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Resumen
La Guerra de Independencia originó nuevas problemáticas en la
organización militar de los primeros gobiernos patrios. Debido a eso la
oficialidad naval tuvo que conformarse con el apoyo de tripulaciones
extranjeras de diversos orígenes geográficos y sociales que lograron
conformar las primeras escuadras. Su estructura organizativa habría de
configurarse a partir de la gestión del almirante Guillermo Brown.
Abstract
The War of Independence led to new problems in the military
orga-nization of the first govemments. Because of that, naval officers
had to settle with the support of foreign crews of diverse geographic
and social status, that succeeded in forming the first teams. Its
organizational structu-re should be set from the management of Admiral
William Brown.
Para seguir la línea de un trabajo anterior sobre el aporte extranjero a
la conformación de las primeras escuadras navales argentinas en las
guerras de la Independencia y del Brasil (1810-1830), que estaba
centrado en las tripulaciones, este artículo analiza la forma de
reclutamiento y el origen geográfico y social de los oficiales que
ejercieron el mando en las citadas escuadras1. (ver
El Aporte Extranjero a la
conformacion de las Tripulaciones Argentinas en las
Guerras de Independencia y del Brasil, 1814 - 1830.
Por Julio
Luqui Lagleyze)
LOS EXTRANJEROS COMO OFICIALES NAVALES
El porqué nuestras primitivas escuadras fueron tripuladas y comandadas
con mayoría de marinos extranjeros ha sido motivo de análisis y
discusiones historiográficas desde el primer intento de formarlas en
1810 y más aún entre 1814 y 1830. Aquellos oficiales fueron desde el
almirante Guillermo Brown -irlandés de origen- que lo hizo en forma
permanente adoptando a la Argentina como su segunda Patria, hasta
aquellos que por su escaso tiempo de servicios y su paso fugaz se hacen
sospechosos de haber estado movidos por propósitos poco más que
mercenarios.
Varios historiadores navales han tratado de dilucidar una explicación de
esa causa, entre ellos Alfredo G. Villegas2 y el capitán de navio
González Lonzieme3. El primero de ellos afirma que los gobiernos patrios
desde 1810 hasta 1814, contaron con oficiales navales “nativos” de los
que disponer; a los que se sumaron no pocos españoles plegados a la
revolución, afincados en estas tierras, como los pilotos José de la Peña
y Zasueta, Juan Francisco Díaz, Joaquín Gundín, Antonio Toll y Benito
Aizpurúa; el capitán de fragata Bernardo de Bonavía y el quizás más
sobresaliente de todos, por su historia y alto rango, el teniente
general -vicealmirante- de la Real Armada don Pascual Ruiz Huidobro4.
Entre los nativos de ambas bandas del Río de la Plata, se
contaban el coronel Francisco Javier de Viana (ex capitán de fragata de
la Real Armada), Francisco de Gurruchaga, Benito Lynch, Matías de
Irigoyen (alféreces de navio); Martín Jacobo Thompson (alférez de
fragata); los hermanos Aldao (alféreces), Francisco José Seguí, Benito
José de Goyena, Lorenzo So-tomayor (guardiamarinas), el tercer piloto
Antonio del Pino y el segundo cirujano Francisco de Paula Rivero y
muchos más, sumados a los pilotos y egresados de la Escuela de Náutica
formada por Belgrano en 1799 y dirigida por Pedro Cerviño.
Pero no se recurrió a ninguno de ellos, ni en 1810, ni en 1814 ni
después, sea para dirigir la preparación de una escuadra, o para la
posterior conducción de las operaciones. Villegas opina que con “tan
elevado número de oficiales " pudo haberse montado una armada decente en
el año 1810 pero, según él, la imprevisión de la Junta y la actitud leal
y ortodoxa de la mayoría de los marinos de rango de la Real Armada,
quienes se negaron a reconocerla, levaron anclas y se marcharon a
Montevideo con sus naves. Esta situación dejó a la Revolución sin buques
ni tripulaciones, lo que originó tres años de zozobras y casi le cuesta
la vida a la naciente Patria, hasta que la caída de Montevideo en 1814
puso fin a la amenaza naval realista en el Plata. Muchos podrían haber
sostenido que la falta de buques podía reemplazarse, como se hizo, con
el artillado de naves mercantes; después de todo unos y otros eran de
similar construcción, pero era imposible navegar sin hombres de
profesión marinera como se comprobó con el fracaso de la primera
escuadrilla.
Por otro lado, como opina González Lonzieme, los pocos oficiales de la
Real Armada española que optaron por apoyar la Revolución de Mayo,
sufrieron un problema de conciencia, ya que en su oportunidad, habían
jurado lealtad a España y, por el otro, a los marinos criollos que
habían aprendido su profesión en la Armada Española, que habían luchado
hombro con hombro contra el invasor inglés junto a los hombres que ahora
se hallaban en el bando contrario, debía disgustarles tener que combatir
contra sus camaradas y amigos de ayer.
Sin duda todo ello debió ser una cuestión de conciencia difícil de
resolver, aún para las rigurosas autoridades revolucionarias, que debían
dudar del ardor con que los marinos “españoles” de Buenos Aires
emprenderíanla lucha contra los “españoles” de Montevideo. Similar conclusión saca
el capitán de fragata Héctor R. Ratto, acerca del coronel Viana, al
decir que:
No es posible descartar que su condición de hijo de Montevideo al par
que prenda de unión con la gente de la otra orilla del Plata y su
vinculación afectiva hacia antiguos camaradas de armas que militaban en
la escuadra realista -entre los cuales tenía parientes debieron
robustecer esa conducta prudente y discreta de que dio pruebas cuando el
apresto de la fuerza naval (de 1814)5.
Esta podría ser una respuesta a la pregunta que se hace González
Lonzieme, de por qué en 1814 fue el ministro de Hacienda (el comerciante
Juan Larrea) y no el de Guerra (el marino Javier de Viana)6 quien se
ocupara de la adquisición y alistamiento de la escuadra que se pretendía
organizar, e incluso fue el mismo ministro Larrea quien intervino en las
órdenes de operaciones que se le darían al jefe de aquella fuerza naval.
Aunque para este caso no debería descartarse el trasfondo político y
tener en cuenta que Larrea era miembro destacado de la dominante Logia
Lautaro, en la cual se había debatido y aprobado la creación de la
escuadra, y por su parte el coronel Viana no era aún del grupo7.
Según Julio A Benencia, en sus apuntes inéditos8, los marinos de línea
recibieron muchas ingratitudes por parte de los dirigentes de la
Revolución y de la Independencia, ya que desde la época de la primera
escuadrilla (1811), cualquier variación en la suerte de la guerra,
significaba para ellos la licencia absoluta y la baja del servicio, ya
que eran considerados como un factor militar de segundo
orden, pese a haber servido con igual desinterés que los de tierra. De
esa manera, debían acomodarse a este servicio o pasar al cabotaje
mercante. La más seria de esas resoluciones fue la del 14 de septiembre
de 1815, en que se dispuso que todos los oficiales de marina
desembarcados no gozarían de sueldo hasta que no obtuviesen un destino
en los buques.
Los que dejaban el servicio activo, debían pasar a los
quehaceres del río, con embarcaciones pequeñas y medianas, dedicadas al
alije de buques mayores en las balizas exteriores de Buenos Aires, o
hacer el cabotaje a la Colonia, Maldonado, Santa Fe o la bajada del
Paraná. Los que eran extranjeros se quedaban de esa manera en el país en
espera de que sus servicios fueran nuevamente reclamados por la
necesidad, justificando cada tanto sus ocupaciones en informes a las
autoridades, para que se excusara su calidad de “extranjeros”. Aveces,
la superioridad los reconocía y expresaba: “(...) hay ciertos
extranjeros que por sus servicios al país y los nuevos sacrificios que
ofrecen gustosos hacer, son acreedores a las distinciones de un gobierno
liberal”9.
Por otro lado, la inserción de los oficiales de guerra en ese cabotaje
nacional, ya fuera el mayor de altamar o el menor, el fluvial,
contribuía a formar las reservas navales activas, necesarias en caso de
nuevos conflictos, en que serían llamados y sacados de la actividad
mercante, al menos en forma temporal.
Las primeras escuadrillas patriotas 1810-1813
La escasez de oficiales en todos los cuerpos militares, no solo los
navales, se hizo evidente a poco de iniciada la guerra de independencia.
Esto se paliaba en parte con el entusiasmo de los jóvenes por tomar la
carrera de las armas para la defensa de la Patria, pero se hacía
necesario encausar ese fervor, y entrenar a los hombres jóvenes para
llegar a tener oficiales profesionales. Así, en agosto de 1810, la junta
envió una circular a todos los jefes de los cuerpos militares, fijando
la edad para que los jóvenes fuesen admitidos como oficiales, señalando
que no se admitiría ninguno que no tuviese los veinte años cumplidos y
ningún cadete que no tuviera catorce10.
Cuando en 1810 se hizo visible la necesidad de formar una escuadrilla
fluvial para apoyar la marcha del general Belgrano en su campaña al
Paraguay y, a la vez, tratar de tomar el control de los ríos interiores,
se necesitaron oficiales para comandarla y personal para marinarla. Fue
entonces cuando se hizo evidente la grave escasez de oficiales navales.
Al no poder tomar, como se ha visto, a los oficiales de origen o
formación española y que en el puerto de Buenos Aires había pocos
hombres de mar, se debió acudir a los extranjeros. Los más numerosos de
entre ellos eran los antiguos corsarios al servicio de Francia, que se
hallaban en el Río de la Plata desde la época posterior a Trafalgar,
sorprendidos por la derrota francesa y luego por la invasión británica,
contra la que prestaron valiosos servicios, tanto en la Reconquista como
en la Defensa. Estos corsarios fueron los que se reclutaron para
oficiales de la primera escuadrilla patriota, secundados por otros pocos
de origen español o criollo.
De esa manera, el comandante del buque insignia de la primera
escuadrilla, la Invencible, fue Juan Bautista Azopardo11, nacido en la
isla de Malta en 1772, secundado por Javier Díaz Edroza, español nacido
en 1786 en Galicia, que había servido en el Tercio de Gallegos en la
invasión inglesa12.
En la 25 de Mayo el comandante fue Hipólito Bouchard, un francés nacido
en 1780, que había participado como segundo oficial del famoso corsario
Hipólito Mordeille antes de la invasión y que con sus hombres formó
parte de las tropas traídas por Liniers en la Reconquista. Mordeille
cayó en la defensa de Montevideo, en febrero de 1807 y sus hombres
quedaron a la
deriva. Finalmente Bouchard fue dado de alta, al igual que varios otros,
el 15 de agosto de 1810 y luego confirmado a cargo de la nave13.
Tras la derrota en el combate naval de San Nicolás, Bouchard se pasó al
ejército y en 1812 ingresó como subteniente al regimiento de Granaderos
a Caballo que formó el teniente coronel San Martín. En esta unidad,
participó del combate de San Lorenzo y del sitio y toma de Montevideo en
1814. Luego de la caída de la plaza y tras ser comandante del puerto de
Montevideo, pidió la baja del ejército y volvió a la marina, como
oficial corsario para llevar adelante nuevas campañas. En San Nicolás,
Bouchard estuvo secundado por Manuel Suarez14, un marino español de
nacimiento, que fue dado de alta en 15 de septiembre de 1810 y que
prestó servicios en los siguientes años siempre como segundo del francés.
En la Americana, como comandante sirvió Angel Hubac, también francés
nacido en 1780, ex oficial de Mordeille y veterano de las invasiones
inglesas; dado de alta el 15 de agosto de 181015. Prestó servicios
durante la guerra de Independencia y moriría en combate, con el grado de
coronel de marina, en 1820. En la primera escuadrilla de 1810, estuvo
secundado por Juan Francisco Díaz, también español nacido en 1786, pero
criado en América (en Cartagena de Indias) y que era piloto de la Real
Armada; sirvió en las fuerzas reconquistadoras de Liniers, como piloto
en el buque del capitán Juan Angel de Michelena. En 1807, Díaz fue
nombrado subteniente de milicias urbanas de artillería y peleó con un
batallón de marina al mando de Cándido de Lasala. Fue dado de alta el 18
de octubre de 1810 como segundo de Hubac16 y luego de la campaña pasó al
comando de uno de los lanchones armados en guerra, con fecha 8 de agosto
de 1811 17. Posteriormente, dejó
el servicio naval y a partir de 1812 se empleó en el Regimiento de
Artillería, luego en varios otros destinos, incluso como capitán de
puerto de Ensenada. Díaz falleció con el grado de coronel de artillería,
en Bahía Blanca en 1850.
Todos estos oficiales, tanto los franceses como los españoles
acriollados, fueron reclutados y se les entregaron despachos por parte
de la Junta entre agosto y septiembre de 1810 y finalmente dados de baja
a partir de la fecha de la derrota de San Nicolás, 2 de marzo de 1811,
hasta el 11 del mismo mes. Luego del sumario y juicio seguidos por el
descalabro, algunos fueron sobreseídos y volvieron al servicio naval,
luego de haber pasado temporalmente por el ejército, como Bouchard.
Otros se quedarían sirviendo en tierra. Tras la derrota de San Nicolás,
solo quedó en actividad en la rada de Buenos Aires el queche Hiena que
fue puesto por un tiempo al mando de Bouchard, secundado en el mando por
Suarez, para “defender” el puerto de los bombardeos realistas.
Desde 1810, figuraba prestando servicios el capitán mercante
norteamericano Thomas Taylor 18, como encargado de alistar buques para la
primera escuadrilla, además de la contratación o decomiso de unas
fragatas inglesas en el puerto, para aumentar la fuerza naval. Pero a
raíz del fracaso de San Nicolás, todo quedó sin efecto por la decisión
del gobierno de no continuar con aprestos navales.
Sin embargo, poco después se optó por formar una segunda escuadrilla, lo
que se encomendó al mismo Taylor y se lo nombró comandante del queche
Hiena, teniendo como segundo a otro norteamericano, Tomás Ro-binson. Por
su parte, Bouchard con grado de teniente19 pasó a comandar la sumaca
Santo Domingo, secundado por Manuel Suarez20, mientras que la goleta
Nuestra Señora del Carmen, fue puesta al mando del teniente Angel
Hubac 21, junto al oficial del mismo grado José María González
Echandía 22, un criollo nacido en Montevideo en 1790, pero que tras el
desarme de la segunda escuadrilla se había pasado al ejército. Los otros
oficiales, los que mandaban los lanchones artillados, eran tenientes de
distintos orígenes: Tomás Jones, norteamericano, Augusto Favier, francés
que había sido dado de alta en 1810 y llegó al grado de capitán 23,
Lorenzo Morlote, italiano nacido en 1788, que sería segundo capitán de
puerto en 181224, y luego pasaría al ejército donde murió en combate en
Sipe-sipe el 29 de noviembre de 1815, el piloto Antonio Orta25 que luego
serviría en el ejército llegando a teniente coronel de caballería; y el
ya citado español acriollado Juan Francisco Díaz. Como jefe de la
incipiente Infantería de Marina, revistaba el teniente norteamericano
Tomás Wilson. Luego del 18 de octubre de 1811, todos cesaron en sus
funciones, porque tras la firma del armisticio con los realistas de
Montevideo, la escuadrilla se dispersó.
Durante el segundo bloqueo de Buenos Aires en 1812, los oficiales
navales que comandaban buques conforman un grupo que se lo podía llamar
el “grupo de los Thomas”. Todos anglosajones conformado por el ya
mencionado Tomás Taylor, que fue nombrado Comandante de las fuerzas
marítimas de Buenos Aires; secundado por Tomás Jones, el subteniente
Tomás Jaime Robinson26 y Tomás Wilson 21. Estos dos últimos murieron el
23 de
mayo de 1812 cuando los realistas tomaron el queche Hiena en San Blas,
en el Río Negro. En esa oportunidad el comandante Taylor fue tomado
prisionero y llevado a Montevideo y quedó preso hasta la caída de la
plaza en 1814. Luego de su liberación, fue comandante de la Zephyr e
hizo corso con ella entre 1815 y 1816, Además fue armador corsario en
Baltimore (EE. UU.) y se retiró del corso en 1822, para regresar a
Buenos Aires. El segundo de Taylor, Tomás F. Jones, norteamericano,
empezó a prestar servicios en 1812, como segundo del Hiena; en 1815 fue
comandante corsario y luego capitán del puerto de la Ensenada en 1819 y
del arsenal de marina de Barracas, hasta su muerte natural en marzo de
1820.
Los demás oficiales de esta segunda escuadrilla figuran nombrados con
despachos del Triunvirato, fechados el 3 de febrero de 1812. Eran, como
segundo teniente del queche José Vicente Barba, con 90$ de sueldo; como
piloto del Bergantín Venus José Fitt con 80 $; como subteniente de la
compañía de Granaderos de Fernando VII embarcados como Infantería de
Marina, a José María Píriz 28.
A principios de 1813 y tras la captura del queche Hiena y de su
comandante, solo quedaron unos pocos lanchones armados que fueron
puestos al mando del norteamericano Benjamín Franklin Seaver, nacido en
1776, nombrado como teniente coronel de marina ese mismo año y que fue
acompañado por varios oficiales de origen griego que además eran
hermanos entre sí; como Miguel Teodoro Spiro, Samuel Pedro Spiro, Miguel
Ferraris y Nicolás Jorge. Los hermanos Spiro, naturales de la isla
griega de Hydra, habían sido dados de alta por vez primera en septiembre
de 1810, como subalternos29 para integrar los lanchones o botes que
estaban en servicio. En tanto, Nicolás Jorge había sido aceptado en
marzo de 1811, luego de la derrota de San Nicolás. Todos prestaron sus
servicios como contramaestres o patrones hasta la campaña de 1814 en la
que ascendieron a oficiales. En la operación murió Samuel Spiro en el
combate de Arroyo de la China; en tanto que los otros, Teodoro y Jorge
continuaron sus servicios de Marina hasta la época de Rosas. Nicolás
Jorge fue uno de los oficiales más longevos de la Armada, incorporado en
1811 como contramaestre hasta la campaña de 1814, luego ascendió a
subteniente, llegaría a ser coronel de la Marina de la Confederación en
época de Rosas y moriría muy anciano, tiempo después de Caseros.
El reclutamiento de oficiales para la Escuadra 1814, necesidades y
métodos.
Llegamos así a la época de la Campaña Naval de 1814, en que el número de
oficiales reclutados será mucho mayor en virtud que el proyecto de
armado de una escuadra era más ambicioso. Tomada la decisión de gobierno
de poner fin a la dominación realista del Río de la Plata y hacer caer
la plaza fuerte de Montevideo, levantando una escuadra lo
suficientemente poderosa para bloquear el puerto y derrotar la flota
española allí apostada, era necesario montarla con mayor cantidad y
porte de buques. La necesidad más imperiosa fue, además de barcos y
armas, obtener las tripulaciones para marinarlas y los marinos capaces
de comandarlas, habida cuenta de la carencia de oficiales criollos. Ello
hizo necesario contratar marinos de origen extranjero, pero tampoco
bastaba para ello los corsarios franceses y los marinos griegos de los
años anteriores que seguían prestando servicios. Era necesario buscar un
comandante en jefe con experiencia y conocimientos sobre el Río de la
Plata, sumado a los oficiales de bandera para todos los buques, a los
segundos comandantes, a los tenientes y hasta los guardia-marinas. Ni
siquiera con la cantidad de oficiales mercantes a bordo de los buques
anclados en el puerto de Buenos Aires parecía ser suficiente.
Por las contingencias y la premura de las operaciones, no se podían
seguir puntualmente todos los artículos de las ordenanzas navales
españolas que eran las vigentes, ni tampoco borrarlas y tomar al pié de
la letra los usos británicos, por más que fueran más adaptables a los
marinos reclutados, en su mayoría anglosajones foráneos al medio
político rioplatense. Por ello, como ocurrió con las tripulaciones y los
cuadros, la solución sería intermedia, entre la ordenanza española y el
sistema británico, y lo mismo ocurriría en lo referente a carreras,
grados, funciones, disciplina y demás usos y costumbres de la vida naval
en campaña. Esta característica era válida tanto para ese momento como
para el siguiente conflicto con el Brasil, en que la presencia
angloparlante fue importante.
La ordenanza española no preveía, en primera instancia, tomar oficiales
navales de la marina mercante o de la actividad civil, sino que todos
debían ser oficiales egresados de las Academias de Guardiamarinas y
escuelas de ofi-
cíales de España. Por otro lado no existían academias en América, por lo
que no había posibilidad de formar oficiales locales. Sólo en casos
extremos de guerra en el exterior, los españoles reclutaban oficiales de
origen mercante o civil, pero como máximo en el rol de oficiales
corsarios los que, por la tradición anti corsaria española, eran escasos.
Los oficiales de guerra españoles procedían de las clases aristocráticas
o hidalgas, “por los cuatro costados ” (los cuatro abuelos), tenían que
cumplir una serie de requisitos físicos de aptitud para la carrera de
las armas, además de las de suficiencia científica, que se daban en las
Compañía de Guardias Marinas; requisitos semejantes, pero menos
rigurosos, de conocimientos previos tenían los que destinados a
oficiales mayores (administrativos), llamados en España Oficiales de
pluma, o los Pilotos. El ingreso se hacía por varias vías: los cursantes
daban exámenes, con exigencias técnicas, mientras que los oficiales
mayores, rendían evaluaciones sobre conocimientos previos.
Todos
ingresaban entre 12 los y 20 años, que se redujo a inicios del siglo XIX
aló mínimo y 18 máximo. Luego de estudiar en las academias para ser
oficiales de guerra, debían poner en práctica sus conocimientos
embarcados, donde se ejercitaban con sus superiores, que hacían de
tutores. La única forma de ascender a oficial era pasando una prueba y
si era eliminado reiteradamente, el candidato era expulsado de la
Armada. Había nombramientos reales de marinos “no nobles” con ascenso
por méritos de campaña y grados en premio a servicios y éxitos en el
combate, en especial como corsario, a partir de lo cual se abría carrera
en la Armada.
Todo este sistema académico y de méritos era imposible de instrumentar y
mantener en las contingencias de la guerra en el Río de la Plata, por lo
que se tomaron otras opciones que figuraban en las ordenanzas como la
única forma de tener jóvenes aspirantes a oficiales de guerra sin tener
escuelas de formación. Esto tuvo la figura de los Aventureros, que
iniciaban su carrera como meritorios, sin pago y embarcando sin
graduación, para adquirir experiencia marinera. Cuando se los
consideraba preparados, se presentaban a examen para ascender a
subteniente de marina, en el caso rioplatense; el que también se podía
conseguir por méritos en campaña (el caso más común en la guerra de
independencia). Los Aventureros no portaban uniforme de guardiamarinas,
pero a bordo podían alternar con ellos30.
El sistema inglés fue en apariencia un poco más abierto, en especial
durante las guerras napoleónicas, por lo que se adaptaba mejor a las
necesidades rioplatenses de reclutamiento de marinos anglosajones. Si
bien la mayoría de la oficialidad pasaba por escuelas de oficiales,
también se los tomaba de la actividad mercante civil si fuese necesario,
aunque con limitaciones de funciones. Para los ingleses, a diferencia de
los españoles, los oficiales debían tener la mayoría de su entrenamiento
a bordo de los buques y no en clases teóricas; sólo los Warrant
officers, los profesionales, hacían su carrera entera antes de entrar al
servicio de la marina.
Para ser oficial, un hombre debía servir al menos
tres años como guardiamarina embarcado, o como master mate, (segundo del
piloto) en el caso de la Royal Navy, antes de siquiera intentar
calificar para teniente, y haber estado en total unos seis años en el
mar, preferentemente sin interrupción. El entrenamiento de los oficiales
ingleses no era sistemático y sólo una pequeña parte de los candidatos
pasaba por el colegio naval (Naval College) en Portsmouth31. La mayoría
de los jóvenes caballeros servían en varios buques antes de ser
tenientes y su entrenamiento era errático, dejado en manos de los
capitanes de cada buque, y asistido o no, por un School master.
Por su parte, los tenientes tenían varias responsabilidades: encargados
de guardia, comandantes de buques pequeños, comandar los piquetes de
desembarco o abordaje y como oficiales de presas. El servicio inglés,
dice Lavery, estaba lleno de abusos y del arbitrio de tenientes
incompetentes, pero la mayoría eran capaces, hábiles y bien entrenados.
La forma más directa de los jóvenes para entrar en el servicio, era como
sirvientes del capitán (Captain 's Servant), diríamos hoy grumetes en
nuestra jerga marinera. Cada capitán inglés estaba autorizado a tener
hasta cuatro de esos jóvenes por cada 100 hombres de tripulación. En
otros casos figuraban como marineros hábiles (Able Seaman) o como
voluntarios de primera clase (Vo-lunteer 1- Class). En cuanto se revisan
y analizan las listas de revista y los papeles de los armadores
conservados en los archivos, se percibe que todo este sistema británico
de opciones se vería instrumentado en nuestras primeras escuadrillas. En
todos los casos, esos jóvenes se ponían al cuidado del condestable
artillero (Gunner) y vivían en el Gunroom (el pañol o cuarto de cañones,
o de repuestos de artillería) si se trataba de navios, mientras que en
las fragatas, más pequeñas, estaban a cargo de los guardiamarinas más
antiguos.
Los oficiales ingleses, a diferencia de los españoles, eran del más
amplio espectro social -característica que también se verá en nuestros
mandos-, desde la aristocracia británica hasta los grandes mayorazgos,
había familias de marinos con varias generaciones de servicios, un 25%
eran hijos de oficiales, hasta un 50% del total que provenía de las
clases medias de las familias de profesionales y comerciantes y aún de
la media trabajadora. Los historiadores navales británicos manifiestan
con orgullo que la Royal Navy no era un arma aristocrática y tan cerrada
como la “royale” francesa o la Real Armada Española. Algunos oficiales,
incluso, podían llegar desde la clase de marineros - algo imposible en
las otras marinas nombradas-, un 3% de todos los oficiales provenían de
allí y habían pasado de marinero a marinero hábil y luego a
guardiamarina, sin haber sido sirviente del capitán,
Habida cuenta de los usos navales en boga y los que estaban vigentes en
el Río de la Plata, en donde por muchos años se trataría de seguir la
Real Ordenanza española, y fundirla con la practicidad de los usos
ingleses, el sistema de captación, reclutamiento y formación de
oficiales usado por las Provincias Unidas en la guerra de Independencia
desde 1814, que luego se repitió en los siguientes conflictos
internacionales, hasta la creación de
una marina moderna y una escuela naval bajo la presidencia de Sarmiento
(1868-1874); fue una solución mixta. Esto fue debido, como se intuye, a
la heterogeneidad de los hombres que servían en las escuadras y sus
componentes, entre la usanza española y los estilos a la inglesa, como
en casi todo lo atinente a la administración y la disciplina naval. Es
obvio que las características nobiliarias y aristocráticas de las
ordenanzas españolas fueron lo primero que se dejó de lado en la nueva
administración naval de las Provincias Unidas.
Al no existir academias de oficiales, ni de tierra ni de mar, pues los
pocos proyectos presentados en esos años no prosperaron; se hizo
necesario reclutar marinos mercantes civiles, con actividad y
conocimientos marineros comprobados, mayoritarios o preferentemente
extranjeros, con experiencia en comandar buques. A la vez, estos mismos
debían ser los encargados de empezar a formar a los jóvenes criollos
desde los grados más bajos, aventureros, grumetes, sirvientes y
guardiamarinas como aparecen en los listados-, directamente en las
cubiertas de los buques, a fin de que estos hiciesen su carrera naval y
con el tiempo fueran los oficiales navales y los comandantes de la
Armada de las Provincias Unidas que irían gradualmente reemplazando a
los “gringos”.
Para enganchar a los oficiales mercantes, así como las tripulaciones, se
utilizaron varios “reclutadores”, con grados de oficiales, o no, y de
origen extranjero, que se hallaban en el Río de la Plata y que prestaron
valiosos servicios en esa tarea. Los más destacados de ellos, en el caso
de la Guerra de Independencia, fueron el ya mencionado Tomás Taylor en
los años iniciales hasta 1814, el comerciante anglo norteamericano
William Pío White, encargado por Larrea para el reclutamiento y el
armado de la escuadra de 1814. White se había asociado con otros
comerciantes ingleses, como Brittain, o el comodoro británico Robert
Ramsay, quien había estado en 1810 con los buques de la primera estación
naval británica al mando del comodoro Montague Fabian en la Mistletoe.
Ramsay fue luego contratado por Rivadavia y encargado de montar y
organizar la escuadra en 1825.
El lugar y la forma de reclutamiento fueron concretos, ya que no hubo
convocatorias ni “publicidad” -ni podía haberlas por la necesidad de
mantener el “secreto” de la formación de las escuadras-, sino contactos
personales entre los “candidatos” y los “agentes”, por conocimiento
directo previo o por delegación a los nombrados primero para que, a su
vez, convocasen a sus conocidos con experiencia marinera
El lugar de reunión de los oficiales mercantes y navales eran las
posadas y los hoteles cercanos al puerto de Buenos Aires. Los marinos de
origen británico, que fueron la mayoría como veremos, lo hacían en la
fonda de
Mary Claire de Taylor, conocida criollamente como la Fonda de
Doña Clara, la Fonda Inglesa o lo de María Telar, en alusión al apellido
de su esposo, el marino mercante norteamericano Thomas Taylor, quien
prestaba servicios en la Armada en esos años, como oficial y como agente
armador y reclutador. Sería en esta fonda, con características
particulares que la hacían más que un simple hospedaje, donde se tomaban
contactos con los candidatos a ingresar como oficiales y como
tripulaciones de los buques de la Escuadra, tanto en 1814 como en las
siguientes oportunidades32.
La zona del puerto, es decir las actuales Av. Leandro Alem -entonces la
Alameda-, y la calle 25 de Mayo, estaba llena de fondas, bodegones,
hoteles y cafés de propiedad de extranjeros desde 1810, ingleses,
algunos franceses, italianos -como el de Los Tres Reyes-, españoles,
portugueses y hasta alemanes. Este era el llamado cuartel tercero de la
ciudad, que iba desde La Alameda hasta Florida y desde la Plaza Mayor (o
de Mayo) hasta la actual Av. Corrientes y era el cuartel más habitado
por extranjeros. Las dos fondas más famosas estaban a una cuadra y media
del Fuerte hacia el norte, la de Los Tres Reyes sobre la vereda de
números pares y la de Doña Clara enfrente, números impares.
Construida
en el borde de la barranca, sus fondos daban al paseo de la Alameda (hoy
Av. Leandro Alem) y directo a la zona del puerto de embarco de pasajeros.
Era una de las pocas casas de “altos”, lo que facilitaba la visión al
río para observar las naves ancladas en la rada, lo que la hacía
inmejorable para los marinos y los comerciantes ingleses en una
época en que las comunicaciones con los buques se hacían con “semáforos”
de luces y banderas de señales. La Capitanía de Puerto del gobierno
patrio, al mando de un oficial naval desde 1810, se encontraba en la
misma manzana y calle 25 de Mayo entre las hoy Sarmiento y Perón y
también daba a Alem con el semáforo de comunicaciones en su azotea.
En el piso alto de la fonda de doña Clara se instaló, desde 1811, la
llamada Sala Comercial Británica (British Commercial Room), fundada por
los comerciantes Alex Mackinnon, Robert Staples y Thomas G. Love, que
funcionó hasta 1822 en que se mudaron a una casa cercana, propiedad de
Comelio Saavedra, siempre en compañía de doña Clara como administradora
de la casa. Esta Sala, bajo la forma de un club y centro de reunión de
los comerciantes británicos, era en verdad a la vez bolsa, sociedad de
corretaje y cámara de comercio. A ella concurrían todas las personas
vinculadas a las actividades mercantiles y de navegación, ya fueran
ingleses o sus socios criollos, para realizar sus negocios e informarse
de la llegada o partida de los barcos. Llegó a tener una biblioteca, con
los diarios llegados periódicamente desde Europa y fue incluso estafeta
postal británica. En la misma fonda tenían hospedaje y ocuparon
habitación junto a los comerciantes, los comodoros y capitanes de la
Estación Naval Británica en el Río de la Plata, desde 1810 en adelante,
así como los cónsules británicos nombrados desde 1812. El primero fue el
famoso Mr. Staples, el cofundador de las Rooms quien, para muestra de la
importancia de la posada como local o ente “reclutador”, en 1816 y con
disgusto de las autoridades criollas, colocó un aviso advirtiendo a los
marinos ingleses que debido a que Inglaterra mantenía relaciones
diplomáticas con Femando VII, les estaba prohibido servir en la marina
nacional. Pero el aviso fue rápidamente retirado para calmar al gobierno
patriota.
Las características de la fonda de Mary Clark, con su conjunción de
hotel de marinos ingleses, Café, Club de Residentes y Cámara de Comercio
británica, sumado a oficinas de la estación naval británica, la hicieron
el lugar ideal para captar a los candidatos a oficiales de la escuadra
que se montaba. Hecho el contacto y aceptado la incorporación por ambas
partes, los grados que ostentarían se otorgaban al momento del ingreso y
a discreción, tomando en cuenta las necesidades del servicio, así como
los antecedentes personales, conocimientos y las edades de cada uno y
los ascensos se darían sólo por méritos en el servicio, las campañas
efectuadas y las vacantes que fuera necesario cubrir y no sólo por el
simple paso de los años.
Relevamiento del origen de los oficiales entre 1810 y 1830.
Desde 1810 y hasta la Ley de 1881 hubo un escalafón militar único con
una misma denominación o jerarquía para todos los oficiales de tierra y
mar, por lo cual en los despachos y listas, como las Tomas de Razón,
están todos juntos y mezclados sin discriminar a los marinos salvo en la
trascripción del decreto. Por otro lado, recién en 1834 se dispuso en el
gobierno de la Provincia de Buenos Aires la confección de las fojas de
servicio de los jefes y oficiales, siguiendo la usanza española33. Pero
para entonces muchos de los oficiales navales de las guerras de
independencia y del Brasil ya no prestaban servicios, por lo que no han
quedado antecedentes de ellos y se hace sumamente difícil el estudio de
sus carreras y sus características personales.
Según están de acuerdo la mayoría de nuestros historiadores navales, los
capitanes de Brown en 1814, habrían sido elegidos de entre los marinos
extranjeros que estaban en la rada de Buenos Aires, y eran en su mayoría
capitanes y oficiales de marina mercante; la mayoría eran angloparlantes,
prevaleciendo entre ellos -según los citados historiadores-, los
norteamericanos, a los que se seguían en orden los griegos y de otras
nacionalidades, quedando muy detrás en la escala cuantitativa, unos muy
pocos criollos. Según otros, de los veinte capitanes que mandaron las
naves de 1814, las nacionalidades estaban divididas de la siguiente
forma: un irlandés, un escocés, nueve anglosajones, tres griegos, un
francés, un austríaco, un italiano y tres criollos. Con los oficiales
jóvenes, los tenientes, pasaba lo mismo, predominaban entre ellos los
anglosajones34.
Por nuestra parte hemos relevado los datos de 517 oficiales navales que
ingresaron a las escuadras y prestaron servicios dispares entre 1810 y
1830. De esta cifra, 255 fueron oficiales de línea de las escuadras y
296 prestaron servicios como corsarios en los dos períodos en que hubo
esta actividad, 111 sólo en el período 1815-1821 y 109 exclusivamente en
el de 1825 a 1830. Entre esos años, los oficiales que hemos podido
obtener datos y prestaron servicios reales, ya fuesen largos o cortos,
ordenados por sus grados y cargos fueron: 8 coroneles, 57 sargentos
mayores, 101 capitanes, 201 tenientes, 69 subtenientes, 13 guardiamarinas, 12 oficiales
aventureros,
2 médicos, 2 contadores y 1 comisario de marina. Este componente
representa la casi totalidad de los marinos que prestaron servicios en
las guerras de la Independencia y del Brasil y en las campañas corsarias
que fueron complemento o consecuencia de ellas35.
Si dividimos a los relevados por el origen geográfico o la nacionalidad,
el resultado es el siguiente, para todo el período 1810 - 1830 y sin
discriminar entre oficiales de línea o corsarios: un componente con sólo
un 23% de criollos sudamericanos y un 77 % de extranjeros de los más
variados orígenes. Si por otro lado los dividimos por grupos étnicos o
lingüísticos, la mayoría de los oficiales que prestaron servicios en
esos años, fueron de origen anglosajón, sumando un total del 57 % entre
ingleses, escoceses, irlandeses y norteamericanos. El grupo siguiente es
el de los europeos latinos y los criollos los que suman un 36 %, y el
resto un 7% es de otras nacionalidades.
Si los tomamos por los orígenes nacionales puntuales, el grupo ma-yoritario
de todo el período es el de los oficiales de origen norteamericano que
suman un 25% del total, seguido por los criollos sudamericanos que
alcanzaron a ser durante esos veinte años el 23% de los oficiales,
seguidos de cerca por los ingleses que alcanzaron un 22%. Los de otras
nacionalidades fueron los franceses con un 6% del total, igual cifra
para los escoceses, un 4% para los irlandeses, en igualdad porcentual
con los italianos; sólo un 3% de hispanoportugueses y un 7% de otras
variadas nacionalidades, como griegos, alemanes y hasta rusos, suecos y
daneses.
.
Fuente: Elaboración propia en base al trabajo de Pablo Arguindeguy y
Horacio Rodríguez, op.cit, y las listas de revista guardadas en el
Archivo del Departamento de Estudios Históricos Navales sumado otra
documentación varia como nóminas de personal superior.
LOS OFICIALES NAVALES O DE LÍNEA
Tomando solamente a los oficiales “de línea” navales, es decir los que
formaron en las diferentes escuadras que el Estado Argentino organizó en
esos años, tuvieron despachos o nombramientos del gobierno nacional e
hicieron carrera en sus cubiertas, esta cifra representa unos 254
oficiales de todas graduaciones, que incluyen, tomándolos por el grado
máximo alcanzado
en el período: 8 coroneles36, 7 tenientes coroneles 37, 45 sargentos
mayores, 49 capitanes, 72 tenientes, 53 subtenientes, 6 guardiamarinas,
9 aventureros,
1 médico, 2 contadores y 1 comisario de marina (equiparado a coronel).
De esos oficiales entre 89 y 126 sólo prestaron servicios durante la
guerra de independencia y sólo 110 en la del Brasil, tomando en cuenta
que del resto de ellos se repitieron o prestaron servicios en ambas
guerras; así como fueron unos 63 los que pasaron a actuar como oficiales
corsarios en algún momento de sus carreras (hasta el propio almirante
Brown lo fue). Como dato de importancia, los oficiales de línea de ambas
guerras prestaron servicios un promedio de tres años y medio, tomando
desde los que tuvieron una larga carrera (de actividad en todo el
periodo de más de veinte años, como Brown, Espora, Rosales y muchos
otros), hasta los que sólo estuvieron en servicio por una campaña, como
la mayoría de los de 1814.
En punto a las nacionalidades de los oficiales de línea de todo el
período, la mayoría, el 31% (84) fueron criollos, seguidos por los
ingleses en un 23% (63 oficiales); luego un 11% (31) norteamericanos,
seguidos de las otras nacionalidades, un 4% (12 oficiales) fueron
franceses, los primeros en prestar servicios desde 1810 en la primera
escuadrilla; el 6% (16) irlandeses; el 7% (20) escoceses; el 5% (13)
españoles; el 4% (10) italianos; el 9% (26) de otras nacionalidades.
Pero si los reunimos por grupo étnico, la mayoría sigue siendo de
anglosajones, que suman un 47% del total, seguido de los criollos que
son el 31%, los latinos 13% y los de otras nacionalidades un 9%.
LOS OFICIALES DE LA CAMPAÑA NAVAL DE 1814 Y DE LA GUERRA DE
INDEPENDENCIA
Si nos concentramos en la campaña naval de Montevideo del año 1814,
origen de la Armada Argentina, el total aproximado de oficiales que
prestaron servicios en ella, de teniente coronel a aventurero, fue de
unos 80, de
los cuales al menos 11 volverían a prestar servicios también en la
guerra del Brasil, en tanto que otros 19 pasaron a ser oficiales
corsarios, 15 en los años 1815 a 1821 y 5 volverían a serlo durante la
guerra del Brasil. Los grados máximos otorgados durante la campaña
fueron, 2 tenientes coroneles (Brown y Seaver); 19 sargentos mayores, 15
capitanes, 27 tenientes, 11 subtenientes, 3 guardiamarinas, 2
aventureros y 1 contador38.
Las altas y los despachos de los oficiales de la campaña naval de
Montevideo se firmaron a partir del Io de marzo de 1814, en inminencia
de la zarpada. Con esa fecha se dio de alta como tenientes coroneles a
William Brown y Benjamín F. Seaver, y con grados de capitanes y
tenientes a Ricardo Baxter, Guillermo Shapley, Jacobo Sandquist, Juan
Hassdel, Eli-jah Smith, Guillermo Mac Dougal, Enrique James, Carlos
Mackey, James Smith, Roberto Innes, John Gibson, John Robinson, Santiago
Harding y Roberto Stacey. El 7 fueron dados de alta, el criollo Luis
Perichón como teniente de infantería y Juan Cantuar y el 28 del mismo
mes, luego de Martín García, lo fueron Oliverio Russell, Guillermo
Brand, Juan Broson y Diego Wilder39. Otras altas de oficiales se
produjeron en abril de 1814, luego de la toma de Martín García, con
fecha 14, John Filestone Fiacker, Antonio Lamarca; el 21 a Jorge Brown
Amold; el 27 a Lázaro Roncayo, Jorge Halliburton y Nicolás Picón. Aún a
principios de mayo hubo altas de oficiales como Esteban Razety.
Finalizada la campaña naval de Montevideo, todos, oficiales y
tripulaciones, recibieron, además de los derechos de presa
correspondientes, un ascenso al grado inmediato superior con fecha 28 de
junio, excepto Guillermo Brown que había sido ascendido a coronel
efectivo de ejército “al servicio de la marina” con fecha 24 de mayo, en
medio de la campaña naval de Montevideo40.

Fuente: Elaboración propia en base al trabajo de Pablo Arguindeguy y
Horacio Rodríguez, op.cit, y las listas de revista guardadas en el
Archivo del Departamento de Estudios Históricos Navales sumado otra
documentación varia como nóminas de personal superior.
La nacionalidad de los oficiales de la escuadra de 1814 es más que
significativa, ya que 34 de ellos fueron de origen inglés, lo que
representa un 40% del total; además entre ellos había unos 9 probables
irlandeses, (10%); otros tantos escoceses (10%); 8 norteamericanos (9%),
con lo que los angloparlantes llegan al 69%; a lo que se suman sólo 16
oficiales criollos (19%); 1 español, 2 italianos, 1 francés y 7 de otras
nacionalidades, los que hacían un 12% de los oficiales.
Si estudiamos la totalidad de los oficiales de línea que prestaron
servicios durante la Guerra de Independencia (1810-1820), con la campaña
de 1814 incluida, el número se eleva a 126 oficiales, muchos de los
cuales se repetirán en la guerra del Brasil y varios (unos 26), serán
además corsarios con un promedio general de tres (3) años y medio de
servicios reales. Las cantidades teniendo en cuenta las graduaciones
máximas alcanzadas en el período 1810-1820 eran: 6 coroneles (Guillermo
Brown, Matías Irigoyen, Juan Bautista Azopardo, Angel Hubac, Hipólito
Bouchard y Tomás Espora 41), le siguen 3 tenientes coroneles (B.F. Seaver, Nicolás Jorge y
Matías Aldao); 29 sargentos mayores, 21 capitanes, 41 tenientes, 17
subtenientes, 5 guardiamarinas, 2 aventureros y un contador. La
nacionalidad de los ofi-Teiafés de toda la guerra de independencia es
similar en sus parámetros a los de 1814, con algún agregado puntual: se
suman 5 ingleses más (39 en total, pero su promedio baja a 29%); los
irlandeses siguen siendo 9 y hacen un 7%; aumentan los escoceses a 11,
(8% ahora), los norteamericanos son
13 en total (9%); los oficiales criollos aumentan al doble llegando a
ser 35 individuos, que hacen un 25% del total de oficiales; los europeos
de otras nacionalidades son 6 españoles, 4 italianos, 7 franceses y 13
de otras naciones, todas estas cifras las que casi se duplican con
respecto a 1814, pero sólo llegan a un 22% de los oficiales.

Fuente: Elaboración propia en base al trabajo de Pablo Arguindeguy y
Horacio Rodríguez, op.cit, y las listas de revista guardadas en el
Archivo
LOS OFICIALES CORSARIOS DE 1815 A 1828, SU ORIGEN Y ESTATUS.
Sin duda será entre los oficiales corsarios donde hallamos la mayor
cantidad de extranjeros al servicio de la Nación Argentina. Se han
relevado los datos de 295 oficiales corsarios del período 1810a 182842,
de los cuales al menos 62 fueron oficiales de línea de las escuadras,
pasados a la actividad corsaria, o viceversa. De la cifra total
corresponden unos 160 a los corsarios de las campañas de la
independencia (1815-1821) y 139 a los de las de 1825 a 1830, teniendo en
cuenta que varios se repiten. Los oficiales corsarios eran de graduación
menor que en los de línea, porque casi ningún capitán corsario
extranjero ostentaba grado más alto que el de sargento mayor, excepción
hecha de los que siendo de línea se hicieran corsarios, así todos los
relevados son: 4 coroneles (Brown, Bouchard, Húbac y Donati,); 12
tenientes coroneles (Masón, De Kay, Jewett, Greenoldz, Guiraldez,
Granville, Foumier, Dieter, Chayter, Bynon, Miguel Brown y Bames), 32
sargentos mayores, 66 capitanes, 141 tenientes, 19 subtenientes, 7
guardiamarinas y
3 aventureros. Si los clasificamos por nacionalidades la mayoría va a
corresponder a los norteamericanos, siendo 112 los ex oficiales
corsarios o mercantes de ese país que sirvieron como corsarios
argentinos, lo que llega a ser el 37% del total. A ellos les siguen los
ingleses en número de 68, un 22%, y los oficiales corsarios criollos que
fueron 44 y alcanzan a un 14%. Las otras nacionalidades siguen presentes,
13 irlandeses (4%); 18 escoceses (6%), 20 franceses (6%), 12 italianos
(4%), 19 de otras nacionalidades (6%) y sólo 3 españoles.

Fuente: Elaboración propia en base al trabajo de Pablo Arguindeguy y
Horacio Rodríguez, op.cit, y las listas de revista guardadas en el
Archivo del Departamento de Estudios Históricos Navales sumado otra
documentación varia como nóminas de personal superior.
Acerca de cuantos hicieron campañas efectivas o cuantos años sirvieron,
si calculamos el promedio por campaña realizada o año contado, nos da un
1,6, es decir poco más de campaña/año y medio cada uno, pero este número
se puede explicar mejor con casos puntuales. Un 50% de los corsarios
registrados, de todos los grados y de todo el período, apenas figura con
una sola campaña corsaria o año de servicio; del resto un 30% consignan
entre dos y a lo sumo tres campañas/años y muy pocos quedan con cuatro o
más campañas. El guarismo más alto corresponde al norteamericano
teniente coronel de marina Guillermo R. Masón con nueve campañas o años
de servicio registrados durante el período. Detrás de él lo siguen, el
inglés Roberto Jones con cinco campañas/años, el escocés esteban Baxter
con igual número y varios otros con cuatro como Hugo Dallas Campbell y
Juan F. Fonrouge de Lesseps.
Por lo general los oficiales corsarios cumplieron su cometido y enviaron las presas capturadas a destino, en Buenos Aires o a los puertos
norteamericanos como Baltimore, donde había tribunales de presas. Pero
otros violaron la confianza que se les había otorgado y se convirtieron
en corsarios múltiples, llevando varias patentes y banderas, usadas
según conveniencia; o directamente usaron los buques y la enseña
argentina para atacar indiscriminadamente y convertirse en piratas. Un
punto interesante pero que escapa al espacio de este trabajo, sería
determinar cuantos de ellos terminaron siendo declarados piratas por las
autoridades argentinas y norteamericanas. No debe considerarse la
calificación dada en la guerra de independencia por España, ni el la de
1826 por el Imperio del Brasil, ya que por políticas de guerra ambas
naciones declararon a todos los marinos rioplatenses como piratas.
LOS OFICIALES DURANTE LA GUERRA DEL BRASIL, RECLUTAMIENTO NECESIDADES Y
NACIONALIDADES.
Cuando en septiembre de 1825 se hicieron las propuestas para nombrar
oficiales de marina, el expediente fue devuelto por el general Ramón
Balcarce, Ministro de Guerra y Marina de la Provincia de Buenos Aires,
pidiendo que se le agregaran los antecedentes de los propuestos, vale
decir cuáles ya estaban al servicio de la provincia, cuáles retirados o
reformados y los que eran simples paisanos, para determinar el grado que
se les iba a otorgar en la escala naval y no otorgarlos
indiscriminadamente como había sucedido anteriormente, en especial con
los corsarios43, Al respecto de esto último, durante la segunda etapa
del corso (1825-1828), en el año 1826 varios oficiales de línea de
origen extranjero, fueron dados de baja a su pedido y casi todos pasaron
inmediatamente a ser oficiales corsarios44.
Para la formación de la escuadra, Rivadavia había traído de Europa al
Capitán de navio inglés Robert Ramsay, quien como señalamos ya había
estado en el Plata en 1810. En 1825 fue contratado en Londres y se
trasladó a Buenos Aires con el futuro presidente. El Congreso Nacional
le concedió el despacho de coronel mayor y el 4 de noviembre suscribía
un documento con
el gobierno por sus servicios. Entre las funciones que le competían
estaba la de la formación de un “establecimiento de marina”, y quedó
establecido que por falta de elementos propios el gobierno se veía en la
necesidad de buscarlos en el extranjero, no sólo el material flotante,
sino también las tripulaciones, tanto oficiales como marineros. Por ello
y por sus antecedentes, el capitán Ramsay era la persona indicada para
formar una marina eficiente, por lo que se lo contrataba temporalmente
para el servicio naval, teniendo en cuenta que tenía ciudadanía
argentina.
Las funciones que se le asignaron eran las de organizar el servicio,
inspeccionar el apresto de los buques que se compraran, contratar a los
oficiales y establecer una escuela práctica de oficiales de marina -al
estilo inglés-para que los hijos del país se instruyeran. Ramsay estuvo
al servicio del país hasta 1828 destinado en Gran Bretaña para la compra
de pertrechos navales y contrato de oficiales. No aceptó el mando de la
escuadra, resignándolo en el almirante Brown a quien apreciaba y al cual
le obsequió un sable naval de combate de su propiedad45.
De la época de la guerra del Brasil se han relevado un total de 135
oficiales de línea, de los cuales 34 hicieron además la guerra de corso
antes o después de prestar servicios en los buques del Estado. Según los
grados máximos alcanzados en el periodo, los relevados son: 5 coroneles,
4 tenientes coroneles, 23 sargentos mayores, 26 capitanes, 31 tenientes,
1 guardia-marina y 6 aventureros. Por su origen geográfico fueron un 33%
de criollos (45 oficiales); 16% (23) ingleses; 5% (7) irlandeses; 7%
(10) escoceses; 13% (18) norteamericanos; 7% (10) españoles; 6% (8)
italianos; 4% (6) franceses; 9% (13) de otras nacionalidades. Si se
suman todos los anglo-parlantes hacen un total de 58 oficiales y un
porcentaje del 41% con lo cual vuelven a ser mayoría; superando a los
criollos los que no obstante habían crecido considerablemente en
proporción a los de la guerra de independencia, aunque continuaban en
minoría frente a los extranjeros. El aumento de españoles, que no es
mucho, se debe principalmente a que ya no se está en guerra con España.
Por el mismo motivo la presencia portuguesa y brasilera casi había
desaparecido.
Las graduaciones y la carrera de los oficiales en las guerras de
Independencia y del Brasil.
Hecho el estudio de las nacionalidades u orígenes geográficos, es dable
hacer el análisis de las graduaciones, la carrera y las funciones de los
distintos grados de la oficialidad. Ya se ha visto la forma como se
reclutó a los oficiales en el período y como se llenaron las vacantes,
dándoseles los grados según las necesidades del servicio y acorde las
edades y capacidades de cada uno. Por el corto tiempo de duración de
algunas campañas -unos pocos meses-, y la falta de continuidad de la
escuadra, que fue desarmada inmediatamente después de la campaña de 1814
y no vuelta a armar hasta 1825, no se puede hablar de una carrera naval
para los oficiales y menos buscar pautas para los ascensos. Téngase en
cuenta que los grados se concedían al momento de contratar a los
oficiales y se mantenían igual todo el tiempo que durase la guerra; en
tanto que los ascensos eran un premio a-posteriori. Como ejemplo de ello,
al finalizar la campaña de Montevideo, entre Julio y agosto de 1814, se
ascendió a todos, oficiales y tripulación, al grado inmediato superior
poco antes de darles la baja.
No obstante, los pocos que esperaban un ascenso en campaña podían ser
los de los grados menores, es decir los más jóvenes, los que se anotaban
como aventureros o meritorios, o los pocos aspirantes. Para el caso de
los oficiales aventureros, luego de un tiempo a bordo y en campaña
pasaban a ser alféreces de marina, a veces llamados subtenientes, y
desde este grado, no antes de unos dos a tres años, o por mérito
sobresaliente de guerra, podía pasar a teniente; o bien, siguiendo el
estilo de la ordenanza naval española, llegar a alférez, “graduado” de
teniente. Esto era, el grado efectivo de alférez, y el grado honorario
de premio, teniente, cubierto en propiedad a la aparición de una vacante.
Al respecto de estos jóvenes y como debían iniciar su carrera naval y
ascender, el coronel mayor José Matías Zapiola, Comandante General de
Marina, escribió en el expediente de un joven porteño que pedía ser
admitido como aspirante en la marina, en el año 1825 que:
La comandancia general de marina se ha visto en la precisión de echar
mano de extranjeros para el ramo, por no haber hijos del país que se
hayan dedicado a él, hay a más del suplicante otros tres jóvenes que han
venido a pedir lo mismo; yo creo que colocándolos en clase de aspirantes
con el sueldo de 17 pesos y la ración de armada en los buques del Estado,
encargando a su comandante respectivos los hagan trabajar y estudiar, se
lograría que se fuesen instruyendo, y tener el estado en adelante oficiales
del país de quienes confiarse46.
Finalmente estos jóvenes fueron aceptados y se los nombró con el curioso
título de “meritorios agregados al pilotaje”, es decir que estarían a
cargo del contramaestre o patrón del buque donde embarcaran, pero
aclarando que deberían salir como oficiales del cuerpo de marina, y
mientras eso sucedía tendrían una asignación de los artilleros de
preferencia, de 15 pesos mensuales de sueldo, dos menos de lo propuesto
originalmente -el sempiterno “ahorro al Erario
Las dos categorías o grupos de oficiales
Los oficiales de Marina según la ordenanza española que imperaba aquí,
estaban divididos'en dos categorías principales: los oficiales de guerra,
los propiamente navales, y los oficiales mayores. Los primeros
comprendían a todos los que tenían mando militar, el cuerpo general de
la escuadra, la comandancia general de marina, la capitanía del puerto,
los arsenales y las subdelegaciones de marina, cuando las había. Por
otro lado, estaban los oficiales mayores, que a bordo eran los
contadores y los cirujanos y en tierra el Comisario General de Marina y
su personal, además de los “civiles” de la comandancia general de marina
y los de igual clase en la capitanía del Puerto. La designación de los
oficiales de guerra, desde coronel de marina hasta la de oficial
aventurero, era prerrogativa exclusiva del comandante general de marina,
a propuesta del general comandante de la escuadra; mientras que los
oficiales mayores podían serlo por el ministerio respectivo -de Guerra y
Marina-, o por el propio Gobierno. Esta división era similar en el fondo
a la de todas las armadas de la época, como la británica que separaba a
sus oficiales en Commissioned Officers, los navales y de comando,
nombrados por “Comisión Real” y los Warrant Officers que eran los
garantidos o habilitados como oficiales, tales eran los profesionales al
servicio de la Armada, pero sin mando naval o de mar alguno.
En las Provincias Unidas, desde que se abandonaron el sistema de grados
y las insignias a la española (1813), el escalafón militar quedó
unificado y la denominación de los grados de marina era similar a la del
ejército, con
sólo el agregado de “al servicio de la Marina” y, con sus más y sus menos,
así quedó hasta la ley de grados militares de 1881. Los grados de
oficiales usados en el período que estudiamos eran los de: brigadier (almirante),
coronel mayor (comodoro o contraalmirante), coronel (capitán de navio),
teniente coronel (capitán de fragata), sargento mayor (capitán de
corbeta), capitán (teniente de navio), teniente (teniente de fragata)-,
subteniente (teniente de corbeta), alférez, (a veces mencionado como
guardiamarina), oficial aventurero, aspirante (no cadete todavía),
piloto y pilotín (los salidos de la escuela de náutica mientras existió).
Los capellanes cuando los había a bordo, no tenían ningún grado militar
ni prerrogativas de oficial o uso de grado y uniformes en aquella época.
Por su parte, los llamados oficiales mayores, básicamente contadores y
auditores, tenían denominaciones y una escala jerárquica que les era
propia o particular, en especial los de las Comisarias de Guerra y
Marina. Había un Comisario General de Marina, oficiales primeros,
oficiales segundos, terceros y oficiales cuartos o escribientes; guarda
almacenes y maestres de víveres. En determinado momento de la guerra de
Independencia se les otorgó a los de la Comisaría de Guerra un grado de
asimilación a los oficiales del ejército, el que luego se trasladó a los
de marina cuando se creó la Comisaría del ramo en 1827. Correspondía al
Comisario General la equiparación a coronel, los oficiales primeros y
segundos como capitanes, los terceros como tenientes y los oficiales
cuartos como subtenientes47.
En octubre de 1826, debido al estado de inactividad de la escuadra, se
determinó suprimir el cargo de contadores embarcados y que las funciones
de estos fueran asumidas por los maestres de víveres que existían en
cada buque48. La disposición acarreó malestar entre los contadores
designados a bordo, pues se había determinado que sólo quedaría uno de
ellos como contador de la escuadra. Entre ellos, el contador Tomás
Weible se quejó al gobierno de la resolución, señalando entre otras
cosas que en uniformarse se había gastado 200 pesos y solicitaba que se
le dejase como contador de la escuadra49.
En lo referente a los médicos y a los cirujanos de a bordo, que también
fueron escasos, en los primeros años no tuvieron grado alguno y menos un
uniforme, pero a partir de 1814 -luego de la campaña naval- con la
creación del llamado Cuerpo Médico Militar, tuvieron un perfil de
carrera y una escala de grados y uniforme particular.
El rasgo del oficial de marina de la época era el de un hombre galante
en sociedad, pero brusco y severo a bordo; conocedor de las reglas y
exigencias del honor; aplicado a la maniobra de las velas y a la
adquisición del golpe de vista necesario para apreciar al instante el
espacio necesario para la virada y la maniobra. En tanto que los
oficiales mayores debían caracterizarse por un recto proceder y conducta
y tener el suficiente espíritu de camaradería para compartir las
penalidades de la vida a bordo con los de guerra.
El sistema de graduación y las funciones de los grados a bordo y en
campaña
El sistema de tomar oficiales de distintas nacionalidades y con distinta
tradición marinera y habituados a distintas reglamentaciones causó sus
problemas no sólo en lo disciplinario -que se solucionó implementando
los dos códigos de disciplina, el español y el inglés, según se tratase
de la nacionalidad del sancionado-, en lo contable y lo administrativo,
sino también en lo referente a grados, antigüedades, asimilaciones y
funciones. El sistema inglés o norteamericano, al que estaban habituados
la mayoría de los oficiales extranjeros, solo preveía los “grados” de
Guardiamarina (midshipmen), tenientes (lieutenants), comandantes (comanders)
y Capitanes (Captains), para finalmente tener una gran variedad de
almirantes con distintas funciones. Dentro de cada uno de esos grados
intermedios, había puestos y antigüedades que eran referidos a los
empleos que tenía cada uno y en especial al tiempo en que se hallaban en
el grado (seniority). Por su parte, el sistema español era una escala
más completa y cerrada de grados/cargos, con más escalones de grados, y
un sistema de ascensos directos. Los grados a la española eran: capitán
general (almirante), teniente general (vicealmirante), jefe de escuadra
(contraalmirante), capitán de navio, capitán de fragata, sargento mayor,
teniente de navio, teniente de fragata, alférez de navio, alférez de
fragata y guardiamarina.
Desde 1810 la revolución adoptó, y trató de mantener, el sistema de
graduaciones militares de la ordenanza española y le realizó a lo largo
de la guerra de independencia algunas modificaciones propias que
distinguirían
a los oficiales argentinos claramente de los españoles, no sólo a la
vista en los distintivos o insignias de grado, sino también en la escala,
los nombres y las funciones. Una de las primeras disposiciones fue la de
suprimir todos los grados del generalato que había en la ordenanza
española, por considerarlos aristocráticos y poco republicanos, y dejar
solamente como el máximo grado de la milicia revolucionaria al de
brigadier, que en España ni siquiera era un grado de general, sino un
híbrido intermedio. De allí que nuestros proceres militares ostenten
todos el título de brigadier o de brigadier general (el mismo para el
caso), hasta bien entrado el siglo XIX. Otra innovación fue la creación
en 1813 del grado de coronel mayor, creado para poner mayor distancia y
otro grado entre los coroneles “vivos” (efectivos) y los brigadieres. De
hecho, también todos nuestros proceres lo ostentaron y algunos se
retiraron con él. Al crearse el escalafón naval, no se le dieron
oficialmente grados especiales, ni nombres propios hasta 1881. Por el
contrario, en la papelería oficial y en los despachos, se siguieron
usando los grados y títulos de los oficiales de ejército, con las mismas
insignias de grado y sistema de ascensos, que ya hemos señalado que en
el caso de la marina fueron limitados y escasos en campaña.
Lo que resulta interesante es que en los primeros años de la guerra de
la independencia y en especial en la campaña de 1814, se observa que en
la documentación interna de los buques de la escuadra, que casi en su
totalidad está escrita en inglés y donde las graduaciones y la
colocación de los oficiales en los roles de los buques sigue el sistema
británico, tanto en nombres como en escalas; en tanto que a la hora de
extender los despachos se utilizaban las graduaciones a la criolla. Así
en la lista de roles de la Hércules, figura Elias Smith como Captain,
siendo que su despacho era de teniente coronel de marina, y sus
oficiales como Io, 2o, 3o y 4o tenientes, mientras que en los despachos
las graduaciones variaban entre unos y otros. Al estilo británico, la
lista corrida de roles, sigue con el Surgeon (cirujano,), Clergy, (capellán),
Purser (contador) y de allí en más los suboficiales, todos ordenados y
nombrados como en el sistema inglés, siendo el más antiguo el
condestable artillero (Gunner). Toda la lista hasta el final y como ésta
la de los otros buques, está redactada y ordenada a la inglesa y escrita
íntegramente en inglés50.
Al respecto de la carrera y el sistema de ascensos en el período el
esquema que adjuntamos da una idea de la forma de acceder a la
oficialidad, los caminos seguidos para los ascensos y la posición
relativa de los oficiales.

N°1 carpeta escuadra de 1814. Otra lista similar está datada como “List
during the engagement with the enemy at Montevideo ” y presenta el sólo
agregado de figurar el commander in Chief como “Captain William Brown
Esqr.'\ cuya traducción es: el caballero Guillermo Brown.
Fuente: Elaboración propia en base al trabajo de Pablo Arguindeguy y
Horacio Rodríguez, op.cit, y las listas de revista guardadas en el
Archivo del Departamento de Estudios Históricos Navales sumado otra
documentación varia como nóminas de personal superior.
JEFES Y OFICIALES SUPERIORES, CORONELES Y
BRIGADIERES DE MARINA
En cuanto a la posición relativa y las funciones de los grados navales
de entonces, podemos señalar que el grado de almirante no existió como
tal, ya que la clase más alta hacia fines de la guerra del Brasil fue la
de coronel mayor de marina que ostentó Guillermo Brown, el que en
algunos papeles oficiales era llamado Almirante pero en relación a su
cargo o empleo del comandante de la escuadra. Esto se verifica en la
correspondencia y referencias en que se lo menciona como “Coronel Mayor
Brown, almirante de la escuadra ” haciendo alusión a su cargo y al grado
del despacho. Este grado de coronel mayor era ostentado también por el
Comandante General de Marina, Matías Zapiola, pero este jamás fue
tratado como almirante, sino como coronel mayor y a su ascenso tardío al
generalato efectivo, pues lo fue en su ancianidad y porque simplemente
en 1828 se lo habían “olvidado”. Su grado de brigadier general nunca
hizo alusión a su función naval y aún hoy es recordado como el “general”
Zapiola, nunca como almirante, simplemente porque esa no fue su función
en la actividad naval, sólo fue la de Brown.
En alguna documentación del período se observa el uso del grado de
Comodoro, pero esta denominación se entiende como que se usa siguiendo
el mismo estilo británico, es decir un “ascenso protocolar”, por simple
señorío o antigüedad (seniority) y meramente temporario de quien se
hallaba comandando una escuadra. Recién sería un grado naval propiamente
dicho a partir de la Ley de 1881 y hasta no más allá del 1900.
El grado de coronel de marina equivalía por ubicación, al actual capitán
de navio, pero sus funciones como vimos abarcaban más, ya que era quien
tenía el mando y control, hasta de una escuadra. En el período que nos
toca el propio almirante Brown hasta 1826 no fue sino Coronel de Marina,
ascendiendo a coronel mayor el 12 de enero de 1826, y a brigadier al
final de la guerra del Brasil, 15 de octubre de 1828.
En los buques de mayor porte, los coroneles se rodeaban de una cantidad
de oficiales de guerra subalternos para la tarea (siempre muchísimos
menos que en los buques de las primeras potencias navales). El grado mediato inferior, era el de teniente coronel (que equivaldría a
capitán de fragata) como el segundo en el escalafón, pero este tenía
funciones idénticas a las del coronel en lo respectivo a comando de
buques. Recuérdese que en 1814 fue el grado máximo de la escuadra,
ostentado por Brown, ascendido a coronel al final de la campaña el 24 de
mayo de 1814 y compartido por Benjamín F. Seaver. Estos dos primeros
grados del escalafón argentino eran asimilables, como de hecho se ve en
los papeles internos señalados, al Captain del sistema y reglamentación
británicos. Al ser nombrado comandante de un buque, el oficial designado
debía presentarse en el Arsenal de Marina y tomar posesión del buque
bajo inventario y con todas las formalidades de ordenanza. Los
comandantes no podían dormir fuera de sus buques ni abandonarlos salvo
en algunos horarios prefijados y por causas de importancia51.
Seguían en el escalafón argentino, los sargentos mayores de marina (equivalentes
a los actuales capitanes de corbeta y tenientes de navio antiguos). Este
grado fue el más detentado por los oficiales del período, y era el más
común entre los comandantes de buques, especialmente los corsarios
extranjeros al servicio de las Provincias Unidas; son muy raros los
casos de corsarios con grado superior a este durante sus campañas. Eran
equivalentes en funciones a los Commanders del sistema británico. No se
ascendía de simples tenientes a capitanes de línea (tenientes coroneles
y coroneles en nuestro sistema), sin haber sido antes commanders de
buques menores. Después, el grado pasó a ser el de los segundos al mando
de los capitanes, en navios y fragatas. A los Captains les estaba
reservado el mando de los buques mayores, -en el sistema inglés del 6o
rango para arriba- y una vez llegados a ese grado su ascenso era por
simple señorío (seniority), es decir antigüedad en el comando y por tipo
de buque. En el caso de nuestros batallones o brigadas de Artilleros e
Infantería de Mar, cuando los hubo, estos estaban al mando de tenientes
coroneles o sargentos mayores del ejército pero puestos al servicio, a
veces temporal, de la Marina.
LOS TENIENTES
Los oficiales subalternos (capitanes de marina equivalentes a tenientes
de navio modernos), podían tener el mando de un buque menor o el cómando temporal en el caso de las embarcaciones apresadas, como cabos de
presa para su conducción a puerto y así ir demostrando sus dotes de
marino y de mando. Eran equivalentes a los lieutenants del sistema
anglosajón. Cuando se ascendía a teniente -desde guardiamarina-, aquí y
en todas las marinas de la época, se ingresaba en la carrera de oficial,
lo que los británicos llamaban commisioned officers, los oficiales
combatientes que ganaban su prestigio en el mar y en los combates
navales, ascendidos y comisionados por el almirantazgo (de allí su
nombre). Los tenientes debían tener al menos 19 años, pero no había edad
tope para su servicio como tales y no había obligación de ascenderlos o
retirarlos a causa de la edad -ni en la Royal Navy ni en ninguna
marina-. El número variaba según los buques y las armadas. Entre los
ingleses eran 8 en un navio, 5 en un buque de 74 cañones, 3 en una
fragata y sólo 1 en las corbetas. Podían ser comandantes de buques
pequeños. El teniente más antiguo era el primer teniente -sistema que se
copió aquí, por lo menos en 1814-, responsable de la tripulación, no
hacía guardias sino que distribuía las de los otros, debiendo él estar
en la cubierta y vigilante siempre. Los demás tenientes tenían la
obligación de encargarse de las divisiones de la tripulación, cuidar a
los hombres, y los más jóvenes debían instruir a la tripulación bisoña
en el manejo de las armas de fuego portátiles, ayudado por el armero y
los oficiales de infantería. Un teniente estaba a cargo del cuarto de
banderas y otro era responsable de la mesa y guardarropas de los
oficiales. En acción, el primer teniente debía estar con el capitán y
los otros -2o y 3o-, a cargo de las divisiones o secciones de los
cañones, a razón de una media cubierta cada uno. Cuando no había
suficientes tenientes se usaba a los guardiamarinas por antigüedad o a
los masters o patrones para las guardias.
LOS GUARDIAMARINAS, ALFÉRECES Y SUBTENIENTES.
Con este grado, en el sistema argentino de la época se producen
confusiones, ya que varios nombres son usados alternativamente en la
documentación, sumado que a veces se hace referencia al guardiamarina al
estilo español, es decir no como un oficial propiamente dicho sino como
un cadete embarcado. En el sistema inglés el guardiamarina (midshipman)
es el primer grado de la oficialidad y había mucha cantidad de ellos, a
la vez que podían serlo durante muchos años. En un navio de gran porte
podía haber hasta 20 de ellos, en las fragatas 6 y en los buques menores
2, a los que se sumabansiempre los llamados voluntarios (“aventureros”
en el sistema argentino.) Por ello no todos lo guardiamarinas eran
jóvenes, ya que los que fracasaban en la promoción podían seguir
sirviendo en su grado. Así había casos de unos de 40 años en casi todas
las marinas de la época aunque la edad normal era la de 15 a 22 años.
Tomaban parte en todas las guardias del buque, divididos en tres
guardias y estacionados en distintas partes de la cubierta. Tenían que
hacer de segundos de guardia y avisar a los oficiales de la siguiente
guardia con tiempo suficiente, llevaban el libro de bitácora y la mesa
de bitácora; otros podían ser encargados de señales y custodios del
cuarto de banderas. A veces mandaban botes o si eran veteranos hacían de
capitanes de presa y navegaban en el puerto. En el combate, eran los
edecanes de los capitanes, o los delegados de los tenientes que
comandaban las divisiones de la artillería. Algunos capitanes hacían
esquemas especiales de entrenamiento para los guardiamarinas. Recibían
castigos corporales con el fin de hacerlos fuertes, pero estos eran
dados en privado por los capitanes.
El guardiamarina en el sistema anglosajón debía suplirse él mismo en
todo su equipo, uniforme, ropa de cama, libros e instrumentos de
navegación; lo pagaban sus padres o sus mentores. Tenían todos los
privilegios sociales de los oficiales y podían divertirse y descansar en
sus propios cuarteles de los que había 1 o 2 por buque, con sus
sirvientes. El examen para ascender a tenientes no se podía dar antes de
los 3 a 6 años de servir como guardiamarina y con servicios continuados
en el mar y por lo menos 19 años, y estar debidamente certificados sus
servicios. En la Royal Navy debían ir a Londres para ser examinados por
una mesa de 3 capitanes.
CONCLUSIONES
Del estudio sobre origen, reclutamiento y funciones de la oficialidad
naval en el período 1810 -1830, surge claramente que la mayoría de los
oficiales fue de origen extranjero, predominando entre ellos los
británicos y/o anglosajones, como se hace patente al ver los gráficos
hechos en base a las cifras obtenidas. Esta conclusión es por tanto
similar y complementaria de la que se obtuvo en el trabajo publicado
anteriormente en Temas, donde se analizaron las tripulaciones.
Se observa, en el caso puntual de la campaña de 1814, por las fechas de
alta y baja de los oficiales, que éstos prestaron un servicio meramente
temporario y de necesidad. No había intención por parte del gobierno, de
formar
aún una fuerza naval permanente, la que se iría gestando gradualmente en
los siguientes años y conflictos internacionales.
Se confirma el hecho que el Río de la Plata no tenía entonces la
capacidad suficiente para generar la cantidad necesaria de tripulaciones
y de oficiales navales, imprescindibles para poder montar una escuadra
capaz de derrotar a la Real Armada española. Por esa razón, se debió
reclutar marinería, cuadros y oficialidad extranjeros, tomando lo que
había en la rada de Buenos Aires y/o las estaciones navales cercanas.
Dado que los anglosajones eran los más avezados para la tarea, y para
1814 eran mayoría entre los hombres de mar de la región rioplatense; fue
a ellos a quienes se reclutó en primer lugar. Algunos autores señalan
que la elección de oficiales estuvo condicionada por el origen de la
marinería, ya que por ser las tripulaciones de mayoría anglosajona, cayó
de suyo la necesidad de reclutar oficiales que hablaran su lengua para
conducirlos. Esto parece haber sido similar en 1810 pero en este caso se
dio con los franceses.
Por otro lado queda pendiente el análisis que aclare de si los oficiales
convocados y contratados entre enero y mayo de 1814, fueron todos
tomados de los buques mercantes surtos en la rada de Buenos Aires, o
alguno fue proveniente de los buques de guerra británicos de la estación
sudamericana de la Royal Navy. Al respecto, cabe recordar las quejas -
que mencionamos en el artículo anterior-, de los comodoros de la
estación naval británica, sobre que la marina patriota albergaba
“desertores” de la Royal Navy; así como las advertencias escritas del
representante consular británico en las fondas del puerto, previniendo a
los marinos de Su Majestad Británica sobre la prohibición de prestar
servicios en la marina patriota.
Con respecto a los siguientes períodos hasta la guerra del Brasil, la
oficialidad está claramente diferenciada en dos momentos y dos
componentes. El primero, las campañas corsarias, donde la casi totalidad
de oficiales y tripulaciones fueron extranjeros, fundamentalmente
norteamericanos; debido sin duda a las características propias de esa
forma de guerrear y por los lugares desde donde se armaban y operaban
los corsarios, la costa Este de los Estados Unidos. El segundo, en la
época de la guerra del Brasil, donde sigue la presencia extranjera al
grado tal que algún historiador naval británico la ha llamado una
“guerra entre ingleses”. Sin embargo, aquí se ve que la mayoría
extranjera, que es indudable, empieza a disminuir en favor de la
aparición de oficiales criollos que se irá incrementando gradualmente en
los años posteriores de las guerras civiles y los bloqueos extranjeros.
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