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Historias poco
divulgadas, como seguramente habrá otras
De todos los
suboficiales de Ejército que estuvieron en Malvinas, solo dos recibieron la
máxima distinción a que puede aspirar un hombre de armas argentino: la Cruz
al Heroico Valor en Combate.
Uno, el
Sargento primero Mateo Sbert, muerto en el combate de Top Malo House. El
jefe de su sección, Capitán José Vercesi, se ha encargado de que su historia
se haya publicado en la revista “Soldados” y en general tuviera cierta
divulgación. (Aunque, claro, muy por debajo de la que amerita a nivel
nacional).
El otro,
sigue siendo un perfecto desconocido, aún para muchos estudiosos del tema
Malvinas. Si uno quiere averiguar por qué le fue conferido tan alto
galardón, no se va a enterar ni googleándolo. Se trata del cabo Roberto
Baruzzo del Regimiento 12 de Infantería de Mercedes. Y vaya si su historia,
de ribetes cinematográficos, vale la pena ser contada!
Tuve el honor de conocer a Baruzzo, oriundo del pueblo de Riachuelo,
Corrientes, en el 2009, cuando el Centro de Ex-Combatientes de esa provincia
me invitó a dar allí una charla. Descubrí a un hombre de rostro aniñado, sin
ínfula alguna, de perfil muy bajo, puro y transparente hasta rayar en la
ingenuidad.
Su unidad
había sido ubicada primero en el Monte Kent, para después ser enviada a
Darwin. Pero una sección compuesta mayormente de personal de cuadros, con
Baruzzo incluido, se quedó en la zona, al mando del teniente primero
Gorriti.
En los días previos al ataque contra Monte London, los bombardeos ingleses
sobre esa área se habían intensificado. El mismo Baruzzo fue herido en la
mano por una esquirla. En una de las noches, el cabo oyó gritos
desgarradores. A pesar del cañoneo, salió de su pozo de zorro y encontró a
un soldado con la pierna destrozada por el fuego naval enemigo. Sin
titubear, dejó su fusil y cargó al herido hasta el puesto de enfermería,
tratando de evitar que se desangrara.

Lo peor aún
estaba por venir.
En la noche del 10 al 11 de junio, estuve observando desde Puerto Argentino
el espectáculo fantasmagórico que ofrecía la ofensiva británica. En medio de
un estruendo ensordecedor, los montes aledaños eran cruzados por una miríada
de proyectiles trazantes e intermitentemente iluminados por bengalas. Se me
estremecía el alma de imaginar que allí, en esos momentos, estaban matando y
muriendo muchos bravos soldados argentinos.
Allí, en medio del fragor, la sección de Baruzzo ya se había replegado hacia
el Monte Harriet, sobre el cual los ingleses estaban realizando una acción
envolvente. Varios grupos de soldados del 12 y del Regimiento 4 quedaron
aislados. El teniente primero Jorge Echeverría, un oficial de Inteligencia
de esta última unidad, los agrupa y encabeza la resistencia, Baruzzo se suma
a ellos y ve a al oficial parapetado detrás de una roca, disparando su FAL.
Baruzzo despoja a uno de los caídos británicos de su visor nocturno. “Ahora
la diferencia en recursos ya no será tan despareja”, piensa. Con el visor va
ubicando las cabezas de los ingleses que asoman detrás de las rocas, y tanto
Baruzzo, como su jefe afinan la puntería. Los soldados de Su Majestad, por
su parte, los rocían de plomo e insultos.
Las trazantes pegan a centímetros del cuerpo del oficial, hasta que
finalmente este es herido en la pierna y cae en un claro, ya fuera de la
protección de la roca. Cuando Baruzzo se le quiere acercar, un inglés surge
de la oscuridad y le tira al cabo. Yerra el primer disparo, aunque la bala
pega muy cerca, pero antes de que pueda efectuar el segundo, Echeverría,
disparando desde el suelo, lo abate. Otro inglés le tira a Echeverría, pero
Baruzzo lo mata de un certero disparo. Cerca de ellos, el conscripto
Gorosito pelea como un león. Los adversarios están a apenas siete u ocho
metros uno del otro y sólo pueden verse las siluetas en los breves momentos
en que alguna bengala ilumina la zona.

Echeverría está sangrando profusamente: tiene tres balazos en la pierna. El
joven cabo – de apenas 22 años – con el cordón de la chaquetilla del
oficial, le hace un torniquete en el muslo. La pierna de Echeverría parece
teñida de negro y también luce negra la nieve a su alrededor. El teniente
primero dice empero que no siente nada, solo frío. Baruzzo trata de moverlo.
Echeverría se levanta y empiezan a caminar por un desfiladero, mientras a su
alrededor siguen impactando las trazantes. De repente, de atrás de un
peñasco, entre la neblina y las bengalas, surge la silueta de un inglés,
quien dispara, y le da de lleno a Echeverría. Baruzzo contesta el fuego y el
atacante se desploma muerto.
Esta vez Echeverría había sido herido en el hombro y el brazo: una sola bala
le causo dos orificios de entrada y dos de salida. El teniente primero cae
boca abajo y Baruzzo ve que le está brotando sangre por el cuello. “Se me
está desangrando!”, se desespera el cabo.
Aún hoy, el suboficial no puede hablar de su jefe sin emocionarse:
“El es uno de mis más grandes orgullos. Un hombre de un coraje
impresionante. Allí, con cinco heridas de bala, estaba íntegro, tenía una
tranquilidad increíble, una gran paz. Con total naturalidad, me ordenó que
yo me retirara, que lo dejara morir allí, que salvara mi vida. Me eché a
llorar. Como iba a hacer eso? Yo no soy de abandonar! Y encima a este
hombre, que era mi ejemplo de valentía! Tenía conmigo intacta la petaquita
de whisky que la superioridad nos había dado junto a un cigarrillo; es que
yo no bebo ni fumo. Y le di de tomar. “Eso si que está bueno¨, me comentó.
En cierto momento, no me hablaba más, había perdido el conocimiento. La
forma en que sangraba, era una guarangada. Lo cubrí, lo agarré de la
chaquetilla y empecé a arrastrarlo”.
Súbitamente, Baruzzo se vio rodeado por una sección de Royal Marines del
Batallón 42. Sin amilanarse, desenvainó su cuchillo de combate, pero uno de
los ingleses con el caño de su fusil le pegó un ligero golpe en la mano,
como señalándole que ya todo había terminado. Baruzzo, cubierto de pies a
cabeza con la sangre de Echeverría, dejó caer el arma, Y el mismo soldado
enemigo lo abrazó con fuerza, fraternalmente. “Eran unos señores”, me
comenta el cabo.
Al amanecer,
al ver que no tenía heridas graves, sus captores le ordenaron que, con otros
argentinos, se dedicara a recoger heridos y muertos. “Yo personalmente junté
5 ó 6 cadáveres enemigos”, me cuenta Baruzzo. “Pero en internet los ingleses
dicen que en ese combate sólo tuvieron una baja!” Echeverría fue
helitransportado por los británicos al buque hospital “Uganda”, sobrevivió,
recibió del Ejército Argentino la medalla al Valor en Combate y hoy vive con
su mujer y dos hijas en Tucumán (la menor tenía dos añitos en el 82).

Baruzzo también tiene dos hijas, a las que bautizó Malvina Soledad y Mariana
Noemí, y vive en su Corrientes natal. En su pago chico ha tenido un par de
halagos que merecía: hay una calle con su nombre y hasta le fue erigido un
busto en vida. Pero aún así, nadie repara en su existencia, ni conoce su
proeza.
Poco después de la guerra, el 15 de noviembre del 82, Baruzzo recibió una
carta del teniente primero, donde este le agradece su “resolución generosa y
desinteresada, su sentido del deber hasta el final, cuando otros pensaron en
su seguridad personal. Toda esa valentía de los “changos”, son suficiente
motivo para encontrar a Dios y agradecerle esos últimos momentos. Pero, así
Él lo decidió, guardándome esta vida que Usted supo alentar con sus
auxilios”.
El oficial le
cuenta que lo ha propuesto para la máxima condecoración al valor y le
manifiesta su “alegría de haber encontrado un joven suboficial que definió
el carácter y el temple de aquellos que forman Nuestro Glorioso Ejercito, y
de los cuales tanto necesitamos”.
Personalmente, Baruzzo volvió a encontrarse con Echeverría recién 24 años
después de aquella terrible noche. Ambos lloraron, el oficial le mostró sus
heridas, dijo que el cabo había sido su ángel de la guardia, y le regaló una
plaquetita, con la inscripción: “Estos últimos 24 años de mi vida
testimonian tu valentía”.
También le contó que en el buque-hospital los médicos
británicos dejaron que le siguiera manando sangre un buen rato, para que así
se lavara el fósforo de las balas trazantes. “You have very good soldiers”
(“Usted tiene muy buenos soldados”), le espetaron los militares ingleses al
ensangrentado teniente primero.

Echeverria (izq) y Baruzzo.
Encuentro 24 años despues.
Un
reconocimiento que la sociedad argentina, en pleno, aún le debe a
Echeverría, a Baruzzo, a Gorosito, a Pinzos y a tantos otros callados y
acallados héroes de Malvinas.
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