Historia
y Arqueologia Marítima
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ARMADA DE PERU
Breves apuntes sobre la Historia de la Marina de Guerra del Perú
Por Jorge Ortiz Sotelo - Doctor y Capitan de Fragata
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III. La Guerra del
Pacífico (1879-1883). 1 Las razones de este conflicto pueden ubicarse muy atrás en la historia de nuestras relaciones, pero no creo que puedan discutirse en este breve trabajo. Bastará con indicar que sus raíces profundas pueden irse tan atrás como mediados del siglo XVIII, cuando la economía chilena se vio reducida a una condición de verdadera dependencia de los precios impuestos por los navieros y comerciantes peruanos. Las luchas por la independencia cambiaron esta relación en provecho de Valparaíso, pero el enorme potencial peruano se man-tuvo como una amenaza latente para revertir dicha situación. La clase dirigente chilena cobró temprana conciencia de ello y, mucho más cohesionada y austera que su contraparte peruana, logró sentar las bases de una estabilidad política que conllevó mayor coherencia en sus planes de largo aliento. El Perú, por su lado, sometido a multitud de disputas internas, no logró cohesionarse y desperdició las enormes riquezas con que la naturaleza ha dotado a su territorio. Tempranamente en la república, el mariscal Santa Cruz trató de reunificar el Alto y el Bajo Perú, formando la Confederación Peruano-Boliviana. Chile se sintió amenazado por ella e instigó y apoyó a los peruanos que rechazaban a Santa Cruz; y finalmente declaró la guerra y destruyó a la Confederación. Por otro lado, la definición de los límites entre Chile y Bolivia eran un problema latente desde los albores republicanos. Sin embargo, la creciente importancia del salitre, explotado mayoritariamente por capitales y mano de obra chilena en el litoral boliviano, motivó que el gobierno boliviano impusiera ciertas medidas económicas que fueron rechazadas por los afectados. El gobierno de Santiago vio en ello un motivo para intervenir militarmente e invadió el litoral boliviano. El Perú, unido a Bolivia a través de un tratado de alianza secreto, firmado en 1873, intentó detener la guerra por diversos medios. Sin embargo, la decisión chilena era firme y nuestro país se vio forzado a honrar su compromiso e ingresó a la guerra en condiciones de alistamiento realmente lamentable. 1.- Tomado de Jorge Ortiz Sotelo, Apuntes sobre la batalla de Miraflores (15 de enero de 1881) (Lima, Municipalidad de Santiago de Surco, 1996), pp. 3-22.El Ejército estaba bastante lejos de constituir un aparato militar eficiente, con mandos politizados y una oficialidad surgida al fragor de las revoluciones. Todo ello llevaba a que adoleciera de un sólido espíritu de cuerpo. Por otro lado, la tropa, mayoritariamente serrana, no se sentía totalmente identificada con el concepto de nación peruana, el equipamiento era dispar y en muchos casos obsoleto, y el entrenamiento era prácticamente nulo. Si bien la Armada contaba con un cuerpo de oficiales profesional, los elevados costos de reposición habían hecho que tuviéramos una flota anticuada, con unidades que habían llegado a un nivel de deterioro apreciable. Chile, por su parte, desde principios de la década de 1870 había invertido considerables sumas en su ejército y armada, habiendo alcanzado un elevado grado de eficacia combativa en ambas ramas. Por otro lado, era claro que la estabilidad política, lograda desde la década de 1830, había contribuido a consolidar un sentido profesional en sus fuerzas armadas que se veía reflejado en la permanencia de sus altos mandos. La armada chilena contaba con dos blindados muy superiores a los peruanos, tanto en poder de fuego como en coraza. La infantería había homogeneizado su armamento con los fusiles tipo Grass y Comblain, ambos con un mismo tipo de munición que se fabricaba en Santiago. La artillería era Armstrong y Krupp, de los últimos modelos, y sus sirvientes contaban con carabinas Winchester para su protección. La caballería estaba igualmente dotada con este tipo de carabinas, además de las armas blancas que les eran usuales. a) La Campaña Naval Debido a las características del litoral boliviano y del extremo sur peruano, surcados por el desierto de Atacama, y siguiendo las enseñanzas de la Guerra de la Independencia y contra la Confederación, Chile comprendió que era necesario sortear por mar este escollo para poder trasladar a sus tropas e invadir el territorio peruano. Para ello debía eliminar previamente toda oposición seria en el mar. El Perú, por su parte, también comprendió que esta era la maniobra lógica que adoptaría el enemigo. De ese modo, ambas naciones dieron inicio a la campaña naval como la primera parte de la guerra. La escuadra peruana, al mando del capitán de navío Miguel Grau, estaba conformada por la fragata Independencia, los monitores Huáscar, Manco Cápac y Atahualpa, la corbeta Unión, la cañonera Pilcomayo y los transportes Chalaco, Oroya, Limeña y Talismán. Estos últimos habrían de cumplir una función muy importante durante el conflicto, manteniendo abierta la ruta de abastecimiento peruana con continuos viajes entre el Callao y Panamá, así como a otros puntos del litoral, transportando tropas, pertrechos y municiones, burlando a la poderosa escuadra enemiga.La escuadra chilena, al mando del contralmirante Juan Williams Rebolledo, estaba compuesta por los blindados Blanco Encalada y Almirante Cochrane, las corbetas Chacabuco, O’Higgins y Esmeralda, y las cañoneras Magallanes y Covadonga, además de varios transportes. El balance de poder era favorable a la marina chilena, pues sus naves, sobre todo los blindados, tenían mejor artillería, mayor velocidad y una coraza que la artillería peruana no podía perforar.El planteamiento era muy claro en ambos lados. La escuadra chilena era superior a la peruana, no sólo en número sino también en la calidad de sus buques. Debía, pues, buscarla y destruirla lo más pronto posible. La escuadra peruana, por su parte, dada su inferioridad en medios, debía prolongar lo más posible su presencia como una amenaza efectiva en el mar, no tanto para la escuadra sino para el tráfico marítimo chileno, entablando combate únicamente cuando estuviera en superioridad de condiciones o cuando éste fuese inevitable. El tiempo que ganara la escuadra sería aprovechado para preparar las defensas en el sur peruano. La primera acción tuvo lugar el 12 de abril, cuando la corbeta Unión y la cañonera Pilcomayo atacaron y persiguieron a la corbeta chilena Magallanes frente a Punta Chipana. Por su parte, la escuadra enemiga bombardeó Mollendo, Pisagua, Mejillones del Perú e Iquique, antes de dirigirse hacia el Callao con el propósito de destruir a la escuadra peruana. Sin embargo, fracasó en este intento debido a que los buques nacionales habían zarpado poco antes de su arribo, dirigiéndose a Arica con el director supremo de la guerra, el general Mariano Ignacio Prado.A partir de ese momento, Arica se convirtió en el punto central de la defensa peruana en la zona de conflicto. De allí zarparon en su primera incursión al sur el monitor Huáscar, al mando del capitán de navío Miguel Grau, y la fragata Independencia, a órdenes del de igual grado Guillermo More.El 21 de mayo ingresaron a Iquique, donde se encontraban las naves chilenas Esmeralda, a órdenes del capitán de fragata Arturo Prat, y Covadonga, del capitán de fragata Carlos Condell. Grau trabó combate con la primera y envió a la Independencia tras Condell, que huía hacia el sur. Luego de varias horas de cañoneo, el monitor atacó al espolón a su contrincante, llegando a hundir a la corbeta. En la lucha murió el teniente Jorge Velarde, primer héroe naval peruano de la contienda, así como el comandante enemigo, en un desesperado intento de abordar al monitor. Mientras Grau rescataba a los sobrevivientes de la corbeta chilena, lejos de allí, en Punta Gruesa, el comandante Condell disparaba sobre los tripulantes de la fragata Independencia, encallada en un bajo que no estaba registrado en las cartas de navegación. Poco después de la acción, el 2 de junio, Grau se dirigió a la viuda del comandante Prat, presentando sus condolencias y remitiéndole las pertenencias de su difunto esposo. La Sra. Carvajal respondió con otra emotiva carta, cuyo texto es, quizás, el mejor homenaje que el "Caballero de los Mares" pudo haber recibido. Si bien el Perú había visto disminuido su poder naval en forma significativa, ya que la Independencia era la única nave nacional capaz de enfrentar con alguna posibilidad a los blindados enemigos, la guerra en el mar continuó con el mismo planteamiento inicial. El 24 de mayo el Huáscar volvió a hacerse a la mar e incursionó en los puertos de Antofagasta, Caldera, Coquimbo, Taltal y Tocopilla, donde capturó e incendió naves e instalaciones enemigas. El 26 por la noche ingresó a Antofagasta, entablando combate con las defensas y buques chilenos en el fondeadero. Volvió a entrar al mismo puerto en los días siguientes, capturando dos naves mercantes y rastreando el cable submarino para cortarlo.Luego de ello emprendió el regreso al norte, siendo perseguido hasta en dos oportunidades por los blindados chilenos, que retornaban de su fracasado intento en el Callao. La primera per-secución duró siete horas y la segunda dieciocho. La noche del 3 de junio, en Pisagua, el monitor intercambió disparos con el blindado Blanco Encalada y la corbeta Magallanes, dirigiéndose luego al Callao para hacer unas rápidas y urgentes reparaciones, mientras que la desconcertada flota enemiga bombardeaba nuevamente Pisagua e Iquique. Terminadas las reparaciones del Huáscar, Grau volvió a incursionar en el sur: la noche del 10 de julio ingresó a Iquique, donde estaba la escuadra chilena, con la que trabó combate; dos días después, la cañonera Pilcomayo, al mando del teniente primero Carlos Ferreyros, bombardeó Tocopilla y apresó una nave enemiga; el día 13, la Unión capturó un buque enemigo; una semana más tarde, en compañía del Huáscar, apresaron otros dos buques; y el día 23 tomaron al transporte chileno Rímac, a bordo del cual se encontraban los doscientos cuarenta hombres del regimiento de caballería Carabineros de Yungay. La opinión pública chilena estaba desconcertada, pues no lograba comprender como teniendo una escuadra mucho más poderosa que la peruana, los buques enemigos se presentan en sus puertos y capturan a sus naves mercantes. La presión sobre el gobierno del presidente Aníbal Pinto fue muy fuerte, obligando a que se efectuaron cambios en el gabinete y en el comando de la escuadra. Mientras tanto, a finales de julio volvieron a zarpar las naves peruanas. La Unión fue enviada al Estrecho de Magallanes para interceptar un buque mercante que transportaba material de guerra para el enemigo. Lamentablemente, llegó a Punta Arenas cuando ya dicho buque ha ingresado al Pacífico. El Huáscar, por su parte, volvió a incursionar en puertos enemigos, destruyendo embarcaciones e instalaciones portuarias, pero evitando cuidadosamente dañar a la población. El 28 de agosto ingresó nuevamente en Antofagasta, trabando combate con los buques y las defensas enemigas, y sufriendo algunas bajas a bordo, entre ellas la del teniente segundo Carlos de los Heros. A principios de octubre, el Huáscar y la Unión volvieron a incursionar en aguas dominadas por los buques chilenos. Capturaron un buque enemigo el día 1º, pero el 8, cuando estaban retornando del sur, a la altura de Punta Angamos se vieron cercados por la totalidad de la flota enemiga. Grau ordenó a la Unión que escapara de ese cerco usando su mayor velocidad, cosa que el capitán de navío Aurelio García y García logró hacer. Ante la imposibilidad de evadir a los contrarios, y cumpliendo con sus instrucciones, el monitor enfrentó el combate resueltamente, aún a sabiendas que sus proyectiles no eran capaces de perforar la coraza de los blindados enemigos. A las 09:35, pocos minutos después de iniciada la acción, murió el contralmirante Miguel Grau (2) y uno a uno van cayendo los oficiales que le suceden en el mando. Finalmente, cuando no quedaban posibilidades de continuar la lucha, el teniente Pedro Gárezon ordenó hundir la nave. Al detenerla para abrir las válvulas de fondo, el Huáscar fue abordado por lanchas chilenas que lo capturaron. El enemigo trató con todo respeto a los vencidos y rindió homenaje a los restos del caballeroso contrincante. Clara muestra de ello fue el mensaje transmitido por el gobierno chileno al almirante Galvarino Riveros, cuando tomó conocimiento de este hecho, instruyéndolo para tratar los restos del almirante Grau con todo el respeto que se merecían. 2.- Había sido ascendido el 31 de julio. Murieron en el combate o cayeron heridos Elías Aguirre, Diego Ferré, José Melitón Rodríguez, Enrique Palacios, Manuel Melitón Carvajal y Pedro Gárezon. Tras el combate de Angamos el poder naval peruano se vio reducido a términos mínimos, haciendo viable llevar a cabo la invasión al territorio peruano. Lo comprenden así ambos contrincantes que alistan a sus fuerzas para la nueva campaña en la zona de Tarapacá. El Gran Almirante del Perú, don Miguel Grau había nacido en Piura el 27 de julio de 1834, siendo uno de los hijos de Juan Manuel Grau y Berrio y de Luisa Seminario del Castillo. Poco antes de cumplir nueve años se embarcó en un bergantín que se dirigió primero a Huancacho y luego a Buenaventura, naufragando a la altura de la isla Gorgona. De regreso a Paita volvió a embarcarse y a bordo de diversas naves navegó por el Pacífico y el Atlántico durante los siguientes nueve años. En 1854 ingresó a la Armada como guardiamarina, alejándose poco después para navegar en la marina mercante. De regreso al servicio, trajo de Francia a la corbeta Unión, al mando de la cual asistió al combate de Abtao (7/2/1866). Dos años después se le confirió el mando del monitor Huáscar, y en julio de 1872 dirigió la protesta de la Armada contra el golpe militar de los coroneles Gutiérrez. En 1876 fue elegido diputado por Paita y dos años después ocupó el cargo de comandante general de Marina. Al inicio de la Guerra del Pacífico volvió a asumir el mando del monitor Huáscar y de la primera división naval. Dirigió la campaña naval y actuando con inteligencia, audacia y valor, puso en zozobra a buques chilenos más poderosos que el suyo, evitando la invasión del territorio nacional durante seis largos meses, hasta que se produjo su heroica inmolación en Angamos el 8 de octubre de 1879. Como justamente señala el historiador naval chileno Carlos López Urrutia, Grau fue "la figura descollante de la guerra marítima como estratega, valor y hombría de bien..., en la Guerra del Pacífico iba a dejar en claro que no había en Chile estratega marítimo que pudiera oponérsele".b) La Campaña del Sur El 2 de noviembre la flota chilena se presentó en Pisagua, capturando dicho puerto después de vencer la tenaz resistencia que ofrecieron las defensas peruanas bajo el mando del teniente coronel Isaac Recabarren, reforzadas por dos batallones bolivianos. El ejército expedicionario chileno se movió rápidamente sobre Iquique, ocupándolo el día 8 tras bombardearlo. Las fuerzas aliadas, bajo el mando del general Juan Buendía, se enfrentaron a las fuerzas chilenas en San Francisco, el 19 de noviembre de 1879, sufriendo un severo revés que las obligó a replegarse sobre la quebrada de Tarapacá, ubicándose una parte en el pueblo de Pachica y otra en el de Tarapacá. En este último lugar se ubicaron unos cuatro mil trescientos hombres, que incluían las columnas de navales de Iquique y Noria. Esos efectivos se enfrentaron el 27 de noviembre a unos cuatro mil hombres chilenos, y tras largas horas de lucha, los peruanos logramos poner en fuga al enemigo y capturar su artillería. Sin embargo, la falta de municiones impidió que se explotara el triunfo y se debió continuar con el repliegue a Arica. Mientras esta penosa marcha hacia el norte continuaba por las estribaciones de la serranía, en Lima, el presidente Prado viajaba a Europa, con autorización del Congreso, para agilizar la compra de buques de guerra. El gobierno quedó en manos del general La Puerta, quien fue depuesto el día 23 de diciembre por Ni-colás de Piérola, proclamándose jefe supremo y dictador. A la partida de Prado, el Ejército del Sur había quedado bajo el mando del contralmirante Lizardo Montero, como jefe superior político y militar. Para evitar una guerra civil en tan difíciles circunstancias, Montero reconoció al nuevo gobierno y reorganizó las fuerzas a sus órdenes. Sin embargo, Piérola desconfiaba de Montero y se negó a autorizar que se le unan las tropas acantonadas en Arequipa y Moquegua. De esa manera, las fuerzas peruanas que quedaban en la zona de Tacna y Arica quedaron reducidas a unos cinco mil ochocientos hombres, mientras que las bolivianas sumaban unos cuatro mil doscientos hombres. En febrero de 1880 las fuerzas chilenas desembarcaron en Ilo y avanzaron sobre Tacna. El 27 de ese mes tuvo lugar el primer bombardeo a Arica, en el cual el monitor peruano Manco Cápac, al mando del capitán de navío José Sánchez Lagomarsino, logró impactar al Huáscar, reparado y al servicio chileno, matando a su jefe el capitán de fragata Thompson. Por otro lado, las baterías del morro, dirigidas por el capitán de navío More y dotadas por la tripulación de la desafortunada Independencia, sostuvieron un duelo artillero con la flota enemiga. Poco después, los buques chilenos bloquean el puerto, bloqueo que será audazmente roto por la corbeta Unión el 17 de marzo, al mando del capitán de navío Manuel Villavicencio, llevando la lancha torpedera Alianza y otros elementos bélicos para la defensa de la plaza. Tras desembarcar ese material bajo fuego enemigo, la Unión volvió a zarpar y logró salir entre los buques enemigos, contestando el fuego que le hacían. La Alianza formó parte de a Brigada Torpedista asignada a Arica, basada en la Isla Alacrán. En esa brigada prestó servicios el teniente primero Leoncio Prado. En Tacna se reunieron las fuerzas peruanas y bolivianas, bajo el mando del presidente boliviano Narciso Campero. El día 26 de mayo se enfrentaron los dos ejércitos: las fuerzas aliadas sumaban diez mil hombres y tenían dieciséis piezas de artillería, mientras que las chilenas alcanzaban dieciséis mil efectivos y sesenta piezas de artillería. La batalla empezó a las 9 de la mañana y duró hasta las 3 de la tarde, comportándose valientemente tanto los aliados como los chilenos. Empero, la superioridad numérica de estos últimos terminó por imponerse y las fuerzas aliadas tuvieron que abandonar el campo con terribles bajas. Considerando las escasas fuerzas que había dejado en Arica, el contralmirante Montero había ordenado a Bo-lognesi replegarse por la misma ruta, en caso de un fracaso en la batalla, ya que no podría sostenerse contra las fuerzas enemigas. Dos días después de la batalla, el consejo de guerra que reunió a los jefes de las unidades estacionadas en Arica, se pronunció por la defensa de la plaza hasta las últimas consecuencias, respaldado así la opinión del comandante general de la misma, el ya mencionado coronel Francisco Bolognesi. Poco después las fuerzas chilenas se presentaron frente a la ciudad, invitando al viejo coronel a que rinda la plaza para evitar lo que suponían un derramamiento inútil de sangre. El consejo de guerra volvió a reunirse y ratificó su decisión del 28 de mayo, la misma que fue comunicada al emisario chileno por el propio Bolognesi con sus célebres palabras: "Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho". La artillería enemiga comenzó a hostilizar las posiciones peruanas a partir del 5 y el día 7 se produjo el asalto final, por parte de seis mil quinientos soldados enemigos contra los mil seiscientos cuarenta defensores. El resultado era previsible, más aún cuando las minas que se habían sembrado alrededor del morro fallaron en buen número. Las bajas peruanas fueron elevadísimas, alcanzando el 60% de los efectivos comprometidos en la lucha. No debemos dejar de mencionar al capitán de navío Juan Guillermo More, el teniente segundo Manuel Bonhomme y el teniente segundo Manuel Terry, junto con los tripulantes de la fragata Independencia. Ellos dotaron varias baterías y el fuerte Ciudadela, en la cima del Morro, como bien lo testimonia el parte que el capitán de fragata Manuel Espinosa eleva en su calidad de oficial sobreviviente más antiguo. Al caer el morro, fue hundido por su dotación el monitor Manco Cápac, que aún defendía la bahía, mientras que la lancha torpedera Alianza cayó en poder del enemigo al quedarse sin combustible mientras trataba de alcanzar Ilo. En setiembre de 1880, una expedición chilena, al mando del capitán de navío Patricio Lynch, causó serios destrozos en todo el litoral peruano, imponiendo además fuertes cupos de guerra en determinados poblados para evitar su destrucción. Por otro lado, desde principios de abril de 1880 la escuadra chilena había establecido un severo bloqueo al Callao, negando así toda posibilidad de acción a los restos de la escuadra nacional. En respuesta a esta acción se habilitaron las lanchas Arno, Capitanía, Independencia, Lima, Resguardo y Urcos, que fueron tripuladas por el batallón Guarnición de Marina. Hubo varios encuentros nocturnos en la bahía, pudiendo mencionar al del 23 de abril, en que la Urcos, al mando del alférez Domingo Valle Riestra, puso en fuga a las lanchas chilenas Janequeo y Guacolda; al del 24 de mayo, cuando la lancha Independencia, al mando del teniente segundo José Gálvez, logró hundir a la torpedera chilena Janequeo, antes de irse a pique ella misma. En esta acción perecieron ocho de los trece tripulantes de la lancha nacional, entre ellos algunos soldados del Guarnición de Marina; también se llevaron a cabo incursiones sobre la Isla San Lorenzo, el 16 de junio, el 22 de agosto y las noches del 15 y 16 de setiembre. La siguiente acción notable fue en la noche del 6 de diciembre, cuando se trabó un combate generalizado entre las lanchas de uno y otro lado. En dicha acción, la Arno, que iba al mando del teniente primero Antonio Jimeno, sufrió un impacto que hirió a varios hombres, varios de los cuales fallecieron pocos días después. Durante el bloqueo del Callao, la brigada torpedista estuvo estacionada en el pontón Marañón, contando entre sus miembros a los tenientes primero Decio Oyague Neyra y Manuel Gil Cárdenas, el alférez de fragata Carlos Bondy Tellería, y al ingeniero Manuel J. Cuadros Viñas. Entre sus acciones más notables debemos mencionar el hundimiento en la rada del Callao del transporte Loa, el 3 de julio de 1880; y de la cañonera Covadonga, en la bahía de Chancay, el 13 de setiembre del mismo año. En represalia por estas acciones, la flota enemiga bombardeó Chorrillos, Ancón y Chancay. c) La Campaña de Lima La defensa de la capital fue dirigida personalmente por el jefe supremo de la República, Nicolás de Piérola, quien a partir de junio de 1880 comenzó a dictar medidas para su preparación. El ejército de línea había prácticamente desaparecido tras la batalla de Tacna, por lo cual se hizo un llamamiento general para todos los peruanos entre los 16 y 60 años de edad, que fueron organizados en batallones de reserva. Estos, unidos a los pocos sobrevivientes de la campaña del sur y a la guarnición de Lima y del Callao, constituyeron el ejército que debía defender la capital de la república, con un efectivo total que bordeaba los veinte mil hombres. Las fuerzas chilenas se había preparado apropiadamente durante la segunda mitad de 1880, elevando sus efectivos hasta alcanzar los treinta mil hombres. El parque y la maestranza que debía proveerlos fueron instalados en Valparaíso, con lo que se aseguró un flujo apropiado de este tipo de abastecimientos. El ejército expedicionario chileno llevó a cabo sus operaciones en dos fases. La primera se inició el 19 de noviembre, desembarcando a la I División en Pisco, ocupando Ica y dirigiéndose luego hacia el norte. El segundo escalón chileno desembarcó, a partir del 22 de diciembre, en Curayacu, cerca a Lurín, donde se unió a las fuerzas que habían progresado desde Pisco. Apenas dos días después, los chilenos iniciaron el reconocimiento de la posición defensiva peruana, ante la inexplicable e inexcusable pasividad que se había mostrado para detener este desembarco. Piérola, que hasta entonces había supuesto que el ataque vendría por el norte, comprendió finalmente su error y dictó rápidas y urgentes medidas para variar el dispositivo defensivo. Distribuyó el ejército de línea y el ejército de reserva en dos largas líneas, la primera desde el Morro Solar hasta las pampas de San Juan, por espacio de catorce kilómetros; y la otra desde Miraflores hasta Monterrico norte, por espacio de casi siete kilómetros. Estas posiciones, si bien aprovechaban adecuadamente las características del terreno, cubriendo las dos vías de aproximación hacia la capital, tenían la enorme desventaja de su poca profundidad y excesiva extensión. La primera línea defensiva fue batida el 13 de enero de 1881, en un esfuerzo concentrado de las fuerzas chilenas en las pampas de San Juan. Las fuerzas peruanas se vieron divididas y Piérola ordenó el repliege del ala izquierda a la segunda línea, mientras que el ala derecha mantuvo la resistencia en el Morro Solar hasta caída la tarde. En esta batalla tuvimos unos cuatro mil muertos y mil quinientos prisioneros, causando al enemigo ochocientos muertos y dos mil quinientos heridos. Nuestra reserva no llegó a intervenir por falta de órdenes en ese sentido, emprendiendo la retirada a la segunda línea. La segunda línea defensiva fue reforzada con los batallones Guarnición de Marina y Guardia Chalaca, el primero al mando del capitán de navío Juan Fanning y el segundo a órdenes del capitán de fragata Carlos Arrieta. Ambas fuerzas acuerdan una tregua que se ve rota el 15 de enero en el ala derecha peruana, entre los reductos 1 y 2, justamente en la zona donde se encuentra el Guarnición de Marina. La lucha se generaliza rápidamente y pronto las fuerzas chilenas se concentran en esa zona de la línea, siendo rechazadas e incluso perseguidas hasta en dos oportunidades por las fuerzas del Guarnición de Marina y el batallón Jauja. Pero el costo de tal acción es enorme para el batallón chalaco, pues de los 524 hombres que entran en acción, sufre más de cuatrocientas bajas, entre ellos su valeroso jefe. La defensa peruana es finalmente rebasada y pese a la resistencia que se opone al avance enemigo en el Reducto n° 2 y en la zona de La Palma, que cubre el Reducto n° 3 y que es defendida por el Guardia Chalaca. El capitán de fragata Carlos Arrieta cae con muchos de sus trescientos efectivos. Al finalizar la tarde la lucha aún continuaba en algunos puntos de la línea, pero era evidente que toda resistencia organizada había cesado. El viejo contralmirante Manuel Villar, comandante general de Marina, debió ordenar la destrucción de los restos de la escuadra peruana para evitar que cayera en poder del enemigo. Se hundieron la Unión, el Atahualpa, los transportes Limeña, Chalaco, Talismán, Oroya, Rímac y la cañonera Arno. Varios marinos se unieron a las tropas que siguieron combatiendo al lado del general Andrés A. Cáceres. Entre ellos el capitán de navío Luis Germán Astete, los tenientes primero Leoncio Prado y José Gálvez Moreno, así como el guardiamarina Héctor Villarán. Con el grado de coronel, Astete y Prado combatieron en Huamachuco, el 10 de julio de 1883, falleciendo en dicha acción el primero y siendo fusilado el segundo.
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