a tres hombres ardiendo de la bodega y un cuarto
no lo pudimos sujetar y cayó al fondo dando terribles gritos de dolor.
Hecho un análisis posterior del accidente, se determinó que el incendio
de todas maneras habría estallado con fuerza antes de llegar a puerto
debido a que el salitre iba ensacado y el yute del saco habría entregado
la cantidad de oxígeno necesaria para activar el fuego. Es decir, en
ningún caso el fuego podría haber sido ahogado, incluso manteniendo
herméticamente cerradas todas las escotillas.
Una vez rescatados los 200 sobrevivientes por el vapor argentino Río
Jachal, llegó al lugar del suceso el vapor peruano Ucayali y
posteriormente un remolcador que se encargaría de remolcar el casco
ennegrecido a puerto.
El Comandante con el Ingeniero de Cargo y una
pequeña partida de rescate, se embarcaron en el Ucayali para recuperar
los restos humanos del incendio y dirigir la maniobra de remolque. El
trabajo del remolcador fue muy duro porque era necesario abordar el
casco del Lautaro para hacer firme el remolque, cuya maniobra debía
efectuar lentamente porque el casco tenía una fuerte escora a estribor
debido a que los tres palos de proa, trinquete, mayor proel y mayor popel, estaban caídos y colgando de los obenques por la
borda de estribor, ofreciendo una fuerte resistencia al avance.
Al día
siguiente de iniciado el remolque, arreció el viento del SW levantando
una fuerte marejada que comenzó a inundar el casco vacío, hasta que
llegó el momento en que su hundimiento era inminente. El remolcador
debió cortar rápidamente el remolque para no ser arrastrado por el
hundimiento de un casco mucho mayor. No hubo forma de evitar su
hundimiento, pues el estado del tiempo no permitió instalar bombas de
achique y además, fue una forma más digna de morir, en atención a que de
haber salvado la situación, habría quedado como un viejo pontón
carbonero en algún ignorado puerto del sur.
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