Existen todavía acontecimientos sobree nuestro pasado naval sobre Jos
cuales se cierne un gran olvido, cuando no una ignorancia absoluta.
El esfuerzo de algunos cultores de ese pasado, nos ha dado ya a conocer
muchos do tales acontecimientos, permitiéndonos así rendir nuestro
tributo de justicia y admiración a más de un héroe del mar, cuya
actuación se ignoraba hasta entonces. Otros, en cambio, esperan todavía
que la mirada escudriñadora del investigador los saque del humillante
olvido.
Nuestros archivos, junto a su nutrida información en algunos temas,
presentan, en otros, una escasez de documentación como para desalentar
al más paciente investigador. Tal acontece con algunos pasajes del
período de nuestra historia naval conocido por la Guerra del Corso,
notable, sin duda, por el valor y actividad que desplegaron sus
protagonistas. Los que en ella actuaron, desde nuestro Gran Almirante
hasta el último tripulante, supieron casi siempre hacer honor al
pabellón que flameaba orgullosamente al tope de sus mástiles.
El hecho de actuar nuestros corsarios lejos de la Patria torna
dificultosa la tarea de seguir su derrotero a través de los mares.
Muchos se perdieron en las brumas oceánicas sin dejar más que precarias
noticias en crónicas extranjeras, que nos merecen un crédito relativo,
dado la escasa simpatía con que los neutrales — no se diga el adversario
— les miraban y trataban.
Tal es el caso con un episodio en que figuró una goleta que se llamaba
Las Damas Argentinas, de la que sabíamos únicamente que fué apresada por
los ingleses a raíz de haber capturado al bergantín Carraboo o Carabao.
Cualquier investigació seria necesita un punto de partida, en este caso
lo constituía un único documento de nuestro archivo informándonos
indirectamente de su apresamiento. Después, a través de una larga
búsqueda... nada.Hay un refran
popul;ar que los niños y los locos tienen suerte...tambien han de poseer
el suyo los investigadores puescuando el desaliento me imponía la
necesidad de levar ancla para rumbear a pasajes más accesibles, llega
inopinadamente a mis manos una versión extranjera sobre el particular.
De inmediato devoré, más que leí, dicha versión, cuyo texto, en inglés,
me produjo tantos sinsabores como la investigación misma. La primera y
categórica conclusión a que arribé es que el concepto erróneo que sobre
nuestros corsarios gravitaba en los comienzos del pasado siglo, se
perpetúa en el actual, pues el autor de la crónica, un tal C. II.
Snider, trata de piratas, lisa y llanamente, a todos los buques y
tripulaciones amparadas bajo el pabellón de las Repúblicas de Buenos
Aires o de Colombia. Si bien es cierto que tal calificativo se justifica
en el caso que nos ocupa, ello no implica que sea justo englobar a todos
nuestros corsarios y marinos de entonces en el mismo concepto.
Descartado este punto, me habia sido posible comprobar, previa consulta
de libros, documentos y noticias de fuente autorizada, mucho de verdad
en la narración de Mr. Snider, por cuya causa, extractando de ella lo
que suponemos de mayor interés, y con el aporte de fuente nacional que
he logrado compilar, me animo a ofrecer a los lectores del Boletín, la
historia de la goleta Las Damas Argentinas, de su actuación y del
desastroso fin que le cupo a su capitán y a 27 de sus 50 tripulantes
Historia y leyenda.

La isla de Saba es un pequeño volcán
extinguido, en cuyo contorno las grandes profundidades hacen imposible
el fondeo. Sus habitantes viven en la parte interior, o sea el cráter, y
los buques que arriban pairean a sotavento del lugar, allegándose a
ellos los nativos en sus ligeros esquifes. Estos nativos descienden en
mayor parte de habitantes de Escocia y Devon-shire que después de la
guerra de los Estuardos buscaron refugio en posesiones holandesas. Jamás
les atrajo la piratería, y ello resulta asombroso dado que su isla
constituyó durante los siglos 18 y 19 un nido de asociaciones piratescas,
de las que se conservan muchas y extrañas tradiciones.
Aun hoy en día es común escuchar de
labios de los nativos una conseja que — afirman ellos — no es tal sino
un hecho rigurosamente histórico. Refiérese a un antiguo pirata que
mantenía estrechas vinculaciones con los gobernadores y algunos
comerciantes de Saba y San Eustaquio; el tal pirata comandaba una goleta
velera que enarbolaba pabellón holandés cuando tropezaba con barcos de
Su Majestad Británica, y el inglés cuando se cruzaba con embarcaciones
del rey de Holanda. Después de ejercer su profesión con gran provecho
durante largo tiempo, fué desenmascarado y apresado por las autoridades
británicas, las que rápidamente lo juzgaron y ajusticiaron.
La ejecución se llevó a efecto en la rada
de Basseterre, isla de San Cristóbal (que los ingleses llaman Saint
Kitts), cosa que corroboran las autoridades de la misma, y en dicho
lugar, al abrirse en 1916 cimientos para una gran fábrica de azúcar
halláronse numerosos esqueletos, pertenecientes a los infortunatos
piratas. Mr. John Simmons, jefe de correos de Saba, ha narrado en varias
oportunidades con amplitud de detalles esta historia, asegurando poseer
papeles y documentos de la época que atestiguan su rigurosa veracidad.
A raíz de haberse alejado el flamante
Elisabeth of Saba, comenzó a causar extrañeza entre los habitantes de la
isla la atracción que su peñón pasó a ejercer en barcos de todas las
banderas. Lo mismo acontecía en San Eustaquio, donde también llegaron
barcos, deteniéndose a sotavento de Orangetown, puerto de la isla, para
seguir viaje bien pronto, cuando 110 se hundían por averías u otras
causas.
Sólo dos personas conocían perfectamente el motivo de tal atracción;
eran éstos los comerciantes Styles y John Martin (2), agente éste último,
junto con un hermano, de la goleta Elizabeth ex Bolívar. Tales
comerciantes, por lo que se deduce, se encargaban de desembarcar con
premura y sigilo las mer-
A fines del mes de Octubre 1827 se
apareció frente a la isla de Saba una goleta de sospechosa apariencia,
baja y larga, fuerte guinda, pintada de negro. Mantúvose al pairo a
sotavento de la misma, y cuando los isleños se le aproximaron pudieron
comprobar que estaba armada con un largo "32 libras” (el Long Torn de
las historias piratescas) colocado en crujía. En la popa leíase:
“Bolívar-Baltimore” (3).
Entre su tripulacion- unos 50 hombres de las más diversas razas — venía
un personaje conocido de los isleños por su tráfico con los barcos, en
esa isla y en la cercana de San Eustaquio. Este les pidió impusieran de
su presencia al gobernador, el cual se vino desde su residencia al barco,
permaneciendo largas horas en la cámara del comandante. Una vez que hubo
regresado, los nativos libres y esclavos dedicáronse toda la noche a
descargar fardos de mercadería, intercalados con bolsas de azúcar y
café. Al amanecer, cuando el barco se preparaba a partir, los isleños
observaron con la consiguiente sorpresa, que su popa ya no ostentaba el
nombre Bolívar-Baltimore sino el de Elisabeth of Saba. .Por lo visto, el
gobernador de la isla habría efectuado un pingüe negocio mediante el
simple expediente de otorgar al barco un registro holandés, negocio que
por otra parte estaba muy en boga en aquella época.
A raíz de haberse alejado el flamante Elisabeth of Saba, comenzó a
causar extrañeza entre los habitantes de la isla la atracción que su
peñón pasó a ejercer en barcos de todas las banderas. Lo mismo acontecía
en San Eustaquio, donde también llegaron barcos, deteniéndose a
sotavento de Orangetown, puerto de la isla, para seguir viaje bien
pronto, cuando no se hundían por averías u otras causas.
Sólo dos personas conocían perfectamente el motivo de tal atracción;
eran éstos los comerciantes Styles y John Martin (2), agente éste último,
junto con un hermano, de la goleta Elizabeth ex Bolívar. Tales
comerciantes, por lo que se deduce, se encargaban de desembarcar con
premura y sigilo las mercaderías, despachando luego de inmediato los
barcos, siempre que éstos no prefirieran hundirse o estrellarse contra
las rocas. Al acontecer tal cosa, que por lo demás era frecuente, los
escasos tripulantes de las malhadadas naves repetían invariablemente la
misma historia: “viaje terrible. . .; agua en la bodega. ..; venta
forzosa de carga para arbitrar fondos de repación ... y necesidad
de alijar el buque para encontrar la vía de agua...; etc.” Tales
trabajos resultaban siempre estériles;el barco se hundía,
invariablemente en aguas profundas, o bien, rotos los cables, se
destrozaba contra las restingas.
Tales desgracias, maguer su ininterrumpida sucesión, justrificaban hasta
cierto punto la recalada de los barcos; sin embargo los isleños lograron
aclarar el caso de uno de ellos que se deshizo en la forma ya conocida
llevando un curioso cargamento: trozos de rocas volcánicas embalados en
cajones con etiqueta francesa. El gobernador de Saba afectó mostrarse
tan intrigado como sus súbditos, y concluyó por sentar la teoría de que
tal vez fueran geólogos franceses quienes recogieran dichos materíales
con fines de estudio, no pudiendo luego arribar a su patria. Para muchos,
sin embargo, las tales muestras geológic as habían sido embarcadas en
San Eustaquio, de lastre, despues de efectuar sigilosamente el
desembarco de la carga.

A todo esto la Elizabeth volvió en una o
dos oportunidaes a la proximidad de ambas islas sin motivo aparente,
manteniéndose a distancia, y alejándose a las pocas horas. Los isleños
presentían que no era ajena a los siniestros que se produccían
repetidamente en los contornos; más aún, muchos la consideraban como
única causante de los mismos.
Habría de llegar el día en que la verdad quedara en descubierto. El 13
de agosto de 1828 llegó a Saba un barco de regular porte y de
construcción inglesa al parecer; tripulándolo sólo seis hombres, de
habla española y portuguesa, y llevaban a su bordo dos miembros de la
familia Martín, quienes se apersonaron al gobernador. Este envió
enseguida una nota a su colega de San Eustaquio anunciándole otro caso
de salvataje para su jurisdicción. Al siguiente día llegó de la citada
isla un barco con gente para tripularlo y llevárselo. Todo lo que del
citado buque pudieron observar los isleños, es que no presentaba señales
de avería, y que tenía recién pintado en la popa el nombre de Aurora.
El apresamiento.
Los isleños suponían ya que el Aurora constituiría un eslabón más en la
cadena de barcos que iban a terminar allí su existencia, cuando llegó
inopinadamente un buque de guerra Inglés, cuyos 18 cañones amenazaban
disparar sobre el volcán. Era el sloop Víctor, de Jamaica, al mando del
capitán Lloyd. Este desembarcó con un pelotón de marineros y se apersonó
bruscamente al gobernador, el cual emergió de la entrevista visiblemente
preocupado. Apenas embarcado el oficial inglés, el Víctor partió rumbo
al sur.

No cabe duda de que las autoridades
inglesas tenían vehementes sospechas respecto a la conducta del
gobernador de Saba, como así también de su colega, de San Eustaquio,
según veremos, pues no se explicaría en otra forma la actitud, más que
enérgica, ostensiblemente hostil, del capitán Lloyd.
A cuarenta millas del extremo norte de la isla inglesa de San Cristóbal,
el Víctor alcanzó a una goleta larga y pintada de negro que se
balanceada suavemente al impulso de una brisa débil. Situada a
barlovento del barco inglés, no dió mayor importancia a los tres
disparos de aviso que se le hicieron, pero cuando el inglés viró
presentándole la batería de costado lista para disparar, izó enseguida
los colores holandeses, y fingiendo aparentar que recién respondía al
timón, tomó rumbo a San Eustaquio, escoltada por el inglés. Este podía
haberla hundido fácilmente de una andanada, que tal era su intencion en
caso de sospechas pero el pabellón holandés salvó a la. goleta de tal
percance.
Cuando la goleta llegó bajo los cañones de Orangetown, arrió la insignia
holandesa, e izó en su lugar la entonces familiar de la República de
Buenos Aires; cargó luego las velas y fondeó, cosa que imitó su captor.
El capitán Lloyd desembarcó por segunda
vez en esas veinticuatro horas, y tal como lo luciera, en Saba, se
apersonó al gobernador de San Eustaquio, el cual, de resultas de la
entrevista, dejó plena libertad de acción al oficial inglés. Este
embarco parte de su gente en la goleta capturada y tomó rumbo a San
Cristóbal, sin que cañón alguno de Orangetown protestase sobre
neutralidad oficial o jurisdicción territorial.
A lodo esto los isleños de San Eustaquio
daban por sentado que la goleta cautiva era la Elisabeth of Saba, pues
conocían perfectamente sus características y detalles, como así también
a algunos de sus tripulantes que lograron desembarcar e internarse en la
isla a despecho de la vigilancia inglesa; comprobaron sin embargo con
asombro que no era así, ya que ostentaba en la la popa el extraño nombre
de Las Damas Argentinas -sus lenguaraces tradujeron “Argentine Ladies” -
En cuanto a los tripulantes que no
lograron escapar, fueron encadenados a un grillete de cadena de quince
brazas, y en esa forma conducidos a San Cristóbal. El capitán corsario,
José Lázaro Buysan (s), natural de Mallorca, protestó airadamente ante
el capitan Lloyd por el trato cruel de que era objeto su tripulación,
invocando su calidad de corsario de Buenos Aires y exhibiendo, al serlo
exigida, una patente vieja y arrugada que, observada atentamente, se
comprobó datar de febrero 1826 y deber caducar al año (4). Estaba, pues,
18 meses fuera de fecha. El oficial inglés no prestó mayor atención a
las protestas, y el viaje continuó en las mismas condiciones.
El Víctor y su presa anclaron en la bahía de Basseterre, San Cristóbal,
y de inmediato el capitán corsario y 39 tripulantes de Las Damas
Argentinas fueron sometidos a un jurado, bajo acusación de actos de
piratería en alta mar.

El juicio.
El jurado procedió con rapidez y energía, costumbre natural en los
ingleses, interesados ahora en mantener un tráfico regular y tranquilo
en los mares que antes devastaran con sus piratas, y acumuló contra Las
Damas Argentinas tal cantidad de cargos que el fallo, no podía
resultarles benévolo, máxime cuando no disponían de ayuda privada ni de
funcionario alguno del Gobierno bajo cuyo pabellón se amparaban. Por
otra parte los hermanos Martin, que mantenían con ellos estrechos
vínculos comerciales, buscaron únicamente la propia defensa,
desinteresándose por completo de la suerte que pudieran correr sus
representados.
El juicio demostró que la goleta había sido construida en Baltimore,
siendo uno de esos barcos renombrados por su velocidad que se
denominaban clippers. Habíasela bautizado con el nombre de Bolívar y
enviado a Saint Thomas, Antillas danesas, al mando de un oficial de
Quincy, bajo pabellón americano. En esta isla y en algunas adyacentes se
proveyó de una tripulación de 50 a 60 hombres y se procuró, no se sabe
por qué medios, una patente de corsario de la República de Buenos Aires,
en febrero de 1826. Cambió más de una vez de nombres, capitán y registro,
haciéndose presente en ocasiones por las proximidades de Saba y San
Eustaquio, y una vez en Saint Thomas por reparaciones.
Era uno de los tantos barcos — dice el juicio — que operaban con
patentes de Buenos Aires y Colombia, nominalmente contra embarcaciones
españolas y portuguesas, pero en realidad apropiándose de todo lo que
caía a su alcance, sin distinción de banderas; enviábalas a proximidad
de Saba o San Eustaquio, donde los hermanos Martin, con la “buena
voluntad” de los gobernadores, servían de agentes a los piratas y se
encargaban de vender o destruir las presas, previa evacuación de su
mercadería.
Estos piratas, — seguimos con el juicio — hacían figurar sus presas como
derelicts — barcos abandonados al garete — y disponían de su mercadería
no sólo en Saba y San Eustaquio, sino también, aunque en menor escala,
en Saint Martin o San Bartolomé, islas estas dos últimas que estaban
repartidas entre holandeses, franceses y suecos.
Fué el Aurora el que vino a probar los manejos de Las Damas Argentinas.
Cuando arribó a San Eustaquio para ser hundido en la forma usual como
derelict, el comandante de San Cristóbal, cuyas sospechas se iban
robusteciendo, envió a su ayudante a Orangetown, con misión de efectuar
una prolija investigación. Este encontró al Aurora anclado en la rada, y
al revisarle el casco pudo deletrear sin dificultad el nombre de
Carraboo (s) debajo del de Aurora. Este descubrimiento aclaró uno de los
tantos misterior del mar, ya que dicho barco se consideraba perdido,
después de habérsele avistado por última vez meses antes en Gibraltar.
Además supo el ayudante que, cuando el supuesto Aurora ancló en
perdición (in distress) frente a Orangetown, el gobernador de San
Eustaquio constituyó una corte de presas, ordenando que una tercera
parte del cargamento, valuado en unos 140.000 dólares, fuera
desembarcado y depositado como fianza del salvamento. Uno de los
industriosos Martin colaboraba en este negocio.
En conocimiento de tales informaciones, el suspicaz ayudante volvió
inmediatamente a su isla y las puso en conocimiento de su jefe. Y así
fué que, antes de que la referida tercera parte pudiera desembarcarse,
llegó a San Eustaquio el aviso inglés Emulous, que se llevó
expeditivamente al Carraboo con toda su carga a San Cristóbal, arribando
a Basseterre poco después que el Las Damas Argentinas tripulada por
gente del Víctor.
El jurado arribó a la conclusión de que el Las Damas Argentinas,
conjuntamente con otro barco francés, había abordado al Carraboo en las
afueras de Gibraltar, desarmando a sus tripulantes y trasbordándolos a
la propia bodega, excepto oficiales y pasajeros, que gozaron de libertad
en cubierta. El capitán pirata manifestó a los prisioneros que se
incautaba de sus barcos por llevar contrabando y artículos de lujo de
España, y que ambos serían enviados para adjudicación a una corte de
presas. Dos días después, sin embargo, a la vista de las Canarias,
prisioneros y pasajeros fueron embarcados en dos botes con la orden de
dirigirse a Lanzarote, tierra la más cercana.
Justo es mencionar que en la emergencia el comportamiento del capitán
Buysán estuvo muy lejos del espíritu piratesco que se le atribuía. Poco
antes de despachar los botes entregó 20 dólares al capitán Cook del
Carraboo, y 10 al del barco francés. Si bien esta compensación resultaba
pequeña frente a la pérdida de sus barcos, el corsario les manifestó
cordialmente que “les vendría muy bien una vez en tierra”; y añadió
luego a título de despedida: “los piratas no tratan a sus víctimas en
esta forma”.
Pero el jurado, haciendo caso omiso de estos atenuantes, continuó
acumulando cargos y más cargos contra sus desamparados acusados. Se
comprobó que el pirata bahía comenzado sus andanzas apresando a un
falucho español cargado de hierro, concluyéndola con la captura del
Carraboo, a través de una serie de presas de diversas nacionalidades,
entre ellas el barco americano Perú de Nantucket.
La sentencia.
Con estas pruebas, jueces y comisionados de San Cristóbal se expidieron
somera y enérgicamente. Para nada influyó en su ánimo la circunstancia
de que tales piratas no fueran culpables de asesinato o tortura en sus
prisioneros, no pudiéndoseles comprobar siquiera el menor maltrato.
Fueron condenados simplemente, según el veredicto, por convicción de
piratería y por haberse apoderado de barcos y mercaderías sin derecho.
La sentencia, más que un acto de justicia constituyo un ultraje a la
humanidad por la crueldad puesta de manifiesto en la misma.
Dos de los piratas, que hablaban inglés y que se ofrecieron como
testigos de la corona (7), un herrero que al reparar la goleta en Saint
Thomas quedara en deuda con su enganchador y fuera traspasado por 30
dólares a los piratas, dos mozos y cinco marineros embarcados por la
fuerza en las Canarias, fueron perdonados, con la condición de servir
durante diez años en la marina británica con buena conducta; el cocinero
fué dejado en completa libertad por comprobarse que había sido apresado
en un barco portugués. En cuanto a. los demás, fueron condenados a la
pena capital. Uno de ellos, llamado Peter White, manifestó también haber
sido embarcado por la fuerza-; sin embargo, por más que su defensa fué
apoyada por el capitán y muchos compañeros, el tribunal le impuso la
misma pena.
Algunos de los condenados, en las horas que antecedieron a su ejecución,
escribieron largas cartas de despedida a parientes y amigos. Uno de
ellos, apellidado Japoroni, entrególe al capellán de la prisión una
misiva para su madre, tan sentimental que arrancó lágrimas de emoción a
cuantos la leyeron. Otros, la mayoría, huérfanos de afectos y lazos
familiares, se entregaron con verdadera unción a los oficios cristianos,
confesándose todos sin excepción ante el capellán. Algunos se colgaron
del cuello crucifijos y escapularios antes de dirigirse al petíbulo.
Epílogo.
A las cuarenta y ocho horas del fallo, comenzaron a hacerse efectivas
las ejecuciones. El capitán mallorquino José Lázaro Buysan, sus dos
tenientes, de nacionalidad española, y ocho hombres de su tripulación
fueron llevados en dos carretas hasta la punta superior de la bahía que
rodea la. rada de Basseterre — lugar donde Hood venciera a De Grasse en
1782 — y ahorcados simultáneamente. Dos días más tarde otros diez
sufrieron igual suerte; y al siguiente, con el ahorcamiento de los siete
restantes, se dió por satisfecha la vindicta de Su Majestad Británica.
El lugar donde se elevó el patíbulo fué un silencioso bosquecillo de
palmeras, por el cual durante mucho tiempo evitaron transitar los negros
de San Cristóbal, por estar poblado según ellos de “jumbies” (fantasmas).
Fué en dicho lugar donde, al abrirse en 1916 los cimientos para una
fábrica de azúcar, se encontraron los esqueletos de los infortunados
piratas, conjuntamente con algunas reliquias, crucifijos, medallas, etc.
Mientras tanto, el Damas Argentinas, ex-Bolívar, ex-Isábel de Saba,
etc., permanecía anclado en la bahía, frente al patíbulo, con su bandera
a media asta, y, a medida que veintiocho de sus tripulantes pasaban a
las tinieblas de la eternidad, su “32 libras” subrayaba con salvas el
trágico destino de aquéllos.
(1) Conocemos la actuación de un
bergantín Bolívar, el cual no tiene relación alguna con el homónimo del
que nos ocupamos. — E. C.
(2} - Los señores Martin nos son
conocidos. Eran agentes de algunos de nuestros corsarios durante la
guerra con el Brasil. — E. C.
(3)— Este nombre no se menciona en
ninguna de nuestras crónicas navales.
(4)— Ignoramos cómo y por quién obtuvo
Buysan dicha patente de cvorso
(5) — “Carabao" según otros documentos. —
E. C.
(7) — De estos dos "testigos de la
corona" (o sea delatores que se salvaban del castigo denunciando a sus
compañeros) tenemos noticia en un documento relativo a los agentes en
las Antillas suecas y que es al parecer informe de un funcionario del
Almirantazgo a su superior. (Copia facilitada por el cap. de frag. T.
Caillet-Bois). Tal comunicación, fechada en Lancaster el 18 febr.
1829, dice entre otras cosas:
. "De los prisioneros traídos recientemente a Inglaterra en el “Plummer"
podría obtenerse alguna información importante respecto a la conexión
supone existir entre tripulaciones de buques piratas y ciertas personas
en las islas San Eustaquio yv Saba ’. . .
Mas adelante: . . .“Después de examinar los documentos disponibles
relativos a lospiratas por quienes fue capturado el bergantín británico
"Carabao"se desprende que fué capturado por un corsario llamado “Las
Damas Argentinas"cuyos agentes eran dos personas de nombre Martins, que
se diceresiden en San Esutaquio. Por último: “Y como según documentos
disponibles dos de los tripulantes de las Damas Argentinas” (que en
juicio a varios de esa tripulación en San Cristóbal fueron admitidos de
testigos para la Corona) aparecen corno detenidos en esta isla para dar
testimonio contra otros de la tripulación que puedan ser capturados, me
permito sugerir que esas dos personas que podrían acaso añadir alguna
información a la ya disponible en el asunto que implica a los S. S.
Martins". . . etc. — Fdo. Chas Jones. E. C.
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