HISTARMAR · Difusión de la Historia y Arqueología Marítima · [email protected]

Autor: Hernán Alvarez Forn (Antes de ser HormigaNegra!) Dibujos del autor.  Esto es sólo una parte de varios capítulos, que lamentablemente se han perdido en el tiempo. Espero que, si alguno conserva alguna revista que los tenga, podamos completar este protolibro. (C.Mey)

—El capitán duerme, venir más tarde —respondieron a nuestro requerimiento unos cuantos marineros que jugaban a las cartas en la cocina.Montamos guardia desde lejos y a la medianoche vimos surgir al capitán de su cabina y caminar hasta la escollera.

__Va a husmear el tiempo —nos explicó el viejo patrón__. Siempre lo hace antes de salir. El F.N.P. tiene un motor débil y no le gusta arriesgarse.

Concurrimos al encuentro del capitán cuándo éste volvía de la escollera y le hicimos nuestro pedido.No nos contestó, quizá un poco picado en su amor propio, pues lo habíamos sorprendido sonándose la nariz con los dedos, y se sumergió en su cabina. Esperamos pacientes. Al rato reapareció. Desde la borda nos comunicó su decisión en forma harto concisa:

—Traigan el barco.

Volamos al sloop, soltamos amarras y mientras Juan empalmaba los dos calabrotes de remolque que poseíamos, Fernando, Jacques y yo empujábamos el Álamo al costado de la chata y tomando envión en ésta, hasta el casco del F.N.P. Allí el capitán, en persona, tomó el calabrote y lo amarró a popa con ayuda de un marinero, el que nos recomendó cuidado con la hélice.

Quedamos junto al barco —enorme en relación al nuestro—, a la espera del tirón. Un par de oios de buey que daban al -cuarto de máquinas estaban a la altura de nuestros ojos. A través de ellos se divisaba un motor Diesel de cuatro cilindros, con todas las plásticas complicaciones de una sala de máquinas y dos sudorosos maquinistas con trozos de estopa en la mano. El motor emitía en ese momento una suerte de zumbido como el de un primus

A proa del buque cuatro hombres habían comenzado a accionar el cabrestante a mano y el escoben ingurgitaba cadena y más cadena con un tiqui-tiqui lento y continuo. En la oscuridad de la noche tranquila el F.N.P. se separaba poco a poco del muelle. En el cuarto de máquinas sonó un doble timbre y uno de los maquinistas manipuló varias llaves. El zumbido del motor se suspendió de pronto y luego de un segundo de silencio, arrancó con fuerte envión primero, regularizando paulatinamente sus latidos hasta adquirir su pulso normal. Alguien gritó a proa. El ancla estaba a la pendura.

Otros dos campanillazos en la sala de máquinas y el más voluminoso de los mecánicos se aferró a una palanca de seis pies de alto y la bajó con fuerza. Un remolino de agua zamarreó el sloop y el F.N.P. comenzó a marchar. Pese a nuestros esfuerzos el estirón del calabrote fué brusco. Pero en cuanto tomamos estropada no parecía ni que nos remolcaran.

Eran las doce pasadas. En medio de una apabullante calma (la de mediodía quizás), abandonamos Puerto Sauce rumbo a San Juan. Arreglamos los turnos al timón; es decir, los arreglé yo de modo de quedarme en cama el mayor tiempo posible. De cualquier modo, no existía ningún peligro. Antes de varar nosotros debía encallar el F. N. P.

A Jacques le toco el primer cuarto, a Fernando el segundo, a Juan el tercero y a mí el último, o sea la llegada a destino, al amanecer. Navegar de noche tiene una gran ventaja, añadida esta vez a la propulsión y dirección gratuita: la de no verse en la obligación de encender el calentador y de cocinar navegando. El primus es un genial invento y el cardan otro, pero juntos forman una asociación demoníaca destinada a llevar el agua a temperaturas escaldantes el primero, que el segundo ha de arrojar a nuestros pies en el momento oportuno.

Encender el primus es lo más fácil del mundo; no hay más que verter un poco de alcohol en la canaletita del mechero, aplicarle un fósforo y un momento más tarde bombear dando presión. Ya está. De vez en cuando es menester limpiar el conducto con la aguja que nos hemos olvidado en tierra, pero eso es otro asunto.

El alcohol tiene un enemigo franco y declarado: el viento. Generalmente espera agazapado detrás del tambucho a que uno, sofocado por la llama, lo abra; entonces se abalanza y desvia el fueguito sin apagarlo. Cuando suponemos que ya ha calentado suficientemente, damos presión y sale un chorro imperceptible de kerosene sin vaporizar, que se enciende y ennegrece toda la cocina antes que podamos apagarlo. Al cabo de tres o cuatro tentativas salimos a cubierta con un mareo horrible y maldiciendo la mala voluntad de las cosas inanimadas.

El menú a bordo del Álamo era variadísimo. Naturalmente se debía esto a la genial organización del piloto-cocinero-skipper-chef-capitán y demás cargos que ocupaba yo a bordo El almuerzo, por ejemplo, constaba de arroz con zapallitos y carne con salsa. La comida, de zapallitos con carne y arroz con salsa. Al día siguiente se hacía salsa con zapallitos y carne con arroz y a la noche, zapallitos con arroz y salsa con carne. Después podía cocinarse carne con zapallitos y salsa con arroz y para la cena zapallitos con salsa y arroz con carne. Pero el agradecimiento humano no existe. Cuando llegábamos a puerto mi ingrata tripulación insistía en comer en tierra.

En un momento dado, Juan, que estaba de guardia, me gritó: —Estamos atravesando entre las escolleras del puerto de Colonia. Le gruñí que me alegraba sobremanera y continué durmiendo. Más tarde me puse en pie. Tenía miedo de pasar San Juan sin verlo, en lo oscuro, teniendo en cuenta que no podíamos detenernos a mirar el número de las boyas del canal principal por el que navegábamos y la debilidad de la boya de recalada.

Estudiando la carta descubrí tres pares rojos inmediatamente antes de la Km. 80. Cuando los divisé en el canal, izamos la mayor y el foque y pedimos que nos largaran el cabo a grito pelado, sin resultado aparente. Apelé a la linterna, pero andaba demasiado escasa de pilas para llamar la atención.

A las cansadas salió el capitán del F. N. P. y entendió nuestras señales, soltando el calabrote en absoluto silencio. Nunca le pude agradecer este remolque de más de cien kilómetros de distancia. Se lo tragó el horizonte con su barco, como traga tantos marinos que uno conoce viajando.

Llegamos a San Juan antes que aclarara. Esta vez la entrada fué impecable. Nada de ranas ni de juncos. De la boya de recalada a la farola de tierra y recién allí nos sentimos bien seguros que ya no. había nada que temer y podíamos darle el timón a Jacques.

Embarrancamos la proa en la costa y Fernando, "con gesto típico de todo barco que toca San Juan, bajó con el ancla a la playa y la clavó. Nosotros nos lanzamos detrás de él a sentir esa alegría que comunica la arena —¿resabio de la niñez?— que invita a revolcarse y retozar en ella.

Era la mañana del 25 de mayo. Y era el amanecer de un día radiante. Y teníamos hambre. Al poco rato un penetrante olor a panceta frita rezumaba del barco y los comensales apacentaron en ella su apetito. Lavar los platos resultó tarea grata por primera vez en todo el crucero; constituía un buen pretexto para jugar un rato en la arena. Para aprovechar esta euforia de la tripulación arrojé a la playa cuanto cacharro sucio hallé a bordo. Jacques entre tanto me hacía una confesión, lacónica como siempre.

—A mí me gusta más lo mecanizado. Ya estoy cansado de velas. Quiero un mecanismo.

Compasivo, me puse a pensar qué trabajo podía encargarle y repentinamente le señalé la bomba reloj, único aparato de más de tres piezas móviles que existía en el barco. Jacques emitió un estertor de gozo y se lanzó, llave inglesa en mano, a despanzurrarla. Volver a colocar en su sitio, limpias y engrasadas el montón de piecitas que cayeron en el momento de abrir la tapa de la bomba, fué tarea que ocupó su atención todo el resto del día, de modo que ya no molestó más

Este Jacques era un tipo raro; no conseguíamos hacerlo partícipe de ninguna de nuestras alegrías vitivinícolas ni de las otras. Ni siquiera reía de nuestros chistes, y eso que eran de lo mejorcito.

En ningún momento se había franqueado con nosotros y permanecía, luego de tres días de encierro en nuestra compañía en los dos metros cúbicos de cabina, rodeado de un halo de impenetrable seriedad y supongo, de aburrimiento. En el único instante que sus ojos claros demostraron un chispazo de entusiasmo fué cuando le di la idea de desarmar la bomba de achique. En los casos frecuentes que decidíamos —como ya dije antes siempre actuábamos por mayoría absoluta, pues nuestro gobierno era netamente democrático—, enviarlo a arriar alguna vela de proa o a izar el ancla o a lavar los platos, Jacques se hacía repetir la orden en tres tonos distintos: el primero tranquilo; el segundo fuerte, y el tercero, estentóreo. Recién cuando traducíamos nuestros deseos ululando a dos centímetros de su oreja, contestaba:

—iAh!. . . ¡Sí..., sí!

Y acudía con tranquilidad paquidérmica a llevar a cabo la orden. Si había comenzado a ejecutarla costaba un triunfo hacerle cambiar de parecer. Su cerebro funcionaba como un pesado émbolo y cuando tomaba envión era casi imposible detenerlo o dirigirlo hacia otro fin.

Una caminata por la Playa Privada nos reveló la existencia de nuevos y más lindos paisajes y de enormes y más voraces mosquitos. La costa que mira hacia el Río de la Plata posee pequeños acantilados de color blancuzco y la arena está sembrada de toscas que se internan en el agua. Arriba de los acantilados, azulados montes de pinos van tomando distintas tonalidades según la distancia. En algunos puntos la marejada llega hasta el mismo paredón, golpeando contra él con marino resonar.

Nuestro temor a los supuestos perros con los que el dueño de la estancia protege sus derechos y las picaduras decididamente reales de los mosquitos determinaron un prudente retorno.

Uno que otro carguero de ultramar pasaba por el canal principal dejando oír el rítmico trabajo de su maquinaria. En el horizonte aparecieron velas y antes de mediodía barcos de toda laya y clase echaban sus anclas en el San Juan.

El Timbó y el Junco, los otros sloops de nuestro club, arribaron juntos y más tarde el Bambú- la noche prometía buen ambiente. Hacia las tres, entró el "Cristina" (barco en el más adelante relataré un crucero), con seis persona a bordo y mucho optimismo embotellado. A guisa desaludo le arrojamos tres contundentes pilas secas v ellos, como represalia, nos convidaron con cocktails igualmente secos y contundentes.

Pasamos el resto del día en la playa, y al atardecer el "Cristina" nos remolcó hasta el Escondido. Los otros sloops ya estaban allí. Fondeamos juntos, con las proas hacia afuera y las popas amarradas directamente a tierra.

En el Escondido hay dos muelles: uno, el flotante compuesto por una pasarela articulada que termina en una pequeña balsa sobre barriles; y otro, fijo, grande, sobre pilotes, clavado a un par de metros sobre el nivel del agua, dotado de una escalera de madera y otra de hierro. Además posee un destartalado trampolín montado sobre viejos resortes de Ford T. No es recomendable que ninguna parte del barco quede en las inmediaciones de la vertical del tablón, so pena de recibir inesperadas visitas nocturnas.

El Escondido es el genial invento de un estanciero inglés, propietario de la zona, de esos que saben apreciar debidamente el papel que le toca al alcohol en la vida del marino.

Rodeado de un escenario boscoso, con el campo a un lado y el arroyo a otro, se levanta la casita de gruesos troncos y techo de paja. Entrando por el frente, cruzando el comedor y atravesando un tabique divisorio, se halla el bar, mercado de alegrías industrializadas. Un Ping-Pong sin pelotas y una radio en la que siempre alguien pone lo que a uno no le gusta, completan el color local.

Cuando llegamos ya el verde mostrador tenía su clientela. Sin embargo todo estaba tranquilo aún. Bebimos un par de tragos y nos retiramos a comer. Durante la cena, a bordo del Cristina, donde fuimos invitados, la conversación giró alrededor de nuestro crucero. Relatamos algunos episodios y cuando afirmamos que habíamos empleado una noche de viaje con poco viento desde Sauce, no nos quisieron creer. Para estar más seguros, Ricardo, uno de los tripulantes del Cristina nos preguntó: -Al pasar por Colonia, ¿dónde dejaron las islas? —¡Ah!, en Colonia. . . pues.. . pasamos en medio de ellas —afirmé despreocupadamente. .: Ricardo tomó la carta y me pidió que señalara la ruta seguida. Puse el índice en un punto cualquiera del laberinto isleño, pues maldito sabía yo por dónde habíamos cruzado desde el momento que dormía como un lirón.

—¡ ¡ ¡ Por allí!!! ¡ ¿ Y de noche?!

—I Aja!

Ricardo no quería creernos.

—Pero ustedes conocían el paso. . .

Nunca lo habíamos hecho.

—i Qué horror! —gimió pensando en la inconciencia de los examinadores del club que otorgaban título de piloto a bestias como yo—; han pasado encima de la piedra Cuadrada. . . y por aquí junto a la Filosa,. . —y señalaba en la carta— aquí por la Puntuda ... y para salir, sobre la Fulmine!

—Miré el cuarterón con cara de entendido y dije, tranquilamente:

—Cierto, ¿no? —subrayando mi expresión con la mejor cara de angelito que sé poner.

Cuando regresamos al Escondido, el ambiente comenzaba a caldearse. Nos sentamos en una mesa a libar unos whiskies cuando comenzó la diversión.Es sabido que los marinos, aunque sean de ocasión, poseen una manera peculiar de divertirse,

Repentinamente un sujeto gordo y rubicundo, que formaba parte de un amplio grupo, se trepó a una mesa y comenzó a espetarnos una arenga en pseudo alemán. Todos aplaudimos, menos un descontento que le arrojó un pan con relativa precisión. A nuestra derecha dos muchachos se lanzaron a bailar un can-can desenfrenado frente a una mesa con tres ingleses inmutables que fumaban en pipa y jugaban a las cartas —al whist quizá—. Aburridos de los sucesivos discursos en japonés, francés, inglés y yugoeslavo que no eran tales, los del grupo grande organizaron una conga trencito, mientras el de los discursos, indignado porque no se le llevaba el más mínimo apunté, se arrojaba desde una mesa a la otra aullando:

—¡ Soy la atómica!

Naturalmente los 90 y tantos kilogramos de peso bruto del adiposo ídem, provocaba el despatarre completo de los muebles receptores de sus gracias. Lo que no conseguí saber es cómo no volcaba una sola gota del vaso de whisky que conservaba en la mano durante los raids.

Los de la conga habían' salido afuera y daban vueltas por el jardín. Al pasar por el cono de luz que emitía la puerta, éste iluminaba momentáneamente cada cara, dando una visión cinematográfica del alegre bailoteo.

De repente me agarré de la baranda de la galería. ¿Te sientes mal? ¿El nivel del alcohol ha rebasado ya el de tu hígado? — inquirió Fernando, que se hallaba en las proximidades. Sin poder articular palabra, señalé hacia un punto determinado de la viborilla humana Fernando también se apoyó en la mesa cercaira él sí consiguió exclamar:

—I ¡ ¡ Jacques!!!

Efectivamente; nuestro compañero, el perfecto zoquete que nos había- acompañado durante todo el crucero sumido en la seriedad más perfecta y monjil imaginable, se hallaba ahora en medio del tráfago aullante y movedizo de la conga, gritando y pateando como ninguno.

Lo que era verdaderamente extraño fué que no se lo había visto beber. ¿O habría sido esa gaseosa que tomó a la tarde, que se le había subido a la cabeza?

Llegó un momento en que no me sentí en mis cabales y me retiré a bordo. Juan, de pura cepa mendocina, trasegaba cantidades siderales de cuanta bebida de graduación alcohólica mayor de 70° se le peresentaba a mano, sin demostrar la más mínima alteración de su ángulo de escora. Fernando quedó por allí discutiendo seriamente con tres acalorados  politiqueros personajes. Pocas personas se posesionan de una discusión como Fernando. Allí, en medio de la infernal batahola, él era capaz de sostener una tesis seria sobre la importancia de la importación de materiales plásticos de post-guerra con miras a la fabricación de tazas sintéticas para café. Creo que de algo así hablaban; no me molesté en averiguarlo.

Dormité un tiempo indefinido y me desvelé al oír mi chapuzón. Bien; la orgía llegaba a su fin. Presenciaría ahora el regreso a sus domicilios de los comediantes de ]a noche. Me asomé por el tambucho.

Uno de ellos manoteaba ya en el agua aún con la gorra puesta y la pipa en la boca. Otros dos danzaban abrazados sobre el tembleque trampolín desentonando a voz en cuello "It's a long Ijsay to Tipperary". Un segundo después describían una parábola descendente y tomaban contacto, por primera vez en toda la noche con un líquido que no fuera alcohol.

Mientras tanto algunos, que conservaban la lucidez necesaria para recordar que no era posible caminar sobre el agua, intentaban embarcarse en los chinchorros que los habían traído a tierra. Resultaba caso general que los botes cargados de gente no sobresalieran de la superficie sino la medida escasa de la defensa, lo cual si bien no representa inconveniente alguno cuando la tripulación está fresca, sí lo. es en el caso contrario.

En la maniobra de embarque casi siempre se producía la pérdida de uno o dos tripulantes, de modo que el coeficiente de seguridad aumentaba lo necesario para poder arribar a destino con relativa impunidad. Al día siguiente los que se despertaban en barco ajeno se apuraban a regresar al propio para evitar mal entendidos. Lo que generalmente producía un enredo terrible con los chinchorros. Todos aparecían cambiados de barco.

El tripulante que quedaba olvidado en tierra por sus compañeros, tomaba cualquier bote para llegar a su barco y a la mañana temprano trataba de amarrarlo en el barco vecino para no cargar con responsabilidades tan fácilmente eludibles.

Casi nadie se enojaba por esto al día siguiente, así como los que amarrábamos en las proximidades del muelle jamás nos quejábamos de encontrar el barco cubierto de pisadas barrosas.

Pero siempre aparecía el elemento en discrepancia, aquel desorbitado que pasó la noche durmiendo y al levantarse y no hallar su chinchorro a popa, comenzaba a reclamarlo a gritos sin tener en cuenta lo harto temprano de la hora. A estos desconsiderados se los premiaba con el desdén y la ausencia total de respuesta a sus requerimientos y, si insistían, con algún tomate podrido bien revolcado en el dudoso caldo de la sentina.

Ese día decidimos hacer vida bucólica, y en compañía de la tripulación del Cristina, emprendimos una caminata hasta Punta Francesa. Hay allí una extensa y abierta playa, rodeada de montes de oscuros pinos, magnífica y solitaria.

La travesía a campo abierto no es muy agradable a causa de un enorme número de abrojos que se encargan de torturar al caminante. La distancia, para tipos cansados de nacimiento como nosotros, es terriblemente larga. No es cosa de repetir el paseo más de dos veces por año. Hay peligro de herniarse. Sin embargo el descanso que proporciona la arena al llegar a destino, compensa en parte el esfuerzo.

Por moción de alguno de los integrantes del grupo, nos desnudamos y nos metimos al agua, con la escalofriante intención de bañarnos en el río un 26 de mayo.

Aquello no pudo llamarse baño. Fué una huida presurosa ni bien el agua tocó el dedo mayor del pie. De mi parte, por lo menos. Jacques en cambio, munido de su opacidad característica, se acostó en un charco, y dijo con su conocida expresividad:

—Qué lindo.

Y se quedó allí quieto por espacio de un cuarto de hora.

Eran sus primeras palabras de esa mañana, de modo que no había podido recordarle el episodio de la noche anterior. Al día siguiente pagamos las deudas contraídas en tierra e izamos velas temprano. Todo el mundo traginaba en los barcos.Todos debían volver.

Salimos, aprovechando la primera brisa mañanera. Pocos nos habían precedido y detrás nuestro, con breves intervalos, iban partiendo los cuarenta veleros que habían fondeado en el arroyo ese fin de semana.

A poco de zarpar, Juan comenzó a discutir de política con Fernando y cuando hora y media más tarde le declaró que estaba enteramente de acuerdo con él, pero que discutía como ejercicio mental y verbal, muy útil para su carrera de abogado, Fernando se encolerizó fieramente. Saqué a relucir mi menguada autoridad para aplacar los ánimos y evitar un incidente desagradable.

El almuerzo que siguió a mis consejos tuvo mucho más efecto que las palabras apaciguadoras.

Aprovechando luego que los dos ex-litigantes ya reconciliados se hallaban en la cabina, pregunté en voz baja y tono confidencial a Jacques:

—Aquí, entre nosotros, de hombre a hombre: ¿qué te pasó la otra noche? Me miró con sus ojos zarcos y expresión estúpida. No había comprendido o no había querido comprender. Iba a repetir mi pregunta con otras palabras, cuando cruzó por mi mente un chispazo de duda: ¿no sería sordo este bueno de Jacques?

Lo bien que dormía en navegación, la necesidad de repetirle tres veces cada orden, la situación de aislamiento en que se colocaba entre nosotros, hacían suponerlo. Realmente, no sé como no se me había ocurrido antes.

Decidí someterlo a la prueba de fuego. Esperé que su vista no estuviera posada en mí y murmuré sin dirigirme expresamente a él, mirando a lo lejos: —Jacques: todos los gastos del crucero que debes pagar vos, los cargo yo a mi cuenta ; además te voy a reglar diez pesos encima. Ni mosqueó. Decididamente era sordo. Pasé el dato a Juan y Fernando. Más vale que no lo hubiera hecho. Cada orden o pedido que le espetábamos a Jacques se tornaba un furioso alarido; al cabo de un rato los sordos éramos nosotros. Decidimos manejarnos por señas.

Aprovechando lo leve de la marejada,-me puse a cocinar el almuerzo; tocaba arroz con zapallitos y carne con salsa, pero como carecíamos de carne, de salsa y de zapallitos, decidí cocer arroz en mayor cantidad y en lugar de dos cucharadas per cápita de arroz crudo, puse cinco.

Prendí el primus y calenté el agua, la salé y volqué en ella el arroz. Tapé la olla y salí a conversar con la tripulación. Ignoro si me distraje demasiado tiempo planeando con Juan la posible reorganización política del Estado de Luxemburgo, sólo recuerdo que un fluido con hedor a quemazón castigó nuestras pituitarias.

Intuí desastre. Levanté la tapa de lá olla y ésta vomitó una buena parte de su contenido. El arroz se hinchaba y derramaba a borbotones sobre el primus, sobre la cocina, sobre el piso. Como primera medida extraje todo el arroz sobrante y lo arrojé por la borda; luego introduje más agua en el guisote, revolviendo con una cuchara para hacerla llegar al fondo.

Repetí esta maniobra tantas veces como fué necesario. Eran.las tres de la tarde. La tripulación estaba famélica. Serví una porción del pelmazo a cada uno y los vi hacer extraños viajes al probarlo. Jacques, en silencio, desocupó su plato en el río. Fernando, maldiciendo mi estampa, hizo lo propio. Juan fué el único héroe de la jornada. Engulló la ración y pidió fmás.

Un chapaleo sordo anunció el despacho del resto del arroz que quedaba en la olla. Propuse hacer nescafé, pero no me tuvieron confianza y Juan me reemplazó.

Dos meses más tarde, pasando por las proximidades del sitio donde habíamos almorzado, hallamos una boya verde nueva, marcada como "Piedra dura" en la carta. ¿Sería el arroz?

El viento comenzó a refrescar. Nos daba en popa, así es que Jacques izó el spinnaker y en seis horas estuvimos en la amarra.

Amontonamos los utensilios en la costa. Nunca acabábamos de desembarcar cacharros y mantas y cuanto Dios crió. Un humorista de poca monta que pasó por allí, intentó decir un chiste preguntando si llegábamos o recién salíamos.

Cuando todo estuvo en tierra, quedamos hechos "tapioca, de puro cansados.  Aproveché la momentánea falta de lucidez de mis tripulantes para hacer rápidas y confusas cuentas sobre lo gastado durante el crucero, lo abonado por mí y lo que ellos me debían.

Pagaron sin chistar y fué tanta mi emoción, que decidí invertir una parte de mis ganancias invitándoles una coca-cola a cada uno en el bar, última escala donde terminan todos los cruceros. Jacques declinó el honor, alegando estar apurado. El pobre no acertaba a darse cuenta cómo nos desempeñaríamos en su presencia sin poder mandarlo a hacer nada.

La ducha del club lavó los vestigios de arena uruguaya que traíamos encima y la gillette de Mateo, el cuidador del vestuario, seccionó la chiva tan amorosamente cultivada. durante cinco días.

Ya no era la necesidad de recopilar material para las anécdotas el que me impulsaba a crucerear. Mi mal era por entonces mucho más grave: me había picado el bichito. En horribles y oscuras tardes invernales, con un temporal que desgajaba los árboles afuera, mi familia me miraba con cara de consternación al tomar repentinamente un calendario y ponerme a buscar furiosamente el próximo feriado para lanzarme a navegar hacia la vecina costa. Con un lápiz rojo marcaba posibles fechas. Así encontré que el 9 de Julio caía en lunes. Abarqué con el trazo desde el viernes que lo precedía

Telefoneé a varios amigos: el que no había tenido pulmonía, tenía exámenes y el que no tenía ni pulmonía ni exámenes, ya se había comprometido para salir en otro barco.

A Juan se le reunía la mesa de Derecho especial de pájaros migratorios, segundo curso, y Jacques se había retirado a cuarteles de invierno. Al fin conseguí que me acompañaran el ya conocido Fernando y un sujeto muy petiso, muy peludo y muy simpático que respondía al nombre de Valentín.

Por moción de Fernando, se decidió tocar, como primera escala, la ciudad de Colonia y, a iniciativa de Valentín, se aprobó la idea de no emborracharse, en la medida de lo posible.

Un joven de ascendencia inglesa, había calificado nuestro crucero anterior diciendo

—Eso no fué un "holiday"; fué un "alcoholiday", al tiempo que tumbaba un vaso de scotch entre pecho y espalda.

Este viaje sería completamente distinto: mucho aire, mucho sol y mucho descanso.

No contamos con que también haría mucho, pero mucho frío.

Partimos del club a media noche, como era de costumbre, en el Junco bien avituallado.

Valentín había llegado a las once y media con sus documentos y en la Prefectura no despachaban el rol más que hasta las ocho. Menos mal que, gracias a nuestra labia fecunda y al cansancio del empleado que nos atendió, se nos concedió la gracia y el despacho.

El río estaba excepcionalmente bajo, así que seguimos religiosamente el canal hasta bifurcación. Soplaba un norte suave y la corriente bajaba como un meteoro.

Al pasar bifurcación tomamos el rumbo a seguir, verificándolo en el compás y en la carta. Lo que no verificamos a tiempo fué la existencia de una lengua de banco, de cinco pies al cero —cero de Cristo sabe dónde— que se extiende varios kilómetros hacia adentro, desde el banco grande.

El quillote de! Junco dio la primera y última voz de alarma, dejando al barco más varado que barco en la amarra del Náutico.

La situación no era muy cómoda: la perspectiva de pasarse tres días a 45 grados de inclinación frente a Las Barrancas, no halagaba a mi tripulación ni a mí tampoco. Mi ascendiente sobre ellos no era suficientemente importante como para enviarlos a que se arrojaran, al agua y empujaran con 8 grados escasos sobre cero.

Yo, por mi parte, padezco de una particular alergia a los baños de inmersión, por lo que los evito cuidadosamente.

Comenzamos por acuartelar el foque y filar mayor. Luego los clásicos golpes de timón, con su único resultado conocido hasta el momento: agotar al que los efectúa. En seguida el tangón: Valentín a proa enterrando el tangón en el fango del fondo y haciendo más fuerza al sacarlo que al empujar.

A Fernando lo mandamos a colgarse de los obenques. Se sintió menospreciado en su importancia a bordo, al ser empleado como vil lastre; pero no le hicimos mayor caso.

Nos quedaban todavía algunas maniobras por realizar: la gente en la botavara y su consiguiente rotura; el revoleo del ancla para que caiga sobre cubierta, etc.

Pero antes de llegar a ellos, el río se compadeció de nosotros levantando una marejadita: cada ola levantaba unos centímetros el sloop y éste derivaba un trecho.

Valentín y Fernando se aferraron del pasamanos de la carroza sacando la mayor parte de sus humanidades fuera del barco y yo hice lo propio a popa, donde podía alcanzar el timón con el pie.

Media hora de este antiestético ejercicio nos extrajo del banco y la navegación se reanudó sin inconvenientes.

Fernando y Valentín se tuvieron que cambiar la ropa. Habían recibido un ignominioso baño de asiento durante las escoradas y temían resfriarse.

Quedamos los tres en el cockpit, recelando cada uno de las maniobras del otro. Eramos demasiado pocos para, constituir equipos y timoneábamos por rotación. Al llegarle el turno a Fernando, emitió un gruñido, nos convenció con una breve arenga sobre sus complejos intestinales, tomó una sal que traía en un frasquito y se acostó a dormir envuelto en todas las mantas que halló a mano.

El viento aumentaba poco a poco y a las seis horas de navegación nos encontrábamos frente a un berenjenal de luces verdes, blancas, rojas, a ocultación, a destelió, y a cuanto Dios crió, con una marejada de catorce mil vírgenes. Estábamos frente a Farallón. Valentín descifraba la carta mientra.- yo, el hombre de experiencia, hacía esfuerzos por descubrir donde nos encontrábamos. Tan pronto veía farallón a la izquierda y las luces de Colonia a la derecha, como la viceversa, Cuando me fijaba en alguna boya roja o verde 'para orientarme, comenzaba a trasladarse y resultaba ser un barco que pasaba al poco rato siguiendo "por el canal. ' Al fin de un sinnúmero de bordes para todos lados, embocamos la pasada y amarramos a un boyarín del club de Yachting.

Estaba oscuro aún. Nos sumergimos en la cabina, le quitamos todas las mantas a Fernando, aconsejándole que se abrigara con sus complejos, y nos echamos a dormir como pedruscos.

iYa de día, abrí un ojo. Oía el ruido característico de un primus en funcionamiento; me erguí un poco. Fernando estaba calentando agua.Iba a hacer desayuno, seguramente. Me quedé quieto para no cortarle la iniciativa. Era la primera vez que lo veía cocinar algo, aunque no fuera más que agua y temía que se arrepintiera en sus sanos impulsos.

Seguí espiándolo. De repente levantó la tapa de la pava e introdujo el dedo índice. Me pareció una maniobra poco profiláctica para provenir de un sujeto tan cuidado y meticuloso como él. Al poco rato repitió la operación. Entonces apagó el primus, revolvió en su valija-nunca usaba bolsa sino una valija que ocupaba toda la proa— y extrajo de ella un estuche. Lo abrió y apareció un "necessaire". Iba a afeitarse!

Las maldiciones se me atragantaron en la garganta, mientras lo miraba rasurarse con brocha, jabón y agua bien caliente.

No podíamos bajar a tierra caminando. Necesitábamos un chinchorro y no lo teníamos. A pesar de estar contra todas las reglas marítimas de pitos y señales, me puse las manos a modo de bocina y rugí:

—¡ ¡ ¡ Booteeee!!!

Un alma compasiva tomó una canoa y nos vino a buscar. Saludamos ceremoniosamente a Fritz, el barman del club, pues siempre nuestro principal cariño se dirige a este ser omnipotente, que con sólo estirar la mano entrega a uno la copa de la felicidad.

Luego nos dirigimos en camino hacia la Prefectura para presentar el rol. ' Fernando y yo hubimos de sufrir los zamarreos que nos prodigó de puro cariñoso, nuestro viejo amigo, el cabo de color.

Le presentamos al pequeño Valentín y le estrujó la mano, moviéndole el brazo como mango de bomba de achique.

Estaba muy contento de volver a vernos por lo visto, pero temiendo mayores y más contundentes familiaridades de su parte, abandonamos la estancia.

Nos sentimos piadosos y nos allegamos a la iglesia. Entramos. Estaba desierta. Subimos por una escalera de material hasta el coro. Allí nos alcanzó el sacristán, quien con mucha amabilidad nos ofreció mostrarnos el campanario. Aceptamos encantados y nos sumergimos en una puerta baja, a un costado. Adentro, una oscuridad completa.

—Por aquí, por aquí, nos llamaba el buen hombre. Valentín me precedía. Comenzamos a trepar por una escalera caracol de piedra.

—Cuidado con la viga, anunció la voz de nuestro guía, unos metros más arriba.

—Avísame cuando la veas, pedí a Valentín.

Siete escalones más y me aplastaba las narices con la dichosa viga.

Escupiendo astillas y maldiciones muy poco pías, pregunté furioso a Valentín, por qué no me había avisado.

—No la vi, explicó, seguramente pasé por abajo sin tocarla...

¡ Claro! ¡ Sólo a mí se me ocurría guiarme por las indicaciones de un individuo de cinco pies de alto!

La escalera de piedra se había transformado en una de hierro viejo, tembleque y destartalada; la de hierro en una de madera carcomida por los años y los bichos taladro, y la de madera en un armazón de palos en donde se apoyaba precariamente una desdentada escala de mano. El sacristán se había detenido allí, y señalando un boquete con un escotillón descerrajado en que terminaba ésta, insinuando :

—Si los señores gustan...

Confidencialmente no "gustábamos" nada, pero no podíamos dejar mal sentado nuestra valía y trepamos. Valentín adelante como elemento explorador y yo en el medio así no pisaba en falso y si resbalaba caía sobre Fernando que me seguía.

Al asomarnos quedamos ciegos por la luz. Nuestra ascensión se había cumplido entre paredes de metro y medio de espesor, sin ventanas ni troneras, en la más completa oscuridad.

Supongo que esa falta momentánea de visión fué la que nos suministró la dosis suficiente de inconciencia para asomarnos. Estábamos a una distancia pavorosa del suelo, separados del abismo por los oxidados hierros de una barandilla fundida el siglo pasado.

Empezamos a temblar como hojas; y para mal de nuestros pecados tratamos de tomar aplomo agarrándonos de la baranda, con el desgraciado resultado de comunicarle nuestra tembladera

—Mmmirá. .. aaallá están Sssan Juan, tartamudeé acompañando mis disgregadas palabras con un conato de seña! hacia la conocida torre que se divisaba a lo lejos.

Me contestó únicamente el triqui-traque de la barandilla. Descendimos prudentemente, hasta el primer descanso. Recién allí reaccionamos en parte, pues por lo meno no se veía hacia abajo.

Al pisar tierra firme agradecimos con una sonrisa un tanto forzada a nuestro guía, que se sintió decepcionado al ver que no queríamos trepar a la torre, pero preferimos dejarlo con su decepción.

Caminábamos más tarde reponiéndonos de la emoción experimentada, cuando pasamos delante de un bar Yo propuse entrar a tonificar nuestras entrañas y Valentín me recordó la decisión tomada antes de partir. No necesité mucha elocuencia para convencerlo de lo contrario y he aquí como una visita a la iglesia nos obligó a volver a la bebida.

• La parte antigua de la Ciudad de Colonia es la que más me agrada.

Al pasear en el foráneo traje marinero por las rugosas y desiguales calles del barrio bajo, pavimentadas con piedras vastas y encuadradas entre casas coloniales de ruinoso aspecto, agrietadas algunas o con el revoque descascarado otras, experimento un placer, parecido quizá al que sentían los viajeros del siglo pasado que dejaban Londres o París para llevar su bien trajeada personalidad a las callejuelas barrosas del viejo Buenos Aires.

La zona costera de Colonia conserva ese frescor primitivo de una ciudad en formación. Algunas ruinas de las murallas de la antigua Comandancia refrescan la memoria del viajero, recordándole las dos destrucciones que en el transcurso de su historia, sufrió la ciudad, que pasó de manos de los portugueses a la de los españoles y de éstos —por fin— a la de los criollos.

El emplazamiento de Colonia lo eligió un sabio: una punta pedregosa de firme subsuelo, con refugio natural para barcos de los vientos sureños, y de fácil defensa militar, tanto por agua como por tierra.

Las islas que la rodean también presentan agradables características de belleza y de follaje. La mayor de ellas lleva el nombre de la primera fortaleza que ocupó el actual asiento de la ciudad: la Fortaleza San Gabriel.

Un detalle extraordinario revela el análisis de las ruinas que de sus muros quedan: no fueron construidas con material del lugar, pese a su abundancia, sino con piedra traída desde algún otro punto de! país.

La iglesia es uno de los pocos monumentos que se salvó de la segunda destrucción, en forma parcial por lo menos y otro es el muro y la torre del convento de los Franciscanos, en donde se halla actualmente el faro.

Decididamente nuestro voto de abstinencia estaba destinado a soportar pruebas que llegaban mucho más allá de nuestra fuerza de voluntad.

Mientras cocinábamos la cena a bordo del Junco, se organizaba en el local del club una agradable y convidadora fiesta.

Nos acercamos más tarde a la puerta del edificio y como nadie nos atajara, penetramos y nos sentamos prudentemente en un rincón.

El bullicio y el parloteo apagaba por momentos a pesar de provenir de una poderosa victrola el desenfrenado golpetear de una banda de jazz, o el quejido lamentoso y apabullador de un tango con abundante condimento de bandoneones.

Nosotros bebíamos unas' copas alcanzadas solícitamente por nuestro amigo el barman, a través del espeso y movedizo público.

Un joven uruguayo, al notar nuestra apaciguada presencia, se acercó a conversar. Cuando inquirí la causa de aquella reunión se sorprendió mucho.

—¡Ah! Pero ustedes entonces ¿no saben?

Movimos negativamente la cabeza.

—Estamos agasajando a una comisión de estudiantes brasileños que nos visita —explicó—; además han venido chicas del Colegio Normal de Melo, Cerro Largo.

La explicación füe suficiente y aunque ninguno de los tres nos caracterizamos por nuestro apego al estudio,- para esos casos éramos más estudiantes que nadie. Así, en cuanto cesó la siguiente pieza, nuestro interlocutor llamó a los muchachos brasileños que tenía más cerca y presentó:

—Ciro Conselheiro, Leo da Leite, Fernán Castro Almeiras, Arturo Bhom Freitas.. .

Nosotros replicamos con nuestros apellidos, añadiendo la carrera que seguíamos a continuación del mismo: Fernando. Arquitectura; Valentín, Ciencias Económicas; yo, Agronomía; sin conseguir hacerlos sonar tan campanudos como los de ellos.

Creo que agronomía fué la única palabra que comprendieron pero bastó. Ellos también estudiaban esa tortuosa ciencia en la Escola do Piracicaba, en las proximidades de San Pablo. Al poco rato una amistad fuertemente cimentada con fundamentalísimos brindis y frecuentes libaciones, aunaba nuestros deseos de diversión.

Siguió el baile y la jarana hasta tarde; luego, con un reducido grupo compuesto de los que habíamos congeniado mejor, continuamos los mutuos convites en diversas confiterías.

En un rapto de profunda generosidad los invité a navegar al día siguiente.

Grandes abrazos rubricaron el eterno - recuerdo que nos guardaríamos, tras los cuales regresamos a bordo.

El norte que nos había traído se había mandado a mudar y aprovechando la vacante, un pampero de cincuenta kilómetros por hora lo había reemplazado.

Un enorme y elegante velero nos hacía compañía fondeado un poco más afuera. Fuimos a verlo; era el Mouchette, con su gran botalón, su proa lanzada y su enorme palo, tironeando sobre el ancla, empujado por la marejada y el viento.

Dormíamos aún cuando nos despertaron fuertes gritos desde la costa. Valentín se asomó y anunció:

—Son los brasileños. . .

Saqué la cabeza y un brazo por la escotilla, usando la primera para contarlos y el segundo para saludarlos.

Eran seis y contestaron.

¿En qué diablos andaría pensando la noche anterior para convidar tanta gente junta a bordo de un barco tan chico? Además el pampero seguía soplando impertérrito y afuera una marejada importantísima quitaba enteramente las ganas de salir a tomar frío.

Pero nuestros amigos insistían. Mis explicaciones sobre los terroríficos peligros que pasaríamos fueron tomados como buenos chistes y todos rieron a coro.

Decepcionado y medroso, opté por izar las velas todas llenas de rizos, primero, y embarcar a los seis estudiantes cariocas luego.

El gualdrapeo de la escasa vela izada hacía temblar todo el barco ya, no obstante hallarnos aún al relativo amparo de la pequeña escollera.

Valentín, de barriga en la proa, luchaba para abrir el grillete de la cadena del ancla que nos amarraba a la boya. Los seis amigos esperaban bromeando en la cabina. Cuando largamos la amarra el sloop retrocedió un poco, como asustado, mas pronto embolsó viento y tomó camino. No habíamos transpuesto el abrigo de la punta, el Junco pegó un proazo, remontó una ola y cayó en la siguiente, salpicando con rabia alrededor.

La danza comenzaba.

Cinco minutos de traqueteo y los amigos se tornaron pálidos. Otros cinco minutos y el primero de ellos asomó por el tambucho con cara compungida y un rato más tarde todos rendían tributo al movedizo Dios de las aguas.

El barco seguía a los porrazos. La marejada parecía hecha a medida para castigar al pobre Junco.

El vapor de la carrera vino a empeorar nuestros feroces cabeceos, aportando un par de olas transversales que sumergieron toda la cubierta del sloop, dejando nada más que la carroza, el cockpit y las seis cabezas de los revueltos estudiantes.

No llegábamos más que hasta el puerto franco y de allí nos volvimos a la amarra.

El espantoso movimiento y el pobre espectáculo de los mareados empezaba a hacer efecto en mi estómago.

Valentín se encargó nuevamente de tomar el boyarín, mientras Fernando y yo luchábamos con la frenética mayor, atacada de epilepsia aguda y más mala que nunca para dejarse arriar.

Nuestros pasajeros salieron como bólidos hacia tierra y recién allí reaccionaron. La experiencia no les había resultado demasiado agradable, a juzgar por sus descoloridas faces y su apuro por desembarcar, pero pasamos por alto este desaire porque si quedábamos un minuto más con ellos, les habríamos acompañado en desgarbado coro.

Esa noche no había ninguna fiesta en perspectiva. Las muchachas de Cerro Largo habían levantado pronto vuelo, retornando a sus lares.

Pero la hospitalidad de nuestros amigos, que sobre el suelo firme eran unos perfectos caballeros no nos dejó.comer a bordo. Nos invitaron al hotel en que se hospedaban y no quisieron hacer caso de nuestras protestas por carecer de vestimenta adecuada; allá fuimos, pues, de gabán y gorra.

Bebimos un poco de camaradería embotellada, y el ambienté se tornó todo lo cálido que lo permitía la estación.

Los estudiantes nos recordaban a cada momento que hacía un frío_ terrible. Caminaban por la calle enfundados en espesos sobretodos e interminables y peludas boas.

Para nosotros, no era tanto. La temperatura no debía elevarse de 8 ó 10 grados y el viento la hacía sentir con más rigor; pero la vida al aire libre nos permitía desafiar con relativo estoicismo el soplo del cierzo y demostrar un elegante desprecio por los factores atmosféricos.

Los buenos cariocas tenían la intención de pasar a Buenos Aires y de allí hacer una excursión por los lagos del sur. Al conocer sus proyectos elevé las cejas y pinté la última región como el sitio más lindo, pero también el más terriblemente frío del universo. Mis exageraciones fueron inconscientemente aumentadas por el ampuloso hablar de los brasileros, originando una extraña leyenda que terminaba con el hallazgo de veinte personas muertas por congelación en el tren que se dirigía al sud.

Creo que modificaron sus planes, porque luego me preguntaron algo sobre Tucumán. su clima y sus ingenios.

La última velada pasada en compañía de los estudiantes colegas, fué muy tranquila y agradable. Fernando trató de explicar, en castellano que deseaba acercarse al portugués pero que más se parecía al siciliano, sus teorías sobre lo plástico y lo no plástico en la arquitectura y en el dibujo, pero la diferencia de idiomas, de carreras y de tipo de chifladura, impidió una mutua comprensión. Optaron por conversar sobre temas generales, ya que cuando los cariocas intentaban demostrar alguna de las últimas técnicas agronómicas, yo tampoco entendía un rábano.

Valentín decía que sí a todo y sonreía. Resultó la mejor táctica. Al cabo de un rato los tres decíamos a todo que sí y sonreíamos.Las trasnochadas sucesivas trajeron como consecuencia un despertar tardío y perezoso. Era el 9 de Julio.

Amarré el pabellón a popa del Junco y lo miramos con cariño. Al fin y al cabo, estábamos en territorio extranjero. Era también el día que debíamos emprender el regreso.

El pampero se mantenía aún casi con la misma fuerza que días anteriores, tendiendo a rotar poco a poco al sudeste.

Nos esperaba una buena bordejeada.

Calculando que el cruce nos resultaría largo, decidimos salir cuanto antes, pero mientras amarinábamos a bordo, buscábamos el rol, nos despedíamos del moreno y del barman —ritos casi litúrgicos— y tomábamos un frugal almuerzo y dos manos de rizos, llegó mediodía.

Dejamos la amarra casi a la par del "Mouchette", que había izado la mayor de capa y uno sólo de sus foques. Pronto nos aventajó y se perdió en el horizonte.

La primera parte de nuestra travesía se cumplió con tranquilidad. Fernando continuaba tratando de explicar lo que los brasileros no habían comprendido : la teoría sobre lo plástico y lo no plástico en la arquitectura.

Este Fernando era un ejemplar curioso. A pocas personas he visto tomar una carrera tan a pecho como él. Habla de ella como si fuera una religión, defendiendo sus ideas en forma acalorada y entusiasta, en cuanto se encuentra con alguien que las rebate. Nosotros no le contestábamos ni que sí ni que no, pero igual continuaba exponiendo sus pareceres.

Lo único raro era que Fernando jamás daba un examen ni cumplía trabajo práctico alguno. Era imposible saber en qué año estaba. Sospecho que en ninguno, pero el hombre sabía y lo demostraba, si bien yo jamás cometería la indiscreción de confiarle los planos ni de una garita para serenos.

Valentín, en cambio, nunca comentaba nada sobre sus estudios. Sin embargo estudiaba y rendía materias a diestra y siniestra, llegando al lamentable extremo de rechazar un crucero por tener un examen.

Yo, para diferenciarme de los dos, ni hablaba de estudios, ni daba exámenes, ni estudiaba.

Con largos bordes de dos o tres horas, nos acercábamos lentamente a la costa argentina.

Hacía un fresco respetable y la marejada obligaba al "Junco" a serruchar las olas en su lento avance.

Con la llegada del anochecer comenzaron nuestras penas. El primus se negó franca y decididamente a funcionar; mis esfuerzos y persuaciones no lograron otro resultado que emperrarlo más en sus treces. Ya que por las buenas no andaba, comencé a enfurecerme; le di presión, abrí la llave, la cerré, limpié el orificio con la aguja, eché más kerosén, incineré totalmente el maldito artefacto, volcándole alcohol encima. Nada

Furibundo, lo tomé por las patas y lo sacudí rudamente. Peor aún: el casquete de metal saltó a cubierta, hizo trampolín en ella y con un "cling" burlón, se arrojó al agua. No quedaban esperanzas de comer algo caliente. Recurrimos al dulce de membrillo, paté en lata y galletas a granel. A medida que oscurecía en progresión aritmética, la temperatura bajaba en progresión geométrica, por lo que a las nueve de la noche el frío era atroz.

A pesar de estar atracados de galletas y dulce, nuestro apetito también lo era. Y para levantar el espíritu, una neblinita estúpida nos impedía saber por dónde andábamos. Después de la puesta de sol el timón se había convertido en un instrumento de tortura fina. Entre la neblina, la oscuridad, y el frío, que cada vez se hacía sentir más, estar quieto en la barra producía un entumecimiento que comenzaba por los pies, las manos y la nariz, luego trepaba por sus respectivas vías hasta dejarlo a uno hecho un bloque de hielo seco. Entonces, si quedaban fuerzas, se gritaba y se pateaba hasta conseguir que alguno de los otros dos emergiera de la cabina disfrazado de Amundsen, para reemplazarlo.

En el momento de sentarnos a timonear se miraba el reloj y se leía, supongamos por ejemplo, las diez menos diez. Al cabo de dos horas de gobernar, calculadas a ojo, se buscaba de nuevo el reloj, arrostrando la pérdida de calorías que esos movimientos representábamos, y cuando llegábamos a leer la hora no podíamos creerlo: eran las diez menos cinco. Y el maldito aparato no estaba parado. Quince horas más de guardia y nuevo vistazo al reloj; aquello era una burla: las diez y veinticinco. Un año después consultábamos el aparatito y entonces ¡maldición! las once y -cuarto; habíamos timoneado un cuarto de hora que no nos correspondía. Renegando penetrábamos a la cabina con el fin de recuperar la circulación perdida. ¡ Qué ilusos! El espectáculo ya era de por sí escalofriante: un farolito mortecino sacudiéndose con desesperación en su colgajo, lanzando amarillos tintes a la cara del compañero que quedaba. Éste, con aspecto de prisionero en un campo de concentración, amortajado en cuanta manta, gabán c poncho habían alcanzado sus tumefactas manos, miraba con ojos de insomne alucinado un punto fijo del mamparo. La respiración formaba un pequeño halo a su alrededor. Las paredes de la carroza estaban perladas de gotitas de agua y el frío que hacía allí dentro era perfectamente comparable al de una cámara de congelación de carnes; y, lo que era peor, de nuestras carnes.

Intenté reconfortarme con una botella de grappa que manotié del cajón, pero con el estómago más vacío que jagüel santiagueño como estaba, el alcohol me cayó mal. Traté de dormir. Absurdo deseo. Al cabo de un rato yacía yo también con cara de Belsen y la vista clavada en un tornillito del ojo de buey .

Valentín, que timoneaba en ese momento, lanzó un grito de alegría.

—¡ Vamos bien; estamos frente a Buenos Aires!

El execrable viento de proa había menguado lo suficiente para hacernos invernar unas horas más en aquel témpano con vela.

¡ Al fin! A las dos de la mañana entrábamos en el club. Cuando salí a cubierta para tomar la amarra la encontré extrañamente resbalosa. La toqué con la mano desnuda: una fina capa de hielo la recubría. El foque también se había congelado en la zona que recibía las salpicaduras y las escotas y drizas estaban rudas e indóciles, endurecidas por el hielo.

Dormimos en el club y al día siguiente, mientras nos reponíamos frente a unos monstruosos desayunos, tomamos el diario y leímos: "Ayer, 9 de Julio, se registró la mínima récord del año: seis grados bajo cero, a las dos de la mañana."

Un nuevo escalofrío recorrió nuestros cuerpos. Pero no era de frío; era de placer. Recién salíamos de una ducha hirviente y ese jamón con huevos que teníamos delante, decididamente, estaba muy bueno.

Hasta ahora el único medio de locomoción utilizado en mis viajes eran los sloops.

En agosto recibí con mucho agrado una invitación para crucerear a bordo de otro barco: el Cristina. Es éste un cómodo cutter de proa de clipper, largo botalón y aparejo cangreja, con vigotas en lugar de tensores, lo que le presta un aspecto muy marino (aunque deja el palo en banda), y un cabulero de madera para aferrar las drizas, que completa el piratesco color local.

Su capitán se llama Patricio y posee interesantes cualidades, a saber : harágá n, buen bebedor y entusiasta navegante de cucheta. Como yo poseo las mism a s características, fué necesario buscar alguien que, al menos, izara las velas para poder salir. -,..

A mis llamados acudieron Juan y Valentín. Juan había aprobado la dichosa materia y se sentía con unos deseos enormes de trabajar. Valentín se había repuesto lo suficiente del frío pasado durante el anterior regreso de Colonia y se hallaba en óptimas condiciones físicas.

El Cristina presenta varias curiosidades dignas de notarse. Tiene, como ya he dicho, un aparejo compuesto de mayor cangreja, trinquetilla y foque; la mayor va aferrada a la botavara por una culebra que jamás se coloca; nos contentamos con hacer firme el puño de -amura y dejar un amplio espacio entre el pujamen y la botavara para mirar el paisaje. En el pa1o tiene ocho aros o garruchos de madera, de los que se usan cuatro. y en el pico, donde se sujeta por medio de matafiones, usamos un tercio de ellos solamente. En lugar del foque y trinquetilla se iza un genoa chico que sirve espléndidamente desde un kilómetro de viento hasta cuarenta. Con cuarenta o más, sencillamente no se navega.

Otra originalidad consiste en un motor que perteneció seguramente a la galera de Calígula. Es un viejo artefacto de dos blocks, provistos de grifos en cada uno de los cuatro cilindros, especialmente diseñados para dejar salir el agua que entra por el caño de escape, en el que se puede ver una adecuada pendiente para que ello suceda. Cuando, en caso de apuro, es necesario acudir al motor, hay que comenzar por extraer las bujías, secarlas en el pri-mus, desagotar los anegados cilindros y, después de sesenta o setenta golpes de manija, arranca con toda facilidad. Luego el embrague no agarra, pero para esa fecha la varadura es tal, que poco importa si agarra o no.

Todo se soluciona en estos casos con un cocktail.

Creo que ya he mencionado de paso este producto de consumo interno, y a veces de exportación, que posee el Cristina. Los cocktails evolucionaron al mismo tiempo que la Gran Guerra. Al comenzar ésta se bebía el Explosión-Cristina. Más adelante se perfeccionó la fórmula y se consiguió el Molotoff-Cristina. Pero llegó la bomba de Hiroshima y fué menester hacer nuevas investigaciones; así se arribó al Atómico-Cristina que está actualmente en uso, con leves variantes del original.

Esos cuatro ingredientes: los cocktails, el motor, las velas y el patrón, aunados a una radio y a una pick-up, dan al Cristina un ambiente especialísimo que no he podido hallar en ningún otro barco.

El itinerario que elegimos en esta ocasión, aprovechando la circunstancia favorable de poseer un motor, fué por el interior del Delta hasta Carmelo. Una vez allí, veríamos.

Salimos a la tarde y nos internamos en el Pajarito; por el nuevo canal pasamos al San Antonio y de allí al Unión. Todo esto sin novedad y a vela pura. Caía la tarde cuando arribábamos al Paraná de las Palmas y donde el capitán propuso cruzar por el arroyo Pay-Carabí, en lugar de tomar el recto y aburrido Canal Arias. Con las seguridades dadas por Patricio de- que el paso era excelente, embocamos el citado río a la luz de una linterna. Iluminando con ésta, pareció bastante ancho y la caña-escandallo del Cristina acusaba mucho más del calado. "~ Hago notar que el escandallo no tiene otra marca que la del calado del barco; si hay más, se navega; si hay menos, se vara. La única profundidad que realmente importa a bordo, es la de la botella de gin.

Avanzamos lentamente, con el motor a media marcha y en tres cilindros; esto último escapaba a nuestro control.

El botalón del Cristina inspeccionaba las tinieblas metiendo su nariz en cada curva.

La noche estaba serenísima. Un cielo profundo y brotado de estrellas de estúpido titileo recubría con su marco formas extrañas, y a veces terroríficas, de árboles secos o copudos, de chozas, de montes de frutales o de alamedas petulantes.

Avanzábamos siempre. El río cada vez se volvía más angosto y menos profundo. La primera tocada demostró que, efectivamente, navegábamos en menos de cuatro pies, como lo indicaba la caña.

Continuamos remontando leves lomos de burro con la quilla, hasta que una varadura más ruda que las otras nos obligó a maniobrar con la marcha atrás y un cabo con un ancla a popa. A causa de un pequeño descuido el cabo se enredó en la hélice. Como es nuestra costumbre en esos casos, nos asomamos a la borda y dijimos afectadamente :

—i Caramba! Y penetramos en la cabina para cocinar y reconfórtar nuestros cuerpos con un Atómico.

El episodio del que  fuimos testigos esa noche no fué una ilusión óptica. Tampoco el producto de una extraordinaria libación, ya que sólo bebimos la ración normal

Frente al Cristina desembocaba uno de esos típicos zanjones del Delta, de unos tres metros de ancho y muy profundo; al contraluz se destacaba la silueta de un antiguo puente que lo cruzaba.

Mientras se lavaban los platos vimos avanzar por la orilla una trémula luz que se balanceaba lentamente. A medida que se acercaba escuchábamos, en medio del formidable silencio nocturno, el crujir de un par de botas. Justo frente al barco la luz se detuvo, se alzó un poco, dejando entrever una cara barbuda y macilenta, bajó nuevamente y recomenzó su andar balbuceante.

El viejo, con su paso minucioso, se allegó hasta el puente. Se oyó el quejido de las podridas maderas. Y siguió su andar cadencioso a la luz del farol, hasta perderse en el extremo opuesto al que había aparecido.

El asunto de por sí no tenía nada de raro. La aparición poseía, a no dudarlo, un cierto aire misterioso y nos había dejado sumidos en una pesada mudez.

Habríamos olvidado el episodio si al otro día Patricio no nos hubiera llamado la atención sobre él, señalando el puente. Era éste un ejemplo de derrumbe y antigüedad. Pero eso no era lo extraño, sino que por un lado comenzaba en un tembladeral de barro pestífero por el que era imposible que pasara una hormiga sin hundirse y por el otro terminaba en el aire, a más de un metro de la tierra firme.

Miramos todo aquello con cara de incrédulos. No habíamos visto saltar la luz, ni denunciar ninguna clase de equilibrios; por el contrario, su cruce había sido tranquilo, pausado e isócrono. El viejo, su cara y sus botas, los habíamos visto con nuestros propios ojos y aun perduraba fresco en nuestra memoria el ondular del farol cuando se alejaba.

¿ Había sido una alucinación ? ¿Un fantasma quizás?

Y juro que no habíamos bebido, hecho corroborado por las huellas frescas de botas que vimos la mañana siguiente al inspeccionar el dichoso puente. Cuando, luego, contamos este episodio, nadie nos cree. Sin embargo, así fué.

La necesidad de seguir viaje nos obligó a enfrentar la situación: con la hélice trabada no podíamos avanzar por el estrecho arroyo, máxime en continuo peligro de vararse-. La única solución factible era zambullirse y cortar el cabo. Yo alegué un viejo reumatismo y me agarré con aspecto dolorido la pantorrilla derecha; Juan sufrió un acceso de tos que le recordó su angina del mes pasado y Patricio afirmó que antes de meter la menor fracción de su cuerpo en el agua, se quedaría a vivir allí.

Valentín no encontró ninguna excusa a tiempo. Lo felicitamos calurosamente por su heroísmo, empujándolo insensiblemente hacia la borda, en donde lo aligeré del reloj pulsera y le entregué el cuchillo de cortar carne, antes de darle el impulso final.

Ante la inminencia de la situación y haciendo gala de un arriesgado estoicismo, Valentín se lanzó al río, se sumergió y cortó a diestra y siniestra. La baja temperatura del agua y su arcilla en suspensión le impedían saber si lo que tajeaba era el cabo o sus dedos, pero no perdió ninguno.

Mientras oíamos los gorgoteantes burbujeos de nuestro amigo trabajando allá abajo, apareció una lancha-mercado, decorada con apetecibles colgajos de carne y verdura frescas, pan criollo e ingredientes varios.

Compramos unos buenos bifes, pan y verduras.

Al fin salió Valentín del agua, anunciando, entre jadeo y jadeo, que todo estaba claro. Palmoteamos su húmedo lomo en señal de agradecimiento y doblamos su ración de alcohol para ese día.

Con el motor en marcha y cobrando un cabo amarrado al derrumbado puente, salimos de la varadura.

La navegación que siguió, no sé si se puede llamar tal; fué un penoso reptar por el fondo. Diez metros de marcha y ¡paf! una varadura. Yo bajaba entonces a tierra con el chinchorro y con un cabo; lo amarraba a un naranjo y, mientras Valentín se colgaba de la botavara, Patricio timoneaba y Juan cobraba el cabo con el cabrestante, yo comía naranjas.

Esta maniobra, con leves variantes, fué la que nos permitió avanzar poco a poco. El botavara-plaining estaba a la orden del día y en muchas ocasiones el peso de las ideas del capitán, trasladados a esa parcha en el momento oportuno, aliviaron lo suficiente el calado como para adelantar un centenar de metros más.

Con el transcurso del dia, aquello se tornaba espeso. En' una curvita insignificante volvimos a tocar fondo. Aprovechamos para comprar naranjas a unas vigorosas isleñas que nos cobraron un disparate por ellas y cuando les comentamos nuestra última varadura, respondieron asombradas:

—Pero, ¡también!, si se han tirado a la playa. . .

Se referían a la parte menos profunda de la curva. Mas, para nosotros, todo era playa en ese maldito zanjón.

Preguntamos entonces si más adelante aumentaba la profundidad.

—Sí — respondieron segurísimas—. siempre pasa el vapor.

—El vapor? —inquirió sorprendido Patricio—. ¿Y cuánto cala el "vapor"? —; Ah .' No sabernos...

Entre la playita, el vapor y el precio de las naranjas, habían acabado con la poca paciencia que nos quedaba. Nuevos esfuerzos y en camino otra vez.

Los cruces con las canoas isleras eran temibles, sobre todo por los furiosos colorinches con que usan pintarlas, que dejaban vivos recuerdos en la obra muerta del blanco Cristina.

Cuando ya pensábamos fundar la "Estancia La Cristina", cansados de tocar fondo y decididos a pasar el resto de nuestras existencias allí, inesperadamente el Pay-Carabí se ensanchó — en ancho y en alto —, permitiendo volver a la clásica inactividad que tanto me sienta.

De este período del viaje poco recuerdo. El capitán consultaba la carta, decía ¡ ah! de cuando en cuando con aire de entendido y nos metía por un laberinto de ríos y canales.

Por un raro milagro aparecimos en el Paraná Guazú a eso de las cinco de la tarde y para festejar el acontecimiento se largó a llover. Armamos una toldería indígena a popa para poder timonear sin mojarnos demasiado en forma vertical, ya que horizontalmente el agua se metía por todos lados y arribamos al Guazucito cuando la luz de la tarde tocaba su fin. Fondeamos en un sitio tranquilo, cenamos y ¡a descansar de las rudas fatigas del día!

Entre pitos y flautas había caminado más de una legua por tierra y jamás en mi vida he hecho un esfuerzo tan horrible.

No despejó hasta el mediodía siguiente, denominando con este eufemismo la reducción de lluvia intensa a chaparrones aislados.

Nos acercamos a la Prefectura, en donde presentamos el rol. Allí nos indicaron que la cruzada estaba peligrosa, que había mucho viento, que se habían ahogado tantos, que existían tantas viudas llorosas por haber perdido sus maridos en ese sitio, que recaería sobre ellos la responsabilidad de una desgracia, que...

Salimos del local abrazados del oficial y llorando a moco tendido. Mas, vueltos a bordo renació nuestra calma y pusimos en marcha el motor, que nos dejó patulecos de alegría al arrancar de la primera vuelta de manija y zarpamos decididos a afrontar el incierto porvenir.

Una hora más tarde penetrábamos entre las escolleras del Carmelo sin que ningún monstruo marino nos hubiera atacado, cortando sencilla y llanamente por lo más corto.

Al pasar frente a la Sola, Solá, o Solís o como diablos se llame, se ofreció, ante nuestra vista un espectáculo sumamente reconfortante: un enorme y grisáceo barco de carga inglés se hallaba varado en un sitio absurdo, fuera de todo canal y casi completamente en seco.

¡Ah! ¡Así que no éramos nosotros solamente los que tocábamos fondo a cada rato!

En el resguardo de Carmelo nos enteramos que hacía más de un mes que, por un error del práctico, el carguero se había salido del canal y había embicado allí. Lamentamos no poder trasmitirles la idea de echar un cabito a un naranjo y cobrar de él para zafar, aunque dudábamos que con este método tuvieran éxito, por carecer de botavara, elemento indispensable en estos casos.

Estábamos, pues, en Carmelo. Navegamos por el arroyo Las Vacas hasta el Yacht Club y allí fondeamos, acercando la popa a tierra.

Al poco rato comenzaron a llegar importantísimos barcos a motor, lanchas de varios pisos y tremendos cruceros de lujo, los cuales anclaban a la par nuestra y echaban planchadas con baranda de bronce lustrado para bajar a tierra sus bien trajeadas tripulaciones.

El Cristina quedó allí, con aspecto de perro en misa, entre dos inmensas moles cargadas de banderas y motores auxiliares que producían electricidad, agua caliente, clima artificial, agua filtrada y demás enseres; para los marineros, naturalmente, porque los patrones bajaron a dormir a tierra.

El ambiente del Club no nos causó gracia.

Nos sentíamos incómodos con nuestras sucias ropas marineras entre tanto lujo y tantas pieles, porque todas las señoras, señoritas y compañía que desembarcaron ese día, aparecieron enfundadas en zorros, bisontes, armiños, cibelinas y cuanto cornúpeto peludo pisa las nevadas llanuras del Canadá. Los hombres gastaban pantalón gris, saco azul con escudos varios, cadenas de oro y. como gran concesión a su calidad de nautas, gorras nuevas y cuidadas, refulgentes de dorados y rojos.

Hasta aqui el material que me dió Hormiga, ojala se consiga todo, pero mientras tanto, fue muy bueno! (C.M.)

 

 

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