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El Callao
Serían las ocho de la mañana del día veintisiete, cuando se
avistó tierra peruana, la que pronto desapareció debido a la
bruma que la envolvía. A las diez apareció nuevamente y <aun
cuando> a gran distancia todavía se destacaban perfectamente
las montañas de la accidentada costa. Como de costumbre, con
nuestros diarios de navegación al día y las clases
suprimidas a la vista de tierra, la curiosidad nos lleva a
los puntos de la cubierta de donde mejor se destaca el
horizonte y cuanto le rodea o se levanta sobre él. Estos
puntos son las portas de las piezas de a doce a popa y con
especialidad el castillete. Allí aparecen anteojos de
diferentes clases y tamaños a los que por cierto les damos
trabajo, algunos de los cuales se llevan alguna indirecta
como «inservible», «no valés nada», etc.. que nunca lo dice,
como es natural, el propietario, pues cada uno defiende el
suyo, aun cuando mejor que con él vea a simple vista.
Después de recorridas algunas cuantas millas, más se da
cuenta uno perfectamente de lo pobre que son estas costas en
vegetación, pues no se
distingue más que la piedra desnuda, grandes arenales. De la
ciudad nada se veía aún y lo único que daba a conocer su
existencia era un faro en una pequeña y elevada isla. Antes
de perder dé vista este buen amigo de las naves durante las
noches, divisamos otro colocado en el pico de una montaña,
montaña que teníamos que doblar para tener a la vista a la
ciudad del Callao, lo que hicimos con una virada al tener la
parte mencionada por el través; cosa extraña y cuya causa
aún ignoramos, era el cambio de color en las aguas: no eran
éstas azules ni verdes, como lo son en las proximidades de
la costa, sino de un color chocolate, algo rojizo, después
se convirtieron al amarillo<s> algo verde, y luego el color
natural, verde.
La ciudad ante nuestros ávidos ojos empezaba a destacarse:
primero las embarcaciones fondeadas, luego el movimiento de
sus numerosos molinos de viento y, por último, todos los
edificios. A la distancia conveniente se saludó la plaza,
izándose al tope del mayor la bandera peruana, arriada tan
luego terminaron las salvas. Tan luego como dimos fondo,
bastante lejos del muelle, nuestro Comandante recibía la
visita del ministro Argentino y el encargado de negocios,
luego la de los oficiales de los distintos barcos de guerra
allí fondeados, peruanos, franceses y Norte Americanos.
Después de fondeados se confeccionó la lista de guardias,
dividiéndola en cuatro trozos, debiendo cada uno de ellos
hacer guardia por veinticuatro horas, quedando los otros
tres francos hasta que le tocara su tumo. A las siete de la
noche del mismo día se dio permiso para bajar a tierra a los
francos, los que por cierto no nos hicimos prevenir dos
veces. En seguida la camareta quedó convertida, no en casino
de guardiamarinas, sino de civiles por el traje que vestían.
Muy enseguida de dar la voz de ¡lancha a tierra! todos nos
encontrábamos embarcados y la lancha a remo y su remolque,
haciendo rumbo a la escala donde debíamos atracar.
Desembarcamos en medio de un grupo de curiosos que nos
miraban como a seres raros y a los que no satisfacíamos sus
ávidas miradas, pues en distintos grupos y rumbos
desaparecimos de ese sitio. Yo y mi inseparable Navarro
aceleramos el paso hasta quedar solos por completo. Entonces
con marcha pausada mirábamos detenidamente todo lo que se
nos presentaba a la vista a medida que avanzábamos. Si
Callao significa o significó callada, el nombre no puede
haber sido más a propósito. El movimiento, bullicio, tráfico
en general no era mayor que el que puede haber en un
cementerio. Creo que más de la mitad de los que en aquellas
horas caminaban por sus calles eran guardiamarinas
argentinos.
Llegamos a una plaza después de caminar como cuadra y media,
donde se elevaba un bonito monumento al héroe del Pacífico,
el almirante Miguel Grau. y los jóvenes marinos Velarde,
Tavaras. Palacios. Ferre, Dies Caneses. Heras.
Alfaro. Después de leer las dedicatorias del pueblo peruano
a su héroe, seguimos nuestra marcha por donde la creíamos
más acertada: siempre el mismo silencio y uno que otro farol
que aclaraba las puertas que le rodeaban.
Pronto llegamos a otra plaza, tan concurrida como la primera,
que pudimos satisfacer en plena plaza nuestras apremiantes
necesidades. Salidos de la plaza, que son puras flores con
una fuente en el centro, íbamos a seguir nuestro paseo,
cuando vimos una viejecita sentada en un banco de la plaza,
nos aproximamos a ella y después de saludarla cariñosamente
le preguntamos por la mayor calle y más concurrida,
indicándonos como tal la calle Lima, a la que nos dirigimos
y llegamos. Es una calle bastante ancha, con adoquines de
piedra, con una hilera de espesos árboles a cada lado.
Estaba más iluminada que las demás, pero casi tan solitaria
como aquéllas: una(s) que otras mujeres encontramos, y no
hallamos en ella(s) la belleza que es fama en las peruanas.
Algunos almacenes pobres, sólo concurridos por sus
propietarios, y debajo de algunos faroles mujeres miserables,
indias, con sus hijos medio<s> desnudos, cubiertas sus
cabezas, no obstante ser de noche, con grandes sombreros de
paja blanca, rodeadas con canastas de frutas a sus lados. Ni
un café, ni confitería, ni bueno ni malo encontramos en esa
calle, la principal. Empezábamos a aburrirnos de su pobreza,
viendo siempre lo mismo, la misma miserable población,
indios, uno que otro mestizo y algunos chinos, por lo que
decidimos abandonarla, penetrando en el verdadero centro de
la ciudad. Allí había una tercera plaza, en uno de cuyos
frentes se encontraba una iglesia; entramos a ella con el
debido respeto para damos cuenta de la religiosidad de sus
hijos; un silencio absoluto reinaba allí no obstante estar
casi llena, siendo tan espaciosa; todos cubiertos de manto
negro como en Chile, oraban en silencio, postrados ante el
altar mayor. De vez en cuando, del coro se desprendían
plegarias en forma de canto, que me recordaba(n) los días
aquellos en que acompañado de mi tía vieja, cuando sólo
tenía diez años, penetraba en la iglesia de mi pueblo para
salir de allí con las rodillas doloridas.
Salimos de allí y nos fuimos a la esquina opuesta en
diagonal a un salón de billar donde permanecer algunos
momentos, pues en el viejo pueblo Peruano nada nos quedaba
por ver. A las once de la noche nos fuimos a un hotel en
demanda de cama, donde permanecimos hasta la madrugada del
siguiente día. despertándonos el continuo canto del gallo,
lo que me recordaba el campo. A las nueve de la mañana nos
presentamos a bordo.
El Callao, vieja ciudad de América Latina, no obstante ser
el primer puerto de la república peruana, deja mucho que
desear a un viajero que conozca su viejo origen. Ciudad de
treinta o cuarenta mil habitantes, la mayor parte indios y
mulatos, muy pocos blancos, conserva como todos los pueblos
y ciudades peruanos, las tradiciones y costumbres de sus
antepasados. Nada de notable hay en él que no esté reasumido
en la capital peruana, que como capital es siempre la que
revela el mayor y menor adelantó dé un país.
LIMA
Sólo diezminutos faltaban para que la locomotora se pusiese
en movimiento para Lima cuando nosotros llegamos a la
estación; no obstante nuestra apresuración pudimos damos
cuenta del movimiento que había allí a esa hora.
En nuestras ciudades de la Argentina y aún en pueblos que
sólo tienen siete u ocho mil habitantes, a la llegada y
salida de un tren es curioso observarlas; los numerosos
pasajeros que esperan o que bajan, todos apresurándose a
subir, buscando sus equipajes, comprando boletos; van y
vienen con confusión; allí nada de eso; la campana da la
seña de apresurarse por la partida del tren, y sólo uno que
otro pasajero se ve prenderse con apresuración de los
resguardos de la escala, no se siente ese bullicio, ni
movimiento.
Poco tiempo estuvimos sentados sin que el tren se pusiese en
movimiento; después de dar el silbato acostumbrado, los
frenos dejaron de funcionar y fuimos arrastrados en su
rápida marcha. (¡)Cuántas ideas teníamos respecto de la más
vieja capital americana(l) Venía a nuestra memoria la
historia de los antiguos reyes peruanos, Atahualpa; de los
virreyes, el conquistador Pizarro; Lima, el asiento
principal del primer gobierno virreynal de América. Lima, la
capital de una república Americana. Lima, en fin, destruida
y saqueada por el salvajismo chileno, en su guerra con esta
nación.
A los pocos minutos de habernos puesto en marcha, paró el
tren frente a los baños del Callao; en esos baños, cuya
pobreza responde a la de la ciudad, sólo un pasajero subió;
en seguida nos pusimos nuevamente en movimiento; con gran
aceleración íbamos salvando las distancia(s). todo el
trayecto se hace por tierras completamente sin cultivo; el
terreno que recorríamos era llano, si bien a la distanciase
veian elevados cerros. Es de notar que las propiedades no se
delinean por medio de alambrados como en nuestra república,
sino por paredes de grandes adobes, y de una altura de un
metro próximamente. Como a los veinte minutos de camino,
empezó a hacerse notar el cauce del río Rimac. que pasa por
la ciudad de Lima. Después de atravesar varias corrientes de
reducido curso formadas por el mismo río, llegamos a la
penúltima estación donde según lo observado había más
avesuchas negras que habitantes. El corto tiempo que allí
nos detuvimos, lo empleamos en observar el torrentoso Rimac,
cuya velocidad en ese punto era de seis millas próximamente.
Este punto de parada era el último, debía venir después la
estación de la deseada ciudad; el tren partió, pasamos por
debajo de un puente; el Rimac debido al desnivel de su cauce
hace un gran ruido, seguíamos observando, cuando de pronto,
los frenos empiezan a funcionar, la velocidad disminuye y el
tren es parado frente a una mísera estación en que el
techado de la galería es de caña. Al ver esto le dije a mi
compañero que cómo era que se había equivocado diciéndome
que la anterior parada era la penúltima. Sin responderme lo
vi bajarse, así como a todos los pasajeros. Era indudable,
no se había equivocado, pero ¿cómo imaginar que habíamos
llegado a la estación de una capital siendo ésta de tan
miserable presencia? ¿Habiendo llegado sin que nada notara
su aproximación? ¿Sin haber encontrado ni hermosos edificios,
ni movimiento, ni jardines, ni quintas, ni terreno cultivado
en sus proximidades?
Antes de llegar a la ciudad del Rosario, nadie tiene duda de
que va a hacerlo a una ciudad de gran importancia, el tren
antes de parar va notando su aproximación: hermosas chacras,
quintas, jardines; atraviesa dejando ver grandes fábricas,
molinos, talleres, boulevares; el movimiento se nota
enseguida. Para el tren, innumerable gentío le espera, un
gran cordón de carruajes se ponen a disposición de los
pasajeros, ios changadores se precipitan por las ventanillas
pidiendo los equipajes, hay que tener sumo cuidado en no
perder de vista al compañero de viaje entre el oleaje de
personas que van y vienen en todas direcciones. Inútil es
describrir como comparación la llegada a la gran ciudad
americana, a B(uenos) Aires. Después de bajados y de trepar
una escala, nos encontramos de lleno en la calle principal
de Lima, seguimos por ella, no con la curiosidad de ver
algún edificio notable por su grandiosidad ni arquitectura,
pues ninguno sería superior a los de nuestra capital, sino
por encontrarnos ante una ciudad de viejas costumbres, y de
tantos recuerdos lejanos. Los edificios en general eran
pobres, sumamente viejos y de poca elevación; pero lo que
más nos llamaba la atención era que, no obstante estar en el
centro mismo de la ciudad, se viera una población tan pobre.
Es sin duda Lima una ciudad en que (de) los siglos pasados,
muy poco o nada ha cambiado en la naturaleza y costumbres:
veíanse numerosos indios, si bien civilizados,pero
conservando sus costumbres, grandes som breros de paja
cubrían sus cabezas, las mujeres todas con manto, una
fisonomía puramente europea no se veía, casi todos indios y
mestizos, los que en Buenos Aires y las ciudades del litoral
están completamente eliminados.
Después de caminar una
cuadra llegamos a la plaza de Armas, donde se encontraban la
casa de gobierno, la municipalidad y la catedral: nos
dirigimos a ella, que debido a ser día santo debía estar muy
concurrida. Penetramos en el sagrado recinto, era un
silencio absoluto y allá a lo lejos, en el altar mayor, un
gran número de sacerdotes y obispos, cubiertos de riquísimas
telas, propias de su investidura, cantaban los salmos, los
que eran escuchados con gran respeto y atención por los
millares de oyentes que (allí) se encontraban. Majestuoso
templo del Altísimo, con sus elevadas bóvedas, sus numerosos
altares y el silencio que reinaba, (¡)era sólo posible de
seres poseídos del fuego sagrado de la religión!. El coro
que se extendía a ambas bandas del altar mayor tiene fama de
ser el más rico del globo; aún nos faltaba por ver allí lo
más importante y digno de verse. En uno de los altares
laterales cuyas columnas y revestimientos eran de plata,
¡del gran conquistador del Perú!. ¡Del mortal audaz, que
exigió de un indio -de Atahualpa- un cuarto lleno de oro, de
tal manera que no pudiera medirlo con sus brazos alzados;
del mortal que no poniendo freno a su ambición sin límites,
faltó a su palabra dando muerte al mismo indio; del mortal,
en fin, virrey del Perú y terror de millares de indios sólo
sus miserables restos, carcomidos por el tiempo, habían
quedado en solitario ataúd! ¡Allí estaba el que fue venerado
y aborrecido por millares de hombres, allí estaba Pizarra,
sin que nada, absolutamente nada de su antiguo poder y
esplendor le quedara! ¿Qué fue de su poder y de su gloria? ¿Qué
fue del oro que por doquier encontraba a montones? ¡Cuán
grande e inexorable es la obra del creador! ¡Cuán grande es
la muerte, que no respeta ni el poder, ni la gloria, ni las
riquezas humanas! Todo lo confunde y lo convierte en miseria
y nada más. ¡Cuán miserable es el ser humano! Nacer iguales,
y convertirse en restos igualmente inmundos y en el corto
período que separa estos límites, que no es más que un
instante en la vida de la creación, tratar cada uno de
sobreponerse a los demás, creer tocar el cielo con la cabeza,
creerse algo sagrado, algo grande, cuando conoce su triste
fin. Salido que hubimos de ver los restos de Pizarra, fuimos
recorriendo los demás altares, hasta llegar al principal, de
riquísima ornamentación y grandioso. Debajo de él, en
grandes galerías, se encuentran los restos de todos los
obispos y arzobispos que ha tenido Lima; recorrimos el
recinto para damos cuenta ahora de la belleza de sus damas.
En general y la más grande parte, era gente pobre, todas
llevaban manto como en Chile, y estaban con el mayor respeto
y devoción.
Una vez que hubimos salido del sagrado templo, quizá el
mejor en su clase en Sur América, seguimos por la misma
calle que como he dicho era la principal: después de caminar
diez o doce cuadras llegamos a la penitenciaria, (y) aun
cuando no era hora de visita, pues sólo los domingos cada
quince dias es permitido, por ser oficiales argentinos y por
gracia especial del Señor Director se nos permitió entrar.
Una vez dentro nuestro acompañante nos presentó al director
y subdirector, el primero se tomó la molestia de acompañamos.
dándonos a conocer detalladamente todas sus partes. El
edificio tiene capacidad para trescientos presos; la
disposición es muy parecida a la de nuestra penitenciaría;
vienen las galerías a concurrir todas a un sitio central, de
modo que desde él se puede observar el menor acto de los
presidiarios. Estos están perfectamente atendidos por su
buen director, Seflor ya de sesenta y cinco aflos
próximamente, hombre sumamente amable y cariñoso y, sin
embargo, tiene el suficiente carácter de hacerse respetar y
querer de los grandes criminales que encierra. Es un coronel
retirado, desempeñó el cargo que en nuestras provincias
llamaríamos (de) gobernador, teniendo los títulos de duque y
conde que le legó su padre, pero que sólo en la Península
podría hacer valer. El orden, obediencia y aseo que es la
consigna de los presidiarios se cumple admirablemente. (Los
presidiarios) no tienen cómo aburrirse tanto, pues su tiempo
lo tienen distribuido de la mejor manera, entre estudio,
profesión y descanso. Recorrido todo y después de despedimos
del señor director y de agradecerle la molestia firmárnosle
en un libro de memoria nuestros nombres y dejando escrita la
impresión causada en nuestra visita.
Salimos de allí, siempre en la misma dirección y admirando
siempre la multitud de indios, mulatos y negros que
encontrábamos a cada paso, con grandes sombreros, pantalones
anchísimos y sus bigotes sumamente ralos, cuando lo(s)
tenían, pero lo que con más atención mirábamos eran los
chinos, todos sucios, con sus ojos pequeños, nariz ñata, y
pómulos salientes y de color amarillo, con su andar
despacioso. No pudimos, sin embargo, ver ninguno con trenza
ni que estuviese vestido como lo hacen en la Gran China.
Habíamos caminado ya como catorce cuadras desde la estación
por esa misma calle, cuando llegamos a la exposición;
después de satisfacer los diez centavos necesarios por
persona, para poder visitarla, penetramos en un extenso y
bonito jardín, mejor dicho parque, pero pequeño para
considerársele tal. Llegados al edificio mismo de la
exposición, subimos la escala que nos conducía a un piso
superior, donde estaban expuestos los objetos. El primer
cuadro que vimos es hermosísimo, representa Los funerales de
Atahualpa2; éste, tendido en una mesa, con la cara hacia
arriba, se encuentra exánime, sus facciones son las de un
indio puro, envuelto con sus antiguas vestiduras y los pies
desnudos. Pizarro, por cuya orden fue muerto, se encuentra
presente, mirando impasible la desesperación de las
concubinas del rey indio, que se mecen los cabellos y se
tiran al lado de la víctima; los soldados fuerzan (?) por
arrancarlas de allí, donde se introdujeron de improviso,
según dice la historia. Subida la galería nos encontramos en
un gran salón, allí nos recibió el encargado de recibir a
los visitantes) de cobrar una nueva boleta. Hablamos con él
acerca de la exposición y nos dio a conocer lo pobre que se
encontraba, pues en la guerra con Chi<l>le aquéllos se
habían llevado todo lo que pudieron: cuadros, animales, biblioteca,
bancos, etc., destruyendo todo lo que no podían apropiarse.
«Todo lo que se encuentra aquí -nos dijo- ha sido obtenido
recientemente». Efectivamente nada había allí de notable en
curiosidades, animales, etc. Lo único de notable, sobre todo
para los americanos que han leído la historia de esta parte
del mundo, son los cuadros de los antiguos reyes indios del
Perú, de los conquistadores, virreyes y hombres notables.
Hay un cuadro del Libertador del Perú, Simón Bolívar,
debiendo hacer presente que lo de Libertador es simplemente
un título, así lo consideran ellos, reconociendo que quien
les dio la independencia fue el mismo que la dio a Bolivia y
Chile y a su Patria, San Martín. Así lo atestigua también un
gran cuadro «La Jura de la independencia peruana», en la que
San Martín sostiene en sus manos al pabellón que desde ese
momento flamea libre.
Llama(n) la atención los cuadros de los dos hermanos,
Atahualpa y Huáscar, el primero hijo natural y el segundo,
legítimo, heredó la corona; <y> el primero tuvo el título de
príncipe y como pretendía la corona fue preso por Huáscar;
en este tiempo vinieron los conquistadores, Atahualpa escapó
de la prisión, lo tomó prisionero a su hermano Huáscar y en
la creencia de que los españoles ayudasen a éste, le dio
muerte, recibiéndola él poco después de manos de Pizarra.
Una vez fuera del edificio, seguimos recorriendo la otra
parte del jardín igualmente bonita, abundante en flores y de
grandes plantas que dan fresca sombra.
Cuando terminamos nuestra visita y después de quitarnos el
polvo a la salida, tomamos el tranvía que nos condujo al
Hotel Mauri, donde con variados y bien confeccionados platos
satisficimos nuestro apetito, tomando como postre fruta:
uvas, duraznos turcos, chirimoyas y granadilla. La casa de
correos es un edificio nuevo y es uno de los buenos con que
cuenta Lima, su teatro principal es bastante sencillo. En
general Lima es digna de visitarse no por sus curiosidades,
sino por conservar las costumbres y carácter de sus
primitivos moradores; su construcción es muy antigua, es de
poco movimiento, de sus habitantes la mayor parte son indios
mestizos. Los pueblitos vecinos de relativa importancia son
Chorrillos (deja un espacio en blanco; debería decir ‘y
Miraflores’). La Puerta, a la que se va desde el Callao por
el tranvía rural, es muy visitada por sus baños.
El Perú parece adormecido en una especie de letargo del que
aún no despierta: asiento del Virreynato que en un tiempo se
extendía por la(s) actual(es) Argentina y Chile, ha ido
avanzando muy lentamente, como para mantener su existencia.
La guerra con Chile lo atrasó mucho y hoy es incompetente
para sostener una nueva lucha, pues no sólo la marina sino
el ejército se encuentran muy inferior a los de aquélla.
Mucho esfuerzo tiene que hacer para entrar en la verdadera
senda del progreso. El elemento de su población, indios en
su mayoría, mestizos y negros y como inmigración la China,
no sólo es poco emprendedor, sino aun retrógrada y la
inmigración de que tanto necesitan las naciones Sur
Americanas, son los hijos del Imperio Celeste, raza
decrépita, haragana y enfermiza. Debe cambiar esa faz de
viejas costumbres que les envuelve; la religión misma, la
demasiada religiosidad, es un obstáculo para el
desenvolvimiento. La población en una gran parte se pasa
largas horas del día en los templos, cuando podía hacerlo en
el trabajo, que es lo que más eleva al ser humano.
Es un pueblo generoso, del que llevamos gratos y sinceros
recuerdos. No han tenido recelo en manifestamos que estamos
los argentinos muy superiores a las demás naciones Sur
Americanas; desean nuestra prosperidad como protectora
contra las pretensiones Chilenas.
Hemos estado catorce días en el puerto del Callao, los que
han pasado al parecer rápidos, bajando diariamente a tierra,
ya en una lancha de nuestra nave, ya en una (hay una palabra
ilegible); pasábamos el día alegremente, recorriendo todos
los puntos más interesantes del pueblito Peruano. El Torreón
del Gran Felipe, que es como el asiento de una vieja torre
circular de gran diámetro cerca de la orilla.del agua de la
bahía, donde la rompiente hace gran mido; fue allí donde el
valiente Falucho cayó envuelto por la bandera de la
independencia que él defendía. Los versos dedicados en
memoria de Falucho dan clara idea de aquello:
«Duerme el Callao
Ronco son, hace del mar la resaca
Y en las sombras se destaca,
Del Gran Felipe el Torreón.
En él está de facción
Porque dejarle quisieron
Un hombre de
los que fueron
Con San Martín, de los grandes.
Que en la Pampa y los Andes.
Batallaron y vencieron.»*
No hay en el Callao muelle, sino un simple atracadero
formado por algunas gradas. En ese mismo punto hay un farol
mitad rojo, al pie del cual
pasábamos algunas horas de (la) noche esperando la llegada
de la lancha a vapor que debía encontrarse como horas fijas
a las 10 y 12 p. m. A esa hora veíamos acercarse unapequeña
luz que bien pronto ditinguíamos era la de nuestra lancha;
subíamos en ella y con gran velocidad después de dejar atrás
algunos barcos más o menos iluminados, llegábamos a nuestra
Sarmiento.
La Partida
La noche del día seis de abril, última que debíamos pasar en
el puerto peruano, fue S. E. el presidente invitado por el
Ministro de relaciones exteriores en el Perú y nuestro
Comandante, para un banquete que se daría en su honor. Desde
las tres de la tarde se veía en el atracadero un extenso
cordón de gente atraída por la curiosidad de ver la
Sarmiento iluminada de gala, lo que nunca se hizo en el
modesto puerto peruano.
Antes de llegar S. E. a bordo se encontraban ya varios
señores y también numerosos corresponsales que iban a la
pesca de novedad.
La brigada de guardia alineada en la borda de babor daba
frente a estribor, donde debía embarcar S. E., siguiendo una
doble hilera de arbolitos. Como a las
8 hs. la banda tocaba el himno Peruano, la brigada de
guardia presentaba armas, en los momentos que S. E. empezaba
a trepar la escala; en estos mismos momentos la Sarmiento
quedó de pronto iluminada por seiscientas lamparillas
eléctricas colocadas en toda la borda de la nave, a cada
costado de las dos chimeneas, en los palos y vergas,
presentando éstas bonito(s) aspecto pues destacaban el
perfil del barco y a su pálida luz enorme cantidad de
lanchitas y botes daban continuas vueltas en el agua que se
veía tan negra como un abismo.
Al día siguiente, día en que la nave argentina iba a
abandonar las aguas peruanas, se dejaban ver nuevamente
numerosas lanchas y botes que venían no ya con la curiosidad
de lo desconocido, sino a despedir los colores azul y blanco
que ilumin(aron) su independencia. Soplaba viento hacia mar
afuera: serían las tres de la tarde, las pequeñas
embarcaciones aumentaban en número, algunas con sólo dos
hombres, otras llenas de jóvenes, cuando no de muchachas,
tan alegres como la abeja en la flor, unas por la popa,
otras por la proa, más o menos cerca, más o menos retiradas,
llegando a formarse un número de cuarenta y siete. Como he
dicho, el viento que era favorable nos permitiría salir a
vela. Por esta
causa, después de izadas las embarcaciones y todo listo a
son de mar, se mandó: ¡Gente a los puestos de maniobra! ¡Listo
a virar cabrestante! ¡Vira! ¡Listo a largar juanetes y
sobres! ¡Juaneterosy sobres al pie de la jarcia! ¡Arriba! ¡Gente
arriba! ¡Listo a largar el paño! ¡Arría!
Después de estas voces y otras dadas por el oficial de
guardia para cazar y bracear las velas y vergas, el barco se
ponía en movimiento lento, sin embargo, como de costumbre,
al recalar o zarpar se tiene en las calderas presión
suficiente para navegar, por esta causa aceleramos la marcha.
Al tener la costa como a dos millas saludamos la plaza la
que nos retribuyó los veintiún cañonazos. Después de esto
apenas se distinguía el pueblo, tumba del negro Argentino
Falucho, las torres de la ciudad de Lima habían desaparecido,
todo se fue confundiendo, aglomerando y reduciendo. ¡Adiós
Callao y Lima! ¡Adiós, Perú, nación de los recuerdos
Americanos, de las mujeres, de las grandes minas de plata,
que tanto valor le dieron hasta originar el refrán «vale más
que un Perú»!
El Pacífico
Estamos en alta mar, en el gran Océano, hemos atravesado ya
las regiones heladas del Estrecho, dejado atrás las zonas
templadas y nos encontramos en las tropicales, después de
haber pasado la línea de fuego. El mar como la tierra tiene
sus zonas bien marcadas por los seres que pueblan su vasto
campo, a más del carácter que en ellas se nota. En las frías
regiones de las latitudes 50° no se aprecia la vida acuática
más que por una que otra tonina, delfín y ballena y el
albatros, el ave gigante que acompaña al navegante hasta
cerca de los 30° de latitud. Esta es la región de los
chubascos temporales, el cielo permanece cubierto
completamente por varios días y lo variable de los vientos
hace que a veces se navegue a nimbo diezy once millas como
también que se pierda camino porvenir del lado opuesto. En
las regiones templadas la navegación es más regular; el
viento da suficiente fuerza para navegar a siete y ocho
millas con gavias y juanetes, sopla durante varios días, el
viento refresca mucho por la noche, dándose con las velas
indicadas las diez millas desde las nueve de la noche hasta
las cuatro de la mañana. Vense todavía uno que otro chubasco
y racha, (pero) por lo general el tiempo es bueno. Es la
región donde menos se nota la existencia de peces, el
albatros va desapareciendo y degenerando en uno más pequeño
que también
desaparece en la (región) tórrida. Llegamos por fin a las
regiones tropicales tan bien marcadas y de carácter tan
distintivo como las frígidas. Es la región de las calmas, de
las calmas chichas, como se dice, sin que la más leve arruga
se note en la horizontal superficie. Los rayos del sol son
por demás ardientes y van haciéndose notar paso a paso a
medida que nos aproximamos a la línea. El viento es tan sólo
una suave brisa que nos da vida en las abrasadoras regiones.
No se sufren temporales ni rachas; nunca se oye tronar y
sólo uno que otro relámpago ilumina allá en el horizonte.
Las noches de luna son hermosísimas; los crepúsculos
notables por la salida y puesta del sol. Déjanse ver
variedad de peces: desde la gran ballena, el terrible
tiburón, hasta el alado que parte de la tranquila superficie
como una exhalación para caer nuevamente en ella después de
un recorrido de cincuenta o cien metros; vense en gran
número delfines que dan grandes saltos, la voraz bonita, la
exterminadora del pez volador, a quien devora tan luego lo
agarra a tiro; abunda(n) también el salmón y otros peces que
nunca pude conocer.
En navegación
A la deseada recalada en los puertos, al deseo de conocer
algo nuevo, al placer de saltar a una ciudad apenas conocida
por el nombre, al recorrer sus calles ya anchurosas o
angostas, lindas o feas, a las comodidades de puertos,
frutas frescas y nuevas, a los paseos, banquetes, bailes, a
las largas horas de la noche pasadas en conocer y recorrer
todo, este conjunto de placeres, en fin, es terminado por el
retumbo del cañón que anuncia la despedida, así como lo hizo
a la arribada, todo entonces cambia, ya no nos acercamos a
un puerto desconocido, por el contrario, nos alejamos de uno
que queda ya impreso en el pensamiento; no vamos a ver ya
nada nuevo, sino la mar, el azul del cielo confundirse con
el azul del océano. No pensamos ya en las calles, anchas o
angostas, lindas o feas, sino en el estado del tiempo bueno
o malo, en la dirección del viento, conveniente o no. Ya no
esperamos las comodidades del puerto, frutas nuevas (y)
frescas, sino por el contrario sus incomodidades, galleta,
carne salada, charque y porotos; nada de paseos, sino los
largos que se hacen en las interminables horas de guardia en
la alta mar. No más banquetes; clases, estudios, guardias,
cálculos. No más baile que aquél a que nos puede no invitar.
sino obligar un temporal. La levita, el traje civil, el
chambergo, al fondo del cajón. Vuelven la blusa, el
sombrerito blanco y el pañuelito al cuello. Es así; el
recuerdo de lo visto en el puerto que abandonamos no
desaparece, pero tampoco pensamos en él. (¡)Pues no faltaría
más!, pues entonces ¿qué sería del inglés, francés,
navegación, artillería y maniobra? Estas y, sobre todo, los
cálculos que sitúan el barco nos absorbe(n) todo el día
tanto que durante todo él no nos acordamos de que estamos en
el océano. Todos los días pasan lo mismo, de guardia,
calculando o en clases. La noche es la hora del descanso, de
la contemplación y del sueño. Nada más hermoso que acostarse
en esas espléndidas noches de luna llena, de completa calma,
sobre la red del bauprés, a mirar el astro rey que reverbera
en el agua con brillante luz, mirar el horizonte iluminado,
dominar desde allí el romper del agua por la proa, las velas
henchidas y los numerosos cabos que van y vienen.
Tres horas en Panamá
La travesía de) Callao a Panamá se hizo, si bien no con
vientos favorables, sí con escasez de ellos, tanto que a
veces parecía que estábamos fondeados; a veces una o dos
millas y otras, hasta siete; de esta manera y después de
dieciocho días, dimos fondo el día veinticuatro en el Golfo
de Panamá, a tres millas de la ciudad, después de haber
saludado la plaza, la que no pudiendo disponer
inmediatamente de una pieza de artillería, recién al
siguiente día nos devolvió el saludo.
El aspecto de la ciudad desde a bordo era muy pintoresco,
rodeada de montañas por la parte continental, las cuales
cubiertas de vigorosa vegetación se veían de un verde tan
oscuro como las aguas del mar que a sus pies se extendía; un
poco a la izquierda de la ciudad se elevan aigunas islas
montañosas y pequeñas, pero que como las vecinas tierras
ostentan el lujo de la vegetación de las zonas tórridas.
Debido a la fiebre amarilla que ahí reina en ciertas épocas
y que es mortal para el extranjero, sólo el último día nos
permitieron disponer de cuatro horas para visitar Panamá. En
consecuencia, a las nueve de la mañana del día veintisiete
nos embarcamos en la lancha, que remolcada por la a vapor,
debía conducimos a tierra Colombiana4. El trayecto a
recorrer antes de tocar (tierra) era bastante largo, tres
millas, lo que representaba una hora y cuarto de camino,
lo suficiente para ir notando paso a paso el cambio de
aspecto de la ciudad. Cuando aún faltaban como trescientos
pasos para poder atracar a tierra, pues no habla muelle ni
atracadero artificial, tuvimos que cambiar de embarcación
pues la nuestra casi tocaba fondo. Tres subimos a la pequeña
lancha, la que diez minutos después clavaba la proa en un
extenso cangrejal, la mayor parte de piedra. Pagamos al
botero veinte centavos por cada uno y saltamos a tierra
Colombiana, a la patria de Jorge Isaacs; salvamos el extenso
cangrejal, que quedaba cubierto por las aguas en la plena
mar, y por una escala de piedra trepamos la especie de
barranca que nos separaba del ni vel de la ciudad.
Trepada
ésa, yo y mis dos compañeros Constante(s) y Etchepare, nos
encontramos en una estrecha calle cuyos edificios eran todos
de madera. La población de negros -pero, es de advertir que
eran de lindo tipo-, facciones agradables y algunas bonitas,
vestían elegantemente y las mujeres aun con lujo. Estas eran
por lo regular altas, y de cuerpo delgado; todas llevaban la
cabeza cubierta de sombreritos de paja. Abundaba también la
raza de la Gran China, con sus pómulos salientes, sus ojos
arqueados, color amarillo y la larga trenza que muchas veces
daba lugar a duda de si eran mujeres u hombres, recorriendo
la calle y admirando la abundancia de ñutas en ciertas casas,
frutas que sólo y muy escasamente se ven en los grandes
mercados de Buenos Aires, llegamos a una plaza adornada de
grandes plantas, cuyas vivísimas flores la cubrían casi por
completo. Una vez allí pensamos en almorzar, lo que hicimos
a satisfacción en un hotel cuya pobreza respondía a la de la
ciudad. Terminado aquél, que nos costó seis pesos, tomamos
un carruaje dejando a voluntad el llevamos donde mejor le
placiese; en consecuencia dijo que nos iba a llevar a las
empezadas obras del Estrecho. Tomamos, luego que nos
apartamos un poquito, por una especie de avenida natural: ¡nunca
pensé yo entrar en el Paraíso Terrenal, que sólo en nuestra
fantasía existe, como la región más favorecida de la
Naturaleza!, tal era la riqueza de vegetación de aquella
privilegiada tierra. Primero atravesamos un bosque de
plátanos, cuyos grandes racimos casi se caían por el propio
peso. ¡Qué hermosas plantas!
Sus enormes hojas formaban una
especie de techado dando agradable y fresca sombra; bajo de
ellas se elevaban pajizas viviendas de negros, de forma
cónica algunas, otras cilindricas y las demás, comunes, y a
la puerta de ellas, o jugueteando bajo las generosas
palmeras, multitud de negritos completamente desnudos con
coilarcitos al cuello. Eran tan negros como el betún y
barrigones que parecían algo como un bichito o gusano- Al
bosque de plátanos se iban mezclando algunos cocoteros,
hasta que desapareciendo los primeros, cedieron su puesto a
estos últimos así pues que al bosque de plátanos siguió el
de cocoteros en que colgaban sus abultados frutos. Entre los
cocoteros se veían otras clases de palmeras con diversidad
de frutos, unos muy grandes del tamaño
de la cabeza de un niño de cuatro años, de color verde y
cuyo nombre ignoro. Otros más pequeños, por fin una especie
de algodonero, a juzgar por lo blanco del capullo que se
veía<n> al abrirse la fruta. Nuestro cochero se admiraba de
vemos admirados ante aquella vegetación para él mezquina y
nos decía: «¿Y qué dejan Ud(s). para admirar en los bosques
grandiosos del interior donde no sólo es intrasitable entre
plátanos, cocoteros, sino entres paltas, chirimoyas, y otra
gran variedad de palmeras y plantas frutales? Todo lo verde
que se ve en lo alto de las montañas como en sus faldas son
los bosques que le(s) menciono de lo que esto no es más que
la muestra de lo peor». ¡Cuánto deseaba yo uno de estos
bosques en nuestro Parque Lusitano, para que mi buen padre
no sólo pudiese disfhitar de su sombra, sino también de su
exquisita fruta, que hacen de las selvas vírgenes de
Colombia, un edén. En realidad era aquello el Paraíso, con
la diferencia de que allf la ñuta prohibida era una y aquí
lo eran todas, pues de arrancar unas de aquéllas que
parecían brindarse y comerlas, hubiéramos sido, no arrojados
de allí, sino que allí hubiéramos quedado quizás eternamente.
Sin haber llegado donde nos propusimos, por la escasez de
tiempo, alcanzamos a ver establecimientos, maquinarias,
rieles, todo dependiendo de los trabajos del Estrecho. Así
pues sin llegar, dimos vuelta volviendo por donde fuimos,
atravesando los mismos bosques, dejando atrás el cementerio
donde los muertos tenían tantas y tan hermosas flores como
las tenían los vivos en sus plazas. De nuevo en el centro de
la población, seguimos recorriendo sus calles, bajando de
vez en cuando para ver alguna curiosidad o hacer una compra.
De este modo gastamos los últimos minutos de que disponíamos,
con un calor sofocante cuya temperatura media seria de
treinta y cuatro grados. A la una de la tarde, hora en que
expiraba nuestro plazo, nos dirigíamos a la lanchita de la
Sarmiento, la que después de una hora y quince minutos
atracaba por la banda de estribor. A las ocho de la noche
nos pusimos en movimiento, encontrándonos actualmente en
alta mar, a una latitud de 12° y 88' W aproximadamente, con
un calor sofocante de 31°; a las 8 a.m. pasamos un
regimiento de delfines.
De paso por Acapulco
A las 4 a.m. del día 24 de Abril empezamos a virar el ancla
y a las ocho nos poníamos en movimiento, alejándonos
lentamente del puerto Colombiano,
para seguir rumbo a Acapulco. Toda la navegación debíamos
hacerla a máquina, pues los vientos nos eran completamente
opuestos. Con buen tiempo y calor sofocante, navegando de 4
a 6 millas por hora, avistamos tierra el día 26 como a las
siete de la mañana. No era en (este) punto ni muy llana ni
muy accidentada, notándose en el interior algunas
prominencias cubiertas de vegetación. Hacia la proa y medio
oculta por la bruma se percibía una elevada montaña, como
especie de sombra difusa, la que por nuestra progresiva
aproximación se iba destacando al mismo tiempo que parecía
aumentar en elevación, creíamos algunos encontrar allí la
deseada y mencionada ciudad de Acapulco, pero aquello quedó
por el través, y nosotros seguíamos avantv, la ciudad no (a)parecía;
de pronto comenzamos a virar y penetramos en una gran bahía
sin que por eso la ciudad se hiciese notar más que antes. La
elevada montaña defendía la entrada de la profunda bahía por
el lado de estribor, y por el de babor elevadas islas más o
menos separadas, más o menos sombreadas o iluminadas que la
hacían sumamente pintoresca. Mientras tanto seguíamos
penetrando, la tierra estaba ya muy cerca de la proa. Una
nueva virada nos puso a descubierto lo que tanto ansiábamos
ver: Acapulco. Sin embargo seguíamos mirando, pues no
sabíamos si aquella multitud de ranchos diseminados sin
orden y de tan marcada pobreza, era lo que tenía su puesto
en las cartas geográficas, si era aquello lo que la
geografía menciona como puerto Mejicano. Nos apresurábamos;
enormes palmeras por su altura se elevaban cual rudos y
cilindricos pilares, con su abundante ramaje en la parte
superior. Grandes nos parecían a simple vista desde a bordo,
pero nuestra admiración fue mayor cuando un rancho pajizo de
altura más que suficiente para albergar a un hombre de pie
sólo le alcanzaría en la décima parte; aquellas palmeras
tenían sus 20 a 25 metros.
La ciudad cada vez nos parecía más pobre, más en desorden
sus casas; sin embargo, a lo que (a) aquel pueblo le faltaba,
la naturaleza le brindaba un abrigo y seguridad como
difícilmente lo tendría población ni puerto alguno, pequeño
o grande, era la hermosa bahía. Ya he dicho que para llegar
a descubrir la ciudad hicimos dos viradas: una para tomar la
gran bahía, sumamente fácil de hacerla infranqueable para el
más audaz acorazado y otra algo más pequeña, a la izquierda
de la primera, que es en la que nos encontramos a la vista
de la población. Por todas partes nos rodea la tierra con
elevadas montañas y al parecer no hay salida ninguna. ¿Cómo
suponer ningún navegante que recorra la costa de día o de
noche, que allí hay una población? Esta pregunta me hacía
cuando se. oyó la voz del comandante que gritaba «¡Fondo!»,
casi al mismo tiempo el ancla levantaba una elevada columna
del azulado líquido y el estampido del cañón retumbaba
dentro de aquellos muros que parecían desplomarse al ruido
de la primera detonación.
El bramido con los continuos
retumbos no tenía tiempo de
perderse cuando era reanudado por otro: parecía como un
combate naval, el ruido que debido a la disposición circular
de las elevaciones producía nuestra pequeña pieza de 47
(mm). ¿Qué sería el ruido producido allí por varios
acorazados que arrojaran proyectiles de 250 mm.? El barco
paró, pero lejos de abandonar nuestro puesto de observación,
continuamos en él, dirigiendo los anteojos a los distintos
puntos de nuestros hermosos alrededores. A nuestro saludo
contestó el fuerte manteniendo izada a su tope la bandera
mejicana. Hacia la misma proa estaba la población, a la
derecha el fuerte y en la bahía, a n uestra izquierda,
algunos barcos. Poco después de dar fondo, la bien recibida
licencia de poder los francos bajar a tierra, se hizo
circular de boca en boca, pero con carácter más extensivo,
pues pudimos hacerlo todos los guardiamarinas, estuviesen o
no de guardia, excepción de los arrestados.
Atracábamos al muelle, la playa era arenosa y suave, una
gran cantidad de hombres y algunas mujeres estaban
estacionada(s) al extremo del pequeño muelle, como pasa en
todas partes del mundo cuando se trata de ver algo que pueda
llamarles la atención. Aquellos curiosos espectadores
parecía.! cómicos, por el aludo sombrero terminado en larga
y cónica punta, la mayor parte de paja, con más o menos
firuletes, según lo desease el dueño. Poco después vimos que
todos los hombres lo llevaban iguales, si bien algunos lo
eran de felpa. El aspecto de la población en conjunto era
curiosísimo: conjuntos de ranchos en su mayor parte, se
encontraban formando estrechas callejuelas, algunas más o
menos rectas con veredas en peor estado, todo sumamente
antiguo y de estilo español, con las ventanas resguardadas
por gruesos barrotes de madera, las puertas de madera tosca
y resistente. La población completamente americana, con su
color característico bronceado, ojos negros y grandes, cara
redonda, su andar y modos como el nuestro criollo. El calor
era abrasador, como que reflejaba en la arena y piedra de la
calle.
Después de tomar una cerveza con mis compañeros Gómez y
Etchepare, que nos dejó muy satisfechos, seguimos caminando,
penetramos en la iglesia, cuya fachada e interior
correspondía a la población, algo extensa, con el techo
haciendo luces, sin más que una anciana arrodillada, un
Cristo crucificado en el altar y dos o tres imágenes.
Salimos de allí, entramos en una tienda, la más surtida,
como que a la vez era almacén, ferretería y muchas otras
cosas. Allí preguntamos por muchos otyetos. el valor de
otros, pero no compramos nada; sin embargo, averiguamos
muchos datos referentes a la población: supimos que la plaza
que tenía al frente se llamaba plaza Alvarez. que ese
domingo había corrida de toros, que sólo ocho veces se daban
en el año, pero que el toro no se mataba, etc. Luego que
salimos y recreando siempre nuestra vista sobre aquel pueblo
tan distinto de cuantos habíamos visto, con las elevadísimas
palmeras que al costado de un rancho se elevaban, el
agua azul de la bahía que parecía un segundo Firmamento, las
callejuelas estrechas y tortuosas, vimos al doblar de una
esquina multitud de bonetes blancos de paja que iban y
venían con sus dueños. Atraído(s) por la curiosidad del gran
número quisimos ver de qué se trataba, entramos: en una
especie de antesala había una aglomeración tal que tuvimos
que esperar para llegar al grano; esperamos. Se trataba de
una riña de gallos, de varias parejas, y para verla había
que pagar diez centavos. Hicímoslo así y penetramos en una
especie de corredor donde había un círculo de gran diámetro
que era donde la lucha tenía lugar.
Tuvimos mucho tiempo esperando que la función principiase,
gozando del entusiasmo de las apuestas de aquella
muchedumbre andrajosa y quizás hambrienta, que, sin embargo,
tenía cómo hacer frente a las apuestas que se hacían
mutuamente. Cada gallo bajo el brazo de su dueño que
aparecía allí era recibido con vivas y aplausos; la función
debía empezar, los dos dueños saltaron al círculo cada uno
con su gallo, un tercero, ató fuertemente una ñlosa y aguda
cuchilla de tres pulgadas de largo en las canillas derechas
de cada uno de los infelices combatientes. Luego que se
estuvo listo, trazaron dos líneas a unos cinco metros de
distancia cada una, agacháronse colocando los dos animales
frente a frente sobre su línea manteniéndolos agarrados con
la izquierda, mientras con la derecha le daban fuertes
tirones de la cresta y cola para hacerlos enojar.
Soltáronlos enseguida, con el pescuezo estirado los dos
gallos, las plumas paradas, inmóviles por un momento
mirándose frente a frente como si con la vista quisieran
medirse mutuamente. Enseguida, y casi al mismo tiempo, dan
tres pasos lentamente, pican el suelo, se vuelven a mirar,
dan tres pasos, pegan dos o tres brincos y uno de los dos
cae de costado sin poder levantarse: había sido atravesado y
quedaba <a>fúera de combate pero siempre dispuesto a atacar
a su adversario demostrando a los que con su sangre se
divertían que un simple animal tiene más valor que un
hombre.
Terminado el encuentro de esta pareja debía venir otra, pues
no había tiempo que perder pues la corrida de toros debía
empezar a las cuatro. Continuamos en la dirección de la
fortaleza, atravesamos por el mercado que es un gran techado
sin paredes laterales, lleno de diversidad de frutas de la
zona tórrida; los ranchos cada vez más en desorden
salpicaban la falda de la montaña. Algunas mujeres se veían
en su interior tendidas sobre hamacas hechas con cuerdas
vegetales. Llegamos por fin al término de una de las
callejuelas, en la parte trasera del fuerte, en donde se
verificaría la corrida. Había allí un gran circulo, especie
de corral, cuyo cerco de varillas de madera era bien poco
resistente. Esta especie de corral tenia dos puertas: una
para la entrada de los toreros y otra para pasar el toro que
está en un alojamiento adosado al corral pero separado; hay
cinco de éstos correspondientes a otros tantos. Unos palcos
hechos de madera y paja de techo eran reservados para la
primera categoría que debía satisfacer la suma de 10 (hay
una palabra ilegible).
Poco antes de principiar la escena había un numerosísimo
público, alojado no sólo a los al<r>rededores sino en la
elevación del fuerte: mujeres, niños, hombres, mercaderes
ambulantes, con grandísimos sombreros, dando aullidos para
llamar la atención de sus mercancías. Por fin se sintió un
tropel y rumor de multitud de movimiento: eran los toreros
que venían y por detrás de ellos una banda de música,
formada por un flautín de lata, un clarín viejo, unos
platillos abollados y un tambor con el parche roto, detrás
de éstos, en tropel, multitud de alegres muchachitos,
negritos en su mayor parte.
(Los toreros) eran cinco, cada uno con sus traje(s)
distintivos, con costosas y coloridas capas con las que
provocan al animal. Todo listo ya, y después de distribuirse
convenientemente, sacaron las tranqueras de las entradas del
fondo, y salió un torito de linda parada, Con sus afilados y
largos cuernos; titubeó un momento y luego se abalanzó sobre
los toreros quienes ni de esperarlo habían tenido tiempo.
Este primer empuje del animal fue salvado felizmente;
después de tomar aliento el animal y como le hicieran
flamear una manta roja, se les vino encima. El torero, lista
en la mano una banderilla, espera el empuje del toro, en el
momento mismo de llegar y cuando debía levantarlo en las
astas, hácese a un lado y clava<ba> en el pescuezo del
animal, cerca de la cabeza, su banderilla; al sentirse
herido da un bufido y atropella al primero que ve, sin darle
tiempo a la cuerpeada, lo tira por tierra y pasa; felizmente,
no fue más que el rudo golpe, pero no fue herido. Llevóse
este toro, y se sacó uno que pasó con paso lento y mirando a
la concurrencia en medio de la silbatina que le armaban,
llegó al centro, se paró, echó una mirada de menosprecio,
dio media vuelta y se fue al lado de uno de sus compañeros,
donde no hubo fuerza humana que lo hiciera salir. Vino un
tercer toro, ¡lindo animal!, grande, gordo, de linda parada;
fue recibido con entusiasmo por la concurrencia.
Entusiasmado en exceso salió un vigilante que estaba también
medio alegre, para remedar a los toreros; sacó su pañuelo de
mano y con eso quería llamar la atención del animal que ni
se dignaba a mirarle. Envalentonado con esta indiferencia y
resistiendo a los que lo querían sacar, logró hasta clavar
una banderilla. El animal salió entonces de su empaco y
encarándose sobre el pobre tonto lo dio contra el suelo
dondehubiese quedado, si no hubiese<n> empleado la fuerza de
los cuatro toreros que lo sacaron medio muerto. Como se
fuese haciendo tarde, tuvimos que retiramos a pesar nuestro,
para aprovechar en ciertas compras el poco tiempo que nos
quedaba. Una vez que nos alejamos un poquito de aquella
inhumana diversión, subiendo la cuesta del fuerte apreciamos
el bonito conjunto que formaba el círculo de la corrida, los
movimientos del toro, las cabriolas de los toreros, el
inmenso público que los presenciaba; éste era compuesto de
gente pobre casi en su total mayoría, hombres algunos en
mangas de camisa, con grandes fajas y enormes sombreros de
paja cuya elevada punta los hacía medio metro más altos y
mujeres rodeadas de sus pequeñuelos, aplaudiendo entusiastas
algunas banderillas bien colocadas, las que no, vendiendo
guayabas, granadillas o bocadillos.
Pocos momentos después dábamos el último adiós a aquel
pueblo tan escaso de elementos de civilización como de vida,
pero sin embargo, pintoresco y alegre.
Al oscurecer del día ocho nos alejamos de la profunda y
hermosa bahía de Acapulco, llevando de ella una agradable
impresión. Apenas nos hubimos alejado de la costa, el barato
elemento, el aire, sustituyó al vapor, hinchando las velas y
llevándonos casi completamente al Oeste, empezando así
esta nueva travesía que tan cara debía costamos.
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