Historia y Arqueologia Marítima

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EL MOTIN DE LA "LADY SHORE" - 3

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En este proceso criminal, Héctor D. Viacava nos ha hecho conocer a través de un artículo publicado en Todo es Historia "'se le toma declaración a "Madama Clara Tela", así la identifica el oficial instructor, pues el involucrado, Antonio de Bellina Skupieski, es sospechoso de "haber vertido expresiones contrarias a la actual administración" en la fonda que aquélla regentea ubicada "en las inmediaciones de la Merced sobre barranca del río".

 El acusado es un coronel polaco del ejército de Bonaparte refugiado en Norteamérica, que ha sido reclutado por Thompson y enviado a nuestro país para servir en el ejército de San Martín. Su mujer -una aragonesa amiga de Napoleón según las malas lenguas- llega tiempo después a Buenos Aires (vía Mariquita) y va a residir nada menos que en la fonda de doña Clara. Influida por ésta, se niega a hacer vida marital con el polaco reemplazándolo al parecer por un personaje de la política local no identificado. Bellina, que concurre diariamente a comer a lo de doña Florencia Prudant que habita en los bajos de la fonda de doña Clara, se enzarza en terribles discusiones con ésta y la acusa de "alcahueta".

A su vez la inglesa en su deposición sostiene que el polaco ha vertido expresiones contra los hombres del gobierno y contra San Martín afirmando que "son unos picaros ladrones" y para corroborar sus dichos hace declarar a su hija adoptiva "Francisca Tela de 11 años y 3 meses" de edad -otra buena pieza según veremos más adelante- que firma "Pancha Telar". El polaco luego de un tiempo logra su libertad pues las pruebas no resultan suficientes y Clara a su vez, es condenada apagar las costas y a un mes de encierro en la casa de Ejercicios. La aragonesa ya se encontraba allí en depósito por orden del obispado, trámite usual en los casos de conflictos matrimoniales.

Entre las numerosas acusaciones que el polaco y la inglesa se intercambiaban, llama la atención la de que doña Clara era "comadre de doña Mercedes" mujer de uno de los Carrera. Eran los tiempos en que Artigas, Alvear y los hermanos Carrera andaban por el litoral convulsionando el país. Si bien el coronel Bellina Skupieski no era considerado como una persona muy veraz algunos afirmaban que no era coronel y la aragonesa negaba ser en realidad su esposa) esta relación entre doña Clara y los Carrera tiene visos de ser real por otro trágico episodio ocurrido 5 años antes en Buenos Aires.

El 22 de noviembre de 1814 es encontrado el cuerpo de Juan Mc. Kenna cerca de Barracas, muerto la noche anterior al batirse a duelo con uno de los hermanos Carrera. Tomas Taylor, el marido de doña Clara ha participado en el mismo como padrino de Carrera según lo afirman varios historiadores chilenos. Si bien el gobierno en un primer momento encarcela a Luis Carrera, procede luego echar tierra al asunto y ordena su expulsión.

La mala sangre que le provocó el pleito con el polaco Bellina dañó la salud de doña Clara y en presencia del escribano Acosta "gravemente enferma en cama" dicta su segundo testamento. La antigua costumbre de disponer de su última voluntad se ha ido dejando de lado pero en el siglo pasado (y en los menores) era usual que se llamara a su escribano de confianza instruyéndolo para que redacte la respectiva escritura que era firmada luego en presencia de testigos. O, en ciertos casos, para preservar el secreto, el interesado lo hacía en sobre cerrado que luego era lacrado entregado al escribano una vez llénas las numerosas formalidades.

En este sentido dofia Clara es muy prolífica pues, tal como yo le he señalado antes, en cuatro oportunidades decidió tomar la iniciativa de llamar al escribano para preparar su persona y bienes en el futuro. Ese es al menos el número de testamentos que he podido ubicar entre los diferentes protocolos de la primera mitad del siglo pasado.

Se ha analizado sucintamente el primer testamento del año 1808 cuando acababa de enviudar y declaraba tener 30 años de edad. En este segundo testamento ronda los 40 años y omite hacer referencia alguna sobre su estado civil. Su apellido Johnson deja paso al auténtico pues firma y dice llamarse "María Clark". Cosa curiosa pues en el expediente penal sustanciado un par de meses antes ha estampado otra firma: "María Clara Taylor" o Talor. 20 años más tarde, cuando redacte su tercer testamento, volverá a recordar el nombre de sus finados maridos y dirá llamarse "María Clara Thompson y Taylor". Pero volvamos a su segundo testamento, tal vez el más acorde con la verdad ya que es el único en que da sus datos personales correctamente.

Después de omitir su estado civil y decir que es nativa de Inglaterra -en los otros testamentos afirma ser natural de Londres- deja a "Tomas Telia marinero y actualmente comisionado en la Marina de Buenos Aires" todos sus muebles, vestidos y otras propiedades personales existentes en Buenos Aires exceptuando la plata labrada y su alhajar. Pero las principales beneficiadas son las dos parientas que residen en Londres a quienes les lega "4.231 libras, 18 chelines y 2 peniques en fondos ingleses llamados Anuidades de la Banca Consolidada" que posee depósitos en una conocida casa comercial de aquel país. "

Como vemos, el haber patrimonial de la ex convicta ha crecido considerablemente y de cinco esclavos y útiles de la tienda de zapatería que poseía en 1808, ha pasado a tener una más que considerable suma de dinero depositada al 3% anual en Inglaterra y otros bienes muebles. Dispone también de dos esclavos, un negro y un mulato, a quienes los albaceas otorgarán "la competente libertad" luego de su muerte.

Los albaceas designados en el testamento son los representantes de la casa comercial más importante de la ciudad: Jorge Federico Dickson y Jorge Dickson que en ese tiempo residían en la quinta de Riglos. A esta altura de su vida el pasado de la pasajera de la 'Lady Shore' ha sido definitivamente enterrado y no son sólo sus paisanos del ambiente marino los que se codean con ella. También el poderoso grupo de comerciantes ingleses mantiene relaciones con doña Clara y se llega a dar un hecho insólito en la historia de nuestro comercio pues la primera institución de carácter mercantil post revolucionario se establece en la fonda que regentea esta ex convicta. Nos referimos a la British Commercial Rooms.

En el libro de George T.Love, del cual se han 'abrevado' todos los cronistas nacionales y extranjeros, se encuentra una acabada descripción de lo que era la British Commercial Rooms, empresa exclusivamente inglesa. "De acuerdo al reglamento ninguno que no sea de esa nacionalidad puede ser socio. Los actuales miembros (1825) son 56, la cuota es reducida (30 dólares de plata por el ingreso). Fue fundada en 1810 y es no solamente un lugar de esparcimiento, sino una valiosa oficina de informaciones. Se lleva una prolija cuenta del movimiento portuario y de la exportación e importación. Hay excelentes anteojos con los que pueden distinguirse las banderas de los barcos a gran distancia. Hay toda clase de periódicos británicos -que enumera- y otras publicaciones" Añade Love que allí se encuentran los mejores mapas y cartas de navegación pero para poder disfrutar la entrada en los salones de lectura de la Sala es menester ser presentado por un socio ya que "sólo los ingleses pueden ser miembros". Esta restricción originó quejas y fricciones y pocos años después se produce una división en la sociedad que es encabezada por el propio Love. Así, en 1829, nace la Buenos Aires Commercial Rooms que agrupa a argentinos y extranjeros, inclusive muchos ingleses.

Algunos autores han confundido la fonda de doña Clara con la fonda llamada de 'Los Tres Reyes' que se encontraba en la misma calle y era de propiedad de un genovés llamado Juan Bonfillo. Alejandro Gillespie en sus memorias o crónica de las invasiones inglesas narra algunas anécdotas ocurridas en ese establecimiento y lo da como punto de reunión de los oficiales ingleses. "Ambas fondas estaban situados sobre 25 de Mayo a una distancia de una cuadra y media del Fuerte hacia el norte, es decir entre las calles Piedad (Bmé. Mitre) y Cangallo. La de 'Los Tres Reyes' estaba situada sobre la vereda de los números pares y la de doña Clara enfrente, sobre la de los números impares, en el borde de la barranca y con sus fondos que daban al paseo de la Alameda (Leandro N.Alem).

Era una de las pocas casas de 'altos', lo que facilitaba la visión al río para observar las naves ancladas en la rada cuando el tiempo lo permitía. Debe recordarse que en ese tiempo las comunicaciones se lograban con un sistema de banderas de señales lo que en cierta ocasión provocó gran confusión con el buque de la armada británica "Slaney" en un episodio cómico con un negro que Love relata.

En 1829 el British Packett comunica que la Sala Comercial Británica inaugura su nueva sede social y con ese motivo transcribe las normas reglamentarias de la institución y da una breve reseña de los lugares donde funcionó. La transcribimos pues confirma la íntima relación que tuvo con la inglesa Clara.

"La Sala Comercial Británica en Buenos Aires, fue inicialmente establecida en 1811 en la casa que rentaba Doña Clara, calle del 25 de mayo (entonces llamada 'calle de los Tres Reyes')- Permaneció allí hasta noviembre de 1822 cuando la propiedad fue vendida, Doña Clara y la Sala se mudaron a la casa de Don Cornelio Saavedra, en la misma calle, hasta febrero de 1824; en esa fecha Doña Clara y la Sala se mudaron nuevamente a la calle del 25 de Mayo n" 47. Doña Clara aún reside allí". La nueva sede social a la que alude el periódico se inaugura el 4 de abril de 1829 en los altos de la casa recientemente remodelada por su propietario, William Morris. Estaba situada en la esquina de las calles Cangallo y 25 de Mayo en la manzana de la Merced y allí Morris había establecido una fábrica de carruajes, la única según Love en el Buenos Aires de 1825.

La Sala Comercial Británica era una suerte de club, o lugar de esparcimiento, y centro de reunión de los comerciantes de la ciudad. Hasta la fundación en 1841 del Club de Residentes Extranjeros -que en realidad era una continuación de la Sala Inglesa- era el único establecimiento del país y de Hispanoamérica, que cumplía las funciones de una' bolsa o sociedad de corretaje y puede decirse que fue la precursora de la Bolsa de Comercio fundada muchos años más tarde. Todas las personas vinculadas con actividades mercantiles o de navegación concurrían allí para informarse de la llegada o partida de los barcos y hasta 1821 ser vía de estafeta postal.

La Capitanía de Puerto se encontraba situada en la misma calle 25 de Mayo entre Cuyo (Sarmiento) y Cangallo -actualmente el solar está junto al Archivo General de la Nación- y en la vereda de enfrente, merced a la donación que el gobierno de Rosas hace a la comunidad británica en 1831, se construye la primera iglesia protestante que aún hoy se conserva en ese lugar.

En 1816 las autoridades tienen un serio disgusto con el cónsul Staples a raíz de un aviso que éste coloca "en la Sala Comercial Inglesa en la fonda de doña Clara" donde advierte a los marineros ingleses que, debido a que aún se mantienen relaciones diplomáticas con Fernando VII, les está prohibido servir en la marina nacional. Este aviso es rápidamente retirado para calmar al gobierno patriota.

La zona del puerto estaba plagada de almacenes, pulperías y cafés administrados por extranjeros, en especial ingleses, franceses, portugueses y alemanes. De acuerdo a los datos que se pueden extraer del censo de 1827, el cuartel 3a -que comprendía desde la Alameda hasta Florida y desde la plaza de Mayo hasta Corrientes- era, de todos los cuarteles, el habitado por el mayor número de extranjeros, en especial ingleses. Una viuda norteamericana, la Sra. Thorne, tenía un hotel muy concurrido por sus compatriotas en la misma calle 25 de Mayo y la fonda del Comercio -de la que nos hemos ocupado en otro artículo publicado por Todo es Historia (nº 231 agosto de 1986)- se encontraba en la Alameda frente al muelle donde desembarcaban los pasajeros. La crónica policial está plagada de robos, riñas y hechos de sangre que sucedían en esa estrecha franja de la ciudad. A medida que ésta progresa, y el puerto con ella, las fondas se convertirán en posadas y hoteles, o las llamadas 'casas amuebladas' desaparecerán las pulperías para dar pasos a los quilombos, cafés y casas de bailes. Mejorarán las fachadas pero el elemento humano será el mismo.

En agosto de 1822 doña Francisca del Prieto y Pulido vende su propiedad y la Sala Comercial Británica y doña Clara se ven precisados a mudarse. En la crónica del British Packett que hemos transcripto se consignan los sucesivos traslados. En octubre de 1822 fallece el capitán Taylor y doña Clara -de acuerdo al relato de Love- decide cerrar su casa de pensión. La Gaceta Mercantil le publica dos avisos anunciando, en uno la venta de un coche, y en el segundo una recompensa por la recuperación de un reloj de oro que le han robado "de su aposento interior en la Casa de Comercio Inglés" en agosto y noviembre de 1824. Finalmente el 20 de octubre de 1829 doña Clara deja de residir en la Sala Comercial Británica y se muda "a una pequeña pero elegante casa que ella se ha hecho construir en la calle 25 de Mayo cerca del Retiro donde -dice el cronista del British Packett- confiemos en que ella recibirá todas las atenciones y felicidad que su filantropía le ha hecho merecer".

Este cambio de domicilio configurará en cierta medida también un cambio en las relaciones de la Sra. Taylor. De los residentes británicos pasará a intimar con la clerecía local y la sociedad femenina porteña pero no perderá contacto con sus connacionales.
En noviembre de 1832, cuando el capitán Fitz Roy al mando del Beagle arriba a Buenos Aires, decide visitar a doña Clara y Darwin que lo acompaña, ha dejado registrado en su Diario la impresión que el personaje le produjo.

"Junto con el capitán Fitz Roy visitamos a doña Clara o Mrs. Clarke. La historia de esta mujer es extraordinaria. Alguna vez fue muy hermosa. Embarcada por un crimen atroz convivía a bordo con el capitán. Poco antes de llegar a la latitud de Buenos Aires, conspiró con otras mujeres convictas para asesinar a todos a bordo, salvo unos pocos marineros. Mató al capitán con sus propias manos y con la ayuda de algunos marineros condujo el barco a Buenos Aires. Aquí se casó con una persona de gran fortuna a quien heredó. Tan extraordinaria fue su labor como enfermera de nuestros soldados, después de nuestra desastrosa tentativa para ocupar esta ciudad, que todo el mundo parece haber olvidado sus fechorías. Hoy es una mujer vieja y decrépita, con un rostro masculino y evidentemente todavía con una disposición feroz. Son sus expresiones más comunes: 'Yo los colgaría a todos juntos, Señor', 'Lo mataría, Señor'. Para ofensas más pequeñas: 'Le cortaría los dedos'. Tiene esta digna anciana todo el tipo de hacer estas cosas, más que de amenazar".

Es la única descripción que tenemos de nuestro personaje, por eso he transcripto en su integridad el párrafo tomado de la traducción hecha por Felipe Espil y su esposa Courtney.

Los hermanos Robertson cuentan que ella era un personaje muy popular en la ciudad "por su carácter vivaz, por su bondad y el espíritu hospitalario que demostraba, sobre todo para los extranjeros". Love, en el libro citado, dice que toda persona que ha estado en Buenos Aires ha oído hablar de Mrs. Clark "el hada bienhechora del lugar". En cambio las semblanza de Darwin es totalmente distinta. Una de las razones tal vez estribe en que aquellos, además de ser sus amigos, publican sus crónicas en vida de doña Clara. En cambio Darwin se acerca más fielmente a su verdadera personalidad pues escribe con total libertad. Su Diario fue editado un siglo después por su sobrina Nora Barlow.

Love, que posiblemente sea quien más conoció íntimamente a doña Clara pues "vivió bajo su techo durante 8 años", al escribir sobre ella la relaciona con otra persona: "doña Panchita, su hija adoptiva que vive con ella, una hermosa muchacha". Por el British Packett y a través de los sucesivos testamentos de doñia Clara tenemos algunas noticias de esta muchacha.

En enero de 1836 el periódico británico publica una breve crónica comunicando el casamiento de "doña Francisca, hija adoptiva de doña Clara Taylor, vecina de esta ciudad "con el hijo del capitán Soriano, de la goleta oriental 'Águila Segunda'. Cuenta que la embarcación que se encontraba en la rada, celebra el acontecimiento enarbolando sus señales y bandera y efectuando una salva.

La alegría dura poco tiempo pues a los pocos días se entrecruzan las acusaciones entre la Panchita y el cura José Antonio Picazarri pues la primera acusa al segundo de utilizar su influencia como director espiritual de su madre adoptiva para "captar sus bienes". No era esta la primera denuncia judicial contra este sacerdote que como albacea y director espiritual de algunos vecinos de fortuna, había manejado los bienes en forma que fue resistida por sus herederos, incluso con su hermano político. El trámite del expediente es muy breve. La protesta de Francisca Clara Taylor, con la venia de su esposo, queda registrada ya que su madre 'no está en estado de expedirse por su grave enfermedad" y el cura Picazarri se ha marchado a San José de Flores. Pero la influencia del presbítero se mantiene incólume y tiempo después la madre procederá a tomar medidas contra su hija adoptiva cuando redacte su tercer testamento.

Francisca Taylor se llamaba en realidad Juana Gregg y era hija natural de otra de las convictas de la 'Lady Shore' y de un viejo residente británico. Cuando Clara suscribe su segundo testamento en el año 1819, ha instituido un legado de mil pesos a favor "de la niña Juana Gregg algún tiempo y ahora residente bajo mi cuidado y protección". En esa época contaba con 11 años de edad y fue llamada a declarar en la investigación policial contra el coronel polaco, según lo hemos consignado en su momento. Pero en diciembre de 1839 doña Clara decide hacer un nuevo testamento, el tercero, donde cae en anatemas contra su adoptada. En la cláusula 6a. de dicho documento declara que ha criado desde su más tierna edad a una niña que ahora ha llegado a la mayoría de edad -nombrada Francisca Jackson, aunque ella por haber estado encargada de mis asuntos, le permitia firmar Francisca Clara Taylor". Dice a continuación que por ese motivo cuando compró la propiedad de la calle del 25 de Mayo permitió que la escritura fuera hecha a nombre de su hija adoptiva "porque entonces correspondía a mi esperanza" y la respetaba como "si yo fuera una verdadera madre... pero hoy sucede todo lo contrario y teniendo como tengo justos motivos de queja hacia doña Francisca por no ser ahora lo que entonces fue con relación a su cariño y comportación" procede a anular dicha escritura pasando la finca a formar parte del patrimonio de la testadora.

En resumen, la Panchita a cuyo nombre se encontraba la casa de la calle 25 de Mayo (nº 175) deja de tener derechos sobre ella. Doña Clara además, instruye a sus albaceas para que obren en tal sentido y vendan la finca una vez muerta ella. Para que no queden dudas de sus intenciones designa como albacea en primer término, nada menos que al cura Picazarri.

José Antonio Picazarri era tío de Juán Pedro Esnaola y residía en la casa de esta familia que estaba situada en la calle 25 de Mayo esquina Piedad, a media cuadra de la fonda de Clara. Fue director de la Academia de Música y se destacó, al igual que su sobrino, en ese arte según lo recuerda Wilde. Era la última casa que se conservaba en ese barrio, conocido como 'la city', siendo demolida hace pocos años para dar paso al Banco Holandés. El cura y doña Clara se conocían desde la época de las invasiones inglesas y esa amistad perduró hasta la muerte del primero. Otras de las crónicas del Britísh Packett de agosto de 1838 nos muestra una imagen del circulo que frecuentó a doña Clara en sus últimos años.

"En el día de Santa Clara (12 del corriente) doña Clara Taylor ofreció una selecta recepción y fiesta en su casa de la calle del 25 de Mayo. Entre los concurrentes estaba doña Manuelita, hija de Su Excelencia el Gobernador, su tía doña Josefa, el Revdo. José A-Picazarri, el Comandante Maza de la Artillería de Marina y don Juan P. Esnaola. La banda del cuerpo mencionado se encontraba ubicada cerca del comedor y se ejecutó música durante la comida. Después de que el servicio fue retirado se bailaron minuets y todos los comensales encantados con las atenciones y hospitalidad de su digna anfitriona". ¡Qué evolución! La joven y hermosa convicta llegada 40 años atrás en la mayor miseria, señalada como sospechosa de haber asesinado con sus propias manos al capitán de la 'Lady Shore', es ahora una digna anciana, con un lenguaje algo procaz es cierto, pero visitada por miembros del clero, del ejército y, principalmente, por las dos primeras clamas de la sociedad porteña, el elemento femenino más calificado y de mayor peso político de ese entonces.

La amiga de los Robertson, del Dr. Gorman, la informante del gobierno, la "patriota Clara" -así firmaba sus cartas a la prensa- recibe a su casa a la hija del gobernador y se codea con el clero en fiestas que los diarios comentan. ¡Qué cambios le ha deparado el destino! Lástima que ninguna de sus compañeras de viaje pueda presenciar su actual posición social. Sólo queda con vida una persona de su amistad que conoce toda su trayectoria y será quien escriba su despedida cuando su tiempo acabe.

En agosto de 1841 vuelve a dar una pequeña fiesta en su casa aunque los tiempos no son muy buenos y el coronel Maza ya no se encuentre en el reino de los vivos. En agosto de 1842 -siempre festejando a "Santa Clara fundadora y patrona de la ciudad" y de ella- Clara Taylor da una pequeña cena en su residencia. "Sus numerosos amigos -dice la crónica- de todo el mundo estarán contentos de oír hablar de ella y que goza de buena salud". El que no gozaba ya de salud era el Presbítero Picazarri que fallece al mes siguiente.

Esta noticia obliga a doña Clara a llamar por cuarta vez al escribano para dictar su testamento modificando algunas de las causas del anterior. Será la última. Su albacea ha muerto antes que ella así que decide reemplazarlo con lo más granado de la élite porteña. Elige a doña María Josefa Ezcurra en primer término y en segundo al cura de la Catedral, el Dr. don Felipe Elortondo y Palacio que cumplirán fielmente su cometido.

Desde un comienzo la inglesa se ha declarado católica apostólica y romana pero en su último testamento se ha incrementado su religiosidad a tal punto que deja numerosos legados a favor de diferentes cofradías y parroquias por valor de varios miles de pesos. La Merced, el Socorro, la Catedral, las Catalinas con cuyas monjas "se encontraba en la más grande intimidad" son las instituciones favorecidas, y termina instituyendo como única y universal heredera a su alma, de todos sus bienes. Repite la cláusula desheredatoria contra su hija adoptiva, ordena la venta de su casa (que su nueva albacea practica un año después de su muerte luego de una información sumaria, por la suma de 28.000 pesos corrientes) y deja un legado a favor de Fortunato Wilson, al parecer su sobrino. Su principal patrimonio consiste, además de la casa, en 10.000 pesos en fondos públicos que tiene la casa Dikson cuya libreta conserva en su poder".

Previsora de su cuerpo tanto como de su alma doña Clara -"Clara Johnson" en este item- poco tiempo después de la muerte de su segundo esposo había comprado su derecho de sepultura en el cementerio público de la Recoleta y religiosamente lo había renovado cada 10 años. Allí es enterrada el 29 de Julio de 1844 con todos los ritos de su religión celebrado por ocho clérigos, luego de ser acompañada por dos coches de duelo, número máximo establecido por Rosas para evitar mayores rampas. No conforme con eso, los albaceas hacen celebrar sus funerales al día siguiente en la Catedral donde "la concurrencia fue numerosa, en especial de miembros del Clero".

En el número del 10 de agosto de 1844 -casi en vísperas del día de Santa Clara- su amigo Tomas Love publica una nota necrológica en el British Packett tal como acostumbra hacerlo con los residentes británicos de cierta trayectoria desde que fundó el periódico. Mary Clark "también conocida en Buenos Aires bajo el nombre de doña Clara la Inglesa" nativa de Londres falleció el domingo pasado después de una prolongada enfermedad.

Desde 1822 la occisa gozaba de una renta vitalicia de 200 libras anuales de la 'Real Sociedad de Seguros de Londres" renta, claro está, que caduca con su muerte. Subraya el espíritu caritativo de la finada y sus numerosos legados, sobre todo para el convento de las Catalinas aunque era mayor en tiempos pasados cuando disponía de mayores medios económicos. "De estos actos hemos sido testigos por haber residido bajo su techo por más de ocho años". Sólo una corta frase delata su pasado. "La difunta vino a este país en el año 1797".

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