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Relato novelado
del naufragio del AMELIA RONDAMINI
Autor: Aníbal Moline
Aportado por José Kucher
El comisario salió a la vereda
arrollándose el poncho al cuello y desde allí fijó su vista
en la Boca. La tarde estaba nublada. Hacia el mar se
vislumbraba un tinte rojizo sobre unos nubarrones. De cuando
en cuando se aclaraba repentinamente el horizonte para
oscurecerse luego entre nubes ascendentes acompañados de
prolongados ecos de explosiones. Era evidente que aquello
-sea lo que fuiere- sucedía en alta mar. El estruendo y los
recerberos luminosos debían originarse en un incendio.
Montoya estaba por darle la raqzón a
Don Pablo. Los restos del mercante inglés "Ireten" habrían
estallado en un gran incendio. Si así fuera -además- no
habría que preocuparse. Pero la rubicundéz aumentaba cada
vez más sobre el horizonte y la dirección de la luz no
coincidía con el lugar del naufragio. Las luces y
resplandores se divisaban sobre la misma prolongación de la
"Calle Ancha" (se le llamaba así a lo que hoy es la Av. 59 y
mirando por ella en dirección sudeste el objetivo era el
actual puerto).
"Vea Don Pablo, creo que no puede ser
el IRETEN . Mire, es en esta dirección y el naufragio fué
mucho mas a la izquierda" expuso Montoya.
"Tiene Ud. razón comisario -contestaron
Salcines y Aquerreta bajando a la vereda- esto es otra
cosa".
"No podemos hacer nada en alta mar. ¿
Como llegaremos ? si no tenemos ni botes. No hay mas remedio
que esperar", completó el comisario.
El comisario tenía completa razón.
En alta mar los hechos se desarrollaban
en forma alarmante.
Un buque mercante se balanceaba a
merced de las olas, envuelto en humo y con intermitentes
llamaradas. Creyérase que sentía un volcán en sus entrañas y
se sacudía en el romper del oleaje, como para zafarse de
garras opresoras.
"Las barricas -gritaban-, las barricas
de cal".
"A salvamento" exclamó el capitán.
"Las barricas de cal han reventado
capitán".
"Preparar los botes" ordenó el capitán
severamente.
"Los botes -confirmó el piloto-, pronto
que estalla el barco y morimos todos".
"Los botes están a babor muchachos"
vociferaba el capitán.
"En babor quedan dos botes" repetía el
oficial.
"Corten los cables" indicaba el
capitán.
"Corten los cables" repetía el oficial.
Pero los marineros, tan aterrados se
hallaban, no atinaban a cumplir las órdenes y corrían de un
lado para el otro.
Un estallido sordo se oyó a popa. La
cubierta se barnizó con brillo metálico inflamado y las
llamas comenzaron a avanzar en circulos nudosos dsde una
lata de kerosene.. Un olor desagradable se mezcló al vapor
espeso de la cal, que surgía de las bodegas.
El pánico cundía en la tripulación. La
asfixia momentánea los aturdía y atormentaba. Aquel vaho
espeso, picante y caliente, unido a las llamaradas y al humo
del kerosene los ahogaba. Tosían, sudaban, se retorcían y no
atinaban a nada.
Así transcurrieron varias horas en una
lucha desesperada ya casi convencidos de su propia muerte.
El buque se sacudía entre convulsiones
de las bodegas y el oleaje embravecido. La esperanza estaba
a punto de desaparecer totalmente. No había otra solución
que morir carbonizados o sumergirse en el abismo.
A media tarde la esperanza pareció
renacer por un momento.
Desde alta mar se levantó una brisa
hacia la costa. El buque se sintió empujado por ella y a las
siete de la tarde una ola como una montaña levantó la nave
en vilo y la enclavó en la arena de la costa. El golpe fue
terrible. El hervor de las bodegas se acrecentó
repentinamente. Las salpicaduras de cal quemaron los rostros
de algunos marineros y llamaradas surgieron de las grietas,
verdosas unas, rojizas otras. La embarcación quedó
fuertemente varada a pocos metros de la barranca.
Por todas partes saltaban al agua los
tripulantes semidesnudos o con las ropas rasgadas y
manchadas de ardiente cal. Los tripulantes ensayaban un
"nado" y luego a pie, con el agua en la cintura, salvaron
sus vidas.
El capitán permanecía en la cubierta
con la vista fija en la tripulación. Sin duda estaba
ennumerándolos desde la barandilla de la cubierta. Y ya las
llamaradas llegaban hasta él y las olas de humo lo
envolvían, cuando dirigiéndose a la tripulación, les gritó
acompañando con el gesto sus palabras : "Good bye boys".
Luego tornándose hacia su nave y con lágrimas de dolor y
sentimientos de pesar exclamó : "Good bye Amelia Rondamini,
God save you" y se lanzó el último al agua, ganando luego la
costa.
El buque siguió ardiendo toda la noche.
En medio de la profunda oscuridad las columnas de negruzco
humo se iluminaban de cuando en cuando siniestramente.
En la parte opuesta del horizonte más
despejado algunas estrellas lanzaban flechas de luz como
agujas irisadas.
Los estallidos se repetían entre
fogonazos horrendos y las llamaradas se encrespaban en la
humareda densa, persistente, mientras la espuma del oleaje
se enrojecía.
Las llamas iban escalando los mástiles
y las jarcias como lenguas de fuego, devorándolos, hasta que
impotentes se desplomaban sobre la cubierta como penachos
ardientes y tras el golpe en esta rebotaban por el aire gran
cantidad de chispas rojizas.
A la mañana siguiente sólo quedaba el
esqueleto metálico del buque. Maderas carbonizadas, barricas
astilladas, girones de velas y salvavidas chamuscados
flotaban alrededor. En la proa de una lancha vacía
semisumergida se leía en letras negras "Amelia Rondamini".
La tripulación quedó a salvo. Su
capitán lloraba después, cuando recordaba, que en el
naufragio había sucumbido su pipa. Aquella pipa que había
recorrido medio mundo y que no había podido aguantar cuando
se incendiara su buque.
Una noche -pocos días después-
encontrabasé el capitán del "Amelia Rondamini" en el
"LAURAK-BAT" refiriendo, mientras sorbía un café, algunas
escenas del naufragio. Como es de imaginar, una gruesa barra
lo escuchaba con reverente atención mientras su rostro
palidecía por momentos. La emoción lo embargaba. El relato
terminó con éstas palabras : "Y salvé toda mi gente ... pero
mi buque se perdió -y tras un profundo suspiro agregó- y
también perdi mi compañera".
"Mi compañera de tantos años ... mi
fiel compañera" reiteró ante una platea enmudecida.
"Señor capitán" se oyó en ese instante
a sus espaldas.
El viejo lobo de mar levantó su vista
mortecina, como si despertara de un letargo. Un pescador se
acercó a él y sacando una vieja pipa de su bolsillo le dijo
: "Tuve el presentimiento de que ésta es su pipa. La saqué
esta mañana en una redada entre langostinos y pejerreyes.
Sirvasé señor".
" ¡ Oh mi vieja compañera ! ¡Mi linda
pipa ! " exclamó emocionado el capitán.
" Gracias buen pescador. Lo que más
lamento es que por única recompensa puedo darle mi gratitud,
pues no tengo en el mundo otra cosa que esta pipa, mi vieja
compañera de toda la vida ".
FIN
Anibal Moline
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