REINTA
y seis años han corrido, y todavía bullen en mi imaginación las
impresiones que en temprana edad produjeron la vida de marino a que me
llevó el entusiasmo que se despertó en mí como en toda la juventud de la
época en que, la República se encontró empeñada en la guerra con el
Imperio del Brasil.Como varias veces mis amigos, al oirme referir algunos hechos me han
aconsejado escribirlos; ligándose estos a la historia de la mejor época
de nuestra marina de guerra, me decido a bosquejar tal cual los recuerda
mi pobre memoria, los qu,e tuvieron lugar en un Crucero en que me hallé
a bordo del lindo'Bergantín de guerra “General Rondeau”. Sin consultar
documento alguno, porque me falta el tiempo, no pretendo escribir
historia, sino meramente impresiones de los hechos presenciales a los
quince años de edad.
A mediados del año 1828, y cuando habían tenido lugar centenares de
combates en el Río de la Plata, en los que siempre el pabellón argentino
si no había alcanzado la victoria sobre doble número de buques y
cuátruple de cañones, quedaba dueño de las aguas donde había peleado sin
denuedo; el.gobierno comprendiendo que ningún resultado daba tanto
luchar con un enemigo que poseía la margen Oriental del Plata y
aumentaba' cada vez más el número de buques con que dominando los
preciosos canales, estrechaba el bloqueo, concibió la idea y trató de
llevarla a cabo, de hostilizar al enemigo llevando la guerra a las
costas del Brasil.
Al efecto, se preparaban buques de porte que sucesivamente debían hacerse a la mar. En
Patagones, las corbetas “Chacabu-co” e “Iparica”, Bergantín “Florida” y
Bergantín goleta “Patagones”. En el Salado, corbeta nueva “25 de Mayo”,
bergantín “Cacique” y bergantín goleta “Río Bamba”. En Buenos Aires,
bergantín “General Rondeau” y bergantín goleta “Argentina”; los que
unidos a dos que debía comprar y armar en los Estados Unidos el
Comandante don César Fournier, masía goleta “Juncal” en que salió esta
comisión formando en todo doce buques, habrían a no dudarse, operado
sobre las costas y puertos enemigos de modo tal, que ni él dé Río de
Janeiro se habría visto libre de ser bloqueado.
En aquella época, en resguardo de ser apresados por los corsarios
argentinos, él comercio marítimo del Imperio se hallaba obligado a
hacer la navegación én conyoy y escoltado por uno o dos buques de guerra
según la distancia a que debieran dirigirse. Así es que si esa idea
hubiera sido realizada en su totalidad, el comercio del Brasil habría
sido anonadado, y vístose el enemigo en la necesidad imperiosa
de desatender el bloqueo de nuestros puertos para protejer no solo su
marina costera sino también para poner los suyos a cubierto de ser
estrechados a la vez por una Escuadra de doce velas que debían poner en
conflicto al gabinete Imperial, hasta para atender a su ejército, que
desde la derrota que sufrió en Ituzaingó; estaba reducido a la
defensiva; resultando a más una ventaja que el gobierno habría sabido
aprovechar para la negociación de paz que la mediación del de S.M.B.
buscaba alcanzar por medio de su ministro cerca de la Corte de Río de
Janeiro.
Como el proyecto a que me refiero, es de aquellos que por su carácter
los gobiernos guardan en rigurosa reserva, es bien probable que en los
archivos nada que lo confírme aparezca, pero si debe hallarse constancia
de una subscripción que en esa época fué promovida para proporcionar
recursos al gobierno con qué sufragar los
gastos de la guerra, y que sin duda, por no dar el resultado deseado,
ese plan estratégico no pudo llevarse a efecto; y esto debimos suponerlo
cuando vimos que a fines de ese año se aceptaba la paz, bajo idénticas
bases a las que en época anterior había sido desechada por la
Presidencia del señor Rívadavia. Por otra parte, ese proyecto no debía
ser una idea nueva; por que a no haberse sufrido el contraste sucedido a
la fragata y dos corbetas compradas al gobierno de Chile; a estos buques
por su porte y calado no habría sido posible darles otro destino que el
de operar sobre los puertos enemigos en la costa del Brasil, y los que
unidos a la barca “Congreso”, bergantines “Constitución”,
“Independencia” y goleta “Sarandí”, habrían dado entonces idénticos
resultados.
Debe aquí hacerse presente que aquel proyecto en nada habría disminuido
el número de buques, que entonces era bastante crecido, con que contaba
la Escuadra Nacional en el Plata, siendo ellos por su calado más a
propósito para operar con ventaja sobre los del enemigo, y que,
habríamos con la superioridad podido bloquear a Montevideo a no dudarse.
EL CRUCERO
En una tarde del mes de Junio de 1828 cerca del anochecer, con buen
tiempo y viento galeno del N.E. dimos la vela. El bergantín “General
Rondeau” armado con nueve cañones por costado y una coliza de a 24, al
mando del comandante don Juan Coe, con cerca de doscientos hombres de
tripulación incluso veinte y cinco infantes de guarnición. El bergantín
goleta “La Argentina”, con cinco piezas de costado y una coliza de 18 al
mando del comandante Crinphel y la corbeta corsario “Gobernador Dorrego”,
con dieciseis cañones en batería y como ciento ochenta hombres de
tripulación; quedando fondeados en los Pozos los buques mayores de
nuestra escuadra y los menores en balizas.
Navegábamos con todo paño portable, llevando a la cabeza nuestro buque,
cuando como a la medía noche, entre los bancos Ortiz y Chico, avistamos
a la enemiga en vela y en número de quince. Bien pronto y cuando aún no
estábamos al alcance, rompieron el fuego en toda su línea el que por
aquella causa no fué contestado sino por tres cohetes voladores, con el
objeto de hacerles creer que éramos una división que hacía señales al
resto de la escuadra, hasta que llegando a buena distancia los tres
contestamos con un fuego nutrido tratando de cortar su línea. Esto nos
habría sido fácil a no ser que la “Dorrego”, luego de descargar su
batería de babor arribando todo, viró por redondo y se puso en retirada,
quedando
por veinte o treinta minutos batiéndonos, sin sufrir más daño que el de
algunos agujeros en las velas. Teniendo órdenes especiales nuestro
comandante, de escoltar a la corbeta hasta ponerla fuera del alcance del
enemigo, ambos virando por avante, nos dírijimos nuevamente al puerto,
sin que ni los buques de mayor marcha y fuerza nos persiguieran,
fondeando al amanecer en los Pozos, donde encontramos a nuestra prófuga
compañera. Fué llamado su capitán a bordo donde el comandante Coe le
reconvino acremente sin salir de los límites de buena cultura.
Al tercer día del de nuestra primera salida, y al ponerse el sol, el
almirante Brown con toda la escuadra nos acompañó hasta el paralelo de
la Ensenada, donde fondeó esta y seguimos con proa al E. los tres buques
que debíamos, según lo había prometido el capitán de la corbeta, forzar
la línea enemiga a todo trance.
Serían las once de la noche cuando favorecidos por un viento Norte de
todo paño, que, por su mucha marcha el “Rondeau” acortaba para ir en
conserva de la corbeta y bergantín goleta, avistamos a la escuadra
enemiga; pero esta vez llegamos a su paralelo cuando aun no toda se
había puesto en vela y a un tiempo ellos y nosotros rompimos el fuego,
teniendo ellos el barlovento porque su línea la habían establecido lo
más próximo que habían podido hacia el veril del Ortiz; así es que,
cuando todos estuvieron en vela, ya les habíamos forzado el paso,
maniobrando el “Rondeau” y la “Argentina” de modo de proteger su escape
a la “Gobernador Dorrego”, que.a toda fuerza de vela esta vez se batía
bien, no obstante la algarabía de voces de mando que se oían en medio
del estruendo del cañoneo y melancólico canto de los marineros que, con-
la sonda, de tiempo en tiempo avisaban el agua en que se navegaba.
A la cabeza de la línea y a nuestro costado de barlovento, distinguíase
por su buen andar, un bergantín que alumbrado por el centellear de vivo
fuego, nuestro comandante reconoció ser el “Niger”, que hacía pocos
meses le había tomado el enemigo, en ocasión que, confiado en su buena
marcha, aventuró su salida de este puerto, siendo entonces corsario y
que cayéndole una densa niebla y calma, al amanecer, despejada aquella,
se encontró en medio de la escuadra enemiga y fué apresado. Puso todo
empeño en maniobrar de modo de cortarlo para darle el abordaje, pero su
comandante evitaba el lance, cargando vela para conservarse en la
protección de los demás, cuando de orza nos acercábamos, especialmente
de un lugar que toda su batería era de grueso calibre, y con cuyos dos
buques él combate por esa causa fué reñido; para lo que nuestro buque se
mantenía con mayor y trinquetes cargados hasta que habiendo la
“Gobernador Dorrego” salido del alcance de los fuegos enemigos fueron cazadas y en conserva; habiendo
perdido de vista a los enemigos, los tres buques seguimos nuestro viaje.
El atender al servicio de las dos piezas que por costado yo mandaba, y a
la maniobra del palo trinquete que venía a rendir a los cabilleros de
las tablas de jarcia del mayor, que como capitán de tope de aquél,
estaba a mi cuidado, me había rendido lo bastante para aceptar, como un
gran placer, una buena taza de café, que no fué como la de los oficiales
acompañada de licor espirituoso.
Nuestra pérdida fué de seis hombres, muertos o heridos, pues todo era lo
mismo; porque la inteligencia de nuestro médico era tal, que como lo
primero creo que clasificó a los últimos, y se desembarazó la cubierta
de esos estorbos bien pronto, a pesar que desde que se había mandado
zafarrancho de combate, veíase en la mesa de nuestra cámara, abierta la
caja de cirujía y extendidas hilas, cabezales y vendas. Resultaron
algunos agujeros en las velas, la empavesada de babor despedazada y
alguna cabullería cortada.
Después de darse una ración doble de caña a la gente, permanecimos todos
en cubierta hasta que la venida del día nos, dejó ver el horizonte, en
el que a nuestro sotavento solo vimos a “La Argentina”; fuimos sobre
ella, y a la bocina se le dió la consigna de reunión en la altura de Río
Grande, e hicimos rumbo a la boca del Salado, llegando a este como a las
diez de la mañana. El viento había saltado al N.O. muy fresco; puestos
en facha se hizo señal de que conducíamos pliegos; pasaba más de hora
sin aparecer ninguna embarcación de tierra, cuando la escuadra enemiga
en dos divisiones bordejeando, se dejó ver en nuestra busca, y que sin
duda creían poder encerrarnos en el saco de San Borombón, y dejando que
se acercasen esperamos para dejarlos burlados; así fué que cuando ya
llegaban a distancia de tiro, mareamos .en vela y cazando juanetes y
trinquetes, salimos por medio de ellos en una empopada que nuestro
buque navegaba entre dos aguas sin poder contestar a los fuegos que de
ambos costados nos hacían; trataron de seguirnos, pero bien pronto los
dejamos por la popa y seguimos viaje para fuera del río.
Ningún contraste sufrimos, sino es que se mencione el vuelco de dos
tinetas en que teníamos colocadas las balas en defecto de baleros, que
habiendo faltado los taquillos que las aseguraban en cubierta, dejaron
que entre agua corrieran de un costado a otro, por lo que nos vimos en
trabajo para evitar nos magullasen los pies, y que costó mucho para ser
vueltos a poner en su lugar.
En ese día, debo decir, qué por primera vez veía las espumosas y
transparentes olas, que la cortante proa del ligero “Rondeau”
dividiéndolas con fragor, parecía que su velocidad las hacía hervir a sus costados, dejándolas en línea espiral por la popa en estado de
ebullición hasta perderse de vista en el horizonte; y sobre un cielo
celeste, plateadas nubes que impelidas por el recio viento, corrían con
nosotros a la par, como si quisiesen empujarnos a que con más prontitud
que ellas, llegásemos a las costas enemigas.

Estaba para sentarme a la mesa, cuando se me presentó una tarjeta de mi
comandante, invitándome a comer con el. Esta distinción hecha a un
Guardia Marina, bien pronto tuvo su explicación: era la galante
reparación que mi jefe quería darme, por que en la noche del combate
habiéndose embicado una gonada de a 20 de las dos piezas que por costado
yo mandaba, en momentos en que, para enderezarla mis artilleros, con el
objeto de hacer fuerza a un tiempo dieron la voz tan común en los buques
mercantes, y al pasar este por mi espalda, al decir ¡silencio! quiso
indicármelo, y ligeramente había tocádome esta con la bocina; cosa que
me había impresionado y por ello héchoselo saber al primer teniente.
Inútil es decir que quedé plenamente satisfecho.
No había aun llegado el sol al Ocaso, cuando fué ocultado por un denso
cordón de nubes obscuras, y la mar privada de la luz prismada, cambiando
sus colores por las tibias tintas del anochecer, daba con doble causa,
mayor melancolía a esa hora en que la despedida de un día que no vuelve,
causa en el navegante, sin saber por qué, ese éxtasis misterioso que
absorbe las facultades del alma dejándolo taciturno. Esto hizo que, el
crepúsculo en ese día abreviando el tiempo de su duración, casi
súbitamente las tinieblas de la noche se extendieran y no dejasen ver
más que el ceniciento tono con que en la densa obscuridad se muestran
laá olas más próximas al buque, que embistiéndolas con su potente fuerza,
las dividía y arrojaba por ambos costados, produciendo estas masas
espumosas de agua al chocar con las otras, una ebullición fantástica de
la que se producen fosfóricas luces, que eran el anuncio del próximo mal
tiempo.
El cielo habíase cubierto de compactas nubes, y dándonos la sonda echada
desde proa de mano en mano la certeza de que habíamos caído al Océano,
para cuya operación se había disminuido el velamen, y orzado lo
necesario para que las gavias vaciasen viento, quedando casi en un punto,
y terminada, mareamos en vela, refrescando cada vez más el viento. La
ejecución desla voz de mando del teniente de guardia se dejó oir por los
sonoros silbos del pito del guardián, y los gavieros seguidos de los
marineros de facción treparon veloces por las jarcias de barlovento; se
aferraron los juanetes y tomó una faja de rizos a las gavias y
bergantina, completándose estas medidas preventivas para pasar una noche
de mal tiemo, con trincar las piezas de batería y con dobles aparejos nuestra
gran coliza.
Yo pertenecía a la guardia de estribor que en esos momentos se hallaba
de servicios, y comó el más subalterno, mi puesto en cubierta era a
sota»-vento, donde el agua que embarcaba el buqué por proa y portas,
cubría con frecuencia seis y siete tablas de cubierta, por lo que
constantemente mis pies estaban en agua, cosa que nada agradable me era;
pero mi severo superior en la guardia, un teniente Toll, a quien le
llamábamos “guinda ver-deona” por su color y agrio carácter, creo que se
complacía en verme sufrir, no solo entre el agua, sinó al derrame del
viento de las velas en noche de invierno. Nunca me pareció más largo que
esa noche el tiempo de una guardia; así fué que cuando el timonel dió
las cuatro dobles campanadas y los pitos de los guardianes llamaron a
cubierta a la guardia de babor, sentí un contento que me hizo olvidar el
sinsabor pasado.
No bien había sido relevado, cuando ya estaba en la cámara despojándome
de las ropas que destilaban agua; tomé mi cama, sintiéndome
agradablemente mecido .por el movimiento que las grandes ondas de una
mar embravecida hacían que se columpíase el buque, quedando bien pronto
profundamente dormido, hasta que el timonel vino a despertarme —lo que
no debió costarle poco— diciéndome: que era la media noche y entraba de
servicio.
El viento rugía con violencia en los palos y aparejos: bramaba el mar, y
la ola que batiendo en la amura de barlovento, al remontar lanzaba sobre
el buque grandes masas de agua que a impulso del viento se convertía en
copiosa lluvia, unido a un fuerte bandazo que hizo, crujir los
maderos y mamparos de la cámara que había quedado en tinieblas desde que
el timonel subió con la pequeña linterna oculta bajo su capote de lona,
rodando silletas, baúles y cuanto se hallaba mal asegurado, no me dejó
dudar de que estas cuatro horas en cubierta iban a ser peores que las
primeras. Así, pues, subí a relevar a mi único compañero guardia marina,
un joven de apellido Athuel, el que por el contento de ir a tomar el
abrigo y descanso en su camarote me dió un abrazo, que nada se lo
agradecí. No veía- en cubierta a mi antipático teniente Toll; esta vez
iba a tener de compañero a un teniente Bosthon, hombre afable, y que
habiendo permanecido algunos años en el país poseía bien, el idioma, por
lo que me encontré agradablemente recompensado de haber dejado el
camarote confortable, mayormente, cuando habiendo tomado mi puesto a
sotavento, este me llamó a barlovento, donde por mi estatura, la borda
me abrigaba del .viento y del agua.
Corríamos el tiempo en gavias a las que se habían tomado dos fajas mas
de rizos, trinquete y trinquetilla, con proa N.N.E. y dando la corredera
nueve y media millas por hora a pesar de la mucha mar del S.E.
Nuestro largo y raso bergantín, de palos bien volcados hacia popa,
parecía un pez que herido por arpón lanzado por el nervudo brazo del
pescador, corre hendiendo las olas del océaño; tal era como con su bien
cortada proa embestía la cima de las montañas de agua, para deslizándose
en la profundidad de extensa onda, arremeter luego a la otra; por lo que
fué necesario cerrar las escotillas arpa evitar que el agua que corría
no entrase por ellas.
Duros eran estos momentos de prueba para
los setenta y tantos paisanos que componían nuestra tripulación; que
extenuados por el mareo, los que se hallaban en cubierta eran obligados
a estar de pié, y que no teniendo la habitud del marinero, no podían
neutralizar el frío con el paseo
o evitar con ligeros movimientos los golpes de agua que batían la
cubierta hasta el palo mayor, de cuyo lugar a popa no es permitido pasar
a los marineros, sino en un caso de que lo requiera alguna maniobra. De
toda la plana mayor, era yo el único hijo del país, así es que por un
sentimiento de nacionalidad, me había declarado el protector de ellos,
mucho más cuando todo se mandaba en el idioma inglés, por lo que les
servía para ello de intérprete en las diferentes tareas.
Así navegamos tres días y al cuarto fui despertado con la agradable
noticia de “buque a la vista” que desde la cruceta de trinquete había
anunciado el vigía de tope: subí a cubierta y participé del contento
representado en todos los semblantes. El tiempo había abonanzado y
nuestro andador beigantín con viento más que galeno a toda vela hacía
más de once millas, por lo que bien pronto el buque anunciado lo vimos
como un punto en el horizonte por la proa.
El sol, que después de tanta ausencia, coloreaba el cielo con sus rayos,
vino a dar mayor alegría al brillante cuadro que ofrecía la. cubierta
del
“Rondeau”. En tanto que el comandante y algunos oficiales dirigían los
anteojos para reconocer el buque avistado; las conjeturas se sucedían y
sé hacían apuestas. Es de guerra, decían unos; mercantes, otros; de
guerra o mercante lo tomaremos, se oía en boca de todos. Le entramos
demasiado pronto para que pueda ser de guerra, repetía de tiempo en
tiempo el segundo comandante, que en el castillete de proa se mantenía
sin quitarse el anteojo. No faltó quien, ya calculando el precio de la presa, dedujese
cuántos pesos fuertes iba o tocarle por su parte: este era un hijo de la
Gran Bretaña.
Los tres prolongados toques de pito, terminados por la voz grave de ¡groge!
trajeron a ambas guardias a formar a sus respectivos costados, y luego
de terminar el reparto en presencia del contador y oficial de servicio,
se procedió, tomando la tripulación en baterías sus puestos, a renovar
las cargas de las piezas por causa del mal tiempo que habíamos sufrido,
quedando al cascabel los porta-cartuchos, chifle y demás útiles de cada
cañón.
Empezaba el sol a secar nuestra cubierta, cuando el vigía gritó: —¡tierra
por la proa! y pocos minutos después fué reconocida la costa de Río
Grande, que con los rayos de aquel se ostentaba como una faja de plata
brillante al poniente.
Con amuras a babor, cortando las aguas se convertía en blanca espuma, y
lamiéndolas con la boca de los cañones de sotavento, ganaba la distancia
nuestro bergantín de tal modo, que bien pronto nos ratificamos ser una
zamuca a la que dábamos caza; así fué que a las ocho desplegamos - al
viento el pabellón de la Patria, (como entonces se le llamaba), y en
menos de una hora más, nos hallábamos al habla dé nuestra presa, que
obedeció en el acto cuando se le mandó ponerse en facha, haciendo el
“Rondeau” igual maniobra para arrear un.bote, en que se embarcó el
segundo comandante acompañado de un teniente y el carpintero, que
iban a la operación de tomar posesión de ella, y reconocer la calidad de
vida de este buque, que su capitán considerándolo de mucha marcha, creyó
podría escapar, entrando por la barra del Sud.
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