Historia de Tigre - (Del sitio web de la Municipalidad de Tigre)
| Desde mucho tiempo antes de que llegaran
los españoles a las orillas del Río de la Plata a principios del siglo
XVI, las tierras del actual partido de Tigre estaban pobladas, si bien muy
escasamente. En las islas de tigre han sido hallados diversos túmulos o
cementerios indígenas, de pueblos canoeros guaraníes que vivían de la
pesca y el cultivo de maíz, con una alfarería poco evolucionada. Estos
aborígenes habitaban la "frontera meridional" del
vasto mundo tupi-guaraní, delimitado al norte por el Amazonas y al sur en
este punto del Paraná, o "río pariente del mar".
Junto a las naves de cabotaje -o
contrabando- y el río, se fue articulando un caserío que a mediados del
siglo XVIII comenzó a figurar en los documentos como pueblo de Las
Conchas, nombre que también se aplicaría al pago de Las Conchas,
establecido a fines de ese siglo. Esta medida fue una tardía respuesta al
creciente tráfico clandestino de mercaderías provenientes de Colonia del
Sacramento, que pasaban de las naves contrabandistas a tierra firme por el
cómodo puerto de Las Conchas. Al sur de Buenos Aires, en Quilmes y la
Ensenada de Barragán, sucedía lo mismo.
El Real Consulado destinó 3.000 pesos para
los gastos de traslado. En febrero del año siguiente el virrey y la
virreyna marqueses de Sobremonte con su séquito, regimiento y banda de
dragones asistieron, entre arcos triunfales y cohetes, a la fundación de
San Fernando de Buena Vista, así llamado por el bonito panorama que se
observaba desde esa última lomada en honor del príncipe heredero, futuro
Fernando VII. De inmediato se dio inicio a la construcción de un canal a
través de los bañados, que permitiera a las naves llegar hasta un futuro
puerto de San Fernando, es muy probable que este canal de un kilómetro
haya sido la obra civil más importante que se emprendió en el Virreinato
del Río de la Plata. También se ordenó despoblar Las Conchas, y así
143 vecinos concheros emigraron a La Punta.
Otra sudestada, que provocó una creciente
entre el 19 y el 20 de junio, se llevó el pueblo con más de un centenar
de sus almas, y abrió definitivamente un nuevo curso fluvial,
transformando el insignificante arroyito del Tigre en un cauce capaz de
recibir las naves que hasta entonces hacían puerto en el río Las Conchas,
que el Tigre desangró de su caudal. Pero había nacido Tigre. Una polémica
comenzó entonces entre los vecinos de Las Conchas, partidarios del nuevo
puerto que reclamaban un puente para carretas sobre el nuevo río para
alcanzar la nueva isla, y los vecinos de San Fernando que defendían el
canal artificial hasta su pueblo. El hecho es que ya en 1827, a raiz de la
guerra con Brasil (que tenía una flota en el Plata), el gobierno de
Rivadavia prohibió 'los desembarcos por otros puntos que no sean los
de los Conchas, Tigre y Canal de San Fernando'.
Ya en 1584 un tal Agustín de Salazar, vecino de Buenos Aires, vendió a
un Pedro Morán 'una suerte de tierras en el río de los Conchas, que
tiene de frente quinientas varas y de largo una legua' y algunas otras
propiedades a cambio de 'una capa de raya mediotraida y unos calzones
de lienzo nuevos y más un jubón de lienzo y más un coleto acuchillado'.
Se comprende que durante el XVI y XVII el contrabando de géneros para
Buenos Aires fuera un muy buen negocio. Domingo Acassuso fue el primer vecino renombrado de la comarca y en torno a su templo de San Isidro Labrador nació un hermoso y próspero pueblo, en lo alto de la barranca.
Con su flamante iglesia, San Isidro -todavía llamado indistintamente Monte Grande- fue declarada sede de uno de los seis curatos fundados en 1730. El pago de Las Conchas quedó así repartido entre este curato y los de La Matanza y el aún más distante Luján, con lo cual para ir a misa algunos fieles tenían que viajar dos dias a caballo. Las protestas de los vecinos de Las Conchas, obligados a cabalgar nueve leguas hasta Luján para recibir un sacramento, quedaron asentadas en las actas del Cabildo porteño, que sin embargo rechazó este reclamo, mencionando las dificultades que se encontraban en invierno para vadear el Las Conchas, cuando 'se hace impracticable su tránsito, valiéndose los vecinos de canoas y balsas de cuero'. En esos mismos años, el vecino porteño Francisco de Merio construyó una capilla en su estancia, allá por el extremo oeste del pago de Las Conchas, que puso bajo la advocación de Nuestra Señora del Camino, pues por allí pasaba el Camino Real que llevaba a Chile y Perú, camino que mucho después se llamaría avenida Rivadavia, y también R.N. 7. En 1760 los frailes franciscanos, establecidos diez años antes, construyeron en el pueblo de Las Conchas una capilla de Santa María, antecesora de un templo de adobe que desapareció junto al resto del pueblo con la terrible crecida de 1820.
La parroquia de Las Conchas fue creada en 1780. Pocos años antes Concolorcorvo, en su apasionante informe sobre las postas entre Buenos Aires y Lima, mencionó que la Gran Aldea se aprovisionaba de 'mucho leño en rojos que trahen los lanchas de la parte occidental del Paraná, y muchas carretas que entran de los Montezuelos de los Conchas'. En El Lazarillo de Ciegos Caminantes, Concolorcorvo describe además el 'deleitoso y fértil' camino de ocho leguas hasta el pueblo de las Conchas, entre campiñas en las que abundan el durazno y 'los sembrados de pan y maíz, con lo que se pastorean muchos ganados. Pasando el riachuelo que nunca puede tener mucho profundidad, por extenderse en la campaña causando en tiempos de las avenidos muchos atolladeros y bañados, que incomodan y atrasan los jornadas, se encuentra un monte poco espeso de árboles que llaman talas y se dilato por espacio de dos leguas'. Más tarde se lo conocería como El Talar de Pacheco. Según la Reseña Histórica del Partido de las Conchas de Enrique Udaondo (en la que se basa esta síntesis) 'el pueblo de Los Conchas llegó a su apogeo comercial a fines del siglo XVIII, y era tal la afluencia de buques que en la memoría que presentó al rey de España el virrey de Buenos Aires, Marqués de Loreto, en febrero de 1790, hace mención de ello'. En 1790 ya funcionaban nueve aserraderos y un astillero en lo que un día todavía lejano se llamaría Tigre. El pueblo de Las Conchas no tendría fortuna. A principios del siglo XIX estas tierras, desde siempre bajas y anegadizas, comenzaron a revelarse un poco más bajas y anegadizas que de costumbre. Entre el 5 y el 6 junio de 1805 una breve pero intensa sudestada provocó una creciente que destruyó casi todo el poblado y depositó algunas embarcaciones a 1500 varas de la orilla. A raíz de esta calamidad el virrey, siguiendo la petición de los vecinos, propuso al Cabildo desplazar el pueblo a un lugar mejor, que se encontraría en el paraje llamado La Punta. Conchas. El primero es un lindo pueblo que ve lo mismo que Barracas
y sus cercanías de residencia en verano a muchos ricos porteños. En La
Punta, situada a más de una legua al oeste de San Isidro, se hunde
enteramente el barranco (...) por detrás, en cuanto puede
extenderse la vista, el país es llano, pantanoso, cubierto de zarzales y
espinilla que se envía en cantidad a Buenos Aires como leña. Toda la
comarca está llena de jaguares. El pueblo de las Conchas está a más de
media legua de La Punta, en la parte más llana del país, al borde de un
arroyo que desagua en el río Luján, un poco antes de desembocar éste en el
Paraná. Pueden llegar hasta este sitio los embarcaciones de muchas
toneladas y en él descargan sus géneros todos los que bajan por el río
viniendo del Paraguay...' El pueblo del General Pacheco debe su nombre a este guerrero de la
Independencia, que luchó con San Martín junto a los granaderos a caballo.
A fines del siglo XIX, sus descendientes construirían en la estancia de El
Talar una bella mansión, que hoy es parte de un barrio privado, así como
la iglesia de General Pacheco. En Las Conchas había diez pulperías y
almacenes, 24 casas y 166
ranchos. Además del comercio y la artesanía, las actividades productivas
del pago (que tenía una superficie de 13 leguas) eran la agricultura, con
una legua cuadrada de superficie cultivada distribuida en 82 chacras, y la
ganadería, con 3.200 vacas, 2.000 yeguarizos y 4.200 ovejas. El 4 de octubre de 1877 estalló en el fondeadero militar del río Luján
el vapor Fulminante, desastre que dejó once muertos y arrojó
fragmentos del buque hasta 25 cuadras de distancia.
Hacia 1900, las islas de Tigre producían frutas y maderas, además de dulces, conservas, embutidos y licores. Había varios aserraderos y talleres de carpintería. En esos mismos años, se descubre con el esplendor de la Bélle Epoque la faceta turística de Tigre, que se enriqueció en esos años con obras de arquitectura notables.
La llegada en 1916 del tren eléctrico de Buenos Aires a Tigre acentuó el progreso turístico y la popularidad de sus islas, cuyo atractivo ya había sido descubierto medio siglo antes por Marcos Sastre, y confirmado por Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento, quienes fueron entre los primeros y más ilustres amantes del Tigre insular.
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