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El Conflicto Colombo Peruano tuvo
una decisiva influencia en la definitiva formación y en el desarrollo de
la Armada de Colombia. Su efecto se vio, no sólo en la acelerada
adquisición de material naval, sino en que puso de presente al país, en
especial al gobierno, la importancia de mantener una fuerza naval
permanente, organizada, preparada y debidamente ubicada, situación que
no existía. Organización, personal y material son factores que deben
crecer juntos y difícilmente pueden improvisarse. Tal como lo demuestra
la historia, el elemento buque, el cañón, la máquina, la estructura
logística, son muy importantes y en una emergencia son relativamente
fáciles de adquirir, pero si no tienen tras de sí al hombre, al
tripulante, al oficial que lo opera con mística, con calor, con
sabiduría, que les hace tomar vida infundiéndoles su interés en una
causa, entonces el frío material no deja de ser lo que sencillamente es.
Colombia carecía de tripulaciones, material y organización. En la mejor
forma trató de solucionar este problema y gracias al entusiasmo de sus
dirigentes políticos y militares y al fervor patriótico que despertaron
los acontecimientos sucedidos en Leticia, pudo organizar, adquirir y
tripular en tiempo mínimo una fuerza naval y fluvial que fue factor
decisivo en la solución favorable del conflicto en su aspecto bélico,
con su presencia, operaciones fluviales y transporte de la fuerza
terrestre hacia el teatro de guerra.
Aunque las acciones se centralizaron en el aspecto fluvial, dado que
este era el único medio de transporte y ubicación en la zona de
conflicto, también se planteó y solucionó el aspecto marítimo, con la
adquisición, por primera vez, de dos poderosos destructores que fueron
base y principio real de nuestro moderno poder naval. El conflicto en sí
se desarrolló en plena selva amazónica, donde las únicas vías de
transporte y de vida son los ríos. Sobre sus riberas están las
poblaciones y los puntos estratégicos militares y comerciales. Ellos,
los gigantescos, desconocidos y misteriosos ríos, fueron las vías sobre
las que se desarrollaron las principales acciones y en ellos las Fuerzas
Militares escribieron páginas valiosas, que reafirmaron la necesidad y
la importancia de una marina de guerra, especializada y altamente
técnica en la difícil misión de velar por la soberanía patria en las
agitadas aguas de los mares y en las silenciosas y enigmáticas de los
ríos.
RECUENTO HISTÓRICO
Observando el mapa del mundo con miras a un análisis geopolítico y
económico, Colombia, con sus gigantescas costas pacífica y atlántica y
sus caudalosos ríos que la enmarcan al Sur y al Oriente, debería tener
gran vocación y desarrollo marinero. Sin embargo, es solamente en el
decenio de los treinta cuando, tímidamente, descubrimos el valor de
nuestra posición geográfica y sus demandas sobre el desarrollo del poder
marítimo.

La poca importancia que se dio a nuestro desarrollo marinero, puede
tener su explicación en la misma configuración geográfica de nuestro
territorio, que encerró en medio de remotas montañas y lejanos valles el
centro político, cultural y económico del país. No fue esencial mirar al
mar, pues dentro de los Andes se encontraba todo, recursos, riquezas,
alimentos y hasta campos de batalla que permitieron las guerras
internas. Así, cada vez que la marina surgía y cumplía su misión, se
cubría de gloria, pero volvía a desaparecer. Las sucesivas apariciones
de nuestra Armada se pueden recordar así:
En 1822, mediante decreto No. 086 del 28 de julio, el general Francisco
de Paula Santander crea la Escuela Náutica en Cartagena, nombrando como
Director al capitán de navío Rafael Tono. Sus planes eran ambiciosos con
miras a una expedición marítima que proyectara su poder hacia Cuba,
México, Argentina. Esta época gloriosa de nuestra historia marítima está
marcada por la presencia de José Prudencio Padilla, el héroe que nace en
Riohacha en 1784 y luego de una vasta experiencia marinera en la Armada
Española, adelanta en Colombia la campaña que sellaría en el mar nuestra
independencia, con su épica culminación en el triunfo del Lago de
Maracaibo el 24 de julio de 1823.
Infortunadamente, el impulso de la Escuela Náutica fundada por el
general Santander va decayendo y durante la administración del general
Tomás Cipriano de Mosquera, por decreto del 25 de noviembre de 1843, se
suprimen las Fuerzas Navales, los buques se desartillan, se convierten
en mercantes o se dan de baja.
Sin embargo, el alma marinera de nuestro pueblo sigue latente, y en
1860, al reorganizarse la Universidad de Cartagena, aparece la Escuela
Náutica como una de sus dependencias. En 1869 aún subsiste pero, a pesar
de ello, la falta de buques, de oficiales especializados y en particular
de voluntad política hacen que este nuevo esfuerzo se diluya y
desaparezca.
Un nuevo renacer se presenta cuando el general Rafael Reyes, por medio
del decreto 793 del 6 de julio de 1907, crea la Escuela Naval Nacional,
que inicia sus actividades a bordo del vapor MARROQUÍN que, junto con
los cruceros PINZÓN y CARTAGENA y los cañoneros HÉRCULES y BOYACÁ,
constituían la marina de guerra de la época. Fue nombrado director de la
naciente escuela el teniente Alberto Asmussen de la Armada de Chile y
como subdirector el señor Guillermo Holguín Lloreda. Esta nueva etapa
termina en febrero de 1910. De los 34 aspirantes iniciales, sólo se
gradúan ocho. La Escuela Naval se clausura, los buques se traspasan a la
gobernación de Bolívar y luego son vendidos.
Los oficiales graduados se encuentran sin buques y un nuevo intento de
tener marina de guerra organizada se pierde, alejando a Colombia del
poder marítimo. Algunos oficiales viajan a especializarse a Chile y
España y, posteriormente, alcanzan a prestar sus servicios en el año de
1932 y 1933, durante el desarrollo del Conflicto Colombo Peruano. Fueron
ellos: Pablo Emilio Nieto, Luis María Galindo, Virgilio Mastrodoménico,
Mario Caicedo Camacho y Froilán Valenzuela.
PRIMERAS UNIDADES
Durante la presidencia del general Pedro Nel Ospina, en el año de 1925,
se adquirieron tres guardacostas para el Ministerio de Hacienda y fueron
asignados al servicio de aduanas. Su construcción se realizó en Francia
en los astilleros “Chartiers et Atteliers” de Saint-Nazaire y fueron
bautizados con los nombres de PICHINCHA, CARABOBO y JUNÍN.
Estas pequeñas y nobles unidades tenían las siguientes características:
* Desplazamiento 120 toneladas.
* Eslora 30.48 metros.
* Manga 6.29 metros.
* Potencia 300 caballos.
* Velocidad máxima 13 nudos.
* Tripulación 2 oficiales 35 tripulantes.
* Armamento 1 cañón de 75 mm. a proa.
* 1 cañón de 37 mm a popa.
Estas unidades, posteriormente, fueron transferidas al Ministerio de
Guerra para atender las necesidades del conflicto. De las tres le
correspondió al PICHINCHA viajar a los ríos del Sur y tomar parte
destacada en las operaciones fluviales realizadas en el teatro
amazónico. Mientras tanto, la situación interna del país se va
complicando para la época, especialmente por problemas laborales en el
río Magdalena, arteria principal de las comunicaciones del país. Esta
situación comenzó a preocupar al gobierno y fue así como en uso de las
autorizaciones concedidas por la ley 51 de 1925, se decretó un crédito
extraordinario para la adquisición de algunos cañoneros fluviales, con
el fin de controlar el orden público del área.
En el año de 1929, y en principio, se escogieron las propuestas de tres
astilleros constructores y se recomendó al presidente de la república
adquirir un cañonero a cada uno de ellos. Esta recomendación
afortunadamente no tuvo curso, ante controversias de orden comercial que
se presentaron al elaborar los contratos y se optó por tomar contacto
con un gobierno extranjero, en este caso Inglaterra, y hacer la
adquisición por intermedio del mismo. Fue así como el encargado de
negocios de Colombia en Londres, Alejandro Michelsen, firmó el 31 de
agosto de 1929, el contrato respectivo con los astilleros de la Yarrow
para construir tres cañoneros. En este contrato se describen las
características de las tres unidades, su costo (195.000 dólares
americanos por unidad), la participación del Almirantazgo Británico en
la inspección de la construcción y, entre otras condiciones más, se
especifica la forma en que los cañoneros desarmados deberían ser
empacados, enviados a Barranquilla y armados en esa ciudad, situación
esta que posteriormente se cambió en forma que los cañoneros llegaron a
Puerto Colombia navegando por sí mismos. Esta adquisición tomó especial
importancia puesto que para el año de 1928, la Flotilla Fluvial de
Guerra que existía con dependencia del Ejército Nacional, únicamente
estaba constituida por los cañoneros HÉRCULES y COLOMBIA, los que en el
río Magdalena prestaban sus servicios militares de patrulla y
vigilancia, además del transporte de correo y pasajeros. Según decreto
446 de 1930, se creó el puesto de Comandante de Flotilla Fluvial de
Guerra que sería servido por un oficial del grado de coronel.
El PRESIDENTE MOSQUERA era un buque de río de propulsión a rueda. Llegó
desarmado a Puerto Colombia destinado a otro país. Allí, después de un
tiempo de abandono, fue adquirido por el gobierno colombiano y armado en
Barranquilla, siendo bautizado Cañonero COLOMBIA, nombre que
posteriormente fue cambiado por PRESIDENTE MOSQUERA. Su desplazamiento
era de 200 toneladas, eslora de 150 pies, manga 35 pies, calado 3 1/2
pies, armamento dos cañones de 37 mm. Su tripulación, según decreto
consistía en un Comandante de grado teniente coronel y 29 tripulantes;
además llevaba una guarnición militar compuesta por un oficial, cinco
suboficiales y 16 soldados.
Después de intenso uso durante muchos años en el río Magdalena, fue
llevado a Cartagena donde prestaba algunos limitados servicios
portuarios. Una noche, estando acoderado a un destructor, y por errores
de operación durante la maniobra de toma de agua, se hundió, siendo
necesaria una complicada faena posterior para remover sus restos del
área cercana al muelle. En cuanto a la otra unidad, el vapor HÉRCULES
(mercante adaptado como cañonero) el día 16 de junio de 1928, en viaje
regular entre Barranquilla y La Dorada, cerca a la pequeña población de
Sitionuevo, sufrió un grave siniestro , posiblemente por causa de su
caldera o por alguna carga explosiva que transportaba, lo que originó en
pocos minutos la pérdida de la nave y la muerte de 42 personas,
incluyendo a su comandante el coronel Jesús Aranguren.
Este grave incidente y la difícil situación que por problemas de orden
público se registraba en el Magdalena Medio, facilitaron la adquisición
y aceleraron la traída de los tres cañoneros construidos en los
astilleros Yarrow de Glasgow Inglaterra, mencionados anteriormente, y
que fueron llamados CARTAGENA, BARRANQUILLA y SANTA MARTA, gloriosas
unidades que habrían de definir, en gran parte, el futuro Conflicto
Colombo Peruano.

Estas unidades tenían las siguientes características:
* Desplazamiento 142 toneladas.
* Eslora 41.9 metros.
* Manga 7.16 metros.
* Calado proa 3 pies.
* Calado popa 4 pies.
* Máquinas 2 semidiesel de 300 caballos cada una.
* Velocidad 10 nudos.
* Tripulación 2 oficiales, 32 tripulantes.
* Armamento 2 cañones de 75 mm. Bofors.
* 1 cañón antiaéreo de 20 mm, Oerlikon.
* 4 ametralladoras Vickers de 7 mm.
Los tres cañoneros llegaron a Puerto Colombia desde Inglaterra por sus
propias máquinas tras 24 días de navegación. Su tripulación inglesa, una
vez traídos los buques y tras una corta etapa de instrucción, los
entregó en el río Magdalena, donde poco después pasaron a ser
operativos. Al tener estas unidades en el río Magdalena, por medio del
decreto 1131 de 1930 se organizó la Flotilla Fluvial de Guerra del río
Magdalena constituida, además de los tres cañoneros nuevos, por el
COLOMBIA que, a partir de este mismo decreto, se llamaría PRESIDENTE
MOSQUERA. La flotilla dependería directamente del Ministerio de Guerra y
su misión sería garantizar el orden público. Su comandante debería ser
un coronel o general de brigada. En los ríos Amazonas y Putumayo, el
Ministerio de Industrias poseía desde 1928 dos buques transporte, el
NARIÑO y la lancha HUILA. Ambas unidades prestaron sus servicios a la
colonización militar, pasando al Ministerio de Guerra en septiembre de
1932. El vapor NARIÑO fue adquirido en Manaos en 1928 para la labor de
colonización del Putumayo y Amazonas. Su desplazamiento era de 140
toneladas, no tenía armamento y su tripulación consistía de 24 personas.
Fue comandado al principio por el señor Abel Calderón y posteriormente
por el subteniente de nuestro Ejército Alfonso Pinzón Forero. Su
desempeño inicial, transportando la comisión encargada de tomar posesión
de los territorios delimitados por el Tratado Lozano-Salomón, su
posterior labor de patrullaje y control en el área de Leticia y su
misión de transporte durante el conflicto, lo llevaron a prestar
servicios valiosos en el control del área fluvial del Sur. Mediante
decreto 631 de 1933, fue trasladado del Ministerio de Industrias al de
Guerra, anexándolo a la Flotilla del Amazonas.

Cartagena en 1930
La lancha HUILA fue adquirida en época cercana a 1919, en Manaos y,
junto con el Nariño, asignada al proceso de colonización del Putumayo y
el Amazonas. Tenía un desplazamiento de 80 toneladas, su capitán era el
señor Francisco Vargas y durante el conflicto sirvió como unidad de
transporte. Mediante decreto 1289 de 1932 se integró a la Flotilla del
Amazonas.
PODER NAVAL
Afortunadamente, en agosto de 1931 y ante los informes que llegaron al
alto gobierno de la situación en los ríos del Sur, se ordenó el traslado
de los cañoneros CARTAGENA y SANTA MARTA de Santa Cruz en el río
Magdalena a Caucaya en el Putumayo. Esta misión de por sí es una página
destacada en nuestra historia marinera; para cumplirla fueron designados
el mayor José Dolores Solano, el teniente Hernando Mora Angueyra, el
subteniente Luis Baquero y un pequeño grupo de suboficiales y soldados
del Ejército quienes, con interés y empeño ejemplar, se convirtieron en
hábiles marineros y futuros comandantes y tripulantes operativos en los
ríos de la Amazonia.
Los dos cañoneros se llevaron a Barranquilla, donde se adaptaron para
realizar la navegación en alta mar teniendo en cuenta que eran unidades
fluviales. Se les quitó la cofa y se les adaptó una falsa proa, entre
otras modificaciones, y así zarparon a Cartagena vía Canal del Dique. De
allí salieron rumbo al Amazonas el 29 de octubre de 1931. Hasta allí los
acompañaron los oficiales ingleses que habían sido contratados por el
gobierno para asesorar esta difícil misión. Se recuerda al capitán
Todovan, Comandante del Cartagena, y al capitán Domes, Comandante del
Santa Marta. Por medio del decreto 1389 de 1931 y para su viaje al
Putumayo, se asignó una partida de gastos por valor de 2.440 pesos para
alimentación, lavado y peluquería, y 1.000 pesos para aprovisionamiento
en el Amazonas. De Belén del Pará zarparon a Manaos donde fueron
revisados y nuevamente acondicionados para su misión fluvial.
Su travesía continuó y llegaron a Caucayá, donde establecieron su base
principal. La presencia de estas dos poderosas naves en el alto
Putumayo, fue decisiva en la estrategia que prosiguió en acción después
de la toma de Tarapacá. Hallándose los cañoneros CARTAGENA y SANTA MARTA
en el Putumayo, el gobierno reorganizó sus fuerzas fluviales mediante el
decreto 1507 del 31 de agosto de 1931, creando dos flotillas, la del
Putumayo con las dos unidades mencionadas y la del Magdalena con el
BARRANQUILLA y el MOSQUERA.
Asimismo, mediante decreto 1546 de 1931, se llamó al servicio activo al
teniente primero de navío Luis M. Galindo y se le destinó como
comandante de cañonero en la flotilla del Amazonas y, por decreto 1623
de 1931, se reconocieron los estudios adelantados en Chile por el
oficial Froilán Valenzuela Urueña y se le ascendió al grado de teniente
primero de navío.
Con el fin de incrementar la navegación de los dos cañoneros del río
Magdalena y rebajar los gastos del Estado en transporte de personal y
carga, se expidió el decreto 450 de 1932, que amplió la misión de los
cañoneros BARRANQUILLA y MOSQUERA con el transporte gratuito de personas
y material del Ministerio de Guerra y el de transporte de empleados
públicos y elementos oficiales según tarifas e itinerarios fijos.
En cuanto a los cañoneros del río Putumayo, mediante decreto 1093 de
1932, se les asignó a cada uno una partida mensual de 10 pesos para aseo
de armamento, y para combustible 400 pesos.
FUERZA NAVAL AL ESTALLAR
EL CONFLICTO
Para septiembre de 1932, la fuerza naval de Colombia, reorganizada
últimamente por el decreto 1289 del 29 de julio de 1932, se reducía a
dos excelentes cañoneros en el alto Putumayo (CARTAGENA y SANTA MARTA) y
a dos cañoneros en el río Magdalena (BARRANQUILLA y MOSQUERA). Estos
últimos, bajo comando del capitán Carlos Pinzón Azuero, fueron llevados
a Barranquilla y reparados. Para un país cruzado por ríos navegables y
circundado de mares, país que veía venir un serio conflicto de límites,
sus recursos humanos y materiales en el área naval eran, pues, en
extremo limitados.
ADQUISICIONES NAVALES
La administración del presidente Enrique Olaya Herrera, respaldada por
la movilización ejemplar de todo el país ante los sucesos de Leticia,
organizó la defensa nacional dotando al Ejército de lo posible para que
cumpliera su misión.
Parte muy importante de la formación de la fuerza naval que debería
atender el conflicto, se debe al general Alfredo Vásquez Cobo. Desde su
cargo de ministro plenipotenciario en Francia, recomendó al presidente,
el 14 de septiembre de 1932, la adquisición de buques de guerra capaces
de enfrentar al enemigo en el Teatro del Amazonas. Esta recomendación
obedecía a un plan militar que bosquejó este gran colombiano en donde
aseguraba que “Al dominar el agua se triunfaría en tierra”. El plan
propuesto fue consultado al doctor Eduardo Santos en París, quien envió
un mensaje al presidente Enrique Olaya Herrera el 1 de octubre de 1932,
el cual, en uno de sus párrafos, dice: “Proyecto Vásquez Cobo para el
Amazonas paréceme espléndido, tal como él piénsalo, pero es preciso
realizarlo sin ahorrar ninguno de los elementos que garanticen rotundo
éxito. Suplico al gobierno aceptar opción propuesta para cruceros
españoles y estudiar la conveniencia de comprarlos. Yo no vacilaría en
destinar los millones del empréstito a adquirir una decisiva
superioridad marítima y fluvial para hacer respetar nuestra integridad
territorial sin necesidad de intervenciones ajenas”. Como se observa,
dos grandes hombres, políticos y grandes conocedores de Colombia y del
complicado manejo de las relaciones internacionales, reconocen lo que
Colombia no había desarrollado hasta entonces.
El gobierno central, consciente del realismo de los conceptos expuestos
por el doctor Eduardo Santos y por el general Vásquez Cobo, se vale del
segundo para adelantar diligencias por medio de la embajada en España,
para adquirir en ese país dos unidades modernas tipo crucero, una de
ellas de 9.000 toneladas. Si estas dos poderosas unidades se hubieran
adquirido, la historia de nuestra marina hubiera sido bien diferente. Su
presencia hubiera exigido grandes esfuerzos en formación de personal,
medios técnicos y logísticos que, sin lugar a dudas, se habrían
realizado, con lo cual nuestra Armada hubiera tenido otro punto de
partida.
Infortunadamente, por razones diplomáticas, de costo y en razón de que
el gobierno nacional aún no veía urgente la necesidad del poder
marítimo, se concentró en el desarrollo del poder fluvial amazónico, lo
que impidió esta adquisición. Algunos consejeros recomendaron al
gobierno nacional que la protección de la costa pacífica ante un posible
ataque marítimo, se podría hacer con defensa aérea, error de apreciación
y desconocimiento no sólo del área sino de las limitaciones de la
naciente aviación disponible. En todo caso, la acertada recomendación
del general Vásquez Cobo de adquirir dos cruceros, ya fuera para el
conflicto reducido o ante la posible complicación de una guerra total,
fue descartada. Insistentemente se buscaron otros buques de guerra, se
tomaron contactos con España, Estonia e Inglaterra, pero las diligencias
fallaron ya fuera por falta de tripulaciones propias, por maniobras
diplomáticas de otros países interesados o por tratados internacionales
vigentes. A pesar de lo anterior, se siguió adelante con el plan de
llegar al área del conflicto con otras unidades más pequeñas, y así se
tomó contacto con los astilleros franceses de Saint-Nazaire de la
Société des Chartiers et Atteliers, los mismos que habían construido los
tres guardacostas en uso en Colombia, y quienes propusieron la
readaptación de dos buques construidos como unidades de guerra, que
habían sido convertidos en buques mercantes, y así nacieron el MOSQUERA
y el CÓRDOVA.
Se compró el buque de pasajeros DIXIMUDE construido en 1919, antiguo
sembrador de minas alemán llamado GRILL, de 600 toneladas, eslora 58
metros, manga 7.50 metros y sus dos calderas podían quemar carbón o
leña. Fue armado con cuatro cañones franceses de 75 mm, seis
ametralladoras pesadas y diez livianas, todas con su correspondiente
munición. Su autonomía era de 2.000 millas, por lo que fue necesario
llevarlo desde Francia hasta Belén del Pará remolcado. Esta unidad se
llamó CÓRDOVA y, después de su destacada participación en las
operaciones fluviales del conflicto, fue llevada a Cartagena, donde
prácticamente fue abandonada, deteriorándose irreversiblemente, por lo
cual terminó usada como blanco de artillería de los destructores CALDAS
y ANTIOQUIA, siendo hundida frente a Cartagena el 11 de junio de 1937.
Este evento fue filmado por los hermanos Acevedo, pioneros del cine en
Colombia.
Se consiguió, además, un buque inglés llamado ROYAL HIGHLANDER de 1.700
toneladas. Su caldera, al igual que el Diximude, podía quemar carbón y
leña. Este buque había sido construido como crucero auxiliar de guerra y
por ello fue fácilmente reacondicionado, siendo armado con dos cañones
de 75 mm, dos ametralladoras antiaéreas y diez livianas, todos ellos con
su dotación de munición. Esta unidad se llamó MOSQUERA y viajó por sus
propios medios a Belén del Pará, tripulada por cuarenta y dos marineros
franceses.
Después del conflicto, este buque viajó a Cartagena y, años después,
encalló frente a la punta del Castillo Grande, donde aún se puede ver
parte de su casco sobresaliendo de las olas. Los trabajos de astilleros
de estas dos unidades se adelantaron aceleradamente, así como la
consecución del personal extranjero que tripularía las unidades. En
cuanto al delicado aspecto del comando de la expedición, debe recordarse
el gesto patriótico del general Vásquez Cobo de llevarla personalmente
hasta el Amazonas, ofrecimiento que fue aceptado por el presidente Olaya
Herrera.
Mientras se conformaban y llegaban las expediciones que venían de Europa
y de Colombia, fue necesario acudir a otros medios disponibles en el
área amazónica para poder transportar y movilizar el personal y la carga
que llegaba del interior del país vía Puerto Asís y vía Florencia. En el
río Putumayo se emplearon con excelente rendimiento tres lanchas, cuyos
nombres aparecen en las memorias de las operaciones logísticas del
conflicto, fueron:
La lancha HUAYNA CAPAC y lancha SINCHI ROCA, de bandera peruana, y
pertenecían a la firma Israel de Iquitos y; según documento de la
Legación Británica en Bogotá, de fecha enero 12 de 1933, el jefe de
dicha firma era un “Súbdito británico, en realidad el Anglo South
American Bank, por intermedio de su sucursal en Iquitos”,quien tenía a
su favor una prenda o empeño sobre esas lanchas. El gobierno de
Colombia, puesto que no pudo comprarlas, pagó por su arriendo la suma de
$ 12.093.90 y $ 8.431.21 respectivamente, hasta el día 3 de julio de
1933.
La HUAYNA CAPAC tenía 39 toneladas de registro y remolcaba la Chata
BOLÍVAR de 40 toneladas. Su capitán era el señor M. R. Cossio. Operó al
mando del teniente colombiano José María Chávez. La SINCHI ROCA tenía 48
toneladas de registro, su capitán era Ponciano Sánchez y su armador
Julio Delgado; operó al mando del teniente colombiano Alfonso Pinzón
Forero. La lancha EMITA, de bandera brasileña y 20 toneladas de
registro, pertenecía a don León Deoz, quien la arrendó al gobierno
colombiano por 644 pesos mensuales. Se usó en el transporte entre Puerto
Asís y Caucaya, incluso remolcando canoas. Esta lancha estuvo al
servicio de Colombia hasta principios del mes de abril de 1933, cuando
el dueño de la lancha solicitó terminar el contrato. El 20 de abril
zarpó hacia Brasil y, aproximadamente a 100 kilómetros abajo de Caucaya,
fue atacada por aviones del Perú, que produjeron la muerte del
tripulante Manuel Mello e hirieron a otros tres tripulantes. La lancha
regresó a Caucaya para ser reparada y atender a los heridos. Esta
situación originó la correspondiente reclamación.
TRANSPORTE EN EL CAQUETÁ
Gran cantidad de hombres y provisiones que eran enviados a la zona del
conflicto desde el interior del país, llegaban por tierra por la vía
Gigante-Florencia; desde allí se llevaban a Venecia, donde eran
embarcados en grandes balsas hechas de troncos y, con la ayuda de un
grupo sacrificado de bogas, eran conducidas a favor de la corriente
hasta el río Caquetá y de allí a La Tagua, pequeño caserío ubicado en el
punto más cercano de este río a Caucaya, en el río Putumayo.
El traslado terrestre a este último puerto se hacía a lo largo de 21
kilómetros de selva, muy difíciles por la contextura pantanosa y fangosa
del terreno.
Debe recordarse que todo llegaba prácticamente del interior del país,
incluyendo el combustible para los cañoneros que venía en latas de cinco
galones. Este tren logístico exigió mucho sacrificio, tanto en el
transporte de balsas por el río como en el desplazamiento terrestre que
se hacía en recuas de mulas, nobles animales que ayudaron
significativamente a esta dura labor.
OTRAS ADQUISICIONES
NAVALES
En Manaos, Brasil, y ante los sucesos de Leticia, se buscó en 1933 la
posibilidad de adquirir unidades a flote que, por estar en el área,
pudieran atender las necesidades de las tropas. Fue así como se negoció
con la compañía inglesa Madeira Mamore Rollway la adquisición de un
buque llamado BARBOSA, que pasó a ser el Bogotá y cuyo principal objeto
fue remolcar la nave hospital YAMARY. Su eslora era de 68.9 metros,
manga 7,16 metros, calado en proa 8 pies y en popa 12. Su comandante,
Virgilio Mastrodoménico, lo reporta como un buque económico, ya que “de
Belén del Pará a Manaos sólo consumió 80 toneladas de carbón y 32.000
astillas de leña”. Fue armado con un cañón en proa calibre .88 K5 Krupp,
dos cañones calibre 75 mm y dos ametralladoras dobles antiaéreas de 13
mm. Se adquirió también en Manaos el YAMARY, unidad sin propulsión
propia, que se destinó como buque hospital. Tenía para ello 75 camas,
laboratorio, sala de operaciones, cuatro médicos y además elementos que
lo hacían muy útil para su función. Su desplazamiento era de 300
toneladas, con una eslora de 46 metros y manga de 10,5 metros. Esta
unidad, después de prestar excelentes servicios en Tarapacá y Leguízamo,
se hundió junto a la Base de Leguízamo, donde aún se ve su proa
apuntando al cielo.
A medida que la adquisición de material de guerra para defender el área
amazónica se iba concretando, el gobierno nacional principió a
preocuparse por la situación de las costas marítimas, especialmente
teniendo en cuenta la disponibilidad de medios que para esa acción tenía
Perú, con sus unidades a flote tipo crucero. Al respecto, con fecha 7 de
octubre, el gobierno pidió a su embajada en París la cotización de
cuatro cañones de 150 milímetros para defensa de sus costas. El general
Vásquez Cobo, ante esta solicitud y con una gran visión táctica, explicó
lo complicado de la instalación y movilidad de esta clase de armamento
pesado en tierra y sugirió comprar un buque español llamado EDUARDO
DATO, cuyos “cañones serán la mejor defensa movible de nuestras costas”.
A pesar de lo avanzado de las diligencias para adquirir esta unidad, al
fin no se pudieron concretar, por haberse interpuesto la diplomacia
peruana, invocando la neutralidad de España. Como dato curioso el
EDUARDO DATO fue hundido por el crucero Almirante Cervera en la guerra
civil española de 1936-1939.
Para defender a Buenaventura se contrataron finalmente dos cañones de
126 mm. con 500 proyectiles, que fueron llevados por un coronel de
Artillería, quien durante tres meses los instaló y enseñó su operación a
personal colombiano. En París, mientras tanto, y gracias a la patriótica
actividad del general Vásquez Cobo, se terminaron de alistar los buques
CÓRDOVA y MOSQUERA, los cuales, en alto grado de equipamiento, zarparon
rumbo al Amazonas, ambos con tripulaciones francesas. El CÓRDOVA lo hizo
el 9 de noviembre a órdenes de Camilo Vásquez Carrizosa, hijo del
general Vásquez Cobo, recientemente graduado de ingeniero civil.
El MOSQUERA zarpó de El Havre el 2 de diciembre rumbo a Belén del Pará.
Su demora se debió a que le fueron instalados dos cañones Krupp de 88
mm.
La expedición que zarpó de Europa rumbo al Amazonas, constituida por
estos dos buques, venía al mando del general Vásquez Cobo, a quien el
presidente de la república le asignó el cargo de “General Comandante de
la Expedición”.
Ante la necesidad de transportar por vía marítima tropa a la zona del
conflicto, se compró en Nueva York a la Columbian Line un buque llamado
BRIDGETOWN, construido en Inglaterra, al que se le cambió el nombre por
el de BOYACÁ. Esta unidad viajó a Colombia y allí embarcó 700 hombres
que, a órdenes del general Efraín Rojas, zarparon rumbo a Belén del Pará,
junto con el PICHINCHA y el cañonero BARRANQUILLA, unidad exclusivamente
fluvial, que al navegar en alta mar sufrió varios daños que lo obligaron
a entrar a Curazao a reparaciones; después siguió en forma independiente
a reunirse en el río Amazonas con el resto de la flota.
El día 21 de diciembre el MOSQUERA llega a Belén del Pará y fondea junto
al CÓRDOVA, que ya había llegado. Ambos esperan al Destacamento del
Amazonas que venía de Puerto Colombia.
El BOYACÁ y el PICHINCHA llegan el día 28 de diciembre; el Barranquilla
al mando del capitán Pablo E. Nieto, en razón de los serios problemas de
navegación en alta mar, fue autorizado para regresar a Colombia. Sin
embargo, su comandante y tripulación siguieron adelante y, tras una
recalada de emergencia en Curazao, llegaron el 14 de enero a Belén del
Pará y prosiguieron río arriba hasta reunirse con el resto de la flota
el 8 de febrero en las bocas del Putumayo.
Tenemos pues que el día 21 de diciembre de 1932 se reúnen en Belén del
Pará, la llamada “Expedición Punitiva” al mando del general Alfredo
Vásquez Cobo y el Destacamento del Amazonas al mando del general Efraín
Rojas. Constaba en total de 791 personas y para ese momento, de cuatro
buques: MOSQUERA, CÓRDOVA, BOYACÁ y PICHINCHA. Ante una duda sobre los
aspectos de comando, el presidente de la república define claramente que
el mando supremo corresponde al general Vásquez Cobo, que así continúa
dirigiendo las operaciones de la expedición con el mando militar, civil,
fiscal y diplomático de toda la fuerza.
MIRANDO HACIA EL MAR
A medida que los esfuerzos del gobierno del presidente Olaya fueron
cubriendo las primeras necesidades para atender el conflicto en la zona
amazónica, se siguió insistiendo, ahora con mayor empeño, en lograr
dotar al país de material naval que pudiera defender las costas
oceánicas del Pacífico y del Atlántico. A pesar de haber fallado las
tentativas de adquirir unidades de guerra en varios países, se siguió
insistiendo y, en afortunado momento, se iniciaron con el gobierno de
Portugal las diligencias para adquirir dos modernos destructores, de
cinco que las firmas Vickers Armstrong y Yarrow Company estaban
construyendo en Lisboa para ese país. Las dos unidades tenían los
nombres de DOURO y TAJO (Duero y Tajo), y aunque en un principio hubo
reacciones contrarias a su venta, ésta se logró culminar con gran
diplomacia y habilidad. Gracias a ella Colombia tuvo a su servicio dos
excelentes buques que, con su poder de fuego, velocidad de 36 nudos y
características marineras, le dieron la fuerza necesaria para hacer
respetar sus mares y para iniciar una Armada basada en excelente
tecnología. Las dos nuevas unidades fueron bautizadas ANTIOQUIA (ex-Duero)
y CALDAS (ex-Tajo) y estaban dotadas del siguiente armamento: cuatro
cañones Vickers de 120 milímetros, tres piezas antiaéreas de 40
milímetros, dos torres lanzatorpedos Weymouth y rieles para lanzamiento
de cargas de profundidad.
Para recibirlos, el gobierno nacional nombró una comisión integrada por
el capitán Eduardo Bonitto, el mayor Hernando Mora Angueyra, el coronel
Régulo Gaitán y dos ingenieros. Los buques, después de exitosas pruebas
en aguas portuguesas, y tripulados por 25 oficiales y 231 suboficiales
de la reserva naval inglesa, zarparon para Colombia, a donde arribaron
el 14 de mayo de 1934, dirigiéndose posteriormente al océano Pacífico,
iniciando el 24 de mayo la presencia del poder naval colombiano en esas
vastas aguas. Durante muchos años estas dos unidades fueron la columna
vertebral de nuestra fuerza naval. En ellas la tripulación inglesa fue
enseñando y entrenando a nuestros marineros y junto con su tecnología
fueron entregando, como valiosa herencia, su mística marinera, sus
tradiciones y cultura profesional. La presencia de los destructores
ANTIOQUÍA y CALDAS en la Marina colombiana marca una página valiosa, que
nos enfrentó a la necesidad de organizar y crear una institución naval
acorde con las necesidades del país y, sobre todo, a la inaplazable
tarea de formar hombres propios para tripular sus naves. Tarea esta que
se concretó posteriormente con la fundación de la Escuela de Grumetes,
de acuerdo con el decreto 853 del 20 de abril de 1934, a bordo del
transporte BOYACÁ, dirigida por el capitán de navío alemán Erich Ritcher
y con la decisión del presidente Alfonso López de “llamar a exámenes al
personal de aspirantes para cadetes y oficiales navales” (decreto 224 de
1934), y de nombrar a un selecto grupo de representantes de las
diferentes regiones del país como cadetes de la Escuela Naval (decreto
712 de 1935). Así nació la tercera Escuela Naval, bajo la sabia
dirección del capitán de navío Ralph D. Binney, de la Real Armada
Inglesa, y a bordo del buque escuela CÚCUTA se inició la tan necesaria
formación de personal naval colombiano.
REFUERZOS MARÍTIMOS
Solucionadas las primeras necesidades bélicas y conformada ya en las
aguas del río Amazonas la primera expedición llamada Punitiva a órdenes
del general Vásquez Cobo, se continuó la labor de adquirir material
naval, tanto armado como de transporte, pensando en la necesidad de
reforzar las operaciones para una posible toma militar de Leticia. Fue
así como ingresaron a nuestra flota las siguientes unidades:
*Cañonero BOGOTÁ: comprado en Francia. Era un antiguo siembraminas
alemán de nombre HELIGOLAND, parecido al Córdova. Su armamento consistía
en un cañón Krupp en proa de 88 mm, dos cañones de 75 mm franceses, y
dos ametralladoras dobles antiaéreas de 13,2 mm. Según inspección pasada
a su arribo, la unidad era “fuerte y muy bien dotada para combatir”.
Esta unidad zarpa con tripulación francesa y llega a Belén del Pará el
24 de febrero de 1933, donde su tripulación original es reemplazada por
personal colombiano a las órdenes del capitán Virgilio Mastrodoménico.
Su primera labor fue hacer una serie de reparaciones urgentes al buque y
aprovisionarlo para su viaje hacia Colombia río arriba, una vez llegara
el cañonero Sucre, que venía navegando hacia ese mismo destino.
*Cañonero MARISCAL SUCRE: Antiguo yate llamado FLYING FOX. Fue adquirido
en los Estados Unidos por el general (r) Carlos Cortés Vargas, quien se
embarcó como su primer comandante. Fue armado con dos cañones de 75 mm,
una ametralladora antiaérea y cuatro ametralladoras pesadas. Esta
unidad, muy rápida pero de poca estabilidad, zarpa directamente de
Estados Unidos hacia la desembocadura del río Amazonas a finales del mes
de enero, recala en Puerto España, Trinidad, el 16 de febrero, en
Cayena, Guayana Francesa, el 12 de marzo, y llegan a Belén del Pará el 5
de marzo de 1933. El día 7 de marzo, el presidente de la república
nombra al general Cortés Vargas como Inspector de la Flotilla Fluvial
(con carácter civil) y lo autoriza para seguir embarcado en el MARISCAL
SUCRE, dejando definido que el general Efraín Rojas sigue al mando de la
Expedición. Esta unidad prosiguió posteriormente su ruta aguas arriba
para reunirse, junto con el BOGOTÁ, a la Expedición Punitiva.

Mariscal Sucre, ex Flying Fox
*Transporte CÚCUTA: Esta unidad tuvo un profundo significado en la
Armada colombiana, pues en ella surgieron los primeros oficiales de
nuestra nueva era. Fue adquirido bajo la idea de conformar una segunda
expedición que reforzara el poder bélico del país ante una eventual
recuperación militar de Leticia. Construido en 1913, tenía una capacidad
de carga de 6.500 toneladas y un desplazamiento máximo cercano a las
12.000 toneladas. Su eslora era de 128 metros, manga 16 metros y calado
máximo de 8 metros, velocidad de crucero de 10 nudos. Inicialmente se
llamó CROFTON HALL y posteriormente su nombre fue cambiado por
COMMERCIAL TRAVELER con bandera norteamericana. Gracias a la diligencia
de Antonio María Pradilla, agente comercial del Ministerio de Guerra en
Nueva York, se negoció la compra del buque en forma rápida y ventajosa
para Colombia. Para solucionar las posibles demoras que el gobierno
norteamericano podría poner a la venta directa al gobierno colombiano,
el buque fue vendido al señor Pradilla, quien inmediatamente se lo
vendió a Colombia. Su costo fue de 120.000 dólares.
El buque fue recibido oficialmente el día 2 de mayo de 1934 y bautizado
con el nombre de CÚCUTA, quedando bajo bandera colombiana. Su
tripulación al mando del capitán J.R. Hodges, consistía de 34 hombres,
todos ellos extranjeros. El 3 de mayo zarpó hacia Puerto Colombia, a
donde arribó el 11 de mayo. En ese puerto se embarcó el Batallón CAMILO
TORRES, aguerrida unidad que había sido previamente entrenada para
combate en la selva. El CÚCUTA zarpó junto con un buque alquilado a la
United Fruit Company, al cual se le puso el nombre de CIUDAD DE PASTO y
el buque tanque CABIMAS, que arribaron a Belén del Pará a finales del
mes de mayo, proyectando con su poder la firme decisión de Colombia de
recuperar a Leticia.
En esos mismos días, y como
conjunción de todos los esfuerzos diplomáticos, militares y políticos
del país, se puso fin con el Protocolo de Río de janeiro a tan insólito
enfrentamiento. El CÚCUTA posteriomente llegó a Manaos, transbordó la
carga que transportaba y regresó a Colombia para, meses después, viajar
a Estados Unidos, donde sería acondicionado como buque escuela y
principiaría a entrenar la semilla más valiosa de los primeros oficiales
navales de la nueva marina nacional.
En conclusión, al iniciarse el Conflicto Colombo-Peruano, la marina de
guerra de Colombia estaba reducida a una mínima fuerza fluvial que no
podía en ninguna forma adelantar operaciones bélicas significativas.
Gracias a la visión del presidente de la república y de sus mandos
militares y políticos, así como a la movilización de todo el país en
defensa de su territorio, se pudo adquirir material naval, diseñar una
organización apropiada e improvisar tripulaciones.
Fueron acciones que, afortunadamente, tuvieron éxito gracias a los
factores que se conjugaron, entre ellos la excepcional calidad humana y
méritos de nuestra gente. De ello fueron conscientes nuestros
gobernantes y, previendo una futura situación, se sembró la semilla de
la Armada moderna, de una Escuela Naval plena de mística y tecnología y
de la necesidad de unas unidades a flote, siempre entrenadas y listas
para hacer respetar nuestra sagrada soberanía.
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