Es probable que el 4 de agosto de 1914 encontrara a los “yachtsmen” de
la Gran Bretaña más preparados para la guerra con Alemania que cualquier
otra comunidad del Imperio.
Los hombres toman al mar como profesión por una cantidad de razones;
pero el yachtsman abraza al mar como a una amiga querida, como pasión
absoluta y verdaderamente pura. Para quienes lo buscan así, el mar tiene
mucho que contarles; susurra mil secretos, entre crepúsculo y aurora, a
los barquichuelos que reposan cómodos en las caletas frecuentadas por
los chorlos, o que se mantienen perezosamente al ancla con larga
bitadura, a sotavento de bancos de arena desolados — cosas que le son
negadas al viajero atareado que corre por los grandes caminos.
Mirados en conjunto, los yachtmen son gente contemplativa. Un hombre que
se pasa el fin de semana solo, o en compañía de otro, en una embarcación
de tres toneladas, tiene para reflexionar oportunidades qué no se le
presentarán a los devotos de otras ocupaciones. Aprende algo más que la
forma como se producen las mareas y como se cocina con calentador
“Primus”.
En la extraña e incómoda tranquilidad de la década anterior a la guerra
llegaba a nuestras playas en cantidad cada vez mayor cierto discreto
visitante. Pocas gentes lo encontraban, porque elegía para sus visitas
sitios apartados; pero el yachtman habló mucho con él, y después,
sentado en el camarote y fumando más de una pipa, reflexionó sobre él y
sobre su inagotable sed de información.
Había además otros yachtsmen de mente más inquieta e investigadora, que
fueron más allá con sonda y compás, observando cómo estaba hecho el
mundo. Allá donde las olas cortas y amarillentas corrían por leguas
sobre los báñeos, y los molinos y las oscuras velas de las barcas
rompían la línea del horizonte sobre las bajas dunas de arena, ellos
aprendían y veían muchas cosas. Alguien llegó a escribir sobre ellas un
libro que los que corren por el mundo
deberían haber leído (The Riddle of the Sands (El misterio de las
dunas). Aventuras imaginarias de un ingénuo yachtsman, que entre las
islas y bancos de Frisia dió de improviso, en tiempo de paz, nada menos
que con un ensayo general de embarque de tropas para la invasión a
Inglaterra.).
La calamidad estaba en que la gente de
tierra a quienes iban confiados los destinos del Imperio, se movía tan
ocupadamente que no tenía tiempo de leer. Se dedicaban a cazar votos y
cosas semejantes, como los muchachos con las hojas que caen en el otoño.
Con lo que el yachtman prosiguió su yachting, cultivando el trato de los
patrones de movimientos y habla pausados, que hacían el tráfico de la
costa, y de la comunidad de paso de cangrejo que tripulaba la flota de
pesca de la costa oriental. Hombres que a veces resulta bueno conocer,
para el momento apremiante de una crisis repentina.
Cuando, con el alba roja del 4 de agosto de 1914 llegó por fin la guerra,
el yachtsman respiró profundamente, como con alivio, y volcando la
ceniza de la pipa, bajó a tierra, dispuesto a abstenerse de decirles a
los fatigados funcionarios de Whithall en cuya busca iba: “Ya se lo
previne”. Esta sería guerra de mar: el yachtsman, clausuró su negocio en
tierra, envió a ]a esposa a casa de su madre, y puso a disposición de la
Armada todo su conocimiento de las costas del norte de Europa y de los
mares que las bañan.
La Armada estaba ahora muy ocupada. Tampoco ella había permanecido ciega
ante signos y portentos, porque el mar es un maravilloso conductor de la
electricidad... y de otras cosas. Pero ella tenía sus teorías propias
sobre la guerra naval - entre otras opinaba que, hablando con propiedad,
ésta era cuestión de grandes buques y batallas frecuentes. Para librar
batallas se necesitaba destreza en el uso de las armas — altamente
científicas y técnicas. — Ella se la había pasado desde los doce años, o
poco menos, aprendiendo a forjar esas armas. En cambio el conocimiento
de las armas mortíferas por el yachtsman se limitaba a una escopeta
calibre 12 y a un revólver con el cual los domingos por la tarde se
entretenía en romper botellas vacías,
—Espere, mi amigo, que limpiemos de esos tipos al mar del Norte — dijo
la Armada; — no tardaremos mucho, y entonces hablaremos del asunto.
Y el yachtsman esperó, y después de algún tiempo, la Armada, que también
se había mantenido a la expectativa, porque aquella gente del mar del
Norte se había, retirado a Kiel, le confesó que la guerra naval moderna,
en vez de desarrollarse de acuerdo con la brillante teoría, lo hacía en
una forma llena de fastidio.
Mientras tanto el yachtsman no había permanecido del todo inactivo.
Tripuló todas las embarcaciones a motor disponibles en el Reino, y bajo
pabellón de guerra se patrulló la costa con un fusil y un aparato de
señales bastante complicado. Cuando la provisión de lanchas se agotó,
los yachtsmen ricos se construyeron otras por su cuenta y las
aprovisionaron y tripularon ellos mismos. Esto último lo hicieron
indistintamente: uno hacía de capitán, su camarada de club era marinero
de cubierta, otro manejaba los motores. Nada importaba el puesto donde
servía el hombre, siempre que la espuma del oleaje le mojara la cara y
la aurora lo sorprendiera en el querido mar. Vivían junto en alegre
comunidad salvo cuando se encontraban bajo la observación de la Armada.
Entonces adquirían la conciencia de sí mismos, el capitán se encerraba
en espléndido aislamiento, y el marinero —- que era su vecino de puerta
en Surbiton y que quizás poseía un yate mayor que el suyo, — le saludaba
militarmente al dirigirle la palabra y le trataba de “señor”.
La Armada notaba estas cosas y sonreía,
no a son de mofa, sino con afecto, como cuando los hombres sonríen a
perros y niños. Pero al mismo tiempo observaba con atención; tomaba la
medida de todos estos amateurs entusiastas, sin apresuramiento indebido,
deliberadamente, abandonando muy despacio los antiguos prejuicios. Este
es el modo de ser de la Armada.
Las embarcaciones a motor cumplieron su trabajo en forma bien eficaz y
sin ostentación. Llevaron a cabo un excelente servicio de inspección
entre el abundante tráfico costanero del sudeste; en forma tal que no
hubiera pasado de contrabando ni una aguja en un barco cargado de heno.
Para este servicio el yachtsman estaba admirablemente dotado. La obra
requería tacto, pues el cabotaje es gente quisquillosa y poco amiga de
intromisiones; además se necesitaba la cooperación de los empleados de
aduana y puertos, y éstos eran precisamente viejos conocidos de los
yachtsmen, con quienes en todo momento compartieran el vaso de cerveza.
Los motorboats se encontraron arreando fuera de aguas prohibidas a
indóciles flotillas de pesca, que repentinamente se veían acorraladas
por prohibiciones incomprensibles; las aconsejaban en sus cuestiones
legales y, como conocían a los patrones, sabían cuándo tenían que
apercibir a los rebeldes y cuándo confiscar velas y redes; lo cual — no
estará demás decirlo — es sabiduría no enseñada en tierra ni en los
colegios de la Armada, Servían de escampavías a los buques grandes y
remolcaban los blancos de los chicos; llevaban a los cruceros de batalla
sus cartas de amor, y adquirían habilidad y puntería hundiendo minas
flotantes a balazos de fusil.
Así pues, y mediando el debido tiempo, se cumplió su aprendizaje. La
Armada todo lo había observado, casi sin comentario ni elogio; llegado
el momento, ella produjo un tipo de bote patrullero a motor, armado y
equipado en todo sentido como un buquecito de guerra.
—Ahora, dijo la Armada al yachtsman,
dénos Ud. la mano como si fuera de los nuestros y sufra que lo
instruyamos un poco, entrenándolo en el manejo de bombas de profundidad
y de cañón Hotckkiss, antes de que satisfaga el deseo de su corazón
Los yachtsmen, con impaciente voluntad, prestaron atento oído al grupo
de instructores de la Armada (hombres doctos de una escuela de torpedos
llamada Vernon). Pero, preguntó ¡ Armada, ¿dónde está el resto de
ustedes? No son suficientes para el número de embarcaciones que hemos
encargado.
Nada contestaron los yachtsmen que trabajaban en mecánica aplicada y en
la íntima composición de las bombas de alto explosivo. Tiempo hubo,
ciertamente, en que su número hubiera sobrado para todas las necesidades
del país. Pero algunos yacíai bajo el suelo arenoso de Galípoli o en los
pantanos de Flandes otros, en los campos de internación de Holanda,
tallaban trozos de madera dándoles forma de yates en miniatura; el
cuadro de honor de cada uno de los yachtclubs del Reino daba la
respuesta.
No era cosa de cavilar o de
lamentarse. El hombre puede morir sólo una vez, y mientras muera
gloriosamente, la cuestión de dónde fué la cosa es asunto del pasado.
Para llenar las vacantes dejadas por sus hermanos en la última jugada,
llegaron los gitanos de ultramar. Acudían de Auckland, Sydney y Winnipeg
de Vancouver, Wellington, Toronto y Montreal. Eran extraños a Crouch y
al Solent (Campos ingleses de yachting*), pero los yachtsmen de
Inglaterra le; dieron la bienvenida en la masonería indisoluble y
misteriosa de todos los amantes del mar, que bajo pabellón real es hoy
la llamada R.N.V.R. (Royal Naval Volunteer Reserve).
Ahora bien. Plumas más dignas que la mía han descrito sus hazañas en la
patrulla de motorboats. Soportaron la monotonía — que es el
destino de muchos en la guerra naval — y, lo que es más difícil,
supieron mantener su eficiencia y entusiasmo durante todo el tiempo de
ésta. Cumplieron deberes que en forma alguna estaban relacionados con la
guerra, y estuvieron contentos esperando con todo espíritu y voluntad su
turno para cosas mayores. Y algunos llegaron a la gloria comprándola
fácilmente al precio de la vida.
Hemos tratado de anotar los hechos del pequeño yachtsman, el más fiel —
con el permiso de ustedes — de todos los gitanos del mar. Pero había
otros, propietarios de yates a vapor da alta mar y corredores de la copa
del Atlántico, cuya experiencia del mar difería poco de la del austero
profesional. Ellos, al estallar la guerra, se dirigieron al arsenal más
próximo pidiendo cañones, y hombres que pudieran usarlos en nombre del
Rey. Todo lo obtuvieron, y reforzaron así la patrulla de trawlers y el
servicio de inspección desde las Shetlands hasta el Lizard. Si se
recuerda que pocos de esos valientes spartmen poseían patente de capitán
mercante; que los yates de 300 toneladas no son hechos para estarse en
invierno más allá de las Hébridas más lejanas, y que sin embargo lo
hicieron; que el número de pérdidas y encalladuras durante el período en
que fueron mandados por amateurs, es comparable con el de su historia
subsiguiente al mando de los profesionales que los relevaron; entonces
se llega a una apreciación real del trabajo de los yachtsmen de alta
mar.
No es éste el momento de referir en
detalle las hazañas del individuo o de su yate. La Armada los conoce,
pero, de acuerdo con sus hábitos, guarda silencio. Algún día, sin
embargo, cuando los verdes prados que dominan al Solent estén de nuevo
llenos de muchedumbre, y las ensenadas de la Riviera reflejen de nuevo
las graciosas líneas de estas finas amazonas del mar, los salones de
fumar y las mesas de té oirán las historias, o algunas de ellas. Y habrá
algunas que jamás se dirán, porque los hombres que hubieran podido
hacerlo han pasado al Gran Silencio.
Una de ellas, sin embargo, servirá para ilustrar el espíritu con que los
yachtsmen de alta mar respondieron al llamado:
Del otro lado del mar vivía cierta persona, a quien, cuando estalló la
guerra, se le acercó su hijo: —Padre, dijo, me voy a enrolar.
Ahora bien; el muchacho era hijo único; y su madre estaba inválida. El
padre fumó en silencio por un momento, considerando el anuncio de su
hijo.
—No, contestóle luego; no todavía. Si te matan, tu madre moriría. Iré yo
primero.
El hijo sonrió irónico, con la ironía de la juventud. —Eres demasiado
viejo, padre ;. .. cincuenta y cinco años...
—Cincuenta y tres, corrigió el viejo, y patente de capitán. Era hombre
que en los días de la paz feliz corría su propio yate a través del
Atlántico — Pero procederé contigo lealmente, continuó; iré a
presentarme de voluntario; si no me aceptan volveré; y entonces irás tú
en mi lugar; y que Dios te acompañe.
Con un apretón de manos cerraron el trato, y el viejo partió.
Al principio de la guerra, la Armada no se entusiasmaba mucho con
hombres de cincuenta y tres años, por más patente de capitán que
tuvieran. El voluntario se dió probablemente cuenta de ello, y Whitehall
tuvo que aceptar la edad de cuarenta y cinco, según propia apreciación
del candidato.
Era más viejo de lo que parecía o sentía, y si la mirada clara es índice
del carácter, ésta fué la primera y la última mentira que dijo en su
vida.
Su hijo esperó con impaciencia el regreso del pródigo, hasta recibir una
carta en que le pedía se conservara animoso y cuidara a la madre. El
padre, en el momento de escribir, estaba a cargo de un guardia armada
cuidando un velero noruego que hacía agua, en medio de un temporal del
nordeste en la región de Islandia. Vencido el mal tiempo llegó a
Stormoway con el velero y su carga de contrabando. Allí, por primera vez
después de diez días, se tomó un baño y se puso ropa seca. Decía
sentirse muy feliz por contribuir con su grano de arena. Y esto lo creo,
y espero que así siga siendo...
Este amor por el mar, y su familiaridad con él en todas condiciones, son
los que inspiraron a los oficiales de la R. N. V. R. en los momentos de
esfuerzo, como lo atestigua la frecuente obtención por ellos de la D. S.
O. (Orden Servicios Distinguidos). Pero hay otros incidentes que pasaron
sin tal reconocimiento, porque estaban en el llano camino del deber, o
porque eran incidentales al amor de aventura de los gitanos del mar. Uno
merece mencionarse, porque los dos grandes Servicios de reserva, el R.
N. R. (Reserva Naval Real) y el R. N. V. A. se dieron la mano en el
asunto y lo llevaron a buen fin.
En un puerto del otro lado del Canal encontrábanse dos divisiones de
drifters británicos esperando órdenes para regresar a su base. Se estaba
en invierno y reinaba temporal del sudeste. Las informaciones
meteorológicas subsiguientes lo señalaron como el peor del año.
La orden de regreso le llegó al oficial más antiguo de los drifters,
condicionada así: “ tan pronto como el tiempo haya calmado
suficientemente”. El jefe de una de las divisiones era oficial de la R.
N. R.., y el otro un subteniente de la Reserva Voluntaria. El primero,
después de observar al cielo, y a la mar que se estrellaba en el
rompeolas y reventaba formando montañas de espuma, y también al
barómetro, opinó que el tiempo todavía no estaba bastante bueno.
El subteniente de la Voluntaria deeía que estaba cansado de puerto y que
le agradaría moverse algo. El otro lo trató de loco, pero hizo a la
propia división señal de “ponerse a pique”. El temporal amainó un poco,
y las dos divisiones avanzaron en línea de fila en medio de las espumas.
A medio Canal encontraron un vapor de 4.000 toneladas abandonado y al
garete, muy metido de proa. El reservista voluntario observó su perezoso
movimiento de sube y baja en los Renos empinados de las olas barridas
por el viento, y decidió que la cosa no era tan mala como decían.
- Hágase cargo de las dos divisiones de drifters, señaló al oficial del
pequeño buque insignia de la otra división y lléveIos a puerto. Yo voy a
abordar.
Ordenó luego al patrón se atracara al pesado casco, y llamó a
voluntarios que quisieran acompañarlo. Sus hombres no eran cobardes,
pero no estaban cansados de la vida, y muchos tenían familia y esposa. —Yo
iré, dijo sin embargo el cocinero.
A favor del viento arrimáronse al escorado pantoque, y aprovechando un
bandazo, subteniente y cocinero saltaron a una tira colgante y .cayeron
a la desierta cubierta del vapor.
Mientras tanto el subteniente de la reserva naval había pasado a
barlovento, y entregando el mando a los respectivos patrones, botó al
agua una cáscara de nuez y con ella medio anegada se acercó al vapor,
hasta poder, él también, agarrarse de la tira y treparse al buque. Llegó
a tiempo para ver que el “voluntario” levantaba los estopores de ambas
anclas y daba fondo a éstos. Entretanto, lluvia y bruma se tragaron a
los drifters, que seguían para su base, clamando a Dios para testigo de
que ellos no eran flojos, pero de que había límites para lo que el
hombre podía hacer por puro amor a la aventura.
Una rápida inspección al casco mostró que la bodega No 2 estaba inundada
por efecto sea de mina o de torpedo. En cambio todos los mamparos se
sostenían, y el cuarto de máquinas estaba indemne. El reservista dijo: —Si
pudiéramos levantar presión me atrevería a llevar este artefacto a los
Downs.
Pero tres hombres no pueden sin ayuda levantar vapor y hacer navegar a
un vapor de 4000 toneladas; de modo que se acomodaron dispuestos a
esperar.
Por la tarde llegó un destructor, cubiertas de sal las chimeneas y muy
ocupadas las banderolas de mano sobre el chubasquero.
—“Prepararse a abandonar el buque”, decía el destructor, en tono muy
parecido al que emplearía un padre al salvar a su hijo de entre las
ruedas de un automóvil.
—Esta sí que es buena, observó el voluntario al otro reservista; mi
palabra que no consigo interpretar esa señal— La vista ya no está como
antes.
—Yo, con semáforo, puedo señalar bastante bien, pero cuando hay que
interpretar me confundo por completo. Quizás el cocinero pueda hacerlo.
El cocinero dijo enseguida que eso era griego para él. El destructor,
después de esperar algún tiempo, y cada vez más enojado, pasó a
barlovento y fondeó.
—Ahora, — dijo el voluntario al reservista, — usted habló mucho de su
conocimiento del semáforo. Hágales señal de que nos manden una docena de
hombres de máquina y un ingeniero y levantaremos vapor para navegar
hasta Downs. De paso, que muchas gracias por su gentileza al venir a
vernos. Que por qué se han incomodado.
El reservista, con términos persuasivos y diplomáticos, señaló de
conformidad con las instrucciones, y al oscurecer llegó a bordo un bote
cargado de gente mojada, del Cuerpo de máquinas de la Armada Real.
Reconfortados con Madeira de la cámara del capitán, fueron al cuarto de
calderas, las llenaron, encendieron los fuegos, y al aclarar tenían
presión para navegar. Largaron por ojo las cadenas, que habían tomado
demasiadas sueltas para que se pudieran levar las anclas, sustituyeron a
éstas con un anclote tipo Almirantazgo, y se dirigieron sin prisa hacia
los Downs, escoltados por el destructor.
Un mes más tarde el “voluntario” encontró
en tierra al otro reservista.
—i Se acuerda de aquel buque abandonado que salvamos juntos ? — dijo el
primero. — He estado en Londres para ver lo del salvamento... y lo demás.
El reservista abrió tamaños ojos:
—Valdrá, como nada, 120.000 libras.
—Las vale — fue la respuesta, dada en tono mesurado, como el que
emplearía el Ministro de Hacienda al explicar su presupuesto; — pero
estaba fletado por el gobierno. Y como el salvamento fue hecho — aquí
hubo un profundo suspiro — por oficiales de marina, no corresponde
premio de salvamento.
Traducción de A. Cy.
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