Es el día 12 de Enero de 1899; en el dique número cuatro,
atracada a su borde se halla la fragata de guerra argentina
Presidente Sarmiento, la gallarda nave que por primera vez
debía flamear nuestro pabellón a través del mundo, en viaje
de circunnavegación.
S.E. el presidente de la república quería despedimos, y para
su efecto comunicó su visita oficial para el día 12, a las
11.15 a.m.
A las 10 hs. del mismo día toda la tripulación del barco,
marineros y oficiales nos encontrábamos vestidos de gala.
A las 11 h. 15 m. el tambor batía marcha regular, las
brigadas alineadas en la banda de estribor presentaban las
armas, la nave quedó de pronto engalanada, en los momentos
(en) que S.E. subía a bordo. Dada la orden de desfilar, el
Sr. Segundo Comandante tomó el mando de la brigada, e hízolo,
así, hasta que aquellas ocuparon nuevamente su puesto;
concluido el acto, mandó romper fi<l>las. Acto continuo pasó
S.E. a la c.ámara del Sr. Comandante.
Durante el intervalo de tiempo que S.E. estuvo ausente de la
toldilla, la banda de música ejecutaba varios trozos, para
cuyo fin se había hecho embarcar e instalar a estribor la
del Ocho de Infantería, haciéndola retirar momentos antes de
la partida. A las 12 h. 15 m. se presentó nuevamente S.E. el
presidente de la república en la toldilla, acompañado de
S.E. los ministros de Guerra y Marina e invitó a los
guardiamarinas a reunimos, para despedimos, lo que así se
efectuó ante la presencia de las numerosas familias que a su
vez habían concurrido para despedimos. Con anticipación
conveniente mandó el Sr. Segundo comandante ocupar a la
gente sus puestos de maniobra, e inmediatamente ¡gente
arriba!, quedando ésta alineada en las vergas.
En momentos (en) que S.E. bajaba a tierra y que la banda
hacía sentir los entusiastas acordes de nuestro glorioso
himno, la nave desatracaba y la tripula-ción, con voz
acompasada, repetía los vivas que el señor Comandante daba
en honor a S.E.
Un espeso cordón, el pueblo de Buenos Aires, a todo el largo
del extenso dique, se ponía en movimiento en dirección a la
que el barco se movía, querían hasta el último momento
acompañarnos. Los vivas a los marinos argentinos y con
especialidad a los 41 guardiamarinas que llevaba a su bordo,
se sucedían sin interrupción, a la vez que Harneaban
pañuelos y con las manos nos despedían.
La nave avanzaba lentamente a impulso de los remolcadores.
La tripulación de los otros barcos de guerra argentinos y
extranjeros, se encontraba<n> en cubierta y las bandas
tocaban dianas de despedida.
Pronto abandonamos el dique, cambiamos rumbo y el movimiento
del pueblo que nos vivaba, las diana(s) y saludos, todo
desapareció. Sólo se oía el ruido monótono de las aguas al
chocar contra el casco. ¡Adiós Buenos Aires, hasta la vuelta!
A la altura de la boya número cuatro se despidió a los
remolcadores y la fragata continuó viaje al impulso del
vapor, hasta llegar a la rada, donde dio fondo a las 4 h. 30
p.m. Allí se estibó el barco y el señor contador pagó a la
tripulación los meses de Enero y Febrero. A las 6 de la
mañana del siguiente día se levó anclas, continuando el
viaje a vapor a media fuerza y rumbo S.E.
A las 10 p.m. teníamos por el través a Banco Chico; a las 12
p.m. a Punta Indio; a las 6 a.m. a Punta Piedras, todos
ellos puntos conocidos al recorrer el Plata como cadete en
la Corbeta (La) Argentina, que tiene para mí recuerdos de
placer, quizá porque ya han pasado aquellos días; a la par
que de recuerdos ingratos por los malos momentos que allí
pasé en tiempo de mi bisoñaje. ¡Pobre (La) Argentina! Como
todo aquello que se le pasa su época de gloria, se encuentra
olvidada y menospreciada.
A las 7 h. 30 p.m. se apagaron los fuegos y cazaron las
velas; éstas, hinchadas por la acción del viento,
imprimieron a la nave suave y rápido movimiento.
Amaneció hermoso el día 14. Ya no había señales de la
existencia del gran río; sus aguas plateadas habían cedido
lugar a las azul-oscuro del gran Atlántico. Sus aguas se
movían suavemente en grandes ondas, con tiempo más o menos
variable, en el que el viento cambió algunas veces de
dirección en perjuicio del rumbo a seguir. Pasamos 7 días
sin ver tierra, en la extensión sin límites y en que la
vista sólo encontraba uno que otro albatro(s) que gozaba con
rozar las aguas con las puntas de las alas, cuando no se
posaba tranquilamente en ellas.
Las noches en alta mar iluminadas por la luna, en las zonas
templadas, son hermosas, cuando las aguas como un mar de
aceite están sin movimiento, el airepuro que con suavidad
nos da en el rostro impulsa lentamente la embarcación, que
parece sin movimiento; las jarcias se estremecen ligeramente
y vibran; parecen lejanos acordes con que extraño artista
quiere acompañamos en tan profunda soledad; nada se altera,
siempre lo mismo en las largas horas de la noche en que el
mundo reposa. De vez en cuando, el silencio es interrumpido
por alguna voz de mando del oficial o guardiamarina de
guardia, que manda cazar o bracear alguna vela y verga.
El horizonte se ha ensanchado; sus límites se delinean mejor.
El viento ha refrescado más, el alba asoma; pero ese
murmullo que a esas mismas horas se siente en tierra de los
pequeños seres, ese saludo en fin de la Naturaleza a su
Creador, no se percibe en alta mar. Las últimas estrellas
van desapareciendo; el naciente toma los colores del iris;
todo es nacarado en el horizonte. De pronto empieza a
destacarse nuestro sol, como una gran bola de fuego, límpida
y rozando a la brillante línea circular: es ya de día.
En las noches oscuras, la fosforescencia es un fenómeno que
sorprende a primera vista al que no está prevenido en él.
Era la una de la mañana, la luna acababa de. ocultarse más
allá del horizonte, nada se distinguía alrededor de nuestro
barco, sólo se sentía el mido de las aguas que con alguna
violencia ven ían a romperse contra la nave. Entonces la
blanca espuma que de día se ve tanto como la nieve, en el
fondo oscuro del océano, <son> (es) ahora luminosa. Su luz
es la misma que produce en la oscuridad un fósforo que se
raspa sin encenderlo; pero en intensidad mayor, lo
suficiente para que se destaque claramente la línea de
flotación del barco; entonces se deja ver completamente
iluminada alguna tonina atraída quizás por la curiosidad.
El día 19 hicimos ejercicio de tiro al blanco a barriles
lanzados al agua por la banda de babor; hicimos ejercicios
de sondaje dando la sonda 43 brazas. Como a las 6 de la
mañana se divisó tierra por la banda de estribor, hicimos
rumbo a ella. La costa que divisamos era la de New Head, de
una elevación de 50 a 60 metros, sumamente escarpada,
cortada a pique y careciendo completamente de vegetación.
Después de navegar algunas horas paralela a ella alcanzamos
a divisar punta Ninfa(s), que forma con la de New Head la
entrada al golfo.
Como a las 3 p.m. estábamos en la entrada y poníamos rumbo a
Puerto Madrvn. situado al fondo del golfo. Los
guardiamarinas sacaban croquis de la costa, algunos en el
puente, otros en el castillete. La costa empezó de pronto a
oscurecerse, hasta desaparecer por completo. Eran las 3 h.
30 m. y el viento se volvió de flojo a viento duro, que
hacía silbar la arboladura. Empezó a llover. Esto duró 20
minutos. Todo calmó (al) salir el arco iris, el sol apareció
de nuevo y la costa, no obstante ser tan desprovista de
vegetación, nos pareció risueña y aún hermosa.
Al día siguiente a las 6 a.m. los guariamarinas en traje de
cadete, es decir de blusa y chambego blanco, embarcábamos en
las lanchas. Mucho era nuestro placer, para la mayoría, es
decir, para los egresados últimamente pues era la primera
vez que las aguas del Atlántico nos rodeaba(n) sin dejamos
ver tierra por tanto tiempo. Llevábamos en la lancha un
teodolito, al pie una cinta metálica de 20 metros, jalones,
banderolas, las fichas (y) un barril de agua dulce.
La costa no estaba tan cerca como parecía, pues navegamos
tres cuartos de hora para atracar al muelle de una longitud
de 100 metros, y en su frente está el nombre de «Puerto
Madryn».
Golfo Nuevo termina allí en un semicírculo de gran diámetro
por cierto. La(s) aguas son de color verde claro, el oleaje
llega muy debilitado, está pobladísimo de aguas vivas,
especie de gelatina, algunas de un diámetro de cerca de 80
centímetros, terminadas en grandes ramas o miembros.
Atracamos al dique y desembarcamos. La costa es muy baja,
cubierta de pedregullos. Numerosos y bonitos caracoles,
conchillas, erizos cubren de un modo irregular todo el
semicírculo; a unos 50 metros de la orilla del agua se
elevan los médanos cubiertos de arena y una que otra planta
achaparrada que da un fruto pequeño, redondeado y de color
rojo. Empezamos por medir la base de una extensión de 800
metros, con esta base determinamos la posición de tres
balizas que se colocaron enseguida. En los días que allí
tuvimos fue más de lo suficiente para conocer perfectamente
todo lo que allí había.
La población apenas alcanzaría a cuarenta habitantes. Lo más
importante es la subprefectura, que es de la forma de un
gran galpón, techo y paredes de chapa de zinc; sigue después
a ésta un pequeño boliche, la única vivienda de material que
(allí) se encuentra. En dicho boliche se encuentra una que
otra conserva, vino y pan. ¡Pero que pan! una masa sin forma
de masa dura y negra y lo peor hedionda, a 50 ctvos.; una
caja de sardinas 50 ctvos., un medio frasco de ginebra S
3.00 y así todo. Salimos de ese boliche donde en un momento
desocupado fuimos a apagar un poco la sed y hambre que
sentíamos y de allí al cementerio. Este queda un poco más
adentro, a una cuadra del boliche y se lo descubre
inmediatamente al trepar unos médanos más pobres que el
cementerio pues ni esqueletos tiene<n>. Llegamos, es un
cuadrado alambrado, sin pasto naturalmente pues no lo hay:
contamos 14 tumbas y perdidas entre aquéllas, con rústica
cruz y un dedicatorio, descubrimos la del que fue nuestro
compañero de aulas. Raquín. que en paz descanse. Salimos del
cementerio, bajamos los médanos. volvimos al boliche y de
allí a la subprefectura donde se había improvisado una
comida, formada de algunas conservas, carne conservada,
queso y dulce.
La comida estuvo abundante, sobre todo los postres, dulce de
durazno, membrillo, queso, pasas de uva y orejones.
Terminado el almuerzo nos fuimos
yo y el Nervioso a descansar a un coche de ferrocarril, pues
hasta allí llega la línea férrea, como único recuerdo de
progreso. Pero qué coches los que dejaban allí, parecían
como jaulas, viejas, sucias y hay que tener en cuenta la
frecuencia con que se veía el tren, sólo iba cuando se le
mandaba a buscar por la arribada a ese puerto de algún barco
que lo necesitaba; después no le importaba a la empresa que
los pocos habitantes de allí se muriesen de hambre y de sed.
Allí no hay agua dulce, no obstante haberse probado en
varios puntos. La poca que tienen la traen con el tren, del
pueblo más próximo que dista 18 leguas. En cuanto a los
víveres no los tenían en mejores condiciones. La vida es
allí muy difícil. (Las) únicas aves que se encuentran son la
garza y algunos albatros.
Estábamos descansando y llenándonos al mismo tiempo de
arena, pues el fuerte viento que había la levantaba con
violencia de los médanos. Vimos de allí venir (a) dos
guardiamarinas a caballo, uno de los cuales traía a otro en
arreo. Abandoné a mi compañero de vagón, que se quedó
protestando por mi resolución, y subí en ancas del caballo
que tenía un sólo jinete. Así subimos tierra adentro, en
busca de algo que nos llamase la atención, pero siempre lo
mismo, arena y pedregullo y una que otra planta. Sólo
encontramos dos martinetas a quienes hicimos dos disparos de
revólver sin ningún resultado. Como no encontramos nada más,
ni siquiera mosquitos ni hormigas, dimos vuelta y regresamos
con lluvia muy fina; ésta pasó en seguida y continuamos los
trabajos hidrográficos.

El domingo volvimos a bajar (a tierra), lo hizo casi toda la
tripulación; la marinería se agrupó a la puerta del boliche,
pero como estaban vigiladas por el maestre de armas y tenían
orden de no vender licor alguno, no pudieron emborracharse,
por lo que no hubo ningún accidente que lamentar. Yo y otro
de los G(uardia) M(arinas) bajamos provistos de los
pertrechos del mate, los que chupamos a nuestro gusto, en el
medio del descampado donde calentamos agua.
Golfo Nuevo, mejor dicho, Puerto Madryn nos quería despedir
a su modo, con un fuerte chubasco que nos mojó completamente
durante nuestro regreso a la Sarmiento.
De Golfo Nuevo a Santa Cruz
A
las 6 h. a.m. del día 24 zarpamos de Puerto Madryn, para
seguir viaje a Santa Cruz.
El mar estaba picado y el estado del cielo 5. Salvada Punta
Ninfa(s), tomamos rumbo Sur. Ala 1 h.30 m.seavistóel
acorazado Belgranoacuyo bordo flameaba la insignia de S.E.
el Presidente de la República; venía el Belgrano escoltado
por el caza torpedero Patria y al tenerlo por la popa se
hicieron los honores a S.E. con los correspondientes 21
cañonazos.
Nuestro gran acorazado traía también a su bordo al Ministro
de Marina y varios diputados. Pasó por nuestra popa con gran
velocidad y rompiendo con ímpetu las encrespadas olas, como
para mostrar la arrogancia con que un acorazado argentino
desafía la furia del Atlántico.

La primera singladura que hicimos después de zarpar de
Puerto Madryn fue espléndida, pues la corredera marcaba 9 a
10 millas por hora. El día 25 fue bastante variado. El 26
hubo baile de bancos, sillas y platos en la camareta, debido
a los grandes rolidos de la Sarmiento. Para poder comer era
preciso hacer de los brazos una superficie combada para cada
plato. La mesa estaba casi vacía; las pocas plantas que
teníamos en macetas y que tanto alegraban fueron las
principales víctimas. Esa noche se hacía imposible dormir en
el piso de la segunda cubierta, ni sobre las mesas (ni)
cojines, porque era exponerse a ser juguete de los rolidos.
Esa fue la primera noche que colgué coy. Este, como queda
suspendido en la cubierta, no sufre casi de la acción del
movimiento, pero en cambio es la cubierta la que sube y baja
del coy. Dormí muy bien; en cambio, uno de mis compañeros
que cometió la imprudencia de dormir bajo una mesa, estuvo
de un lado al otro sin conseguir hacerlo. El día 27 a las 2
h. 25 m. se avistó tierra; a las 2 h. 40 m. se ordenó a la
máquina levantar presión. La costa, no obstante estar muy
lejos de ella, se la veía muy elevada; a nuestra proa se
formaba una gran entrada formada por la desembocadura del
Sta. Cruz. Para penetrar convenientemente hasta poder
atracar y dar fondo al abrigo hay que enfilar las dos
primeras balizas que desde muy afuera se distinguen.
Hacía mucho frío, el agua a nuestra proa tomaba diversos
colores, debido a diferentes causas: a las nieves, que le
daban un color negruzco, (a) la luz del sol que la reflejaba
verde muy claro y en parte de un color barro debido a la
mezcla del agua de río y mar. No obstante estar la costa muy
retirada se podía ya juzgar que no eran tan pobres como las
de Puerto Madryn. Muchos pingüinos, gaviotas y becacinas. La
costa, que cada vez se nos aproximaba más, más accidentada
se nos presentaba: elevados médanos, algunos de color
cobrizo<s>, otros amarillentos y verdosos los más; la luz,
que sólo iluminaba ciertas partes, la hacía más pintoresca
que lo que en realidad era; una majada bastante numerosa
bajaba la cuesta de los médanos. Se la veía tan pequeña y se
apreciaba tan mal la distancia que muchos la tomaron por
grandes caracoles esparcidos en el cerro. Seguimos avanzando
y a la 1 h. 30 p.m. del día 28 dimos fondo a tres millas de
la costa, filando la cadena seis grilletes en un fondo de
fango y arenas; la costa era sumamente escarpada y cortada
la mayoría completamente a filo, muy parecida a la de Punta
Ninfas y New Head.
Al día siguiente el trozo de estudio bajó a tierra a hacer
estudios hidrográficos como se hiciera<n> en Puerto Madryn.
Eran las 7 de la mañana, el día era hermoso; nos embarcamos
en una lancha a remo. Esta debía ser remolcada por la lancha
a vapor, pues por la mucha corriente (5 a 6 millas)
saldríamos muy lejos navegando a remo<s>; una vez listos nos
dirigimos a tierra. Aquélla estaba bastante lejos; a todo lo
largo de las elevadas barrancas (100 metros próximamente) y
a sus pies estaba completamente cubierta de pedregullo; al
atracar la lancha a vapor soltó la boza de la nuestra y
encallamos en el pedregullo. El oleaje rompía con mucha
violencia, razón por la cual que casi se nos dio vuelta.
Siéntese mucha satisfacción al tocar tierra, estar libre
puede decirse, pues en cualquier dirección y con paso seguro
se puede dirigir sin tener que andar dando continuas vueltas.
Inmediatamente nos dirigimos al sitio donde debíamos dar
comienzo a las operaciones, es decir, a la denominada Punta
Quil, que parecía estar a diez cuadras, y estaba a más de
30, siguiendo la curva que allí se formaba. Grandes y
elevadas piedras se elevaban sobre el pedregullo; en la
parte más elevada de la costa se tomó una fotografía.
La marea sube con mucha rapidez y tiene una gran amplitud.
El oleaje, al subir, empieza a formar una gran ola, que
corre sobre el nivel general del agua; la altura sigue
aumentando y va a volverse al llegar a la misma costa, forma
un ruido ro<n>co semejante al del trueno lejano y corre
sobre el pedregullo, el agua vuelve naturalmente a buscar su
nivel y entonces arrastra el pedregullo, que al chocarse con
otros y rodar sobre el que está firme parece el ruido un
viento que azota un caña-veral. En la mañana de este mismo
día entró el Caza-torpedero Patria que escoltaba al
acorazado Gral. Belgrano el que había quedado a la capa
afuera, para entrar al segundo día, recibiendo S.E. los
honores correspondientes.
Transcurridos dos días volvimos a bajar el mismo trozo
llevando en la lancha palas y picos para hacer como práctica
una pequeña construcción pasajera.
Todos losguardiamarinas en mangas de camisa y armados unos
de palas, de picos otros, dimos comienzo al trabajo, en ello
estuvimos toda la tarde, sacando para recuerdo más de una
ampolla. Este trabajo duró tres días para tomar el aspecto
de una fortificación y poder explicarse en ella las
diferentes partes que la constituyen. El sexto día bajamos
por la mañana con víveres y agua dulce para pasar el día
haciendo sondajes y determinándolos por medio de teodolitos
colocados en los extremos de la base. A las 12 h. 15 p.m.
nos dirigimos los que estábamos en Punta Quil al otro
extremo, a la base de una lomita donde tendríamos el
almuerzo a la criolla, es decir, un costillar de capón al
asador. Estas comidas, dadas muy pocas veces en tierra,
(son) las que mejor inspiración nos dejan; los
guardiamarinas, provisto(s) de una navaja cada uno, lo mismo
que los capitanes Beacochea e Irízar, rodeamos el costillar.
Estaba muy sabroso, pronto sólo quedó el esqueleto. Hicimos
ensalada de papas y terminamos el té y el café, colándolo en
un pañuelo. Como postre queso y pasas, tal fue lo que
constituyó nuestro agradable almuerzo bajo la lluvia menuda
de una nube que pasaba.
El domingo, día destinado al descanso de todo el personal de
a bordo, solicitamos del señor Comandante permiso para
visitar el pueblito de Santa Cruz, lo que nos fue concedido.
Inmediatamente después de almorzar nos embarcábamos la mayor
parte de los guardiamarinas y los que no cupieron en la
lancha a remos lo hicieron en la de vapor que debía remolcar
a la primera.
Entre los tripulantes iban también el profesor de Inglés, el
Fotógrafo <y> el capitán Gard, un maquinista y (un)
electricista. Cerca de una hora y quince minutos tardamos en
remontar el correntoso río Santa Cruz, para llegar al pueblo
del mismo nombre; casi de golpe al doblar una pequeña punta
se nos apareció un grupo de casas que bien pronto dejamos
atrás, siguiendo viaje y encallando poco después en el
pedregullo que también allí abunda. Existen en Santa Cruz 25
casas, miserables cuartuchos hechos de chapas de zinc, salvo
dos o tres, entre ellas la Subprefectura; se encuentra
rodeada de elevados médanos, que protegen de los fuertes
chubascos a la población, cuyo número de habitantes es de
100 proxima(me)nte. Como nos diera el Capitán la orden de
encontrarnos en las playas del Quemado a las cinco de la
tarde para regresar a bordo, y como por ser domingo casi no
había allí ningún habitante, nos dirigimos inmediatamente al
Quemado, nombre con que se designaba el grupo de casas que
habíamos pasado antes, distantes como tres millas de Santa
Cruz. En el Quemado estaban de carrera, pero cuando llegamos
ya la habían corrido. Bastante cansado(s) nos encontrábamos,
pues es muy pesado el caminar por el pedregullo. El Quemado
es tanto como Santa Cruz. Se encontraba allí la Iglesia, que
no era más que un galpón hecho de chapas de zinc con una
cruz de madera. Unos cuantos boliches, aunque muy pobres,
saciaron en parte nuestra sed y hambre. Hasta lo último
volvimos a la playa como se nos tenia ordenado, embarcando
en la lancha y regresando poco después a nuestra querida
Sarmiento.
De Santa Cruz a San Sebastián (R.A.)
El 10 de Febrero a las 7 h. 45 m. zarpamos de Santa Cruz con
destino a San Sebastián; la mar estaba algo pesada. Pronto
perdimos de vista la costa; navegábamos a vel<l>a, un fuerte
chubasco nos obligó a aferrar todo el paño, excepto las
gavias. Al día siguiente a las 9 h. 20 m. navegando con
rumbo S.O. se avistó el cabo Espíritu Santo y las tierras
altas de Tierra del Fuego. Son completamente desprovistas de
vegetación, de color café amarillentas. En ella(s) vimos un
mojón, sin duda el que separa tierra Argentina de la Chilena.
El cielo estaba cubierto; el agua variaba de color entre el
verde claro y el café. Se recogió la C(orredera) de P(opa),
dando 118 millas. En las latitudes que navegábamos el clima
no sólo es muy frío, sino que el tiempo es muy variado,
generalmente malo, continuamente rachas y chubascos que
obligaban (a) estar continuamente alerta en el velamen. A
las dos de la tarde del día 12 dimos fondo en la bahía de
San Sebastian, en 55 brazas de agua, fondo de arena,
filándose 5,6 grilletes de cadena. A la una cuarenta y cinco
minutos se sacó la C(orredera) de P(opa) marcando 74 millas.
De San Sebastián a Puerto Hambre
A las once hs. veinte minutos se levaron anclas de San
Sebastián con destino a Puerto Hambre, situado en el
estrecho más allá de Punta Arenas.A la una se avistó el Cabo Vírgenes y momentos después Punta
Dungenes y Monte Dinero. A 10 hs. a.m. se cambió rumbo S 30
O, dando (la) C(orredera) de P(opa) 95.50 millas, a la misma
hora se enfiló el eje de la Ia Angostura. A las 10 h. 50
estando fuera de la Ia Angostura se cambió rumbo al S 11 O.
El buque en este trayecto se situó por marcaciones a Pta.
Dinero, Cabo Posición y Monte Aymond. Cabo Horange y Cabo
San Gregorio.
A la I h. 30 m. p.m. se dio fondo en puerto Hambre.
El Estrecho de Magallanes hasta Puerto Hambre
Todo lo que nuestras costas son de escarpadas, monótonas y
desprovistas de vegetación, las del chileno, esta parte que
nos ocupa, no pueden ser más pintorescas y de más vigorosa
vegetación. Es difícil darse cuenta por referencias de lo
que es el estrecho.Es un laberinto de elevadas islas -700, 900, 1000 m.-
presentando aspectos muy diferentes; unas, formando
semicírculos; otras, agrupadas de distintos modos, las más
lejanas, semejan una tormenta que se eleva, de color azul
negruzco, apenas se destacan cuando el cielo está cubierto;
las menos lejanas se ven de color verde claro y las que
están próximas presentan muy variados tintes según el modo
como la luz está en ellas distribuida; a lo lejos se destaca
sobre lo demás un elevado pico, sumamente negruzco y en su
cresta manchones de blanquísima nieve. Nada iguala al
hermoso fenómeno de la salida del sol y en la semi oscuridad
de la madrugada se ve de pronto iluminado un lejano pico y
reflejar su nieve luz tan viva como si tuviese luz propia;
todo lo demás está a oscura(s), es el sol que bajo el
horizonte aún empieza por iluminar los puntos más elevados.
Enseguida de aquél aparece otro igualmente iluminado, ¡es
hermosísimo! Los colores del iris aparecen en cada pico,
desde el blanco de la nieve que ocupa la parte culminante,
luego un color verde muy vivo y claro, otro más oscuro,
donde la luz no da con tanta fuerza y a estas fajas de tan
indescriptibles matices siguen más hacia la base, el rojo
color de sangre, el violeta, luego un azul claro y amarillo
envuelve el resto de los elevados cerros. En medio de tanta
luz, algunos de ellos empiezan como amarillos, va(n) tomando
un color blanquecino y de pronto se pierde(n) a la vista,
brillando en su lugar el iris que parece ir a perderse atrás
de los que siguen a la vista. Esto es debido a un fuerte
chubasco que sólo cubre una cierta porción del horizonte.
En Puerto Hambre fondeamos como a tres millas de la costa;
se veía muy próximo a ella un cerro como de unos 600 metros
de elevación, completamente cubierto al parecer de pequeños
arbustos o pasto, nuestros deseos eran bajar a tierra para
trepar a él hasta su cúspide. A la una p.m. nuestros deseos
se realizaban: una lancha tripulada por guardiamarinas ponía
a esa hora proa a la costa. Bajamos, era aquello un inmenso
bosque, penetramos; frondosísimos y elevados árboles se
encontraban tan enmarañados que apenas podíamos dar un paso
en dirección a nuestro cerro. Seguíamos penetrando, ¡qué
fragancia se respiraba allí! Era la fragancia de la
Naturaleza pródiga en esa rica región.
Los liqúenes o musgos de gran altura tapizaban los troncos
de los árboles formando un invertebrado más blando que los
artificiales. Cansados ya pensamos en la vuelta pero en
aquella selva virgen no se encontraba ningún sendero ni
huella humana, por lo que nos fue muy difícil salir de allí
a la costa. Y nosotros que pensábamos subir hasta lo más
elevado del cercano cerro, resultó que ni a su base
alcanzamos, y lo que creíamos pastos eran corpulentos
árboles que iban subiendo gradualmente y tan agrupados que
de lejos todos parecían formar con sus copas una sola.
Después supimos, por un indio que habitaba en una casucha,
que en el caso (de) poder trepar a nuestro cerro
emplearíamos más de un día, pero que irremediablemente no
volveríamos a la costa, además estaba habitado por leones.

A la mañana siguiente, día 15, zarpábamos con destino a
Punta Arenas, que el día anterior dejáramos a nuestra popa.
Nuestra escuadra, formada del Belgrano (a cuyo bordo venía
S.E. nuestro presidente de la repúbica), la Sarmiento y (el)
Patria, navegaba en línea de fila, 300 metros de distancia
de barco a barco, cambiándola antes de dar fondo por la
línea de frente. En Punta Arenas nos esperaban ya los
acorazados chilenos, entre ellos el O’ Higgins. Apenas nos
avistaron rugió el cañón del Chileno que retumbó en los
lejanos cerros. Nuestra escuadra seguía impasible. De pronto
el Belgrano queda cubierto en una nube de humo y un bramido
formidable se dejó sentir de sus piezas de 250 mm. Pero
estos disparos que días antes debían llevar la muerte a uno
o otro buque y salvar el honor de una u otra nación, era(n)
tan sólo un saludo de bien venida.
Allí estaba el gran buque chileno, con sus tres elevadas
chimeneas pintadas de amarillo, y todo lo demás del buque de
negro, nada revelaba en él a un barco poderoso y sin embargo
lo era. El Belgrano fondeó cerca de su costado con la
bandera Chilena flameando a popa y la azul y blanca al tope
del mayor, con sus dos gruesas chimeneas pintadas de
amarillo, el casco blanco y la artillería que bien se
destacaba en ese fondo, su corte, en fin, el conjunto todo
lo hacía más majestuoso que el chileno. Al costado del
Belgrano la gallarda Sarmiento, como una palomita blanca,
empavezada de gala, sus elevados palos y abundante cabullería, llamó la atención a todos los chilenos.A la noche se nos invitó a un baile al que asistimos todos
los marinos Argentinos y Chilenos y los presidentes de ambas
repúblicas.El baile empezó a las 11 de la noche terminando a las 5 de
la madrugada, hora en que regresamos a bordo bajo la copiosa
lluvia que caía.
Se dio en el O' Higgins un banquete a la oficialidad
Argentina, al que sólo 25 guardiamarinas asistieron por
sorteo de la Sarmiento, quedando los demás de guardia de
botes. Consecuencia inmediata es que la pasé desde las 10
p.m. hastalas 5 de la mañana embarcado en la lancha, para
conducir oficialidad de los barcos chilenos a los argentinos
y entre los argentinos mismos.Esa misma noche se dio en el Belgrano un banquete a S.E. el
Presidente chileno y en la Sarmiento a la marinería chilena.
Punta Arenas
Punta Arenas es un pueblito chileno situado sobre el
estrecho de Magallanes, en la parte continental de una
población de cuatro a cinco mil habitantes; es(tá) muy
extendida sobre la costa, pero muy poco al interior. Casas
algunas bonitas, pero la mayor parte de madera; muchas casas
de cambio, teniendo la libra un valor de 18 a 19 pesos, o
sea un argentino próximamente dos chilenos. El mejor hotel,
o por lo menos donde se come mejor, es el denominado «Roto
Chileno». Tiene un lindo muelle, varias casas de peletería y
cafés, siendo el mejor el del Diluvio. Está la población muy
defendida por la parte continental por elevados cerros.
El día 18 tuve el placer de tener entre mis compañeros al
amigo, distinguido entre todos ellos, Bailón M. Navarro, el
amigo de las aulas, con quien compartimos las horas de labor
y descanso en la E(scuela) N(aval), aquí de nuevo reunidos
para dar la vuelta a nuestra esfera.
De Punta Arenas a Valparaíso
El día 19 de Febrero salimos de Punta Arenas con destino a
Valparaíso. Remontamos la hermosa parte del estrecho que
antes recorriéramos hasta Puerto Hambre, donde dimos fondo
en el mismo punto que antes lo hiciéramos. A la mañana
siguiente del nuevo día nos pusimos en movimiento: el
trayecto que nos faltaba por recorrer en el estrecho era el
más curioso e importante. A lo lejos veíanse elevados picos
cubiertos completamente de nieve, cuyo punto culmi-nante se
perdía en las blancas y amontonadas nubes. Penetramos en la
parte más estrecha y elevada; con ojo certero podría cazarse
en ambos lados de la costa si es que aquélla se presentase;
de pronto pasábamos,un elevado monte completamente cubierto
de vegetación, cuyos frondosos y apiñados árboles se
distinguían perfectamente; otras veces se descubrían
extensas praderas, cuando no la nieve como inmensas sabanas
extendidas en la parte más elevada. Otras se presentaba un
monte completamente negruzco, oscurecido, al parecer su pico
de piedra y desprendiéndose desde lo alto de su cumbre una
pequeña cascada, que describiendo varias curvas iba a
vertirse en el estrecho.
Seguíamos navegando, no había nada que perder de aquel
trayecto, no sólo por lo hermoso que era, sino,
principalmente, por lo difícil que es la navegación en esa
parte. De pronto el canal se ramifica en varios, y a(h)í la
dificultad de saber cuál de ellos debe seguirse. Solamente
uno que haya navegado varias veces por el estrecho puede
tener seguridad en los numerosos estrechos que se le van
presentado.
Una noche al raso en la costa del estrecho de Magallanes
Serían las 12 de la tarde del día 22. La Sarmiento, a media
milla de la costa, daba fondo al reparo de una pequeña bahía,
la de Borga. La costa era como toda la del estrecho formada
por elevados montes; el que de allí se descubría tenía como
1000 metros de elevación. Era el monte Borga, un poco m(ás)
(a)trás de él se veían manchones blanquecinos de nieve, que
se perdían después. Su base estaba cubierta de vegetación y
de lo alto se desprendía una cascada, que se perdía después
dentro del apiñado bosque. A la una de la tarde un bote
atracaba a tierra y los guardiamarinas de la Sarmiento
saltaban a ella. Una vez en tierra nos reunimos en
diferentes grupos. Yo seguí con tres de mis compañeros y nos
dirigimos hacia el lado donde desembocaba la vertiente.

Allí el Sñor. Comandante nos dio a conocer la existencia de
un pequeño lago que se encontraba un poco más arriba
trepando unos pocos metros. Hicímoslo así y momentos después,
encajonados en las faldas de dos corpulentos cerros, se
dejaba ver un laguito. rodeado de pequeños arbustos y
plantitas llenas de frutos rojos y pequeños, diferentes
clases de helechos y musgos adornaban su ribera.
Bajamos, llegamos nuevamente a la cascada y por medio de un
árbol caído de través sobre ella que nos sirvió de puente
pudimos pasarla; todos los demás guardiamarinas ya lo habían
hecho por distintos puntos y se dirigían a la base del monte
de donde aquella se desprendía. Nos incorporamos a ellos y
comenzamos a trepar; la pendiente era muy brusca y lo peor,
que teníamos que trepar por dentro de un grupo de árboles.
Yo, que me declaré guía de mis
compañeros, seguí en una dirección un poco apartada a los
de mis excursionistas. Mis deseos eran llegar hasta la misma
nieve, ver el espesor y extensión que tenían aquellas
manchas blancas que se veían desde a bordo. Por esta causa y
guiado de la curiosidad, no me di mayor cuenta de lo
desventuroso que era trepar esa parte, y pronto llegué a una
especie de planicie, allí tomé descanso; notando que mis
compañeros no me seguían, los grité, pero no obtuve
respuesta; empezó a caer una menuda lluvia que pronto paró.
Me disponía a seguir adelante cuando noté que varios
guardiamarinas se dirigían al punto donde estaba. Los esperé,
nos pusimos de acuerdo en trepar el resto creyéndolo cosa
fácil, bajamos un poco en dirección a la cascada para
orientamos; allí se sentía ya el ruido de la caída, pero
para ir en esa dirección teníamos que atravesar por lo menos
dos cuadras en el tupido y húmedo bosque, no obstante este
inconveniente nos internamos en él, trepando siempre,
subiendo por encima de los troncos caídos cubiertos de
húmedos liqúenes. Atravesamos otro brazo de la cascada cuyo
ruido se sentía cada vez más claro, encontrándonos en un
gran descampado. El número de los excursionistas había
disminuido; habíamos trepado mucho. La Sarmiento parecía un
pequeño yate casi encallado sobre la costa, miramos el cerro
y su gran altura parecía no haber disminuido en nada; no
obstante, guiados por nuestra obstinada curiosidad de llegar
a la cima y ver el panorama del estrecho desde allí, nos dio
fuerzas y seguimos trepando. La vegetación cada vez era más
escasa y pequeña y empezaba a verse la piedra desnuda o
cuando más cubierta de liqúenes; subidos a cierta altura,
tuvimos que hacer alto para tomar descanso y esperar a
algunos rezagados. Un último esfuerzo nos condujo por fin a
la elevada cima. Miramos alrededor con gran satisfacción por
llegar al punto más elevado del monte, al menos así lo
creíamos (desde a bordo), pero no era así: estábamos a esa
gran altura a la base de otra tan elevada como la que tanto
nos costó subir. No nos atrevimos a ir avanti; muy inferior
a nosotros se veía el frondoso bosque como si constituido de
pequeños arbusto(s); la Sarmiento había desaparecido por su
demasiada proximidad a la costa y del nuevo pico que se nos
presentaba como desafiando nuestras agotadas fuerzas quedaba
su parte superior tapada por girones de nubes que
desparramaba el fuerte viento en esas alturas. Pero el deseo
de llegar a la región de esas nubes y más a la nieve que se
le veía próxima y sobre todo tocar esas alturas no trepadas
allí por ningún ser humano, y como no había allí bosque y la
pendiente no era tan brusca, decidimos seguir cn anii.
Hicímoslo así pero de un modo más descansado. A medida que
avanzábamos hacíamos resbalar enormes piedras que pronto
tomaban una aceleración vertiginosa, dando enormes saltos,
empujando a otras cuando no las deshacían en su carrera sin
igual. A medida que avanzábamos la vegetación era más escasa,
sólo uno que otro árbol enano, de ramas muy extendidas, el
musgo perdía también su vigor. Pronto desapareció éste, dando lugar a un musgo negro,
quizás ardido por los hielos, y que se encontraba formando
pequeños grupos.
Serían las cinco próximamente cuando llegamos a la cima del
segundo monte, cuya altura sería de dos mil metros o de dos
mil quinientos. Un curioso y bonito fenómeno se nos presentó
a la vista: el arco iris. El extremo del arco iba por un
lado a morir un poco distante de nosotros, en la cima de
otro monte lejano, mientras que el otro venía a caer a unos
pocos pasos debajo de nuestros pies, casi tocábamos con las
manos el iris majestuoso que en las llanuras de las pampas
argentinas sólo a grandes distancias se deja ver. En este
punto estábamos a superior altura que la cima de los vecinos
montes. Muy abajo se veía la cima que tan elevada nos
pareciera antes. Bosque y catarata habían desaparecido bajo
nuestra vista (y) el gran estrecho se presentaba en
miniatura, era un laberinto de pequeños canales cuyo gran
oleaje parecía las arrugas que se forman por la acción del
viento en una mansa y pequeña laguna. No nos pudimos detener<nos>
tanto, la hora era avanzada y nuestra imprudencia nos
arrastraba a una extensa sabana de nieve que se veía en casi
la base de un nuevo monte. Para llegar allí teníamos que
efectuar la bajada de nuestro elevado pico por el lado
opuesto a la subida. Esta tenía una pendiente rapidísima y
de piedra casi pelada. ¡Qué imprudencia la nuestra! Una
pulgada tan sola que hubiésemos desviado el pie del punto
exacto en que debía asentarse, el agarrarse para descender
de una piedra no bien ñja, hubiera sido lo suficiente para
venirse rodando hasta la base recorriendo una altura de 2500
a 3000 metros y de este modo, tuvimos que hacer la mayor
parte del descenso. Uno de nuestros compañeros no nos quiso
acompañar en el descenso del lado opuesto al del ascenso,
sin duda no estaba como nosotros ebrio de locura. Por
nuestra parte creíamos una insensatez no llegar hasta el fin
después de haber hecho la mayor parte del trayecto, y en esa
creencia seguíamos descendiendo; pero para hacerlo teníamos
que ir describiendo grandes curvas, pues de lo contrario
hubiéramos bajado con la misma aceleración con que poco
antes (lo) hacían las piedras que arrojáramos.
Tampoco íbamos unos detrás de otros pues una pequeña piedra
que desprendiésemos, formaría con las sucesivas que fueran
chocando una especie de avalancha y ¡ay de aquél que fuera
chocado por aquellos proyectiles atraídos por la gravedad!
Pronto se nos perdió de vista la Sarmiento, pero seguíamos
su dirección. Como dije antes, íbamos muy separados uno de
otro y esperábamos casi con tanta ansiedad como Colón, el
grito de \Nievel, en vez de tierra. Serían las 6 de la tarde
cuando uno de nuestros compañeros, el que iba a la cabeza
del descenso y que momentos antes habíamos perdido de vista,
aparecía de nuevo con los brazos algo abiertos y una
substancia blanca en las manos (y) antes de que nos diéramos
cuenta de lo que pasaba el éter nos transmitía la esperada
exclamación: \La niiieeeveeel Pronto llegué a reunirme a él,
siendo el segundo, y cuál no sería mi satisfacción al
encontrarme de pronto delante de aquella sabana blanquecina
que medía algunas cuadras de longitud y algunos metros de
espesor. Rápido y sin detenerme en estos detalles, que los
tomé después, trepé a ella y lo que nunca conseguí con
patines lo hice con mis pesadas botas y cansados pies:
patiné en ella. Como sintiera embarrarme los pies salimos
muy apresuradamente y nos pusimos a hacer grandes y
comprimidas bolas del elemento solidificado mientras llegó
el octavo camarada, pues ya éramos ocho. Saboreada nuestra
victoria y cada uno con una bola de nieve, tan dura como la
piedra, envuelta en un pañuelo, nos acordamos recién de la
vuelta. Nos dimos cuenta, como si despertáramos de un sueño,
(de) la enorme distancia recorrida, vimos recién nuestra
temeridad, miramos hacia arriba, el pico cuya mitad habíamos
descendido, nos asustamos. Parecía que aquél recién se daba
cuenta de nuestra insolencia y nos amenazaba con su altura.
No había tiempo que perder. Eran ya las seis y media; el sol
hacía tiempo que quedó oculto tras el monte; nos paramos a
deliberar. Seguir descendiendo era perder camino, pues si
bien descendíamos, lo hacíamos abriéndonos mucho de la
dirección a la Sarmiento, pero ¡¿quién de nosotros o <de>
cualquiera en nuestras condiciones se animaría (a) subir
nuevamente y recorrer el camino que sólo de recordarlo lo
temíamos?! Así pues decidimos seguir descendiendo. Al
principio no encontramos vegetación, como tampoco la
viéramos al trepar cerca de la cima, pero no por eso era
exenta de peligros. La reflexión llegó a mí en esas alturas,
y entre mí daba gracias al Creador que nada nos hubiese
sucedido ni a mí ni a mis compañeros. En efecto, ¿qué
hubiese sido de mí si tropiezo y caigo? ¿Si tan sólo se me
hubiese dislocado un pie, si se hubiese(n) roto las plantas
de las botas o roto un dedo de los pies? ¿Y qué si lo mismo
hubiese sucedido a alguno de mis compañeros? ¡Abandonarme! ¡Abandonarlo!
¿Y decir que no supimos lo que fue de mí o de él? ¡Nunca! ¡Imposible!
Dejar, quedarse alguno en mi compañía o en la de alguno de
ellos y seguir los demás avanti para dar parte, ¿y qué
hubiera dicho nuestro Comandante entonces? Hasta ahora no he
podido dar solución a esta última pregunta, pero en tan
triste caso hubiera sido lo más correcto: tales cosas iba
pensando (después supe que mis compañeros habían, a esas
mismas alturas, vuelto ajuicio) cuando siento un grito que
me dio Katzenstein. Miré al compañero tan de improviso
llamado y vi que cual caballo desbocado traía una
aceleración tal que era imposible dominarse. Habíase
olvidado de bajar formando curvas y la rápida pendiente era
causa de su vertiginosa carrera. Iba sin duda a deshacerse
cuando gracias al Altísimo en un grupo de enormes árboles
que le llegarían a la cintura pudo detenerse. Felizmente
nada le sucedió más que el sustito que nosotros y más él nos
habíamos chupado. Llegamos a él y nos reunimos
nuevamente todos en ese punto; la vegetación empezaba a
tomar vigor y muy pronto a 80 metros de distancia no nos
veíamos el uno al otro. Seguimos avanzando; el sol se había
ocultado, no sólo tras el cerro sino también del horizonte.
Sin embargo la costa aparecía por entre los árboles a muy
larga distancia. Teníamos mucho cuidado de no apartamos el
uno del otro, pero como ya era de noche, aunque no muy
cerrada, sería fácil que alguno se extraviase.
La selva estaba imponente, nada se oía ni se movía a
nuestros pasos. El aire parecía no circular por allí, tal
era la quietud de las hojas de los árboles. No se sentía la
presencia del más pequeño ser viviente; caminábamos sobre el
liquen que cubría las raíces de los árboles lo mismo que
todo el piso, de modo que ni nuestros propios pasos se
sentían.
De pronto, cual voz de fantasma, se sentía la de
aaadeeelaaanteee dada por mí o por uno de mis compañeros
para orientar al que venía detrás. Estas voces se iban
repitiendo pasándola(s) y como el inmediato de atrás
empezaba con la misma llamada antes que el primero terminase
la suya, parecía una voz que llegaba hasta el infinito.
Recién iba a empezar la parte difícil de nuestra forzada
marcha. Arboles apretados por su altura, apiñados, apenas
daban paso; cuando no, otros caídos unos sobre otros, y
tanto éstos como las raíces que quedaban fuera de la tierra,
los más gruesos esteban cubiertos de liquen, de modo que se
caminaba por un acolchado suave y blando pero ondulado y
sumamente peligroso caminar por él.
Parecíamos más bien <que> exploradores extraviados, salvajes
en busca de caza; a veces un árbol caído nos servía de
puente para evitar una pequeña vertiente. Otras veces nos
hundíamos hasta la cintura en un pozo tapado por el liquen.
¡Cuántas veces en nuestro descenso en la selva donde la
pendiente era muy brusca hemos bajado tan sólo utilizando
los brazos para prendemos de las ramas y plantas sólo
tocando muy rara vez con los pies y de este modo nos
precipitábamos en sacrificio de nuestras pobres manos hasta
llegar a una abertura! La costa parecía ilusión: siempre se
la veía a la misma distancia, cuando un despejado permitía
verla. La noche era ya bien cerrada; eran como las
7 y media p.m. pero allí estaba tan oscura como si fueran
las 12. Ninguno pronunciába<mos> una palabra; ni siquiera la
ingrata selva nos permitía ir más o menos próximos sino
bastante separado(s): silenciosos y sin damos cuenta del
cansancio seguíamos cn-anti. Las voces de ciaadeeelaacinieee
se repetían por intervalos para guiar al más atrasado y era
la misma voz el único sonido que profanaba el religioso
silencio de aquella virgen seh a. tan vigorosa pero tan
desamparada del ser animal: ni una pequeña ave. ni insectos
ni nada indicaba allí la vida. La costa era más deseada
ahora, que la nieve antes, porque esperábamos una costa
playa como las de Puerto Madryn o Puerto del Hambre.
donde ya no había más pendiente, ni más selva, (ni)
matorrales. ¡Qué pronto debíamos desengañamos! Serían
proxima(me)nte las 9 h. 20 de la noche, cuando en vez del
aaadeeeláaanteee se sintió el alegre grito de laaa cooostaaa,
que la dimos yo y mi compañero Fernández quienes fuimos los
que nos manteníamos juntos desde el descenso y los primeros
en llegar a las orillas del estrecho. No obtuvimos respuesta,
lo que nos alarmó un tanto pues pensamos se hubieran
extraviado o por lo menos, siguieran dentro del bosque en
otro sentido que el de la costa. Reunimos nuestras fuerzas y
haciendo con las manos una especie de bocina que la
dirigimos en sentido de donde debía venir, lanzamos después
de contar, tras una acompasada y prolongada llamada, después
de repetir ésta tres veces, sentimos apenas perceptible la
respuesta: Aaavaaantiii vaaamooosss. Esperamos unos minutos
más y cuando por la claridad de la respuesta notamos su
proximidad seguimos adelante salvando la última pendiente y
encontrándonos en la costa. ¡Pero fatalidad! La costa no era
formada ni por arena ni por pedregullo, sino por filosas y
grandes piedras, que sólo muy despacio y apoyándonos en
ellas con las manos podíamos andar. A unas cuantas cuadras
tuvimos que metemos en el agua hasta cerca de la cintura
para salvar un pequeño recodo donde la costa era cortada a
filo.
Salvado este paso pudimos seguir unos pocos metros más, pero
la costa venía nuevamente a filo y para seguir había que
hacerlo por dentro del bosque. Resolvimos esperar sentados
sobre esas filosas, peladas y mojadas piedras que todos
nuestros compañeros se nos reunieran para deliberar sobre el
asunto. Si afrontar allí a la intemperie o seguir por el
bosque; no obstante lo cansados que estábamos con mi
compañero y antes de que el resto se nos reuniese, fuimos
trepando y penetrando un poquito en la selva, pero seguir a
oscuras en aquellos matorrales, expuestos a hundimos de
repente, hubiera sido una locura. Por esta causa nosotros
mismos resolvimos el punto de esperar allí mismo, sobre las
piedras y sin ningún reparo para los chubascos, a que
aclarase. Como a los cuarenta minutos de estadía allí se
reunió el último grupo de excursionistas compuesto de tres:
Moreno, Artigas y Eguren. Poco antes lo hicieron Iguain,
Pumará y Katzenstein, estando yo y Fernández instalados
dispuestos a pasar la noche. Todos reunidos, nos pusimos a
reír de nuestra temeridad y la cara que cada uno tendría al
subir al otro día a bordo. Pasados los primeros momentos, se
trató de resolver definitivamente la cuestión y para ello
cada uno debía exponer sus razones. Yo y Fernández, que va
habíamos intentado seguir por el bosque inútilmente, nos
opusimos resueltamente a una segunda tentativa. Katzenstein,
que era un correntino nadador como un pez. nos propuso
salvar a nado él esa parte difícil de la costa, pero no se
lo permitimos por muchas causas: en primer lugar, nadie nos
garantía que la costa no siguiese así por mucha extensión y
entonces, ¿qué hubiera sido de él? y ¿qué si cansado como
estaba le faltaban repentinamente las fuerzas? Por estas
razones no accedimos. Salir y esperar en el bosque a su
orilla era peor, pues el liquen estaba empapado en agua; por
otra parte si bien las piedras no ofrecían cómodo asiento y
de ningún modo cómo acostarse, y aunque estaban húmedas y
frías, había allí muchos mejillones y una pequeña vertiente
iba a volcarse en ese punto.
Una vez decidido quedamos allí, algo teníamos que hacer como
una última tentativa. Lo primero era llamar a la Sarmiento
en corporación. Así lo hicimos, haciendo bocinas con las
manos, un sonoro y prolongado grito de Saarmiiieeentoooo
dejó sentirse entonces, e iba a retumbar en lejanos cerros a
cada llamada que hacíamos y aunque la situación no era para
menos, la acompañábamos con una sonora carcajada, pero
enseguida nos acordábamos (de) que aún nos faltaba mucho
para terminar nuestra (?) imprudencia, en primer lugar, ¡Qué
noche íbamos a pasar! Sobre piedras mojadas y filosas, con
las botas y botines llenos de agua y como si esto no fuera
suficiente para no estar secos, los continu<ad>os chubascos
nos remojaban por arriba. No habiendo tenido resultado
nuestra llamada, resolvimos intentar una fogata con la leña
humedecida que encontramos. Muy poca encontramos que
sirviera para la combustión, pero hubiera sido suficiente si
la fragata no se encontrara como a tres leguas de distancia.
Reunida la leña, pensamos recién que los fósforos estarían
mojados; después de mucho registramos los bolsillos se
hallaron unos pocos en el bolsillo interno de un capote de
agua de los dos únicos que se habían llevado. La leña no
obstante su humedad y debido al viento fresco que soplaba
del estrecho no tardó en arder y por consiguiente tuvimos
lumbre que si no conseguía llamar la atención, por lo menos
nos servíamos de ella para calentamos. Serían ya las doce de
la noche, cuando tuvimos que soportar un fuerte chubasco de
agua y viento. Entonces nos agrupamos juntándonos lo más que
pudimos y resguardamos las cabezas bajo los capotes de goma
que se habían llevado. Cuando el chubasco pasó, se reavivó
el fuego casi apagado. Era tal el frío que teníamos que se
nos ocurrió dar nuevamente unas cuantas llamadas en coro a
la Sarmiento, como antes inútilmente. Nuestro pensamiento
estaba casi constantemente no en nosotros, sino en el
compañero que no nos quiso seguir a la nieve y quedó en la
cima del elevado monte. ¿Qué habría sido de él? ¿Se habría
perdido en la selva? ¿Se habría despeñado y no sería ya más
que una masa informe sin vida? Desafortunadamente nadie nos
dio la contestación. Quizás estuviese ya a bordo. Pensábamos
igualmente eii la noche de intranquilidad de nuestro
Comandante. En la de nuestros compañeros.
Serían las tres de la mañana, estaba aún perfectamente
oscuro, cuando la herniosa Venus apareció sobre el pico de
un monte, cual hermoso faro que nos
nunciaba, no el puerto de salvación pero sí la próxima
salida del Astro Rey. Venus fue saludada con hurras
entusiastas; pronto cesaron los hurras, para fijar nuestra
atención en una luz verde que parecía moverse. Pronto
notamos otra roja pero apenas distinguible. Las luces se
veían cada vez más claras. No dudamos ya que era un barco
que se nos acercaba. Era una verdadera suerte si nos recogía
y nos llevaba a nuestro buque, pues faltaban las peores
horas de la mañana y no teníamos seguridad del punto donde
estábamos y las fuerzas estaban ya muy gastadas.
Cuando se aproximó más avivamos los fuegos, cuando ya lo
íbamos a tener por el través pedimos socorro en corporación,
al mismo tiempo que con grueso pedazo de madera encendida
hacíamos señas. Al principio pareció que viraba, pues la luz
roja (babor) que se había perdido al llegar por el través
apareció nuevamente. Muy poco duró nuestra infundada alegría,
o nos tomó como salvajes (que después de volver la borda
supimos los había) o no habían visto nada, el hecho es que
la luz roja desapareció enseguida, lo que nos indicó una
virada en sentido contrario, la luz blanca iba poco a poco
perdiendo el brillo hasta que desapareció completamente. El
frío se hacía insoportable, las piernas se nos acalambraban
y como parecía que comenzaba a aclarar, nos decidimos (a)
hacer el último esfuerzo, seguir por la costa hasta el punto
en que ésta se cortaba a filo y luego penetrar en el bosque
y seguir paralelo a ella.
Con las piernas temblorosas por el cansancio y heladas por
el frío, tuvimos que decidimos seguir adelante. Un nuevo
chubasco quería damos su ingrata despedida: muy poca
impresión nos hacía su helado líquido en nuestro muy helado
cuerpo; seguimos aún por la orilla, cuando vimos una
profunda grieta o mejor dicho, una cueva, formada en la
desnuda roca. ¡Qué hermosa y agradable nos parecía con su
bóveda y piso completamente secos, su temperatura suave!
Helados como estábamos, hicimos una exclamación de
satisfacción y disgusto por el amparo que nos ofrecía y por
no haberla visto antes. No nos hicimos repetir la invitación
de entrar en ella. ¡Ella que era la versión generosa, la
única que nos ofrecía hospitalidad en nuestro largo trayecto
por la salvaje selva! Entramos, nos tendimos sobre el blando
acolchado de arena y dormitamos. Sin embargo, debíamos
interrumpirlo, para seguir adelante. ¡Aquel adelante que no
se le veía fin! Prendido(s) de las enredaderas y de los
matorrales subimos la barranca y penetramos en la implacable
selva, siempre con sus elevados y tupidísimos árboles, con
sus enormes troncos caídos cubiertos de liquen, con sus
zarzales impenetrables y lo peor, con sus pendientes bruscas
inaccesibles. Por fin recién a las nueve de la mañana
divisamos la gallarda y deseada nave. Apenas dimos unos
pasos en su dirección vimos levantarse una nube de humo de
su costado y el estampido de un cañonazo llegó pronto hasta
nosotros, muy distante. Inmediatamente vimos desprenderse y
venir hacia nosotros un bote. No esperábamos por cierto que
atracara bien: después de todo estábamos empapados y nos
metimos un poco en el agua y trepamos a él.
Allí supimos antes de llegar a bordo la mala noche que
nuestro capitán y algunos compañeros habían pasado
manteniendo fuego en la costa para guiarnos, y nuestro
Comandante, pensando en la gran responsabilidad que le
asumía si alguno regresaba de menos a bordo. Felizmente su
satisfacción debió ser grande al vemos llegar a bordo sin
ninguna desgracia. Subimos a bordo pero no necesitamos
explicar que nos habíamos extraviado. ¡Demasiado lo decía
nuestro semblante y nuestra ropa! Se nos comunicó orden de
arresto por cuarenta y ocho horas, pero era tan sólo el
medio de damos descanso. Con ansia bajamos a la camareta en
medio de los aplausos de nuestros compañeros que de seguro
pensaban ver uno menos. Rápido nos cambiamos ropa, tomamos
una copita de cognac y nos entregamos al delicioso sueño que
nos embriagaba.
Después de ese instante no sé qué pasó. Cuando salí a
cubierta, selva, montes, nieve, cascada y estrecho de
Magallanes habían desaparecido y las azuladas, suaves y
gigantes olas del gran Océano mecían la velera Sarmiento,
que con sus velas desplegadas e hinchadas por el viento
parecía gigantesco albatros rozando con sus al<l>as no el
firmamento, pero sí el mar sin límites para la corta mirada
del ser humano.
En el Pacífico
Majestuoso e imponente como todo mar, es el Rey de los
océanos.
Si existe algo indescriptible y que ni la pluma ni la
pintura pueden representar debidamente con sus caprichos,
sus rigores y sus bondades, es el extenso y reservado campo
de acción del marino, es esa extensión sin límites visibles,
es esa enorme masa líquida sujeta a tan variados cambios y
que tantas riquezas ofrece al mundo, sí. al mundo, pues
nadie puede vanagloriarse de ser su poseedor único: no hay
nación que lo limite en su extensión y sus riquezas alcanzan
para todos. El ser humano, insolente y audaz, no deja en él
huellas imperecederas, nada hay que pueda medirlo, ni menos
agotarlo.
En su grandiosa soledad, una nave, que no es más que un
punto, pide ayuda al elemento invisible, e hincha sus velas:
al mismo elemento, que puede hinchar gigantes olas y
sepultarla en el abismo insondable; ella sigue su camino, no
distingue nada que pueda fijar su dirección, más que
gigantes albatros que quieren acompañarla en su carrera y,
sin embargo, ella no va sin rumbo; va directamente, segura
de llegar al punto deseado; el viento cambia de dirección,
pero ella inclina más o menos una verga y se mantiene en
navegación en la dirección deseada.
Pasan las horas del día, la oscura noche se acerca, la gran
curva se va reduciendo, pronto queda envuelta en completas
tinieblas, suena el viento en las vergas, las aguas chocan
con fuerza en el casco, la nave es juguete de las
encrespadas olas, ya hunde, ya levanta su proa, ya se
acuesta de un lado, ya del otro, pero el marino impasible y
gozando por la interrupción de la monotonía hace aferrar una
vela, larga otra, arría un cabo y ala otro y fija-su mirada
en la dirección de su nave y del viento (y) sigue su carrera.
Quien como el marino no conozca la furia del océano, no
conozca lo que es mecerse muellemente en sus tranquilas
aguas al ocultarse el astro rey, quien no haya visto un
cielo tan vasto y cuajado de estrellas como el que él domina
con su vista, el que no haya mirado la reina de la noche en
las solitarias horas en que duerme la creación entera,
recostado en la borda de su nave, sin sentir más que el
vibrar de las jarcias a impulso del suave viento, quien no
haya visto, repito, un pequeño nublado en esas horas de la
noche debilitar la luz de nuestra compañera, y quien en ese
momento no haya pensado en su querida patria del que
continente y mares lo separan, quien en esos instantes no
haya recordado a sus queridos y ancianos padres y dejado
resbalar silenciosa una lágrima al verse ausente de su ángel
querido, ¡ése no sabe lo hermoso que es lo creado! No conoce
el Santo amor a la Patria. ¡No puede apreciar la ternura de
un hijo! Ni puede decir ¡conozco lo que es amar!

En Valparaíso
Después de determinar la posición de nuestro barco, el día 6
de Marzo, quedamos sumamente complacidos (al) ver que caía
en la carta tan próximo a la costa; nuestras observaciones
debían de comprobarse a la vista de costa al día siguiente.
A las cuatro de lamañana del siguiente día, de guardia en el
castillete, dirigía mis anteojos hacia la dirección de la
costa: nada se destacaba sobre el horizonte. A las cinco ya
el castillete se encontraba lleno de guardiamarinas que
querían ser los primeros en dar la noticia de tierra y por
tanto ser el primero en tener la prueba de la veracidad de
los cálculos. A las 6 de la mañana, cual débil y negruzca
nube, se destacaba<n> los montes de la cordillera costanera
de Chile; el rumbo que llevábamos era hacia ella, no había
para qué modificarlo. El gran poder de los anteojos en nada
aclaraba la parte envuelta en bruma de la costa, tal era aún
la gran distancia que nos separaba (cuarenta millas).
Cuán variada es la vida del marino, salir del grandioso
Pacífico, lleno de tantas curiosidades para atracar (en) un
puerto desconocido. Qué hermosos momentos son ésos, en que
se empieza a destacar el panorama de la pintoresca costa en
que se van encontrando con compañeros del mar que saludan
nuestra bandera y, por fin, cuando se nos presenta de golpe
una ciudad, vista por <la>
primera vez. Allí estaba la pintoresca ciudad del Pacífico,
Valparaíso, con su población a la falda de elevados cerros,
sus casas, a distintas alturas, parecían estar en laberinto
y no alineadas en ningún orden, sumamente extendida(s),
formaban semicírculo rodeando la profunda bahía en la cual,
dispuesta en línea de fila, se encontraba la escuadra
Chilena de cruceros y acorazados, todos pintados de negro y
dando la popa hacia la ciudad. Nuestra blanca nave había
disminuido su velocidad y con su bicolor bandera flameando a
su popa saludaba a la plaza con el número de cañonazos
reglamentarios, los que inmediatamente le fueron retribuidos.
Majetuosa seguía su marcha y penetró por medio de la doble
fila de los navios de guerra chilenos hasta dar fondo en la
bahía a una milla de la costa. Inmediatamente de dar fondo
recibíamos la visita del encargado de negocios que fue
recibido personalmente por nuestro comandante, y la del
corresponsal de La Nación, que enseguida de pisar ese pedazo
de la patria se vio rodeado de los guardiamarinas. Notábase
en ese hombre la plenitud de la satisfacción al encontrarse
rodeado de puros criollos después de tanto tiempo ausente de
su patria. En pocas palabras y con su carácter cordial y
atrayente, nos dio a conocer el carácter chileno, y lo bien
que por ellos seríamos recibidos.
Nuestro Comandante recibió esa tarde numerosas visitas. Por
nuestra parte sólo nos ocupamos de las nuestras. A las cinco
de la tarde un grupo de guardiamarinas de la Sarmiento
vestidos de parada y acompañados de los de igual grado de
los barcos chilenos se dirigían a la ciudad. Quedamos
naturalmente bastante fastidiados, pero como siempre
resignados, por no haber podido en esa misma tarde bajar a
tierra, pero el carácter especial del hombre de la mitad del
barco, como los ingleses llaman al guardiamarina, no le da
para resentimiento, y lo perdido es olvidado; en
consecuencia, nos pusimos a gozamos mutuamente por habernos
quedado como dicen nuestros criollos pronto y sin visita y a
discutir el modo de darle salida a nuestros deseos. En
consecuencia, pedimos al oficial de guardia una lancha para
ir a visitar a nuestros compañeros del Esmeralda. Nos objetó
que aún no habíamos comido y que como no habíamos sido
invitados, nos exponíamos a sufrir un chasco, pero nuestras
razones, por demás exigente(s), le <hizo> (hicieron) ceder
al fin y a las siete de la noche salvábamos alegremente la
corta distancia que nos separaba de la Esmeralda. Nos íbamos
acercando, sin que nada nos anunciase que nos esperaban. El
barco estaba muy poco iluminado, atracamos al gran crucero
chileno, subimos su gran escala donde nos recibieron un
grupo de compañeros chilenos con verdaderas muestras de
placer. No nos habíamos engañado, nos estaban con ansiedad
esperando; le(s) expusimos el objeto de nuestra visita que
era nos acompañasen para ir a tierra. El guardiamarina es
una
gran familia que habita en todos los navios de guerra de
todas las naciones, su carácter, sus costumbres y deseos son
comunes a todos; ellos son el alma de un barco, en todas
partes se le(s}ve: en las piezas, en la arboladura, ya
embarcando lancha, ya vigilando el aseo del barco, ya
haciendo cálculos, ya estudiando, en una fiesta alegre como
ninguno es el que le da mayor animación y vida o ya solo y
tranquilo cumpliendo en su camarote el arresto impuesto por
el superior, pues es a toda la oficialidad inferior, es por
todos mandado y de todo responsable.
Sin conocemos, por supuesto, fuimos presentados nosotros
mismo(s) y ellos mismo(s) y antes de cinco minutos
invadíamos su corporación y como si fuera nuestra querida
camareta la elegante y espaciosa de ellos. Cumplimientos no
podía haber entre nosotros, aún no habíamos comido y en
consecuencia no nos hicimos esperar la invitación de
acompañarlos al banquete que se nos tenía preparado y que
nosotros inocentemente fuimos a sorprender. El gusto con que
estaba dispuesto, era gusto de guardiamarinas, todo abundó y
sobre todo el Panqueque, Suberca-seaux reservado, Jerez y
Champagne.
Las hermosas canastillas de flores y repletas fruteras
estaban convidando al menos goloso<s>, cuánto más a nosotros
que (en) los últimos días de navegación nos alimentáramos de
charque y dura galleta. Nos sentamos intercalados, un
chileno y un argentino, sabíamos por referencia el gusto
especial que ellos tenían para vinos y licores y dije gusto
especial porque a ellos les gustaba demasiado.
Pero sin temor ninguno, por nuestra parte, nos sentamos con
confianza. El primer plato se hizo esperar un tanto, pero
según ellos no debíamos estar sin trabajo en el intervalo y
en consecuencia llenaron nuestras copas y el famoso salud se
dejó sentir; este salud era ni más ni menos que su
tradicional tomo y obligo que no consistía, por cierto, en
mojar los labios, sino (en) secar la copa hasta que se viera
el Cristo, que ellos creen ver cuando no le queda nada, ni
una gota, y esto no lo hacían por ser la primera copa, sino
que lo hicieron con las sucesivas que vaciaban y llenaban
unas tras otras. El entusiasmo crecía punto por punto, copa
por copa, los salud lejos de disminuir aumentaban; los /
Viva la Argentina! y ¡Viva Chile, mierda! se dejaban oír
frenéticos. Para los chilenos, y en especial para la gente
baja, el; Viva Chile! únicamente, no tiene valor: hay que
ponerle el ¡Mierda!, que es lo esencial del viva. Terminado
el banquete, nos dirigimos inmediatamente, argentinos y
chilenos, a las lanchas. Ahí se notó el mareo: gran número
de los que tomaron parte en el banquete apenas se podían
tener en pie. Mi compañero, ¡mi incansable compañero! que
tantas veces brindó por la Argentina con larcopa llena para
luego vaciar obligándome a hacerlo yo por Chile, sufrió las
consecuencias de su temeridad, como la sufrieron muchos
de los suyos. Aun cuando me fue imposible conservarme en mi
estado normal, tenía aún el pleno sentido, para poder
acompañarle a la lancha y poder apreciar el estado
vergonzoso en que queda el hombre más decente bajo el
dominio de los gases del vino. Una vez todos embarcados (siguen
dos palabras ilegibles) se puso en marcha la pequeña
embarcación en medio de los vivas y los ¡hip, hip, hurras!
dados por sus alegres tripulantes. Al aproximamos al muelle,
nosotros, los de la Sarmiento, guardamos silencio, como se
acostumbra hacer siempre que abandonamos nuestra casa
flotante, pero ellos, lejos de disminuir, los aumentaban y
asi en medio de ellos atracamos. Mi compañero del ¡salud!
con su cabeza recostada en mi hombro quedó profundamente
dormido; en vano intenté volver con él hasta el Esmeralda
para acompañarle, pero sus compañeros no me lo permitieron y
salté a tierra en su compañía.
Mi desengaño fue grande. Valparaíso, que desde a bordo se la
veía tan reducida, que parecía constituida de casas en
laberinto, era una verdadera ciudad. Es curioso penetrar en
una ciudad desconocida a esas horas, en tan alegre y
entusiasta compañía. Las calles estaban llenas de curiosos
que nos miraban como a seres raros. Sin cuidar de las
insistentes miradas seguimos con pasos tranquilos en
dirección al Parque de la municipalidad, en la calle
Victoria. Sin darme cuenta recorrimos el largo trecho del
muelle al Parque. Este se encontraba perfectamente iluminado
por su parte de afuera a la entrada, donde un sinnúmero de
personas de la clase media se habían estacionado para vemos
entrar. Cuando estuvimos a pocos pasos formaron una calle y
por ella, llenos de satisfacción, penetramos en el hermoso
lugar de nuestra recepción. Completamente iluminado con
farolitos suspendidos de las floridas ramas de sus delicadas
plantas. Todo era allí luz y movimiento; la crema de
Valparaíso se encontraba allí reunida. Numerosos Generales y
Almirantes ostentaban sus laureles que indicaban los largos
años empuñando la espada para defender el derecho y la causa
más santa y digna: los derechos de la Patria.
Hermosas damas dejábanse ver a voluntad, mostrando su
angelical rostro, sus ojos negros y rasgados, su andar con
su aire distinguido y elegante, su trato agradable, su
expresión sincera y cariñosa, las hacían arrobadoras y
atrayentes, todo esto después de tantos días sin ver más que
el horizonte del mar confundirse con el del firmamento, sin
haber oído más que las secas voces de mando y sentido el
continuo movimiento del barco.
Valparaíso
Valparaíso, ciudad chilena de próximamente cien mil almas,
se encuentra muy extendida en semicírculo al pie de las
elevadas montañas que forman parte de la cordillera
costanera. Vista desde lejos tiene un bonito aspecto. Sus
casas de estilo moderno como lo son las de casi todas las
ciudades americanas, están a distintos niveles, subiendo
gradualmente como las faldas de las montañas en que se
extienden. Primero los cerros de color rojizo, completamente
desnudos, luego la población y, a sus pies, las azul oscuras
aguas de la bahía, en la que flotan poderosas naves de
guerra, grandes paquetes trasatlánticos, lo mismo que
millares de lanchitas y botes que parecen juguetear al lado
de los gigantes acorazados. Llama la atención por su
posición la Escuela Naval, hermoso edificio situado sobre un
peñón del cual se domina perfectamente toda la bahía; a ella
se sube por un ascensor, constituido por dos pequeños
vagones: cuando uno baja la brusca pendiente, arrastra en
sentido contrario al otro que se eleva. El edificio de la
Escuela es muy superior al que ocupaba nuestra Escuela hasta
fines de 1898. Los modelos de estudio, como cortes de barcos,
piezas de artillería, son más completos que los nuestros, si
bien dejan que desear al respecto los gabinetes de física y
química. Los salones de comer y de estudio<s> son muy
espaciosos y ventilados; las mesas están dispuestas por
brigadas. El domitorio es un extenso salón con sus camas
alineadas y firmes, en oposición a las de nuestra Escuela,
que son camas hamacas.
Tienen para el baño, además del de lluvia, una extensa
pileta donde aprenden a nadar; un extendido patio a lo largo
de un murallón. La compañía tiene actualmente noventa
cadetes, dividida como la nuestra en brigadas, a cuyo cargo
están los brigadieres y subrigadieres, nombrados del año
superior. Su comandante es un Capitán de Navio y el segundo
uno de Fragata. Estando allí tuvimos ocasión de presenciar
algunos movimientos militares y gimnásticos, nos gustó la
viveza de los movimientos y uniformidad de ellos, tienen
ellos, como todos los cuerpos de línea, el paso de honor,
muy distinto a nuestro paso regular, que lo efectúan con las
piernas rígidas y saludando: es más bien un paso gimnástico
que de honor.
A la subida del muelle se ve el monumento a Prat. Allí viene
a desembocar la calle Victoria, que es la principal, con sus
grandes casas de comercio, exhibiendo a) público sus
abundantes mercancías. Lindas librerías, con sus limpias
vidrieras llenas de volúmenes y obras de notables autores,
numerosas novelas, que son las compañeras de la soledad:
casas fotográficas.
con hermosas fotografías de barcos y de bellezas chilenas.
Esta calle está atravesada por dos líneas de tranvías, o
como así se los llama, carros, semejantes a los nuestros,
pero cerrados completamente por delante a fin de impedir por
allí la bajada; en la parte de atrás hay un pequeño asiento
para descanso de la mayorala, pues aquí creen ventajoso
poner una mujer en vez de un hombre para la dirección del
carro. Estas van vestidas uniformemente, con sombrerito de
paja y un delantal blanco. Descartando la calle Victoria,
las demás son sumamente pobres y no pueden compararse a las
calles de nuestro Rosario; asimismo el movimiento diario,
ese interminable tráfico de carros y carruajes que se
observa a primera vista en la ciudad argentina es muy
superior al de Valparaíso. Las plazas de la ciudad chilena
son muy concurridas; a las cinco de la tarde bellas
chilenitas cual flores entreabiertas, rebozando en gracia y
frescura recorren en grupos las arboladas plazas,
deteniéndose a veces como inconvenientemente para dar lugar
a la aproximación de aquel afortunado que llena su
pensamiento; algunos ancianos que parecen rejuvenecer entre
tanta juventud, con paso lento e inseguro, se dejan conducir
allí por sus pequeñitos nietos o hijos y las dos edades
opuestas de la vida se unen allí en los mismos deseos y todo
les alegra.
Bonito espectáculo es (el) que ofrece la iluminación de la
ciudad en noches oscuras: parece un cielo cubierto de
estrellas rojizas, pues todas están a distintas alturas,
algunas tan elevadas que parecen un verdadero faro.
El pueblo chileno, como pueblo americano, es altivo y audaz;
como también cortés y caballeresco). La sociedad de
Valparaíso es sumamente distinguida, con sus bellas damas,
alegres y simpáticas y más dadas que las nuestras. Sin
embargo, el pueblo bajo, los que le llaman el Roto, está muy
oprimido y no goza, puede decirse, de la virtud de un pueblo
libre.
El recibimiento a los Marinos Argentinos
Nuestros vecinos del Pacífico nos esperaban con los brazos
abiertos, con los que nos estrecharon desde nuestra llegada;
pero ese abrazo de una nación que momentos antes debía
llevar el luto a nuestros hogares y regar con sangre de
Argenti(nos) los mismos campos empapados en tiempos de San
Martin para obtener la independencia de cuatro Naciones y
con ella la de Chile, nunca podía
ser un abrazo sincero, un abrazo a impulsos del corazón.
Chile nunca nos ha querido y por encima de la manera digna
como los marinos chilenos y la primera sociedad de Chile nos
ha recibido, el odio del pueblo, guiado por su prensa, se ha
hecho sentir muy a las claras y cuando el ejército, en un
momento de entusiasmo hacia la (sigue una palabra ilegible),
vivando el sol del Atlántico, ese pueblo salvaje no sabe
reprimir sus odios, insulta y degrada a su gobierno y al
mismo ejército que es su brazo fuerte.
Las numerosas y espléndidas fiestas nada dejan que desear en
su magnificencia y gusto; pero en mi concepto los numerosos
vivas a la Argentina y Chile muy poco o nada han estrechado
los brazos de unión entre ambas naciones, si es que entre
ambos pueblos puede haber sincera y eterna unión.
El programa de las fiestas es el siguiente:
Día siete por la noche concierto en el Parque Municipal,
comida en el Esmeralda y Prat a los guardiamarinas de la
Sarmiento.
Día ocho, banquete en la Escuela Naval.
Día nueve, matinée en el O’Higgins; por la noche smocking
concert. El mismo día se dio a bordo de nuestro barco, a los
ministros de instrucción y de obras públicas, señores
Palacios Lapota y Alessandri, (un banquete).
Día 10, comida en el Prat y en el Esmeralda.
Día once, fiestas en Santiago: banquete, parada militar,
visitas a los cuarteles. En Valparaíso, distribución de
premios en el Teatro Victoria a los bomberos.
El día 12, ejercicios de los bomberos, banquete a la
marinería.
El día 14, comida en la Sarmiento a los guardiamarinas
chilenos.
El día 15, Banquete en la Sarmiento a S. E. el presidente
Chileno y banquete dado en tierra por los oficiales de la
Sarmiento a los oficiales chilenos.
El día 16, baile en el Teatro Victoria y el 17, a la mar.
El pueblo Chileno se precia de hablar mejor que nosotros el
Español, y creen encontrar en nuestra formación algo del
Francés. Nos llaman los cuyanos, en vez de argentinos, sobre
todo la clase baja a quien ellos mismos llaman el roto;
también nos llaman los chees, por la mflcha aplicación que
hacemos del che, y que ellos no usan. Ellos tienen en verdad
palabras usuales más castizas, o mejor dicho, agallegadas,
como el pues hombre* niño aplicado a todas las edades menos
al que nosotros llamamos niño y (al) que ellos dicen
chiquillo. En lugar de la interjección eh. que nosotros
usamos sólo para indicar no haber entendido bien lo dicho,
ellos usan mucho el ah para indicar lo mismo y como para
finalizar sus frases, por si acaso dejan duda en ella: así.
por ejemplo, habiéndose hablado de una persona mayor, y
volviéndose a referir a ella dicen: ¡Pues hombre! ¿Qué te
parece el niño, ah?
El pueblo chileno es más religioso que el nuestro; la
Iglesia está intensamente ligada con el Estado; ninguna dama
puede asistir al templo de sombrero, ni gorra y todas lo
hacen de manto negro que, por cierto, demuestra más seriedad
y respeto.
El clima de Valparaíso es sumamente templado; no se sufren
los rigores del verano y según ellos tampoco grandes fríos
en invierno, lo contrario del clima de Santiago que es muy
extremo.
La despedida
El espléndido baile en el Teatro Victoria dio fin a las
numerosas fiestas que componían el programa con que Chile
nos obsequiara. A las cinco de la mañana volvían los más
entusiastas; a las ocho el guardiamarina de guardia a popa
se ocupaba en averiguar si todo el personal del barco se
encontraba a bordo, lo que no sucedió pues varios nombres de
marineros quedaron señalados como ausentes. Estos marineros
aprovechando un momento de descuido del centinela, o más
probablemente de algunos de los barcos chilenos donde fueron
enviados como invitados, lograron fugarse. Algunos de ellos
fueron detenidos, y dos en el paso de los Andes, donde uno
por resistirse al centinela al que no pudo seducir por
dinero, fue muerto. A las ocho y media de la mañana
abandonamos el fondeadero retirándonos algo afuera de la
bahía. Hasta allí nos acompañó el encargado de negocios,
señor Blancas, retirándose este señor a las diez
próximamente. Una vez izadas las lanchas y botes y todo
listo a son de mar, se ordenó a las máquinas dar avanti a
media fuerza, serían las diez y media.
Toda despedida nunca es alegre en el primer momento.
Sentíamos dejar el puerto Chileno donde tan bien nos habían
recibido. La Sarmiento saludó a la plaza con los veintiún
cañonazos reglamentarios, los que le fueron retribuidos por
el buque jefe, (el) O’Higgins. y luego por la plaza con
igual número.
Nos alejábamos perpendicularmente a la costa. Valparaíso se
iba reduciendo. los navios perdían su magnitud a nuestra
vista.
El día estaba hermosísimo, el mar en completa calma se veía
surcado de manchas semejantes a las que quedan cuando pasa
un barco, a la estela: debían ser sin duda corrientes
interiores, pues por ellas venían cachiyuyos y otros restos
vegetales. Como sonaba por segunda vez la llamada a la
mesa abandoné
mi puesto de observación, bajé ia escala de la camareta;
allí todos los guardiamarinas comentaban lo recibido en la
ciudad que acabábamos de abandonar.
Como cuando a la cena volví al castillete, todo había
desaparecido ya del pintoresco punto. Sólo se veía una
inmensa cadena de montañas elevadísima próxima a la costa;
por detrás de ella y sobrepasando una faja de nubes, se
destacaba el soberbio pico de la majestuosa cordillera, el
Aconcagua, que disputaba con la blancura de sus nieves a la
no menos blanca faja que se extendía un poco más abajo de
ella; la vista de la montañosa costa nos acompañó por mucho
tiempo hasta una distancia de cuarenta millas próximamente;
perdida de vista ella, nada ya veíamos que nos recordara
suelo chileno; estábamos en nuestra patria, la patria del
marino, la mar.
Una tarde tropical
Eran las seis precisamente de la tarde del día veintiséis de
Marzo, en una latitud de 13° S y longitud de 70°; de guardia
en la toldilla, paseábame en su banda de babor; desde su
misma popa hasta la escala que da bajada al alcázar; no
obstante que en el mar no se formaba la más pequeña ola, la
corredera, que cada media hora interrumpía mi paseo pues
debía echarla al agua para medir la velocidad del barco,
marcaba cuatro millas; el barómetro se mantenía constante y
el termómetro había empezado a descender, después de llegar
a un máximo de 89°. La Velera Fragata parecía no moverse,
sus velas algo hinchadas parecían enormes alas desplegadas
al viento. Paseábame (de) la borda a popa, mirando hacia
atrás y parecía que era el agua la que huía; el fenómeno
óptico que se produce cuando uno se para en un puente de un
río correntoso mirando al lado al que aquél<lo> se dirige.
Fijándose algún tiempo termina por parecer que es el puente
el que huye suavemente, tal era lo que semejaba el suave
movimiento de la nave. El momento del ocaso se aproximaba.
Lo que muy raras veces sucede en las zonas templadas, el
horizonte se encontrtaba completamente sin nubes ni brumas,
pero sobre él se veían negros nubarrones, que según se
cernían en el viento, formaban gigantes figuras de animales,
cuando no semejaban ríos o pequeños lagos: el Sol pronto se
ocultó tras ellos, para aparecer con su disco aumentado por
efecto de la refracción, a medida que el astro rey descendía,
las
nubes empezaban a colorearse, hasta presentar el más hermoso
espectáculo a la vista humana. Cerca del mismo astro, en
forma de rayos, las nubes parecían grandes llamaradas, luego,
con tinte amarillo débil; el cielo mismo presentaba variedad
de colores, en el horizonte de un hermoso color violado,
cerca del sol de un color verde claro, y al naciente de un
azul subido.
El sol seguía su carrera; casi de pronto su disco tan
circular semejaba ahora un enorme huevo de fuego que con
suavidad se asentaba sobre la línea circular cuyo centro
ocupábamos. En este mismo momento, por extraña coincidencia,
la hermosa luna, con su luz pálida y llorosa, aparecía como
para dar al rey del día su último adiós; al mirarla, siempre
con su luz cariñosa y triste, la misma que me alumbró en mi
infancia, mi imaginación voló tan rápido como sólo lo hace
el pensamiento, al lado de mi querida Patria, y me decía,
quizá en estos mismos instantes, mi anciana madre rodeada de
todos sus demás hijos, a la luz de esa misma luna, y mi
padre, más anciano aún, bajo el techado de humilde casona,
desearán saber del hijo ausente y desde el seno de ese
pedazo de tierra me enviarán con un abrazo su bendición. Mi
pensamiento con ellos y el de ellos conmigo y sin embargo
¡lo ignoramos!
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