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PRIMERA PARTE - DE BUENOS AIRES A POSADAS
El Paraná augusto parece hecho adrede por Dios para
llegar al corazón de América y
para que el corazón de América se asome a la inmensidad
del Océano. Por allí subieron los conquistadores en sus altos bajeles
con sal en las lonas, para fundar Asunción; y por
allí bajaron de nuevo, con savia renovada, para hacer
Buenos Aires (Carlos Zubizarreta
Primer día de viaje
A
bordo de
la motonave "Washington"
: el cielo y la tierra resplandeciente
en la diáfana luz de una
tarde de septiembre, parecían alentarnos
en nuestra nueva aventura, el
viaje a lo largo del río Paraná hasta las
cataratas del Iguazú.
Ya estamos en pleno centro de la
Dársena Sud a cien y más metros desde el muelle del cual
salimos. Las casas, todas bajas, que bordean esa parte del
puerto, se nos presentan ahora en conjunto,
una unida a la otra, en hilera,
como un dilatado escenario multicolor,
cuyo primer plano lo forman barcos de
todos los tipos y tamaños, que con sus mástiles y
chimeneas recortan caprichosamente
la faja irregular y policroma
de los frentes: más atrás, en segundo
término, sobresalen altos edificios de
importantes fábricas, que completan
con sus líneas quebradas ese aspecto típico de la Boca,
el popular y tradicional
barrio bonaerense que, en su
conjunto de líneas y contraste de colores
hemos ponderado mil veces a través
de los cuadros famosos de Quinquela Martín.

La vuelta de Rocha, uno de los mas
pintorescos rincones de la Dársena Sud. El imponente puente de hierro
enmarca un fragmento del Riachuelo, con su típico barrio cosmopolita.
A la algarabía ensordecedora que,
hace poco llenaba el barco, a la gente
que subía y bajaba con valijas y daba
en voz alta las últimas despedidas y
recomendaciones, sucede un silencio
casi absoluto, hecho más sugestivo por
el contraste y por la sensación de la
partida.
En contados minutos ya la motonave
enfila el canal en pleno río y lanza al
aire el silbato de sirena como saludo al
puerto que deja.
Muchos pasajeros se han retirado a
los camarotes para arreglar sus equipajes
o descansar: los menos, sobre el
puente, asomados como nosotros a la borda, miran hacia
nuestra querida y
grande Buenos Aires que dejamos. Al
alejarnos, nos damos cuenta de lo que
es ella en nuestra vida: las ciudades
también tienen alma y corazón y por
eso se hacen querer: nuestra mirada
es un mudo, cariñoso saludo de despedida
y una promesa de pronto retorno.
Y seguimos mirando en la lejanía
la inmensa faja gris formada por la silueta de miles y miles de techos,
de
terrazas, de torres, de cúpulas, de campanarios
y de chimeneas.
Vamos ahora a familiarizarnos con lo
que será nuestro mundo por unos días:
el barco y los pasajeros.Los
camarotes y las salas limpias y
acogedoras nos predisponen el ánimo
para un viaje delicioso.
En cuanto, a los pasajeros, a medida
de que, uno tras otro, suben a cubierta,
notamos evidentemente el cruzarse reciproco
de las miradas a las cuales
siguen las primeras preguntas: "¿Viaja
Ud. también a Corrientes?",
"¿Tendremos buen viaje'.'", "¿Habrá muchos mosquitos, allá, al norte?",
etc., etc. De
estas frases banales empiezan a brotar
las charlas y luego las confidencias
hasta que se descubre un común amigo,
allá en Buenos Aires, bajo cuyos
auspicios la conversación se hace familiar.
Como anillos de una cadena se
van formando relaciones hasta que este conjunto
heterogéneo de personas, ayer desconocidas entre sí, se transforma en
una amigable compañía.
Las primeras gratas impresiones fueron
confirmadas: pasamos quince magníficos
días entre gente muy bien y
con ganas de divertirse, tanto que, al
término
del viaje, separándonos para
volver a la vida acostumbrada, cada
cual no disimulaba su pena.

Aspecto del puerto de Buenos
Aires visto desde el barco que se aleja.
Mientras tanto el barco cruza las
amarillentas aguas del Río de la Plata:
está cayendo la tarde: nos parece de
navegar en alta mar: apenas si se nota
en la lejanía, atenuado por la neblina,
un hilito obscuro que, como una línea trazada con el
lápiz, divide en el horizonte
el cielo del agua: es la costa bonaerense:
del otro lado agua y cielo.
"Si no fuera que anochece habríamos
podido, dentro de poco, ver la isla
Martín García y la costa
uruguaya". Esto lo dijo un
señor que ya conocía el viaje.
"Pero", le contestamos nosotros,
"¿cómo puede ser que se vaya
hacia Martín García y las
costas uruguayas si, mirando
el mapa, la línea recta entre la
Dársena Sud y la boca del Paraná
Guazú pasa al oeste de la
isla?" Acertó a pasar en ese
momento el Capitán,
afabilísima persona, verdadero "Lobo
de
mar" - queremos decir - "lobo de río", curtido en mil viajes y le rogamos
nos aclare la duda. Nos dijo que
el barco sigue derecho hasta la isla
Martín García, luego dobla
entre la isla y la costa
Uruguaya siguiendo el canal, llamado del Infierno para enfilar
el Paraná Guazú. Ya empezamos a
aprender algo.
Primera comida a bordo: un mozo de
"smoking" blanco recorre los pasillos
y puentes agitando la campanilla que
anuncia la cena. Es este uno de los
momentos más típicos y gratos, pues a
la hora de las comidas, especialmente si
se trata de la primera, es cuando de
una sola mirada se abarca todo el pasaje.
El interés general se concentra en
la lista de los platos y los comentarios sobre los
distintos manjares dan amplio
pábilo para la charla. Felizmente
el
cocinero del "Washington" debe ser un
maestro en su arte: la comida era excelente.
El primer día había terminado.
Lo que es el río Paraná
La mañana siguiente nos deparó la
vista grandiosa del Paraná, ya cerca de
Rosario. El sol radiante que disolvía
las brumas matinales nos predecía tiempo
espléndido. A lo lejos las molesgrises
y esfumadas de algunos altos edificios
nos daban el primer saludo de la
gran metrópoli
santafesina: más abajo
y más cerca las instalaciones portuarias
y fábricas y, en primer plano, hasta
nuestros pies, las aguas del río, que
reflejando el cielo de la mañana, eran de un suave color
rosa metálico.

La ciudad de Rosario
contemplada desde el Paraná
El "Washington" aminora su marcha
y con rápida maniobra atraca al dique de cabotaje. Autos,
camiones, pasajeros
listos para embarcarse, gente que
los acompañan, peones, etc., mezclados
con equipajes y paquetes, vuelven a
traer a nuestro derredor, por cuanto en
forma atenuada, la confusión de la
partida. Sube a bordo un amigo, el cual
hará con nosotros buena parte del viaje
de ida: esto agrega atractivo y alegría
a nuestro espíritu.
Nos apartamos del gentío, vamos al
puente más alto del barco y empleamos
la obligada hora, que falta para la
salida, en contemplar y
asombrarnos una vez más de la
inmensidad de este río. Por
cuanto se lean descripciones y se
ponderen datos y noticias, no es
posible concebir la idea
exacta de su magnitud: hay que navegar en él, como lo hicimos
nosotros, por días y días para comprenderlo.
Su curso de cuatro mil y más
kilómetros lo pone entre los más largos
y caudalosos del mundo. Mirando
al agua, que allí abajo se desliza
suavemente en su eterno viaje hacia
el océano, pensamos que en su
coloración amarillenta trae
partículas de tierra
argentina, brasileña y paraguaya, y se
nos antoja
mancomunar este hecho
meramente físico con un pensamiento
que surge de nuestro corazón:
este río, esta agua a la cual
contribuyen tres países, es
como un símbolo de unión
indisoluble de tres pueblos hermanos por orígenes, por cultura y
por aspiraciones.
Nuestra fantasía vuela lejos, allá al
norte, a través del "sertáo" brasileño,
en plenas selvas vírgenes, en donde dos
ríos
caudalosos, el Río Grande y el
Paranahiba, juntándose, dan origen al
Paraná, el cual, eludiendo casi una
ley de la naturaleza, nace ya
amplio y majestuoso:
hasta los hechos geográficos
tienen su destino, grande para unos,
vulgar para otros. Hay ríos señalados
para roles primarios y que son la razón
de ser,
casi la vida misma de inmensas
regiones; ríos que, serpenteando, fluyen
anchurosos
por miles de kilómetros recibiendo,
como tributo de vasallos,
las aguas de infinidad
de otros ríos menores,
que contribuyen a engrandecerlos
aún más. Ríos creados por Dios
con el fin de permitir rápido y fácil
acceso a regiones internas y apartadas
y, a menudo, para que delimiten naciones,
pueblos y provincias
Desde su origen, en Brasil y a los 20
grados de latitud sud, el río Paraná
marca el límite entre los estados de
Paraná y San Pablo a su izquierda y el
de Matto Grosso a su derecha. Separa
luego el Paraguay del Brasil (estado
de Paraná), hasta el paralelo 25° 30',
adonde, a la izquierda, recibe el río
Iguazú. Desde ese punto divide el
Paraguay de ia Argentina (territorio
de Misiones y provincia de Corrientes),
hasta su confluencia con el río Paraguay:
después es completamente argentino
hasta desembocar en el Río de
la Plata a los 33° 30' por el amplísimo
y pintoresco Delta que todos conocemos.
El Paraná es
uno de los ríos llamados de llanura
y ésta es una de las causas
de su inmensa importancia como vía
de agua, pues tiene desniveles
mínimos, fondo en gran parte
arenoso y corriente suave.
Creemos interesante dar algunos
datos: el desnivel por cada Km. es de
89 mm. en Posadas, se reduce a 67 en Corrientes, a 43 en la Paz,
a 20 en Rosario y a 10 en San Pedro.
La cuenca hidrográfica del
Paraná se calcula en la friolera de 2 millones y medio de
kilómetros cuadrados y las lluvias
que caen en la misma
representan por término medio
4.500 millones de metros cúbicos por año, de los cuales sólo una
novena parte, aproximadamente, contribuye
a formar el caudal del río,
perdiéndose lo demás por evaporación y absorción del suelo.
Diremos, para terminar, que el curso
del Paraná se divide en
cuatro secciones de acuerdo
con las posibilidades de navegación:
el Paraná Inferior, cuya profundidad
media es de metros 6,40; va
desde su desembocadura en el
Río de la Plata hasta
Rosario por un largo de 298 Kms.
Después de Rosario y hasta la ciudad
de Paraná, por un largo de
185 Kms., es el Paraná Medio,
cuya profundidad media
natural es de metros 5,60. Sigue
la tercera sección que, con
profundidad media de m. 1,80
y por un largo de 298 Kms. va
hasta Corrientes y se llama
Paraná Superior. Y por fin, aguas arriba de Corrientes, o de la
confluencia con el Paraguay, la cuarta sección, llamada
Alto Paraná, se distingue de las
anteriores por tener el fondo de
rocas, v
estar, más arriba de Posadas como
encajonada entre altas paredes. Esta
última parte del río es la más pintoresca.
Distraídos en estas consideraciones y
refrescándonos la memoria de cosas
vistas y leídas no nos dimos
cuenta de que el barco había
ya reanudado su
viaje.
Compañeros de viaje
Habíamos ya dejado a nuestra derecha
la isla del Espinillo y la de la
Invernada, que están frente a Rosario,
y a la izquierda las últimas casas de la
gran ciudad, los establecimientos fabriles
de los suburbios, los barrios residenciales
de Alberdi con sus elegantes chalets
levantados en lo alto de la pintoresca
barranca, y al pie de la misma, bordeando el río, numerosos clubs
deportivos. Rosario también, ciudad eminentemente
trabajadora y comercial, tiene
sus lugares de suave belleza y de sano reposo.
La llegada al puerto de Rosario ha
hecho de que todo el mundo saliera a
cubierta temprano: ya empiezan las
charlas amenas
y las escenas hilarantes: uno de los
primeros en revelar sus dotes
festivas fue un joven gordito, de cara abierta y simpática, el
cual viajaba a Posadas por asuntos
comerciales. En seguida uno y otro empezaron a colaborar
con tanto entusiasmo que durante la
misma tarde hubo música,
canto y baile. Otro tipo
risueño era un pasajero, que
llamaremos Don Juan, el
cual, con su familia, había dedicado sus
vacaciones a un viaje a las
Cataratas del Iguazú. Tipo
comunicativo y alegre,
acostumbrado todo el año al trabajo,
gozaba
de
su asueto intensamente,
como un muchacho: su alegría desbordaba
por todas partes y se propagaba
a los demás pasajeros. No había
puerto grande o chico en el cual no
bajara, a veces haciendo
equilibrio sobre la estrecha
tabla que servía de planchada
y a veces entreteniéndose con
el riesgo de quedarse en tierra, lo
que provocaba el miedo de su dulce
mitad y los consiguientes,
justos, reproches.
La nota romántica la daban dos parejas
de recién casados en viaje de bodas.
Jóvenes y casi de la misma edad
se habían, por rara coincidencia, casado
en el mismo día. Las dos flamantes
esposas, si bien en diferente tipo, eran
bonitas y aparentemente buenas (si
eso es cierto lo dirán los respectivos
maridos). En cuanto a los varones:
el uno alto, más bien delgado, era de
carácter jovial y expansivo, amigo de
todos y conversador, tanto que le llamaban
"el mudo"; el otro, más reposado
y tranquilo, no tenía por eso
menores ganas de divertirse, cosa que
cumplió a la letra. Había otros tipos
interesantes entre nuestros compañeros
de viaje, pero como estamos llegando
a Puerto Diamante, haremos su presentación
en un próximo día.
De Pto. Diamante a Pto. Paraná
16.30 horas; tiempo nublado y fresco:
el barco se aproxima a la empinada costa que, a nuestra derecha, forma
la margen del río.
No es posible ver la
ciudad porque está sobre el plano, atrás
de la barranca;
pero, sí, vemos el dique flotante y
el camino que serpenteando en
la cuesta lleva a ella. Estamos ya
a 536 Kms. desde
Buenos Aires.

Llegando a Diamante, un activo centro
comercial en Entre Ríos
Diamante es un activo centro de
Entre Ríos y lo
demuestra el hecho del trajín
de a bordo. Sube un pasajero
del lugar, persona que, ocupando un
cargo bastante alto, consideramos
buena fuente de información.
De este modo supimos que
Diamante fue fundada en el
año 1836 y que el hecho histórico más digno de importancia a ella
ligado fue el cruce del Paraná, que,
en este mismo lugar, efectuó
el Genera! Urquiza el 20 de
Diciembre de 1851 para
dirigirse con su ejército hacia Buenos Aires y derrotar a Rosas.
Nuestro informante, hijo apasionado
de su tierra, nos hizo un
cuadro tan atractivo de
Diamante que hubiésemos querido
visitarla de tener el tiempo: lo
lamentamos.
La ciudad cuenta con cerca de
nueve mil habitantes, es uno de los
mayores centros agrícolas de la provincia
y posee edificios notables, entre los
cuales una bellísima iglesia y la Municipalidad.

Puerto Diamante, en
Entre Ríos. Diamante es uno de los mayores centros agrícolas de la
provincia; cuenta con cerca de nueve mil habitantes y su progreso
arquitectónico es visible en algunos de sus notables edificios, como la
iglesia y la municipalidad
Ya el barco reanuda su marcha: el
primer puerto al cual llegaremos será
Paraná. Desde Rosario navegamos en
el Paraná Medio, que se caracteriza
por una cantidad de Islas grandes y
pequeñas formadas por los muchos canales,
riachos y brazos en que se divide
el río: por
supuesto la navegación sigue por el
cauce mas profundo y seguro que
corre del lado del Este, o sea
bordeando la alta orilla
entrerriana:
por esa
razón no pudimos ver Coronda sobre
la margen opuesta, frente a la
isla de Carcarañá. El río,
siempre majestuoso en
derredor nuestro, ostenta las lejanas riberas verdes de tupida
vegetación: estamos en una de las
zonas más intensamente
agrícolas. Cada tanto nos
cruzamos con algún barco de carga
que lleva hacia Rosario o Buenos
Aires
productos de estas
tierras feraces.
Ya anochece: el tiempo encapotado de la tarde se había
disuelto en masas
de nubes que parcialmente dejaban ver
el azul del
cielo: los rayos del sol, que estaba
por terminar su diaria tarea, se reflejaban con intensidad sobre
los inmensos, fantásticos cúmulos de nubes
coloreándolos con los más bellos
matices del amarillo, del
rojo y del violeta, los que
se reflejaban en las aguas como
en un espejo movedizo multiplicando
al infinito el centelleo y
las esfumaduras de los
colores. El fresco de la tardecita,
el silencio solemne únicamente
interrumpido por el pulsar
de las máquinas y el lejano
eco de las charlas de los pasajeros,
casi todos reunidos abajo, y la
tendencia a la dulce
melancolía, propicia en esa hora en que es más de día, pero aún
no es de noche, daban a nuestro espíritu
una sensación de calma y de bienestar mental que adormecía momentáneamente
ese estado de perenne nerviosidad
al cual estamos condenados los
que vivimos en las grandes metrópolis modernas.

Una isla frente a Rosario. La luz del
ocaso riela en las aguas del Paraná. Hacia el fondo la vegetación
recorta su silueta obscura. Paisajes como estos, tan llenos de poesía y
de calma, son comunes en todo lo largo del viaje. Los ocasos se parecen
a los amaneceres, el mismo juego indeciso de sombras y luces que se
reflejan entre las ondas del Paraná
Bien entrada la noche, pues eran
las veinte horas, llegamos a puerto
Paraná.
Ya desde lejos habíamos divisado el
brillar de muchas lucecitas a orilla del
río y en lo alto de la barranca, negra en
la
noche, y en el cielo el reflejo claro de
las luces de la ciudad. Paulatinamente,
y a medida de que nos aproximamos, estas luces disminuyen en número pero
aumentan en intensidad, hasta que,
solamente podemos ver las que nos son
cercanas. En la penumbra de la noche divisamos al pasar
el hermoso parque
Urquiza dominado por la estatua del
gran general.
Mientras el "Washington" febrilmente efectuaba sus
operaciones de carga y
descarga, la llegada de la balsa de Santa
Fe nos recordó que allá enfrente, del
otro lado del río hay otra importante ciudad, capital de
la provincia homónima.
Es una pena que no todos los
buques de la carrera vayan hasta ella:
por la razón, que ya mencionamos, de
los canales y
riachos
en que se subdivide
el río, el llegar hasta Santa Fe obligaría
a prolongar el viaje, pues ese puerto
está sobre el Colastiné,
afluente del
Paraná, y se comunica con éste mediante
dos canales, el de acceso al puerto y
el otro de derivación.
Es la hora de cenar y bajamos al comedor.
La salida de Puerto Paraná nos sorprendió
a la mesa: la animación en el
comedor estaba en su apogeo: los caballeros
hablaban de todo un poco y las
señoras aprovechaban para escudriñar
sus
congéneres y preparar material para
las tijeras, que luego usarían en las
largas horas de ocio sobre cubierta.
Luego, la acostumbrada tertulia al aire
libre, que el frío reinante, a
pesar de la estación, hizo
muy corta, prefiriendo todos
retirarse a descansar... de las
fatigas del día. Nosotros esperamos
hasta después del arribo a
los puertos de Hernandarias y
Santa Helena, siendo
casi la medianoche.
Una de
las cosas que más atrajo nuestra
atención, durante todo el viaje, tanto en plena luz como en la
más profunda obscuridad, era la
rapidez y exactitud con que el barco efectuaba las
maniobras de amarre y de salida.
Vale la pena dedicar dos
palabras a este punto: acostumbrados a ver las largas,
difíciles y delicadas operaciones de
llegada y partida de los
transatlánticos, nos asombra
la prontitud y sencillez con
que estos barcos de los ríos atracan
y luego salen: toca el silbato
anunciando un puerto y en el
tiempo que uno sube a cubierta
el buque ya está casi amarrado: toca otra vez anunciando la partida
y, en menos que "canta un gallo", ya estamos a diez metros del
muelle. Indudablemente que las
modalidades de navegación
Fluvial son bien distintas de
las marítimas, pero de todos modos
hay que admitir una gran habilidad de
parte de quien dirige.
Yacarés, mosquitos y otras charlas
Un sol radiante nos despierta la segunda mañana de
nuestro viaje: ya habíamos pasado desde temprana hora
el puerto
de La Paz, que por eso, no
la
pudimos
ver.
Sigue el
río inmenso, con su cortejo
de riachos y canales y su enjambre de
islas e islitas. Los pasajeros, sobre cubierta, respiran
el puro y fresco aire dela
mañana: las conversaciones giran hoy con preferencia alrededor de tres
argumentos: es decir, las conversaciones de los pasajeros novatos, que
por primera
vez van al Alto Paraná.
Yacarés, mosquitos y mbariguiés, calor.
El
primer argumento, los yacarés, es ahora el más interesante, porque ya
entramos en la zona del río adonde viven esos bichos.
Todo el mundo, presa de
una frenética curiosidad, agudiza la vista y mira hacia
las
islas arenosas o las riberas opulentas de vegetación: a cada rato un
grito de llamada y todos se precipitan de un lado o del otro para
ver, pero los yacarés se burlan de la curiosidad de los turistas y
siguen indiferentes, allá lejos,
sobre el amarillo de la arena,
durmiendo
su diaria siesta en pleno sol.
Otras veces se cree descubrirlos en alguna anfractuosidad
de la ribera, bajo la sombra de las ramas cargadas de hojas que se
extienden a ras del agua, pero muy a menudo en vez de un yacaré es un
vulgar y viejo pedazo de tronco deárbol
dejado por alguna creciente del río.
Algunos pasajeros, que ya habían
visto estas cosas, aprovechan, no sabemos
si en buena o en mala fe, para
hacerse los entendidos y dar pruebas de
su experiencia: "En uno de mis viajes
— decía uno— hemos encontrado a
mas
no poder y largos hasta cuatro metros!"
Otro, para no ser menos, trazó un cuadro
espeluznante sobre la voracidad y
crueldad de estos bichos, que no desdeñan
"comer chicos de un bocado"
y un tercero, refuerza lo dicho, afirmando
que "a lo largo de las costas hay
mucha gente a la cual falta una mano
y hasta un brazo por habérselo arrancado
un yacaré hambriento!" Para el
lector que quiere saber la verdad, nosotros
diremos que los yacarés o chacarés
pertenecen a la familia de los cocodrilos,
pero son más chicos, pues su largo llega
muy raramente a los tres metros. Que
viven en las orillas de los anchos ríos
tropicales de corriente tranquila, pasando
todo el día perezosamente inmóviles sobre la arena o en las playas,
dedicando la noche a buscarse la comida,
que consiste en cualquier cosa
que vean moverse en el agua, pero especialmente de peces
o animales muertos
arrastrados por la corriente. Por
este último motivo son, bajo cierto
aspecto,
útiles, pues contribuyen a
limpiar
la contaminación de las aguas.
Para el hombre no son peligrosos, porque
le huyen, y solamente pueden ser temidos,
cuando en peligro, se defienden.
Son ágiles en el agua, pero en la tierra
se mueven pesadamente a causa de su
estructura que no les permite trasladarse
con facilidad sino en línea recta. Dicho esto, no negamos que teníamos
nosotros también interés en ver estos animales, que hasta
hoy no conocíamos
en libertad. Pero en todo el viaje no
tuvimos excesiva suerte: vimos pocos
y siempre a distancia con gran desilusión
de una joven señora que estaba empeñada
en ver de cerca un yacaré. Se la
veía correr afanosamente de un lado
y del otro, esgrimir el larga vista, arrugar
la frente en un esfuerzo visual, pero
siempre con el mismo resultado. "No
puedo
verlo bien" decía "está inmóvil,
demasiado lejos, todo sucio de barro...
Conmovido por el repetirse de la escena,
un cura, que viajaba a Posadas, se
aproximó y le dice: "Vea, señora, escuche
un consejo. ¿Quiere ver de cerca y
sin cansarse un yacaré? Con menos
trabajo y más comodidad vaya a un
zoológico o, si lo prefiere, al Museo de
Ciencias Naturales. . . adonde puede
hasta tocarlo. . .". Desde ese momento
se le pasó a la buena señora el antojo
de ver yacarés: posiblemente habrá
pensado que el cura tenía razón.
El segundo tema de las conversaciones
giraba alrededor de las picaduras de
los mosquitos y de los mbariguiés, pesadilla
número uno de las señoras, las
cuales naturalmente se daban consejos
de cómo defenderse o remediar. Se
hablaba de verdaderas nubes de insectos,
de su sed de sangre, de su inacabable
voracidad. Pero a pesar del terror
pánico de las señoras, y también de algunos caballeros,
la cosa no pasó de ser
una molestia pasajera: a veces el diablo
no es tan feo como lo pintan. Si bien
alguno fue más o menos castigado, la mayoría de nosotros
se la pasó con una
que otra picadura, y alguno hasta sin
molestia de ninguna especie en todo el
viaje a la redonda.
Y por último, con respecto al calor,
muy poco es lo que hemos sufrido: posiblemente
por la estación y, más que
todo, porque tuvimos suerte.
En el Paraná Superior
Al subir a cubierta, la mañana siguiente,
el Capitán, siempre atento,
nos señaló que estábamos navegando
frente a la desembocadura del río Guayquiraró,
que demarca el límite entre
las provincias de Entre Ríos y Corrientes.
Estamos, pues, en el Paraná Superior:
a nuestra izquierda sigue la
ribera santafesina chata y monótona,
aunque engalanada de vegetación, y a
nuestra derecha la empinada barranca
que caracteriza buena parte de la costa,
entrerriana y correntina. La velocidad
de la corriente del río es en estos parajes
de ocho kilómetros por hora en las épocas
de crecientes, para reducirse a tres y
medio en los períodos de aguas bajas.

El
río Paraná, entre La Paz y Esquina. En estos parajes la velocidad de
la corriente del rio es de
8 Km. por hora en
las épocas de crecientes, para reducirse a 3,5 en los períodos de
aguas bajas.
Durante todo el viaje las riberas aparecen cubiertas de una tupida
vegetación que cada vez se
hace
más densa, anunciando los dominios de la exuberante floresta
subtropical.
A eso de las once horas una boya, que
tiene encima pintado: Km. 855, indica
la entrada al canal de acceso de Esquina,
cuya blanca silueta se dibuja al
horizonte en lo alto
de la barranca.
La ciudad de Esquina, cuyo
departamento cuenta cerca de veinte
mil habitantes, se llamaba
antiguamente Capilla de Santa
Rita. En 1839 fue destruida completamente por el ejército
entrerriano
de Mascarilla, pero hacia
1846 empezó a reedificarse y
repoblarse, siendo hoy un importante centro de exportación de
maderas.

El
muelle flotante de Esquina, cuyo departamento cuenta con cerca de
veinte mil habitantes.
Es un importante centro de exportación de maderas.
Antiguamente se llamaba Capilla de Santa
Rita, fue destruida en 1859 v reedificada en 1846
El barco atraca al muelle flotante y
a los pocos
minutos reanuda su marcha.
Después de haber dejado a la derecha
las islas del Naranjay y el paso de
Guaycurú,
dobla el Puerto Mal Abrigo
sobre la orilla
opuesta sin tocarlo.
Aquí el río es muy ancho y el barco navega siguiendo la
línea de mayor
profundidad entre las grandes islas
Yaguareté,
dejando a la izquierda el río
San Gerónimo
sobre el cual, quince kilómetros
aguas arriba se encuentra
Puerto Reconquista. Dejamos luego
a la derecha las islas Nanganui y
nos
aproximamos a la orilla correntina en
demanda de Goya, a la cual no llegaremos
a causa de la poca profundidad.

Barco
que transporta los pasajeros a Goya,
la ciudad correntina que no se puede abordar
con embarcaciones de mayor calado. Goya queda 8 Km. más arriba sobre un
brazo del Santa Lucía
Son las 18 horas y estamos a 967 Kms.
desde Buenos Aires. El barco para
como a doscientos metros de
distancia de la playa y a su
costado se arrima una lancha destinada a recibir los pasajeros,
el correo y la carga
destinados a Goya.
Se trabaja intensamente en las tareas
del trasborde y a la media hora
ya se va la lancha.
Goya queda 8 Kms. más arriba sobre
la orilla izquierda del brazo Santa Lucía,
que forma la isla de Las Damas. Nos
han dicho que están en curso importantes
obras para permitir a los barcos
llegar hasta la ciudad. Entonces los
pasajeros podrán verla: nosotros tuvimos
que conformarnos con mirarla desde
lejos, más bien con la fantasía que con
los ojos. Lo único que pudimos percibir
fueron dos torres y una cúpula,
demasiado poco para conocer, aun de
afuera una ciudad. De todos modos recordamos que Goya;
con su departamento,
cuenta más de treinta mil habitantes
y es, después de Corrientes, el
centro más importante y más densamente
poblado de la provincia. Fue
fundada en 1807 y se recuerda que en
sus alrededores se libró un combate
entre el cabo inglés Asdet, al servicio
de Artigas, y los hermanos José Luis
y Domingo Escobar, quienes defendían
la causa de Buenos Aires. Los Escobar fueron hechos
prisioneros y pasados por
las armas: sus cabezas fueron expuestas
en la plaza de Corrientes.
Goya tiene lindos edificios entre los
cuales sobresale la iglesia parroquial
construida en 1851 y una hermosa avenida
costanera para diversión y paseo
de sus habitantes. Además que con la
lancha que va y viene a la llegada de
los barcos, Goya se comunica con el puerto mediante una
buena carretera,
larga 8 Kms., y un pequeño ferrocarril
destinado al transporte de los productos de esa región,
muy importante por su riqueza agropecuaria.
Mientras tanto, incansable, el "Washington"
reanuda su marcha. Pasamos
a lo largo de las islas de Las Damas y nos dirigimos a
Puerto Lavalle. Ya anochece. La tercera noche de navegación
empieza y nosotros, por tercera vez, disfrutamos de la sugestiva puesta
del sol en el río, cuya contemplación
nunca cansa, como nunca cansan los
grandes espectáculos de la naturaleza.
La noche es magnífica: la luna confiere
un matiz plateado a todas las cosas:
las aguas que la reflejan, las negras
siluetas de la vegetación ribereña, las
estrellas centelleantes, nos hacen soñar
como en un cuento de hadas, adonde todo es inmaterial y
fantástico.
A las 20 horas llegamos a Puerto Lavalle,
atracando al muelle flotante muy
bonito y animado, pues los habitantes
del pueblo acostumbran reunirse para
asistir a la llegada de los barcos, su
diversión favorita y, quizás, única.
Ya veremos de día, a la vuelta, este
interesante lugar, lo mismo que Bella
Vista, al cual llegaremos pasada la
media noche.
Corrientes
Los ruidos característicos de la llegada y el taconeo en
vaivén sobre el techo
de nuestro camarote nos despiertan
temprano y nos avisan que hemos llegado
a Corrientes. Aquí dejamos al
"Washington", que prosigue por el río
Paraguay hacia la Asunción y transbordamos
a la motonave "Iguazú'' que por
el Alto Paraná nos llevará a Posadas.

Llegando a Corrientes, capital de la provincia homónima,
animada por sus 55 mil habitantes. Por
su privilegiada situación en la confluencia de los ríos
Paraná y Paraguay está destinada a ser
uno
de los principales puntos de exportación de los productos que vienen de
Bolivia,
Paraguay y
Misiones

Un
sector del puerto de Corrientes, siempre animado por un intenso
tráfico íluvial; hacia el fondo la balsa que ha llegado de
Barranqueras, puerto de Resistencia, capital del Chaco
La mañana esplendorosa nos promete un día de calor: de
todos modos en esas
primeras horas el aire es frescoy
agradable
y nos invita a un breve paseo.
En el puerto hemos notado mucho tráfico:
posiblemente debido al hecho de
coincidir las horas de llegada y salida de
los barcos.

Otro aspecto del puerto de
Corrientes, momentos antes de atracar la nave
La ciudad era muy tranquila en aquella temprana hora
matinal: sus 55 mil habitantes dormían casi todos. Nosotros
hemos revivido las sugestivas impresiones
de nuestras anteriores visitas por ese
ambiente de reposante aire provinciano
y colonial, que de aquellos remotos tiempos
ha sabido conservar todo lo más aparente, es decir, sus calles, sus
edificios,
sus iglesias.

La motonave
"Washington", saliendo del puerto de Corrientes para dirigirse a la
Asunción
Pero si en su aspecto exterior Corrientes
nos hace recordar la poesía del pasado,
en su vida ciudadana y comercial está a la par con
cualquier otra capital
argentina: sin hablar de las instituciones
culturales que la honran, su comercio
y la exportación de sus múltiples productos
la colocan en un lugar privilegiado.
Además, por el hecho de estar
situada de frente a Barranqueras y a
cerca de 30 Kms. aguas abajo
de la confluencia del Paraná con el Paraguay,
Corrientes será con el tiempo uno de
los principales puertos de exportación
de los productos del Paraguay, de Bolivia
y de Misiones hacia la cuenca del
Plata y el Atlántico. Salimos poco
después de mediodía, mientras llegaba
la balsa procedente de Barranqueras,
que es el puerto de Resistencia, capital
del Chaco.
Damos una breve recorrida al barco
que nos hospedará por un día y medio:
aunque algo menor que el "Washington",
por exigencia de la navegación, vemos con sumo placer que
estaremos muy
cómodos.
Nuestros compañeros de viaje se han
reducido de número, por que en el
"Washington" dejamos los que van a
la Asunción y que saludamos efusivamente
cuando se alejaron, pues salieron
poco antes que nosotros.

"Iguazú" - foto archivo
Histarmar
Otros
tipos de
abordo
El menor tamaño del barco y el menor
número de personas han hecho de
que
intimáramos más. Había entre
nosotros un rico tipo, ya entrado en
años, pero ágil y siempre en movimiento,
el cual tenía el antojo de los chistes:
persona que encontraba, persona a la cual tenía siempre
algo que contarle,
algo que terminaba invariablemente en
una carcajada. Pero este hombre, en
apariencia tan risueño, debía tener su
tragedia interior, pues tenía miedo a la
señora, como los chicos al "cuco". Y
el motivo era porque a la señora no le
gustaba que su marido perdiese su seriedad
haciendo reír los demás con los
chistes: ella, dama formal, de cabello
gris y con gafas, seguía al esposo travieso
a todas partes y le reprochaba su
comportamiento, así que el pobre, antes
de hablar, miraba en su derredor
para ver si no había moros en la costa
y, una vez seguro, solamente entonces
largaba el inevitable
inocente
cuentito. Fue esta pareja una de las notas más
simpáticas del viaje.
Otro tipo original era un señor de
edad, y nacionalidad indefinida, pues
conservaba aún un leve acento extranjero
y su apellido podía pertenecer a
varias nacionalidades distintas: no sabíamos
si era francés, o alemán, o suizo,
o belga, pero. . . eso no importa. Era
muy comunicativo y amigo de todos.
Lo curioso en él era su modo de empezar
cualquier discurso, invariablemente, con
o sin motivo, con la frase: "yo quisiera.
.. etc.". Así que a los dos días de
víaje
no se le conocía más que como
"Señor Quisiera". El sabía todo, pero
a su manera, y salía a menudo con cada
disparate, que los presentes solamente
con gran esfuerzo podían contener la
risa. Una tarde, por ejemplo, se comentaba
la habilidad del capitán en
guiar al barco, siguiendo el cauce del
río con suave ruta aproximándose a
una u otra orilla. El señor "Quisiera"
estaba escuchando y luego, como si un
gran pensamiento hubiese brotado de
su cerebro, sale de improviso con estas
palabras: "Yo quisiera saber como se la habrá arreglado
Cristóbal Colón
cuando vino por este gran río descubriendo
América. De veras que es
maravilloso al sólo pensarlo!". Dominamos
nuestra hilaridad y tratamos de
explicarle que Colón nunca supo de la existencia de estos
países, porque en sus
cuatro viajes sólo pudo conocer del
continente una muy pequeña parte de
la costa, ahora, venezolana. El señor
"Quisiera" se resistía creer y se necesitó
de la autoridad del capitán, que allí
pasaba, para convencerle de su error. Hasta aquel momento
él estaba convencido
de que el hecho del descubrimiento
de América involucraba viajes
y exploraciones en todo sentido: si
Colón vio sólo una pequeña parte del continente, no lo
había desde luego
descubierto, porque descubrir significa,
para él, verlo todo.
Desde aquel momento en la cabeza
del señor "Quisiera" el gran genovés
descendió de su pedestal de gloria. . .
Y como éste, que hemos citado, otros
episodios nos alegraron a menudo, pues tipos como el
señor "Quisiera" no se
encuentran cada día.
En el alto Paraná
El río, entre Corrientes y Posadas
tiene características propias: el menor volumen de las
aguas, las rocas abundantes
del fondo y la corriente, en
algunos lugares muy rápida, dificultan
la navegación. Es anchuroso y como la
región que atraviesa es en gran parte
muy llana se subdivide en brazos que
dan origen a muchas islas, a menudo anegadas,
especialmente del lado paraguayo.
El "Iguazú" toma el brazo izquierdo
entre la orilla del Chaco y las islas Talar
y del Medio; pasa luego cerca de la
isla Cerrito, dobla la punta rocosa de
Itá Cora y llega a la confluencia
con el
río Paraguay
a
1.258Kms. desde Buenos
Aires. El barco, siguiendo el serpenteo
del "thalweg" se acerca a una o a otra margen: la que se
extiende a nuestra izquierda ya no es argentina: esos montes
tupidos que parecen casi tocar el
agua son paraguayos y nos acompañarán
hasta el término del viaje.
Pasamos la punta de Itá Pirú del
lado paraguayo y luego, del lado Argentino,
el puerto de Paso de la Patria:
continuamos entre la costa correntina
y las islas Curayacito, Toledo, Duraznillo
y otras hasta llegar a Itatí, famoso
por su santuario, del cual desde
lejos,
divisamos la grandiosa cúpula, parecida
a la de S. Pedro de Roma. Este santuario,
dedicado a la Santísima Virgen,
fue fundado en 1618 por el Fray Luis
de Bótanos, compañero de San Francisco:
es el más venerado en toda la
región y meta de grandes peregrinaciones
(1).

Desde el barco vemos, asomada sobre la
borda, la cúpula del Famoso Santuario de Itatí
Las márgenes del río van paulatinamente
elevándose hasta convertirse en
barranca: navegamos siguiendo la línea
central del río y pasamos frente a Itá
Ibaté, cabecera de una importante
zona
agrícola. Cruzamos luego numerosas
islas a lo largo de la alta barranca correntina
para llegar a Puerto Ituzaingó,
pueblo de importancia con más de doce
mil almas.

Ituzaingó, con las
características barrancas que se levantan sobre el río. Las casitas
parecen esconderse entre los árboles

El puerto de Ituzaingó, visto desde la
cubierta del barco. Al fondo, la vegetacion subtropical
Aquí
empieza el tramo más difícil
para
la navegación, a causa de los
rápidos de Apipé. Entre Ituzaingó y
Posadas hay las grandes islas de Ja-ciretá.
Apipé Grande y Chica, Talavera
y otras: la profundidad de las aguas
es muy escasa y el fondo es casi todo
de rocas. A lo largo de las islas Apipé
la corriente es brava llegando en algunos
lugares a trece
kilómetros por hora: estas
corrientes rápidas empiezan cerca
del paso de Mbaracayá, 15 Kms.
arriba de Ituzaingó: las denominadas Carayá, Yacarés y Perdida
son las más fuertes.
Era interesantísimo
el ver con cuanta atención
y habilidad el Capitán mismo manejaba la rueda del timón. Hombre
de mediana edad, recio y fornido,
más bien de baja estatura, desde
treinta años conduce los
barcos por estos pasos: arrimado a la borda, tres metros a su
derecha, un marinero sumergía y
levantaba de continuo la sonda cantando
en voz alta la profundidad del agua:
"siete pies, siete y medio,
ocho escasos, siete, etc." y
así por todo el tiempo en que
duró esta navegación difícil. El
barco obedeciendo al timón
zigzagueaba a baja
velocidad sorteando rocas a flor
de agua mientras a
nuestros pies la
fuerte correntada formaba torbellinos
y espuma rompiéndose en las piedras
que afloraban. Era un espectáculo
impresionante.
Posadas
Al atardecer llegamos a Posadas, capital
de la Gobernación de Misiones y
gran centro de exportación de yerba
mate, de tabaco, de naranjas y otros
frutos. Su aspecto, visto desde el río
que en ese lugar es ancho 2.700 metros,
es muy pintoresco: a lo largo del declive vemos casas y
depósitos escalonados en
anfiteatro y coronados por la edificación de la ciudad
que empieza allá sobre el
borde superior de la barranca a 45 metros
de altura: el todo ampliamente
alternado con el verde sombrío de la
vegetación subtropical. De frente, al
otro lado del río, se ve la ciudad paraguaya
de Encarnación, punto de enlace
de los ferrocarriles paraguayas con los
argentinos mediante el ferryboat que
cruza el río.
Posadas cuenta hoy más de veinte mil
habitantes y es una ciudad de gran porvenir a causa de su
posición y de la
fertilidad de las tierras que la rodean.
Fundada en 1865 perteneció a la provincia de Corrientes
hasta 1882, año en
que fue cedida a la gobernación de Misiones.

El vapor "Iguazú", en Posadas
Bajamos, y lo primero que atrajo
nuestra atención fue el color rojizo del
suelo: parece casi que todo lo que
nos rodea está entonado a ese
color: es que la tierra de
Alisiones, como de gran parte
de la Mesopotamia argentina, es
rica en sales de hierro, los que le
dan esta coloración. El corto paseo que efectuamos
a través de la ciudad nos gustó
mucho. Vimos su
bonito aspecto:
y
los
edificios notables de la Casa de Gobierno,
del Banco de la Nación y de la
iglesia parroquial, de estilo
románico,
con dos torres a los costados del frente.
La plaza 9 de Julio, con su jardín y
la estatua de la República sobre un alto
pedestal a columnas, es el centro de la
ciudad: era muy concurrida aquella
noche por ser sábado, lo mismo que las
calles adyacentes: en varios clubs había
baile, así que tuvimos la oportunidad
de conocer, desde afuera, algo de la vida
social posadense, dedicándonos con preferencia al estudio del elemento
femenino, que
en estas ocasiones hace gala
de sus encantos. No hemos salido defraudados, pues la hermosura no escasea
por cierto en Posadas. Comprendemos
el porqué
se bailaba frenéticamente
y... apasionadamente: recordamos
el club de Estudiantes, en la
plaza, y el de Viajantes cerca de
ella,
como los que vimos mejor.
Era casi la media nochde
vuelta
de nuestro paseo por la ciudad y sin
ganas para bajar al camarote, desde el
puente de paseo contemplábamos el magnífico cielo
salpicado de estrellas,
entre las cuales, como reina, resplandecía
la luna. Delante nuestro el muelle
y la barranca formaban una masa negra
salpicada de puntos brillantes: del
otro lado centelleaban las de los barcos
grandes y chicos surtos en el puerto, y,
más lejos, parpadeaban las lucecitas de Encarnación:
todas se reflejaban multiplicándose
en las trémulas aguas sobres
la cuales, como fuertes pinceladas
blancas, dominaban los reflejos
plateados
de la luna.
Y al fondo, como cornisas, de un
lado y del otro del río la faja obscura
e irregular de la floresta, que nos parece más profunda y
misteriosa. |