|
En HONOLULU
Son las seis de la mañana; ésta es algo calurosa, pero
agradable; nuestra nave con el paño aferrado y meciéndose
suavemente sigue buen viaje; hacia babor y muy lejana se
distingue una costa, no muy extensa ni muy elevada, es la
isla de (espacio en blanco), hacia proa y algo a estribor,
más cerca que la anterior y con algunas elevaciones
notables, medio<s> cubiertas por las brumas, se distinguen
las tierras de Hohau, donde se encuentra Honolulu, a cuyo
punto (¿puerto?) nos dirigimos. La mañana está brumosa y por
intervalos caen grandes chubascos, que nos hacen pensar en
los capotes de goma, pero muy luego pasan, y hermoso,
ostentando sus vivos colores, aparece el arco de la alianza,
el arco iris, por debajo del cual parece que fuese a pasar
la Sarmiento; un extremo cae al mar, cerca del horizonte, y
el otro matiza con sus colores la cima de uno de los cerros
de la vecina costa; ésta se va destacando y permite que se
reconozcan algunos de sus puntos más caracterizados,
sacándose al mismo tiempo croquis de los que van quedando
por el través. Se nota una depresión en la costa al llegar a
Punta Diamante del que aún distamos algunas millas; gran
número de guardiamarinas sacan croquis desde la toldilla:
son las siete de la mañana: el Comandante mandó vestirse de
traje blanco a todo el personal del barco, incluyéndose en
él la oficialidad y guardiamarinas. A las ocho se izó el
pabellón el que ostentando los gloriosos colores de nuestra
patria, parecía flamear con placer a la entrada y
arribado por segunda vez a la tierra que fuera la primera en
reconocer la independencia a la nación que simboliza.
Estamos casi sobre Honolulu. A nuestro alrededor y algo a
popa hay numerosos bancos de arena; algo más distantes y
cerca de la costa una rompiente cuyas olas se elevan a más
de seis metros, y esa elevada masa de agua corre sobre la
playa arenosa arrastrando en su furia cuanto encuentra.
Serían las ocho horas y treinta minutos cuando nuestras
piezas daban al pueblo de Honolulu el saludo acostumbrado;
al mismo tiempo y como a doscientos metros del atracadero el
ancla agarraba el fondo, quedando parados y en contemplación
los que no estábamos de guardia, de cuanto nos rodeaba.
Próximo a nosotros una barca, cuyo renegrido y manchado
casco, con su arboladura, su mal estado y algunos masteleros
rotos daban a conocer la inclemencia de la mar durante la
travesía; a nuestra proa un gran transporte Norte Americano
llevando a su bordo doscientos ochenta voluntarios, es el
Serman, que días antes viéramos fondeado en la bahía de San
Francisco; este transporte debía continuar viaje a Manila,
en auxilio de sus compañeros. El pueblo de Honolulu quedaba
casi oculto a nuestra vista, al menos sus calles, debido al
paraje en que habíamos fondeado; no obstante se veían muchas
casas sobre estacas, algunas lanchitas tripuladas por los
naturales, medio<s> desnudos, un enjambre de negritos al
costado de nuestro barco, tan nadadores como un pez, y a la
pesca de alguna moneda que se le tirase al agua, las que con
gran admiración nuestra recogían después de un prolongado
zambullón.
Al día siguiente bajamos a tierra, esparciéndonos en la
ciudad, todos por distintos rumbos, formando agrupaciones de
dos, tres, cuatro, cinco cada una.
Honolulu es una población de treinta a treinta y cinco mil
almas, estando en mayoría los chinos y japoneses, que los
norteamericanos y naturales mismos; estos últimos que, en su
idioma se llaman Kanakas, son por lo general muy altos, bien
formados y de una fuerte musculatura; no son blancos, pero
tampoco puede decirse que sean completamente negros; las
mujeres, igualmente que los hombres, grandes y fornidas,
llevan un vestido suelto, completamente caído, lo que hace
que se les noten las formas del cuerpo; lo único lindo que
tienen, salvo el ser robustas y elegantes, son los ojos, que
son grandes, vivos y negros. Puede dividirse la población, y
lo está, en dos barrios; el de los norteamericanos y el de
los chinos y japoneses. El primero es el que tiene los
mejores edificios, los más importantes almacenes y tiendas,
y el segundo, que es el de los boliches) la, inmundicia,
sobre todo el de los chinos. Cosa triste y repugnante debe
ser la estadía en la Gran China, si sus habitantes son como
los que vimos y encontramos en todos los puertos situados
desde el Callao hasta aquí; los naturales no tienen barrio
determinado, y se conforman con construir sus casetas al pie
de los cerros,
más o menos elevada(s) según la nobleza de sus moradores.
Los edificios son por lo general pobres, a excepción de
algunos que son bastante bonitos y de algunas casas de
piedra que son admirables; el pueblo de Honolulu, sin ser
gran cosa, es superior a cuanto hemos visto al abandonar
Valparaíso, si se exceptúa Lima y San Francisco.
El pueblo goza de sus comodidades: tiene tranvías, luz
eléctrica, sus cafés, confiterías, casas de juego, sus
hoteles y surtidas casas de negocios. Por lo dicho se creerá
que Honolulu es un pueblo vulgar y como cualquiera que tenga
treinta y cinco mil habitantes, que tenga luz eléctrica y
tranvía; téngase presente que las islas Sandwich son
llamadas el Jardín del Pacífico y que Honolulu forma parte
de una de ellas, quizás la mejor. No diré de él que sea un
país encantado, pues nada hay sobrenatural, pero sí diré que
es un verjel, un valle florido, un verdadero jardín, nombre
con que ha sido bautizado así como con el de «Paraíso del
Pacífico». Viéndola de una parte retirada y elevada aparecen
establecimientos diseminados en un gran parque. El corazón
mismo del pueblo donde los edificios están continuados y
unidos forman calle(s) de poca extensión; ellas en cambio
son continuadas por hermosas y verdaderas avenidas, llenas
de sombra<s>, que no hacen más que separar y limitar los
parques, más naturales que artificiales, que se extienden a
uno y otro lado. Cualquier calle es continuada así y en esos
extensos parques, de mucha sencillez y llenos de luz que son
obra de la naturaleza, y no del hombre, se ve un bonito
edificio que cualquiera lo tomaría por un paraje de recreo
público, y no por la morada de una humilde familia, quizás
ignorante de lo que tiene. No sólo esos parques naturales es
lo que llama la atención, es lo que encanta recorrer en sus
tardes suaves y nubladas; también las faldas de sus
pintorescas montañas que se elevan gradualmente de la
superficie, permitiendo treparla hasta en vehículos; sus
ondulaciones, lo poético de sus noches de luna<s>, con ese
cielo estrellado, una suave temperatura, al subir por una
cuesta arbolada sintiendo el olor a la naturaleza puede
decirse, y respirando las brisas de todo el océano, eso es
hermoso y esos encantos nos recuerdan nuestra patria, pues
en nuestro egoísmo queremos creer que ella sola es capaz de
brindamos. Al sentirse fatigado por el mucho caminar, al
penetrar bajo la sombra fresca de los preciosos árboles, al
recostarse en el verde pastito que matiza el suelo, al mirar
a lo lejos por entre los árboles cuya caprichosa agrupación
los hace más lindos, al distinguir a lo lejos una humilde
casita, a la par que se siente el murmullo de multitud de
pajarillos y que se ve brincar, correr y revolotear otros,
uno se cree estar en el pedazo de tierra que lo vio nacer o
criarse; le parece que ésos son los mismos árboles bajo cuya
sombra jugó cuando niño; que esa casita habitaban los seres
mas queridos, tal es lo que sentíamos cuando cansados de
buscar el museo, nos internamos, yo y mi amigo Navarro,
en uno de esos parques. ¡Cuánto desearía en mi patria un
pedazo de tierra así! ¡Cuán gozoso vería a la falda de unas
montañas como éstas y en medio de un jardín natural como
aquí, una casita, cómoda y modesta, y en ella como únicos
propietarios a mis ancianos padres disfrutando allí de
comodidad, tranquilidad y placer!
Una comida a lo Kanaka
No obstante la diversidad de razas, de costumbres y de
carácter, en todas hay de todo y si algunas son retraídas y
si egoístas otras, hay otras que en cambio ofrecen sus
servicios al viajero llegado por primera vez. Algunos sirven
de cicerone, otros nos invitan a su casa y nos presentan (a)
sus hijos y esposa.
Uno de éstos últimos encontramos en Honolulu, que sin más
conocimiento de que éramos oficiales residentes allí hace
tres días, nos invitó a una comida y baile, que a fin de que
tuviéramos conocimiento de las costumbres del país, la(s)
haría a la criolla, es decir, a lo Kanaka.
Su esposa parece ser la más noble de los naturales, cuya
reyna hacía ocho días dejó de existir en San Francisco,
donde pasó sus últimos días, cuando no pudiendo sofocar la
revolución que quería destronarla, pidió la anexión de sus
dominios a los Estados Unidos; pues bien, la esposa de
nuestro presentado era la parienta más cercana, en
consecuencia, su casa es el edificio construido a mayor
altura; lo cierto era que llevaba y le daban el título de
Princesa, y a su casa estábamos invitados. A las siete de la
noche nos encontrábamos reunidos en el mencionado hotel los
invitados para el baile; la noche era hermosa, la luna casi
llena estaba por sobre nuestras cabezas, y una agradable
brisa se dejaba sentir de vez en cuando; faltaban cinco
minutos para la hora en que nuestro Príncipe llegase y ya
empezamos a creer se hubiese divertido con nosotros
invitándonos a una casa que quizás no existiese; sin
embargo, tuvimos que arrepentimos de nuetras creencias, pues
a la hora mencionada se nos presentó: con su cara especial,
sonriente, medio ganso si se quiere, alto, delgado, bastante,
quemado; hablaba no sólo el inglés y el kanako, sino también
italiano, que era la lengua que más le entendíamos. Como a
las ocho tomamos el tranvía (éstos son pequeños, no llevan
mayoral y el dinero importe del pasaje debe colocarlo cada
pasajero en una cajita de vidrio) nuestro príncipe, sin
escuchar nuestras instancias se
obstinó en pagar y al efecto depositó un dollar en la cajita,
del que se cobró el importe el cochero.
Del tranvía sólo nos
servimos pocas cuadras, bajándonos y siguiendo a pie; al
poco andar y por una ancha avenida iluminada por los débiles
rayos de la luna, empezamos a trepar una cuesta, ésta se
hacía interminable y ya empezábamos a renegar de la nobleza
de la princesa, pues a no serlo tanto hubiera podido
edificar más abajo y empezábamos -digo- a protestar cuando
al torcer hacia la izquierda unos cuantos metros, estuvimos
delante de un edificio, que no era de lo mejor, pero sin
embargo sencillo y de linda apariencia, muy iluminado y
lleno de banderas del país; la primera presencia no fue mala,
quien sabe lo demás. Tomando un carácter más serio y
respetuoso en apariencia, penetramos en la casa, una vez
allí nos presentó (a) su criolla y noble esposa, mujer de
unos treinta y cinco años, natural de allí, color algo
moreno, muy alegre y de carácter muy resuelto. Penetramos en
una salita improvisada, donde había algunas muchachas; kanakas, todas, una morena alta, gruesa y fornida, capaz de
derribar a cualquiera de un puñetazo; otras morenitas, más
bajas y delgadas, algunas rubias, una muy alta como un álamo,
con el cabello suelto y que parecía una Margarita o
Mercedes, (de las) que existen en la imaginación de J.
Gutiérrez, otras rubias y algunas cuantas viejas; entre los
hombres, un turista, un buen hombre muy comedido y de
carácter alegre, se encontraba allí de paseo, y de paso para
el Japón, varios yanquis y algunos criollos.
El baile empezó
al compás de un piano y violín, bailándose piezas comunes en
todas partes; uno de nuestros compañeros, quizás el que
trataba de bailar con más finura con la rubia alta de
cabello suelto, lo vimos rodar cayendo debajo, y encima de
él la muchacha; eso no fue motivo para que interrumpiesen el
entusiasta vals, que continuaron hasta que sonó la última
nota del piano; terminado el baile, que estuvo nada
halagador por la escasez de muchachas y la dificultad del
idioma, nos sentamos en círculo para ver la bailarina de
aires criollos, la mejor que tuvo el rey, y que estuvo
expuesta en la exposición de Chicago. Pronto empezó la
música del país, cantada y tocada por un negro. Enseguida
penetró la bailarina, era una joven negra, petisa, retacona,
vestida a medio cuerpo, con un vestido de las indias
naturales, hecho de palmeras, el baile puramente criollo no
trataré de pintarlo, pues es lo más indecente, de lo peor
que se pueda imaginar.
Faltaba lo mejor, era la comida a la criolla, que nos
permitió conocer las costumbres a ese respecto. En un
corredor hacia el centro del pueblo, se arregló lo mejor que
pudieron: de allí la iluminación de la población perdida
entre los árboles, y la luz de la luna que sobre ella se
esparcía, hacían aquello delicioso. Allí había una larga
mesa con capacidad como para cuarenta personas: sin ninguna
ceremonia después del baile criollo, nos hicieron pasar a la
mesa, alternando las sillas; tuve por mala fortuna sentarme
al lado de una vieja que no
sólo era poco conversadora,
sino que no le entendía ni papa. Apenas sentado(s) a la mesa
notamos la falta de ciertas herramientas para nosotros
indispensables, como ser servilletas, tenedores, cuchillos y
cucharas, no sabíamos si aquello era un olvido en mi asiento,
y me disponía a pedirlos, cuando vi que mi compañera tomaba
de un platito con los dedos un envuelto con chala, lo abrió
y lo puso en mi plato, era pollo lo que allí había; tomó
otro para sí, hizo la misma operación, es decir, quitóle la
chala y lo colocó en el suyo; todos hacían lo mismo; al lado
había, en un pequeño plato, una especie de salsa, de la que
mi compañera levantó un poco con el dedo y lo iba a colocar
sobre mi presa si no la hubiera contenido apresuradamente
con «/ do not, please», yo no gusto, pero su trabajo no fue
perdido pues lo puso en el suyo; traté de comer o por lo
menos probar de aquello: no estaba muy rico, pero era muy
tierno y tenía un gusto agradable, que agregado al hambre
que tenía lo hacía mejor; terminado el primer plato, se
trajo otro, también envuelto y comido a dedo, era carne de
chancho; luego pescado seco y crudo, que aquella gente
come<n> con tanto gusto; terminado, dieron comienzo al
contenido que había en una gran taza de loza, y que la vista
semejaba a engrudo; creí que para comer aquello traerían una
herramienta especial, aun cuando criolla; pero no sucedió
así y la rubia del frente metió sus dedos mayores de la mano
derecha en la taza, revolvió, sacó la mano, e introdujo todo
lo que pudo los dedos en la boca, sacándolos después de
darle(s) un gran chupetón y de hacerlo(s) sonar al sacarlo(s);
esto ya llegaba al colmo, pero, ¿no nos habíamos
comprometido<s> a asistir a una comida kanaka? ¿Y no era
ridículo no intentar siquiera probar lo que nuestras
compañeras de baile comían con tanto agrado? Así era, en
efecto, y después de todo, ¿quién no me decía que aquello
fuese algo excelente?
Un poco animado con este raciocinio, a
la vista de mi gran taso (?) hundí mis dos dedos cuan largos
eran, revolví y los llevé a la boca. La lengua, más prudente
que los dedos, apenas tocó<aron> aquella mezcolanza de agua
salada y pegajosa como engrudo, retiré con ligereza la mano,
tanto que creo que me notaron, y uno de mis compañeros me
dijo en alta voz: ¿qué tal con el experimento? Lo peor es
que tenía los dedos engrudados y no tenía cómo limpiarlos,
pues no había servilletas y no quería quedarme sin pañuelo
depositando en él esa sustancia. Hice un esfuerzo, al fin no
era veneno, cerré los ojos y con gran ligereza me llevé los
dedos a la boca, retirándolos limpios. Bueno, me dije, ya
tienes bastante para juzgar una comida a la criolla en las
islas Sandwich, y no quise probar nada de aquellos potajes
que se hacían repetir. Una sandía como postre, vinos y
licores dieron fin a aquella notable y curiosa comida, que
me dejó con más hambre que la noche de ayuno en bahía Borga.
Nuestro día de partida se
aproximaba, es hoy el Nueve de Julio, rara coincidencia, que
siendo Honolulu la primera en reconocer nuestra independencia, sea allí donde se festeje el día conmemorativo; las
fiestas de este día Patrio se redujeron a izar el pabellón,
a los acorde(s) de nuestro himno y el empavesado
reglamentario en tales días, estando en puerto. A las cuatro
de la tarde se corrieron tres regatas, siendo premiados los
ganadores con una libra esterlina, a la noche se hizo uso
del engalanado eléctrico.
Al día siguiente, como a las 11 p.m. se empezaba a levar el
ancla y, momento(s) después, poníamos la proa mar afuera;
algunos barcos nos despidieron haciendo tocar sobre cubierta
sus bandas de música, los que las tenían, o cuando menos un
tambor o un trompa; no esperábamos una despedida tan
cordial; un vaporcito con una banda de música y acompañada
de algunas muchachas, señoras y hombres nos acompañó,
siempre tocando, hasta muy retirado de la costa. Mucho nos
agradó esa prueba, máxime si se tiene en cuenta que no la
habíamos recibido en ninguno de los anteriores puertos, y si
se tiene<n> en cuenta que la travesía por hacerse era de
tres mil ochocientas millas.
De Honolulu a Yokohama *
La travesía por hacer entre Honolulu y Yokohama, de tres mil
ochocientas millas, es la más larga de nuestro itinerario, y
quizás una de las más peligrosas.
Hoy <somos> (es) ya Io de Agosto, la larga travesía va ya
tocando <a> su fin, los vientos nos han sido sumamente
favorables, hemos descendido inmediatamente al paralelo 18°,
que lo hemos seguido hasta la longitud de Io 0 en que
hicimos la virada para entrar en la verdadera zona peligrosa
al dirigimos al N.O. Es de hacer notar que en la presente
navegación no hemos vivido el día 22 de Julio de 1899, pues
no existió para nosotros. Nuestro continuo navegar en la
misma dirección que se mueve el Sol hace que éste cada día
nos encontrase más tarde de lo que si estuviésemos sin
movernos; esto da por resultado que al llegar al meridiano
180° el Sol nos encuentra 12 hs. más tarde de lo que debe,
es decir, medio día más tarde y siguiendo <da> en la misma
dirección al llegar al meridiano superior de Green wich
tendríamos atrasadas 24 horas, o sea un día en la fecha; por
esta causa, es decir, para evitar esa discordancia en un día
más que los que se cuentan en cualquier parte del mundo,
pasamos directamente del día viernes 21 de Julio al domingo
23 del mismo.
Como dejo dicho, hace ya 20 día(s) que nos encontramos en el
Gran Océano, dirigiéndonos a la ciudad de Yokohama. Hemos
penetrado en la región de los tifones; por fortuna no nos ha
tomado ninguno de esos terribles huracanes que casi nunca
dejan flotando embarcación que encuentran, grande o pequeña,
sin embargo el tiempo es de lo peor, hasta el presente la
fuerza del viento que hace crujir la arboladura y silbar los
cabos apenas permite largar las gavias y éstas con todas sus
manos de rizos; las olas, que semejan montañas líquidas, no
respetan los seis metros de altura de la borda, para
precipitarse en rudos golpes en cubierta, barriendo cuanto
encuentran a su frente, contra ellas, para hacerlas menos
fuertes, se han colocado bolsas de aceite y a fin de
pulverizar la masa, capaz de arrancar una pieza o llevarse
un puente, se ha colocado un riel de gruesos cabos a cada
banda, los que fraccionan la ola antes de caer en cubierta,
debilitando así su acción; no hay para qué agregar lo duro y
largas que se hacen en esos días las horas de guardias,
teniendo que mantener el equilibrio contra los rolidos,
sobre una cubierta bañada por momentos por las olas,
pudiendo apenas caminar, exponiéndose a ser derribado por un
golpe de mar y recibiendo durante todo el tiempo la lluvia
torrencial que duró cuatro días.
Hoy <somos> (es) 6 de Agosto, a la región de los tifones
ha<n> seguido la<s> de las calmas chichas; el barco con sus
35 velas no da ni dos millas; el tiempo es suave, el
descenso del barómetro indica próximo mal tiempo; esto, y
como estamos casi parados, obliga a encender los fuegos y
dar avanti con las cuatro calderas, a diez millas por hora;
dentro de cinco días debemos dar fondo en el deseado puerto
de Yokohama, a donde nos dirigimos desde hace 26 días.
Al principal puerto del país original y Oriental por
excelencia, al Japón, donde nuestra bandera que flameará
allí por vez primera, es casi desconocida, si no
completamente; nuestra nave, pedazo de nuestra Patria, debe
presentarse en el mejor estado, no obstante <de> la
inclemencia de la mar: sus palos y vergas lavados, la
pintura de su casco retocada y completamente pintadas sus
cámaras, camaretas, sollados, pasadizos, baños y todos sus
compartimientos, su paño cuidadosamente aferrado y los palos
enfundados. ¡Cuán distinto es el aspecto interior de nuestra
nave ahora, que pocos días antes, con su paño empapado por
la lluvia, la cubierta bañada por las olas, las cámaras y
camaretas húmedas, sin luz ni aire en un continuo soplar y
en continuo peligro!
Son las cinco de la mañana del día 11. Nuestros cálculos
continuados nos hacen esperar la vista de tierra apenas se
aclare el horizonte, algo brumoso: la mañana es templada,
algunas aves marinas de blanco plumaje revolotean delante
del barco: las nubes algo apelotonadas y con vivos colores
del crepúsculo se dejan ver hacia la proa. Son las 5 hs. 25
apenas destacándose entre las brumas, se distingue tierra
por la proa hacia estribor. ¡Tierra después de 30 días de navegación, y tierra Japonesa! Pronto aparece tierra por
babor y tratamos de situarnos por marcaciones a la vista de
la carta; no obstante el pico del Fuji Y ama, de 3500
metros, no se veía y esto nos hacía dudar un tanto.
Seguíamos proa a tierra con los gemelos enfocados, trataba
de buscar ese elevado monte, cuando de pronto aparece con su
elevada y enorme mole de forma completamente cónica y su
base cubierta por espesas y blancas nubes. Inmediatamente lo
comuniqué al oficial de derrota que desde muy temprano se
paseaba en el puente, una exclamación de satisfacción y
elogio al hermoso pico fue la contestación que me dio al
indicárselo y verlo. Corrió al taxímetro y después de unas
cuantas marcaciones, me dio la orden de comunicar al
Comandante que había abandonado el rumbo ordenado por estar
ya situado a vista de tierra. Sin duda ya, seguimos
avanzando en la seguridad de que en breves horas daríamos
fondo en Yokohama. Sólo un barco a vela y a vapor se veía
próximo a la costa, navegando en la misma dirección.
Acabamos de dar fondo en el puerto japonés, como a tres
millas de la costa.
En el Japón
A las 9 hs. 30 a.m. dábamos fondo en el puerto de Yokohama.
La bahía es muy abierta y ofrece poco reparo a los barcos
fondeados en ella algo distantes de la costa. Se ve desde a
bordo un inmenso rompe olas en forma de semi-círculo para la
protección de todos los barcos que no sean extranjeros de
guerra, lo(s) que sólo dejando sus cañones pueden penetrar;
la entrada principal, que queda en la parte más alejada de
la costa, está indicada por dos balizas. La de la izquierda
pintada de blanco y de rojo la de la derecha. La otra
entrada queda en el extremo izquierdo del rompe olas, pero
ésta es sólo para lanchas, remolcadores y embarcaciones
menores en general. Aproximándose a nuestro barco se ven
numerosas lanchas, de forma y construcción especial, proa
muy aguda, popa sumamente levantada y de construcción
sumamente ruda: son manejadas por grandes remos que se
apoyan por un saliente al medio, próximamente del remo, y
que encaja en un hueco de forma adaptada, hecho en la borda:
casi en la popa tienen también una gran vela cuadra(da). que
la izan y arrian con gran prontitud; están todas tripuladas
por japoneses casi desnudos o desnudos completamente, sin
más que unas fajas o simple bolsa que les tapa lo
indispensable.
Dentro del rompe-ola cuya construcción es de piedra y que
sobresale un metro en la baja marea, se ven varios paquetes
japoneses y uno inglés; el movimiento del puerto, si bien es
considerable, no lo es tanto como sería de esperar del
puerto principal de una nación que tiene cuarenta millones
de htes. (=habitantes). Casi día por medio entra o sale un
paquete, cuando no un transporte y algunos barcos de guerra.
Los tifones, que por lo general se hacen sentir una o dos
veces al año en los mares del Japón y los malos tiempos muy
frecuentes, son también sumamente peligrosos en la bahía y
en el caso de los primeros, la única salvación es hacerse a
la mar para no ser estrellados en las rocas de la costa.
Estos malos tiempos son anunciados con varias horas de
anticipación por el semáforo con un globo rojo durante el
día y con una lámpara roja durante la noche; se indica al
mismo tiempo si el mal tiempo es en la costa, en alta mar o
en el interior, así como también la dirección y fuerza del
viento.
La ciudad desde a bordo se nota que es muy extendida, pero
no pintoresca.
A las cuatro de la tarde se permitió bajar a tierra a los
que no estuviesen en el trozo de guardia, como de costumbre
en los puertos, inmediatamente (los guardiamarinas) quedaron
listos para la primera voz de ¡lancha a tierra!
Algo experimentado en la no conveniencia de bajar a tierra
el primer día, no lo hice, ni tampoco el 2o, por estar de
guardia; de esto tuve pronto que felicitarme, pues mucho más
que la idea de bajar a tierra me alegr(aron) las seis
carta(s) de mi familia que me entregaron al siguiente día;
abiertas todas y puestas en orden de fecha, las saborée
lentamente una tras de otra.
Terminada que hube mi guardia, me decidí (a) bajar en la
lancha de las ocho; la distancia hasta atracar era
próximamente de tres millas; al aproximamos notamos la gran
cantidad de ginrikishas, carritos tirados a manos, y que
sólo pueden llevar una persona, que iban y venían en todas
direcciones.
A los diecisiete minutos entrábamos a un canal y momentos
después atracábamos contra un murallón de piedra, al lado de
una escala; saltamos a tierra y multitud de ginrikisha(s),
cada uno con su carrito, nos rodearon, haciéndonos
grandes reverencias para que tomásemos cada uno el de él;
como esto nos era indiferente, nos sentamos uno en cada uno
y partimos al trote de aquellos caballos inteligentes y
razonables; nos llevaron al barrio extranjero, a la orilla
de la bahía, que es sin duda el mejor; visitamos el Gran
Hotel, lindo edificio, bien montado y servido por japoneses.
Tomamos nuevamente nuestros cochecitos y nos hicimos llevar
al centro de la ciudad.
Natural que no acostumbrados a ser arrastrado(s) por un
hombre y más como aquellos, chiquitos y al parecer de no
mucha resistencia, apenas anduvimos cuatro cuadras al trote
lo hicimos detener y en inglés les hicimos entender que
debían tomar descanso, a lo que nos respondieron que podían
trotar durante una hora de esa manera, sin fatigarse
demasiado; esto nos pareció exagerado, pero vimos la
realidad cuando más tarde nos arrastraron al trote en un
trayecto de cerca de cuarenta cuadras sin detenerse siquiera
para respirar. Penetramos en una calle completamente
japonesa; la impresión no la esperábamos así; calles
sumamente estrechas, casas bajas de tejas y maderas,
agrupadas, puertas grandísimas y el interior lleno de
mercancías amontonadas y en ellas las familias; casi
desnudos los hombres, los pequeños completamente en la gran
mayoría; otros por el contrario llevando vistosos trajes,
especie de túnica con grandes mangas, bien ceñido el cuerpo
por anchas fajas, otros de distintas formas, dejando ver las
piernas desnudas; ios numerosos transeúntes, vestidos
igualmente con grandes sombreros en forma de sombrilla
algunos, grandes figuras pintadas en las faldas y mangas y
el cuerpo cubierto casi completamente de tatuajes los que
andan desnudos; botines sumamente originales y de distintas
formas; en las mujeres el vestir es más uniforme, y es
bastante parecido al del hombre, llevando hacia atrás un
gran moño, el vestido ajustado al cuerpo; esto y el botín
que usan las obligan a caminar con mucho cuidado, haciendo
un paso corto y algo apresurado. Todos los japoneses, y aún
entre sus animales, se nota que son muy bajos y la estatura
media será de 1,55 para los hombres y 1,47 para las mujeres;
los pequeños de un año o año y medio son bonitos,
haciéndolos más el trajecito y el modo como le(s) cortan el
pelo. La construcción de las casas, de madera o tejado, sus
anchas puertas, sus mercancías a la puerta, el modo de
vestir de los habitantes. Ie(s) dan un aspecto sumamente
oriental, lindo y sorprendente, para los que. como nosotros,
nunca los habíamos visto. En esas casas miserables de por sí.
con unos pobladores, de vestir sumamente sencillo y aún
pobre, hay-grandes riquezas en sederías, porcelanas, lacas,
hermosos cuadros de laca<s> y marfil o nácar y trabajos
artísticos y de gran paciencia de marfil y sobre el bambú,
que demuestran el gusto que tienen para ello.
Seguíamos por esa larga y estrecha calle, viendo siempre los
mismos edificios y la misma construcción; ni una plaza ni un
monumento. Dejamos por
fin esa calle para tomar otra exactamente lo mismo, sin más
diferencia para nosotros que el sentido en que corría,
siempre las mismas casas, todas con sus grandes puertas, sus
mercancías amontonadas en la mayoría, sin notar ninguna que
no fuese un bazar, una casa de porcelanas.o lacas o de venta,
en fin; de familia exclusivamente, ninguna vimos; siempre el
gran número de Japoneses con su original manera de vestir,
haciendo ruido como de calafates con sus botines de madera;
las mujeres con sus lindos peinados, que tanto cuidan y
tanto les cuesta hacer; sólo dos o tres veces se peinan, y
en ello hay razón, pues es un trabajo algo delicado y que
necesita mucho tiempo y a fin de conservarlo en buen estado,
al acostarse apoyan el cuello en una madera de forma
prismática.
El excesivo calor y la hora un poco avanzada nos hizo pensar
en el regreso al Gran Hotel donde acordamos almorzar,
después de tomar una cerveza y convidar a nuestros
ginrikisha(s), que se deshacían en reverencias, volvimos al
hotel y, sin pagarles a nuestros cocheros-caballos, fuimos a
sentamos alrededor de una mesita bajo un extenso corredor de
donde se dominaba perfectamente la bahía. A las 12 hs.
empezó el almuerzo, bastante concurrido por los
guardiamarinas de nuestro barco y oficiales N. Americanos
procedente(s) de Manila, de regreso a su patria; era de
adivinarse lo mucho que debían haber sufrido, ya por el
clima u otras causas, cuando volvían tan extenuados,
descoloridos y flacos.
A las dos tomamos nuestros carritos para empezar a recorrer
la ciudad con algún orden.
Visitamos el Correo, uno de los pocos edificios digno de
notarse entre los pertenecientes a los Japoneses en
Yokohama, donde depositamos algunas cartas y se hizo un
telegrama cuyo costo era cinco yens cincuenta centavos la
palabra (un yen es una moneda japonesa de papel y que tiene
muy aproximadamente el valor de un peso nuestro).
Salimos del Correo, seguimos por una ancha y linda avenida,
cuyos edificios eran de construcción europea. Doblamos por
una estrecha calle que seguimos hasta llegar a un parque
donde había un bazar Japonés.
Allí bajamos y después de contestar a una profunda
reverencia de la dueña o encargada penetramos en el salón;
hablaban allí inglés, por lo que nos fue fácil hacemos
entender, para poder examinar, tocar y averiguar el precio
de los objetos; lindos cuadros en laca y marfil, numerosos
cuadros en relieve, trabajos artísticos y mil curiosidades,
trabajos delicados en bambúes, porcelanas. sederías, etc.
Hicimos algunas compras de poca monta y nos retiramos no sin
que antes nos hicieran la gran reverencia; colocamos
nuestros paquetes en el carrito y continuamos nuestro paseo.
Dirigímonos ahora hacia fuera del centro, a los alrededores;
cruzamos muchos canales por sobre puentes, hasta llegar a un
lugar accidentado; dejamos el cochecito y seguimos con uno
de ellos, como intérprete, trepando por una escala de poca
elevación por dentro de los árboles, llegamos a un templo;
éste de modesta apariencia, tenía a su alrededor tumbas de
nobles y algunas estatuas. Nos aproximamos con el respeto
debido y nos pusimos a observar, dispuesto(s) a no perder
detalle de aquella ceremonia religiosa, tan distinta de la
nuestra. El aspecto interior no recordaba de ninguna manera
los nuestros: pocos adornos, ni una cruz ni imagen visible,
ni objeto de los nuestros; unos cuantos objetos sencillos,
una bandeja de frutas y un cuadro representando un monstruo
humano era todo cuanto a primera vista se veía. Dio la
casualidad que estando allí empezase a celebrarse lo que
podríamos llamar la misa; eran dos sacerdotes de traje
sencillo, con una especie de sotana de color amarillento. El
respeto, las reverencias y el silencio reinaba(n) allí como
en cualquier templo de «Cristo». Uno de ellos, después de
hacer una profunda y detenida reverencia, tomó una especie
de palmeta de madera, la llevó a su frente y se inclinó
sobre ella orando despacio, permanenciendo así cerca de un
minuto; levantóse con mucha pausa y estirando un rollo de
papel o pergamino empezó a orar en voz alta; mientras tanto
el otro sacerdote permanecía arrodillado e inclinado hasta
casi tocar el suelo. Había entre quince o veinte oyentes,
los que al llegar daban tres palmaditas antes de
arrodillarse y tres al levantarse para retirarse, igual cosa
hizo al terminar la misa nuestro sacerdote.
Una vez terminada la misa, muchos de los oyentes se
retiraron, dando las tres palmaditas; quedaron siete u ocho
entre ellos, una mujer con un pequeño en los brazos, de dos
o tres meses; el padre del pequeño y de dos más, uno de
siete años y otro de 10 próximamente. Sin duda íbamos a
asistir a un bautismo; en efecto, así fue; el segundo
sacerdote se levantó y después de algunas ceremonias y
oraciones tomó una vara con cintas, se aproximó a la madre
con el pequeño en los brazos, hincóse delante de ella y en
esa actitud y después de algunas palabras movió la vara
hacia un lado y otro, como diciéndole «hijo mío, tales
faltas las desecharás, las harás a un lado o a otro»; se
levantó, volvió con una pequeña vasija conteniendo un
líquido, lo presentó a la madre, la que con el dedo pequeño
llevó una gota a los labios del. niño<s>, con el que le
limpió los labios por repetidas veces, con lo cual el pecado
original quedó borrado, el resto lo dio a sus otros dos
hijos para que lo bebieran y lo hizo ella misma. Con esto
terminó aquel bautismo, tan distinto de los nuestros. Nos
retiramos de allí, pensando yo en las ceremonias que
acabábamos de presenciar, en el respeto que allí se tenía,
como en nuestros templos, y en la creencia de aquellos
hombres: nosotros nos prosternamos ante un «Cristo», ellos
ante un «Buda», los que a «Cristo» llaman el «Dios» son casi
la mitad de los habitantes de la tierra; los que a «Buda» es
casi la otra midad. ¿Cuál de los dos está en lo cierto? ¿Cuál
es la verdadera religión?
Quizás las dos; quizás ninguna, y
tanto una adorando a Jesús y la otra a Buda, tienen por
único fin recordamos el respeto que debemos tener a un ser
superior a todo lo creado. Nos dirigimos enseguida a un té,
bajo la sombra de los árboles. Allí, en ese fresco paraje,
nos abandonamos a un banco de tosca madera para descansar y
admirar el bello panorama de la ciudad a esa altura; un
pequeñuelo se entretenía en atrapar chicharra(s) con una
larga caña en cuyo extremo tenia pega(-pega); las que tomaba
las depositaba en una pequeña jaula de alambre. Nos
sirvieron un té, por supuesto, un té a la japonesa, hecho en
pequeñas teteras y servido en tacitas que se podían vaciar
de un sorbo, pero ese té, de color verdoso, sin azúcar, sólo
podía ser agradable para los hijos del Japón; en
consecuencia, pedimos cerveza, la que una vez en nuestras
barrigas, pagamos y nos retiramos; bajamos la pendiente por
otra escala y seguimos a pie por una callejuela sumamente
estrecha. Era aquello un bazar, en la cantidad de diversos
objetos y en la manera como estaban dispuestos y más por el
enjambre de japoneses, hombres y mujeres, que iban y venían;
sin detenemos allí, fuimos a salir a una no tan estrecha,
donde ya nos esperaban nuestros ginrikishas, trepamos en
nuestros cochecitos y partimos al trote en dirección al
atracadero, pues no queríamos perder la lancha de las 8, que
debía conducimos a nuestro barco.
Al siguiente día a las 8 hs. 45’ nos encontrábamos de nuevo
en Yokohama, de paso a la gran capital del Japón, a Tokio, o
«Capital del Este», antiguamente llamada Yedo, «Puerta de la
Bahía», residencia del Mikado y capital del Japón desde el
año 1869, situada sobre la desembocadura del río Sumida-Gava.
Inmediatamente que nos encontramos en tierra tomamos un
ginrikisha cada uno el que en 15 (no alcanza a leerse el
número con claridad) minutos salvó la distancia de 20
cuadras que separan el atracadero de la estación ferroviaria.
Compramos nuestros boletos y penetramos en ella, abriéndonos
con dificultad camino entre aquella multitud de gente que
formaba rueda para vemos y que hacía<n> tanto mido con sus
botines, de gruesa madera. El tren aún no había enganchado
sus coches y tuvimos que esperar diez m inutos en
contemplación de aquellos rostros, algunos simpáticos, como
lo eran ciertas Geishas. pero la mayoría, y en especial en
los hombres, (de) feas facciones, color oscuro amarillento,
vestidos de diversas maneras, algunos casi desnudos, lo que
como es de suponerse, formaban en la rueda de curiosos que
nos observaban; por fin la voz de listo se dejó sentir y
aquella masa, haciendo ruido infernal con sus calzados, se
dirigió hacia la única puerta expedita y donde el boleto era
examinado; pasada esta portezuela y doblando a la derecha
nos encontramos frente a los coches colocados en orden de
jerarquía: Ia clase. 2a y 3a: el nuestro
ra de 2', pues era lujo los de primera, <pues> (pero) la
comodidad era la misma, y los de tercera reunían las
condiciones de uno de su clase. El tren se iba a poner en
movimiento, trepamos a nuestro coche y tomamos asiento,
dirigiendo nuestras miradas a las diversas prevenciones y
avisos puestos en cuadros, pero como estaban en japonés,
nada dedujimos de ellos.
Hacía<n> cincuenta minutos que
habíamos partido cuando el convoy paró en una grande pero
sencilla estación: estábamos en Tokio. Un gentío inmenso
había allí, de japoneses que iban y venían en todas
direcciones; atravesando en gran corrida el lugar, y después
de entregar nuestro boleto, salimos de la estación,
encontrándonos en una de las calles de la gran ciudad del
Este. Tomamos inmediatamente unos de los carritos tirados a
brazos y nos dirigimos al Hotel Imperial, sin ver nada de
notable hasta llegar a nuestro destino, quince minutos
después en que nuestro hombre nos paró casi de golpe a la
puerta, nos bajamos para recoger algunos informes, y pocos
minutos después doblábamos por una angosta calle que en nada
se diferenciaba de las de Yokohama; nuestros ginrikishas,
como los que hasta entonces nos servían, hablaban inglés,
por lo que nos fue fácil hacemos conducir a (una) casa de té
Japonesa; anduvimos veinte metros antes de llegar, por
varias calles que nada parecían diferenciarse entre sí:
siempre la misma construcción, la misma elevación, ninguna
arquitectura ni pintura ni lujo exterior, las mismas anchas
puertas, vistosas y finas telas, casi todas de ricas sedas,
juegos de té soberbios que nos hacían pensar en nuestro
reducido sueldo, artísticos trabajos en grandes cuadros de
marfil y laca, tejidos de pajas, delicados trabajos en
marfil, de japoneses animales y templos en miniatura, ricos
muebles, labrados y trabajados con gusto y elegancia, todo,
en fin, era tan halagador a la vista que cada cosa nos
parecía de más valor y curiosa que la anterior.
Por fin
nuestro cochecito es parado y nuestro guía cochero nos
indica la puerta de una (casa de) té; pasamos un pequeño
jardín e íbamos a entrar a un saloncito cuando una japonecita como de unos 15 años, después de hacemos las tres
reverencias acostumbradas, nos dio a entender por el guía
que debíamos quitamos los botines. Nada más fácil que eso
para algunos de nosotros y nada más comprometedor para uno
que tenia todo un talón fuera de la media, esto fue un serio
obstáculo que se remedió diciendo que volveríamos más tarde:
tomamos nuestros cochecitos y partimos con rapidez a una
casa china a comprar medias especiales de seda para visitas
japonesas: pocos momentos después cada uno descalzo y
luciendo rica(s) media(s) de seda trepábamos una muy limpia
escala, ésta nos condujo a un segundo piso, piso como nunca
he visto, hecho de tupido tej ido de estera: entonces al
pisar aquel la especie de acolchado y tan limpio como una
mesa tendida, nos dimos cuenta de por qué nos hacían sacar
los botines. En todas partes, en las tiendas, templos, casas
de familia, etc. se obliga a lo mismo
por la misma causa; ellos mismos no usan botines en sus
casas; una vez dentro, la misma que nos había servido nos
trajo un almohadillado de estera, para que, puest<a>(o) en
el piso, nos sentáramos sobre él. Hicímoslo así cruzando las
piernas sobre aquella limpia estera en espera de lo que iban
a hacer. A poco rato apareció otra trayendo una cajita llena
de ceniza amontonada, en forma de cono, con una taza en el
vértice, un tubo de caña con un líquido (y) una pantalla
para cada uno. No nos dimos cuenta del uso de aquello y
creíamos era para colocar en él la tetera que aún no habían
traído, a fin de que no se enfriase; otra japonesa apareció
con un juego de pequeñas tazas y una teterita. Sentóse sobre
la(s) rodillas, nos saludó y a la vista nuestra preparó el
té; cansado(s) de nuestra incómoda postura, nos recostamos
sobre la blanda estera, era aquello tan agradable, tan
limpio y fresco que convidaba a un apacible sueño y poco
faltó para que alguno de nosotros quedase profundamente
dormido; servido el té, té verde y sin azúcar, empezamos por
probarlo, pareciéndonos un té de malvas, si bien en el fondo
tenía un sabor sumamente agradable. El tiempo iba
transcurriendo entre aquella agradable compañía cuando
llegaron ricamente vestidas seis geishas con sus artísticos
peinados, su flor característica en la cabeza, sus vistosos
y gran(des) moño(s) que todas las japonesas sin excepción
llevan; era(n) una verdadera monaditas: una de 15 años, tres
de trece, dos de doce y una que a lo sumo tendría nueve años,
iban a ejecutar algunos trozos de sus bailes más usuales,
formaron tres parejas cada una con su abanico; empezó su
baile al son de una música tocada por las dos que nos
servían; el aparato musical es algo como nuestra guitarra,
mucho más largo sí y con tres cuerdas únicamente, tocadas no
con los dedos, sino con un asta de marfil. El baile es
sencillo: pocos movimientos de pies y muchos con los brazos,
la manera suave y algunos movimientos lentos y marcados
parecen que fúese(n) en sí algo simbólico, que nosotros por
supuesto no podemos apreciar. Terminado el baile y después
de ejecutar la más pequeña algunas habilidades de equilibrio,
se sentaron las seis sobre las rodillas y nos hicieron el
saludo acostumbrado. Contestamos con un movimiento análogo,
pues no sabíamos qué efecto hubiesen producido nuestros
aplausos. Salimos después de dejar algunos yens, nos
calzamos y momentos después estábamos en el Hotel Imperial.
Este es uno de los mejores edificios en su género en Tokio:
construcción elegante y sólida, grandes y frescos salones,
ventilado y bonito comedor y todas las comodidades que pueda
desear el menos contentadizo. Terminado nuestro almuerzo y
después de visitar algunos templos del Parque Sh i va nos
hicimos conducir de nuevo a la estación, y cincuenta minutos
después nos abríamos paso entre la multitud en demanda de
ginrikishas, los que con un paso tendido nos condujeron al
atracadero.
Respondiendo más que a todo a la atención del gobierno
japonés, nuestro Comandante obtuvo de él permiso para hacer
en detalle con toda la oficialidad del barco una visita a
los talleres de marina, a los cuarteles y al colegio militar,
así también como al ministerio de marina.
El día 21 se dio la orden que al siguiente día todos los
guardiamarinas, a las seis de la mañana, debían encontrarse
sobre cubierta vestidos de gala, pero sin nudos ni espada.
El día amaneció sereno y muy caluroso. Diez minutos después
de la hora indicada nos embarcábamos en el remolque de la
lancha a vapor atracada al costado de estribor;
completamente llena tuvieron algunos que hacerlo en la misma
lancha a vapor donde iba el capitán encargado. La ciudad a
la orilla del mar donde se encontraba<n> multitud de
lanchetas pescadoras y el elevado monte del Fuji-yama, cuya
base estaba cubierta de blancas nubes, la fragancia de la
naturaleza a esas horas nos hacía olvidar los rigores del
calor que tendríamos que soportar en las horas de medio día.
Cuando llegamos al atracadero un verdadero regimiento de
ginrikishas nos esperaba<n>. Estas eran (?) 42; dos para el
capitán y el electricista, una para el intérprete y las
restantes para los treinta y nueve guardiamarinas pues uno
por estar de delicado estado de salud, contraído en la
última travesía, se atendía desde el primer día de arribado
en el Club Hotel.
Imagínense cuarenta y dos pequeños cochecitos tirados por un
hombre cada uno y conduciendo (a) otro, todos igualmente
vestidos, larga levita, pantalón y gorra blanca y desfilar a
escape por aquellas calles estrechas, llenas de gente
vestida<s> de diversas maneras, y se tendrá una idea del
lindo espectáculo que ofrecía nuestro trayecto del
atracadero a la estación. Ese desfile de oficiales
argentinos es sin duda el primero y será el único por mucho
tiempo, si se exceptúa el del regreso y el del día siguiente.
Grata impresión nos ha causado por cierto, y entre todas
será la más difícil de borrar, vernos todos los estudiantes
del último año de la E(scuela) N(aval) reunidos así, de una
manera tan extraña y en Una de las ciudades más apartadas de
nuestra patria. Es sin duda en esos momentos, en los más
gratos, cuando se recuerda nuestro país; algunos cantaban
aires criollos, si bien comprimiendo los deseos de dejarse
oír a la mayor distancia posible, otros riendo al pensar que
un desfile así no podría andar una cuadra por nuestras
calles de B(uenos) A(ires), pues los pillos se encargarían
de cualquier manera de poner obstáculo al avance de aquellos
cochecitos y caballos.
Visita a los talleres de marina
Sacados nuestros boletos, esperamos la hora de tomar el
tren, entre un gran círculo de japoneses, mujeres y hombres,
ancianos y niños, de diversas categorías; por nuestra parte
no perdíamos el tiempo, pues nos fijábamos detenidamente
entre aquella gente que de muy distinta suerte estaban o
aparentaban estar muy satisfecha. Veíanse muchos ancianos
que apenas podían sostenerse, con un semblante risueño y sin
mendigar a nadie un pan, cosa en nuestra tierra tan común,
no digo a esa edad, sino en hombres y mujeres robusto(s), o
porque les falta una mano, o son sordos, o una desgracia
cualquiera; otras mujeres con el pequeño dormido sobre las
espaldas, y gran número de las casadas, afeitadas las cejas
y pestañas y los dientes pintados de negro<s>; ésta es una
costumbre tradicional, como en las jóvenes pintarse los
labios de rojo. Nuestro examen tuvo que interrumpirse pues
la hora de partir había llegado, el círculo se deshizo, y
todos se dirigieron y nos dirijimos a la portería la que
daba paso para tomar el tren y donde el boleto era
inspeccionado. Ocupamos nuestros coches de primera, cada uno
con varias divisiones y éstas con dos bancos hacia los
costados de capacidad cada uno para cuatro personas. A las
ocho próximamente el tren se ponía en movimiento para
Yokoska, donde estaban los arsenales y talleres de marina.
Es demás mencionar lo agradable de esta travesía, hecha en
nuestras condiciones: cuarenta muchachos, compañeros de
aulas durante tres años en la Escuela, en los placeres en
los puertos anteriores y en la camareta en las largas
travesías de un puerto al otro; por esta causa, difícil era
ver un semblante que no manifestase satisfacción en esos
momentos; sin embargo, es de notarse que el verdadero
entusiasmo y deseo de bajar a tierra y admirar lo
desconocido ya casi iba desapareciendo con las continua<da>s
agradables impresiones de cada puerto, así como el cambio
brusco de las comodidades de puerto o las escaseces de alta
mar no nos hacían pensar como antes.
El tren, después de dar el silbato de partida, se ponía
lentamente en movimiento; a los pocos minutos perdimos de
vista las últimas casas de la ciudad y nos internamos en la
verdadera campiña. El territorio japonés, sumamente
accidentado, nos ofrecía a nuestro paso la vista de verdes
colinas y valles de exuberante vegetación. Hermosas plantas
propias de la región de oriente, como bosques de cipreses,
elevados cañaverales de bambúes y de otras cañas de
distintas clases: tan pronto un valle oscuro con avenidas
naturales sombrías, tan pronto otro completamente iluminado,
de una vegetación de un verde claro. Grupos de árboles
artísticamente colocados por la Naturaleza y en el punto más
bello, bajo un grupo de árboles, dos o tres ranchitos hacían
aquello más hermoso, más poético. Toda la travesía es
sumamente encantadora, ya subiendo con lentitud una cuesta,
ya serpenteando nuestro tren perdido entre bambúes o
cipreses o atravesando las tinieblas de numerosos túneles.
Después de toca varias estaciones, cambiamos con frecuencia de coches, y
después de una hora y cuarenta minutos se nos presentó una
pequeña pero preciosa bahía, donde se encontraba fondéada la
escuadra japonesa.
En la estación nos recibieron tres oficiales de la marina
japonesa quienes nos condujeron directamente a un vaporcito
de la bahía que debía transportamos al otro lado, donde se
encontraban los talleres. Dos acorazados como de ocho mil
toneladas se veían en la bahía, un barco de guerra chino
capturado en la última guerra, con aquella Nación, tenía
pintado hacia la proa y a ambos costados grandes dragones.
Tres diques de carena y un acorazado de doce mil toneladas
en construcción, que sería botado a fines del año de 1900.
Visitamos sus grandes talleres de maquinarias, calderas,
engranajes, cilindros, chapas, aserradero, fundición, moldes.
En estos talleres donde los operarios se cuentan por miles
no se ve ningún extranjero y las cabezas dirigentes son
también japonesas.
Es de gran importancia el taller de construcción del rifle
japonés, modelo propio, que construye(n) 300 en las
veinticuatro horas, o sea cerca de cien mil al año. Existe
también el taller de proyectiles del rifle mencionado, cuyo
calibre es de seis con cinco (milímetros). Un acorazado sale
de los astilleros japoneses sin emplear ningún elemento
extranjero: ni material, brazos, ni cabeza.
Nuestra visita, aunque no muy minuciosa, por la escasez de
tiempo, fue completa aunque fastidiosa por el mucho calor.
Antes de despedimos fuimos invitados a descansar en un
extenso y fresco salón donde nos invitaron con un té y
limonada.
A las doce tomábamos nuestro tren de regreso el que a los
cuarenta minutos paraba en la estación Kamakura, donde
debíamos almorzar.
Kamakura fue en otros tiempos una gran ciudad y de su
antigua grandeza sólo existen ruina(s) de algunos de sus
grandes templos, entre ellos el de los cuarenta y siete
Rounis, que se dieron a la vez la muerte, destripándose y
escribiendo sus testamentos con su<s> propia<s> sangre, sin
exhalar ni un ¡uy!, ni una sola queja. Existe(n) también en
Kamakura, recuerdos de aquellos tiempos, el gran Buda, esto
es, una de las grandes obras del Japón. Tiene el dios
cincuenta y seis pies de alto, y está tan bien proporcionado
que al verlo a la distancia no parece tan grande. Al
acercarse a él parece que se va elevando y cuando se llega
(a él) uno es un pigmeo. El Buda es de bronce y tiene en su
interior o en su barriga un templo sumamente caliente por el
caldeado metal y de una capacidad para unas veinte personas.
La cabeza del dios está cubierta de caracoles para proteger
su pelado cráneo de los rayos solares. Es(tá) absolutamente
prohibido tomar fotografía(s). esto es sólo derecho de los
sacerdotes, que por cierto sacan sus pesos. La estación de
Kamakura es sumamente pobre, sobre un terreno arenoso; la
población queda algo distante, como a dieciséis cuadras.
Bajados del tren, tomamos los pocos ginrikishas que había en
la estación, quedando los demás a la espera de otros. Es ése
un trayecto difícil por lo arenoso y las numerosas bajadas y
subidas, con un calor sofocante donde más he apreciado la
resistencia de los que tiran el ginrikisha, pues ese difícil
trayecto fue salvado en diez minutos a un trote tendido.
Nuestro apetito crecía a medida que avanzaba el tiempo, así
que una vez en el salón preparado en el Kamakura Hotel dimos
pronto fin a ese almuerzo pagado por nuestro Gobierno desde
una distancia de más de seis mil leguas. A las cuatro de la
tarde nos encontrábamos en nuestra camareta, desvistiéndonos
algunos, armando bolinas otros.
A la noche nos comunicaron una nueva orden, la de estar al
siguiente día a las cinco Iisto(s) como esa mañana para
hacer una visita a los cuarteles militares.
En cumplimiento a esta orden, el día 22 a las seis de la
mañana embarcábamos en la lancha a remo y remolque los
mismos del día anterior, más el Comandante y los oficiales.
A las seis y veinticinco tomábamo(s) el tren para Tokio, el
que al cabo de cuarenta minutos paraba en la estación de la
gran ciudad; como en Yokusuka nos esperaban allí varios
oficiales que nos debían acompañar en la visita a los
cuarteles. Fuera de la estación nos esperaban dieciséis
carruajes de capacidad para cuatro personas cada uno, una
vez todos ocupados, partimos al trote de los pequeños pero
lindos caballos que los arrastraban. En ellos recorrimos un
gran trayecto por las estrechas calles de la ciudad,
atravesando algunos canales y cruzando calles llenas de
polvo, como en Yokohama. Se ve en Tokio gran cantidad de
casas de venta de la clase baja, cuyos propietarios andan
casi desnudos, la mayor parte de los hombres de esta clase
con un largo camisón, las mujeres mostrando los pechos y los
pequeños completamente desnudos.
A los veinte minutos habíamos llegado<s> a los cuarteles
militares en Tokio. Estos son grandes y sólidos edificios,
construidos de ladrillos de la mejor clase, de tres pisos
cada uno y de una longitud de cien metros aproximadamente. A
nuestra bajada de los carruajes se nos unió otro grupo de
oficiales del ejército, éstos como los de marina
sencillamente vestidos con trajes de brin. sin siquiera más
que un galón de franela amarilla en la gorra, sumamente
bajitos, como todo japonés, pero vestidos a la europea que
les queda muy mal. con una especie de puñal colgado a la
cintura, una gorra alta con una viserita de un dedo de largo
y la fisonomía propia de todo japonés, parecían más bien
monitos que oficiales.
Después de presentarlo(s) a nuestro Comandante y oficiales,
nos invitaron a tomar un té. en el salón donde ya estaba
preparado se encontraba allí el retrato de Su E. el
Emperador, o Mikado. y la Emperatriz; éstos estaban
enfundados, para evitar que fuesen visto(s) más que de tarde
en tarde. A nuestro pedido accedieron, quitándoles la(s)
funda(s), después de cuadrarse al frente de las fotografías
y de hacerles una profunda reverencia, tal es el respeto que
en esa nación tiene el pueblo a su Emperador. Sin saborear
el mejor té que se toma en el Japón nos retiramos pues había
empezado el ejercicio de la tropa.
Nos dirigimos a un descampado donde un pelotón de soldados
hacía<n> ejercicios gimnásticos de escalar montañas, saltar
obstáculos, ejercicios en la barra, trapecio y cabos, todo
con agilidad y orden, demostrando la larga preparación que
debían haber tenido. Presenciado ese ejercicio nos dirigimos
a otro grupo que hacía<n> la esgrima del rifle, si bien no
con el rifle mismo, con uno de madera de la misma forma y un
poco más largo; este ejercicio que es curioso observar, debe
ser terrible puesto en práctica en un combate.
De cada pelotón salían por indicación del cabo dos soldados,
resguardadas las cabezas por caretas de tejido de grueso
alambre y armados en el arma mencionada, colocándose a una
distancia de diez metros próximamente, cuadrándose el uno
frente al otro, a indicación del cabo, saludándose,
presentando y bajando rápidamente el arma al costado. A una
nueva indicación ponen el rifle en la posición nuestra de
calar el arma, agachan algo la cabeza y se miran frente a
frente, a la tercera voz se precipitan el uno sobre el otro,
dando fúerte(s) alaridos por ambas partes y tirándose a
todas las partes del cuerpo golpes terribles que por lo
general son parados por el adversario. Este ejercicio nos
gustó mucho y fue muy aplaudido.
Pasamos enseguida a presenciar los movimientos del arma de
un batallón correctamente alineado en línea desplegada,
frente a uno de los cuarteles, con su jefe al centro y
adelante. Una vez pasados en el punto de donde debíamos
observar, mandó el jefe del cuerpo echar el arma sobre el
hombro, con voz pausada pero sí muy chillona. El movimiento
se realizó como si todos los rifles fuesen movidos a la vez
por una misma mano, fue preciso y marcando los tiempos. El
paso es largo, los movimientos más sueltos que los nuestros.
Nos parecía contemplar los movimientos de algunos
renombrados cuerpos alemanes y no uno de japoneses, cuya
organización y educación militar creo en nada puede(n)
desmerecer.
Terminado que se hubo el último ejercicio, nos acompañaron a
la visita interior de ios cuarteles. Recorrimos un gran
número de salones y de distintas reparticiones admirando
siempre no sólo el orden y la disciplina que allí se
establecía, sino también <de> la riqueza y valor de esos
cuarteles, que tenían en grandes depósitos cuan(to) puede
necesitar una tropa: ropa de diario, en verano, de parada
para las dos estaciones, ésta última es de rico paño y debe<n>
devolverla cada soldado al término de los cinco años.
La visita a los cuarteles terminó al mediodía. Nuestro
Comandante y los <capitanes> (oficiales) de la Sarmiento
fueron invitados a un almuerzo. Por esa causa a nosotros se
nos dio la orden de dirigimos al Imperial Hotel donde ya se
nos esperaba. Nos sentimos algo cansado(s) de tanto caminar,
del calor y de la tierra que había, esto agregado a que nos
habíamos levantado a las cuatro y que eran ya las once y
media, hacía que nuestro apetito fuese poco común. Tomamos
pues cada uno su carruaje y nos dirigimos al Hotel
mencionado, el mismo donde estuviéramos el primer día de
nuestro paseo a Tokio, es el mejor hotel de esta ciudad,
montado a la Europea pero servido por japoneses, el comedor
es un salón muy grande pero pintado exquisitamente. Había
como se nos anunció, preparada una larga mesa de capacidad
para cuarenta (comensales). Después de lavamos y quitamos el
polvo nos sentamos a la mesa que convidaba con su frescura a
nuestro cansado cuerpo y con sus vistosos platos a nuestro
inmoderado apetito. En esa mesa y salón donde únicamente
nosotros y los que no(s) servían nos encontrábamos se habló
de todo: del presente, futuro y pasado, no habiendo quien no
hiciese notar que en ese momento del pasado año nos
encontrábamos también presente(s) en una mesa análoga, pero
no en el Imperial Hotel del Japón, sino en el comedor de la
E(scuela) N(aval).
Después de saborear un aromático cigarro, tomamos de nuevo
nuestros coches, y nos hicimos conducir al Ministerio de
Marina; una vez allí nos indicaron un parque donde debíamos
encontrar a los demás oficiales. Penetramos en ese parque y
bosque a la vez más natural que artificial y parado(s) a la
fresca sombra, distinguimos a los oficiales a quienes
buscábamos. Una vez reunido(s) seguimos por esa selva
frondosa donde no penetraba un solo rayo de sol en su
interior y de una colina saltaba una catarata de límpida y
fresca agua que saltando sobre piedras y entre helechos iba
a verterse en un cristalino y pequeño lago, donde hacían mil
gambetas los numerosos peces de brillantes y variados
colores que contenía. Bajo el ramaje de los más frondos(os)
árboles había como caído al descuido un grueso tronco que
servía de cómodo asiento y donde en sus huecos y de antemano<s>
se encontraban ricos cigarrillos con que éramos convidados,
esto demostraba el verdadero gusto por parte de los marinos
japoneses.
A orillas de uno de los caminos que seguíamos se encontraba
una casita de piedra y en ella dos ancianos de la misma
sustancia, según nos dijo el oficial que acompañaba nuestro
grupo eran dioses chino<s> y esas estatuas tenían dos mil
años de existencia, o sea. ciento un año antes de J. C(risto).
Del parque fuimos a hacer una visita al Colegio Militar:
ésta, por lo avanzado de (la) hora, fue breve, viendo las
aulas, grandes y espaciosas: asistimos a la clase de esgrima,
donde se sacuden sendos y fuertes golpes, con una especie de
sable de caña que es muy resistente. Visitamos el salón de
estudio
de fortificación, donde había preciosa colección de defensas
en miniatura hechas por los estudiantes del último año. Nos
enseñaron los programas, que nada entendimos pues estaban
escritos en japonés. Visitamos el comedor: la mesa estaba
puesta y servido un pequeño plato de arroz con sus palitos y
el servicio de vajilla (?) de porcelana.
Con el Colegio Militar terminaron nuestras visitas a los
establecimientos y talleres militares. Despedimos con
pruebas de agradecimiento y con la satisfacción de ser los
primeros extranjeros a quienes el Gobierno Japonés haya
permitido tales visitas.
Con ella termimó también nuestra última (visita) a la ciudad
Capital, a Tokio (Puerta de la bahía) o antiguo Yedo
(Capital del este) residencia de Mikado, donde el año (hay
un espacio en blanco) de una población de un millón
cuatrocientos mil htes. (=habiantes).
A Tokio se la puede considerar como un conjunto de aldeas
que, separadas en un principio, se han ido extendiendo hasta
unirse formando la actual Capital del Japón.; es así que en
mucha extensión se ve<n> tierras vacías, ocupada(s) por
árboles nacidos y crecidos al acaso; los nuevos edificios
notable(s) son los del Gobierno -cuarteles y edificios
públicos- así como los hoteles y casas particulares de
familias Europeas y americanas.
El japonés es por Naturaleza muy pacífico, rara vez se
enfada y si lo hace no deja traslucir la más ligera
impresión. Lo mismo en los casos propicios no dejan ni por
un momento traslucir su alegría; es sumamente reservado y
retraído y no olvida nunca la ofensa recibida, buscando
siempre la ocasión de tomar el desquite. Es muy observador y
prudente, a la par que cortés y valiente. Tiene suma
facilidad para imitar el idioma y (las) costumbres
extranjeras. Es de esperarse que siguiendo cabezas
directivas en el gobierno como las actuales, no será difícil
a la vuelta de algunos años dejar al Japón sus antiguas
tradiciones y costumbres. Esto último sería algo de sentirse,
pues las costumbres japonesas, su modo de vestir, etc.,
parece que constituyen una nueva vida para el viajero que
por primera vez las observa.
En el Japón existen las castas, la primera la alta nobleza,
el Mikado, hasta el miserable ginrikisha que arrastra todo
un día a un semejante para ganar un peso que apenas le debe
satisfacer las necesidades del hambre. En esta clase, que es
la inferior, trabaja la mujer a la par que el hombre: así no
es raro ver a aquellas pobres trabajando la tierra,
arrastrando carretas de mercancías, acarreando material y
bogando, para el transporte<s> de los pasajeros de un punto
a otro: en esta casta se acostumbra todavía entre las
casadas pintarse los dientes de negro<s> y afeitarse las
cejas y pestañas y las solteras pintarse los labios de rojo,
y los hombres cubrirse el cuerpo de tatuajes.
Casi todas las casas japonesas tienen un segundo piso, que
es de blanca estera. Sobre ella toman su té, almuerzan y
duerme(n) y pasan recostado(s) en ella en los momentos de
ocio. Son tan limpias estas casas que con justa razón exigen
que el visitante se quite los botines; ellos mismos andan
descalzos, en medias; por esa causa siempre tienen a la
entrada una serie de pares de botines de madera o paja para
el que no desee penetrar en medias. Las mujeres llevan el
pequeño atado a la espalda. En el Japón la mujer se vende lo
mismo que los pequeños japoneses y las primeras se unen en
matrimonio con el extranjero por el tiempo que él quiera
tenerla, pero debe tratarla como a una verdadera esposa. La
corrupción reyna mucho en la clase baja y una caricia o un
halago nunca es tomado a mal.
No obstante la serie<s> de dioses que el Japón ha creado,
los tres del Bien y los tres del Mal, el que cuenta con más
adoradores es Buda y el Budismo, que cuenta con más de
veinte mil templos, es la religión más profesada. Sus
templos son por lo general muy sencillos, habiendo sin
embargo bonitas pagodas; una de las ceremonias consiste en
arrojarle al dios boletas de papel, medallas, etc., frotar
al dios la parte del cuerpo de que ellos padecen, y luego
frotarse ellos esa misma parte.
La vida en el Japón es sumamente barata, más aún para un
japonés, cuyo plato favorito es el arroz y que es también su
mejor alimento. La carne y el pan, que son algo caros, no se
consumen, en cuanto al vestuario, sumamente sencillo, es
barato, pudiendo andar decentemente vestido y calzado con un
par de pesos, pero las muy pobres ni eso gastan pues se
contentan y se (les) permite usar sólo una faja. Utiles de
mesa tampoco gastan, su mesa es el piso de estera y todo su
servicio unos cuantos platitos, que aunque sean de porcelana,
que para nosotros es un lujo, ellos los compran casi por
nada; en cuanto a cuchillos, tenedores, ellos prefieren y
usan con gran destreza los palitos.
El día 24 de Agosto bajamos por última vez a la ciudad de
Yokohama, para darle el adiós de despedida, recorriendo sus
calles en los conocidos cochecitos, visitando los barrios
extranjero(s), el barrio de japoneses y los estragos
causado(s) por el incendio en las pasadas noches, que redujo
a cenizas a doce manzanas (con) cerca de cuatro mil casas.
El 25 a la noche se dio a nuestro bordo un banquete al
Ministro de Marina, quien no pudiendo asistir, mandó a su
representante.
El 26 a las nueve de la mañana nos poníamos en movimiento a
un nuevo puerto japonés, a Kobe.
El trayecto entre Yokohama a Kobe no podía hacerse a vela,
pues era una travesía entre canales, como todos los que
debíamos hacer hasta abandonar el último punto del Japón.
Todo ese trayecto por entre islas cubiertas de vegeta-
ción, por canales sumamente estrechos, encontrando a cada
paso aldeas en las faldas o en los valles más pintorescos,
dejando a nuestro paso multitud de lanchitas a vela,
zampanes llenos de japoneses, observar los matices en las
primeras horas de la mañana y a la puesta del sol, que
presentan las montañas, según su mayor o menor elevación y
distancia, con una temperatura suave en las primeras horas
de la mañana, era complemento del precioso trayecto de
Yokohama a Yokosuka.
El día 28 a la una p.m. arribamos al puerto de Kobe. La
bahía es algo abierta y la acción de los fuertes vientos
sumamente peligrosa. Dimos fondo como a dos millas de la
costa; desde a bordo la vista de la ciudad es muy engañadora,
como las de casi todas (las) extendidas al pie de alguna
montaña, es decir, sólo nos parecía<n> un grupo de pocas
casas. Esa tarde estuvo muy fresca y el tiempo lluvioso, esa
misma noche se desencadenó un violento huracán, algo como el
resto de un Tifón. Todos los barcos que no se tenían
seguridad se hicieron inmediatamente a la mar para no ser
arrojados y deshechos sobre la costa. La bahía no muy
cubierta, como he dicho, ofrecía no obstante mucho abrigo.
Debido a la violencia del viento se levantó mucha mar, que
nos hacía rolar tanto como los días próximos de arribo de
Yokohama. Nuestro barco se mantenía fondeado a tres anclas y
las máquinas daban tres millas adelante, no obstante era
arrastrado y de haber roto las cadenas hubiéramos tenido que
correr en alta mar. Ha sido una verdadera felicidad pues, de
tomamos afuera, era de esperar un naufragio, como le sucedió
a la pobre Gair, que viéramos en Chile y Panamá, y de la que
sólo se salvaron cuatro marineros.
Kobe es una ciudad de ciento treinta mil habitantes,
bastante bonita como ciudad japonesa, sobre todo la parte
sobre la bahía. El estilo de la ciudad, la construcción y el
aspecto general es la de todas las ciudades japonesas, si
bien sus calles no son tan estrechas. Los precios de ventas
son acomodados, si bien las tarifas de los hoteles son algo
subidas. El mejor es el Oriental Hotel cuyo propietario es
español: en él tocó una noche nuestra banda de música, como
lo hiciera en el Gran Hotel y el Oriental Hotel de Yokohama.
Kobe está unido por ferrocarril a Yokohama y a Ñeco.
Muy próximo de Kobe y a veinte minutos de camino por el
ferrocarril se encuentra la ciudad de Osaka, notan extendida
como Kobe, pero bastante bonita; en ella se encuentran las
grandes fábricas de porcelanas. En el puerto de Kobe hemos
permanecido tres días, lo suficiente para aburrirse en una
ciudad japonesa. cuando ya se conocen otras y se anda sin
dinero disponible.
El día 31 a las ocho a.m. nos poníamos en movimiento,
siguiendo los hermosos canales hacia el pueblo japonés de
Kure: cincuenta y siete horas próximamente duró esta
pintoresca travesía, habiendo antes de llegar dado
fondo la noche próxima en una pequeña bahía, para continuar
viaje al día siguiente, muy temprano, dando fondo en la
bahía de Kure, a las siete p.m. del día dos de Setiembre.
Kure
Kure es un pueblo de unos treinta o cuarenta mil habitantes.
Desde a bordo sólo se ven unas que otras casas, diseminadas
en la montaña y los talleres de marina que allí existen. La
bahía es sumamente cerrada y hay salida por dos canales.
Había en ella un crucero que salió cuando nosotros
entrábamos, dos o tres barcos de guerra, muy antiguos y de
poco calado, dos Destroyers y varias torpederas.
El atracadero es poco cómodo y desde él al centro de la
ciudad hay unas veinte cuadras que hay que hacerlas en
ginrikishas, al medio día, pues hay un calor insoportable;
todo extranjero que quiera penetrar en la ciudad tiene que
dejar una tarjeta con nombre y barco en que está, a un
centinela armado a rifle, en la calle que conduce a la
ciudad.
Kure es un pueblo cuya gran importancia consiste en los
talleres y (en) ser un puerto militar, por lo demás es muy
pobre y no hay ningún atractivo para el viajero, a no ser
encontrar allí las costumbres japonesas en toda su pureza y
verse formar a<l> su al<r>rededor <de sí>, si llega a
pararse, círculos compactos de japoneses, atraído(s) por la
curiosidad de lo nunca visto, un hombre Europeo o Americano,
con su fisonomía y manera rara de vestir para ellos. No hay
hotel Europeo, ni tampoco Americano y como nadie casi en la
gente del pueblo habla inglés, es difícil pasarlo, pasear y
hacer cualquier compra con comodidad. Existe allí un bonito
Club donde equivocad(os) por un salón de billar nos llevaron
los ginrikishas y donde sin damos cuenta en el primer
momento nos pusimos a jugar.
Los talleres de Kure son de mucha importancia aunque no
tanto como los de Yokohama: estaba en construcción un
acorazado de doce mil toneladas.
El pueblo como todas las ciudades recorridas del Japón, a
excepción hecha de Tokio, están situadas a las faldas de
montañas.
Hemos permanecido en Kure tres días. <para> zarpando de esa
bahía a las tres de la tarde del día cinco, para una hora y
veinticinco minutos después dar fondo en la de Gedashima.
tan cerrada como la anterior y donde debíamos
permanecer lo suficiente para visitar la E(scuela) Naval al
dia siguiente. A las ocho de la mañana, vestido(s) de traje
de saco blanco, trepábamos la escala del atracadero donde se
encontraba un oficial de marina que debía conducimos a
visitar la Escuela Naval Japonesa.
El edificio, aun cuando no muy grande, estaba construido con
elegancia y solidez, de dos pisos, con un gran frente a cuyo
centro se encontraba la entrada principal; penetramos por
ella, doblando a la derecha, donde se encontraban dos salas
sencillas, adomada(s) con cuadros representando combates de
la última guerra japonesa, los emperadores japoneses,
cubiertos por telas, y gran número de fotografías de los
estudiantes. En el centro, sobre una mesa, el pedazo de
proyectil que dio muerte al más distinguido jefe militar
entre los japoneses en guerra con China. A la salida, y
sobre la pared nos mostraron en un gran cuadro las cartas
marinas que el mencionado jefe estaba consultando cuando fue
herido. Esa carta se encuentra manchada por su sangre, y es
una verdadera reliquia: todos los sabados los Aspirantes
lavan el marco de ese cuadro.
Como en la fecha en que estábamos los cadetes estaban en
vacaciones, no nos fue posible tratarlos, ni observar sus
clases, ni ejercicios.
Continuamos la visita por los dormitorios, dispuestos en
pequeños salones que sólo pueden contener siete cada uno;
las camas son fijas y al lado, cerca de la cabecera tienen
el arma. Los salones de estudio son muy extensos, y frescos,
cada uno con su gran estufa para combatir el frío que es
riguroso en invierno. Los bancos son uno para cada cinco.
Los libros, la mayor parte de ellos en inglés, que es el
idioma oficial, algunos, pero en minoría, en la lengua
nacional. En el salón de armas se encuentra una verdadera
colección de ellas, muy antiguas y, para el estudio, gran
número de ejemplares de espoletas, estopines, enteros y
seccionados en varios cortes para facilitar el perfecto
estudio, proyectiles, metrallas, de pequeño y de grueso
calibre, también seccionados, pólvoras de las más modernas y
de todas las clases elaboradas en el país. Lo más importante
en este salón son los modelos en pequeño de las piezas de
artillería seccionadas logitudinal y transversalmente,
pudiéndose hacer en ellas un completo estudio, pues se ve
perfectamente la disposición de las estrías, los enchufes de
los manguitos y el mecanismo de culata y cierre.
Terminamos de visitar este edificio que no era más que el
alojam iento de cadetes y oficiales y las aulas de clase
teórica, para visitar los numerosos pabellones para las
clases prácticas.
A la salida y antes de llegar al pabellón de maniobra, vimos
dos grandes calderas sobre la yerba (?) en perfecto estado
de conservación para estudio de ¡os cadetes. El Pabellón de
maniobra(s) es muy interesante; tiene dos pisos y en cada
uno se encuentra una embarcación, que si bien es sólo para
<el> estudio es lo
suficientemente grande para poder alar de los cabos y largar
las velas como para estudio de los aparejos, cuadernales,
motones y demás nomenclatura. Había también un buen número
de botes, lanchitas (y) canoas, en miniatura, pero con sus
dimensiones y distinta(s) especie(s) de construcción. El 2o
piso se compone de igual número de ejemplares pero (de)
distintas clases de las del primero. De este edificio
pasamos a visitar el pabellón de maquinarias, muy próximo al
primero, y donde los aspirantes nada mejor pueden desear
para sus estudios; bielas, manivelas, cilindros, válvulas,
grúas, todas las piezas por separado, para estudiar cada una
de sus partes y luego todas reunidas para el estudio del
mecanismo y movimiento, compases, la rueda de un timón con
su caña y transmisiones.
Recorrimos, salidos que hubimos de este pabellón, el de
Física y Química, así como el de Historia natural, de allí y
pasando a un nuevo pabellón <donde> recorrimos la sala de
torpedos, ésta es una de las más admirablemente atendidas:
torpedos Whitehead y Schorcoff, distintos modelos, torpedos
de fondo y en una gran pi<l>la cuyo fondo representa el del
mar están colocadas una serie de minas submarinas en
miniatura, a distintas profundidades. Terminada esta visita
sólo nos faltaba ver el salón de estudio de artillería,
grande y espacioso; semejaba un barco por su forma y en él
un gran número de piezas de distintos calibres y sistemas, y
un gran número de ametralladoras.
Con esto terminó nuestra visita a la Escuela Naval Japonesa,
la que creo nada o muy poco desmerecía a las primeras del
globo.
Nuestra estadía en Gedashima era sólo para visitar la
E(scuela) N(aval), por cuya causa ese mismo día como a las
cuatro de la tarde dábamos el cordial adiós a los oficiales
japoneses que junto con algunas señoritas japonesas nos
habían ido a despedir en un vaporcito, los acordes del himno
japonés primero y luego los hurras y los adioses de la
bocina di(eron) término a aquella manifestación de simpatía
de Argentinos y Japoneses.
Nos poníamos lentamente en movimiento, el pueblecito quedó
pronto oculto por la falda de una montaña y pronto toda la
bahía. Penetrando en estrecho canal dos horas después
dábamos fondo en Miashima. como a dos millas de la costa. El
pueblito situado en esa bahía es de todos los del Japón el
que goza de una posición más pintoresca; el pueblo, por su
parte, por su disposición, su hermosa pagoda (y) sus templos,
parece ayudar a la Naturaleza.
Situado a la falda de montañas, cubiertas de verdes y
tupidos árboles que se van elevando gradualmente, forman un
elevado v verde muro, en ese fondo se destacan sólo uno que
otro edificio, entre ellos la pagoda de curiosa arquitectura,
los demás edificios permanecen ocultos entre el verde de los
árboles. Al penetrar en el pueblito parece aquello una feria
nacional: casi todos
los bazares, con miles de artículos de todas clases y en
especial de maderas ricamente trabajadas. Es ya muy tarde,
el sol está oculto tras la montaña, la temperatura sumamente
suave convida (a) pasearse en una especie de jardín; ya un
corpulento árbol de extenso ramaje, ya un pequeño arroyo que
viene saltando y rompiéndose en cristalinas rocas, sobre
grandes piedras formando pequeñas cascadas, ya los bazares
con sus artículos amontonados sin orden a la puerta, ya bajo
un en<r>ramado un grupo de japoneses, mujeres y hombres,
saboreando su plato favorito, cuando no se presenta un
templo y a su puerta multitud de fieles haciendo profundas
reverencias o golpeando las manos para llamar la atención (quizás)
al Dios a quien imploran.
Es ya de noche, las estrechas y entrecortadas calles
aparecen iluminadas por mil<l>es de farolillos colgados a
los costados de las puertas, unos de formas esféricas,
cilindricos otros, rojos, blancos, azules y de otra
diversidad de colores y por esas calles sólo se veía el
desfile de los tripulantes de la Sarmiento, Guardiamarinas
en la gran mayoría y uno que otro oficial, riendo unos,
cantando otros, cuando no se apartaban para averiguar el
precio de algún artículo.
De este modo nos íbamos aproximando al atracadero, las aguas
se veían reflejar por dentro de los troncos de los árboles,
entre cuyas ramas se mecían suspendidos algunos farolitos.
Al aproximarnos más notamos multitud de luces de diversos
colores flotando sobre las aguas: eran barquitos de papel y
caña cargados de faroles, arrojados al agua. Estas
embarcaciones eran destruidas a pedradas y según el mayor o
menor tiempo en que eso conseguían, significaba que el dios
les prometía librar o no al Japón de los frecuentados y
terribles tifones.
Pocos momentos después, penetrábamos en nuestra casa, la
endiablada camareta de <Meshipman> (la Sarmiento), donde
como siempre se sentían las infaltables discusiones sobre
tal o cual punto, mientras otros después de entregar su
guardia se ponían a satisfacer el apetito, mientras los
demás cantaban debajo de los coys donde tres o cuatro se
encontraban reposando de las tareas diarias.
A(l) día siguiente, a las cinco de la mañana, nos poníamos
en movimiento para Nagasaki, última ciudad que debíamos
visitar en el Japón.
El viaje de Miashima a la ciudad mencionada lo hicimos
también a<l> través de estrechos canales que de vez en
cuando se ensanchaba(n) al penetrar en una bahía cuyas aguas
estaban sumamente tranquil<l>as como Ia(s) de una pequeña
laguna, rodeada por montañasy salpicada porelevados islotes
cubierto(s) de árboles. En una de estas hermosas bahías nos
dio alcance un buque de guerra francés que había penetrado
por otro canal. Era ya casi a la puesta del sol y nos dio
mucho placer ver un compañero tan inmediato, también de
lejanas tierras. Nuestra banda formó a popa, dando frente al
barco, el que más felizque nosotros.
sintió, en una de las bahías sinnombre del Japón y tan
hermosa, su himno nacional, «La Marsellesa». En
reconocimiento nos saludó repetidas veces con el pabellón,
perdiéndose de vista poco después, en uno de los
innumerables canales.
A las 8 hs. 35 mm. de la mañana del día siete dábamos fondo
en el puerto de Nagasaki, como a media milla de la costa
pero a cuatro de la ciudad. La bahía es bastante cerrada y
muy abrigada.
La ciudad es de ciento cincuenta mil htes. (=habitantes)
próximamente. El estilo de la ciudad es como la de cualquier<a>
otra del Japón, menos bonita <de> (que) Osaka y Kobe. El
barrio europeo es también inferior al de Yokohama, el puerto
tiene poco movimiento de grandes barcos pero mucho por la
multitud de zampanes que van y vienen en todas direcciones.
Hay lindos hoteles, el mejor es el Nagasaki-Hotel, sobre el
canal mismo, el Bell(e) Vue Hotel, de muy lindo aspecto
exterior, pero triste y pobre interiormente.
Tiene grandes casas en sedería, todas a precio fijo. Sus
casas de té con el limpio piso de blanca estera, sus bazares
y casas de porcelana.
El Japón, raza amarilla como los Chinos, es algo degenerada
de la primitiva; sus ojos no son tan rasgados, su color no
tan amarillo, ni sus pómulos tan salientes. Su existencia,
si bien no tan antigua como los de la vecina Nación, se
remonta a lo desconocido, miles de años antes de los de
nuestra era. No parece que ha sentido la influencia de las
invasiones tártaras y mongólicas y se cree que en cierta
época se han creído la Nación única del Globo. La
civilización China y su religión se extendieron a la
japonesa, en especial el Budismo, que es en el día la que
cuenta con mayor número de sectarios. La religión de
Confucio se extendió mucho y cuenta actualmente con muchos
creyentes. La religión de Cristo, que debido a las misiones
católicas iba tomando mucho cuerpo, desapareció de golpe.
Parece qué habiendo el Emperador Japonés preguntado a uno de
los más ilustrados misioneros que cómo era que el jefe de la
religión cristiana había alcanzado tanto poder, éste
respondió: «Es que él primero convierte (a) los pueblos por
la religión y luego la afianza por la fuerza.» Esta
respuesta sublevó al Emperador, quien ordenó la expulsión de
todos los que tenían la religión de Jesús o Yaso. La
expulsión se llevó a cabo inmediatamente, y entonces el
monarca hizo circular el siguiente aviso:
«Si algún cristiano, sea quien fuese, sépanlo todos, si el
Papa mismo o el Gran Yaso en persona, pusiese los pies en el
Japón, será decapitado».
Hasta hace muy poco tiempo el Japón era<n> tanto o menos que
su vecina, la China; sólo tenía uno o dos puertos como
aquélla.
Desde el corto tiempo de relación con la existencia de esta
nación, que media desde el dia que dio franco todos sus
puertos al comercio extranjero hasta el presente, desde ese
día en que la civilización de la raza blanca hizo conocer a
ese pueblo que no era ni el más civilizado ni el más fuerte,
parece que la venda que por tanto tiempo le impidió ver
hacia adelante cayó; desde entonces, dando prueba de no ser
una raza ni gastada ni incapaz, su primer cuidado fue imitar
en lo posible a aquéllos que sin ser llamados les llevaban
el progreso; muchos de sus hijos salen por primera vez a
hacer sus estudios a las principales escuelas Europeas,
muchas de sus ridiculas costumbres empiezan a desaparecer a
la par que el ejército y la armada se empiezan a levantar;
el Japón se empieza a dar a conocer (en) el mundo y no como
una nación débil, o en su origen, sino como una nación
consciente de su poder y dispuesta a hacer respetar sus
derechos a la que quiera <disputarlo> (disputárselo).
El primer encuentro, el primero que iba a sostener con los
elementos de la nueva civilización, debía ser con la gran
nación del Asia, con la China. Cuarenta millones contra
cuatrocientos cincuenta millones, tal(es) eran las
poblaciones respectivas. El choque fue fatal para la nación
que aún permanecía adormecida, que aún no quería abrir los
ojos.
En vista de esto el Japón reconoce las ventajas (del
progreso), construye arsenales, astilleros, talleres,
cuarteles y hoy en día puede resistir en su territorio a
cualquiera que trate de imponérsele.
En cuanto a sus costumbres, su carácter y modo de vivir, <a>
la impresión que puede dejar en un extranjero, ésta es muy
varia; pero la mayoría sale satisfecho de haber vivido una
nueva vida, costumbres y modo de ser; la manera amable y
cariñosa de las japonesas, su deseo de halagar en todo lo
posible al extranjero, la vida íntima y reposada que se
disfruta al lado de ella(s), hacen recordar al Japón con
cariño y placer, a la par que (a)l japonés, trabajador
sobrio, inteligente y sumamente cortés.
Muchas de las antiguas costumbres y tradiciones van dejando
de existir en el constante deseo de imitar al extranjero.
Como país original para los países sudamericanos y los
Europeos mismos, es el primero. Sus ciudades todas poco hace<n>
que se han abierto al comercio extranjero. Su poder militar.
su(s) armamentos bélicos, han sido siempre desconocidos.
Recién por ley del doce de agosto se ha permitido la visita
de lo último. Toda (su) vida pues, se encuentra en sus
ciudades, las costumbres y carácter lo mismo que ellas eran
miles de años atrás; pronto, sin embargo, esto no subsistirá;
ya nadie lleva trenza en la alta sociedad, y a no se afeitan
las mujeres las pestañas ni cejas, ni se pintan de negro los
dientes las casadas, ni los labios de rojo las solteras;
gran número viste a la europea, hay pues que visitarlo sin
perder más tiempo, observar su modo de ser,
su carácter especial y único, el estilo de sus ciudades, su
vestir sumamente oriental y que tiende a desaparecer.
El día doce (i. e., 12 de setiembre de 1899) a las doce
horas nos poníamos en movimiento, seguíamos por el canal
hacia mar afuera. Dirigíamos aún la vista a Nagasaki, última
ciudad visitada del país de Oriente. Aún se distinguían
algunos de sus más elevados edificios y uno que otro zampón
vigorosamente manejado por su tripulante de color de bronce;
pero, cada vez más, se reducía y al cambiar de rumbo
siguiendo el canal desapareció para siempre la ciudad.
Momento después, terminado el canal, penetramos en alta mar.
Las velas reemplazaron al vapor y movían suavemente la nave,
perpendicular a la costa. Esta sólo se distinguía como una
extendida faja, allá, muy lejos en el horizonte.
¡Adiós bello y original país de Oriente! ¡Adiós mi sueño
deseado! Encantador te imaginé y más te he encontrado y hoy
al perderte de vista siento que mi vida, como la vida de
todo hombre, sea corta para volverte a ver y adm irar.
|