Hacia el Oeste
Hace ya siete días y me parece imposible la realidad. ¡El!,
tan lleno de vida, tan fuerte, tan alegre; él, mi compañero
de estudios, de tareas y alegrías; él tan joven y lleno de
nobles ambiciones, él que tan lleno de entusiasmo como de
satisfacción se despide por tan sólo dos años de sus padres,
para dar la vuelta a nuestra esfera llamada mundo; él, en
fin, que parte dejando lágrimas en los ojos de sus queridos
padres y esperanza en el corazón, esperando el hermoso
momento del regreso, yace descansando en las profundidades
del océano. Me parece verlo, lleno de alegría, saltar a
tierra, para buscar en ella el descanso y las comodidades
tan deseadas cuando se está en la mar: me parece verlo en
cubierta, pasearse de banda a banda, con algunos compañeros,
contemplando el mar y su inmensidad; pero recuerdo y le
estoy viendo, en una pequeña enfermería, delirante por la
fiebre, sus ojos velados por la proximidad de la muerte, su
frente sudorienta; le recuerdo también, sus débiles quejidos,
que de cuando en cuando exhala en el profundo silencio de la
noche: recuerdo cuando su respiración se hacía fatigosa, su
quejido imperceptible y recuerdo también que después de un
instante, <mas> sus labios agitados por la<s> fiebre dejaron
de moverse, sus ojos perdieron el brillo, la palidez cubrió
su rostro, el calor de los pies disminuía, las manos estaban frías; ¡aún tenía vida! ¡Qué momentos supremos! Veinte
compañeros, pues no cabían más, apoyado(s) en su lecho
aguantaban hasta la respiración, si como con el profundo
silencio quisieran devolverle la esperanza a los corazones;
era en vano, una especie de suspiro se escapó de su
interior; quizás sería el adiós de su espíritu al dejar este
miserable mundo y elevarse a la verdadera vida, pues su
cuerpo no era sino un cadáver; miserable e inmundo despojo
humano, que bien pronto se arrojaría al mar.
La noche estaba fría y oscura, la mar picada, la nave
meciéndose agitadamente y en ella, una mesa enlutada, las
paredes revestidas de negro; en la mesa un cadáver, las
manos entrelazadas sosteniendo en sus rígidos dedos un
crucifijo; cuatro centinelas con el rifle armado y
contemplando con tristeza esos despojos de un compañero
querido, aquellos que con él compartieron la inclemencia de
la mar y las alegrías de tierra, allí estaban acompañando a
aquél cuyo cuerpo también sería arrebatado para siempre.
Al día siguiente debíamos ponerlo en su ataúd, en su modesto
ataúd como el de todo marino que muere en su elemento; no
teníamos por cierto el placer y hasta puede decirse el
consuelo de depositarlo en uno de ricas maderas, sino
envolverlo en blando lienzo, colocando entre sus piernas y
alrededor de, antes, su delicado cuerpo, barras de hierro
que le sirvieran de lastre, envuelto convenientemente, se le
cosió perfectamente y se le amarró a los pies una maza de
hierro de cuarenta kilos, el pabellón patrio cubría su
cuerpo, como lo había hecho desde el momento que falleció,
el día 29 de Mayo a las 9 hs. 5 m. de la noche.
Se aproximaba la desgraciada hora de tener que entregar al
océano el cuerpo de un compañero, sin tener el consuelo de
darle sepultura en tierra, donde una vez pudiese recordar
algún día, el lugar del descanso etemo a sus padres y
amigos.
La noche empezaba fría y negra como la anterior, pero la mar
se agitaba con furia chocando la rota ola en la misma borda,
como si estuviese hambrienta de ese cadáver. La tripulación
formó por brigadas en ambas bandas. Los guardiamarinas y
demás oficiales inclusive el comandante se aproximaron a él.
En el misterioso silencio que había, sólo interrumpido por
el chocar de las olas, a la débil luz de un farol, el
comandante leyó:
«Señores oficiales, guardiamarinas y tripulación:
«Una ley que fatalmente debe cumplirse para todos, nos
arranca en la soledad de los mares a un joven compañero de
armas. Muere al iniciarse en su carrera y en el albor de la
vida, pero muere en un pedazo flotante de la Patria, a la
sombra de su bandera y aunque distante del hogar de sus
padres, rodeado en cambio del sincero cariño de todos los
que con él emprendieron viaje a bordo de esta nave.
«El Océano, inmenso campo de acción del marino, va a recibir
ahora mismo los despojos de uno de ellos, y las ondas
agitadas de la superficie se abrirán para darle<s> paso,
hacia un abismo de quietud y de silencio.
«Muere en el ejercicio de su profesión y será su tumba la
apropiada tumba del hombre de mar, cuyo reposo en las
grandes profundidades ni las tempestades mismas perturbarán.
«La ciencia médica provista de cuanto le ha sido necesario
lo auxilió desde el primer momento en su enfermedad con
celosa competencia, agotando los humanos recursos y ya que
no pudo consérvanos su vida, acatemos con resignación
cristiana el fallo supremo de la Providencia, en cuyos
misteriosos designios no nos es dado penetrar, al entregar a
las aguas los despojos mortales del que fue en vida el
guardiamarina Augusto del Campo, y al separamos de él para
siempre, demos expansión a nuestros sentimientos religiosos
rogando al Divino Creador por la paz y bienestar de su
espíritu.
«Estos restos queridos se arrojan al Océano Pacífico Norte
en los 36° 25' de latitud y 141° 32' de longitud Oeste, a
840 millas de la costa más cercana.
«Guardiamarina Del Campo:
«Como jefe de este buque en el nombre del Todo Poderoso te
bendigo y en el de la Patria, cuyo glorioso símbolo envuelve
vuestro cadáver en este momento, te despido con el supremo
Adiós, al que acompafla(n) el dolor y las lágrimas de tus
compañeros, los presentes tripulantes de la Fragata
Sarmiento.»
Terminado que hubo se tomó la tablilla, donde descansaba, se
la llevó a la banda opuesta, mientras una marcha fúnebre
acompasada por el lúgubre sonido de una campana hacían salir
sollozos en vano tratados de reprimir: la tablilla descansó
en la plataforma de la escala con los pies hacia afuera y el
lingote próximo a caer; la mar se sacudía con violencia, el
viento silbaba en la arboladura, la tabla se inclina, el
lingote -enorme masa de hierro- cae al mar, pega al mismo
tiempo un brusco y terrible tirón, el cuerpo cae y una ola
impetuosa le cubre para siempre.
San FranciscoEstamos por fin a la vista de tierra Norte-Americana,
después de 29 días de que abandonamos el pueblo de Acapulco
y de aguantarnos los tres últimos días a la capa. Los últimos días de esta larga navegación
se iban haciendo penosos no sólo por el fastidio de la larga
travesía, sino (por)que los alimentos se hacían más escasos,
agua dulce ni para lavarse la cara la había, la comida
escasa y de mala calidad y, por último, los bruscos e
interminables rolidos, que no dejaban cosa en su puesto que
no estuviese trincada o asegurada de algún modo. En la
cubierta era difícil caminar pues los bandazos nos
arrastraban de banda a banda, dándolo a uno contra la borda,
cuando no resbalaba en la empapada brusca pendiente que se
formaba al inclinarse el barco; esto, más que todo, es lo
que hacía que San Francisco nos fuese desde luego uno de los
puertos más deseados desde los hasta entonces visitados.
El día 6 de junio, como dije, se vio tierra por la banda de
babor a proa; navegábamos ya a vapor, aumentando con esto
los rolidos. A las 10 de la mañana sin notar todavía la
presencia y proximidad de una ciudad, encontramos una
barquita, que vino en nuestro sentido, tenía un gran número
tres impreso en la hinchada vela; a distancia conveniente y
casi sin notarlo, largó un botecito que se dirigió a nuestro
bordo. La Sarmiento paró y esperó la llegada de la atrevida
pequeña embarcación, que sólo conducía tres hombres, dos de
los cuales bogaban y el tercero, anciano ya, gobernaba el
timón. Al casi atracar notamos que uno de nuestros
contramaestres, un gallego de lo más gallego, trataba de
llamar la atención a los del bote. Nuestro buen hombre les
avisaba que iba a tirar un chicote para que se aguantasen,
pero no caía en cuenta que los otros no podían entenderle,
por más que gritase, pues eran yanquis. Nuestro viejo del
botecito, dando muestras de una gran agilidad, trepó tomando
del cabo y apoyándose con los pies en el casco, hasta la
misma toldilla.
Iba abrigado con un largo sobretodo, un chambergo partido al
medio, que hacía simpático al viejo yanqui de larga y blanca
melena y su fisonomía inteligente; nuestro huésped embarcaba
como práctico y como tal tomó a su cargo la dirección y
mando de la nave. El día estaba completamente despejado, el
sol daba un suave calor y la cubierta empapada por las olas
empezaba a secarse no ofreciendo ya peligros la estadía en
ella. Todo el paño se largó para aferrarlo de nuevo, pues
sólo había sido cargado y aferradas algunas velas, que el
viento permitió hacerlo. Algunos en la toldilla y otros en
el castillete, devorábamos con la vista los accidentes de la
costa para averiguar dónde quedaría la entrada; no tardó
ésta en hacerse notar, en la abertura que formaba(n) dos
brazos de tierra muy pronunciados en cuyo interior se
encontraba la bahía sobre la que se extiende la ciudad.
Ibamos a ocho millas de velocidad en dirección a dicha
entrada. Distante aún de ella y a las faldas de elevadas
montañas empezamos a percibir casitas blancas, unas más
elevadas que otras, y más o menos agrupadas. Serían las 2
p.m.
cuando avistamos el pontón faro San Francisco, muy parecido
al nuestro de Banco Chico y Punta Indio. A medida que nos
aproximamos, la vista de la costa se hacía no sólo
pintoresca, sino bonita; multitud de rocas salían del mar,
cerca de la costa y donde en blanca espuma se deshacían las
olas que en ellas iban a chocar. En la costa misma gran
número de casas, al parecer sin orden ninguno, casi todas de
blanco (y) algunas de ellas bastante grandes y de muy linda
apariencia. Estábamos ya en la bahía, (e) íbamos encontrando
gran cantidad de barcas de prácticos, todas del mismo tamaño,
igualmente construidas y con sus números respectivos.
Serían las cinco de la tarde cuando se notó la presencia de
la gran ciudad completamente envuelta y casi oculta por el
oscuro humo de sus innumerables chimeneas. Es grandioso el
aspecto de la ciudad desde a bordo: esa aglomeración inmensa
de edificios, en un terreno sumamente accidentado, sus
calles completamente rectas, tanto que desde la distancia
que la veíamos parecía un zanjón tirado a línea.
Aún distábamos de la ciuda(d); íbamos encontrando numerosos
edificios aislados, de varios pisos y de elegante
construcción. En las ondulaciones del terreno se notaba la
red de hilos telegráficos que cruzaban en varios sentidos. A
las seis de la tarde dábamos fondo como a tres millas de San
Francisco, el rincón de Norte América, como la llaman los
yanquis, y, sin embargo, más ciudad que cualquiera de Sur
América, si se exceptúa Bs. Aires, la que supera no obstante
bajo muchos puntos de vista.
Antes de dar fondo recibimos la visita de la sanidad. Era
ésta compuesta de un doctor, viejo ya, de barba cerrada,
bajo y flaco, muy derecho, acompañado de un joven. Se hizo
formar todo el personal del barco al cual contó para ver si
era el mismo número que el que indicaban las planillas; pasó
revista por el sollado y cámaras y luego por el grupo de
guardiamarinas y oficiales. Terminada la revista se retiró
declarando en bueno el estado sanitario del personal y
oficialidad.
La ciudad a cuya puerta habíamos fondeado<s> se nos presentó
espléndidamente iluminada, eléctricamente, en su basta
extensión. ¡Como que era el país de la electricidad! Era de
admirar la gran difusión de luces que por todas partes nos
rodeaban, al frente, la de la ciudad, a distintas alturas <alturas>.
algunas rozando el nivel de las aguas, otras a cuarenta o
cincuenta metros: a nuestra espalda, o sea lo que habíamos
dejado atrás, la de los pueblitos vecinos, algunas
completamente aisladas que parecían un faro y como si esto
no fuera bastante para probamos los yanquis que sabían hacer
buen uso de la electricidad, multitud de ferry-boats
cruzaban la bahía completamente iluminados como si fuesen
construidos sólo para encantar la vista con el cargamento de
bujías:
parecían un castillo iluminado y flotante. Aún hay que
agregar la iluminación de los numerosos barcos de guerra y
mercantes fondeados a nuestro alrededor.
Esa misma noche tuvieron los francos la fortuna de bajar a
tierra, mientras que los de guardia aún teníamos que pasamos
en cubierta una noche más, careciendo del elemento
indispensable en tal servicio, de cigarrillos, teniendo aún
en el estómago sin poder renovarla, la dura galleta y
charqui, sin ver más seres que del feo sexo y sin tener más
espacio que la reducida cubierta. Sin embargo la guardia de
esa noche, no obstante tener la papa al frente y no poderla
comer, era una delicia comparada con las anteriores y sobre
todo con las tres últimas que nos obligaba a tenemos a
porrazos en cubierta, empapados por las olas que no
respetaban la altura de nuestra nave y combatiendo con el
viento, que hacía estar el ojo abierto al velamen y las
manos a ios cabos. Pero ahora fondeado, no tenía que
preocupamos aquello<s> y podíamos contemplar a satisfacción
los numerosos ferry-boats que desde lejos se anunciaban por
sus roncos bramidos. A las 3 hs. 30 empezó a aclarar y la
actividad y movimiento del puerto y el humo de las chimeneas
acusaban no haber dormido, pues los barcos iban y venían y
las chimeneas largaban un grueso y oscuro humo que se cernía
(?) por toda la ciudad.
Sonaron por fin las ocho de la mañana y el retén, muy a
pesar suyo, tuvo que relevamos, transformándonos los de la
guardia saliente en menos de quince minutos en hombres de
chamberguito, cuellito bien planchado y bastón, listos para
embarcar en la lancha a la primera voz de ¡lancha a tierra!
Apenas ésta se dejó sentir estábamos ya embarcados mirando a
la dirección del muelle. Pasamos junto a uno de los mejores
barcos de guerra de la Unión, el Iowa, de dos chimeneas,
flameando, como es natural, a su popa el estrellado pabellón
de Norte América.
Llegamos por fin al muelle, éstos son flotantes, siendo esto
una comodidad pues pueden transportárselos a remolque de un
punto a otro. El puerto, si bien muy grande y concurrido, no
tiene el valor y la obra de los nuestros. No tiene nuestros
grandes diques y muelles, ni esa disposición tan ordenada
con el gran número de maquinarias para la carga y descarga,
que en nuestro puerto alineadas en gran extensión parecen
grandes gigantes. Tampoco hay <los> grandes depósitos como
los que actualmente se ven en nuestro puerto, sin embargo,
en el que nos encontramos, no se puede decir que se carezca
de comodidad: un barco puede atracar directamente a los
muelles donde tienen completa seguridad, comodidad para la
carga y descarga, con buen fondo y con la suficiente
capacidad para los numerosos barcos a vela que allí se
encontraban. así como grandes paquetes transatlánticos y
chatas cargadas de carbón, hierro y fardos.
Un corto número de gente se encontraba en el pequeño muelle,
mirando casi con indiferencia el corto número de tripulantes
de la pequeña lancha que desde miles de millas se presentaba
con un pabellón para ellos desconocido, quizás sin reparar
en nuestra bicolor bandera, nos tomaron por españoles al oír
nuestro idioma, nuestra presencia y nuestro traje.
Nosotros, sin preocupamos de lo que de nosotros pudiesen
decir, saltamos a tierra con la satisfacción de ser los
representantes vivos de nuestra querida Nación.
Fuera del muelle y ya en tierra fírme, doblamos en la
primera calle: ésta, como todas las que después vimos y
según ya lo habíamos notado desde a bordo, era muy recta y
ancha, muy parecida por la situación y el tráfico a nuestro
Paseo de Julio y sin tener los paseos que la nuestra, pero
con doble hilera de tranvías eléctricos; a la izquierda
teníamos los edificios ocupados por pequeños negocios, en su
mayor parte por restaurantes, cafés, cigarrerías y algunas
tiendas, los edificios por lo general de dos y tres pisos. A
nuestra derecha, los muelles y las barcas y caminando seis
cuadras en el mismo sentido, la estación del ferry-boat,
grandes edificios con elevadas torres, donde desde a gran<de>
distancia se puede ver la hora, y desde una mucho mayor la
luz que se encuentra en la parte más elevada.
Esta estación marítima es sumamente concurrida, pues es la
central para tomar pasaje para los numerosos pueblitos
vecinos.
Se ven allí los (hay una palabra ilegible) con su diario,
ofreciéndolo a grandes voces al público, sin ser tan
molestos y cargosos como los de nuestra capital. Esta
estación da término a la mejor calle de San Francisco, que
más bien que calle es una linda avenida, para algunos mejor
que nuestra calle Florida y no hay duda (de) que lo es para
cualquiera que no sea muy apasionado a lo nuestro. Es mucho
más ancha, el piso es de asfalto como lo es el de casi todas
las calles, sus edificios son mucho más grandes y elevados
que en la nuestra, hay una doble hilera de tranvías cuyo
conducto eléctrico es subterráneo (y) vienen a desembocar en
ella dos calles juntas, una que la corta perpendicularmente
y (la) otra oblicua. Como es natural en uno que va de paseo
•sin conocer nada, toma por donde más le agrada y, en
consecuencia, tomamos por la calle mencionada que es la
simpática Market Street. Los edificios son en su mayor parte
de cuatro, cinco y seis pisos, muchos de siete y algunos de
ocho y nueve pisos. Por sus calles se ve una procesión
ininterrumpida que va y viene pero sin confusión: los que
van en un sentido lo hacen por cerca de la pared y del lado
de la calle los que lo hacen en el otro. Es de notarse el
poco uso que los yanquis hacen del bastón y aún del cigarro,
no obstante, que casi hay cuatro o cinco cigarrerías por
cuadra. Las mujeres, que casi nunca van acompañadas por el
hombre y muchas veces
solas, caminan con mucha soltura, sin acostumbrar llevar
objetos en las manos, como libros, abanicos ni carteras. Son
muy derechas y usan poco el sombrero lleno de plumas y
flores, sino uno muy sencillo de paja con algún moño u otro
adorno de poca vista.
Seguíamos caminando por nuestra calle, parándonos en algunas
vidrieras para admirar algún objeto curioso y el poco valor
de otros, entre éstos los relojes: desde el subido precio de
100 dólares ó 20 libras, hasta el modesto de 95 centavos.
Gramófonos por 10 dólares y máquinas fotográficas de
diferentes precios y baratas. Grandes armerías, con armas de
todas las últimas reformas; revól ver(es) de todos (los)
precios y algunos tan pequeños que se los puede llevar en el
bolsillo del saco y sin que se note. Numerosas casas
fotográficas, mostrando al público las acabadas fotografías
de la época en grandes cuadros, iluminadas y a lápiz.
Si los yanquis no fueran hijos de ingleses se podría decir
que les había entrado furor, o que era la época de la
fotografía, pues aparte de las casas especialistas para esto
y de las casas de venta, creo que son muy pocos los que no
poseen una (máquina), más o menos de costo y más o menos
reformada, o por lo menos que no conozca su funcionamiento y
manejo. Por otra parte abundan las instantáneas y en menos
de cinco minutos uno tiene una regular fotografía por 0,25
do. (=dólar).
Uno de los mejores hoteles de esta calle es el «Palace
Hotel», lindo y gran<de> edificio de siete pisos; sus
numerosas piezas tienen todas vista a un espacio circular
interior, en donde se encuentra un gran patio en la planta
baja, las galerías están adornadas por plantas y en el
espacio central de este patio penetran los carruajes, con
los parroquianos.
A su entrada y de pertenencia del hotel hay una gran
librería y un servicio chino. El precio de una pieza por las
24 hs. es de dos pesos, pero en cuanto a lujo no dejan que
desear, con su bien completo servicio de muebles, sus bien
barnizadas y pintadas persianas, las bordadas cortinas de
las anchas puertas, el cómodo baño de agua a distintas
temperaturas. Por otra parte la vista de la ancha avenida es
muy entretenida, al contemplar el gentío que parece un
enjambre de insectos y los numerosos tranvías que la
recorren. Cansados de caminar y con algún apetito, pues eran
las 11 hs. 30. pensamos en comer, por lo cual la hermosa
vista de muchas vidrieras ya no nos llamaba la misma
atención que antes: en cambio, mirábamos con cuidado donde
hubiese combustible para nuestra maquinaria, hasta que con
placer leimos el nombre de «California Hotel», y allí nos
metimos con mis dos compañeros. Una vez sentados, pedimos la
carta, pero la tal carta era muda para nosotros, pues no
entendíamos ni papa en inglés.
El mozo que apenas nos la
colocó se fue. no volvía y pensábamos en él para dejar la lista a su gusto, pidiéndola la hiciese reducida, pero
no caíamos en cuenta (de) que el mozo era yanqui. Al poco
rato volvió trayéndonos una gran cantidad de pan, en
rabanada(s), caliente, y <en> pequeñas galletitas y doble
plato de manteca. Por cierto que a no tener tal apetito
nosotros, nos hubiéramos disputado (?) aquel cargamento,
pero lejos de eso, no nos hicimos de rogar. En seguida
nuestro servidor cayó con una cantidad de botellas de
cerveza y copas con hielo. Entonces nos pusimos alerta, pues
como aún no nos habían pagado, sólo poseíamos entre los tres
two dollars o cinco pesos moneda argentina y aún no
conocíamos lo que allí valía la vida. No obstante,
tendríamos caras de buenos huéspedes, pues enseguida se nos
presentó una rica ensalada de pollo y, tras el(la), una gran
costilla de cerdo con papas fritas y un plato de espárragos.
Como vía de descanso para los dientes, que no perdían
intervalo con las galletitas y la manteca, puso tras de él
una especie de estofado, una rica tortilla y con esto ya no
podíamos más y el gran deseo de terminar y salir del paso
nos hizo recurrir al poco inglés que poseíamos para el caso:
We are not hungry. How many? -No tenemos más hambre. ¿Cuánto
le debemos?- Pero el mozo no nos quería largar sin postre
(y) nos trajo una gran frutera de fresas y una especie de
crema para tomarlas, y luego duraznos y naranjas y, por fin,
llegó el café y tras él la cuenta: le debíamos sesenta
centavos cada uno...
Una cosa notamos que hacía falta y eran servilletas, pero no
era negligencia del mozo ni costumbre sola de esa casa, sino
que lo es de toda la nación, lo mismo que en los hoteles no
se pone<n> ni cepillo para el pelo, ni peine. Satisfecha
nuestra cuenta, salimos y seguimos por la misma calle,
caminando lentamente y fumando con agrado un cigarrillo.
Después de dos días bajamos nuevamente pero ya no temíamos
que nos cobrasen two dollars por una comida que sólo valía
uno. Continuando nuestro paseo interrumpido anteriormente,
tuvimos ocasión de visitar una de las mejores tiendas, el
Emporium, edificio de tres pisos situado también en Market
Street. La importancia de la gran tienda es superior, bajo
todo punto de vista, a la mejor de Sur América, o sea
nuestra Ciudad de Londre(s), y no puede decirse que sea sólo
una tienda y si así se la designa es porque sería muy largo
y difícil de retener los diferentes ramos que encierra. A su
frente, que es un ancho corredor, hay colocados en sus
vidrieras únicamente lo referente a telas y trajes, habiendo
un verdadero regimiento entre hombres, mujeres y niños,
vestidos con ricas telas, pero como es de comprenderse son
sin vida. Antes de entrar se encuentra uno con una gran
librería y papelería, una vez dentro se necesita una guía
especial para ir directamente al punto deseado, pues sería
fácil en vez de ir a la armería, fotografía o joyería de la
casa, dirigirse a la sombrerería, sastrería, guantería, al
departamento de plantas o flores, si es que no se dirige uno
a la botería o a departamento de plumeros,
cepillos o al de baúles, valijas y carteras. Por otra parte
hay una sucursal de correos, barbería, venta de licores,
fiambres y frutas secas y si como esto no bastase, se tiene
el departamento de mueblería, cigarrería, lozas y porcelana,
y no se vaya a creer que si de todo hay es porque tendrán
los objetos en cantidades reducidas y amontonados, ocultos a
la vista, cada uno de los mencionados tiene su departamento
especial, que puede funcionar como una casa independiente.
Pero si es de admirar lo mencionado, es aún más admirable el
desfile de compradores o curiosos que entran y salen y más
aún el movimiento de la casa, de los numerosos empleados y
empleadas, ninguno está sin vender una cosa o cuando menos
enseñándola al numeroso público. Las mercancías van y vienen
en máquinas especiales para ser envueltas y entregadas al
comprador. Los ascensores suben y bajan sin descanso,
bastando apenas los varios que hay para satisfacer las
necesidades del público.
El servicio de tranvías es inmejorable, casi todas las
calles tienen línea doble, una para la ida y otra para la
vuelta. El mayor número es a electricidad haciéndolo
funcionar a vapor en los alrededores y a sangre, de estos
últimos muy pocos, y todos o la gran mayoría tienen la mitad
cubierta completamente y la otra descubierta para los que
deseen fumar o tomar fresco. El tranvía, a cualquier punto
que a uno lo conduzca, vale cinco centavos oro, pero hay que
tener presente que con ese boleto se puede hacer un
recorrido de cuatro o cinco millas y como la ciudad es tan
accidentada permite vérsela edificio por edificio desde el
tranvía y gran parte de ella en conjunto al subir una cuesta
elevada.
Entre las cosas más dignas de visitarse para pasar un buen
rato gastando poco dinero es el Chutte, que al mismo tiempo
que exposición, (es) sitio de diversión. Para ir a él<la> se
toma el tranvía que va para el parque, ya en Market Street o
en cualquier calle parálela a ella. La entrada al edificio
vale diez centavos oro y la expide una simpática yanqui que
tiene su despacho a la misma entrada. Una vez dentro se
puede visitar todo el establecimiento: los animales, etc.
Referente a lo último, el museo es muy inferior al nuestro,
teniendo sí algunos ejemplares de que nosotros carecemos,
entre ellos cinco focas, vistosos guacayamos y algunos
propios del país. Lo más curioso es un hermoso caballo
blanco, de tamaño común, pero cuyas blancas crines tienen un
largo de cuatro metros y su cola de cinco, es el que siempre
tiene más visitantes y se han ofrecido por él hasta cuatro
mil dólares. Algo más curioso que este lindo ser itTacional,
lo es uno racional, que es el hombre más pequeño que se
conoce en el mundo, su peso es de catorce kilos y su
estatura de 18 pulgadas, la cabeza es algo desproporcioada y
su voz es muy chillona. Se encuentra también allí un
ferrocarril diminuto en que el ancho de la vía es a lo sumo
de tres decímetros, y el alto de la locomotora de 0,6
metros, en los diminutos vagones sólo caben
cuatro niños; es una verdadera monada aquello y hay que
ver el placer de los pequeños viajeros cuando el trencito da
la voz de partida con su agudo chiflido; saludan a su mamá
como si fuera un gran viaje y el tren se pone en movimiento
permitiéndose largar sendas bocanadas de humo. La longitud
de la vía alcanza sólo a cuatrocientos metros
aproximadamente.
Si a la suma de la entrada se agregan diez centavos más se
puede hacer un gira en la montaña rusa; ésta tiene su
recorrido en forma de espiral teniendo sólo dos espiras y la
extensión de éstas es aproximadamente (de) 1500 metros. Hay
en ella pendientes tan bruscas que parece más bien que cae y
no que rueda; al llegar a una curva uno puede caer en
peligro, pues aquélla es muy cerrada y la velocidad con que
llega es vertiginosa. Antes de terminar la última espira hay
una gran boca de un animal fantástico, con enormes dientes.
De lejos, yendo en el coche parece aquella boca muy pequeña
y que en ella nos fuéramos a estrellar. La velocidad es tan
grande que antes de darme cuenta del fantasma, aquél ya nos
ha tragado y nos encontramos en una tiniebla completa,
después de tres minutos, allá muy lejos aparece la mar y un
faro a l(os) que nos acercamos, pero tampoco nuestro convoy
se detiene y luego estamos nuevamente a la luz del día,
terminando nuestra gira.
Sumamente curiosa es la cámara oscura: en una especie de
plato, situado en una pieza de poca luz, se ve por cierta
combinación de la luz que viene por un gran tubo colocado en
el techo, todo el movimiento de la ciudad de San Francisco,
incluyendo el de la misma exposición: los edificios, las
calles, los transeúntes que van y vienen, los tranvías que
recorren las calles, los visitantes de la exposición, la
montaña rusa, la caída, etc.; para verlo hay que abonar diez
centavos más.
Una cosa que al verla por primera vez asusta es la caída;
consiste en una pendiente sumamente brusca, que viene a
rematar en un pequeño lago. A ese lago viene a caer un
grueso chorro de agua que viene de la pendiente. Como es de
comprenderse la fuerza de esa corriente líquida es
irresistible y arrastra en su rápida carrera todo lo que
encuentra. En el otro extremo de la pendiente hay una
plataforma y desde allí se larga por la pendiente líquida un
bote lleno de gente; éste viene como una flecha, tanto que a
uno le da una sensación (de vértigo), y al encontrar la
superficie horizontal del lago con su gran velocidad, pega
un enorme salto de 15 ó 20 metros, cayendo nuevamente en el
agua: esto es un ejercicio muy agradable, exento de peligro
y de mojarse.
Después de las diversiones mencionadas, <hay> (está) el
laberinto. Pasamos nosotros por allí sin damos cuenta, y nos
paramos para oír las proclamas que un individuo hacía en
inglés al público como invitándo(lo) a pasar adelante.
Hicímoslo así después de comprar un boleto que nos indicó
por seña(s).
Hecho esto nos abrió una puerta y entramos en un pequeño
cuarto que tenía cuatro puertas. Como allí no hubiese nada,
abrimos una de aquellas puertas y penetramos en otro
exactamente lo mismo; abrimos una de sus cuatro puertas y de
nuevo otra igual; entonces caímos en el engaño, pero no del
todo, pues quisimos salir inmediatamente para no perder
tiempo, y en consecuencia, volvimos hacia atrás, pero
anduvimos como cuarenta minutos abriendo otras tantas
puertas, y no pudimos encontrar la salida: era un verdadero
laberinto y para salir de él tuvimos que pagar nuevamente
diez cts. (=centavos), pues de otro modo no nos indicaban el
camino.
Para no detenemos más en este establecimiento que por otra
parte habíamos recorrido de paso, citaremos el teatro,
concurrido por gran público, que sólo tiene que pagar los
diez centavos de la entrada general. En estas diversiones se
nota también la diferencia de carácter de la raza, aquí se
mira y se goza en completo silencio, tanto como en un templo,
resonando por momentos grandes aplausos, acompañados de
entusiastas chillidos, (lo) que entre nosotros significa
desagrado. Se presenta en el escenario una elegante y bonita
dama, ricamente vestida, su simpática cara, su mirar
picaresco y su suave y melodiosa voz atraen desde el primer
momento. Después de danzar con gracia algunos minutos y de
hacer la coqueta para halagar más, empieza a desnudarse, a
medida que la voz se le va haciendo más ronca, sácase todo
el traje y queda con uno de hombre. Entonces ya se la
empieza a mirar con recelo, al ver aquel cuerpo, alto, ñaco,
sin elegancia, hasta que la elegante dama se saca la peluca
y queda transformada en el bicho más feo que jamás se haya
visto. Después de otro acto seguido a éste, nos retiramos
satisfechos de nuestra visita al Chutte.
Si las calles, los edificios y las diversiones mencionadas
nos habían agradado, nos faltaba aún el complemento, el
parque; por esta causa y como la hora, la temperatura y el
estado del tiempo convidaban a caminar, a la par que
nuestras piernas necesitaban de ese ejercicio, nos dirigimos
al «Golden Gate Parle» o «Parque de la Puerta de Oro». Para
dar a conocer la importancia de este espléndido paseo diré
que, no obstante haber visto bonitos jardines, haber
admirado la riqueza y hermosura de las vírgenes selvas de
Panamá, los grandes bosques de elevadas palmeras de
Acapulco, el hermoso Parque al que penetrábamos nos ofrecía
aún algo grandioso y bello: sus avenidas, sus pequeñas
montañas cubiertas de frondosas y hermosas plantas, surcadas
de innumerables caminos, por esa espesura donde los rayos
del sol no penetraba(n), sus quebradas, sus cuestas, su
pequeña llanura alfombrada de flores de deliciosa fragancia,
sus lagos, fuentes, ya un espeso bosque de aspecto sombrío y
oscuro, ya una pradera llena de luz, ya grandes árboles, ya
un laberinto de colores de las vistosas flores. Se respira y
se contempla allí naturaleza encantandora, nuestro Palermo,
con sus avenidas, sus jardines y sus lagos es como el
bosquejo en pequeño de un aran<de> cuadro.
Los al<r>rededores de la ciudad son también un verdadero
paseo: bonitas casas de madera, con su jardín al frente,
cuando no grandes y aislados edificios, que son una escuela,
o una fábrica, todo hecho con gusto y limpio.
El edificio más elevado es el Cokof, de dieciocho pisos.
Entre los edificios notables hay que citar también el
Cliff-House, con hermosas vistas al mar, numerosas rocas que
se elevan a su frente sobre la horizontal superficie de las
aguas, habitadas por grandes lobos que se ven tendidos
perezosos sobre su duro y marítimo lecho, donde las olas se
venían a romper en blanca espuma, con un bramido semejante
al del trueno lejano. Existen allí los baños más grandes del
mundo, con capacidad para tres mil personas a la vez.
Los astilleros se encuentran algo alejados de la ciudad. El
día que los visitamos estaban en construcción dos acorazados
de doce mil toneladas, dos cruceros y tres torpederos. La
amabilidad del Sñor. Director nos permitió visitar<lo> en
detalle, desde la preparación de la materia prima, hasta la
construcción de los barcos. El taller de las materias primas
donde se preparan los moldes para las diferentes piezas,
barras, tubos, maquetas, ruedas, volantes, etc., el gran
taller de cilindros y engranajes; el de los tomillos, clavos
y remaches; el de dínamos y cables, el de armas, maquinarias,
el asesrradero y muchos otros, notables por la rapidez de
obra y el orden.
Visitamos también los depósitos nacionales de proyectiles,
armamentos, cabul(l)ería, elementos marítimos, situado(s) en
el pueblito de Vallejo, a dos horas de camino de San
Francisco, en el tren y ferry-boat.
El día 19 de Junio o el décimoquinto de nuestra estadía, a
las cuatro de la tarde, las anclas de nuestra nave
abandonaban el fondo de la bahía y poco después nos
dirigimos mar afuera; los cónsules Argentino y Peruano nos
acompañaron corto trecho, reembarcándose en un vaporcito que
los condujo a la ciudad. Abandonábamos la ciudad de San
Francisco en la que pasamos tan agradables días, disfrutando
de las comodidades de una gran ciudad, de sus diversiones y
paseos, a la par que del carácter y educación de sus
habitantes.
Sólo vemos ya tan sólo un edificio de la ciudad que dejamos,
uno solo de los tantos que visitamos, que se encuentra casi
fuera de la ciudad, es el Cliff-Housse, gran<de> edificio
situado casi sobre el agua de la bahía: al perderlo de vista
no se ditinguía nada más que la costa ondulada y las
prominencias del interior. Adiós, bella ciudad del Pacífico,
hasta la vista.
Al dejar la ciudad Norte Americana y penetrar de nuevo en el
corazón del interminable Pacífico, dimos el adiós al nuevo
mundo por el espacio de muchos meses; nos dirigíamos a las
islas más lejanas de los continentes, a las que con
justísima razón se llama el «Paraíso del Pacífico», a las
islas «Sandwich», situadas a dos mil ochenta millas del
nuevo mundo y a tres mil ochocientas del viejo.
Provisto(s) de mejores víveres que en la anterior y penosa
travesía, descansados por la estadía en puerto y con buenos
vientos en fuerza y dirección, la presente se nos hizo muy
corta, sin embargo, <de que> la distancia recorrida es de
2080 millas; sólo fiie de lamentar en esta travesía la
pérdida de un marinero, víctima, de su imprudencia y que,
como es natural, su tumba fueron los abismos del mar; es
notable que su fallecimiento fue al mes justo del anterior,
casi a la misma latitud. Que en paz descanse y sea el último
en nuestro viaje. Que el tañido lánguido y lúgubre de la
campana no nos anuncie otra víctima y que no veamos tragarse
para siempre, el mar, a otro de los que cruzan su superficie.
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