Historia
y Arqueología Marítima
Las increíbles aventuras de la Peña 5 x 5
Un grupo de amantes de la Argentina ignota se juntó en 1995 para explorar los sitios más bellos y recónditos del país. Muchos experimentaron en estas salidas vivencias sobrecogedoras que presentamos en los dossiers adjuntos
Ricardo y el increíble acúbolus pneumáticus o la impensada derivación de una visita a la recóndita mina El OroYa es pasado el mediodía cuando las tres 4x4 bajan del filo que bordea por el Oeste la Quebrada del río y se sumergen en un estrecho y profundo cañadón donde tienen que avanzar a menos que a paso de hombre; a paso de tortuga, esto es. Se trata de una Toyota SW4, otra Toyota SR5 D/C y una Land Rover Discovery ocupados por seis intrépidos amigos, todos integrantes de la Peña de Aventuras 5 x 5. Son Nico, Walter, Augusto, Santi, Carlos, el ubicuo Sargento factótum y Ricardo. Su meta es la mina El Oro, situada en lo más profundo de una garganta tenebrosa en las entrañas del macizo el Famatina. Al pie, para mayor ilustración, del cerro La Viuda Negra (4434 msnm). El Oro forma parte de todo un conjunto de yacimientos de metales preciosos en este distrito minero, con nombres tales como La Georgette, Grupo El Oro y Mina Alberto. Los amigos han salido cerca de las 12 de Sañogasta para luego pasar por Guanchín, ambos pueblos nogaleros por excelencia. Pero en rigor ya vienen de una campaña anterior, corta pero intensa: en los días previos a este lunes 27 setiembre han visitado la mina Virgen de Lourdes situada entre serranías espectaculares cerca de Guandacol, luego la lúgubre quebrada El Alazán, y por fin los recónditos y aún desconocidos Barreales en el curso medio del río de la Troya. Empero hoy el panorama es diferente. Si en las excursiones precedentes la vista de los excursionistas llegaba hasta donde lo permitía la curvatura de la Tierra, hoy avanzan en fila india por el fondo de una quebrada que el río ha excavado hasta cientos de metros de profundidad. El avance es tan dificultoso que a menudo alguno del grupo tiene que apearse para dirigir a los demás. Tan estrecha se hace a veces la angostura con sus paredones sobresalientes como balcones, que el espíritu y el pecho de los esforzados viajeros se oprimen sin querer. Por fin, ya cerca de las tres de la tarde, aparece en el fondo de un oscuro corte el complejo minero. Pero una vez más hay que descender hasta el lecho con su torrente color bermellón para recorrer el último trecho hasta el molino. Los GPS, en forma coincidente, marcarán en ese punto 29º 04,629’ S y 67º 43,946’ W. Altura: 2.953 metros sobre el mar. A diez kilómetros hacia el Noroeste, aunque invisible desde este punto de observación, se halla la cima del Famatina, la cumbre General M. Belgrano, con 6.097 metros.
La estrecha quebrada en el Famatina con la mina El Oro al fondo Para subir hasta el explazo debajo del molino las 4x4 deben redoblar una vez más sus energías, tomar una curva más cerrada que el radio de giro y trepar por una rampa de unos 25º o 30º. Los seis protagonistas se apean de sus chatas, se miran con una expresión de satisfacción y se toman, debido a la altura que se hace sentir, un breve descanso antes de iniciar la exploración del fantasmagórico lugar. Aquí, desde comienzos del siglo 20 se beneficiaba mineral aurífero y argentífero. Desechada la ganga, la mena extraída de los socavones era bajada en mulas hasta el molino de bolas impelido por un monumental motor Diesel cuatro cilindros que ninguno de los excursionistas se explica cómo, aún desarmado, pudo haber sido trasportado hasta este lejano sitio. Sigue una breve deliberación. La mayoría decide realizar una investigación a fondo y trepar hasta las bocaminas de los socavones desde donde hace décadas los mineros comenzaron a seguir las vetas auríferas, metiéndose con pico y pala en el entresijo del Famatina. Pero no todos quieren participar de la exigente trepada. El Sargento factótum prefiere explorar el molino y sus alrededores, lo mismo que Ricardo. Se decide que al regreso de los expedicionarios se celebrará el picnic de rigor con algunas vituallas traídas de Sañogasta. Mientras los cuatro exploradores de las alturas comienzan la difícil trepada por los estrechos desfiladeros que bordean la garganta del río Oro o Amarillo, el Sargento comienza un examen exhaustivo de la parte mecánica del molino. El block del motor es un verdadero monstruo. Un pistón, uno de los cuatro que trabajaban dentro de los cilindros, se halla a un costado de la máquina y habla con sus dimensiones de las fuerzas que se generaban aquí: tiene cerca de 400 milímetros de diámetro y alrededor de 80 centímetros de alto. Ricardo, entre tanto, comienza a recorrer los recovecos del molino. Todo parece haber sido abandonado desde hace dos o tres décadas. Pero hasta su cierre la mina El Oro debió trabajar intensamente y con un alto rinde. Le llama su atención una enorme correa dentada que data de al menos tres décadas antes de que la holandesa DAF “inventara” este medio de trasmisión para su miniauto hacia 1959. Nuestro hombre continúa lentamente su recorrida entre fierros oxidados. Observa no sin dolor cómo en forma implacable el tiempo va degradando todo el equipamiento mecánico. Detrás de la gran correa dentada llama la atención a Ricardo una pequeña puerta de hierro, relativamente estrecha y baja, pero no oxidada sino impecable. Con cuidado y algo de desconfianza Ricardo trepa hasta allí y empuja la puerta, que para su sorpresa no está trabada ni cerrada: simplemente se abre. En ese preciso instante Ricardo se siente sobrecogido por una avalancha de luz como en un set de filmación. Tiene que entrecerrar sus ojos para poder divisar algo. -Adelante, dice la voz de alguien a quien no puede ver pero que se halla cerca de él en este ambiente inundado por brillo y fulgor. –Los estuve viendo venir y esperaba a alguno de ustedes aquí arriba en mi laboratorio, prosigue el aún invisible. Ricardo trata de distinguir lo que hay en este recinto al que sorpresivamente acaba de ingresar por el simple hecho de franquear una entrada disimulada. -Enseguida se va a acostumbrar a la fuerte iluminación, prosigue la voz. Lentamente Ricardo va reconociendo lo que lo rodea: un amplio ambiente abarrotado de modernísimas maquinarias e instrumental de precisión. El hombre que lo recibe y le habla a Ricardo tiene el aspecto de un típico caballero inglés. Cualquier cosa menos esta figura se esperaría encontrar en lo más inhóspito del Famatina, macizo bendecido desde siempre por abundantes vetas de metales nobles. -Perdón por haber empujado aquella puerta sin golpear ni preguntar, trata de excusarse y justificarse Ricardo. –Pero simplemente tuve curiosidad por este único trozo metálico que es esta hoja, que no está oxidada. -Si, todo parece estar degradándose en este clima hostil; todo menos la puerta de entrada al laboratorio, responde la voz que ahora ya adquiere para Ricardo una fisonomía clara, aunque sin perder su aura de misterio. –Todo menos este complejo donde estoy trabajando. -La verdad que esto resulta asombroso. Cuando llegamos pensamos que ningún ser humano pudiera hallarse aquí, que hace tiempo todo estaba desierto, abandonado, muerto. Y ahora esto: ¿qué es, dónde me encuentro?, replica Ricardo. -Buena pregunta la suya. Hace tiempo que se suspendieron hasta las excursiones de turismo aventura que llegaban a la mina, debido al pésimo estado del camino. Mejor así. Pero no se preocupe, esto no es la antesala del Infierno ni mucho menos. Es el laboratorio físico y químico de la vieja mina El Oro donde yo continuo trabajando y experimentando a pesar que el establecimiento dejó de funcionar hace casi medio siglo. Permítame a todo esto que me presente: Charles Spencer Stone, ingeniero industrial. Naturalmente este no es mi nombre verdadero sino mi alias, pero igual puede llamarme Charles. -Nieto, dice el visitante. -Ricardo Nieto... -¡Ah!, alguien del clan Benjamín Nieto con su inconfundible Senetiner, lo interrumpe Charles. Una ligera y amarga sonrisa se esboza en la comisura de los labios de Ricardo: -Lamentablemente, somos de la rama pobre, confiesa Ricardo. –Cuando hace casi un siglo se procedió a la partición de bienes, nosotros nos quedamos con 700 hectáreas de suelo regular en el Sur de la provincia de Buenos Aires, y la línea de Benjamín con 70 hectáreas de excelente humus con un régimen de riego inmejorable y una heliofanía insuperable donde crecen las mejores uvas en el piedemonte oriental de los Andes. -En la vida ocurren casos así. Lo de siempre: Echegoyen o Goyeneche. También en nuestra familia. Somos oriundos de un diminuto poblado de Gales, y gente rica porque teníamos casa propia. Éramos dos hermanos mellizos. Usted sabe: estadísticamente por cada 89 alumbramientos nace un par de mellizos, y por cada 89 mellizos, hermanos trillizos. A mí desde chico me gustaba la química, y a mi gemelo John, la literatura y filología. Esta vocación me resultó perjudicial: una vez cuando yo tenía unos 14 años llegó de visita una tía, anciana ya. Por mis inclinaciones a la alquimia cierto día no se me ocurrió nada mejor que echar en la pelela, debajo de la cama, una cucharada de un granulado efervescente similar al que aquí conocemos como Uvasal, junto a una pastilla de acuarela verde. Cuando la pobre vieja en plena noche hizo uso de la bacinilla, por la reacción química se generó una enorme formación de espuma verde. Mi tía salió gritando hacia el patio – era pleno otoño -, y todo terminó en que mi viejo me diera una paliza y me echara del hogar. Supe luego que para una escena famosa de “La Fiesta Inolvidable” se inspiraron en este episodio. Así, mi hermano mellizo se quedó con la herencia y yo tuve que abrirme solo mi futuro. Al final recalé aquí, en la mina El Oro, en los últimos años de actividad. Cuando el establecimiento cerró, sin decirle nada a nadie me quedé en los laboratorios donde ahora nos hallamos. Había ahorrado una reserva de libras esterlinas que me permitió comprar una buena finca en Nonogasta, y dedicarme aquí, en medio de esta soledad y este silencio creativos, a mis investigaciones. Al final creo que quien salió ganando de los dos, fui yo, concluye Charles. Y. mirando su reloj, continúa: -Se ha hecho tarde ya. ¿Me acompaña en el almuerzo? Ricardo, que no ha probado bocado ni trago desde temprano, asienta mientras Charles se dirige a una alacena y extrae dos pequeños platos y sobre cada uno de ellos una porción del tamaño de un flan de algo parecido al arroz, pero de granulación más fina. En mirando a su alrededor Ricardo observa que no hay ni mesa ni sillas donde sentarse. Pero adivinando su pensamientos, Charles explica: -Suelo comer siempre de parado. Es más sano. Nuestros predecesores, recolectores y cazadores, también lo hacían y sobrevivieron contingencias durísimas. Arrimémonos a esta ménsula, dice. ¿Será el antipasto?, piensa Ricardo en vista de la minúscula porción que le acaba de servir su anfitrión, quien se apresura en aclarar: -Es quinua, el alimento más nutritivo que existe y que en la Argentina, gracias a sucesivas mejoras, se ha perfeccionado al extremo de poder satisfacer con una buena cosecha el hambre de la humanidad. Lo llaman también “el trigo de los incas”. Verá que después de la segunda, tercera cucharada comienza a sentirse pipón; es fabuloso como comida, explica Charles parado al lado de Ricardo. -Y échele sal a discreción. Ya sabe que el cloruro de sodio no tiene contraindicación... Charles ingiere una cucharada de quinua y completa la frase: -...para organismos sanos. -Esto realmente es sorprendente. Pero usted, en definitiva, ¿qué hace, qué desarrolla, que produce aquí, tan alejado de la civilización?, inquiere nuestro convidado de piedra.
Ricardo y el gran motor: 200 litros de cilindrada -Buena pregunta. Mis ingresos provienen mitad de mi plantación de nogales, y mitad de mis tareas de desarrollo e investigación. En estos momentos estoy terminando de poner a punto el arma de puño más terrible que existe: el acúbolus pneumáticus. -¿Acubo qué? -Es una pistola cuya munición no son los proyectiles de plomo que se conocen de las armas de fuego corrientes, sino pequeñas agujas de acero, de efecto mortal a corta distancia. Ricardo no puede contener una breve risa. -¿Agujas mortales?, se cerciora. -Tal cual. Llamo el arma acúbolus basándome en el vocablo latín acus = aguja, mientras bolus viene a significar tanto como artefacto. Pyrobólus atómicus = bomba atómica, y así en este caso acúbolus pneumáticus, porque el arma dispara con un impulso neumático proyectiles similares a los de una aguja de coser mediana. -¿Una pistola de aire comprimido puede ser tan mortal?, pregunta incrédulo Ricardo. -Olvide lo de las pistolas de agua y de aire de los chicos. En la última década las fábricas de automóviles han perfeccionado para sus motores Diesel mecanismo de inyección de altísima presión, como por caso el common rail: 2000 bar y más. ¿Sabe lo que significa esto? Una aguja disparada con tan tremenda presión atraviesa cualquier organismo animal. ¿Se imagina una aguja en su vientre, su corazón o pulmón, aún en su cabeza? Una herida de proyectil común puede tratarse de remendar y extraer la bala, pero una aguja, ¿dónde la busca? Es absolutamente mortífero hasta una distancia de 50 metros. -Notable, admite Ricardo no sin sentir escalofríos. -¿Ya la ha probado? -Atravesando ramas de árboles. Tenemos un solo problema ahora: no es fácil almacenar agujas en un cargador, como proyectiles de calibre 22, 9 mm o lo que fuere. En esto estoy trabajando. Una vez resuelto este problema de la recarga, será un arma temible. Imagínese: el disparo no hace ningún ruido, solo un pssst por la salida del aire que impulsa la aguja. En eso estoy, remata el enigmático Charles. -¿Y cómo se le ocurrió esta idea genial?, pregunta Ricardo, apabullado por lo que acaba de oir. -Desde que me echó mi padre de casa siempre quise llevar una vida independiente para poder subsistir sin sobresaltos ni angustias, y así me dediqué en este remoto sitio al desarrollo de proyectos de punta. Aunque no sé si daré a conocer la patente o la venderé. Tal vez me quede con mi invento. Prefiero formar parte de la membrana predilecta de la humanidad, dice Charles. -¿Qué membrana?, se interesa Ricardo. -Es una teoría desarrollada – y puesta en práctica - por mí, dice el inescrutable Charles. –Verá usted: si se junta los seis mil millones de seres humanos que al presente pueblan el globo terráqueo y se los mete cual sardinas en un cubículo de acrílico como esos juegos de habilidad donde se guardan los muñecos que se extraen con una pinza por telecontrol, dicho cubo tendría unos 750 metros de alto por otros tantos de ancho y de largo, calculando a razón de 75 kilogramos por individuo, más o menos. -Algo monumental, reflexiona Ricardo. -Muy grande, sí. Pero el buen observador detectará a una altura de unos 700 metros, aproximadamente, algo así como una lámina de una coloración diferente al resto. -Aja, intercala Ricardo. -¿Y qué tiene de particular esta membrana para que usted quiera formar – o está formando – parte de la misma? -Muy sencillo: aquella porción de la humanidad por debajo de los 700 metros son los sempiternos pobres y explotados, esos que ven la solución fácil de su miseria en el comunismo: aquellos que tienen que levantarse a las cinco o seis de la mañana, tomar el colectivo aun cuando llueva, aguantar los berrinches del jefecito que a su vez le teme al gerente, no llegar con el sueldo hasta fin de mes, a veces ni siquiera hasta la próxima quincena o aún al día siguiente, sufrir, padecer, sentirse humillado y no encontrarle mucho sentido a la vida. Los del estrato superior son los supuestamente ricos pero que en rigor son diablos más pobres aún que los de abajo: tienen, o presumen tener, mucho dinero. ¿Pero qué sucede con ellos? Son asaltados, secuestrados, extorsionados, perseguidos, no pueden dormir tranquilos, viven armados detrás de altos muros y gruesas rejas, que tienen que rodearse de bodyguards que a su vez los masacran, en suma: una existencia en vilo permanente, redondea Charles. -¿Y los de la lámina intermedia?, quiere saber Ricardo aunque ya imaginándose la respuesta. -¿Los de la capa de los elegidos? Son los que supieron reunir la riqueza necesaria para no correr a ganarse el pan de todos los días, pero sin haber acopiado tanto como para despertar de la codicia de los demás. Son los verdaderos filósofos y artistas de la vida: viven y dejan vivir. Total: más de un solo traje uno no puede vestir, más que un auto es imposible de manejar. No despertar la envidia del prójimo y sin embargo no tener preocupaciones, concluye el indescifrable Charles Spencer Stone. -¡Realmente extraordinario!, admite Ricardo mientras piensa si su mansión en Martínez y su Discovery no son demasiado como para formar parte de aquél estrato ecléctico. -De todos modos, prosigue filosofando Charles, -en una próxima vida mía tal vez me dedique a otra cosa. Como por caso fabricar témpera, o mostaza, o cualquier otra sustancia que se despacha en tubos... -¿Y esto por qué? -Los fabricantes de tales productos no se hicieron ricos con lo que se consumió sino con lo se secó y quedó en el tubo. ¿Qué le parece? Ganar plata no con lo se vende y consume, sino con lo que queda y se tira. -¡Maravilloso! exclama Ricardo. Afuera se oyen voces. Son Augusto, Santi, Carlos, Nico y Walter que vuelven de arriba, de las bocaminas, y el Sargento factótum que los saluda. A uno de los que están volviendo se lo oye vociferar: -¡Somos rrrricos! ¡Somos millonaaaarios! La próxima vez volveremos acá en un Hummer, en Unimog, en helicóptero. ¡Mirá esta piedra: llena de pepitas incrustadas, oro 24! ¡Una fortuna! Traigan champán, tiren la mortadela y busquen jamón Bocatti. Vengan las bailarinas del Moulin Rouge. Impulsivamente Ricardo gira sobre su taco para salir y ver de qué se trata. Pero Charles lo toma suavemente del brazo y dice: -No vaya. Es pirita, el oro de los tontos que le dicen. Ya los polacos que en 1936 abrieron el camino por el glaciar lateral del Aconcagua que ahora lleva su nombre se llenaron los bolsillos con esas piedras, según lo relata Victor Ostrowski en su “Más alto que los Cóndores”. Hasta que alguien, con conocimientos básicos de geología, les recomendó botarlas por inservibles. -Y ahora sí, lo despido, dice Charles. –Descuento que sabrá guardar reserva absoluta de lo que ha visto y escuchado aquí. Porque quiero seguir viviendo en ese delgado estrato de los que ni sufren ni tampoco temen. Ni pobre, ni rico; simplemente feliz.
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