Hemos escogido, para la conversación de hoy, un hecho histórico de la
época de Irala, relacionado con la expedición de Diego de Sanabria, que
parece arrancado a una de aquellas novelas de aventuras que todos
nosotros leimos en nuestra juventud y tal vez hayan contribuido a
hacernos amar las historias heroicas de los conquistadores de nuestra
América.El episodio que vamos a
referir aún no ha sido analizado en sus detalles. Su fondo sólo
interesará a los eruditos. Su forma ofrecería un argumento para un
novelista de fantasía. En cuanto a su importancia histórica, diremos,
simplemente, que señala —a nuestro juicio— la fecha del comienzo de la
colonización rioplatense y que explica el origen de numerosas familias
patricias argentinas y paraguayas.
Se trata de una verdadera expedición de mujeres españolas al Río de la
Plata en el siglo XVI. Hecho de por sí rarísimo en la historia de la
América Hispánica, pues los monarcas españoles,
no sólo no fomentaban la emigración al Nuevo Mundo de las mujeres
peninsulares, sino que prohibían, por medio de Reales Cédulas, como por
ejemplo en el caso de la expedición de Gaboto, que embarcaran mujeres en
las naos de los descubridores.
Más tarde, cuando las damas españolas comenzaron a cruzar el Océano en
forma regular, para ir al encuentro de sus maridos o de novios
desconocidos que las esperaban en ciudades fantásticas, perdidas entre
selvas y rodeadas de indios, la Casa de la Contratación de Sevilla tuvo
especial cuidado de que las carabelas no admitiesen mujeres de vida
airada, de las cuales Cervantes decía —tiempo después, en el “Celoso
Extremeño”— que América estaba llena: “añagaza general de mujeres libres...”.
Por el contrario, en los mismos siglos, las colonias americanas
francesas e inglesas, se veían aumentadas, periódicamente, con
cargamentos de mujeres que eran la escoria de los bajos fondos de
Londres y de París. No es éste el momento de dedicarnos al estudio de la
colonización de Inglaterra y de Francia en el Nuevo Mundo.
Todos recordamos, entre nuestras lecturas de los dieciocho años, el
triste romance de “Manon Lescaut”, del Abate Prevost, que en substancia,
al referir cómo se recogía y enviaba a América las mujeres perdidas,
tiene más historia que novela.
Pasaremos cuanto antes a describir, en breves trazos, el género de vida
que se llevaba en la Asunción después de la expulsión de Alvar Núñez
Cabeza de Vaca, a principios de la segunda mitad del siglo XVI, cuando
los españoles del Paraguay, sin frenos capaces de librarlos de las
tentaciones de las bellas guaraní, se condenaban el alma con aquellas
infieles de las cuales cada uno poseía treinta, cuarenta y aún más,
según las indignadas relaciones de los contados puritanos de aquel
entonces, que sólo disfrutaban de media docena de indias.
Todo ésto ocurría porque en la Asunción casi no había mujeres blancas,
españolas.
Martín del Barco Centenera, en el Canto IV de su poema “La Argentina”,
relata que al aproximarse la armada de Don Pedro de Mendoza a las islas
Canarias se desencadenó una tormenta y que entonces “el sexso femenil y
lacrimoso — Levanta hazia el cielo bozería”. En un documento de mayor
autoridad que el poema del discutido Arcediano, Doña Isabel de Guevara
recuerda que con Don Pedro de Mendoza “habernos venido ciertas
mugeres” y que cuando Ayolas remontó el Paraná, las mujeres cuaraban a
los conquistadores “y les guisaban la comida, trayendo la leña a cuestas
de fuera del navio, y animándolos con palabras varoniles, que no se
dejasen morir, que presto daría en tierra de comida, metiéndolos a
cuestas en los bergantines, con tanto amor como si fueran sus propios
hijos”.
No obstante, estas mujeres eran muy pocas: unas, esposas de
conquistadores; otras, criadas y amigas caritativas de los nostálgicos
expedicionarios.
En nuestras lecturas de documentos relacionados con la historia colonial
rioplatense, hemos podido reunir los nombres de algunas conquistadoras
que acompañaron al magnífico Adelantado Don Pedro de Mendoza. •
Por todos nosotros conocidas son la Isabel de Guevara, cuya pintoresca
misiva a la Reina Juana hállase en la monumental colección de las
“Cartas de Indias”; la heroica Maldonada, cuya leyenda fué creada por
Ruy Díaz de Guz-mán sobre el episodio del esclavo Androclés, que refiere
Aulo Gelio en sus “Noches Aticas”, y por último la desdichada Ana, de la
cual cuenta Centenera que durante el hambre de Buenos Aires, vióse
obligada a vender su cuerpo por una cabeza de pescado.
Otras mujeres, de existencia más real que las protagonistas de Guzmán y
de Centenera, figuran en el Pleito de Juan Osorio, y ellas son una tal
Catalina Pérez, “muger de Hernando de Mérida, labrador, vecina de la
isla de Tenerife”, según su propia declaración, de veintisiete años, que
había embarcado para servir a Don Pedro de Mendoza, y una Elvira Pineda,
vecina de Triana, que había sido criada de Juan Osorio.
Estas mujeres no pasaron al Paraguay. Regresaron a España con Don Pedro,
junto con una tal María Dávila, que Mendoza recuerda con cariño en su
testamento, diciendo que la tal María, a la cual sin duda él debió haber
contagiado el mal que entonces los italianos llamaban “francés” y los
franceses “de Nápoles”, “va doliente en esta nao” y que “en llegando a
Sevilla” le sea dado “lo que les pareciere para que se pueda curar...”.
Con la llegada de Alvar Núñez al Paraguay aumentaron en unas pocas las
mujeres blancas.
Nosotros hemos podido rastrear la existencía de contadas mujeres
españolas en documentos del Archivo Nacional de la Asunción.
En una causa seguida a Julián López por desafío a Francisco Gambarrota,
se descubre una mujer, cuyo nombre no se cita, que según la declaración
de Francisco Gambarrota, estando en la isla de Santa Catalina, rogaba a
todo el mundo que dijesen a Su Señoría, el Adelantado Alvar Núñez, que
"no quería ni podría servir, y que si pensara estar más ocho días en la
dicha isla, que más tuviera por bien de se ahogar en la mar que estar
allá, y que por ésto el dicho Julián López tuvo el enojo con este
testigo...”. * »
Una tal Leonor Sotelo, "que por otro nombre —dice su padre en su
testamento— se llama agora Teresa de Soleto”, fué desheredada en la
Asunción el viernes, treinta de enero de 1542, porque "se ha casado y
casó escondidamente contra su voluntad y le ha dado (a su padre) grandes
trabajos y desasosiegos por cumplir la suya y en todo le ha sido
desobediente”, por lo cual, "dende agora para siempre jamás la
desheredava y desheredó de todos los vienes que como tal su hija podrá
haber y pretender...”.
Pero Hernández, en las declaraciones prestadas en Madrid el 7 de
septiembre de 1547, con motivo del pleito y proceso de Alvar Núñez,
refiere que "Hernando de Sosa, que era de la guarda que le dava de comer
(a Alvar Núñez. mientras éste se hallaba preso en la Asunción) e lo
tenía a su cargo, e una mujer que le guisaba. que se dize ysabel de
quirós, dixeron que avían sido rogados e requeridos por domvngo de yrala.
vizcaíno, que le echasen poncoña en la comida, e la dicha ysabel de
quirós lo dixo a este testigo, e que por no lo aver querido azer la
quería mal...”.
Esta Isabel de Quirós habitaba "dentro de las casas de Hernando de
Ribera”, como consta en una "Información” que se levantó en la Asunción
el 16 de julio de 1544 para averiguar quién había entregado una carta a
Alvar Núñez, que entonces se hallaba prisionero. Por la declaración de
Pedro de Oñate sabemos que a ella se había dirigido un paie de Alvarez
Núñez llamado Pedro Conejo, huido luego al Brasil, el cual le había
dicho que "sy quería escrevir a españa, que él le llevaría la carta, e
que ella le respondió si estava loco, que por donde aví de yr, y que él
le tornó a dezir que escriviese si quysiese que él le llevaría la carta...”.
La última mujer española de la cual, por este tiempo, tenemos noticia,
es una que aparece mencionada en la "Información” que en contra de
Felipe de Cáceres levantó en la Asunción el Obispo Fray Pedro Fernández
de la Torre. Los testigos declaran concordes que Cáceres "estuvo
amancebado con una mujer española mucho tiempo e que él enviaba por ella
a su casa e que gastaba mal e daba por esclabas a yndias...”. El testigo
Alonso de Segovia, presbítero, confirma que "oyó públicamente decir quel
dicho Felipe de Cáceres tuvo cuenta e conversación con la dicha mujer
española antes que fuese casada e después de casada mucho tiempo e que
la dicha mujer se lo dixo a este testigo como el dicho contador la tenía,
e que una tarde puesto el sol este testigo venía con otros dos amigos
suyos que salía de casa del dicho Felipe de Cáceres e que encontró con
dos hombres que llevaban a la dicha mujer a casa del dicho Felipe de
Cáceres siendo ya casada, e que después dende a buenos días oyó dezir
este testigo que una noche viniendo su marido desta mujer a su casa de
fuera no la halló en casa e que supo cómo había o estaba en casa del
Felipe de Cáceres e que la llevaron a casa de otra mujer casada e que
vió este testigo al dicho capitán Domingo de Irala e al capitán Juan de
Salazar meterse en las amistades e que a este testigo le llamó el dicho
capitán Domingo de Irala para que se fuese con él e que fué e vió al
dicho hombre casado que tenía una dagra para matar a su mujer por lo que
dicho es...”.
Por el testigo Pedro de Esquivel sabemos que la noche que el "hombre
casado” no halló a su mujer en su casa, "otro día se la trajo Domingo de
Irala e los metió en paz después de haberlo amenazado que no le hiciese
mal...”.
No sabemos de otras mujeres españolas que viviesen en el Paraguay y
pudieran, en consecuencia, ser las esposas de algunos de los seicientos
cincuenta hombres que, según nuestros cálculos, habitaban por aquella
época en la Asunción.
Una tal Ana de Salazar, natural de Granada y posiblemente parienta del
Hernando de Salazar que llegó años más tarde en la expedición de Diego
de Sanabria, se ahogó en el Río del Paraná, el día de Todos los Santos
del año 1542, cuando una barranca cayó sobre la galera en que venía
Felipe de Cáceres, acompañando los demás bergantines de Pedro Estopiñan
Cabeza de Vaca, que llegaba al Paraguay remontando el Paraná (Cf. la "Relación
sacada de la probanca hecha por parte de los Oficiales Reales en el
pleyto que tratan con Alvar Núñez sobre las causas sobre que le
prendieron ’, del año 1543, inédita).
En este naufragio, que fué comentado
durante largos años por todos los pobladores de la Asunción, se ahogó
también una tal Luisa de Torres, “enamorada, difunta, que Dios perdone...”.
Así la recordaba, nostálgicamente, el 5 de enero de 1543 —-en un
documento del Archivo Nacional de la Asunción— el apuesto Sebastián de
Valdivieso, que se presentó a reclamar algunas ropas que había dado para
lavar a esa pobre mujer.
Ño es de extrañar, por lo tanto, que con una escasez tan grande de
mujeres blancas, y una abundancia tan increíble de jóvenes indias — que
según uno de aquellos conquistadores sólo se diferenciaban de las
mujeres de España en que iban desnudas— el propio Domingo de Irala y
todos los soldados del Paraguay entretuviesen sus ocios con el mayor
número posible de mujeres guaraní, hasta el extremo de que bien pronto
la Asunción fué denominada por sus mismos pobladores el Paraíso de
Mahoma.
Ahora bien: a fin de que se comprenda el porqué de la expedición, o
remesa, de mujeres españolas que constituye el tema de esta conversación,
hemos de recordar, rápidamente, no la “Memoria” de Pedro Hernández, ni
tampoco los datos contenidos en las “Cartas de Indias”, por todos
nosotros conocidos, sino probanzas y relaciones, hasta ahora inéditas,
que, inexplicablemente, permanecen olvidadas en los archivos.
Alvar Núñez, el mortal enemigo de Irala, no es el único testimonio que
nos dice en su "Relación General” que los conquistadores de la Asunción
vivían con docenas de indias a la vez. Martín González confirma las
cifras de Alvar Núñez en diversas de sus Cartas; y Francisco González
Paniagua, en un documento inédito del 18 de febrero de 1545, escribe que
"acá tienen algunos a setenta” (mujeres) y que "sino es algún pobre, no
hay quien baje de cinco e de seis; la mayor parte de quince e de veynte.
de treynta e cuarenta”. En el mismo año, el 25 de febrero. Alonso Angulo
refería a Juan Távira que “hay algunos entre nosotros que tiene a veinte
y a treinta y a cuarenta y de adelante, hasta sesenta (indias')...”.
En un extenso "Memorial”, hasta la fecha inédito, que se conserva en el
Archivo de Indias, el clérigo Martín González, generalizando los casos
aislados, acusa a los conquistadores de la Asunción de quemar a algunas
indias con tizones, haciéndoles ciertas crueldades que no nos atrevemos
a descubrir, y a otras "tienen colgadas de los pies y las dan humo a las
narices...”.
Agrega el clérigo González, que: "visto por estas mugeres que los
españoles las tratan tan mal, de muy aburridas y como gente que no tiene
tanto entendimiento como conviene, muchas determinan de matarse a sí
propias, unas comiendo tierra, otras ceniza y carbones y pedazos de
ollas y platos y otras no comen ni beben por acabar la vida más pronto;
otras se van a los bosques y se desesperan con cuerdas, y viendo ésto
algunos de los españoles las meten en unos cestos grandes con cuerdas
colgadas en alto, y allí les dan que hilen y trabajen y duerman, y así
están apartadas, de donde no pueden comer tierra ni lo demás...”.
El origen de estos males no podemos achacarlo a los sentimientos de los
españoles, que se pervertían al llegar a estas tierras, sino al medio
ambiente en que ellos vivían y que, hasta un cierto punto los hacía
irresponsables de sus actos.(???!!) La explicación la hallamos en una
Carta del clérigo Francisco de Andrada, del 1 de marzo de 1545 —tan poco
conocida como los documentos que citaremos más adelante—. Francisco de
Andrada, como si quisiera disculpar a sus feligreses, nos dice que "hallamos,
señor, en esta tierra, una maldita costumbre: que las mujeres son las
que siembran y cojen el bastimento, y como quiere que no nos podíamos
aquí sostener con la pobreza de la tierra, fué forzado tomar cada
cristiano indias destas, desta tierra, contentando sus parientes con
rescates para que les hiciesen de comer”.
Si bien es cierto que en la Asunción se vivía en un continuo sobresalto
a causa de los disturbios políticos y de los posibles levantamientos
indígenas, también es verdad que todas las delicias de aquellas tierras
paradisíacas, como la dulzura del clima, la facilidad de la vida y,
sobre todo, la extraordinaria abundancia de mujeres, hacían que muchos
conquistadores, que en su remota aldea española no pasaban de la
categoría de gañanes, al verse dueños de un harem se olvidasen de su
patria y de su familia, prefiriendo la muerte antes que abandonar aquel
inimaginable Paraíso de Mahoma.
No es lo que acabamos de decir una deducción que nos pertenezca, pues
somos unos convencidos de que la historia no puede tener más filosofía
que la que fluye de los mismos documentos. Nuestras palabras repiten, en
términos modernos, lo que con giros antiguos expresó un profundo
observador de aquel entonces, Jerónimo Ochoa de Eizaguirre, en una Carta
al Rey del 8 de marzo de 1545:
“Es tanta la desvergüenza y poco temor que hay entre nosotros en estar
como estamos con las indias amancebados, que no hay Alcorán de Mahoma
que tal desvergüenza permita, porque si veinte indias tienen cada uno,
con tantas o las más del la creo que ofrenda, que hay hombres tan
encenegados que no piensan en otra cosa, ni se darán nada por ir a
España, aunque estuviesen aquí muchos años, por estar tan arraigados en
nosotros este mal vicio...*'.
Todas estas noticias y gritos de alarma se divulgaron en España cuando
en el año 1545 llegaron a la Península el ex Adelantado Alvar Núñez
Cabeza de Vaca, el escribano Pedro Hernández, los Oficiales Reales
Alonso Cabrera y Garcí Venegas, el procurador de los pobladores de la
Asunción. Martín de Orue, y otros conquistadores de la Asunción que a
más de distribuir las numerosas cartas y relaciones de la gente que
quedaba con Domingo de Irala, prestaron largas y emocionantes
declaraciones en las formidables probanzas con que comenzaron a
combatirse, en un pleito interminable, Alvar Núñez y los Oficiales
Reales.
Martín de Orue también se preocupaba en obtener numerosas Reales Cédulas
que reglamentasen el buen gobierno de la Asunción: Cédulas
interesantísimas que nosotros extractamos en nuestra “Historia de la
Conquista del Río de la Plata y del Paraguay” y que aún permanecen
inéditas, por falta de un Editor o Institución que quiera ordenar su
publicación.
El piloto Juan Sánchez de Vizcaya, que lo mismo que el ordúñez Martín de
Orue no olvidaba a sus compañeros vizcaínos abandonados entre las selvas
del Paraguay, presentó en Madrid, el 19 de noviembre de 1545, una
extensa “Relación” en la cual, refiriéndose a “la gente que en aquella
tierra queda con muy gran peligro... e más de quince mil naturales
convertidos a nuestra santa fé católica”, hacía observar al Rey que “si
su magestad no manda proveer aquella tierra para el tiempo que piensan
ser proveídos, pensando que el navio que vino no llegó a salvamento,
pensarán de nunca ser socorridos, por donde los indios de toda la tierra
se pueden juntar contra los cristianos y echarlos de la tierra...”.
Por estas razones, la Casa de la Contratación pensó en seguida en una
expedición de socorro al Río de la Plata, la cual, a más de llevar un
Gobernador que substituyese a Alvar Núñez, y las Reales Cédulas cuya
promulgación había tenido Martín de Orue, conduciría también un
cargamento de buenos colonos y honradas doncellas. Esta expedición
colonizadora debía distribuir un poco de paz en aquel “pueblo de más de
quinientos hombres y de más de quinientas mil turbaciones”, como había
llamado a la Asunción Jerónimo Ochoa de Eizaguirre en su Carta al
Consejo de Indias del 8 de marzo de 1545.

De este modo tuvo su origen la
capitulación formada con Juan de Sanabria, en la villa de Monzón, el 22
de julio de 1547.
En esta Capitulación, Juan de Sanabria, como flamante Gobernador y
Adelantado del Río de la Plata, se comprometía a llevar en sus naos cien
hombres casados con sus mujeres e hijos, otros doscientos cincuenta
solteros, “y si quisieredes llevar otros ciento y cincuenta lo podáis
hacer”. Además, se obligaba a fundar un pueblo en la costa de Santa
Catalina y otro “a la entrada del Río de la Plata”, teniendo su
gobernación doscientas leguas sobre el Río de la Plata, con parte del
Brasil, y la Mar del Sur, las cuales debían comenzar a contarse desde el
grado treinta y uno hacia la línea equinocial. Pero al día siguiente de
firmada la Capitulación, el Rey expidió una Real Cédula a Juan de
Sanabria concediéndole el permiso de llevar ochenta hombres casados con
sus familias al Río de la Plata, en vez de los cien a que estaba
obligado, y que en lugar de los casados que dejaban de ir, llevase
veinte doncellas.
Así se planeó y originó la primera remesa de mujeres solteras al Río de
la Plata.
Es sabido que Juan de Sanabria no pudo emprender su ansiado viaje porque
la muerte se lo impidió.
Su hijo, Diego de Sanabria, de acuerdo con lo estipulado en la
Capitulación de su padre, heredó todos sus derechos y obligaciones, los
cuales le fueron confirmados desde Valladolid el 12 de marzo de 1549.
Mientras Diego de Sanabria preparaba su expedición, el Rey nombró
Gobernador interino del Río de la Plata, en la Villa de los Cigales,' el
25 de octubre de 1549, al Licenciado Alaníz de Paz; y el 8 de enero del
año siguiente le ordenó que “vuestra ida sea con toda brevedad en los
dos navios que al presente están puestos para aquella provincia”, pues
“soy informado que vos la dilatais”.
Pero tampoco pudo hacerse a la vela el flamante Gobernador Alanís de
Paz.
Por una Real Cédula del 11 de marzo de aquel mismo año de 1550, dirigida
a Don Francisco Mejía, Fiscal de la Casa de la Contratación, sabemos que
los dos barcos en que un tal Juan de Aramburu llevaba al Río de la Plata
a Alanís de Paz y al primer Obispo del Paraguay, Fray Juan de Barios —que
nunca llegó a hacerse cargo de su puesto— no pudieron levar anclas, pues
en ellos se había embarcado más gente de la registrada y la que “enviaba
era escandalosa y tal que no convenía a nuestro servicio que pasase a la
dicha provincia”.
Por todas estas razones, Juan de Salazar, nombrado Tesorero del Río de
la Plata, en Madrid, el 23 de mayo de 1547, tuvo que adelantarse a Diego
de Sanabria y a Alanís de Paz y partir de San Lúcar el 10 de abril de
1550 como capitán de una nao y dos carabelas. En estos navios habían
embarcado trescientas personas, “entre las cuales venían cincuenta
mujeres casadas y doncellas”, la madrasta del Adelantado Diego de
Sanabria, que quedaba en España, Doña Mencía Calderón, con sus hijas
Mencía y María, y otras damas que veremos figurar más adelante.
Hay sobrados fundamentos para suponer —y también afirmar— que estas
mujeres eran todas honestas y de buenas familias y que entre ellas no
había ninguna aventurera. Ya hemos dicho que a Alanís de Paz no se le
permitió hacerse a la mar porque en su navio había embarcado “gente
escandalosa”. Dos años después de la partida de Salazar, en 1552, Diego
de Sanabria, que siempre en España seguía preparando su viaje al
Paraguay, recibió un Memorial, fechado el 26 de junio y firmado por el
Secretario Juan de Samano, en el cual se le mencionaba diez y seis
“personas que su magestad manda que no pasen al Río de la Plata” y “los
que pasaban sin licencia en los navios de Miguel de Aramburu y se ha de
tener aviso para que no tornen a pasar”.
Es interesante recordar que entre las diez y seis personas cuyo viaje al
Río de la Plata se prohibía, hay doce de apellidos vascongados y otras
como un “Lope Cabezón, clérigo, que yba en hábito de soldado”, varios
casados que pretendían embarcarse sin sus mujeres (tal vez para librarse
de ellas se animaban a hacer el viaje a América), “un fulano Montaño,
vecino de ciudad Rodrigo, y una mujer que llevaba consigo en hábito de
hombre”.
Volviendo a la expedición mandada por Salazar, hemos de referir que
llegó sin novedad a la isla de la Palma, donde las cincuenta damas y
doncellas comenzaron a gustar de las emociones del viaje presenciando
una sublevación a bordo, que si no hubiese sido por los buenos oficios
de Hernando de Salazar —en cuya información de méritos y servicios
hállase referido este hecho"— habría terminado con la deposición del
jefe. Sosegados un tanto los ánimos, aquellos tres navios de colonos y
damiselas partieron de la isla de la Palma el 15 de junio de 1550 y se
dirigieron a las costas de Guinea en busca de vientos favorables. Pero
“una noche tormentosa” —recuerda Hans Staden en sus memorias—
desaparecieron las dos carabelas por lo cual —ahora es Salazar quien
habla— “quedé solo con la capitana y conmigo todas estas señoras y
mugeres y donzellas y hasta cien hombres, los más gentes del campo”.
En las costas de Guinea, los expedicionarios descubrieron con terror que
la escasa provisión de agua dulce ya no bastaba para apagar la sed, pues
eran muchos días que “venían a cuartillo para cada persona”. Además, se
hallaban perdidos frente a las costas de Africa, sin saber a qué altura
estaban ni qué ruta debían tomar. La situación era en verdad
desesperante y es de imaginar los rezos que todas aquellas damas y
doncellas elevarían al cielo para salvarse de semejante perdición.
En estas circunstancias, la Virgen del Buen Aire pareció apiadarse de
aquella buena gente haciéndoles aparecer en el horizonte, el día 25 de
julio, un navio que rápidamente se les aproximó ganando el barlovento.

Juan de Salazar, los oficiales y todos
los tripulantes, decidieron, de común acuerdo, esperar aquella nao para
recibir de ella alguna ayuda y saber en qué latitud se hallaban. Así lo
hicieron, mas el navio misterioso, con las velas henchidas, detúvose en
frente del español y levantó en la popa una bandera “con una cruz blanca
en campo azul ques la ynsínia de Francia”.
¡No era un amigo, sino un corsario francés que los robaría y tal vez
mataría a todos!
Hernando Campos, en la Información de Hernando de Salazar, hecha años
después en Santa Cruz de la Sierra, el 29 de diciembre de 1562, recuerda
que entonces los españoles intentaron huir; pero que ello fué
materialmente imposible; y el propio Juan de Salazar, en una Carta,
todavía inédita, fechada en la laguna del Mbiazá, el 1 de enero de 1552,
refiere que la nao francesa “se levantó y arribó sobre nosotros, con
muchas trompetas, vanderas y atambores”, aterrorizando con sus disparos
de artillería a las inocentes damiselas, y que sólo cuando los franceses,
con gran sorpresa oyeron “los lloros y gritos de las mugeres y niños” y
vieron “cuan mal les respondíamos, porque ni había artillería ni diez
arcabuces, dejaron de tirar y quisieron saber qué gente éramos...”.
Es difícil, aún para los historiadores, revivir el estado de ánimo y las
emociones de los hombres que actuaron en épocas tan alejadas de la
nuestra, pero en este caso no se precisa mucha sutileza para imaginar
cómo debieron sorprenderse los corsarios franceses al darse cuenta de
que habían apresado un cargamento de damas que se dirigían al Paraguay.
Juan de Salazar, en sus Cartas citadas, escri be que los franceses se
adueñaron de un batel que en aquellos momentos él había despachado a la
costa vecina a aprovisionarse de agua; pero por otros testimonios menos
interesados en evitarse responsabilidades, se sabe que cuando los
españoles se vieron en manos de los franceses, acordaron enviar una
pequeña delegación al navio enemigo, compuesta por un genovés llamado
Bernardo de Vivaldo, que entendía muy bien la lengua francesa, y otros
soldados, a pedir que les dejasen proseguir su viaje en santa paz.
Mientras ésto ocurría “diónos la noche en rostro”, circunstancia que el
navio español aprovechó para ganar al francés el barlovento y ponerse en
condiciones de poder huir, sigilosamente, dejando abandonados en poder
de los franceses a Bernardo de Vivaldo y a los demás soldados españoles;
pero Hernando de Salazar se opuso tenazmente a ello, alegando que “no
era de caballeros ni cumplían con sus honras” cometiendo esta traición,
y que más valía “que se perdiesen las haciendas y no perdiesen sus
honras...”.
De este modo, entre agrias discusiones de unos que pretendían huir y
otros que se negaban a abandonar a sus amigos, llegó la mañana.
¡Triste mañana aquella para los pobres españoles y las pavoridas
doncellas, perdidos frente a las costas de Guinea, sufriendo los
horrores de la sed y en poder de corsarios que podían atentar al honor
de las damas y degollar a los conquistadores!
Pero una vez más se puso de relieve la amabilidad de los franceses, que
aunque corsarios no dejaban de ser galantes con las señoras, y la
hidalguía de los españoles, que preferían perder la vida antes que
permitir que se mancillase el honor de las doncellas.
El Capitán Juan de Salazar y el piloto del navio, Juan Sánchez de
Vizcaya, se trasladaron en una chalupa a la nao francesa y allá hicieron
sus capítulos, conviniendo que los franceses se apoderarían de todos los
bienes de los españoles; pero que no tocarían ni el honor de las mujeres
ni las armas de los soldados.
Así se hizo. Transbordaron los corsarios al navio español y mientras las
damas y damiselas se agrupaban atemorizadas y silenciosas, ahogando los
sollozos, en la popa del navio, los franceses pillaban todo lo que
hallaban a la mano.
Un testigo de la Información de méritos y servicios de Hernando de
Salazar, nos refiere que éste “se puso con sus armas a la boca del
cotillón, adonde estaban aquellas señoras, para ampararlas”, y que al
ver que un francés quería desmandarse tomando “cierta hacienda de
aquellas señoras el dicho capitán Hernando de Salazar saltó con él con
sus armas y defendió que el dicho francés no tocase a aquellas ny a sus
haciendas y trató mal al dicho francés que se desmandó, y que en ésto le
parece a este testigo que el dicho capitán Hernando de Salazar puso su
persona en riesgo por estar como estaba entre sus enemigos...”.
Después de ésto, los franceses, capitaneados por un tal “Escorce” —un
normando que por lo que pudieron entender los españoles, navegaba a las
órdenes de un Francisco Martín que vivía en la Rochela— hicieron un
gentil saludo a las damas y damiselas, y bajo la mirada altiva y fiera
de los españoles, se volvieron a su navio, dejándolos a todos por
completo desamparados y tan perdidos como antes.
Según una Información inédita que Doña Mencía Calderón levantó ante Juan
de Salazar el 14 de agosto de 1550, para probar cómo viniendo en el
patax San Miguel habían sido robados por un navio francés, todos los
tripulantes masculinos no salvaron de su equipaje más que lo que traían
puesto.
Juan de Salazar, en su Carta fechada en el Puerto de Santos y San
Vicente, el 25 de junio de 1550, recuerda tristemente que cuando por fin
se vieron libres de los corsarios franceses, anduvieron navegando muchos
días por debajo de la línea del Ecuador, “sin saber el piloto dónde
estaba, por no tener en su carta de marear pintada la tierra de Santo
Tomé”, y agrega, con una emoción en el estilo que él sin duda no
sospechaba, que así navegaron “como gente perdida y desesperada de ver
jamás tierra... .
Abandonados en pleno Océano, sin un mapa en que figurasen las costas del
Brasil, sin agua y sin provisiones, aquellos hombres y aquellas mujeres
pensarían en la patria lejana, maldiciendo el instante en que
resolvieron buscar fortuna en las misteriosas y remotas selvas del
Paraguay.
Durante aquellos largos y sofocantes días del Trópico, en que la nao,
lentamente, avanzaba al azar, llevada por cálidas brisas, casi
imperceptibles, aquellos hombres y aquellas mujeres, cuyos ensueños de
felicidad parecían ir al encuentro de una muerte ignorada y horrorosa en
la soledad del Océano, se consolarían mutuamente diciéndose dulces
palabras de cristiana resignación. Luego, durante las noches estrelladas,
en que la opalescencia lunar crea sobre las aguas todo un poema de
fulgores, dejarían volar la imaginación hacia las costas cuya proximidad
presentían, aferrándose, por instinto, a un hilo de esperanza que les
hacía comprender que no podían morir de aquel modo, de hambre y de sed,
perdidos en la inmensidad del mar.

La prolongada navegación, tan rica en
dolores y emociones, debió realzar en la ilusión de los hombres la
belleza de aquellas mujeres, de las cuales cada caballero habíase
erigido en protector, compartiendo sus sobresaltos y sufrimientos.
Así nacieron no pocos amores, que más tarde se resolvieron en promesas
de matrimonio cuando el patax “San Miguel”, como por un milagro hecho a
intercesión de Nuestra Señora, llegó el día de su fiesta, el 8 de
septiembre de aquel año de 1550, a la isla de Año Bueno, a unas treinta
leguas de Santo Torné.
Pasado el peligro de morir olvidados en pleno Océano, aquel centenar de
hombres y aquellas cincuenta mujeres debieron afrontar nuevos obstáculos
antes de llegar a la isla de Santa Catalina y ponerse en marcha, tierra
adentro, rumbo al Paraguay.
Cincuenta días estuvieron en la isla de Año Bueno, embarcando agua y
provisiones, y de allí navegaron otros tres meses hasta la isla de Santa
Catalina. Hans Staden, el único arcabucero alemán de aquella expedición,
recuerda en sus memorias que cierta vez creyeron “que debíamos perecer
sobre las rocas” —tan grande era la tormenta que estaban pasando— y que
entonces hicieron una balsa de barriles vacíos, pusimos la pólvora
adentro, cerramos los agujeros con tapones y atamos encima nuestras
armas”, para que, en caso de naufragar, los sobrevivientes hallasen “sus
armas en la costa, adonde las olas debían echar los barriles... .
Por fin, el mismo día de Santa Catalina, del año 1550, llegaron a esta
isla, donde hallaron un cristiano que vivía solo entre los salvajes. Se
llamaba Juan Fernando —dice Hans Staden— “era un vizcaíno de la ciudad
de Bilbao”. Además se encontraron con una de las dos carabelas que se
habían separado de la nao capitana en las costas de Guinea. Esta
carabela venía al mando de Cristóbal de Saavedra, hijo de Hernandarias
de Saavedra, Correo Mayor de Sevilla. En cuanto al tercer bergantín,
mandado por un caballero de Cáceres, llamado Juan de Ovando, nadie —dice
Juan de Salazar en su carta del 1 de enero de 1552— “supo dar nuevas ni
hasta la fecha no tengo nuevas de él”.
Por esta misma Carta se sabe el número exacto de hombres y mujeres que
llegaron a la isla de Santa Catalina: ochenta hombres y “cuarenta
mujeres doncellas y niños”.
Durante el viaje debieron morir unos veinte hombres y unas diez mujeres.
Salazar agrega que no tenían “ningún médico, ni cirujano, ni barbero, ni
medicinas, ni las sacamos despaña: cada día seremos menos...”.
Hans Staden recuerda que en este tiempo sufrieron “mucha hambre; tuvimos
que comer lagartijas, ratones y cuantos animalejos podíamos conseguir...”.
No obstante, el amor se sobreponía a todas las penurias y enfermedades.
Por la misma Carta de Salazar consta que en el Mbiazá, que era el
antiguo Puerto de los Patos, un caballero de Plasencia llamado Hernando
de Trejo, “hase casado con Doña María de Sanabria, hija de Doña Mencia
Calderón y hermana del Gobernador Diego de Sanabria”.
Si quisiéramos dirigir nuestras investigaciones al mismo corazón de
Hernando de Trejo, podríamos sospechar de los verdaderos sentimientos
amorosos de este caballero, pues por un documento firmado por Ochoa de
Luyuan-do y dado a suplicación de Juan de Salazar, el oficio de Alguacil
de la Provincia del Paraguay debía corresponder a la persona que casase
con Doña María de Sanabria.
Hernando de Trejo y la hija de Doña Mencía Calderón fueron padres, al
poco tiempo y siempre en la costa del Brasil, de un niño que andando los
años se hizo franciscano y llegó a ser el primer Provincial criollo de
su Orden y tercer Obispo de Tucumán: nos referimos a Fray Hernán de
Trejo Sanabria”.
También se llevaron a cabo en la costa del Brasil otros casamientos. Ruy
Díaz Melgarejo, huido del Paraguay por ser amigo de Diego de Abreu y
enemigo de Irala —hombre de una ferocidad ilimitada, del cual decía
Tellez de Escobar que para hacerse temer de los indios les cortaba las
narices— se enterneció a la vista de aquellas mujeres blancas que
acababan de cruzar el Océano para enjambrar en el Paraguay, y se casó
con Elvira Contreras, en tanto que la madre de esta joven, Doña Isabel,
todavía en estado de merecer, se unió al fundador de la Asunción, Juan
de Salazar. Otra hermana de Doña María de Sanabria —la casada con
Hernando de Trejo—, también llamada Mencia, casóse con el sevillano
Cristóbal de Saavedra.
Antes de proseguir la odisea de estas damas y caballeros en su viaje a
la Asunción, creemos interesante recordar el triste fin que tuvo Doña
Elvira Contreras, esposa de Ruy Díaz Melgarejo. Este sorprendió cierto
día a su mujer con un clérigo llamado Juan Fernández Carrillo, ex
confesor de todas aquellas damas durante el viaje a través del Océano, y
los mató a estocadas. Ruy Díaz Melgarejo, cuarenta años después, en
Santa Fé, por octubre de 1595, recordaba en su testamento, con dolor, a
su pobre esposa, y al referirse a sus hijos, decía: “habidos en Doña
Elvira de Carbajal, mi legítima mujer, ¡qué Dios haya!...”. En estas
palabras, como advierte Groussac en una nota a “La Argentina” de Guzmán,
se descubre “la mellancolía del perdón tardío y acaso del
arrepentimiento .
Los esfuerzos que Juan de Salazar tuvo que realizar para llegar al
Paraguay son dignos de toda una novela. Los resumiremos en pocas líneas.
De los dos navios que había en la isla de Santa Catalina, uno se hundió
en la costa de la isla y el otro entrando por la barra del Mbiazá, por
lo cual Salazar tuvo que quedarse allí y enviar a la Asunción a Hernando
de Salazar. Este llegó al Paraguay “vísperas de Santiago” del año 1552,
abriéndose el camino a través de los bosques con un machete en la mano y
siguiendo el curso de los ríos Itabucú, Ubay y Paraná. Poco después
llegó a San Vicente, procedente de la Asunción, el alemán Ulrich
Schmidel. El primer historiador del Río de la Plata —que tal vez desde
entonces pensaba escribir algún día su movidas memorias— y el fundador
de la actual capital del Paraguay, debieron
abrazarse llenos de emoción, pues ambos eran antiguos compañeros desde
los tiempos en que habían embarcado en la poderosa armada, esfumada como
un sueño, del desgraciado Don Pedro de Mendoza.
Sin embargo, Juan de Salazar, en su Carta
inédita escrita en la Villa de San Vicente y Puerto de Santos, el 30 de
junio de 1553, se refiere a Schmidel con poco afecto, diciendo: “...en
esta nao que iba a Lisboa con azúcar (que por el propio Schmidel sabemos
que se hizo a la vela el 24 de aquel mismo mes y año) va un alemán que
vino de la Asunción que se llama Uz; (abreviatura de Ulrich) lleva uno
destos esclavos y yo sé cierto lo ha de dar al piloto della que se llama
Juan de León por su flete... El alemán dicen ha heredado diez mil
ducados, e también ha sido llamado...”.
Después del naufragio del bergantín en la
barra de Santos, Salazar logró que un flamenco de San Vicente, llamado
Pero Rose, “que aquí tiene un ingenio de azúcar”, le prestase un
carabelón pequeño” con el cual trajo a San Vicente a las mujeres y
soldados que habían quedado en la isla de Santa Catalina. Luego Salazar
se aprestó a emprender con todas aquellas mujeres el viaje a la
Asunción; pero el Gobernador portugués Toml de Sosa, que acababa de
llegar con cinco navios, quedóse prendado de aquellas damas españolas,
les hizo dar cien ducadas de la hacienda del Rey de Portugal, “las mandó
aposentar y honrar lo mejor que pudo”, y ordenó, al mismo tiempo, que
ningún español pudiese salir de la población, so graves penas, “hasta
tanto que él avisase al rey a la reyna de Portugal”.
Juan de Salazar, en su Carta escrita desde el Puerto de Santos y San
Vicente, el 25 de junio de 1553, suplicaba al Rey de España “que no nos
quedemos olvidados en esta tierra donde la mayor parte de los que en
ella viven son malhechores desterrados de Portugal”.
El Consejo de Indias no echó al olvido la gente de Salazar detenida en
el Brasil. El 9 de octubre de 1553, por medio de una Real Cédula, se
recomendó a la Casa de la Contratación que todos los navios que fueren
al Río de la Plata tratasen de recoger a Doña Mencia Calderón y a la
gente que se hallaba con Juan de Salazar. También se encargó al
Embajador español en Lisboa, Luis Sarmiento de Mendoza, que pidiese al
Rey de Portugal la libertad de los españoles confinados en el Brasil. El
portador de esta Cédula al Embajador Luis Sarmiento de Mendoza, fué un
genovés llamado Bartolomé Justiniano, al cual se le entregó asimismo,
entre otros documentos, el título de Gobernadonio de 1553, suplicaba al
Rey de España “que no nos quedemos olvidados en esta tierra donde la
mayor parte de los que en ella viven son malhechores desterrados de
Portugal”.
Justiniano llegó a San Vicente, donde se encontró con Salazar, pero a
pesar de su salvaconducto, los portugueses no le permitieron ponerse en
viaje hacia el Paraguay. Entonces, Salazar tomó una resolución extrema,
que el mismo nos relata en su Carta del 20 de marzo de 1556, escrita
desde la Asunción. Combinó en secreto una huida de San Vicente con
Ciprian de Goes, seis soldados portugueses y una docena de españoles.
También formaban parte de esta curiosa expedición internacional mandada
por un español, un genovés y un portugués, la mujer de Goes, la de
Salazar, que era Doña Isabel de Contreras, dos hijas suyas y otras tres
mujeres casadas.
No se sabe el destino que tuvieron muchas de las mujeres restantes.
Algunas de ellas debieron adelantarse al Paraguay cuando Hernando de
Salazar se dirigió a la Asunción. Otras vinieron con Hernando de Trejo,
el cual llegó a la Asunción con un grupo de españoles y portugueses,
varios meses después que Juan de Salazar, a mediados de 1556, y no pocas
de ellas debieron quedarse en el Brasil, casadas con pobladores de
aquella costa.
Cuando el Gobernador Tomé Sosa se enteró de la huida de Juan de Salazar,
incitó a los indios tupí a que asaltaran a los españoles a unas doce
leguas de Santos y San Vicente. Así lo hicieron los salvajes, poniendo
gran espanto en la pequeña comitiva; pero el jesuíta Manuel de Nobrega,
que tenía una reducción entre los indios, calmó a los tupí “diciéndoles
que Dios se enojaría y así el Rey de Portugal”, si atacaban a los
españoles.
La expedición, al cabo de cinco meses de grandes penurias, llegó al
Guairá, donde Salazar, como dice él mismo en su Carta citada, se detuvo
‘‘a descansar las mujeres”.
Allí se encontraba el Capitán García Rodríguez de Vergara, que, desde
dos años antes, se había dirigido a aquel lugar por orden de Irala para
buscar metales preciosos. A los pocos días, Bartolomé Justiniano se
adelantó a la Asunción con el título de Gobernador para Irala, llegando
a la capital del Paraguay por el mes de septiembre del año 1555.
Juan de Salazar llegó con sus acompañantes un mes más tarde, Irala lo
recibió amablemente, sin acordarse de sus desavenencias en tiempos de
Alvar Núñez. Las damas y damiselas, bien curtidas por aquel viaje que
había durado, desde la salida de España, nada menos que cinco años
largos, no traían la belleza y las buenas maneras que tenían al partir;
pero para los españoles de la Asunción, habituados a las indias medio
salvajes del Chaco y del Guairá, aquellas mujeres blancas debieron
parecer Vírgenes como las de los altares de las iglesias de España.
Todos apresuráronse a casarse con ellas,
lavándose ahora de vez en cuando, cambiando los bruscos modales que
habían adquirido con el trato de los indios, por otros más gentiles y
amanerados, y tornando a pensar en los blancos coletos recamados que
desde tantos años no habían vuelto a usar... En fin: aquellas mujeres
fueron para los pobladores de la Asunción un hálito de vida que infundió
en aquellos hombres nuevas esperanzas e ilusiones. Fueron un soplo de
poesía para los románticos conquistadores, que a fuerza de chapurrear en
guaraní habían perdido la costumbre de tratar con mujeres vestidas como
Dios manda y referir a damas auténticas, en sonoro castellano, las
bellas aventuras que su fantasía idealizaba.
La llegada providencial de aquellas mujeres representa la influencia
civilizadora más grande que en aquellos años experimentó el Paraguay e
inicia la era de la verdadera colonización.

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